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Capítulo II

CAPÍTULO II
EL PEREGRINO DE LA MECA

Si por fuera era bellísimo el velero, que podía competir con los yachts mejores de la época, el interior, especialmente la cámara de popa, era realmente fastuoso.

Sobre todo la sala central, que servía de comedor y de salón, estaba alhajada con librerías, mesa y sillas talladas e incrustadas de nácar y oro; en el suelo se veían alfombras persas, tapices indios en las paredes, y cortinillas de seda color de rosa con franjas de plata velaban la luz de las ventanillas.

Del techo pendía una gran lámpara que parecía de Venecia, y entre tapices y tapices se veían soberbias colecciones de armas de todos los países.

Tendido en un diván de terciopelo negro, vendado desde la cabeza hasta la planta de los pies y envuelto en una manta de lana, estaba el Intendente de Tremal-Naik, ya curado, y más animado con el cordial que tomara.

-¿Han cesado los dolores, mi valiente Tangusa?- le preguntó Yáñez.

-Kibatang posee ungüentos milagrosos- contestó el herido-. Me ha frotado todo el cuerpo, y ya me siento mucho mejor.

-Pues cuéntame cómo ha sucedido todo eso. Antes de nada, ¿sigue el amigo Tremal-Naik en el “kampong” de Pangutarang?

-Sí, señor Yáñez; y cuando lo he dejado estaba fortificándose para poder resistir a los dayakos hasta que llegase usted. ¿Cuándo llegó a Mompracem el mensajero que le hemos enviado a usted?

-Hoy hace tres días, y, como ves, no hemos perdido el tiempo para acudir en socorro de nuestro amigo con el mejor barco.

-¿Qué es lo que piensa el Tigre de la Malasia de tan imprevista insurrección, cuando aun no hace tres semanas miraban los dayakos a mi señor como a su genio tutelar.

-A pesar de las conjeturas que hemos hecho, no hemos adivinado el motivo por el cual los dayakos han tomado las armas y destruido las factorías que tantas fatigas le costaron a Tremal-Naik. ¡Seis años de trabajo, y más de cien mil rupias tiradas quizás inútilmente! ¿Tienes alguna sospecha?

-Voy a contarle lo que hemos podido saber. Hace un mes, o antes acaso, desembarcó en estas costas un hombre que no debe pertenecer a la raza malaya ni a la bornesa, diciendo que era un musulmán ferviente, y llevaba el turbante verde de los que han hecho la peregrinación a la Meca. Ya sabe usted, señor, que los dayakos de esta parte de la isla no adoran a los genios de los bosques, ni a los buenos ni a los malos espíritus, como sus hermanos del Sur, pues son musulmanes, a su modo, naturalmente, pero no menos fanáticos que los de la India Central.

¿Qué es lo que dijo aquel hombre a esos salvajes?

Eso ni mi señor ni yo hemos llegado a saberlo. El hecho es que logró fanatizarlos, induciéndolos a destruir las factorías y a rebelarse contra la autoridad del señor Tremal-Naik.

-Pero, ¿qué historia es la que me cuentas?- exclamó Yáñez en el colmo de la sorpresa.

-Una historia tan verdadera, señor Yáñez, que mi amo corre el peligro de morir abrasado en su “kampong” juntamente con su hija la señorita Damna, si usted no acude en su socorro. Ese hombre del turbante verde no solamente ha levantado a los salvajes contra la factoría, sino también contra mi amo, pues quieren a todo trance su cabeza, señor Yáñez.

El portugués se había puesto pálido.

-¿Quién podrá ser ese peregrino? ¿Qué misterioso deseo lo empuja en contra de Tremal-Naik? ¿Tú lo has visto?

-Sí-, al escapar de entre las manos de los dayakos.

-¿Es joven o viejo?

-Es viejo, señor; de elevada estatura y flaquísimo; un verdadero tipo de peregrino que tiene hambre y sed. Y aun hay algo más grave en el misterio- añadió el mestizo-. Me han dicho que hace dos semanas llegó un barco de vapor con bandera inglesa, y que el peregrino estuvo conversando largo rato con el comandante.

-¿Y marchó pronto esa nave?

-A la mañana siguiente; y sospecho que durante la noche desembarcó armas, porque ahora muchos dayakos tienen fusiles y pistolas, siendo así que antes no tenían más que cerbatanas y cuchillos.

-¿De modo que los ingleses se mezclan en este asunto?- preguntó Yáñez que parecía muy preocupado.

-Es posible, señor. ¿Sabe las voces que corren por Labuán? Que el Gobierno inglés tiene intención de ocupar nuestra isla de Mompracem con el pretexto de que constituimos un constante peligro para sus colonias, y que nos enviarán a otra tierra más lejana. ¡Los ingleses, que deben estaros reconocidos por haberlos desembarazado de los tigres que infestaban la India!

-Querido mío, ¿tú crees que el leopardo puede guardar gratitud al mono por haberlo librado de los insectos que le molestaban?

-No, señor; porque esos animales carnívoros no tienen ese sentimiento.

-Pues tampoco lo tiene el Gobierno inglés llamado el leopardo de Europa.

-¿Y dejará usted que se apoderen de Mompracem?

Una sonrisa dilató los labios de Yáñez. Encendió un cigarrillo, aspiró dos o tres bocanadas de humo, y dijo con voz tranquila: -No sería ésta la primera vez que los tigres de Mompracem se ponen enfrente del leopardo inglés. Le hemos hecho temblar un día en Labuán, y corrió el peligro de ver a sus colonos devorados por nosotros y arrojados al agua. ¡No nos dejaremos sorprender ni vencer!

-¿Y Sandokán? ¿Ha enviado a Tija sus paraos para inmolar hombres?

-Sí; y que no serán menos animosos que los últimos tigres de Mompracem- contestó Yáñez-. ¿Quiere Inglaterra arrojarnos de una isla que venimos ocupando hace treinta años? ¡Que se atreva y entregaremos a las llamas la Malasia entera, y batallaremos sin cuartel contra el insaciable leopardo! ¡Veremos si ha de ser el Tigre de la Malasia el que sucumba en la lucha!

En aquel momento se oyó la voz de Sambigliong, el contramaestre del “Mariana” que gritaba:

-¡A la cubierta, capitán!

-¡Llegas a tiempo!- respondió Yáñez-. Acabo de terminar mi coloquio con Tangusa. ¿Qué hay de nuevo?

-¡Que avanzan!

-¿Quiénes? ¿Los dayakos?

-Sí, capitán.

-¡Está bien!

El portugués salió de la cámara, tomó la escalera y apareció en la cubierta.

El sol iba a ocultarse rodeado por una nube de oro, y teñía de rojo el mar, ligeramente rizado por una brisa suave.

El “Mariana” seguía inmóvil, y cómo eran aquellos momentos los del máximum de la baja mar, se había inclinado un poco sobre el costado de estribor, de modo que la cubierta aparecía sin banda en aquella parte.

Hacia los islotes que obstruían el río se veía avanzar lentamente una docena de grandes canoas, entre ellas cuatro dobles, precedidas por un pequeño parao armado con un mitin, pieza de artillería algo mayor que el “lila”, fundido como éste, con plomo, cobre y latón.

-¡Ah!- dijo Yánez con su flema habitual-. ¿Quieren medirse con nosotros? ¡Muy bien! Tenemos pólvora bastante con que obsequiarlos: ¿verdad, Sambigliong?

-La provisión es buena, capitán- contestó el malayo.

-Observo que avanzan muy despacio. No parece que tengan mucha prisa, querido Sambigliong.

-Esperan a que se haga de noche. Antes de que desaparezca la luz es preciso ver qué trazas tienen.

Tomó el anteojo, y lo asestó al pequeño parao que iba precediendo a la flotilla de chalupas. Iban en él quince o veinte hombres vestidos de guerra: pantalones estrechos abotonados en las caderas y en la garganta del pie; “sarong” muy corto, y en la cabeza, una especie de birrete muy curioso, de larga visera y con muchas plumas, llamado “tadung”. Algunos estaban armados de fusiles; los más, en lugar del “kampilang”, pesadas armas blancas de un acero muy fino, llevaban los “pijan-rant”- especie de puñal de hoja larga, y no ondulante como los kriss malayos-, y sostenían grandes escudos cuadrados de piel de búfalo.

-¡Hermosos tipos!- dijo Yáñez

-¿Son muchos, señor?

-¡Uf! Centenar y medio, mi querido Sambigliong.

Dicho esto se volvió, mirando a la toldilla del “Mariana”. Sus cuarenta hombres estaban todos en sus puestos de combate: los artilleros, detrás de los dos cañones y de las cuatro bombardas; los fusileros, detrás de la amura cuyos bordes estaban cubiertos con haces de agudos espinos, y los hombres de maniobras, que por el momento nada tenían que hacer, en lo alto de las cofas bombas de mano y carabinas indias de cañón largo.

-¡Vaya; pues que vengan a buscarnos!- murmuró visiblemente satisfecho de las órdenes dadas por Sambigliong.

El sol desaparecía, lanzando sus últimos rayos, tiñendo de una luz áurea y rosada las costas de la inmensa isla y las escolleras contra las cuales se deshacían las olas que venían del mar. El astro del día se sumergía majestuosamente en el agua, inflamando un gran abanico de nubes que había encima de él, y de las cuales partían grandes zonas de oro y ráfagas de púrpura que esmaltaban el claro azul del cielo. Casi bruscamente desapareció el sol, tiñendo de color rojo encendido por breves instantes el horizonte todo; enseguida fue atenuándose aprisa aquella oleada de luz, y, como no hay crepúsculo en aquellas latitudes, la gran fantasmagoría se extinguió y las tinieblas envolvieron la bahía, las islas y las costas.

-¡Buena noche para otros, y mala para nosotros!- dijo Yáñez, que no había podido menos de contemplar extasiado aquella espléndida puesta de sol.

Miró a la flotilla enemiga. El pequeño parao, las chalupas dobles y las sencillas apresuraron la marcha.

-¿Estamos dispuestos?

-Sí- contestó por todos Sambigliong.

-Entonces, ya no os detengo más, mis buenos tigres de Mompracem.

-El pequeño parao se hallaba a tiro, y cubría las chalupas que lo seguían en fila una detrás de otra, para evitar los fuegos de la artillería del “Mariana”.

Sambigliong se inclinó sobre una de las piezas emplazadas en la toldilla, que estaban montadas sobre pernos para poder hacer fuego en todas direcciones y después de haber mirado durante algunos instantes hizo fuego, despedazando el árbol de trinquete del parao, el cual cayó sobre el puente, arrastrando la enorme vela.

Aquel tiro, verdaderamente maravilloso, arrancó furiosos gritos a los que iban en las chalupas; a su vez llameó la proa del barco inutilizado.

El cañoncito del pequeño velero había respondido al disparo del “Mariana”; pero la bala, mal dirigida, no había hecho más que agujerear el contrafoque, que Yáñez no había mandado amainar.

¡Esos bribones tiran como los reclutas de mi país!- dijo Yáñez, que continuaba fumando plácidamente apoyado en la amura de proa.

Al disparo siguió una serie de detonaciones secas. Eran los “lilas” de las chalupas dobles, que secundaban el fuego del parao.

Afortunadamente, aquellos cañoncitos no estaban todavía a tiro y todo se redujo a mucho ruido y mucho humo, sin daño del “Mariana”.

-Ante todo, deshaced el parao, Sambigliong- dijo Yáñez- y procurad desmontar el cañoncito, que es lo único que puede hacernos daño. Seis hombres a las dos piezas y menudead el fuego, mi...

Se interrumpió bruscamente lanzando una mirada hacia la popa. Hizo un gesto de sorpresa.

-¡Sambiglion!- exclamó palideciendo.

-No tema, señor Yáñez: el parao estará deshecho o arrasado como un pontón antes de dos minutos.

-¿Y el piloto, que no he vuelto a verlo?

-¡El piloto!- exclamó el malayo dejando la pieza, que ya había apuntado-. ¿Dónde está ese bribón?

Yáñez, presa de una agitación vivísima, había atravesado rápidamente la toldilla.

-¡Busca al piloto!- gritó.

-Capitán- dijo un malayo que estaba al servicio de las dos piezas de popa-, acabo de verlo bajar a la cámara.

Sambigliong, que había sospechado lo mismo, se precipitó por la escalera empuñando una pistola.

Yáñez lo siguió, mientras los dos cañones tronaban contra la flotilla con horrísono fragor.

-¡Ah, perro!- se oyó gritar.

Sambigliong había sujetado fuertemente por la espalda al piloto, que iba a salir de un camarote, y que tenía en la mano un pedazo de cuerda embreada y encendida.

-¿Qué es lo que hacías, miserable?- gritó Yáñez, arrojándose a su vez sobre el malayo, que intentaba resistir al contramaestre.

Al ver al comandante, que tenía también una pistola en la mano, y que parecía dispuesto a saltarle los sesos, el piloto se había vuelto amarillo, es decir, pálido; pero respondió con cierta calma: -Señor, he bajado para tomar una mecha para las bombardas.

-¿A este sitio por las mechas?- gritó Yáñez.-. ¡Bribón, lo que pretendías era incendiar el barco!

-¡Yo!

-¡Sambigliong, ata a este hombre!- mandó el portugués-. ¡Así que hayamos batido a las dayakos nos veremos!

-No hacen falta cuerdas, señor Yáñez- repuso el contramaestre-. Le haremos dormir durante doce horas, y no nos molestará en ese tiempo.

Agarró brutalmente por los hombros, al piloto, que ya no trataba de resistir, le comprimió con los pulgares la nuca, y después le hundió en el cuello, un poco más abajo de los ángulos de las mandíbulas, los índices y los dedos del corazón, estrujándole las carótidas contra la. columna vertebral. Con esta operación se produjo una cosa extraña. Podada abrió desmesuradamente los ojos y la boca como si sufriese un principio de asfixia, se le hizo anhelosa la respiración, echó atrás la cabeza y cayó en brazos del contramaestre cual si estuviese muerto.

-¡Lo has matado! exclamó Yáñez.

-No, señor- repuso Sambigliong-; lo he adormecido, y hasta dentro de doce o quince horas no podrá despertar.

-¿Hablas en serio?

-Más tarde lo veréis.

-Échalo en una hamaca, y subamos corriendo. El cañoneo se hace muy vivo.

Sambigliong levantó al piloto, que no daba señales de vida, y lo tendió sobre una alfombra: enseguida subieron ambos rápidamente a la cubierta, en el momento mismo en que los dos cañones de caza volvían a tronar, haciendo retemblar el velero.

El combate entre el “Mariana” y la flotilla se había empeñado con ardimiento.

Las dobles chalupas que, como ya hemos dicho, iban armadas con “lilas” se habían colocado en un frente bastante largo a diestra y siniestra del parao para dividir el fuego del velero, empeñándose en proteger resueltamente a las otras embarcaciones, que a pesar de su pequeñez llevaban a bordo tripulaciones muy numerosas reservadas para el ataque final.

Los disparos se sucedían con rapidez, y las balas, aunque todas eran de muy poco calibre, pasaban silbando en gran cantidad sobre el “Mariana”, incrustándose en los penoles, horadando las lonas, maltratando el cordaje y astillando las amuras. Varios hombres estaban heridos, y alguno muerto: sin embargo, de esto, los artilleros de Mompracem seguían cumpliendo su deber con fría serenidad y calma maravillosa.

Como había disminuido la distancia, comenzaron a tronar las bombardas, lanzando sobre la flotilla descargas de metralla, compuesta en su mayor parte de clavos que herían cruelmente a los dayakos, haciéndolos gritar y saltar como monos rojos.

A pesar de aquellas descargas formidables no cesaba de avanzar la flotilla. Los dayakos que por lo general eran muy valientes, casi tanto como los malayos, y que no temen a la muerte, remaban con furia, mientras los que iban armados con fusiles sostenían un fuego vivísimo, si bien muy poco eficaz, pues apenas tenían práctica de aquellas armas.

Ya se habían acercado las chalupas a unos quinientos pasos, cuando el parao, sobre el cual se concentraba el fuego de los cañones del “Mariana”, se tumbó sobre un costado.

Había perdido sus dos mástiles, el balancín lo había hecho pedazos un tiro de Yáñez, y su obra muerta casi no existía.

-¡Desmonta el cañoncito, Sambigliong!- gritó Yáñez al ver que se acercaba al parao una doble chalupa con la intención de recoger la pieza de artillería antes de que se fuese a pique el barco.

-¡Sí, comandante!- respondió el malayo, que servía en la pieza de babor.

-¡Y vosotros ametrallad a la tripulación antes de que lo recojan!- añadió el portugués, que desde lo alto de la toldilla seguía atentamente los movimientos de la flotilla, sin dejar por eso el cigarro.

Una andanada de los cañones y de las bombardas cayó sobre el parao desmontando el cañoncito, cuya cureña hecha añicos se fue abajo de golpe, mientras un huracán de metralla barría la embarcación desde la proa hasta la popa, hiriendo a la mayoría de los tripulantes.

-¡Buen golpe!- exclamó el portugués con su habitual tranquilidad-. ¡Uno que ya no nos producirá más molestias!

El pequeño velero era tan sólo una cáscara de nuez que se hundía con toda rapidez en el agua. Los hombres que habían escapado de tan tremenda andanada se arrojaron al mar, y nadaban hacia las chalupas, mientras los pontones disparaban furiosos los “lilas” con no mucha fortuna, a pesar de ofrecerles el “Mariana” un buen blanco con su inmovilidad y su mole.

De pronto el parao se puso quilla arriba, volcando en las aguas muertos y heridos. Gritos feroces salieron de las chalupas al ver que el parao se iba a la deriva con la quilla al aire.

-¡Chilláis como ocas!- dijo Yáñez-. ¡Se necesita algo más para vencer a los tigres de Mompracem, queridos míos! ¡Fuego a las chalupas! ¡Adelante, fusileros! ¡Esto va entrando en calor!

Aun cuando privados del parao, que con su pieza podía contestar a los cañones de caza, la flotilla había vuelto a emprender el avance, acercándose rápidamente al “Mariana”.

Los tigres de Mompracem no economizaban pólvora ni balas. Los cañones de las piezas de caza y de las bombardas alternaban con las nutridas descargas de fusilería, que abrían grandes huecos en la tripulación de los pontones y de las chalupas.

Aquellos viejos guerreros, que hicieron temblar a los ingleses de Labuán, que habían vencido y deshecho a James Brook, el rajá de Sarawak, y que destruyeron después de combates formidables a los terribles “thugs” indios, se defendían de un modo admirable, sin cuidarse de buscar amparo detrás de la obra muerta.

Despreciando todo peligro, a pesar de los consejos del portugués, que procuraba conservar sus hombres, habían saltado todos sobre las amuras para ver mejor, y desde allí, como desde las cofas, hacían un fuego infernal sobre las chalupas, diezmando cruelmente a las tripulaciones.

Pero los asaltantes eran tantos en número, que a pesar de tan graves pérdidas no se desanimaban.

Otras chalupas salidas del río se habían unido a la flotilla. Por lo menos eran trescientos salvajes suficientemente armados los que se dirigían al abordaje del “Mariana”, resueltos a expugnarlo y a matar hasta el último de sus defensores. No podía esperarse cuartel de aquellos bárbaros sanguinarios, que no tienen más que un solo deseo: hacer cosecha de cráneos humanos.

-¡El negocio se va a poner serio!- murmuró Yáñez al ver las nuevas chalupas-. ¡Tigrecitos míos, dad de firme cuanto podáis, o concluiremos por dejar aquí nuestras cabezas! ¡Ese perro peregrino los ha fanatizado de tal modo, que se han vuelto rabiosos!

Se acercó a la pieza de caza de estribor, que acababa de cargarse en aquel momento, y apartó a Sambigliong, que estaba apuntando con ella.

-¡Deja que me caliente también un poco!- dijo-. Si no deshacemos los pontones y no echamos al agua sus “lilas”, antes de tres minutos estarán aquí.

-Los espinos los detendrán, comandante.

-No lo sé, querido. Pondrán en juego sus “kampilangs”.

-Y nuestros gavieros no harán menos fuego con sus granadas.

-Sea; pero prefiero que no lleguen hasta aquí.

Puso fuego a la pieza, y como siempre, no falló el tiro. Uno de los pontones compuesto de dos chalupas reunidas por medio de un puente, se fue a pique. Las proas, tocadas a flor de agua, se inundaron, y la masa flotante se hundió. Un segundo pontón quedó también medio deshecho; al tercer cañonazo que disparó Yáñez, ya las chalupas alcanzaron al “Mariana”.

-¡Empuñad los parangs, y llevad a popa las bombardas!- gritó abandonando la pieza, que ya era inútil-. ¡Obstruid la proa!

En un abrir y cerrar de ojos se ejecutaron las órdenes.

Los fusileros se pusieron en masa en la toldilla, dejando solos a los gavieros de las cofas, mientras que Sambigliong con algunos hombres desfondaba a hachazos dos cajas, sembrando por la cubierta una infinidad de bolitas de acero, erizadas de puntas finísimas.

Los dayakos, furiosos por las graves pérdidas sufridas, habían rodeado al “Mariana” gritando de un modo atronador y tratando de trepar, agarrándose donde podían.

Yáñez empuñó una cimitarra y se colocó en medio de sus hombres.

-¡Apretad las filas en derredor de las bombas! -gritó.

Los fusileros que estaban cerca de las bordas no cesaron de hacer fuego, hiriendo a quemarropa a los dayakos de los pontones y a cuantos pretendían subir al abordaje.

Los cañones de los fusiles y de las carabinas indias se habían calentado de tal modo, que abrasaban las manos de los tiradores.

Los dayakos llegaban encaramándose como monos.

De pronto estallaron grandes gritos de dolor entre los asaltantes.

Habían puesto las manos sobre los haces de espinos que cubría las bordas, y cuyas ramas se habían disimulado con el empalletado.

Al sentirse desgarrados los dedos, y no pudiendo soportar dolor tan agudo, se dejaron caer encima de sus compañeros, arrastrándolos en su caída.

Si los que trataron de asaltar el barco por babor y estribor no pudieron conseguirlo; en cambio los que se izaron por el bauprés, habían sido más afortunados, pues encontraron un apoyo en el mismo palo.

A golpes de “kampilang” desataron los haces de aquel sitio, los arrojaron al agua, y diez o doce hicieron irrupción en el castillo de proa dando gritos de victoria.

-¡Adentro con las bombardas!- gritó Yáñez, que los había dejado hacer.

Las cuatro bocas de fuego lanzaron una andanada de clavos, limpiando todo el castillo.

Fue una descarga terrible. Ninguno de los asaltantes quedó en pie, aun cuando tampoco cayeron muertos. Aquellos desgraciados, que recibieron de lleno los tiros, rodaban por el castillo dando alaridos de dolor y debatiéndose desesperadamente. Sus cuerpos, horadados en cien sitios por los clavos, parecían cribas goteando sangre. Sin embargo, la victoria estaba lejana todavía.

Otros dayakos subieron por todas partes, dispersando primero los espinos con los “kampilangs”, y saltaron sobre cubierta a pesar del fuego vivísimo de los tigres de Mompracem.

Pero allí esperaba a los asaltantes otro obstáculo no menos duro que los espinos; eran las bolitas de acero que llenaban toda la cubierta, y cuyas puntas no era posible esquivar ni con las pesadas botas de agua. Además, los gavieros desde las cofas comenzaron a arrojar granadas que estallaban con estruendo, lanzando en derredor fragmentos de metal.

Pillados entre dos fuegos e imposibilitados de avanzar, los dayakos se habían detenido; enseguida un terror súbito se apoderó de ellos al verse ametrallados de nuevo; allí cayeron varios y los restantes se precipitaron en montón sobre las bordas, arrojándose al agua y nadando como desesperados hacia los pontones y las chalupas.

-Por lo visto, parece que ya tienen bastante- dijo Yáñez, que no había perdido su flema durante la lucha-. ¡Esto os enseñará a temer a los viejos tigres de Mompracem!

La derrota de los isleños era completa. Pontones y chalupas huían a fuerza de remos hacia los islotes que se extendían delante del río; y sin responder al fuego del velero, fuego que hizo cesar muy pronto el portugués, al cual repugnaba matar personas que ya no podían defenderse.

Diez minutos después la flotilla, cuyas chalupas hacían agua la mayor parte, desaparecía en el río.

-Se han marchado- dijo Yáñez-. Supongo que nos dejarán tranquilos.

-Nos esperarán en el río, señor- dijo Sambigliong.

-Nos darán de nuevo la batalla- añadió Tangusa, que a los primeros cañonazos había subido a cubierta para tomar parte en la defensa, aun hallándose, como se hallaba, sin fuerzas.

-Les daremos otra lección que les quitará para siempre las ganas de importunarnos. ¿Habrá agua bastante para ir hasta la escala del “kampong” ?

-Durante largo trecho el río es muy profundo, y con viento favorable no habrá dificultad en subirlo. -¿Cuántos hombres hemos perdido?- preguntó Yáñez a Kibatang, un malayo que hacía de médico de a bordo.

-Hay ocho en la enfermería, señor; entre ellos dos graves, y cuatro han muerto.

-¡Que el demonio se lleve a esos malditos salvajes y a su peregrino!- exclamó Yáñez-. ¡En fin, esto es la guerra!- añadió dando un suspiro.

Enseguida, volviéndose hacia Sambigliong, que parecía esperar alguna orden, añadió: -La marea está a punto de alcanzar su mayor altura. ¡Tratemos de salir de este banco maldito!

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