Selecciona acá para volver al inicio

La Gruta de Oro

LA GRUTA DE ORO

Leyenda Pampa

VOCABULARIO
bullet PICÚN: Norte.
bullet

OJOTAS: Suela de cuero, sujeta al pie
por tientos del mismo material.

bullet

MARIMARÍ: Buen día.

bullet

PUELMAN: Hombre de suerte.

bullet

MANQUE: Buitre.

bullet

HUACA: Tesoro escondido.

bullet

CHOIQUÉS: Avestruces.

bullet

ALHUÉ: El diablo.

bullet

PETACA: Arca de cuero.

Por el camino que viene de Picún se acercan cuatro llamas cargadas. Pertenecen, sin duda, al indio que va adelante y que, a juzgar por el aspecto de sus vestidos, hace suponer que se trata de una persona importante.

Le siguen varios muchachos que parecen sus servidores.

Llegan a las sierras a las que el cacique Tandil diera su nombre. Deben venir de muy lejos porque sus rostros denotan fatiga.

Sus ropas también dicen que son extranjeros, pues son muy distintas a las que se usan en la región.

El que parece el amo, viste una larga camisa con mangas que le llegan hasta las rodillas y cubre sus hombros con un poncho adornado con guardas de colores. Sus pies están calzados con ojotas, y en su cabeza, cuyo cabello largo y trenzado se enrosca en dos rodetes sobre sus orejas, lleva una vincha de colores que sujeta una pluma roja.

Con discos de plata y de oro se adornan el pecho y la frente, y luce anchos brazaletes de plata y de cobre. Alrededor de su cuello se envuelven varios collares de metales trabajados y de piedras de colores.

Los habitantes de la aldea pampa los vieron llegar y de inmediato pensaron que venían de muy lejos, del país donde abundaban el oro y la plata, donde las viviendas eran de piedra y las montañas parecen tocar el cielo.

Se referían a la región ocupada por los diaguitas, en el noroeste de nuestro país, y no se equivocaban, porque de allí venía el extranjero, con sus llamas cargadas con cuatro petacas  repletas.

El aspecto imponente del viajero impresionó al lugareño que con deferencia lo saludaron:

- Marimarí…

Con afabilidad respondió el recién llegado y de inmediato se estableció entre ellos una corriente de armonía que favoreció al diaguita, a quienes los demás ayudaron a instalarse.

Pronto estuvo el toldo construido. Buscaron los horcones necesarios, gruesos y fuertes, los clavaron en el suelo formando filas paralelas, colocando los más altos adelante, en la segunda fila otros algo más bajos, más bajos aún en la tercera, para terminar en la última con los de menor tamaño.

Cubrieron esta armazón con pieles de caballo cosidas en forma bien segura y pusieron la parte cubierta de pelo hacia afuera.

Acto seguido dividieron el interior en varios compartimientos y extendieron sobre el suelo pieles de llama y de guanaco que el extranjero traía, y que utilizaría para dormir, tal como acostumbraban hacerlo en la región, aunque con pieles de otros animales.

La carga que transportaban las llamas, y de la que fueran libradas a poco de llegar, fue depositada en el interior del toldo acabado de levantar.

El recién llegado quiso adaptarse por completo a la nueva región en que desde ese momento pensaba vivir y resolvió un nombre que correspondiera a la lengua de sus nuevos vecinos.

Se consideró feliz entre ellos, que lo habían recibido con tanta cordialidad, decidiendo pasar el resto de su vida allí, y convencido de que la ventura lo acompañaba, se llamó Puelman.

A medida que el tiempo pasaba, su convencimiento del acierto con que había elegido el lugar para instalarse era cada vez más firme. Por eso se propuso aumentar sus posesiones, comprando a los naturales grandes extensiones de tierra a cambio de joyas hermosas que guardaba en sus petacas de cueros, de piles costosas, de plumas raras, de vasijas de barro muy bien trabajadas y de otros objetos que resultaban originales y eran codiciados por sus nuevos amigos.

Pronto se corrió la voz por la región y sus alrededores, que un hombre magnífico venido de muy lejos, se había instalado entre los pampas.

Haciendo referencia a sus riquezas fabulosas, que había transportado desde las regiones donde se trabajan el oro y otros metales, decían que en las petacas que cargaban las llamas el día de su arribo, había brazaletes de oro y plata cincelados, aros y prendedores de metales y piedras preciosas, telas tejidas con hilos de plata, collares de oro y de esmeraldas que continuaba guardando celoso y de las que se desprendían reflejos brillantes y dorados cada vez que el feliz diaguita abría las petacas y las joyas eran alcanzadas por la luz del sol.

Se dice también que ese tesoro provenía de una huaca hallada por Puelman en un lugar de la montaña lejana.

La verdad es que el diaguita se hizo querer por los pampas, a los que favoreció siempre que le fue posible.

No había pasado mucho tiempo desde la instalación de Puelman entre sus nuevos amigos, cuando sorprendió a los naturales la llegada de otro personaje.

Desde el primer momento fue mal visto.

De carácter despótico y autoritario, pretendió imponer su voluntad y disponer a su antojo de los sencillos pobladores de las sierras, tratándolos como lo hacía con sus servidores que en gran número, lo acompañaban.

Llevaba una vida de poderoso señor, y trató de intimidar a los indígenas del lugar recurriendo a gestos altivos y actitudes despóticas; pero lo único que logró fue la enemistad de los habitantes de Tandil, que no tardaron en distinguirlo con un nombre que reflejaba sus características y que encerraba todo el desprecio que sentían por él. Lo llamaban Manque.

Para Manque no existía el respeto por la propiedad ni hacia los derechos ajenos. Obraba de acuerdo a su voluntad, impulsado por su egoísmo y por su propia conveniencia, y fue muy común verlo apoderarse de todo lo que consideró de su gusto y utilidad.

Los habitantes de Tandil vivían sobresaltados, preguntándose cuál habría sido el objeto de la llegada de Manque a la tribu.

Un día tuvieron la respuesta. El ambicioso Manque, conocedor del tesoro que poseía Puelman, había decidido instalarse cerca de él para, llegado el momento oportuno, despojarlo de sus petacas y de su valioso contenido.

Supusieron entonces que pondría todo su empeño para apoderarse de las joyas del diaguita y que a ellos los dejaría tranquilos. Pero se equivocaban. Sus atropellos no cesaron y los nativos llegaron a sentir por él un temor supersticioso. De acuerdo a su manera de ser, le atribuyeron poderes sobrenaturales y llegaron a convencerse que tenía tratos con Alhué.

No había poder ni medio de defensa que dieran resultado tratando de aplicarlo contra el perverso intruso.

Esta fue la causa por la que resolvieron buscar un medio que los librara de la presencia del desconocido para poder vivir, como hasta entonces, tranquilos y felices.

Sabiendo que el motivo de su estancia entre ellos era el tesoro que guardaba Puelman y seguros de la bondad de éste, decidieron pedirle su ayuda para expulsar al extraño y temido personaje.

De buen grado accedió el poderoso Puelman a unir sus fuerzas a las de los nativos considerando esta unión como la única forma de librarse de la indeseada presencia de Manque.

El momento en que los dos hombres considerados poderosos se encontraron frente a frente, llegó bien pronto.

Manque, desaprensivo como siempre, no atendiendo más que su propia conveniencia, se introdujo en los dominios de Puelman, dispuesto a cazar choiqués.

Puelman, avisado por uno de sus servidores, le salió al encuentro, se enfrentó con él e invocando los derechos que lo asistían como propietario del lugar, lo increpó duramente ordenándole que abandonara sus tierras.

El intruso, que no estaba habituado a que se le hiciera frente, presa de profunda cólera ante la valiente y decidida actitud de Puelman, y desconociendo, como siempre, los derechos ajenos, acometió con furia al diaguita, entablándose una lucha sangrienta entre los dos.

Toda la rabia salvaje provocada por la envidia y el deseo de apoderarse del tesoro de Puelman, daban a los puños de Manque una fuerza sobrehumana.

El diaguita era fuerte y su talla sobrepasaba a la de su contrincante, por lo que sus golpes resultaban mazazos en el cuerpo nervioso del adversario.

A medida que el tiempo transcurría Manque se fue debilitando y un hilo de sangre que brotaba de su cabeza le nublaba la vista impidiéndole ver con claridad.

Falto de defensa y de energías, llegó un momento en que el terrible enemigo de todos cayó vencido.

Desde el suelo, levantó el brazo amenazante y con palabras entrecortadas por la cólera gritó a Puelman:

- ¡Crees, incauto, que me has vencido! ¡No sabes quién ha sido tu adversario!

En otra forma, buen cuidado hubieras tenido de provocarme. ¡No creas que hemos concluido!

-Tus amenazas me tienen sin cuidado- respondió Puelman con un gesto de desprecio-. El atropello y la injusticia encontrarán en mí a su peor enemigo. Te aconsejo que abandones estos lugares.

-No tomes esos aires de vencedor, que poco podrás gozar de ellos. Yo me alejaré de aquí; pero antes de irme conocerás mi poder invencible y estoy seguro que no quedarás satisfecho.

Puelmn no respondió a estas palabras, que juzgó necias manifestaciones del despecho y del orgullo herido de Manque. Sin darles importancia, se apartó de él y se dirigió a su toldo.

Esa noche, sin embargo, recordó las palabras pronunciadas por el indio despechado y se le ocurrió asociarlas a su tesoro.

Temeroso de que Manque llegara a arrebatárselo, fue en busca de las petacas y con alegría comprobó que allí estaban, tal como él las había dejado.

Las abrió y sus ojos se recrearon en la contemplación de tantas joyas de oro y de plata, cinceladas, de esmeraldas y de otras piedras preciosas que refulgían al contacto de la luz y que, a juzgar por su enorme valor, debieron haber pertenecido a la esposa de algún curaca muy importante.

Las tomó entre sus manos, y sus dedos se hundieron en el codiciado tesoro.

El recuerdo de Manque volvió a dominarlo y temió, no por su persona, a la que sabía defender con la fortaleza de sus puños o con ayuda de las armas que manejaba con pericia…Temió verse despojado de sus joyas, por las que sentía una atracción sin límites.

Ante tal temor, pensó esconder el tesoro, llevarlo a algún lugar sólo por él conocido, donde estuviera a salvo de la codicia de su peor enemigo.

Decidido a no perder tiempo, resolvió poner en práctica su idea esa misma noche.

Cuando creyó llegado el momento oportuno, salió de su toldo.

La luna, brillante y plateada, iluminaba la llanura y la sierra, que, a lo lejos, semejaba un palacio encantado.

Hacia la sierra miró Puelman, encontrando allí la solución de su problema. Ningún sitio mejor, para ocultar su tesoro, que alguna cueva en la montaña.

Sin dudarlo un segundo más se encaminó a la sierra. Buscó en ella un lugar que consideró seguro y, con manos nerviosas, usando sus uñas fuertes, separó piedras y cavó en la tierra un hueco capaz de contener las petacas.

Una vez cumplida esta tarea, volvió a su toldo y una a una fue transportando las petacas que enterró en los huecos, los que tapó con piedras y guijarros para disimular el escondite.

La tranquilidad renació en él. Estaba seguro de haber logrado la mejor forma de salvar su tesoro.

Sonriente y feliz volvió a su toldo. Nada le hacía suponer que lo que juzgó una seguridad, no era tal. Ya se encargaría Manque de demostrárselo.

Poseía este diabólico personaje ciertos poderes mágicos que le ayudarían a vengarse del confiado Puelman.

Desesperado al verse burlado en sus intentos de apoderarse del tesoro, decidió, por lo menos, privar a Puelman de su posesión.

Él había espiado al diaguita, al que no perdía de vista, y sabía que las joyas se hallaban ocultas en un lugar de la sierra. No alcanzando sus poderes para proporcionarle el tesoro, los utilizó, en cambio, para hacerlo desaparecer.

Conociendo con más o menos seguridad el lugar en que se hallaban enterradas las petacas, a media noche, se dirigió a ese sitio.

Invocó a Alhué  y tocó la piedra con movimientos nerviosos de sus manos huesudas que semejaban garras. De sus ojos brotaron rayos de luz enceguecedora. Al instante un hilo de agua surgió de la peña, acumulándose en las cavidades de la roca.

Manque rió con risa diabólica. Había conseguido su propósito y, no quedándole nada que hacer allí, esa misma noche levantó su toldo y seguido de su servidumbre abandonó la toldería pampa.

Por la mañana, cuando el sol alumbró en todo su esplendor, los que pasaron por el lugar elegido por Puelman para ocultar su tesoro vieron con asombro caer de la roca un hilo de agua dorada, que al llenar las cavidades de piedra semejaba oro líquido.

Esa fue la obra de Manque: transformar en agua las joyas contenidas en las petacas ocultas. Por eso brotaba con reflejos dorados, tal como si el oro se hubiera diluido convirtiéndose en el líquido que caía sin cesar y se acumulaba al pie de la sierra.

Desde entonces, el agua conserva el mismo reflejo y los naturales, impresionados por el maravilloso espectáculo, llamaron al lugar: LA GRUTA DE ORO.

Biblioteca "Petaquita de Leyendas", Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952
Tomo XIX:
URPILA (Torcaz)

REFERENCIAS

 En el cordón serrano del Tandil existe un morro conocido con el nombre de “El Sombrerito”, del que parten pequeños y aislados promontorios rocosos que lucen variadas y extrañas formas.

Entre estas rocas se han originado cavidades naturales de gran tamaño, de las cuales la más grande es la llamada “La Gruta de Oro”.

Por entre los bloques que sirven de techo a esta interesante excavación, caen lentamente pequeñas gotas de agua que forman en su interior un charco con resplandor de oro.

                            La Obra, 10 de agosto de 1937

Del Folklore Argentino | Agua de Oro | La Azucena | La Algarroba | El Benteveo | El Cacuy | El Caldén Solitario | Cantuña y el Atrio de San Francisco | El Cardenal | El Cardo | El Ceibo | La Cruz de los Milagros | La leyenda del Chajá | El Chingolo | El Girasol | El Guaimi-Mgüe | El junco | El Príncipe Coniyara | El Salto del Guairá | El Sol Rojo | Gallo de la Catedral | La Flor de Lirolay | La piedra movediza de Tandil | La Isla del Tabaco | La Mandioca | El sapo | La Tijereta | El tigre negro | El Mainumbí y El Curucú | El Puente del Inca | La Virgen del Valle | El Yassí - Yateré | El Cristo de las Mieles | Guanina y Sotomayor | El Irupé | La capilla del Cristo | La Gruta de Oro | Los Aluxe | La Xtaba | El Haninco | El Chom | El Cocay | El Mayab | El pájaro dziú | Kaá - Yerba mate | La leyenda del Sol y la Luna | Cuando el tunkuluchú canta... | Huitzilopoxtli | La boda de la xdzunuúm | La Casa del Trueno | La Leyenda del Maíz | La Llorona | El origen de los ríos chaqueños | La Piel del Venado | La Vainilla | Los Primeros Dioses | Leyenda de los Temblores | Los xocoyoles | El Mole Poblano | La Leyenda del Murciélago | Los Colosos de Tierra del Fuego | La Gran Inundación | La Cueva de los Tué-Tué | Los Loros Disfrazados | Los Dioses de la Luz | Domo y Lituche | El Caleuche | El Inicio del Mundo | El Millalobo | El Origen del Calafate | El Quebracho Colorado | El Rey de los Guanacos | El Tatú y su Capa de Fiesta | El Trauco | Historia de la Montaña que truena | Kamshout y el otoño | Kamshout y el Otoño | El Timbó o Pacará | La Tirana | El regalo de los Antepasados | Leyendas Mapuches | Los Onas y la Luna | Los Siete Exploradores | El Velo de la Novia | Tentén - vilu y Coicoi - vilu | Yincihaua

Agatha Christie | Angel Balzarino | Mario Benedetti | Bioy Casares | Ray Brádbury | Gabriel García Márquez | Juan Bosch | Hp. Lovecraft | Augusto Monterroso | Manuel Mujica Láinez | Silvina Ocampo | Edgar Allan Poe | Carlos Fuentes | Rafael Menjivar | Norman Cruz | Mario Echeverría Baleta | Narrativa: Provincias Argentinas | Leyendas


 

horizontal rule


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.
Actualmente hay 454 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com
 
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons