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Capítulo V

5

Anne no sabía que una melancólica Elizabeth observaba desde una de las buhardas de Siempreverde mientras ella se alejaba de Álamos Ventosos... una Elizabeth con lágrimas en los ojos, que sentía que todo lo que hacía que la vida valiera la pena de ser vivida se alejaba de ella por un tiempo, convirtiéndola en la más Lizzie de las Lizzies. Pero cuando el trineo desapareció de su vista por la esquina de la Calle del Fantasma, Elizabeth fue a arrodillarse junto a su cama.

-Dios querido -susurró-. Sé que no tiene sentido pedirte una feliz Navidad para mí, porque abuela y la "mujer" no parecen muy felices pero, por favor, haz que mi querida señorita Shirley tenga una muy, muy Feliz Navidad, y tráemela de vuelta sana y salva cuando hayan terminado las vacaciones.

"Bien -dijo, al tiempo que se levantaba-. He hecho todo lo que estaba a mi alcance.

Anne ya estaba saboreando la alegría navideña. Resplandecía cuando el tren partió de la estación. Las feas calles iban quedando atrás... iba camino a casa... a Tejados Verdes. Afuera, en el campo, el mundo era blanco dorado y violeta claro, entretejido aquí y allá con la magia oscura de los abetos y la desnuda delicadeza de los abedules. El sol, bajo y detrás de los bosques pelados, parecía correr entre los árboles como un dios espléndido, a medida que el tren avanzaba. Katherine estaba en silencio, pero no parecía ofuscada.

-No espere que me ponga a conversar -le había advertido secamente a Anne.

-No. Espero que no piense que soy una de esas horribles personas que le hacen sentir que hay que hablarles todo el tiempo. Hablaremos cuando tengamos ganas. Admito que es probable que tenga ganas de hablar gran parte del tiempo, pero no tiene obligación de prestarme atención alguna.

Davy las esperaba en Bright River con un gran trineo de dos asientos cargado de mantas de piel... y un fuerte abrazo para Anne. Las dos muchachas se apretujaron en el asiento trasero. El viaje desde la estación hasta Tejados Verdes siempre había sido una parte muy agradable de los fines de semana que Anne pasaba en casa. Siempre recordaba su primer viaje desde Bright River, con Matthew. Había sido en primavera, y ahora era diciembre, pero a lo largo del camino, todo parecía decirle: "¿Recuerdas? ¿Recuerdas?" La nieve crujía bajo el trineo; la música de las campanillas tintineaba por entre las hileras de pinos puntiagudos, cargados de nieve. La Vía Blanca de Alegría estaba festoneada de estrellas enredadas en los árboles. Y desde la penúltima colina, vieron el gran golfo, blanco y místico bajo la Luna, pero todavía sin hielo.

-Hay un punto del camino donde siempre siento que he llegado a casa -dijo Anne-. Es en la cima de la próxima colina, desde donde veremos las luces de Tejados Verdes. Estoy pensando en la cena que tendrá lista Marilla para nosotras. Ya me parece que puedo olerla. Ay, ¡qué lindo es estar en casa otra vez!

En Tejados Verdes, cada uno de los árboles del jardín parecía darle la bienvenida... todas las ventanas iluminadas la llamaban. ¡Y qué aroma delicioso había en la cocina de Marilla cuando abrieron la puerta! Hubo abrazos, exclamaciones y risas. Hasta Katherine parecía, no una desconocida, sino un miembro de la familia. La señora Rachel Lynde había colocado su preciada lámpara sobre la mesa y la había encendido. En realidad, era un artefacto horrendo, con un espantoso globo rojo, pero ¡qué agradable luz rosada arrojaba! ¡Cuán acogedoras y amistosas eran las sombras! ¡Qué bonita se estaba poniendo Dora! Y Davy parecía casi un hombre.

Había novedades que contar. Diana tenía una hijita... Josie Pye tenía novio... y Charlie Sloane, al parecer, estaba comprometido. Todo era tan emocionante como si fueran noticias del imperio. La nueva colcha de retazos de la señora Lynde, recién terminada, hecha con cinco mil pedazos, estaba en exhibición y recibió las debidas ponderaciones.

-Cuando vuelves a casa, Anne -dijo Davy-, todo parece cobrar vida.

-Ah, así debería ser la vida -ronroneó el gatito de Dora.

-Nunca pude resistirme a la seducción de una noche de luna -dijo Anne después de la cena-. ¿Qué le parecería un paseo con zapatos para nieve, señorita Brooke? Creo haber oído que sabe usarlos.

-Sí... es lo único que sé hacer.... pero hace seis años que no lo hago -dijo Katherine, encogiéndose de hombros.

Anne buscó sus zapatos en el desván y Davy corrió a Orchard Slope a pedir prestado un viejo par perteneciente a Diana, para Katherine. Tomaron por la Calle de los Enamorados, llena de hermosas sombras de árboles, y cruzaron praderas donde pequeños pinos bordeaban las cercas; luego se adentraron en bosques que parecían a punto de susurrar sus secretos, pero nunca lo hacían, y atravesaron claros como estanques de plata.

No hablaban ni sentían necesidad de hacerlo. Era como si temieran hablar por temor a arruinar algo hermoso. Pero Anne nunca se había sentido tan cerca de Katherine Brooke. Por alguna magia propia, la noche invernal las había unido... casi, no del todo.

Cuando salieron al camino principal y un trineo pasó como un rayo, haciendo sonar campanillas y risas, las dos muchachas dejaron escapar un suspiro involuntario. Ambas tenían la impresión de que dejaban atrás un mundo que no tenía nada en común con aquel al cual volvían... un mundo donde el tiempo no existía, un mundo con juventud eterna, donde las almas estaban en comunión mutua en un medio que no necesitaba palabras.

-Estuvo maravilloso -dijo Katherine, tan por lo bajo, que Anne no se atrevió a responder.

Bajaron por el camino y subieron por el sendero de Tejados Verdes, pero justo antes de llegar al portón, se detuvieron, movidas por un mismo impulso, y se quedaron en silencio, apoyadas contra la cerca mohosa, contemplando la casona maternal que se veía a través del velo de árboles. ¡Qué hermosa era en una noche invernal!

Más abajo, el Lago de Aguas Brillantes estaba atrapado bajo el hielo, con sombras en las orillas. Por todos lados había silencio, quebrado por el ruido de un caballo sobre el puente. Anne sonrió al recordar con cuánta frecuencia había oído ese ruido, tendida en su cama del piso alto, imaginando que era el galope de caballos pertenecientes a hadas.

De pronto, otro ruido quebró el silencio.

-¡Katherine! No estarás.... ¡no me digas que estás llorando!

Era imposible pensar en Katherine llorando. Pero lloraba. Y sus lágrimas la volvían humana. Anne ya no se sintió amedrentada.

"Katherine... Katherine, querida... ¿qué sucede? ¿Puedo ayudarte?

-Ay... ¡es que no puedes entender! -sollozó Katherine-. Las cosas siempre han sido fáciles para ti. Pareces vivir en un círculo mágico de belleza y romance. "Me pregunto qué encantador descubrimiento haré hoy..." Ésa parece ser tu actitud hacia la vida, Anne. En cuanto a mí, he olvidado cómo vivir... no, nunca supe vivir. Soy... soy como una criatura atrapada. No puedo salir... y es como si alguien siempre estuviera atizándome con palos por entre las rejas. Y tú... tú tienes más felicidad de la que puedes necesitar... amigos por todas partes... ¡un novio! Yo odio a los hombres, pero si muriera esta noche, nadie me echaría de menos. ¿Cómo te sentirías sin ningún amigo en el mundo?

La voz de Katherine se quebró en otro sollozo.

-Katherine, dices que te gusta la franqueza, de manera que seré franca. Si careces de amigos, como dices, es por culpa tuya. He querido ser amiga tuya, pero eras toda aguja y pinches.

-Lo sé... lo sé. ¡Cómo te odié cuando llegaste! Ostentando tu anillo de perlas...

-¡Katherine! ¡Nunca lo ostenté!

-No, creo que no. Es mi resentimiento. Bueno, pero parecía ostentarse a sí mismo... aunque en realidad, no te envidiaba el novio; nunca he querido casarme. Ya tuve bastante con mis padres. Detestaba que estuvieras por encima de mí, siendo menor que yo. Me alegré cuando los Pringle te causaban problemas. Parecías tener todo lo que yo no tenía... encanto, amistades, juventud. ¡juventud! Yo tuve una juventud de necesidades... no puedes imaginarlo. No sabes lo que es no tener nadie en el mundo que te quiera. ¡Nadie!

-¡Cómo que no lo sé! -exclamó Anne.

En unas pocas frases punzantes, le describió su infancia antes de llegar a Tejados Verdes.

-Me hubiera gustado saberlo -dijo Katherine-. Hubiera significado mucho para mí. Me parecías una muchacha mimada por la suerte. La envidia me ha estado carcomiendo las entrañas. Tenías el puesto que yo quería... Sí, sé que tienes mejores aptitudes que yo, pero, bueno, ahí está. Eres bonita... al menos, haces que la gente crea que eres bonita. Mi primer recuerdo es de alguien que decía: "¡Qué niña más fea!" Entras en una habitación de modo encantador... Sí, recuerdo cómo entraste en la escuela aquella primera mañana. Pero creo que el verdadero motivo por el que te he odiado tanto es que siempre parecías tener una alegría secreta, como si cada día de la vida fuera una aventura. A pesar de mi odio, había veces en que tenía que admitir que parecías salida de otro planeta.

-Por favor, Katherine, me quitas el aliento con tantas ponderaciones. ¿Pero ya no me odias, verdad? Ahora podemos ser amigas.

-No lo sé... Nunca tuve amigas, mucho menos de edad similar a la mía. No pertenezco a ningún sitio. Creo que no sé ser amiga de nadie. No, ya no te odio. No sé qué siento por ti... debe de ser tu famoso encanto, que comienza a ejercer efecto sobre mí. Sólo sé que siento que me gustaría contarte cómo ha sido mi vida. Nunca lo hubiera hecho, si no me hubieras hablado de tu vida antes de llegar a Tejados Verdes. Quiero que comprendas lo que me ha hecho ser como soy. No sé por qué quiero que lo entiendas, pero me parece importante.

-Cuéntame, Katherine, querida. Realmente quiero comprenderte.

-Tú sabes lo que es no ser querida, lo admito, pero no lo que es saber que tus padres no te quieren. Los míos me odiaron desde el momento en que nací o antes... y se odiaban entre ellos. Sí, es cierto. Peleaban sin cesar; peleas tontas, mezquinas, maliciosas. Mi infancia fue una pesadilla. Murieron cuando yo tenía siete años, y fui a vivir con la familia de mi tío Henry. Ellos tampoco me querían. Me despreciaban porque "vivía de su caridad". Recuerdo cada uno de sus desaires. No recuerdo ni una sola palabra amable. Tenía que usar la ropa que descartaban mis primas. Recuerdo un vestido en particular; me hacía parecer un hongo. Y ellas se burlaban cada vez que me lo ponía. Un día me lo arranqué de encima y lo arrojé al fuego. Tenía que usar una gorra horrible para ir a misa durante el invierno. Nunca tuve ni siquiera un perro... y lo deseaba tanto.

"Era estudiosa y ansiaba tener un título de bachiller en Artes, pero por supuesto, era como desear la Luna. No obstante, el tío Henry accedió a permitirme estudiar en Queen's, si yo le devolvía el dinero en cuanto consiguiera un puesto en una escuela. Me pagó alojamiento en una miserable pensión de tercera categoría, donde me dieron un cuartito sobre la cocina, que era helado en invierno y un horno en verano; siempre olía a comida. ¡Y la ropa que tenía que usar en Queen's! Pero conseguí la licenciatura de maestra y la segunda aula de la Secundaria de Summerside; fue la única vez que tuve suerte. Desde entonces, he estado juntando centavo sobre centavo para devolverle lo gastado al tío Henry... no sólo lo que le costaron mis estudios sino también mi alojamiento en su casa durante todos los años que viví con ellos. Estaba decidida a no deberle un centavo. Por eso me alojaba con la señora Dennis y me vestía con ropa tan fea. Y acabo de terminar de pagarle. Por primera vez en la vida, me siento libre.

"Pero mientras tanto, he desarrollado una personalidad desagradable. Sé que no soy sociable; nunca se me ocurre el comentario adecuado para una situación. Y tengo plena conciencia de que es mi culpa que siempre me pasen por alto en eventos sociales. He convertido en un arte el ser desagradable. Sé que soy sarcástica y que mis alumnos me consideran una tirana; me consta que me odian. ¿Crees que no me duele saberlo? Siempre me miran con miedo... odio a la gente que me mira como si me tuviera miedo. Ay, Anne... el odio me consume como una enfermedad. Quiero ser como las otras personas... y ahora nunca podré. Eso es lo que me vuelve tan amarga.

-¡Pero que puedes! -exclamó Anne, pasando un brazo por los hombros de Katherine-. Puedes desterrar el odio de tu mente... curarte de él. La vida está comenzando para ti, ahora, puesto que por fin eres libre e independiente. Y nunca se sabe lo que puede haber detrás de la próxima curva en el camino.

-Te he escuchado decirlo antes... y me he reído de tu "curva en el camino". Pero el problema es que no hay curvas en mi camino. Lo veo extenderse delante de hasta el horizonte, en interminable monotonía. ¿Te asusta la vida alguna vez, Anne, por su aburrimiento, su mar de gente fría y egoísta? No, claro que no. no tienes que seguir enseñando por el resto de tu vida. Y pareces encontrar interesantes a todos, hasta a ese ser redondo y rojizo al que llamas Rebecca Dew.

"La verdad es que odio enseñar... y es lo único que sé hacer. Una maestra es sencillamente esclava del tiempo. Sí, sé que a ti te encanta... no te entiendo. Anne, quiero viajar. Es lo único que he deseado hacer en la vida. Recuerdo el único cuadro que había en mi habitación, en el desván de la casa del tío Henry... un viejo grabado desteñido que habían sacado de alguna otra habitación con desdén. Mostraba unas palmeras alrededor dé un oasis, con una hilera de camellos en la distancia.

Me resultaba absolutamente fascinante. Siempre quise viajar y encontrarlo... ver la Cruz del Sur, el Taj Mahal y las columnas de Karnak. Quiero saber, no solamente creer que el mundo es redondo. Y jamás podré hacerlo con un sueldo de maestra. Tendré que seguir hablando toda la vida de las esposas de Enrique VIII y de los recursos inagotables del Dominio.

Anne rió. Ahora podía reír, pues la voz de Katherine había perdido su amargura. Sonaba solamente melancólica e impaciente.

-De todos modos, seremos amigas... y pasaremos diez alegres días aquí para comenzar con nuestra amistad. ¡Siempre quise hacerme amiga tuya, Katherine con K! Desde el principio intuí que debajo de tantos pinches habría algo que haría que ser amiga tuya valiese la pena.

-¿Realmente pensabas eso de mí? Con frecuencia me lo he preguntado. Bien, el leopardo tendrá que intentar sacarse las manchas, si es posible. Quizá lo sea. En esta Tejados Verdes tuya, puedo creer casi cualquier cosa. Es el primer lugar que visito donde me siento como en casa. Me gustaría ser más como otra gente... si es que todavía hay tiempo. Hasta practicaré una linda sonrisa para ese Gilbert tuyo cuando llegue mañana por la noche. He olvidado cómo conversar con hombres, por supuesto, si es que alguna vez lo supe. Sin duda, me creerá una solterona tonta. Me pregunto si cuando me acueste esta noche, me sentiré furiosa conmigo misma por haberme quitado la máscara y haber dejado que atisbes dentro de mi alma marchita.

-No, nada de eso. Pensarás: "Me alegro de que haya descubierto que soy humana". Nos acurrucaremos bajo las frazadas suaves y calentitas, probablemente con dos bolsas de agua caliente, pues sin duda Marilla y la señora Lynde pondrán una cada una, por temor a que la otra lo olvide. Y te sentirás deliciosamente soñolienta después de esta caminata por la nieve bajo la Luna, y cuando quieras darte cuenta, será la mañana y te sentirás como si fueras la primera persona que descubre que el cielo es azul. Y aprenderás a hacer torta de ciruelas, porque me ayudarás a preparar una para el martes... una bien grande y esponjosa.

El aspecto de Katherine asombró a Anne cuando entraron. Tenía la piel radiante después del paseo por la nieve, y el color en las mejillas la cambiaba por completo.

"Sería muy llamativa, si usara los sombreros y vestidos adecuados", reflexionó, tratando de imaginar a Katherine con un sombrero de terciopelo rojo oscuro sobre su pelo negro, recogido sobre los ojos color ámbar. Había visto un sombrero así en una tienda de Summerside. "Tengo que ver qué se puede hacer al respecto."

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