¿Saben
una cosa? Yo ahora me llamo Plaza de Mayo. Plaza es mi nombre y
de Mayo mi apellido. Pero no siempre me llamé así. Porque yo
he cambiado bastante y también he cambiado de nombres.
Escuchen.
Hace mucho, mucho tiempo, cuando un señor que se llamaba Juan
de Garay, y que era vizcaíno, de Vizcaya, llegó por tierra a
estos lugares, con hombres, caballos y muchas cosas, dijo que
iba a fundar una ciudad y que la ciudad tenía que tener una
plaza. Era un caballero, Garay, cómo no iba a tener una plaza
la ciudad. Entonces fundó Buenos Aires por segunda vez y me
fundó a mí. Sí. A mí. Fundarme quiere decir que Garay buscó
un lugar, este lugar, y dijo:
-
Aquí vamos a hacer una plaza.
Y
marcó los limites, y bueno, aparecía yo. Mucho no me acuerdo
porque era muy chiquita. Empiezo a acordarme desde más o menos
1650. ¿Saben cómo me llamaba entonces? Me da un poco de risa
porque yo era chica, pero me llamaba... Plaza Mayor. Plaza era
el nombre y Mayor el apellido. Y un día ...estaba medio dormida
al solcito, cuando, de repente, un ruido raro que se acercaba
cada vez más me despabiló.
-
¿Qué pasa? -le pregunté al señor Fuerte - (no tenía nombre
y apellido, se llamaba así), que estaba ahí parado, solo,
cerca del río, el río de la Plata. Pero el señor Fuerte no
podía darse vuelta, y el ruido venía de detrás de él, así
que me contestó:
- No
sé... viene del lado del río...
Entonces
yo, que estaba estiradita al sol -para variar- casi me levanté,
y miré, y vi, por un lado, el río, furioso, todo
encrespado.... ¡Qué miedo! Parecía un león, muchos leones
juntos dispuestos a saltar encima de nosotros... y por el otro
lado había mucha gente que rezaba y le pedía a Dios que el
río se volviera a su cauce, que no se enfureciera más, que no
inundara la ciudad. Bueno, al final todo pasó, y el río se
quedó tranquilo y sólo dejó agua para los aguateros y para
que yo me mirara de vez en cuando, como en un espejo... era
bastante fea. Me da un poco de vergüenza decirlo. No era linda
como ahora... Era bastante pelada. Tenla alrededor pocas casas,
con sombreritos viejos de paja. Los techos son los sombreritos
de las casas. Y a veces no se me veía de la tierra que se
levantaba. Después siguieron pasando los años y una mañana
¡qué sorpresa! me despierto, miro para el lado del río, y veo
un edificio hermoso, que estaba allí plantado, creo que fue
más o menos por 1718. Era el nuevo Fuerte y se llamaba Real
Fortaleza. Fortaleza era el nombre y Real el apellido. Sólo que
el nuevo Fuerte era caprichoso y se puso el nombre al revés.
Sigo contando... cada vez había más casas y un día, más o
menos a mediados del siglo, me despierta un barullo tremendo.
¡Pero barullo de alegría! ¡Salvas, cañonazos! - ¿Qué pasa?
-pregunto yo. Y la Real Fortaleza, medio enojada, me dice:
-¿Pero no te acuerdas que hoy es San Martín (de Tours),
patrono de la ciudad? ¡Y hay corridas de toros!
Entonces
había corridas de toros. Después no hubo más, no sé qué
pasó. Sigo contando. ¡Y veo que también hay una catedral con
dos torres y un nuevo Cabildo! Podría contarles mil
cosas: las invasiones inglesas. ¡Qué miedo!, pero cómo les
ganamos a los ingleses. ¡Y el 25 de Mayo! ¡Qué alegría!
¡Yo
vi el Cabildo Abierto! ¡Abierto de veras! Yo entonces me
llamaba Plaza de la Victoria y a partir de ese día pasé a
llamarme como hoy, Plaza de Mayo.
Después...
siguió pasando el tiempo, y yo, modestia aparte, estaba cada
vez más linda. Y un día siento una alegría muy grande, me
crece en pleno corazón, blanca y fina, como una oración que
sube al cielo, una oración llenita de recuerdos, la Pirámide
de Mayo. Justo donde está mi corazón de Plaza, mi corazón
lleno de voces de chicos y vuelos de palomas. Y claro, más
tarde, por suerte, tiran abajo la fea recova que me atraviesa y
delante de mí abren y tienden la alfombra gris de la Avenida de
Mayo que me comunica con el resto de la ciudad. Sí... una
parienta mía, pero yo soy más importante. Con 1900 el nuevo
siglo habla llegado y yo me propuse descansar de tantas
fatigas... y ya me ven, aquí estoy...
La
vieja Plaza sonríe y saluda con sus palomas y con las campanas
que le presta la Catedral