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XIX Lord Tarzán Los labios de Tollog dibujaban una desagradable sonrisa mientras pensaba lo bien que había engañado a Ateja, que había estado a punto de alertar al nasraní del plan que habían trazado para matarlo. Daba gracias a Alá por haber tenido la suerte de encontrarse en el lugar adecuado para detenerla antes de que lo arruinara todo. Mientras el hermano del jeque sonreía, una mano surgió de la oscuridad a su espalda y, tras cogerlo por la garganta, lo arrastró a esa misma oscuridad. Tollog fue arrastrado al interior de la tienda que había pertenecido a Said y que después habían preparado para el nasraní. Forcejeó e intentó pedir ayuda a gritos, pero estaba inmovilizado por los brazos de acero que lo sostenían y lo asfixiaban. Una voz susurró a su oído en el interior de la tienda: -Grita, Tollog -dijo-, y tendré que matarte. -El beduino sintió que las manos se aflojaban alrededor de su cuello, pero no gritó pidiendo ayuda; había reconocido aquella voz y sabía que nunca amenazaba en vano. Permaneció inmóvil mientras le ataban con fuerza las muñecas y los tobillos, y después le amordazaban. Sintió los pliegues de la tela alrededor del rostro, y después... el silencio. Oyó a Stimbol entrar sigilosamente en la tienda, pero pensó que se trataba del mismo hombre que le había reducido. Así murió Tollog, hermano de Ibn Jad; murió tal y como había planeado que debía morir Tarzán de los Monos. Y, consciente de cómo moriría, el hombre mono sonrió al alejarse a través de la selva en dirección sudeste. Pero Tarzán no había ido a buscar a los beduinos, sino a Blake. Después de descubrir que el hombre blanco del manzil de Ibn Jad era Stimbol, y asegurarse de que nadie conocía el paradero del otro americano, se apresuró a regresar al lugar donde los muchachos de Blake le habían explicado que su bwana había desaparecido. Tenía la esperanza de seguir su rastro y, si aun así era incapaz de encontrarlo, averiguar al menos qué había podido sucederle. Por tanto, se desplazó raudo gracias a que su increíble sentido de la vista y del olfato le ayudaban a indagar en los secretos de la jungla, aunque pasaron tres días hasta que encontró el lugar donde Ara el rayo cayó sobre el guía de Blake. Allí descubrió que el imperceptible rastro dejado por Blake se dirigía hacia el norte. Tarzán agitó la cabeza; sabía que existían una infinidad de bosques deshabitados entre el lugar en que se encontraba y los poblados galla más cercanos. Asimismo, sabía que, aunque Blake hubiese sobrevivido al hambre y a la amenaza de las bestias salvajes que poblaban la jungla, quizás habría caído víctima de una lanzagalla. Tarzán siguió durante dos días un rastro que ningún otro ojo humano podría seguir. La tarde del segundo día llegó ante la enorme cruz de piedra que se erigía justo en mitad del antiguo sendero. Tarzán vio la cruz oculto desde unos arbustos, ya que se movía igual que las bestias de presa, cubriéndose con cualquier cosa que pudiera encontrar, sospechoso de cualquier objeto extraño, siempre dispuesto a huir o a luchar si lo exigía la ocasión. Por esa razón no se encontró de frente con los dos soldados que custodiaban la entrada a la ciudad de Nimmr. El sonido de sus voces llegó a su atento oído mucho antes de que pudiera verlos. Como cuando Sheeta o Numa se acercan a una presa, así gateó Tarzán de los Monos a través de los arbustos hasta situarse a algunos metros de los soldados. Se sorprendió mucho al oírlos conversar en un inglés que, aun siendo comprensible para él, parecía más bien una lengua extranjera. También lo sorprendieron sus anticuadas costumbres y armas, y en ellos creyó intuir una posible explicación para la desaparición de Blake, y una idea de cuál podía ser su paradero. Durante un tiempo, Tarzán siguió observando con mucha atención a la pareja. Podría haberse tratado del mismo Numa sopesando la posibilidad de arremeter contra una presa. Vio que iban armados con una tosca pica y una espada. Si hablaban inglés, pensó, podrían darle información acerca de Blake. Pero ¿le recibirían amablemente, o intentarían atacarlo? Estaba claro que nunca lo descubriría si seguía oculto entre los arbustos; por eso se situó de la misma forma que Numa cuando está a punto de saltar. Los dos negros conversaban distraídos y no sospechaban ningún peligro, cuando de pronto Tarzán se abalanzó sobre la espalda del hombre que tenía más cerca y lo tumbó en el suelo. Antes de que el otro pudiera reaccionar, el hombre mono había arrastrado a su víctima al amparo de los arbustos de los que había salido, mientras el compañero se volvía y echaba a correr en dirección al túnel. El hombre al que había cogido Tarzán forcejeó para liberarse del abrazo del hombre mono, que podía con él igual que si fuera un niño. -Quieto -dijo-. No voy a hacerte daño. -¡Pardiez! -gritó el negro-. ¿Qué suerte de criatura sois vos? -Una que no te hará daño si le cuentas la verdad -replicó Tarzán. -¿Qué queréis saber? -preguntó el negro. -Un hombre blanco pasó por aquí hará unas semanas. ¿Dónde está? -¿Os referís a sir James? -preguntó el soldado. -¡Sir James! -exclamó Tarzán antes de recordar que el nombre de pila de Blake era, precisamente, James-. Se llamaba James -dijo-. James Blake. -Ciertamente, es el mismo -dijo el soldado. -¿Le has visto? ¿Dónde está? -Defiende el honor de nuestro Señor Jesús y el de los caballeros de Ninunr en el gran torneo, en las lizas que hay en la llanura que se extiende ante la ciudad. Y si habéis venido a retar al buen sir James, encontraréis valientes caballeros y soldados que os impedirán hacerlo en su favor. -Soy amigo suyo -dijo Tarzan. -Entonces, ¿por qué habéis saltado así sobre mí, si sois amigo de sir James? -preguntó el hombre. -No sabía cómo ibais a recibirme, ni cómo le habíais recibido a él. -Un amigo de sir James siempre será bien recibido en Nimmr. Tarzán cogió la espada del hombre y le permitió levantarse. Había perdido la pica antes de que lo arrastrara a los arbustos. -Ve delante y llévame ante tu señor -ordenó el hombre mono-, y recuerda que tu vida será el precio que pagarás por traicionarme. -No me obliguéis a dejar el camino libre para que lo aprovechen los sarracenos -rogó el hombre-. Mi compañero no tardará en volver con los demás, y entonces les rogaré que os lleven a cualquier lugar donde queráis ir. -De acuerdo -dijo el hombre mono. No llevaban esperando mucho cuando oyeron ruido de pasos que se acercaban a la carrera, y un extraño tintineo metálico que podía indicar que llevaban cadenas u otros objetos metálicos. Poco después, Tarzán se sorprendió al ver a un blanco vestido con una cota de malla, armado con una espada y un escudo, que descendía corriendo por el sendero seguido por una docena de piqueros. -¡Diles que se detengan! -ordenó Tarzán mientras apoyaba la punta de la espada en la cintura del hombre-. Diles que quiero hablar con ellos antes de que se acerquen demasiado. -¡Alto, os lo ruego! -gritó el muchacho-. Es amigo de sir James, pero me atravesará con mi propia espada si os acercáis demasiado. Hablad con él, noble caballero, para que al menos pueda vivir para conocer el resultado del gran torneo. El caballero se detuvo a algunos pasos de Tarzán, al que miró de arriba abajo. -¿De veras sois amigo de sir James? -preguntó. -Llevo días buscándole -asintió Tarzán. -Debió de sucederos algo terrible para perder vuestros atavíos. -Suelo caminar de esta guisa por la jungla -respondió Tarzán con una sonrisa. -¿Sois un caballero del mismo país que sir James? -Soy inglés -respondió Tarzán de los Monos. -¡Un inglés! ¡Entonces, bienvenido seáis a Nimmr! Mi nombre es sir Bertram, soy un buen amigo de sir James. -Yo soy Tarzán -dijo el hombre mono. -¿Y vuestro título? -preguntó sir Bertram. Tarzán estaba intrigado con el extraño comportamiento y garbo de tan amistosa inquisición, pero se dio cuenta de que, fuera quien fuera ese hombre, parecía tomarse a sí mismo en serio, y se sentiría más impresionado si sabía que Tarzán era un hombre de posición, de modo que optó por decir la verdad sin grandes aspavientos. -Vizconde -dijo. -¡Un par del reino! -exclamó sir Bertram-. El príncipe Gobred estará encantado de recibiros, milord Tarzán. Acompañadme y os proporcionaré armas y atavíos que os sienten bien. En la barbacana exterior, Bertram condujo a Tarzán a la estancia reservada para el caballero de guardia, y lo retuvo allí mientras enviaba a su escudero al castillo para traer vestimenta y un caballo. Mientras esperaban, Bertram explicó a Tarzán todo lo sucedido a Blake desde su llegada a Nimmr y, también, la mayor parte de la extraña historia de aquella desconocida colonia británica. Cuando el escudero volvió con la ropa, descubrieron que a Tarzán le sentaba como un guante, ya que sir Bertram era un hombretón. De ese modo, Tarzán de los Monos quedó vestido como un caballero de Nimmr, y poco después cabalgaba hacia el castillo con sir Bertram. Allí, el caballero anunció al hombre mono como milord vizconde Tarzán. Nada más entrar le presentaron a otro caballero, a quien persuadió para relevarlo en la entrada mientras acompañaba a Tarzán a las lizas, con objeto de presentarlo al príncipe Gobred y presenciar las últimas evoluciones del torneo, si es que éste aún no había concluido. Tarzán de los Monos, embutido en una cota de malla y armado de lanza y espada, cabalgó hacia el interior del Valle del Sepulcro, justo cuando Bohun ejecutaba su malvado plan y raptaba a la princesa Guinalda. Mucho antes de llegar a las lizas, Bertram se dio cuenta de que algo iba mal. Veían las nubes de polvo que se dirigían rápidamente hacia el norte alejándose de las lizas; nubes que correspondían a un grupo de caballeros persiguiendo a otro. Picó espuelas y al verlo Tarzán hizo lo propio, de modo que no tardaron en llegar a las lizas, donde descubrieron el caos que se había desatado. Las mujeres se disponían a cabalgar de regreso a Nimmr, escoltadas por algunos caballeros que Gobred había enviado para custodiarlas. Los soldados formaban en silencio por compañías, pero había cierta confusión en todo lo que hacían, ya que de vez en cuando buena parte de los soldados echaban a correr hacia las tribunas para otear hacia el norte, hacia las nubes de polvo que no significaban nada para ellos. Sir Bertram se acercó a uno de sus compañeros. -¿Qué ha sucedido? - preguntó. -¡Bohun ha raptado a la princesa Guinalda! –Fue la sorprendente respuesta. -¡Voto a bríos! -gritó Bertram volviendo grupas-. ¿Cabalgaréis conmigo para prestar servicio a nuestra princesa, milord Tarzán? Por toda respuesta, Tarzán se limitó a picar espuelas junto a Bertram, de modo que ambos cabalgaron estribo con estribo por la llanura mientras en la distancia Blake se acercaba cada vez más a los caballeros del Sepulcro que habían emprendido la huida. Tan densa era la cortina de polvo que levantaban, que permanecían tan ocultos de su perseguidor como éste lo estaba de ellos, de manera que ignoraban que Blake iba tras sus pasos. El americano no llevaba escudo ni lanza, pero la espada golpeaba contra su costado y de su cadera derecha colgaba el cuarenta y cinco. No se había librado de la pistola desde su llegada a Nimmr; era un arma perteneciente a otro mundo, a otra época. Cuando le preguntaban respondía que se trataba de un amuleto de la suerte, aunque pensaba de veras que algún día podía serle de más utilidad de lo que los sencillos caballeros y sus damas podrían soñar. Había decidido no utilizarla jamás excepto en una batalla, o como último recurso en caso de verse en una situación comprometida o caer en una trampa, y por tanto se alegró de llevarla consigo en ese momento, ya que podía marcar la diferencia entre la libertad o el cautiverio de la mujer a la que amaba. Se acercó lentamente a los caballeros del Sepulcro que iban en la retaguardia. Sus monturas, adiestradas y acostumbradas a cargar con el considerable peso de un hombre y los pertrechos de un caballero, aguantaban el ritmo incluso un buen rato después de partir a la carrera de las lizas de Nimmr. El polvo se convertía en nubes, fruto del galope de los caballos. A través de dichas nubes, Blake forzaba la vista para atisbar la silueta de algunas monturas a poca distancia de él. Su caballo negro, fuerte y valiente, no mostraba signos de fatiga. Su jinete empuñaba la espada en la mano, preparado para lo que pudiera acontecer. Ya no era un caballero negro, sino gris. El bacinete, la bella gualdrapa de su montura, hasta el mismo caballo, todo estaba gris a causa del polvo. Blake vio a un caballero al que se acercaba lentamente. El caballero también estaba gris y Blake comprendió el valor del camuflaje que la suerte le había concedido. Podría cabalgar entre ellos sin levantar sospechas. Instantáneamente envainó la espada y picó espuelas para ganar más velocidad. Logró pasar de largo al caballero y, después de forzar la montura hasta el límite de sus posibilidades, pasó uno tras otro por entre los caballeros de Bohun. En algún lugar encontraría a un caballero que no montara solo, y ese caballero estaba acabado. Cuanto más se acercaba a la cabeza de la fila, más peligrosa se hacía su situación y más posibilidades había de que lo descubrieran, ya que el polvo era menos denso y por tanto los hombres podían ver más allá. Sin embargo, su propia armadura, su rostro y el bacinete de piel de leopardo estaban cubiertos de polvo, y aunque los caballeros le miraban con atención al ser adelantado, nadie lo reconoció. Uno de ellos le saludó. -¿Sois vos, Percival? -preguntó. -No -contestó Blake antes de picar espuelas. En aquel momento, ante él, vio a varios caballeros apiñados, y en un determinado momento creyó ver la falda de una mujer agitada por el viento en mitad del grupo. Se acercó hasta verse rodeado por dichos caballeros, y vio a una mujer montada en un caballo delante del caballero. Desenvainó la espada y picó espuelas hasta situarse entre dos caballeros que cabalgaban cerca del que llevaba a Guinalda, y mientras pasaba por su lado repartió sendos tajos a diestra y siniestra, de modo que dichos caballeros cayeron de las monturas. Volvió a picar espuelas y el caballo negro voló hasta colocarse junto al joven caballero que llevaba a la princesa. Blake atacó con tanta rapidez que ni se dio cuenta de que los caballeros apenas cabalgaban a un metro de distancia; éstos no tuvieron tiempo de darse cuenta de lo que sucedía e intentar impedirlo. Blake pasó el brazo izquierdo por debajo de la chica, al tiempo que tiraba un mandoble a la izquierda, por encima del hombro, hasta hundir la espada en el cuerpo del joven caballero. Después arrancó a la chica de brazos del caballero, antes de que éste cayera malherido sobre la crin del caballo. La espada de Blake quedó atrapada en el cuerpo de su rival, pues la había hundido con mucha fuerza en el enemigo que se había atrevido a acometer semejante felonía con la mujer que amaba. Se produjeron gritos de rabia a su alrededor mientras los caballeros picaban espuelas para perseguirlo, y el caballo negro cabalgaba a su aire sin manos que guiaran sus riendas. Un tipo enorme se acercaba por la espalda de Blake, y otro se aproximaba por el lado opuesto. El primero, erguido sobre los estribos, lanzó un tajo cuando el otro tiraba de la punta del acero con intención de hundir la espada en el cuerpo del americano. Sus labios profirieron extraños juramentos, y los rostros parecían deformes de rabia mientras se esforzaban en cobrarse la vida del valiente hombre que casi había frustrado sus intenciones. Sin embargo, estaban seguros de que fracasaría, pues sólo era uno contra un millar. Entonces sucedió algo que ninguno de ellos, al igual que ninguno de sus progenitores, pudo haber previsto. Blake empuñaba el cuarenta y cinco, y acto seguido se produjo un estallido tremendo. El caballero de la derecha cayó inmediatamente al suelo. Blake se volvió en la silla y abrió fuego contra el que le seguía de cerca por la espalda, a quien alcanzó entre ceja y ceja. Las monturas aterrorizadas de los demás caballeros cercanos se desbocaron, al igual que el caballo negro del propio Blake; pero mientras el americano intentaba enfundar la pistola para aferrar las riendas con la mano derecha, se inclinó a la izquierda y de esa forma forzó al caballo a volver grupas lentamente hacia la dirección que pretendía tomar. El plan de Blake consistía en pasar de largo por en medio de los caballeros del Sepulcro, y después cabalgar al sur, hacia Nimmr. Estaba seguro de que Gobred y sus seguidores no debían de estar muy lejos, y que sería cuestión de unos minutos antes poner a salvo a Guinalda tras las líneas de un millar, o más, de caballeros, dispuestos a dar sus vidas por la de la princesa. Pero los caballeros del Sepulcro se habían esparcido en un frente más amplio de lo que esperaba, y en aquel momento vio que se acercaban rápidamente por su izquierda, de modo que se vio obligado a huir en otra dirección. Tanto se acercaron al americano que éste se vio obligado de nuevo a desenfundar el cuarenta y cinco. Un solo disparo bastó para obligar a los caballos enemigos a alejarse desbocados del terrible estampido, aunque al mismo tiempo sumió a su caballo negro en un nuevo estado de terror que casi provocó que Blake y la chica dieran contra el suelo. Cuando por fin logró controlar al animal, la nube de polvo que señalaba la posición de los caballeros del Sepulcro se encontraba a cierta distancia, y a la izquierda de Blake había un denso bosque, cuya oscuridad ofrecía un buen lugar para ocultarse, al menos de momento. Picó espuelas hasta adentrarse rápidamente en el bosque, donde ayudó gentilmente a la princesa a bajar del caballo. Después de desmontar aseguró el caballo a un árbol, ya que James estaba destrozado después de todo lo que había hecho durante aquel día, al igual que el caballo. Desató la gualdrapa y la pesada silla de la montura, y sacó el bocado del morro del caballo. Después plegó parte de la gualdrapa para que el caballo ventilara mejor. En ningún momento miró a la princesa hasta que acabó de atender al caballo. Finalmente se volvió para mirarla. Estaba apoyada contra un árbol, observándole. -Sois un valiente caballero -dijo suavemente antes de añadir-. Y también sois un patán. Blake sonrió sin ganas. Estaba muy cansado y no tenía intención de discutir. -Lamento tener que pedirte esto -dijo ignorando lo que acababa de oír-, pero sir Galahad no puede quedarse parado mientras descansa, y yo estoy muy cansado para tirar de las riendas. La princesa Guinalda lo miró con los ojos abiertos como platos. -Vos... vos... -tartamudeó-. ¿Vos pretendéis que tire de la bestia? ¡Soy una princesa! -Yo no puedo hacerlo, Guinalda -respondió Blake-. Acabo de decirte que estoy hecho polvo, y que cargo con esta cota de malla desde el amanecer. Supongo que tendrás que hacerlo tú misma. -¡Tendré! ¿Os atrevéis a darme órdenes, bellaco? -¡Cierra la boquita, niña! -advirtió Blake secamente-. Soy responsable de tu seguridad, y ésta depende del caballo. ¡Venga, no te entretengas y haz lo que te pido! Tira lentamente de las riendas hacia atrás y hacia delante. La princesa Guinalda tenía lágrimas de rabia en los ojos, dispuesta como estaba a responder a tamaña insolencia, pero vio algo en la mirada de Blake que la calló. Le observó durante unos segundos y después se volvió y se dirigió hacia el caballo negro. Desenrolló la rienda que lo sujetaba al árbol y lo movió como le había ordenado Blake, mientras éste descansaba con la espalda apoyada en el tronco de un enorme árbol sin perder detalle de la llanura, atento ante el menor signo de persecución. Pero no vio nada, ya que los caballeros de Nimmr habían alcanzado a los caballeros del Sepulcro, y ambas fuerzas estaban enzarzadas en un combate desordenado que los acercaba cada vez más a la ciudad del Sepulcro, situada en la parte norte del valle. Guinalda estuvo ocupada con el caballo durante una media hora, cosa que hizo en silencio, igual que Blake mientras observaba atentamente el valle. Pasada esa media hora se volvió hacia la chica y se puso en pie. -Ya es suficiente -dijo acercándose hacia ella-. Gracias. Yo me encargo a partir de ahora. Estaba demasiado cansado para hacerlo antes. La princesa le entregó las riendas del caballo negro sin decir una sola palabra, y Blake se encargó de frotar al caballo desde el hocico hasta las grupas con unas hojas secas que había recogido. Al terminar volvió a colocar la gualdrapa y se sentó junto a la chica. Su mirada repasó el contorno de su perfil. Su nariz recta, la fugacidad del labio superior, su barbilla orgullosa. «Es maravillosa -pensó Blake-. Pero es egoísta, arrogante y cruel.» Sin embargo, cuando ella volvió la mirada hacia él, aunque sus ojos fingieron no verle, pareció negar todo lo dicho en su contra. Blake se dio cuenta de que sus ojos nunca dejaban de moverse. Su mirada pasaba de un lado a otro, aunque la mayor parte del tiempo observaba el bosque y las copas de los árboles con atención. Una vez pareció sobresaltada y se volvió de pronto para mirar con atención hacia el interior del bosque. -¿Qué sucede? -preguntó Blake. -Me ha parecido ver algo en el bosque -dijo-. Vámonos. -Es casi de noche. Cuando esté oscuro podremos cabalgar de regreso a Nimmr. Quizás algunos de los caballeros de Bohun aún anden por ahí buscándote. -¿Qué? -exclamó-. ¿Quedarnos aquí hasta que se haga de noche? ¿Acaso no sabéis dónde estamos? -¿Por qué? ¿Qué tiene de malo este lugar? -preguntó el hombre. Ella, antes de responder, se inclinó hacia él con la mirada aterrorizada. -¡Es el bosque de los leopardos! -susurró. -¿Sí? -preguntó despreocupadamente. -Aquí moran los grandes leopardos de Nimmr -continuó la chica-, y cuando cae la noche sólo un campamento con muchos guardias y un buen fuego puede considerarse a salvo de ellos. A veces, ni así, ya que de muchos es sabido que pueden saltar sobre alguien y arrastrarlo al interior del bosque para devorarlo mientras los gritos se oyen desde el campamento. Pero -de pronto la expresión de sus ojos obedeció a un nuevo pensamiento- no he olvidado la extraña y estruendosa arma con la que habéis matado a los caballeros de Bohun. ¡Seguro que también podríais matar a los leopardos del bosque! Blake titubeó antes de responder; no quería engañarla, pero tampoco alarmarla aún más. -Quizá sea mejor partir inmediatamente -respondió mientras se acercaba a sir Galahad-; tenemos un largo camino por delante y no tardará en anochecer. Casi había alcanzado al caballo cuando, de pronto, el animal levantó la cabeza y con las orejas en punta y las fosas nasales dilatadas dirigió la mirada hacia la espesura del bosque. Durante un instante, sir Galahad tembló como una hoja y, después, con un salvaje bufido, tiró hacia atrás de la cuerda que lo ataba al árbol y, tras romperla, volvió grupas y salió al galope a la llanura. Blake desenfundó la pistola y echó un vistazo al bosque, pero no vio nada, y su atrofiado sentido del olfato tampoco fue capaz de descubrir el olor que, con tanta claridad, había olfateado el hocico de sir Galahad. Unos ojos que no pudo ver le estaban observando, pero no eran los ojos de Sheeta el leopardo.
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