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Capítulo X

X

El regreso de Ulala

Numa estaba hambriento. Durante tres días y tres noches había cazado, pero las presas siempre lograron escapar. Quizá Numa se hacía viejo. Su olfato y su vista ya no eran tan agudos ni sus carreras tan rápidas. Ya no era raudo y veloz como antes. Tan rápidas eran las presas de Numa, que un pestañeo, la fracción de un segundo, marcaban la diferencia entre un estómago lleno y la hambruna.

Quizá Numa se hacía viejo, aunque no había dejado de ser un ingenio destructivo, y en ese momento las punzadas de hambre en su estómago hacían de él alguien mucho más fiero, estimulaban su ingenio y lo envalentonaban para asumir grandes riesgos si era necesario para llenar el estómago. Era un Numa nervioso, irascible y feroz el que se agazapaba junto al sendero. Sus orejas puntiagudas, su intensa y relampagueante mirada, las palpitantes aletas de la nariz, el suave ir y venir de la cola evidenciaban su estado de alerta ante la presencia ajena.  A sotavento de su nariz, Numa el león percibía la presencia de un hombre. Cuatro días atrás, con el estómago lleno, Numa habría evitado el camino ante el menor indicio de presencia humana, pero aquel día era otro día, y Numa era otro Numa.

Said, tras tres días de camino desde su huida del manzil del jeque Ibn Jad, pensaba en Ateja y en la lejana Guad, mientras se congratulaba a sí mismo por la buena suerte que le había sonreído desde su fuga y posterior huida. Su yegua se desplazaba lentamente a lo largo del sendero de la jungla, sin prisas puesto que el camino era largo. Justo enfrente una bestia carnívora aguardaba emboscada.  Pero los oídos de Numa no eran los únicos que permanecían a la escucha, ni su olfato el único que olisqueó la inminente aparición del hombre-cosa; otra bestia, cuya presencia incluso Numa ignoraba, permanecía oculta en los alrededores.

Ansioso y temeroso de que alguna otra bestia pudiera privarle de la carne, Numa dio un paso en falso. Por el sendero se acercaba la yegua que debía pasar a unos metros de Numa, pero éste no pudo esperar.  Antes de que el animal se encontrara al alcance de sus garras, Numa cargó con un tremendo rugido. Aterrorizada, la yegua retrocedió e intentó huir. Al perder el equilibrio, se tambaleó hacia atrás y cayó sobre sus cuartos traseros, y al caer desmontó a Zayd; pero en cuanto pudo se incorporó y retrocedió por el sendero, dejando a su amo a merced del león.

Horrorizado, el hombre vio las fauces abiertas del león y sus colmillos desnudos a punto de atraparle. Entonces vio algo más, algo que le inspiró terror: un gigante desnudo que saltó de una liana para colgarse del lomo del enorme felino. Vio un brazo broncíneo rodear el cuello del depredador mientras el león caía al suelo por el peso y el impacto del cuerpo del hombre. Vio el centelleo del acero de un cuchillo rasgar el aire, y hundirse una y otra vez en el león, mientras éste se zarandeaba en un inútil intento por librarse de la cosa que se había colgado a su espalda. Escuchó los rugidos y gruñidos del al-adra y, junto a ellos, otros que le pusieron la piel de gallina al descubrir que salían de la garganta del hombre bestia.

Entonces Numa se quedó sin fuerzas, el gigante se levantó y apoyó un pie en el cadáver del animal. Alzó la mirada hacia el cielo y profirió un grito horripilante que erizó el vello de la nuca del beduino; era un grito que pocos hombres habían oído: era el grito de victoria del mono macho.  Entonces Zayd reconoció a su salvador y volvió a estremecerse cuando vio que se trataba de Tarzán de los Monos. El hombre mono le observó a su vez.

-Vienes del manzil de Ibn Jad -dijo.

-Sólo soy un pobre hombre -respondió Said-. Me limitaba a seguir los pasos de mi jeque. No castigues a Said, jeque de la jungla, quiera el Señor bendecirte. Ruego perdones a éste tu mísero siervo, y que Alá te bendiga.

-No tengo ninguna intención de hacerte daño, beduino -replicó Tarzán-. El mal causado en mis dominios es culpa de Ibn Jad, y sólo de él. ¿Está cerca?

-No, wallah, está a algunas jornadas de aquí.

-¿Dónde están tus compañeros? -quiso saber el hombre mono.

-No tengo.

-¿Estás solo?

-Sí, billah.

Tarzán frunció el ceño.

-Piénsalo bien, beduino, antes de mentir a Tarzán -advirtió.

-¡Por Alá que digo la verdad! Estoy solo. -¿Y por qué?

-Fahd intrigó en mi contra para que pareciera que había intentado matar a Ibn Jad, lo cual, lo juro ante Alá, es mentira. Debían fusilarme; pero Ateja, la hija del jeque, cortó de noche mis ataduras y pude escapar.

-¿Cómo te llamas?

-Said.

-¿Adónde ibas? ¿A tu país?

-Sí, a beled al-Guad, en Beni Salam fandí de alHarb.

-Solo no podrás sobrevivir a los peligros que depara el camino -advirtió Tarzán.

-Eso temía, pero la muerte era segura de no escapar de la ira de Ibn Jad.

Tarzán permaneció en silencio durante un momento.

-Mucho debe de amarte Ateja, la hija del jeque, y mucho debía de creer en ti -dijo.

-Sí, wallah, mucho nos queremos y, además, ella sabía que no habría matado a su padre, a quien ama.

-Te creo -dijo Tarzán-, y te ayudaré. No debes ir solo. Te acompañaré al poblado más cercano, y allí el jefe te proporcionará guerreros que te acompañarán a la siguiente aldea, y así caminarás de aldea en aldea, a través del Sudán.

-¡Qué Alá cuide de ti y te proteja de todos los peligros! -exclamó Said.

-Dime -dijo Tarzán mientras ambos se movían por el sendero en dirección al poblado más cercano, que se encontraba a dos jornadas de distancia al sur-, explícame qué hace Ibn Jad en este lugar. ¿Me equivoco al decir que sólo ha venido por el marfil?

-Sí, wallah, jeque Tarzán -admitió Said-. Ibn Jad ha venido por el tesoro, pero no por marfil.

-¿Cómo?

-En al-Habash se encuentra la ciudad tesoro de Nimmr -explicó Said-.

Esto se lo dijo a Ibn Jad un sabio Sahar. Tan enormes son las riquezas de Nimmr que un millar de camellos no podrían cargar ni con una décima parte. Oro, joyas y... una mujer.

-¿Una mujer?

-Sí, una mujer de tan deslumbrante belleza, que en el norte acarrearía a Ibn Jad una riqueza tal que le haría más rico de lo que jamás ha soñado. Seguro que has oído hablar de Nimmr.

-A veces los galla hablan de ella -dijo Tarzán-, pero siempre creí que no era más real que otros lugares de leyenda. ¿Ha emprendido Ibn Jad tan largo y peligroso viaje para buscar un lugar de cuya existencia supo por un mago?

-¿Qué podría ser más fiable que la palabra de un sabio Sahar? - preguntó Said.  Tarzán de los Monos se encogió de hombros.

Durante los dos días que tardaron en alcanzar el poblado, Tarzán supo del hombre blanco que había llegado al campamento de Ibn Jad; pero por la descripción que Said hizo de él, poco podía imaginar si se trataba de Blake o Stimbol.

Mientras Tarzán viajaba hacia el sur en compañía de Said, Ibn Jad proseguía con su recorrido hacia al-Habash por el norte; Fahd intrigaba con Tollog, y Stimbol, con Fahd, mientras Fejjuan, el esclavo de Galla, aguardaba armado de paciencia a que llegara el momento de su liberación, y Ateja lloraba por Said.

-Desde niño te has criado en este país, Fejjuan -le dijo Ateja un buen día al esclavo de Galla-. Dime, ¿crees que Said podrá llegar solo hasta al-Guad?

-No, billah -respondió el negro-. Dudo mucho que a estas alturas siga vivo.  La muchacha ahogó un sollozo.

-Fejjuan une su pena a la tuya, Ateja -dijo el negro-, porque Said era un buen hombre. Ojalá Alá hubiera intercedido por vuestro amado, y hubiera señalado a quien era culpable.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Ateja-. ¿Conoces tú, Fejjuan, a quien en verdad disparó a Ibn Jad, mi padre? ¡No fue Said! ¡Dime que no fue Said!  Aunque tus palabras no hacen más que confirmarme algo que ya sabía de antemano. ¡Said no pudo atentar contra la vida de mi padre!

-Así es -respondió Said.

-Dime qué más sabes sobre este asunto.

-¿Y no le diréis a nadie lo que os he dicho? -preguntó-. No tendrían piedad conmigo si alguien que yo sé supiera que vi lo que vi.  Juro por Alá que no te traicionaré, Fejjuan -dijo la chica con voz entrecortada-. Dime, ¿qué fue lo que vieron tus ojos?

-No vi quién disparó a vuestro padre, Ateja -respondió el negro- pero vi otra cosa antes de producirse el disparo.

-¿Sí? ¿Qué?

-Vi a Fahd introducirse en la tienda de Said y salir con el mosquete de Said. Eso es lo que vi.

-¡Lo sabía! ¡Lo sabía! -gritó la chica.

-Pero Ibn Jad no os creerá si se lo decís.

-Lo sé; pero ahora que estoy convencida quizá deba buscar una forma de que Fahd pague con su sangre por lo que ha hecho a Said -dijo con amargura la muchacha entre sollozos.

Días enteros pasó Ibn Jad rodeando las montañas tras las cuales creía que estaba la fabulosa ciudad de Nimmr, mientras buscaba una entrada que deseaba encontrar sin tener que recurrir a los nativos, cuya presencia había evitado por miedo a que se opusieran a su aventura. El lugar estaba escasamente poblado, por lo que al árabe no le fue difícil rehuir a los nativos. Sin embargo, era imposible que los galla no se hubieran percatado de su presencia. Si era porque los nativos querían dejarlo en paz, Ibn Jad no tenía ninguna intención de molestarlos, a menos que su proyecto resultara inviable sin su ayuda. En tal caso estaba dispuesto a acercarse a ellos con falsas promesas o haciendo uso de la crueldad, lo que resultara más apropiado para servir a sus propósitos.

A medida que transcurrían los días, Ibn Jad se volvió muy impaciente, ya que, por mucho que buscara, no podía encontrar paso alguno a través de las montañas, ni una entrada que condujera al fabuloso valle donde se encontraba la ciudad tesoro de Nimmr.

-¡Billah! -exclamó un buen día-. ¡La ciudad de Nimmr existe, por tanto tiene que existir una entrada, y por Alá que la encontraré! ¡Reúne a los Habush, Tollog! De ellos, o a través de ellos, obtendremos una pista, de una u otra forma.

Después que Tollog reuniera a los esclavos de Galia en el bait de Ibn Jad, el anciano jeque los interrogó hasta descubrir que ninguno de ellos sabía con certeza dónde debía de encontrarse el sendero que conducía a Nimmr.

-Entonces, por Alá -exclamó Ibn Jad- que lo averiguaremos mediante los nativos Habush.

-Oh, hermano, son poderosos guerreros -exclamó Tollog-, y muchas jornadas nos separan de la frontera. De provocar su ira, podríamos pagarlo muy caro.

-Somos beduinos -dijo Ibn Jad, orgulloso-, y estamos armados con mosquetes. ¿Qué podrían hacer con simples lanzas y flechas contra nosotros?

-Mas ellos son muchos, y nosotros un puñado -insistió Tollog.

-No lucharemos a menos que nos obliguen a ello -dijo Ibn Jad-. Primero buscaremos, amistosamente, ganar su confianza y sacarles el secreto.

-¡Fejjuan! -exclamó volviéndose al enorme negro-. Tú eres Habashy. Te he oído decir que recuerdas bien los días de tu infancia en la cabaña de tu padre, y la historia de Nimmr no era nueva para ti. Ve, pues y busca a los tuyos. Hazte amigo de ellos. Diles que el gran jeque Ibn Jad ha venido en son de paz a ofrecer regalos a sus jefes. Diles también que visitará la ciudad de Nimmr, y que si le conducen allí, él los recompensará con creces.

-Estoy a vuestra disposición -dijo Fejjuan, que tanto había esperado una oportunidad para hacer lo que había soñado tantas veces-. ¿Cuándo debo partir?

-Haz los preparativos esta noche, pues partirás al amanecer -respondió el jeque.

Y de esa forma Fejjuan, el esclavo de Galia, partió de buena mañana del manzil de Ibn Jad, jeque del fandí de al-Guad, en busca de un poblado de su propia gente.

Al atardecer llegó a un sendero bien trazado que conducía al oeste. Lo siguió armado de valor suponiendo que sería una buena forma de acercarse al poblado galla, en lugar de hacerlo de noche y a campo a través como si quisiera ocultar algo. Además, sabía perfectamente que no sería capaz de conseguirlo de otra forma. Fejjuan no era estúpido. Sabía que podría resultar difícil convencer a los galla de que era de su propia sangre, puesto que en su contra no tenía sólo su ropa y armas árabes, sino el hecho de que apenas hablaba la lengua galla después de tantos años como esclavo.

Pero su valentía estaba más allá de toda duda, puesto que conocía perfectamente que los suyos eran desconfiados y guerreros, y que odiaban desde siempre a los árabes, y pese a todo eso había emprendido esa aventura para disfrutar de la oportunidad de reunirse con ellos.  Fejjuan ignoraba si se había acercado mucho al poblado. No percibía sonidos ni olores que pudieran guiarlo, cuando de pronto aparecieron ante él, en el sendero, tres guerreros galla. Otros se les unieron a su espalda, aunque él no se volvió para mirar. Instantáneamente levantó la palma de la mano en señal de paz, al mismo tiempo que sus labios dibujaban una sonrisa.

-¿Qué haces en territorio de los galla? -preguntó uno de los guerreros.

Ando buscando la casa de mi padre -respondió Fejjuan.

-La casa de tu padre no está en territorio de los galla -gruñó el guerrero-. Tú eres uno de esos que vienen a robarnos a nuestros hijos e hijas.

-No -replicó Fejjuan-. Soy un galla.

-Si fueras un galla hablarías mejor la lengua de los galla. Te comprendemos, pero no hablas como lo hace un galla.

-Porque me secuestraron cuando era niño, y he vivido entre los beduinos desde entonces, y por tanto hablo su lengua.

-¿Cómo te llamas?

-Los beduinos me llaman Fejjuan, pero mi nombre galla era Ulala.

-¿Creéis que dice la verdad? -preguntó uno de los negros del grupo-. De niño tuve un hermano cuyo nombre era Ulala.

-¿Y dónde está? -preguntó el otro guerrero.

-No lo sabemos. Quizá lo devoró Simba el león; quizá los hombres del desierto se lo llevaron. ¿Quién sabe?

-Puede que diga la verdad -intervino un segundo guerrero-. Quizá sea tu hermano. Pregúntale el nombre de su padre.

-¿Cómo se llamaba tu padre? -preguntó el primer guerrero.

-Naliny -respondió Fejjuan.

Ante esa respuesta los guerreros galla se pusieron muy nerviosos y susurraron entre ellos durante varios segundos. Entonces el primer guerrero se volvió de nuevo a Fejjuan.

-¿Tenías algún hermano? -preguntó.

-Sí -respondió.

-¿Cómo se llamaba?

-Tabo -dijo sin titubear.

El guerrero que le había preguntado dio un brinco en el aire al tiempo que profería un grito salvaje.

-¡Es Ulala! -gritó-. ¡Es mi hermano! Yo soy Tabo, Ulala. ¿No me recuerdas?

-¡Tabo! -gritó Fejjuan-. No, jamás te hubiera reconocido; eras pequeño cuando me secuestraron y ahora te has convertido en un gran guerrero.  ¿Dónde están padre y madre? ¿Siguen vivos? ¿Están bien?

-Están vivos y se encuentran bien, Ulala -respondió Tabo-. Hoy se encuentran en el poblado del jefe, ya que allí se celebra un importante consejo que tratará la presencia de algunos hombres del desierto en nuestro territorio. ¿Has venido con ellos?

-Sí, soy esclavo de la gente del desierto -respondió Fejjuan-. ¿Estamos muy lejos del poblado del jefe? Querría ver a mi madre y a mi padre y, también, quisiera hablar con el jefe acerca de la gente del desierto que ha venido al territorio de los galla.

-¡Ven, hermano! -gritó Tabo-. No estamos muy lejos del poblado del jefe. ¡Ah, hermano mío, qué alegría volver a verte, después de tantos años de creerte muerto! Mucho se alegrarán padre y madre. Pero, dime, ¿te han obligado los hombres del desierto a actuar contra tu propia gente? Has vivido con ellos durante muchos años. Quizá te hayas casado con una mujer de su pueblo. ¿Estás seguro de que no los quieres más a ellos que a quienes no has visto desde hace años?

-No quiero a los beduinos -respondió Fejjuan- ni me he casado con nadie de su pueblo. En mi corazón siempre ha anidado la esperanza de volver a las montañas de mi propio país, a la casa de mi padre. Amo a los míos, Tabo, y jamás los abandonaré.

-La gente del desierto no se ha portado bien contigo. ¿Han sido crueles? -preguntó Tabo.

-No, al contrario, me han tratado bien -respondió Fejjuan-. No los odio, pero tampoco los amo. No son de mi propia sangre. Para ellos soy un esclavo.

A medida que conversaban, el grupo caminó por el sendero hacia el poblado, mientras dos de los guerreros se adelantaban para comunicar la buena nueva al padre y la madre del largamente añorado Ulala. Y de esa forma, cuando alcanzaron el lindero del poblado fueron recibidos por una sonriente multitud galla que no paraba de vitorear su llegada. Al frente de ellos estaban los padres de Fejjuan, con los ojos anegados en lágrimas de amor y alegría, al contemplar al hijo que hacía tanto que no veían.

Una vez terminadoo el recibimiento, y después que todos y todas se hubieron acercado a tocar al recién llegado, Tabo condujo a Fejjuan al poblado para presentarle al jefe.

Batando era un anciano. Era el jefe cuando se llevaron a Ulala. Tendía al escepticismo, y temía una jugarreta de los hombres del desierto, por lo que hizo muchas preguntas a Fejjuan concernientes a su infancia.  Preguntó sobre la casa de su padre y los nombres de sus compañeros de juego, además de otros detalles íntimos que un impostor no podría saber, y una vez hecho eso se levantó, abrazó a Fejjuan y frotó sus mejillas para saludar al hijo pródigo.

-Eres Ulala -dijo-. Bienvenido a la tierra de los tuyos. Ahora explícame qué hacen aquí los hombres del desierto. ¿Han venido por esclavos?

-La gente del desierto toma esclavos allá donde va, pero para Ibn Jad no es algo prioritario, sino que pretende hacerse con el tesoro.

-¡Ah! ¿Qué tesoro? -preguntó Batando.

-Ha oído hablar de la increíble ciudad de Nimmr -contestó Fejjuan-. Lo que busca es un modo de atravesar el valle que conduce a Nimmr, y por esa razón me ha enviado, para encontrar gallas que lo lleven allí. Hará regalos y promete grandes riquezas en caso de que consiga el tesoro.

-¿Es sincero? -preguntó Batando.

-La verdad no anida en las barbas de quienes moran en el desierto - respondió Fejjuan.

-Y si no encuentra el tesoro de Nimmr, quizás intente encontrar un tesoro en el territorio gana para compensar el gasto que semejante viaje haya podido ocasionarle -dijo Batando.

-Batando habla con la sabiduría que da la experiencia -dijo Fejjuan.

-¿Qué sabe acerca de Nimmr? -preguntó el anciano jefe.

-No más de lo que un anciano curandero de los arab le explicó - respondió Fejjuan-. Aseguró a Ibn Jad que un enorme tesoro yacía oculto en la ciudad de Nimmr, y que había una mujer bellísima que valdría mucho en los mercados del lejano norte.

-¿Nada más? -preguntó Batando-. ¿No le explicó las dificultades de penetrar en el valle prohibido? -No.

-Entonces podemos guiarlo a la entrada del valle -dijo Batando con una tímida sonrisa en los labios.

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