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Capítulo XIII

13

La habitación se movía en forma extraña. Los muebles se sacudían. La cama... ¿por qué estaba en la cama? Una persona con gorro blanco estaba saliendo por la puerta. ¿Qué puerta? ¡Qué extraña sentía la cabeza! Había voces en alguna parte... voces bajas. No podía ver quién hablaba, pero de algún modo adivinó que eran la señorita Shirley y el hombre.

¿Qué estaban diciendo? Elizabeth oía frases sueltas, que asomaban por entre una confusión de murmullos.

-¿De verdad es...? -La voz de la señorita Shirley sonaba tan emocionada.

-Sí... su carta... Quise venir a ver por mí mismo... antes de enfrentarme con la señora Campbell... Nube Voladora es la residencia veraniega de nuestro gerente general...

¡Si tan sólo la habitación se quedara quieta! Realmente, las cosas se comportaban de modo muy extraño en Mañana. Si sólo pudiera volver la cabeza y mirar a los que hablaban... Elizabeth dejó escapar un largo suspiro.

Entonces se acercaron a su cama... la señorita Shirley y el hombre. La señorita Shirley, alta y pálida, como un lirio, con expresión de haber pasado por una experiencia terrible, pero con una especie de brillo interior... un brillo que parecía parte de la luz dorada del atardecer que de pronto inundaba la habitación. El hombre le sonreía. Elizabeth sintió que la quería mucho y que había un secreto tierno y valioso, entre ambos, del que se enteraría en cuanto aprendiera a hablar el idioma de Mañana.

-¿Te sientes mejor, tesoro? -preguntó la señorita Shirley.

-¿Estuve enferma?

-Unos caballos descontrolados que tiraban de un carro te derribaron en el camino -explicó la señorita Shirley-. Yo... no me moví con suficiente rapidez. Creí que habías muerto. Te traje directamente aquí en el bote y tu... y este caballero llamó a un médico y a una enfermera.

-¿Me voy a morir? -preguntó la pequeña Elizabeth.

-No, tesoro, en absoluto. Solamente quedaste aturdida y estarás bien muy pronto. Elizabeth, querida, éste es tu padre.

-Papá está en Francia. ¿Yo también estoy en Francia?

Elizabeth no se hubiera sorprendido en absoluto. ¿Acaso no era esto el Mañana? Además, todavía todo le resultaba algo confuso.

-Papá está aquí, contigo, mi preciosa. -Tenía una voz tan encantadora... una lo quería por su voz. Él se inclinó y la besó. -He venido a buscarte. Nunca más nos separaremos.

La mujer de gorro blanco estaba entrando otra vez. De algún modo, Elizabeth comprendió que lo que tuviera para decir, debía decirlo ahora, antes de que ella entrara del todo.

-¿Viviremos juntos?

-Siempre -respondió papá.

-¿Y abuela y la "mujer" vivirán con nosotros?

-No -respondió papá.

El atardecer dorado se apagaba y la enfermera miraba con aire reprobador. Pero a Elizabeth no le importaba. -Encontré el Mañana -dijo, en el momento en que la enfermera echaba a papá y a la señorita Shirley.

-Encontré un tesoro que no sabía que poseía -dijo papá, cuando la enfermera cerró la puerta-. Y nunca podré terminar de darle las gracias por esa carta, señorita Shirley.

-Y así -escribió Anne a Gilbert esa noche-, el camino de misterio de la pequeña Elizabeth la llevó a la felicidad y al fin de su antiguo mundo.

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