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Capítulo III

CAPÍTULO 3

«BRICK», «SORREL-TOP» Y «REDDY»

-¿Qué hay? -preguntó Joe al reunirse con Fred y Charley.

-Las cometas -respondió Charley-. Anda, que estamos cansados de esperarte.

Los tres siguieron calle adelante hasta lo más alto de la colina, desde donde divisaron a mucha profundidad y casi debajo de sus pies la Union Street. A aquello lo llamaban el Abismo, y el nombre no podía estar mejor aplicado. A sí mismos se denominaban los habitantes de la Colina, y consideraban como una gran aventura el descenso de los habitantes de la Colina al Abismo.

Hacer volar cometas científicamente constituía uno de los más vivos placeres de estos tres habitantes de la Colina, y tener cinco o seis cometas volando sobre una milla de cordel y revoloteando entre las nubes era para ellos una cosa corriente. Con frecuencia se veían obligados a completar la provisión de cometas, pues cuando ocurría algún accidente y se rompía el cordel, o al bajar una cometa arrastraba a las demás, o bien si el viento se calmaba de pronto, caían indefectiblemente al Abismo, de donde era ya imposible recuperarlas. La razón de todo esto era que los chicuelos del Abismo pertenecían a una raza de piratas y ladrones, con ideas peculiares respecto a los derechos de propiedad.

Cierto día, después de un accidente ocurrido a una cometa de un habitante de la Colina, pudo verse esta misma cometa hendiendo los aires al extremo de un cor del procedente del Abismo, de los cubiles de la gente de allá abajo. Y ocurría esto porque, siendo los habitantes del Abismo pobres y no pudiendo permitirse el lujo de hacer volar científicamente cometas, se ejercitaban en este arte, con gran aprovechamiento, cuando acababan sus vecinos, los habitantes de la Colina.

Había además allí un viejo marino que se beneficiaba, pues como era entendido en cuerdas y corrientes construía las cometas más voladoras que pudieran obtenerse.

Habitaba junto al agua, en un caserón abandonado, desde donde podía observar, con su vista no muy clara ya, los movimientos de la marea y ver pasar los barcos y a la vez recordar tiempos pasados en que él también había surcado los mares.

Para llegar a su vivienda desde la Colina había que atravesar el Abismo, y en este lugar es donde se hallaban ahora nuestros tres mozalbetes. Ya habían ido muchas veces a buscar cometas durante el día, pero ésta era la primera vez que se atrevían a hacerlo después de oscurecido, y lo consideraban como lo que era en realidad: una peligrosa aventura.

En una palabra: el Abismo era el intrincado barrio de los pobres, donde vivían hacinadas, entre suciedad e inmundicia y en cosmopolita promiscuidad, gentes de todas las nacionalidades. Los muchachos pasaron por allí en dirección a la casa del marino a las primeras horas de la noche, sin topar con ningún contratiempo; únicamente, de vez en cuando, algún chiquillo del Abismo se les quedaba mirando descaradamente y les saludaba con observaciones burlonas.

Las cometas que fabricaba el viejo marino no sólo volaban espléndidamente, sino que se podían doblar y se transportaban con suma facilidad. Cada uno de los muchachos compró varias y, con ellas bajo el brazo, atadas en paquetes compactos, emprendieron el camino de regreso.

-Tened cuidado con los golfos -les advirtió el marino-. Es muy probable que estén merodeando después de anochecido.

-Nosotros no tenemos miedo -aseguró Charley -y ya sabemos defendernos.

Acostumbrados a las calles anchas y tranquilas de la Colina, a los chicos les sorprendía y turbaba la muchedumbre que pululaba en este barrio tan densamente poblado. Al pasar por aquel laberinto de calles estrechas les parecía estar cruzando una vegetación espesa y monstruosa y andaban muy juntos, como buscando mutua protección y sintiendo la extrañeza de cuanto les rodeaba.

Continuamente tropezaban con chiquillos de todas las edades. Mujeres con la cabeza descubierta y despeinadas charlaban a las puertas de las casas, o cruzaban por su lado llevando en un cesto colgado del brazo las mezquinas provisiones. Por todas partes se percibía olor a fruta y pescado en descomposición, a estiércol y podredumbre. Pasaban hombres con andar inseguro y niñas pequeñas y andrajosas atravesaban el barullo con precaución, sosteniendo en la mano jarras llenas de cerveza espumosa. Se confundían y mezclaban lenguas extrañas y dialectos, gritos estridentes, riñas y disputas, y todo el Abismo vibraba en un murmullo fuerte y sostenido, semejante al zumbido de una colmena humana, que es lo que era realmente.

-¡Ah, qué ganas tengo de salir de aquí! -dijo Fred. Hablaba en voz baja, y Joe y Charley indicaron con un gesto asustado que estaban de acuerdo con él. No sentían deseos de charlar, y caminaban tan deprisa como se lo consentía la muchedumbre, en el mismo estado de ánimo con que los viajeros cruzan una ciénaga peligrosa y hostil.

Y el peligro y la hostilidad rondaban en el Abismo. Sus habitantes parecían resentirse de la presencia de aquellos extranjeros de la Colina. Unos rapaces mugrientos les insultaban al pasar, provocándoles con bravatas de ataque. Y al mismo tiempo otros diablillos les seguían de cerca, formando una escolta ruidosa, que se iba haciendo más insolente según aumentaba en número.

-No les hagáis caso -advirtió Joe-. Sigamos adelante, sin darnos por enterados. Pronto habremos salido de aquí.

-No, aún hay para rato -dijo Fred en voz baja-. ¡Mira!

En la esquina más próxima había cuatro o cinco chiquillos de su misma edad. La luz de una farola de la calle se derramaba sobre ellos y ponía de manifiesto a uno de cabellos de un rojo vivo. No podía ser sino «Brick» Simpson, el temido jefe de una banda terrible. Recordaban que había conducido dos veces su banda a la Colina y había sembrado el terror entre la gente joven, que huyó alocada a sus casas, mientras sus padres telefoneaban precipitadamente a la policía.

A la vista del grupo de la esquina, la multitud que seguía a los tres muchachos se disolvió de inmediato, con aparentes manifestaciones de miedo. Esto sólo sirvió para aumentar su inquietud, pero continuaron resueltamente su camino.

El rapaz del pelo rojo se destacó del grupo y, dirigiéndose hacia ellos, les interceptó el paso. Trataron de dar un rodeo, pero él extendió el brazo.

-¿Qué venís a hacer aquí? -dijo, provocador-. ¿Por qué no os quedáis en vuestro barrio?

-Justamente nos vamos a casa -contestó Fred con suavidad.

Brick miró a Joe.

-¿Qué llevas debajo del brazo? -le preguntó.

Joe se contuvo y no le hizo caso.

Venid -dijo a Fred y Charley, al mismo tiempo que se disponía a pasar de largo junto al jefe de la banda.

Pero Brick Simpson le asestó un rápido puñetazo y con igual rapidez le arrebató el paquete de cometas.

La rabia hizo lanzar a Joe un grito inarticulado y, abandonando toda prudencia, saltó sobre su agresor. Evidentemente esto fue una sorpresa para el jefe de la banda, quien lo que menos esperaba era verse atacado en su propio territorio. Retrocedió algunos pasos, teniendo todavía las cometas en la mano y fluctuando entre el deseo de luchar y el de conservar su presa.

Este último fue el que dominó, y dando media vuelta escapó velozmente por una callejuela lateral hacia el laberinto de calles y callejones. Joe sabía que se estaba hun diendo en lo más peligroso del campo enemigo; pero su orgullo estaba herido y se había atentado contra su propiedad, por lo que emprendió la persecución con toda la celeridad de sus piernas.

Fred y Charley le siguieron aunque él ganaba terreno, y tras ellos venían los otros tres rapaces, emitiendo, mientras corrían, prolongados silbidos, que sin duda eran la señal para reunirse el resto de la banda. A medida que continuaba la caza estos silbidos eran contestados desde todas las direcciones, y pronto una veintena de oscuras siluetas estuvieron a la zaga de Fred y Charley, quienes exigían a cada uno de sus músculos el máximo esfuerzo, a fin de no perder de vista al infatigable Joe.

Brick se lanzó por un hueco, en busca de un «burladero». Los burladeros son corredores dispuestos de antemano a través de empalizadas, cobertizos y casas, sorteando negros agujeros y esquinas, donde el perseguido, poco familiarizado, tiene que andar con precaución, y donde son muchas las probabilidades de que pierda la pista.

Pero Joe alcanzó a Brick antes de llegar al final del pasadizo, y juntos rodaron una y otra vez por el lodo estrechamente abrazados. Cuando llegaron Fred y Charley y los de la banda, ya se habían levantado y se hallaban frente a frente.

-¿Qué es lo que quieres? decía retándole el jefe pelirrojo-. ¿Qué es lo que quieres? Me gustaría saberlo.

-Quiero mis cometas -contestó Joe.

Los ojos de Brick Simpson brillaron al enterarse. Precisamente era esto lo que él necesitaba.

-Pues tendrás que luchar para obtenerlas -anunció.

-¿Por qué habré de luchar? -preguntó Joe, indignado-. Son mías.

Lo cual sirve para demostrar cuán poco conocía las ideas de la gente del Abismo sobre los derechos de propiedad.

Un coro de burlas y silbidos se elevó de la banda, que se arremolinaba detrás de su jefe como una manada de lobos.

-¿Por qué he de luchar para obtenerlas? -repitió Joe.

-Porque yo lo digo -replicó Simpson-. Y lo que yo digo se hace. ¿Comprendes?

Pero Joe no comprendía. Se negaba a comprender que la palabra de Brick Simpson era ley en San Francisco o en alguna parte de San Francisco. Su amor a la honradez y al recto proceder se sentía ofendido, y toda su sangre de luchador se había sublevado.

-Dame las cometas ahora y aquí mismo -dijo amenazador y alargando la mano.

Pero Simpson las tiró lejos de sí.

-¿Tú sabes quién soy yo? -le preguntó-. Soy Brick Simpson, y no permito que nadie me hable en ese tono.

-Mejor será que le dejes -murmuró Charley al oído de Joe-. ¿Qué significan unas cuantas cometas? Déjale y salgamos de aquí.

-Son mías -dijo Joe lentamente, cada vez más obstinado-. Son mías y las quiero.

-No puedes luchar contra esta muchedumbre -intervino Fred-, pues aunque le ganaras se te echarían todos encima.

Los de la banda, al apercibirse de este coloquio en voz baja y creyendo equivocadamente que tenía por causa las dudas de Joe, pusiéronse de nuevo a aullar como lobos.

-¡Tiene miedo! ¡Tiene miedo! -decían aquellas fierecillas mofándose y escarneciéndole-. Es demasiado fino. Podría ensuciarse la camisa tan bonita y tan limpia, y después, ¿qué diría la mamá?

-¡A callar! vociferó el jefe con autoridad, y al instante cesó el alboroto.

-¿Quieres darme las cometas? -preguntó Joe avanzando decidido.

-¿Quieres luchar para obtenerlas? -replicó Simpson.

-Sí -contestó Joe.

-¡Lucha! ¡lucha! -volvió a aullar la banda.

-Y vamos a ver un hermoso espectáculo -dijo una gruesa voz de hombre.

Todos los ojos se dirigieron hacia el sujeto que se había acercado sin ser visto y que así se anunciaba. Con la luz eléctrica que brillaba sobre ellos en la esquina vieron que era un hombre alto y musculoso, vestido con traje de obrero. Calzaba pesadas abarcas, una estrecha correa negra le sujetaba los anchos calzones alrededor de la cintura, y en la cabeza llevaba una gorra negra y grasienta. Tenía la cara tiznada y la camisa azul, de tela burda, desabrochada, dejaba ver un cuello macizo.

-Y ¿usted quién es? -preguntó Simpson, indignado por la interrupción.

-Esto no es de tu incumbencia -replicó agriamente el recién llegado-. Pero por si puede hacerte algún bien, te diré que soy fogonero de un barco chino, y, como he dicho antes, vengo a contemplar un hermoso espectáculo. Ésta es mi ocupación. La tuya es procurarnos una buena diversión. Ya puedes empezar, y no lo hagas durar toda la noche.

Los tres muchachos estaban tan satisfechos con la llegada del fogonero, como disgustados Simpson y sus secuaces. Se reunieron para conferenciar durante varios minutos, después Simpson depositó el paquete de cometas en los brazos de uno de su banda y avanzó unos pasos.

-Ven, pues -dijo, quitándose al mismo tiempo la americana.

Joe dio la suya a Fred y de un salto se puso a su lado. Levantaron los puños y se miraron de frente. Casi instantáneamente Simpson le asestó un violento puñetazo y se apartó con astucia, rehuyendo el golpe que Joe le devolvía. Este sintió de pronto cierto respeto por el talento de su adversario, pero el efecto que le produjo fue avivar la tenacidad de su naturaleza y el propósito de vencer.

Amedrentados por la presencia del fogonero, los compañeros de Simpson se limitaban a excitar a Brick y a burlarse de Joe. Los dos muchachos daban vueltas, atacando, disimulando y defendiéndose, y ora el uno ora el otro, colocaban un golpe eficaz. Sus actitudes ofrecían un señalado contraste. Joe estaba erguido, sólidamente apoyado en los pies, con las piernas muy abiertas y la cabeza levantada. Por su parte, Simpson se encogía hasta ocultar la cabeza entre los hombros, y siempre estaba en constante movimiento, saltando, brincando y ejecutando una serie de jugadas completamente nuevas y extrañas para Joe.

Al cabo de un cuarto de hora, ambos estaban cansados, pero Joe se hallaba más fresco. Los efectos del tabaco, de la mala alimentación y de una vida poco higiénica se advertían en el jefe de la banda, que jadeaba convulsivamente, falto de respiración. Aunque al principio había castigado duramente a Joe, debido a una mayor experiencia, ahora se hallaba extenuado y sus golpes carecían de fuerza. Empezando a desesperarse, adoptó un método de ataque que, en rigor, no podría llamarse desleal, pero sí despreciable: consistía en maniobrar, saltar a fondo golpeando rápidamente, y luego, inclinándose hacia adelante, caer al suelo, a los pies de Joe. Éste no podía pegarle mientras no se levantara, y el retrocedía hasta estar en condiciones de ponerse en pie y volver a lo mismo.

Pero Joe se cansó de este juego y se dispuso a terminarlo. Haciendo coincidir su puñetazo con el ataque de Simpson, lo descargó en el instante en que aquél se agachaba para dejarse caer. Y sí que cayó, pero fue de lado, al chocar el puño de Joe en su cabeza. Rodó por el suelo y trató en vano de levantarse, llorando y gimoteando. Sus secuaces se empeñaban en que se pusiera de pie, y él lo intentó una o dos veces, pero estaba demasiado agotado y aturdido.

-Me rindo dijo-; ya tengo bastante.

La banda estaba silenciosa y humillada ante el descalabro de su jefe.

Joe avanzó unos pasos:

-Voy a molestarte, a causa de las cometas -dijo al chico que las guardaba.

-¡Oh, no! -intervino otro miembro de la banda, colocándose entre Joe y sus cometas. Tenía también el cabello de un rojo subido-. Antes de apoderarte de ellas tendrás que habértelas conmigo.

-No lo creo -dijo resueltamente Joe-. He luchado y he vencido, así que no hay más que hablar.

-¡Oh, sí que hay! -repuso el otro-. Yo soy «Sorrel-top» Simpson. Brick es mi hermano. ¿Ves?

Y de esta manera conoció Joe otra costumbre de los habitantes del Abismo, que hasta entonces había ignorado.

-Bueno -dijo, más excitada que nunca su sangre de luchador, ante la injusticia del procedimiento-. ¡Ven!

Sorrel-top Simpson, un año más joven que su hermano, dio pruebas de ser más innoble aún como contrincante, y el buen fogonero tuvo que intervenir varias veces antes de que el segundogénito de la tribu de los Simpson rodase por el suelo y se diera por vencido.

Esta vez fue en busca de sus cometas sin presumir, ni remotamente, que debía ganárselas todavía. De nuevo se interpuso otro rapaz entre él y los suyos. Tenía el cabello igualmente de un color encendido, y Joe reconoció en él a otro miembro de la misma tribu. Era la última edición de los hermanos, algo menos corpulento y con el rostro cubierto de numerosas pecas, que la luz eléctrica ponía francamente de manifiesto.

-No tendrás las cometas hasta que me hayas derrotado a mí -le provocó con una vocecita chillona-. Yo soy «Reddy» Simpson, y no podrás decir que has vencido a la familia si antes no me vences a mí.

Los de la banda aplaudieron admirados, y Reddy se despojó de su andrajosa chaqueta, como preliminar del combate.

-Prepárate -dijo a Joe.

Éste tenía los nudillos doloridos, le sangraba la nariz, tenía el labio partido e hinchado y la camisa rasgada de arriba abajo. Además estaba fatigado y respiraba con dificultad.

-¿Quedan muchos Simpson todavía? -preguntó-. He de volver a casa, y si vuestra familia es muy numerosa esto durará toda la noche.

Yo soy el último y el mejor -replicó Reddy-. Vénceme y tendrás las cometas, te lo aseguro.

-Bueno -suspiró Joe-. Vamos.

Aunque el menor de la tribu carecía de la fuerza y habilidad de sus hermanos mayores, las suplía con un juego de gato montés que castigó severamente a su adversario. Varias veces pensó Joe que habría de rendirse a aquel pequeño torbellino, pero cada vez reunía todas sus fuerzas y volvía tenazmente a la carga, pues sentía que luchaba por sus principios, lo mismo que habían luchado sus antepasados; además, le parecía que el honor de la Colina estaba sobre el tapete, y que él, como su representante, debía hacer cuanto estuviese de su parte para dejarlo a salvo.

Así que resistió y procuró aguantar los choques rápidos y continuados de su adversario, hasta que aquella personilla poco experimentada se agotó con sus propios esfuerzos y desde el suelo confesó que por primera vez en la historia «había sido vencida la familia Simpson».

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