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XVII ¡Los sarracenos! En el valle del Sepulcro, sobre las llanuras que había bajo la ciudad de Nimmr, justo al inicio del segundo día del gran torneo, una banda de hombres implacables vestidos con túnicas y armados con mosquetes coronó la cima del paso que había en la parte norte del valle, y miró abajo, a la ciudad del Sepulcro y al castillo del rey Bohun. Habían ascendido a través de lo que en tiempos remotos pudo considerarse un sendero; llevaba tanto tiempo sin utilizarse, o se había aprovechado de forma tan infrecuente, que apenas se distinguía de la vegetación que lo rodeaba. Sin embargo, a sus pies, Ibn Jad vio a poca distancia una carretera mejor acondicionada y, más allá, lo que le pareció una fortaleza. Aún más allá distinguió las almenas del castillo de Bohun. Lo que vio al fondo era la barbacana que custodiaba el acceso al castillo y la ciudad, ya que ambos tenían más o menos la misma disposición que la fortaleza que el príncipe Gobred tenía en la parte sur del valle, custodiando la ciudad de Nimmr y el valle que se extendía más allá contra el presunto e inminente asalto de los sarracenos. En busca de cobertura, Ibn Jad y sus beduinos descendieron a gatas hacia la barbacana, donde un anciano caballero y unos cuantos soldados hacían una guardia rutinaria. Ocultos en los arbustos de las montañas, los árabes tuvieron oportunidad de ver a dos negros vestidos con extrañas ropas que cazaban en el exterior de la gran puerta. Iban armados con ballestas y flechas, y su objetivo eran los conejos. Durante años no habían visto acercarse a ningún extraño por ese camino tan antiguo, y durante años habían cazado entre la puerta y la falda de la montaña, ya que no se les permitía ir más allá. Tampoco tenían ninguna intención de alejarse; aunque eran descendientes de los galla que vivían al otro lado de la cima de las montañas, creían ser ingleses y también creían que una horda de sarracenos aniquilaría a quien se aventurara más allá de aquéllas. Aquel día estaban cazando como tantas otras veces cuando coincidían de guardia en la barbacana exterior. Avanzaron silenciosamente con la esperanza de que apareciera el conejo, pero no vieron a los hombres de rostro moreno que se ocultaban tras los arbustos. Ibn Jad vio abierta la gran puerta, y también observó que se cerraba y abría verticalmente. En aquel momento la habían levantado. Mucha parecía la tranquilidad del anciano caballero y de los soldados que le acompañaban, pues el rey Bohun estaba ausente y no había nadie dispuesto a reprobarles. Ibn Jad ordenó a quienes tenía más cerca avanzar a gatas hacia la puerta. -¿Dónde estaban el anciano caballero y el resto de vigilantes? El primero daba buena cuenta de un tardío desayuno en el interior de una de las altas torres de la barbacana, y los demás se aprovechaban del relajo de la disciplina para arañar algunos minutos más de sueño, tumbados bajo la sombra de algunos árboles que había en el interior del vallum. Ibn Jad se acercó hasta llegar a unos metros de la entrada, y aguardó a que los demás se reunieran con él. Cuando así lo hicieron, susurró algunas palabras y echaron a correr calzados con sandalias hacia la puerta, mosquete en mano. Tras ellos fueron los compañeros. Ya estaban reunidos en el vallum cuando los soldados fueron conscientes de la existencia de un enemigo a ese lado de Palestina. Se levantaron legañosos y se armaron con ballestas y hachas de batalla para defender la puerta. Sus gritos de «¡Sarracenos! ¡Sarracenos!» llevaron al anciano caballero y a los cazadores a correr hacia el vallum. Abajo, en el castillo del rey Bohun, los hombres de las puertas y otros hombres apostados que habían quedado atrás mientras Bohun partía hacia el gran torneo, oyeron extraños ruidos procedentes de la barbacana exterior. Los gritos de los hombres llegaban a sus oídos como extraños y agudos sonidos que eran como el trueno, aunque sin ser un trueno. Jamás habían oído nada parecido, ni ninguno de sus antepasados. Corrieron hacia la puerta exterior del castillo, y los caballeros que había allí discutieron qué era lo mejor que podían hacer. Al tratarse de valientes caballeros sólo cabía una opción para ellos: si quienes hacían guardia en la barbacana exterior habían sido atacados, debían acudir en su defensa. Reunidos todos a excepción de cuatro caballeros y soldados, el senescal del castillo montó y cabalgó hacia la puerta exterior. A medio camino de distancia, Ibn Jad y sus hombres los vieron pasar después de superar a los guardias de la puerta, pobremente armados. En aquel momento se dirigían por la carretera en dirección al castillo. Al ver a estos refuerzos, Ibn Jad se apresuró a esconderse junto a sus seguidores entre los arbustos que corrían paralelos a la carretera. Por esa razón, el senescal pasó de largo sin verlos y, cuando éste hubo pasado, siguieron adelante por la carretera en dirección al castillo del rey Bohun. Los hombres de la puerta del castillo, conscientes de la situación, estaban preparados y tenían la puerta elevada mientras un oficial les daba instrucciones, de manera que si los que habían partido a caballo volvían con el enemigo pisándoles los talones, pudieran encontrar cobijo en el interior del vallum. El plan, en ese caso, consistía en bajar la puerta al entrar los del Sepulcro, para que los sarracenos que vinieran detrás se dieran con ella en las narices. La identidad del enemigo era algo que se daba por descontado. Después de todo, ¿acaso no habían esperado cerca de siete siglos y medio para emprender el asalto? Los hombres se preguntaban si estaban ante el esperado asalto sarraceno. lbn Jad los observaba mientras debatían la cuestión, oculto en un grupo de arbustos a algunos metros de distancia. El ingenioso beduino conocía el propósito de la puerta e intentaba dar con un plan que le permitiera superar el obstáculo, antes que la puerta le cayera en las narices. Al final lo encontró y sonrió. Ordenó acercarse a tres de sus hombres, y a sus oídos susurró el plan que tenía en mente. Había cuatro soldados dispuestos a dejar caer la puerta en cualquier momento, y los cuatro estaban en el ángulo de visión de lbn Jad y de los tres hombres que aguardaban a su espalda. Con mucho cuidado y no menor cautela, sin hacer un solo ruido, los cuatro árabes alzaron el cañón de sus antiguos mosquetes y apuntaron. -¡Ahora! -susurró Ibn Jad. De los cañones de los cuatro mosquetes surgieron llamaradas, partículas de pólvora y la temible bala de la muerte. Los cuatro soldados cayeron sobre el empedrado; Ibn Jad y sus seguidores se arrojaron a la carga hasta llegar al interior del vallum del castillo. Ante su mirada, al otro lado del vallum, había otra puerta y un ancho foso, pero el puente levadizo estaba bajado, la puerta levantada y al parecer en la entrada no había guardias. El senescal y sus hombres habían llegado sin encontrar oposición al vallum de la barbacana exterior, donde encontraron a todos los defensores ensangrentados, incluso al pequeño escudero del anciano caballero que debió vigilar la puerta y no lo hizo. Sin embargo, uno de los soldados seguía vivo, y con su último aliento comunicó la terrible verdad de lo sucedido. ¡Al final los sarracenos habían atacado! -¿Dónde? -preguntó el senescal. -¿No los habéis visto, señor? -preguntó el moribundo-. Echaron a correr por la carretera que conduce al castillo. -¡Imposible! -gritó el senescal-. Hemos venido por esa carretera sin que nos hayamos cruzado con nadie. -Han ido hacia el castillo musitó el hombre. El senescal enarcó ambas cejas. -¿Eran muchos? -preguntó. -Unos pocos -contestó el soldado-. No era más que una avanzadilla del sultán. Justo en ese momento un nuevo disparo del mosquete situado frente a la puerta del castillo sobresaltó al senescal y a sus hombres. -¡Pardiez! -gritó. -Debieron de ocultarse en los arbustos cuando cabalgábamos por la carretera -sugirió un caballero que había junto al senescal-, porque de otra forma los hubiéramos visto. Henos aquí, tan sólo hay un camino que conduzca al castillo. -Sólo cuatro hombres guardan la entrada del castillo -dijo el senescal-, a los que ordené custodiar el puente hasta nuestro regreso. ¡Que Dios se apiade de mi alma! ¡He entregado el castillo del Sepulcro a los sarracenos! ¡Matadme, sir Morley! -¡No, señor! Necesitamos cada espada, cada lanza y cada ballesta que podamos empuñar contra esos bellacos. ¡No es momento de penitencias cuando podéis dar vuestra vida a Jesús nuestro Señor en defensa del Sepulcro, luchando contra los infieles! -Razón no os falta, Morley -gritó el senescal-. Quedaos donde estáis acompañado de seis hombres, y mantened la posición en esta puerta. ¡Volveré con los demás y batallaré por el castillo! Pero cuando llegó al castillo encontró la puerta bajada y a un sarraceno barbudo de piel morena observándole detrás de ella. El senescal ordenó a los ballesteros matar al felón, pero cuando se disponían a atacar se produjo una tremenda explosión ensordecedora y una llamarada surgió de una cosa extraña que el sarraceno apoyaba en el hombro y que apuntaba hacia los caballeros. Uno de los ballesteros cayó de bruces con las manos en la cara, y el resto echó a correr. Eran valientes enfrentados a peligros conocidos, naturales, pero en presencia de lo sobrenatural, lo anormal, lo inexplicable, reaccionaban como la mayoría de personas. ¿Qué podía resultar más anormal, que la muerte acompañada de una llamarada y un trueno que salían de un palo para atrapar a su víctima y arrebatarle la vida? Pero sir Bullund, el senescal, era caballero del Sepulcro. Quería como el que más echar a correr, pero había algo que lo obligaba a permanecer en posición, algo más potente que el miedo a la muerte. Algo llamado honor. Sir Bulland no podía salir corriendo, de modo que permaneció sentado en la silla de su imponente caballo, y retó a los sarracenos a mortal combate; los retó a que enviaran al más valiente de sus caballeros para enfrentarse a él y decidir quién se quedaría con la puerta. Sin embargo, los árabes ya tenían la puerta. Además, no entendían una palabra de lo que decía. Y por encima de todo, no tenían honor, cosa que no ignoraba sir Bulland, y quizá, como sabe cualquier beduino, se habrían reído ante su sola mención. Una cosa sí sabían; dos, en realidad. Aquel caballero era un nasraní y no iba armado. No contaban la lanza y la espada como armas, ya que con ninguna de ellas podría alcanzarlos. De modo que uno de ellos apuntó con mucho cuidado, y abrió fuego sobre sir Bulland y atravesó la cota de malla por donde cubría su noble y caballeroso corazón. Ibn Jad tenía en sus manos el castillo del rey Bohun, y estaba seguro de haber descubierto la fabulosa ciudad de Nimmr, de la que le había hablado el Sahar. Reunió a mujeres, niños y a los pocos hombres que quedaban custodiados por guardias armados. Por un instante pensó en matarlos, ya que eran nasraní, pero estaba tan contento de haber encontrado y conquistado la ciudad del tesoro que les perdonó, por el momento, la vida. Bajo sus órdenes, sus seguidores saquearon el castillo en busca del tesoro. El resultado del saqueo no los decepcionó, ya que muchas eran las riquezas de Bohun. Había oro y piedras preciosas en las colinas del valle del Sepulcro. Durante siete siglos y medio los esclavos del Sepulcro y de Nimmr habían buscado oro en el lecho de los ríos, así como piedras preciosas. El valor de ambos tesoros no era el mismo para los del Sepulcro y los de Nimmr que para cualquier persona del mundo exterior. Tenían en alta estima dicho tesoro como alhajas; sin embargo, les gustaran, las guardaran o, incluso a veces, se pelearan por ellas, no las guardaban bajo siete llaves ni las escondían en sótanos. ¿Qué razón había para tal cosa en un lugar donde nadie robaba nunca? Cierto es que guardaban a sus mujeres y a sus caballos, pero no el oro o las joyas. Ibn Jad reunió así un gran saco repleto de tesoros, suficiente como para satisfacer su sedienta imaginación y su ansia de éxito. Reunió todo lo que pudo encontrar en el castillo del rey Bohun, más de lo que había esperado encontrar en la fabulosa ciudad; y entonces sucedió algo extraño. En posesión de más riqueza de la que posiblemente podía aprovechar, quiso aún más. No, no era, después de todo, algo tan extraño; después de todo, Ibn Jad era un ser humano. Pasó la noche en compañía de sus seguidores en el castillo del rey Bohun y se dedicó a trazar un nuevo plan. Había visto un amplio valle que se extendía más allá, hasta llegar a la falda de las montañas, y en dicha falda había creído ver lo que parecía una ciudad. «Quizá -pensó Ibn Jad- sea una ciudad más rica que ésta. Quizá no tarde en descubrirlo.»
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