Frecuentemente
nos pasábamos en la quinta explorándola. Nos movía un secreto
afán de sorprender algo nuevo; una infantil curiosidad guiaba
nuestros pasos. Los árboles nos deparaban el secreto de nidos
y pájaros, y nos ofrecían sus ramas flexibles en las que nos
hamacábamos en dulces balanceos entre la caricia de las hojas.
Nada
más cabía esperar de esa vida de las plantas que trascendían
una
serenidad infinita. Sólo que nuestra infancia no perdonaba
nada, Todo lo mirábamos y lo tocábamos cual si nuestro interés
hubiera sido descubrirle a cada planta su vida de vegetal, de
encontrarle sus jugos más íntimos. Y si la quinta no era
grande, tenía en compensación la riqueza de una variedad
vegetal. Esto bastaba para aguijonear ese interés versátil en
que los niños mueven su curiosidad.
El
ananá y el plátano, que no era común verlas en la zona, habían
sido plantadas en la quinta. Entre las plantas de ananá,
que nos recordaban a ciertos cardos silvestres abundantes en la
proximidad de los talares, pretendíamos encontrar los mismos
apereá, esos conejitos de campo que por allí aparecían. Los
plátanos formaban nuestro monte: "el bananal", de
frescura incomparable, donde el verano caía vencido por sus
lisos tallos de agua y por sus hojas anchas a manera de techo.
Nosotros mismos ayudábamos a plantar los plátanos, en esa
renovación periódica necesaria a su mejor producción. Pero
crecían tan rápidos, que el "bananal" se tupía
con los nuevos retoños que aparecían en la raíz, se obstruía
con las plantas viejas que al dar sus frutos caían y terminaban
secándose.
Nuestros
juegos de escondidas hallaban en este lugar su campo propicio, y
nada extraño por tanto, que allí fuéramos, más llevado por
ello, que por descubrir los cachos de bananas que debían
cortarse al comenzar a pintar.
Crecían
unas cuantas plantas de mamón. Sus secas hojas extendidas se
apartaban en forma de sombrilla y sus frutos blandos pegados al
mismo tronco se descubrían en un abigarrado hacinamiento. Esos
frutos recorrían una gama de colores: verde oscuro, primero,
amarillo pálido, luego, y amarillo rojo subido, por último.
Completos de madurez, parecían entonces pequeños melones
colgando en aquellos tallos. Y si así podían ser comidos,
nosotros los preferíamos en dulces de almibarados sabores.
Algunos
ejemplares de árboles como casuarina, paraíso, ombú, jacarandá,
grevilea, estaban en filas o aislados en distintos sitios por el
mérito de sus flores o por la necesidad de su sombra. Con el
tiempo ellas irían desapareciendo bajo la acción del hacha.
Los naranjos lo invadían todo, lo exigían todo. Era él interés
materializado en el precio del fruto que se valorizaba con su
mercado de exportación, el que también aquí, entre las
plantas de esta quinta abatía un mundo de poesía y de
recuerdos.
Las
plantas citrícolas pasaron a predominar cada vez más en la
quinta. En mayoría estaban los naranjos criollos, sin injertar,
que ponían una espera de quince años para iniciar su producción.
Se
contaban otros ejemplares como la mandarina, el limón, la lima
sutí y lima puruhá, y la cidra, cuyas frutas no se
exportaban, ni encontraban en nosotros consumidores directos,
exceptuando la mandarina. La lima puruhá en el verano nos
compensaba de la falta de naranjas dulces.
Las
plantas de cidras estaban en los fondos como excluidas de la
familia citrícola. Sus frutos abultados y deformes parecían
pesarle tanto, que se hubiera dicho la causa de su poco
crecimiento. Aparecían como los enanos de las citrícolas, y
apenas si se igualaban a nosotros en estatura. No obstante, eran
esos frutos tan
feos y amargos, con los que en la casa se hacían los más ricos
dulces, comparables sólo a los de mamón.
El
perjuicio ocasionado por las tormentas aparecía de inmediato
bajo las quintas de naranjos. Las frutas caían en cantidad,
cubriendo el suelo. Si eran todavía verdes y pequeñas, se
transformaban en proyectiles para nuestras guerrillas de
"liberales" y "colorados"; si maduras,
se las llevaban los chicos o las mujeres pobres que las pedían.
Pero como aún quedaban las naranjas rotas, se cortaban y servían
de alimento a las vacas.
Estas
naranjas caídas por acción del viento bajo la quinta, eran en
la casa constante motivo de preocupación. Las vacas mostraban
predilección en comerlas, y al menor descuido -porque una
tranquera quedaba abierta o porque sus manías de
"chacareras" fueran tantas-, se metían en la
quinta y a las primeras de cambio aparecía una vaca atragantada
con alguna de las naranjas que sin masticar trataban de tragar.
Cuando esto sucedía, había que maniatar al animal voltearlo y
en tanto dos o tres hombrea lo sujetaban impidiendo sus
movimientos, otro trataba de localizar al tacto la naranja en el
sitio en que obstruía la garganta y presionando, buscar de
hacerla circular hasta volverla al exterior. No siempre se obtenía
éxito con tal procedimiento y se recurría entonces a otro, mas
eficaz. Se metía la mano directamente en la garganta del animal
para extraerle la naranja, o de lo contrario, con un palo fino
se la hacían zafar hacia dentro.
Era
preciso no perder tiempo, a fin de que no se produjera la muerte
por asfixia. Y preciso era también, cierta práctica en el
trabajo requerido en la operación. El animal en ese estado se
debatía entre la vida y la muerte. Retorcía los ojos, fijándolo
en un blanco de agonía, y en continuos golpes de tos, que parecía
removerle las entrañas, iba arrojando una baba pegajosa.
No
era raro que nos tocara ayudar a los que se afanaban en estos
salvamentos de las vacas. Pero eso sí, teníamos la seguridad
de presenciarlo. Sin embargo aquello producía tal desagrado,
que daban ganas de alejarse de la quinta. Era lo único que de
vez en cuando venía a perturbar la serenidad infinita de las
plantas.