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XVI - Mowgli no podía...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)   

Mowgli no podía entender una sola palabra de todo esto; por otra parte, la leche caliente iba produciendo su efecto en él después de la larga carrera, y así, se acomodó y en un minuto quedóse profundamente dormido, en tanto que Messua le apartaba el cabello de los ojos y lo cubrió con un trozo de tela, sintiéndose muy feliz. Según la costumbre de la selva, Mowgli durmió el resto de la noche y todo el día siguiente, porque el instinto, nunca completamente adormecido, le decía que nada había que temer. Se despertó al cabo dando un salto que hizo temblar la choza, porque la tela que cubría su rostro le hizo soñar que caía en una trampa; permaneció así, de pie, con la mano sobre su cuchillo, pesados aún de sueño sus asustados ojos, pronto para cualquier lucha.

Rióse Messua y puso ante él la comida de la tarde. No eran sino unas bastas tortas, cocidas sobre un fuego que las ahumó, un poco de arroz y un montón de tamarindos en conserva. . . lo indispensable para esperar a que pudiera cazar algo por la noche.

El olor del rocío en los marjales le abrió el apetito y le excitó los nervios. Deseaba interrumpir su carrera primaveral, pero el chiquillo se empeñó en que lo tuviera en brazos, y Messua en que había de peinarle a su Nathoo el largo cabello de color de ala de cuervo. Conforme lo peinaba, canturreaba cancioncillas sin sentido para dormir chiquillos, ya llamando a Mowgli hijo suyo, ya suplicándole que le diera a su niño un poco de su poder sobre la selva.

La puerta de la choza estaba cerrada, pero Mowgli escuchó un ruido que conocía bien, y vio que se desencajaba el rostro de Messua, por el miedo, al notar que pasaba por debajo de la puerta una enorme pata, y al oír que, afuera, del otro lado de la misma puerta, sonaba un gemido ronco y lastimero en el que había arrepentimiento, ansiedad y temor.  

-¡Quédate allí y espera! Cuando llamé, no quisiste venir -dijo Mowgli en el lenguaje de la selva sin volver la cabeza, y desapareció entonces la gran pata gris.

-No... no traigas contigo.., a tus servidores -dijo Messua-. Yo... nosotros.., siempre hemos vivido en paz con los de la selva.

-Viene en son de paz -respondíó Mowgli levantándose-. Recuerda aquella noche en el camino a Khanhiwara. Había docenas como éste en torno tuyo. Pero ya veo que hasta en la época de la primavera el pueblo de la selva no siempre olvida. Madre, me voy. Messua se apartó humildemente. "Es, ciertamente, un dios de los bosques" -pensó-.

Pero, cuando Mowgli puso la mano sobre la puerta, en la pobre mujer pudieron más que nada los sentimientos de madre y le echó los brazos al cuello una y otra vez.

-¡Vuelve! -murmuró-. Seas o no mi hijo, regresa, porque te quiero. .. Mira, él también siente que te vayas.

El pequeño lloraba porque veía que el hombre del cuchillo brillante se iba.

-Regresa otra vez -repitió Messua-. Ni de día ni de noche estará esta puerta cerrada para ti.

Mowgli sentía como si todos los nervios de la garganta se le tensaran, y su voz parecía arrastrarse por ella con dificultad cuando respondió:

-Ciertamente volveré. Y ahora -añadió dirigiéndose al lobo y apartándole la cabeza que se acercaba a él cariñosamente cuando transponía el umbral-, ahora tengo una queja contra ti, Hermano Gris. ¿Por qué no vinieron los cuatro juntos cuando los llamé hace tanto tiempo?

-¿Tanto tiempo? No fue sino ayer por la noche. Yo... nosotros. . estábamos cantando en la selva nuestras canciones nuevas, porque ésta es la época del lenguaje nuevo. ¿Te acuerdas?

-Cierto, cierto.

-Y tan pronto como terminamos de cantar las canciones -prosiguió seriamente el Hermano Gris-, seguí tras de tu rastro. Me adelanté a todos los demás y seguí sin parar un momento. Pero, hermanito, ¿qué hiciste viniéndote a comer y dormir con la manada de los hombres?

-Si ustedes hubieran venido cuando los llamé, esto nunca hubiera sucedido -respondió Mowgli, corriendo mucho más aprisa.

-¿Y qué va a suceder ahora? -preguntó el Hermano Gris.

Mowgli iba a contestar, cuando una muchacha vestida de blanco empezó a descender por una vereda que venía desde el extremo de la aldea. El Hermano Gris desapareció de inmediato, y Mowgli retrocedió sin ruido y se escondió en unos altos sembrados. Casi hubiera podido tocar a la joven con la mano cuando los tibios y verdes tallos se cerraron ante su rostro y lo hicieron desaparecer como un fantasma. Gritó la joven, porque pensó que había visto un duende, y luego suspiró profundamente. Mowgli separó los tallos con las manos y se estuvo contemplándola hasta que ella se perdió de vista.

-Y ahora no sé... -dijo, suspirando a su vez-. ¿Por qué no vinieron ustedes cuando los llamé?

-Te seguimos... te seguimos siempre -murmuró el Hermano Gris, lamiendo los talones de Mowgli-. Te seguimos siempre, excepto en la época del lenguaje nuevo.

-¿Y me seguirías hasta la manada de los hombres? -dijo en voz muy baja Mowgli.

-¿No te seguí aquella noche en que nuestra manada te expulsó? ¿Quién te despertó cuando yacías entre los sembrados?

-Sí; pero, ¿lo harías de nuevo?

-¿No te seguí acaso esta noche?

-Sí; pero una, y otra vez, y quizás otra más, Hermano Gris.

Permaneció éste en silencio. Cuando habló otra vez, fue para decir como hablando consigo mismo:

-La Negra dijo la verdad.

-¿Qué dijo?

-Que el hombre, por último, vuelve siempre al hombre. Raksha, nuestra madre, dijo.

-También lo dijo Akela aquella noche de los perros rojizos -murmuró Mowgli.

-Lo mismo dice Kaa, que sabe más que todos nosotros.

-¿Y qué dices tú, Hermano Gris?

-Te expulsaron una vez, llenándote de insultos. Te hirieron en la boca con una piedra.

Enviaron a Buldeo para que te asesinara. Te hubieran arrojado sobre la flor roja. Tú mismo, no yo, has dicho que son malos y necios. Tú, y no yo (pues yo tan sólo seguí a los míos) lanzaste a la selva contra ellos. Tú, y no yo, inventaste una canción contra los hombres, más amarga aún que nuestra canción contra los perros de rojiza pelambre.

-Te pregunto qué es lo que tú opinas.

Hablaban mientras seguían corriendo. El Hermano Gris galopó todavía un rato más sin contestar, y luego dijo entre salto y salto:

-Hombre-cachorro... Amo de la selva... Hijo de Raksha... hermano mío: aunque sea algo olvidadizo en primavera, tu rastro es mi rastro, tu cubil es mi cubil, tu caza es mi caza, y donde mueras luchando, moriré yo. Hablo también por los otros tres. Pero, ¿qué le dirás ahora a la selva?

-Ésa es una buena ocurrencia. Entre ver una pieza y matarla, no debe pasar mucho rato.

Adelántate y congrégalos a todos al Consejo de la Peña, y entonces les diré lo que siento en mi pecho. Pero quizás no acudan al llamamiento. . . Quizás se olvidarán de mí, en la época del lenguaje nuevo.

-¿Acaso tú nunca te has olvidado de nada? -ladró el Hermano Gris en tanto que corría al galope, y Mowgli lo seguía, pensativo.

En cualquiera otra estación la noticia hubiera atraído a todos los habitantes de la selva, que se hubieran presentado juntos, erizados los pelos del cuello; pero ahora estaban muy ocupados cazando, luchando, matando y cantando. Corría del uno al otro el Hermano

Gris, gritando:

-¡El amo de la selva se vuelve con los hombres! ¡Venid al Consejo de la Peña!

Y el pueblo todo, feliz, pletórico de vida, se limitaba a responder:

-Regresará acá de nuevo con los calores del verano. Las lluvias lo traerán de nuevo al cubil. Corre y canta con nosotros, Hermano Gris.

-¡Pero es que el amo de la selva se vuelve con los hombres! -repetía el Hermano Gris.

-¡Eee-Yoawa!... ¿Acaso por eso es menos dulce el tiempo del lenguaje nuevo? -le contestaban.

Y así, cuando Mowgli, sintiendo el corazón oprimido, subió por entre las rocas que tan bien conocía al lugar en que lo habían presentado al Consejo, no halló allí más que a los cuatro, a Baloo, que estaba ya casi ciego por los años, y a la pesada y fría Kaa, enroscada en el lugar que solía ocupar Akela.

-¿Termina, pues, aquí tu rastro, hombrecito? -dijo Kaa, mientras Mowgli se arrojaba al suelo con el rostro entre las manos-. Lanza tu grito; somos de la misma sangre tú y yo... el hombre y la serpiente.

-¿Por qué no me mataron los perros rojizos? -gimió el muchacho-. Mi fuerza me ha abandonado, y la causa no es ningún veneno. Día y noche oigo unos pasos que siguen mis huellas. Y cuando vuelvo la cabeza, es como si en aquel mismo momento alguien se escondiera de mí. Miro tras de los árboles, y nadie hay allí. Llamo y nadie responde; pero es como si alguien me escuchara y se guardara la respuesta. Me echo al suelo a descansar, pero no descanso. Emprendo la carrera primaveral, pero eso no me hace sentirme más calmado. Me baño, pero el baño no me refresca. Me disgusta matar, pero no me atrevo a luchar sino cuando, al fin, mato. Siento a la flor roja en mi cuerpo; mis huesos se han vuelto como el agua... y no sé lo que me pasa.

-¿Qué necesidad hay de hablar? -dijo Baloo lentamente, volviendo su cabeza hacia donde se hallaba Mowgli-. Akela, allá junto al río, dijo que Mowgli arrastraría a Mowgli de nuevo hacia la manada de los hombres. También yo lo dije. ¿Pero quién escucha ahora a Baloo? Bagheera... ¿dónde está Bagheera esta noche? Ella lo sabe también. Es la ley.

-Cuando nos encontramos en las moradas frías, hombrecito. ya lo sabía yo -dijo Kaa, volviéndose un poco, enroscada en sus poderosos anillos-. Al fin, el hombre siempre vuelve al hombre, aunque la selva no lo arroje de su seno.

Los cuatro se miraron uno al otro y luego a Mowgli, perplejos pero prontos a obedecer.

-¿La selva, pues, no me expulsa? -balbuceó Mowgli.

El Hermano Gris y los otros tres gruñeron furiosos y empezaron a decir:

-Mientras nosotros estemos vivos, nadie se atreverá.

Pero Baleo los hizo callar de inmediato.

-Yo te enseñaré la ley. A mí me toca hablar -dijo-, y, aunque no pueda ver ya ni las rocas que tengo delante, todavía veo muy lejos. Ranita, sigue tu propio rastro; haz tu cubil entre los de tu propia sangre, entre los de su manada, entre tu propia gente; pero, cuando quieras que te ayudemos con los pies, los dientes o los ojos, llevando rápidamente por la noche un mensaje tuyo, acuérdate, amo de la selva, que ésta está pronta para obedecerte.

-También la selva media es tuya -dijo Kaa-. Hablo a nombre de gente de importancia.

-¡Hai-mai! ¡Hermanos míos! -exclamó Mowgli levantando los brazos y sollozando. No sé ya lo que quiero. No quisiera irme, pero me arrastran mis dos pies contra mi voluntad. ¿Cómo podré renunciar a nuestras noches?

-iVaya, levanta los ojos, hermanito! -dijo Baloo-. Nada hay aquí de qué avergonzarse.

Cuando hemos comido la miel, abandonamos la colmena vacia.

-Una vez desechada la piel, no podemos vestírnosla de nuevo -observó Kaa-. Ésa es la ley.

-Escucha, tú, a quien quiero sobre todas las cosas -prosiguió Baloo. No hay ni una palabra ni una voluntad que puedan retenerte aquí. ¡Levanta los ojos! ¿Quién se atrevería a formularle preguntas al amo de la selva? Yo te vi jugando entre los blancos guijarros allí, cuando no eras más que un renacuajo; y Bagheera que te rescató pagando por ti un toro recién muerto, te vio también. De aquella inspección que se llevó al cabo entonces, no quedamos sino nosotros dos, porque Raksha, tu madre adoptiva, murió, lo mismo que tu padre adoptivo; los lobos que antiguamente formaban la manada, hace mucho tiempo que murieron; tú sabes lo que le sucedió a Shere Khan; en cuanto a Akela, murió entre los dholes, donde, si no hubiera sido por tu habilidad y tu fuerza, hubiera perecido también la segunda manada de Seeoneo. Nada queda sino huesos viejos. No puede ya decirse que el hombre-cachorro venga a pedirle permiso a su manada para marcharse, sino que ahora el dueño de la selva cambia de rastro. ¿Quién se atreverá a preguntarle al hombre por qué lo hace?

-Por Bagheera y el toro que me rescató... dijo Mowgli-. No quisiera...

Sus palabras fueron interrumpidas por un rugido y por el ruido de algo que caía en los matorrales vecinos, y Bagheera, ligera, fuerte y terrible como siempre, apareció ante él.

-Por esa razón -dijo estirando una de sus patas que chorreaba sangre-, no vine antes. La caza fue larga, pero allí yace muerto entre las matas... Es un toro de dos anos.., un toro que te devuelve la libertad, hermanito. Ahora quedan pagadas todas las deudas. Por lo demás, no digo otra cosa sino lo que Baloo diga.

Lamió el pie de Mowgli.

-¡Acuérdate de que Bagheera te quería! -gritó luego, y desapareció.

Ya al pie de la colina, gritó de nuevo con más fuerza:

-¡Buena suerte en el nuevo rastro que sigues, dueño de la selva! ¡Acuérdate: Bagheera te quería!

-Ya lo has oído -dijo Baloo. Eso es todo. Vete ahora. Pero antes, acércate a mí. ¡Ven, ranita sabia!

-Es duro mudar de piel -observó Kaa en tanto que Mowgli sollozaba largo rato, con su cabeza en el costado del oso ciego, y rodeándole el cuello con los brazos, en tanto que Baloo intentaba débilmente lamerle los pies.

-Las estrellas se apagan -dijo el Hermano Gris, olfateando el viento del alba-. ¿Dónde dormiremos hoy? Porque, desde ahora, seguiremos nuevas pistas.

Y ésta es la última de las narraciones relativas a Mowgli.

La Canción Final  
(Esta es la canción que Mowgli oyó resonar a sus espaldas mientras regresaba al hogar de Messua.)

Baloo  
Por el amor de aquel que a una ranita sabia  
le enseñó la ley de la selva,  
guarda la ley de la manada de los hombres,  
¡guárdala por amor del viejo y ciego Baloo!  
Antigua o nueva, clara o turbia,  
pégate a ella como si fuera una pista,  
de noche y de día, sin mirar  
jamás a tu derecha o a tu izquierda.  
Por el amor de quien te quiere,  
más que a cualquier otro ser con vida,  
cuando en tu manada te hagan sufrir,  
di tan sólo: "Tabaqui canta de nuevo."  
Cuando te amenace algún daño, di:  
"No ha muerto aún Shere Khan";.
 
cuando el cuchillo esté pronto a matar,  
guarda la ley y sigue tu camino.  
(Miel, raíces y palmas hacen  
que el cachorro ningún mal reciba.)  
¡La gracia de la selva, la del bosque,  
del agua y de la brisa te acompañen!  

Kaa

El miedo nace del mal humor;  
los ojos sin párpados ven más claro.  
Del veneno de cobra nadie cura:  
su palabra cual dardo hiere.  
Hablar franco siempre es fuerte;  
que lo acompañe siempre la cortesía.  
No más lejos aspires de lo que dé tu brazo;  
no te apoyes en rama carcomida para lograrlo.  
Mira si tu hambre codicia cabra o gamo;  
engaña el ojo: se atraganta el bocado.  
Ya harto, dormir quisieras...  
Sea oculto el lugar, donde tu enemigo  
no vaya a cogerte descuidado.  
Luzcas limpio el cuerpo, y el hablar  
cauto, a los cuatro vientos.  
(Desde lejos te seguirá  
la selva media los pasos.)  
¡La gracia de la selva, la del bosque,  
del agua y de la brisa te acompañen!

Bagheera

En una jaula empezó mi vida:  
lo que vale el hombre bien se me alcanza.  
¡Por el cerrojo roto que me libertó!...  
¡Hombrecachorro, no fíes en gente de tu casta!  
Elige, cuando a la luz de las estrellas caces,  
pista recta y no embrollada.  
En el cubil, en la cacería, en la guarida,  
teme del hombre-chacal la amistad.  
Responde con el silencio cuando: "Ven con nosotros;  
se pondrá bueno”, te dijeren.  
Y sigue respondiendo con silencio cuando  
ayuda te pidan, contra el débil.  
Que la presunción quede para los monos;  
mata la pieza, y con esto basta; no pregones.  
Cuando caces, no has de retroceder  
en tu camino, por nada.  
(Tinieblas matinales: protegedle,  
guardianas del ciervo.)  
¡ La gracia de la selva, la del bosque,  
del agua y de la brisa te acompañen!

Los tres

En el rastro que siguieres  
hasta los umbrales que tememos.
 
donde la flor roja su capullo abre;  
En las noches en que duermas  
aprisionado y lejos del materno cielo  
escuchándonos a nosotros tus amados,  
mientras por allí rondamos.  
En las auroras en que anheles  
de la dura cárcel salir,  
y en que sientas, de la selva  
que dejaste, nostalgia;  
¡La gracia de la selva, la del bosque,  
del agua y de la brisa te acompañen!  
¡Saber, fuerza y cortesía  
vayan siempre contigo y te amparen!

Quíquern

Cual la nieve que pronto se derrite,  
es la gente de los hielos orientales;  
piden de limosna café y azúcar a los hombres blancos,  
y vánse tras ellos.  
Aprende a robar y luchar la gente  
de los hielos de Occidente;  
venden sus pieles en la factoría,  
y a los hombres blancos su alma.  
La gente de los hielos del Sur  
con los balleneros comercian;  
con cintajos adórnanse las mujeres,  
pero pocas y miserables son sus tiendas.  
Pero la gente del hielo primitivo, al Norte,  
lejos del dominio del hombre blanco,  
hace sus lanzas de diente de narval:  
allí del hombre es el postrer límite.

-Abrió los ojos. ¡Mira!

-Mételo de nuevo en la piel. Será un perro muy fuerte! Cuando cumpla cuatro meses le pondremos nombre.

-¿Para quién será? -dijo Amoraq.

Miró Kadlu en redondo la choza de nieve cubierta de pieles, y luego miró a Kotuko, muchacho de catorce años, que se hallaba sentado en el banco-cama, y que tallaba un botón en un diente de morsa.

-Para mí -respondió Kotuko, con una mueca-. Algún día lo necesitaré.

Kadlu sonrió a su vez y sus ojos parecían enterrados en las gruesas mejillas, y asintió con un movimiento de cabeza dirigiéndose a Amoraq, en tanto que la feroz madre del cachorro gruñía al ver que el pequeñuelo se agitaba fuera de su alcance en la bolsa de piel de foca que se hallaba colgada sobre la lámpara de grasa de ballena para que estuviera calentita.

Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...

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