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XV EN UN RINCÓN En Francia las chicas jóvenes lo pasan muy aburridas... hasta que se casan, y entonces "Vive la liberté!' se convierte en su lema. En América del Norte, en cambio, como se sabe muy bien, las chicas firman muy pronto su declaración de independencia y gozan de su libertad con placer verdaderamente democrático; en cambio, las señoras jóvenes generalmente abdican con la llegada del primer heredero y entran en una reclusión casi tan cerrada como la de un convento francés de monjas, sólo que menos tranquilo. Les guste o no, se las pone virtualmente en un rincón en cuanto Rasa la euforia del casamiento, y la mayoría de ellas podría decir como una linda señora el otro día: "Estoy tan bonita como siempre, pero nadie hace caso de ello porque soy casada". No siendo una gran belleza, ni tampoco una dama del gran mundo, Meg no tuvo esa experiencia triste, por lo menos hasta que sus bebés tuvieron alrededor de un año, pues en su pequeño mundo regían las costumbres primitivas y, recién casada, se encontró más querida y admirada que nunca. Como era una mujercita muy femenina, el instinto maternal era en ella muy fuerte y fue enteramente absorbida por sus hijos, con absoluta exclusión de todo y de todos los demás. Día y noche se preocupaba Meg por ellos con inquietud y devoción incansables, dejando a John al tierno cuidado de la servidumbre, pues ahora presidía el departamento culinario una irlandesa que reemplazaba a Lotty. Decididamente, John extrañaba las atenciones a que su mujer lo había acostumbrado, pero como adoraba a sus hijos renunció de buen grado a su comodidad por un tiempo, suponiendo, en su ignorancia masculina, que la paz sería en breve restaurada. Pero pasaron tres meses y no hubo ni retorno ni reposo; Meg tenía aspecto cansado y estaba nerviosa, los nenes absorbían cada minuto de su tiempo, la casa fue descuidada y Kitty, la cocinera, que tomaba las cosas con mucha calma, tenía a Juan a cuarta ración. Cuando salía por la mañana, el pobre hombre se veía confundido con encargos variados para la mamá cautiva, y si llegaba alegre a su casa por la noche, ansioso de abrazar a su familia, su entusiasmo era apagado por un: Sh... Recién se duermen después de "darme baile todo el día". Cuando proponía alguna diversión en casa, la respuesta invariable era: "No, porque molestará a los nenes". Si sugería asistir a un concierto o una conferencia, la respuesta invariable era: "¿Dejar a mis hijos por divertirme? ¡Eso nunca!" El sueño de Juan era interrumpido a menudo por llantos infantiles y por visiones de un fantasma blanco paseando en silencio en la vigilia de la madrugada; sus comidas eran a menudo interrumpidas por la huida repentina del genio doméstico que presidía la mesa, quien lo abandonaba a medio servir en cuanto llegaba a oírse el menor pipío ahogado proveniente del nido de arriba. Y cuando el pobre hombre leía el diario por la noche, las noticias de navegación se mezclaban con el cólico de Demi y las cotizaciones de bolsa con la caída de Daisy, pues a la señora de Brooke no le interesaban por el momento otras noticias que las domésticas. ¡Pobre Juan Brooke! Se sentía incómodo en el propio hogar, pues los hijos lo habían despojado de su mujer, el hogar estaba convertido en una "nursery" y el perpetuo "¡Sh... Sh... Sh!..." le hacía sentirse un intruso sin corazón en cuanto se aventuraba a entrar en los sagrados recintos de bebelandia. Juan aguantó con paciencia durante seis meses, y cuando no aparecieron señales de enmienda el hombre hizo lo que muchos otros exiliados domésticos: trató de buscar consuelo en otra parte. Su amigo Scott se había casado e instalado su casa no lejos de la suya y John tomó la costumbre de correrse hasta allí por las noches durante un par de horas, precisamente cuando su propia sala permanecía vacía y su propia esposa cantaba arrorroes que no parecían tener fin. La señora de Scott era una linda muchacha llena de vida que no tenía otra cosa que hacer que mostrarse agradable, y cumplía con mucho éxito su misión. La sala de los Scott estaba siempre iluminada y acogedora; el tablero de ajedrez preparado, el piano bien afinado, abundante la chismografía, alegre y sin malignidad, y la cenita preparada presentada en forma tentadora. Juan hubiese preferido su propio hogar y su propia chimenea si ambos no hubiesen estado tan solitarios, pero en esas circunstancias ¿qué podía hace el pobre individuo sino conformarse con la aproximación y disfrutar de la sociedad de sus vecinos? Al principio Meg había aprobado y agradecido ese nuevo orden de cosas y encontraba alivio en que John lo pasase bien en lugar de dormitar en la sala o caminar pesadamente por toda la casa despertando a los chicos. Pero más adelante, cuando hubo pasado el problema de la dentición y los dos idolillos se dormían a horas más normales dejando a la mamá tiempo para descansar, Meg comenzó a extrañar a John y a encontrar muy aburrida la compañía de su canastillo de costura, sin el marido sentado enfrente con su vieja bata, acercando las zapatillas al guardafuego. Meg no quería pedirle que se quedase en casa, pero se sentía agraviada porque él no se daba cuenta de que ella lo necesitaba, olvidándose completamente de las muchísimas noches que el pobre hombre la había esperado en vano a ella. Nerviosa y extenuada, con tanta vigilia y preocupación se afianzó en ella ese estado de ánimo tan poco razonable por el que suelen pasar aun las mejores madrecitas cuando se ven agobiadas por los cuidados domésticos. La falta de ejercicio contribuye a robarles el ánimo y demasiada afición a ese ídolo de la mujer sajona, la tetera, y las hace sentir como si fueran puro nervio y nada de músculo. Mirándose al espejo, la pobre Meg decía: -Sí, me estoy poniendo fea y Juan no me encuentra ya interesante, así es que deja a su marchita mujer y se va a ver a su bonita vecina, que no tiene estorbos ni inconvenientes. Bueno, por lo menos me quieren los chiquitos, sin importarles si estoy flaca y pálida ni si tengo o no tiempo de rizarme el pelo; ellos son mi consuelo, y algún día Juan se dará cuenta de que me he sacrificado con gusto por ellos, ¿verdad que sí, mis preciosos? A esta patética reclamación Daisy contestaba con un arrullo y Demy con un gorgorito, y Meg deponía sus lamentaciones para darse el lujo de un regodeo materno que por el momento suavizaba su soledad. Pero la pena aumentó cuando a Juan comenzó a absorberlo la política, pues a cada rato se llegaba a discutir algún punto con Scott, completamente ignorante de que Meg lo extrañaba. Ni una palabra dijo ella, sin embargo, hasta que un día la madre la encontró hecha un mar de lágrimas, e insistió en saber la causa, pues no se le había escapado a la señora que el ánimo de su hija decaía día a día. -A nadie más se lo diría, mamá, pero realmente necesito consejo, pues si Juan sigue así por más tiempo tanto me valdría ser viuda -dijo la señora Brooke, secándose las lágrimas con aire agraviado en el babero de Daisy. -¿Si sigue cómo, querida? -preguntó su madre muy inquieta. -Está fuera todo el día, naturalmente, y por la noche, cuando quiero estar con él, se va continuamente a casa de los Scott. No es justo que yo tenga que hacer todo el trabajo más difícil y que no me divierta nunca. Los hombres son todos unos egoístas, aun los mejores. -También lo son las mujeres; no le eches la culpa a Juan hasta no saber en qué fallaste tú. -Pero no puede estar bien que él me desatienda. -¿Acaso no lo desatiendes tú a él? -Pero, mamá, yo creía que te pondrías de mi lado... -Y así es en cuanto a lamentar todo esto... pero creo que la culpa es tuya, Meg. -No veo en qué he podido fallar yo. -Permíteme que te lo señale, querida: ¿Acaso Juan te desatendió -como, tú dices- cuando te hacías la obligación de ofrecerle tu compañía por las noches, que son sus únicas horas libres? -No, es verdad; pero ¿como puedo seguir haciéndolo con dos bebés que cuidar? -Me parece que sí podrías... y es más, creo que debes hacerlo. ¿Quieres que te hable con entera libertad? Quiero que recuerdes que se trata de la mamá que te censura tanto como la que te compadece. -Ya lo creo, mamá. Háblame, te lo ruego, como si se tratara de Meg cuando chica. A menudo pienso que cuando más necesito que me enseñen es ahora que estos pergeños dependen de mí para todo. -No has cometido mayor error, querida Meg, que el de tantas jóvenes esposas: olvidar tus deberes para con tu marido en el amor de tus hijos. Un error muy natural y perdonable, pero que es mejor corregir y remediar antes de que tú y John tomen cada uno por distinto camino, porque los hijos deben unirlos más estrechamente que nunca en lugar de separarlos como si fuesen únicamente tuyos y que Juan no tuviese otra cosa que hacer que mantenerlos. Lo vengo viendo desde hace varias semanas, pero no quise decir nada porque estaba segura de que todo se arreglaría con el tiempo. -Me parece que no, mamá. Si ahora le pido a John que no salga creerá que estoy celosa, y no quiero hacerle semejante insulto. Él no se da cuenta de que lo necesito y no sé cómo hacérselo saber sin palabras. -Hazle la casa tan agradable que no le den ganas de salir. Estoy segura que tu Juan está anhelando su hogar, pero sin ti no es tal hogar y tú estás siempre en la "nursery". -¿Acaso no es mi deber estar ahí? -No todo el tiempo; el demasiado encierro te pone nerviosa y entonces no estás buena para nada. Pero más importante aún es el hecho de que te debes a John, además de a los nenes. No descuides al marido por los hijos y no " le cierres a él las puertas de la "nursery", sino que debes enseñarle el modo de ayudarte respecto a los niños. Su lugar es allí igual que el tuyo y los chicos lo necesitan también a él; déjale sentirse parte de todo ese mundo y ¡verás cómo todo va mejor para ustedes cuando eso ocurra! -¿Lo crees así, madre? -Lo sé positivamente, Meg, pues cuando tú y Jo eran chicas hice lo mismo que tú ahora. Tu pobre padre se dedicó a sus libros, después de haberle rechazado todo ofrecimiento de ayuda. Me dejó que probara sola mi experimento. Luché todo lo que pude, pero Jo era un caso difícil, y casi la echo a perder consintiéndola demasiado. Tú no eras muy fuerte y yo me preocupaba tanto por tu salud que casi me enfermo yo. Ahí fue que papá vino en mi ayuda y me salvó, manejando con calma las cosas y haciéndose tan indispensable que yo me percaté de mi error y nunca más he podido pasarme sin él. Ése es el secreto de la felicidad de nuestro hogar: él no permite que su trabajo le enajene los pequeños cuidados y deberes que nos afectan a todos, y por mi parte trato de que las preocupaciones domésticas no destruyan mi interés por sus empresas. Cada uno realiza su papel solo en muchas cosas, pero en casa obramos siempre juntos. -Así es, mamá. Ojalá pudiese yo ser para mi marido y mis hijos lo que tú has sido para los tuyos. Enséñame cómo proceder y voy a hacer todo cuanto me indiques. -Siempre fuiste dócil, Meg; ¡así me gusta! Bueno, la cuestión es que Juan tenga más que ver con el manejo de Demi, por ejemplo, pues un varón necesita una formación especial y nunca es demasiado pronto para empezarla. Luego, si yo estuviese en tu lugar, haría lo que te he propuesto tantas veces: dejar que venga Ana a ayudarte; sabes que es una niñera excelente y puedes confiarle los chicos sin temor mientras tú haces más del trabajo de la casa, pues te está haciendo falta el ejercicio. Para Ana será un descanso y Juan recobrará a su mujer. Tienes que salir más para mantenerte alegre, ya que siempre debes ser portadora de alegría a la familia, y no la habrá si tú estás triste. Además, querida, trata de interesarte por cualquier cosa que concierna a John... conversa con él... deja que él te lea... intercambien ideas... no cometas el error de encerrarte en un estuche porque seas mujer sino que debes interesarte por todo lo que pasa y educarte para tomar parte en la obra del mundo, pues todo cuanto sucede os afecta a ti y a los tuyos. -¡Juan es tan inteligente!... Tengo miedo de que me crea estúpida si le hago preguntas sobre política y esas cosas... -No lo creo... El amor cubre montones de faltas, y ¿a quién podrías preguntar nada con mayor libertad que a él? Prueba, y ¡verás si no encuentra Juan tu compañía más agradable que las cenas de la señora de Scott!... -Voy a ensayar tu método, madre. ¡Pobre Juan! Creo que tienes razón, que lo he desatendido mucho, pero yo creí estar procediendo bien y él nunca protestó ni me dijo la menor cosa... -Trataba de no ser egoísta, por eso se callaba, pero me imagino que el pobre se ha de haber sentido abandonado... Ésta es precisamente la época en que los casados están más propensos a apartarse, cuando deben estar más unidos que nunca, pues la primera ternura pasa pronto a menos que se tome especial cuidado en conservarla, y ninguna época es más preciosa para los padres que los primeros años de esas pequeñas vidas que les son dadas a formar. No dejes que Juan sea un extraño para los chicos porque ellos serán quienes contribuyan a conservarlo seguro y feliz en este mundo de tentaciones y conflictos. Ahora te dejo, querida. Piensa en toda la prédica de tu madre, actúa de acuerdo con ella si te parece buena y ¡Dios os bendiga a todos! Meg reflexionó sobre todo aquello, lo encontró razonable y obró de acuerdo, aunque la primera tentativa no resultó exactamente como ella la había previsto. Los chicos la tiranizaban, y gobernaron la casa desde el momento que descubrieron que pateando y chillando conseguían cuanto querían; mamita era una perfecta esclava de sus caprichos, pero papá no se sometía con tanta facilidad y ocasionalmente afligía a su ternísima esposa con tentativas de ejercer disciplinas paternales con su turbulento hijo. Porque Demi heredaba algo de la firmeza de carácter de su padre -no queremos llamarla terquedad- y cuando se decidía a conseguir o hacer algo nada lograba hace cambiar de idea a ese pequeño porfiado. Mamá creía que el pobre querido era demasiado chico para enseñarle a vencer sus predisposiciones, pero papá opinaba que nunca es demasiado pronto para aprender a obedecer; y Demi no tardó en descubrir que cuando se ponía a pelear con papá siempre llevaba las de perder; sin embargo, como buen sajón, el nene respetaba al hombre que lo vencía y adoraba a aquel padre cuyo "No, no" le impresionaba más que todos los besos y caricias de mamá. Pocos días después de aquella conversación con su madre, Meg quiso probar de hacerle a John una fiestecita doméstica, de modo que encargó una buena cena, se vistió de modo muy sentador y acostó a los chicos temprano, para que nada se interpusiera. Por desgracia, una de las antipatías más invencibles de Demi era acostarse, y esa noche decidió hacer alboroto. La pobre Meg probó de todo: acunó, cantó, contó cuentos y ensayó cuanto método se conoce para provocar el sueño infantil. Todo inútil: los grandes ojos se negaban a cerrarse y mucho después que Daisy había "hecho nonito" como el montoncito de buena pasta que era, el pícaro Demi seguía mirando la luz con la expresión más "despierta" que pueda darse. -¿Quiere quedarse quietecito mi Demi y ser bueno mientras mamá baja a darle el té a papá?... -preguntó Meg al oír la puerta de calle que se cerraba y el conocido paso que iba de puntillas hasta el comedor. -Mi quede té -dijo Demi preparándose a participar de la fiesta. -No, no se puede, pero te voy a guardar masitas para el desayuno de mañana si haces nono como Daisy. ¿Lo harás, precioso? -¡Ti! -Y Demi cerró bien fuerte los ojos como para forzar el sueño y apresurar el deseado día. Aprovechando aquel momento propicio Meg se escapó corriendo a saludar a su marido con cara sonriente y llevando aquel moñito azul en el pelo que Juan admiraba tanto. Él lo notó en seguida y exclamó con sorpresa complacida: -¡Vamos, madrecita! ... ¡Qué alegre estamos hoy! ... ¿Esperas invitados? -No, nada, nada, sólo que me cansé de ser una desprolija y decidí vestirme, para variar... Tú siempre te acicalas para sentarte a la mesa, por cansado que estés, así que ¿por qué no lo voy a hacer yo? -Yo lo hago por respeto a ti, mi querida -respondió Juan, que era de la "vieja ola". -¡Igualmente, señor Brooke!... -dijo Meg riendo y viéndose de nuevo joven y bella a los ojos de Juan. -Bueno, esto es de veras encantador; como los viejos tiempos. Este té está riquísimo... ¡A tu salud, querida!. .. -y John lo saboreó con aire de arrobamiento tranquilo que fue, sin embargo, de muy corta duración, pues al dejar su taza el pestillo de la puerta sonó misteriosamente y se oyó una vocecita impaciente que decía: -¡Abe poeta. Mi mene! -Es ese pícaro de Demi. Le dije que se durmiese solo y anda tomando frío, descalzo por la escalera -explicó Meg, respondiendo al llamado. -Manana ahoa -anunció jubilosamente Demi al entrar con el largo camisón recogido con gracia sobre el brazo y todos los rizos alborotados. Y rodeando la mesa miraba golosamente los "patelitos". -No, no es la mañana todavía. Tienes que irte a la cama y no malestar a mamá; entonces sí comerás el pastelito con azúcar -le dijo Juan muy serio. -Mi quele papa... -dijo el muy pícaro preparándose a trepar a la rodilla paterna y gozar de placeres prohibidos. Pero Juan sacudió la cabeza y dijo a Meg: -Si le dijiste de quedarse allí arriba y dormirse solo hazle obedecer, o no aprenderá nunca a hacerte caso. -Sí, naturalmente. ¡Vamos, Demi!... -y Meg llevó a su hijo con muchas ganas de zurrar al pequeño aguafiestas que iba dando saltitos a su lado, con la falsa ilusión de que el soborno iba a ser administrado no bien llegaran a la "núrsery". Y no fue defraudado, pues aquella mujercita miope cometió el error de darle un terrón de azúcar. Luego lo metíó en la cama y le prohibió más paseítos hasta la mañana. El pequeño perjuro volvió a decir "ti" chupando su azúcar y considerando un éxito aquella primera tentativa. Meg volvió a su lugar en la mesa, la cena iba a las mil maravillas cuando el pequeño fantasma apareció de nuevo y descubrió los delitos maternales al exigir con audacia: -Ma zuca, mamá... -Nada de eso -dijo John, endureciendo su corazón contra aquel delicioso pecadorcito-. No vamos a tener paz hasta que este chico aprenda a acostarse como debe. Ya te has esclavizado demasiado tiempo; Meg, dale una buena lección y acabemos de una vez. Acuéstalo y déjalo solo, Meg. -No se va a quedar si yo no me siento al lado, porque nunca quiere... -Yo lo manejaré. Demi, vaya arriba y métase en la cama como le dice su mamá. -¡No quelo!... -contestó el rebelde, sirviéndose el codiciado "patelito" y comenzando a comerlo con calma y audacia increíbles. -¡Nunca debes decir eso a tu papá, nunca!... Te voy a llevar yo a la cama si no vas solo. -Anáte, no quelo a papá -Y Demi se refugió en las faldas de su madre. Pero aún ese refugio resultó inútil, porque el nene fue entregado al enemigo con un: "¡Sé suave con él, Juan!..." que llenó de zozobra al reo porque cuando mamá lo abandonaba, el día del juicio no estaba lejos. Despojado de su pastel, privado de su fiesta, y llevado con mano fuerte a aquella odiada cana, el pobre Demi no pudo reprimir la rabia y desafió abiertamente a su padre pateando y gritando por toda la escalera. No bien lo acostaba de un lado, se daba vuelta del otro y corría hasta la puerta, para ser pescado ignominiosamente por la cola de su toga y vuelto a acostar. Esta función duró hasta que el jovencito perdió las fuerzas, dedicándose luego a bramar con gran estrépito, pues generalmente conquistaba a Meg con ese ejército vocal. Pero Juan se quedó tan inflexible como el proverbial poste que se supone sordo y mudo. Ni arrumacos, ni azúcar, ni arrorró, ni cuento, ni luz siquiera, pues el padre apagó la que había y sólo el resplandor rojo del fuego animaba la "gran oscuridad" que Demi veía con más curiosidad que miedo. Este nuevo orden de cosas le disgustó muchísimo y a gritos clamaba por su "mamá" al calmársele la rabia y recordar la ternura de su esclava de siempre para con él, autócrata ahora cautivo. El gemidito que reemplazó al rabioso clamor tocó el corazón de Meg, que subió corriendo para decir implorante a su marido: -¡Déjame quedarme con él, John! Verás cómo ahora va a ser bueno. -No, mi querida, le he dicho que se tiene que dormir como tú le mandaste, y tendrá que hacerlo aunque me tenga que quedar aquí toda la noche. -Pero va a enfermar de tanto llorar... -suplicó Meg, que se echaba la culpa por haber abandonado a su varoncito, -No, ¡qué va! ... Está tan cansado que pronto clavará el pico y entonces el asunto quedará arreglado, pues comprenderá que tiene que obedecer. No intervengas, querida. Yo lo manejaré. Cuando Juan hablaba con aquel tono decidido, Meg obedecía y no tenía nunca que lamentar su docilidad. -Por favor, déjame besarlo una vez, Juan... -Por cierto, querida. Demi, di buenas noches a tu mamá y déjala que se vaya a descansar, pues está muy fatigada de cuidar a ustedes todo el día. Meg insistió después que había sido aquel beso el que ganara el día, pues en seguida Demi comenzó a sollozar más tranquilo y se quedó muy quieto en el fondo de la cama, donde se había retorcido con la fuerza de su rabieta. -Pobre hombrecito, ya no puede más de sueño, con tanto llorar. Lo cubriré y luego iré a tranquilizar a Meg -pensó Juan llegándose hasta el lado de la cama, esperando encontrar dormido a su rebelde heredero. Pero no era así, pues no bien lo miró su padre, le tembló a Demi la barbilla y levanto los brazos diciendo: -Mi meno ahoa. Sentada afuera, en la escalera, Meg se preguntaba el porqué del largo silencio que seguía a la batahola anterior y se deslizó en el cuarto para ver qué pasaba. Demi estaba profundamente dormido, no en su actitud habitual de águila desplegada, sino formando un montoncito sumiso, acurrucado en el brazo del padre y asiéndole el dedo como si se diese cuenta que "la justicia había sido atemperada por la misericordia" y se hubiese convertido en un bebe mas formal y más sabio que antes. Así retenido. Juan había esperado con paciencia femenina que la manita se aflojara, y mientras esperaba se había quedado dormido él también, más cansado por la pelea con su hijo que con todo su trabajo del día. Al mirar las dos cabezas sobre la almohada, Meg sonrió para sí y se marchó sin hacer ruido diciéndole satisfecha: "No tengo por qué temer que Juan vaya a ser demasiado rudo con los chicos. Sabe manejarlos, como mamá decía, y me va a ser una gran ayuda, porque Demi está resultando demasiado difícil para mí sola" Cuando por fin bajó John, esperando encontrar una esposa pensativa o llena de reproches, fue agradablemente sorprendido al ver a Meg adornando plácidamente un sombrero y el pedido de que si no estaba demasiado cansado le leyese algo de las elecciones. Juan se dio cuenta en seguida de que una revolución -no sabía de qué tipo- estaba en pleno proceso, pero, prudentemente, se abstuvo de hacer preguntas, sabiendo que Meg era una personita tan transparente que no podía guardar un secreto ni para salvarse la vida, y que alguna clave aparecería pronto. Así, pues, con la más amable disposición de ánimo se puso a leerle un largo debate explicándoselo luego mientras Meg trataba de parecer profundamente interesada y de hacer preguntas inteligentes pero en realidad evitando que el pensamiento se le escapara del estado de la nación al de su sombrero. En fuero interno, sin embargo, decidió que la política era una calamidad igual que las matemáticas y que la misión de los políticos parecía no ser otra que la de insultarse unos a otros, aunque se guardó muy bien de comunicar a nadie esas ideas tan ultrafemeninas, y cuando Juan se detuvo por fin ella sacudió la cabeza y dijo con lo que creyó era una gran ambigüedad diplomática: -Bueno. No sé de veras adónde vamos a parar. Juan se rió y la observó un minuto mientras ella contemplaba una preparación de flores y encaje con un interés tan auténtico como había podido despertar su prolongada arenga. "Está tratando de que le guste la política para complacerme a mí... ¡Bien puedo yo tratar de interesarme por los sombreros para complacerla a ella! Eso es lo equitativo", dijo para sí Juan el Justo, agregando en voz alta: -¡Qué bonito, querida! ... ¿qué es?; ¿acaso una cofia para la mañana? -Querido mío, esto es un sombrero. ¡Mi mejor gorrito para ir a teatros y conciertos!... -¡Perdón! ... como lo vi tan chiquito creí que era una de esas cositas vaporosas que te pones a veces. ¿Cómo te lo sujetas? -Estos encajes se atan bajo el mentón con una rosa, así, ¿ves? -dijo Meg poniéndose el sombrero a guisa de ilustración y mirándolo con un aire de tranquila satisfacción que fue para él irresistible. -Es un amor de sombrero, pero prefiero la carita que va adentro, porque está otra vez joven y alegre -y Juan besó aquella carita con gran detrimento de la rosa bajo la barbilla. -Me alegro que te guste, porque quiero pedirte que una de estas noches me lleves a uno de los nuevos conciertos que dan. Realmente estoy necesitando música para entonarme. Me vas a llevar, ¿verdad? -Ya lo creo, querida, con todo gusto... y a cualquier otra parte que quieras ir. ¡Has estado encerrada tanto tiempo! ... Te hará muchísimo bien, y por mi parte me gustará a mí la mar. ¿Qué es lo que te hizo pensar en estas cosas, madrecita? -Tuve una conversación con mamá el otro día. Le conté lo nerviosa y malhumorada que estaba últimamente y ella opinó que necesito un cambio y menos preocupaciones, así que Ana me va a ayudar a cuidar los chicos y yo me voy a ocupar más de la casa y a divertirme un poco de cuando en cuando. Será sólo un experimento, Juan, y lo quiero tanto por ti como por mí, porque te he desatendido vergonzosamente este último tiempo y ahora voy a hacer de nuevo de nuestra casita el hogar que fue antes. No tienes inconvenientes, ¿verdad? No importa lo que contestó Juan ni cómo el sombrerito se escapó de estropearse por completo. Todo lo que necesitamos saber es que Juan no pareció tener objeción alguna, a juzgar por los cambios que ocurrieron en la casa y sus habitantes. No se convirtió en un paraíso automáticamente, pero todo el mundo se benefició. Los chicos mejoraron mucho con el gobierno paternal mientras Meg recobraba su antiguo ánimo, componía los nervios con abundante ejercicio, alguna diversión y muchas conversaciones confidenciales con su inteligente marido. La casita fue de nuevo un hogar y Juan no tenía ya el menor deseo de salir, a menos de llevar a Meg consigo. Eran los Scott los que ahora venían a casa de los Brooke y todo el mundo encontraba alegría en la casita, llena de felicidad, contento y amor. Aun la mundana Sarita Moffat se encontraba bien allí. -Esto está siempre tan tranquilo y tan agradable que me hace bien venir aquí, ¿sabes, Meg? -solía decir la elegante muchacha mirando a su alrededor con ojos melancólicos, como tratando de descubrir el secreto de aquel encanto a fin de utilizarlo en provecho propio en su enorme mansión llena de solitaria magnificencia, pues no había en ella ningún chiquito de cara risueña atravesando por ahí, y Eduardo, el marido, vivía en su mundo propio, donde no había lugar para ella. No ha de creerse que esta felicidad hogareña fue lograda de repente ni toda a un tiempo, sino que Juan y Meg encontraron la clave y cada año de matrimonio les enseñó un nuevo modo de utilizarla. En ese mundo es donde debe transcurrir la vida de las mamás jóvenes, donde estarán seguras contra las ansiedades, inquietudes y frenesíes del mundo, encontrando leales amantes en los hijos e hijas pequeños que se apegan a ellas sin importárseles nada de la desgracia, la pobreza o la vejez y marchando, como aprendió a marchar Meg, al lado de ese amigo fiel que es el verdadero marido, segura de que el reino más feliz de una mujer es el hogar y su más alto honor el arte de manejarlo no como reina sino como sabia esposa y madre.
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