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CAPÍTULO IV Otro cualquiera se hubiese impresionado al oír aquella amenaza lanzada por un hombre que pertenecía a raza tan sanguinaria y animosa, sabiendo al propio tiempo que el camino de huída estaba cortado. Yáñez, que había oído a un tiempo al malayo y al amenazador enemigo, no dio señal alguna de cólera ni de desfallecimiento. Otras ocasiones había tenido en su vida no menos terribles, y no había perdido su gran calma. -¡Ah!- exclamó sencillamente-. ¡Quieren exterminarnos! ¡Menos mal que han tenido la galantería de advertírnoslo! ¡Y aún los llamamos salvajes! Después de estas palabras, que demostraban su serenidad de ánimo, se volvió al malayo, que estaba todavía en el agua, y le preguntó: -¿Es muy sólida la cadena? -Es de ancla gruesa, capitán- contestó el marinero. -¿Dónde la habrán encontrado estos salvajes? Porque no creo que hayan aprendido a fabricarlas. ¡Ese peregrino les ha enseñado a hacer maravillas! -Capitán Yáñez- dijo Sambigliong-, el “Mariana” da de través. ¿Mando echar un anclote? El portugués se volvió a mirar al velero, que no pudiendo avanzar, no obedecía al timón y comenzaba a virar sobre estribor, yéndose hacia atrás con lentitud. -Cala un anclote de pincel, y prepara la chalupa. Es preciso cortar esa cadena. El ancla cayó con rapidez, hundiéndose pocos metros, pues en aquel sitio el río no era muy profundo, y el “Mariana” se detuvo, enderezándose enseguida con la proa a la corriente. La misma voz de antes, pero más amenazadora, salió de entre la espesura repitiendo la intimación: -¡Rendíos, u os exterminaremos a todos! -¡Por Júpiter!- exclamó Yáñez-. ¡Me había olvidado de contestar a ese amigo! Hizo con las manos portavoz, y gritó: -¡Si quieres mi barco, ven a tomarlo; pero te advierto que tenemos pólvora y plomo en abundancia! ¡Y no me des más la tabarra, porque tengo quehacer en este momento! -¡El peregrino de la Meca te castigará!. -¡Ve a que te ahorquen con tu Mahoma! ¡Te encontrarás muy bien en su compañía! Sambigliong hizo calar la chalupa, y mandó seis hombres a cortar la cadena. -¡Atención, artilleros de babor, y proteged el descenso! La más pequeña de las embarcaciones flotó, y seis malayos armados de pesadas hachas y de fusiles saltaron dentro. -¡Picad firme y, sobre todo, pronto!- les gritó el portugués. Enseguida se subió en la amura de popa agarrándose a una cuerda, y miró con atención hacia la orilla desde la cual había salido la voz del peregrino misterioso. A través de la espesura vio pasar todavía puntos luminosos, los cuales se alejaban con velocidad fantástica. -¿Qué será lo que esos tunantes estarán preparando?- se preguntó, no sin alguna preocupación. -Señor Yáñez- dijo Tangusa, que había dejado el timón inútil entonces-, en la orilla derecha he visto luces. -¿Serán los dayakos que estarán reuniendo nuevamente nueces de coco? Hace ya un buen rato que estamos viendo pasar luces. Al poco rato soltó una imprecación. Había visto elevarse de entre la maleza de las dos orillas treinta o cuarenta cohetes que rompieron la oscuridad densísima que reinaba bajo los árboles. -¡Ponen fuego a la floresta esos miserables!- gritó. -¡Y eso sí que es peor!- añadió el mestizo con voz alterada, por el espanto-. Todos esos árboles están rodeados de “giunta wan”, saturados de caucho. -¡Podada!- gritó el portugués, dirigiéndose al hombre que mandaba la chalupa-. ¿Podréis resistir vosotros solos? -Tenemos nuestras carabinas, señor Yáñez. -¡Apresuraos cuanto podáis, y enseguida venid a reuniros con nosotros! ¡Sambigliong, manda levar el anclote! -¿Volvemos a bajar el río, capitán?- preguntó el contramaestre. -¡Y a escape, querido mío! ¡No tengo ganas de que me asen vivo! ¡A la banda todo el timón, Tangusa! En un abrir y cerrar de ojos fue levada el ancla y el “Mariana”, que tenía el viento de bolina, viró con rapidez de bordo dejándose llevar por la corriente. Una docena de hombres con grandes remos ayudaban a la acción del timón, que no era muy eficaz, pues tenía a favor el agua. Los seis marineros de la chalupa, aun cuando desamparados por sus compañeros, no abandonaron la cadena, que golpeaban fuertemente con golpes furiosos, pues los gruesos anillos no cedían con facilidad. Entretanto, el incendio se propagaba con rapidez espantosa, y nuevos puntos de luz se alzaban de varios sitios para extenderlo en un gran espacio. Las llamas encontraban un soberbio elemento en los “giunta wan” (urceola elástica), gruesas plantas trepadoras de las cuales extraen los malayos una sustancia viscosa de que se sirven para cazar pájaros; en los “gambires”, en los colosales árboles del alcanfor y en las plantas gomíferas, tan abundantes en todos los bosques de Borneo. Aquella masa vegetal crepitaba cual si sus fibras estuviesen llenas de cartuchos de fusil, y al producir la detonación lanzaban por las grietas una linfa más o menos saturada de resina, la cual a su vez comunicaba fuego fomentando el incendio cada vez más. Una luz intensísima sucedió a las tinieblas y miríadas de chispas se elevaron a gran altura volteando entre torbellinos de humo. El “Mariana” descendía precipitadamente con la ayuda de los remos para librarse de tal incendio, que ya se propagaba a los árboles próximos a las dos orillas; pero, apenas había recorrido unos quinientos pasos, cuando la proa chocó, repercutiendo el golpe en todas las partes de la carena. Gritos furiosos estallaron en el castillo de malayos, temerosos de que apareciesen en un momento dado las chalupas de los dayakos. -¡Estamos presos! -¡Nos han cortado la retirada! Yáñez fue corriendo, imaginándose lo que había sucedido. -¿Otra cadena?- preguntó abriéndose paso entre sus hombres. -Sí, capitán. -Entonces, la habrán tendido hace pocos minutos. -Eso debe ser- dijo Tangusa, que parecía alterado-. Señor Yáñez, no nos queda otro recurso que tomar tierra antes de que el incendio llegue hasta aquí. -¡Dejar el “Mariana”!- exclamó el portugués-. ¡Eso nunca! ¡Sería el fin de todos nosotros, incluso de Tremal-Naik y de Damna! -¿Mando echar al agua la otra chalupa?- preguntó Sambigliong. Yáñez no contestó. Erguido sobre la proa, con las manos en la escolta del pequeño trinquete, el cigarrillo apagado y apretado entre los labios, miraba el incendio, que se extendía más cada vez. También hacia la parte baja del río comenzaban a elevarse las llamas. Dentro de muy poco el “Mariana” se encontraría en medio de un mar de fuego: y como los árboles casi cruzaban su ramaje sobre el río, la tripulación corría el peligro de ver caer encima de ella una lluvia de tizones ardiendo y de cálidas cenizas. -Capitán- repitió Sambigliong-, ¿mando echar al agua la segunda chalupa? Corremos el peligro de perder el “Mariana” si no escapamos. -¡Escapar! ¿Y hacia dónde?- preguntó Yáñez con voz tranquila-. Tenemos el fuego delante y detrás, y aunque rompamos la cadena, no por eso mejorará la situación. -¿Nos dejaremos freír entonces, señor Yáñez? -¡Todavía no nos han guisado!- respondió el portugués con su maravillosa calma-. ¡Los tigres de Mompracem son chuletas un poco duras! Enseguida, cambiando bruscamente de tono, gritó: -¡Extended la lona sobre el puente, y arriad las velas sobre los hierros de sostenimiento! ¡Al agua las mangas de las bombas, y calad las anclas! ¡Los artilleros, a su puesto!. La tripulación, que esperaba llena de angustia una decisión, izó en pocos instantes los hierros de sostenimiento, y arrió las dos inmensas velas. El “Mariana”, como todos los “yachts” que hacen viajes a las regiones extremadamente cálidas, tenía una lona para resguardar el puente de los abrasadores rayos solares. Con toda celeridad se extendió la tela, y las dos velas se echaron encima, dejando caer los extremos a lo largo de las bordas de modo que quedase cubierta toda la nave. -¡Haced funcionar las bombas y mojad las telas! - mandó Yáñez. Encendió el cigarrillo y se fue hacia la proa, mientras tanto se lanzaban torrentes de agua contra las telas, empapándolas por completo. Los hombres encargados de cortar la cadena volvían en aquel momento bogando a la desesperada. Sobre ellos ardían las ramas de los árboles, cubriéndolos de chispas. -Llegan a tiempo- murmuró el portugués. -¡Qué magnífico espectáculo! ¡Lástima no poder verlo desde un poco más lejos! ¡Lo admiraría mejor! Una verdadera tromba de fuego caía sobre el río. Los árboles de las dos orillas, la mayor parte gomíferos, ardían lanzando monstruosas llamaradas y torbellinos de humo pesado y denso. Los troncos carbonizados se tumbaban en el suelo haciendo crujir las plantas vecinas, a las cuales se enlazaban otras parásitas, y los “gambires” esparcían chorros de caucho inflamado. Enormes árboles de alcanfor, causarino, sagús, arenghas sacaríferas, dammares saturados de resina, plátanos, cocoteros y duriones llameaban como colosales antorchas, retorciéndose y estallando; después se desplomaban, cayendo en el río y silbando de un modo ensordecedor. El aire se hacía irrespirable, y las velas y la tela que cubrían el “Mariana” humeaban y se contraían, no obstante los continuos chorros de agua que los mojaban. El calor era tan intenso, que los tigres de Mompracem a pesar de la protección de las velas, se sentían desfallecer. Inmensas nubes de humo y nimbos de chispas que el viento impulsaba se introducían en el espacio comprendido entre el piso de la cubierta y las telas, envolviendo a los hombres aterrorizados, mientras que de lo alto caían sin interrupción ramas llameantes que las bombas apagaban con trabajo, a pesar de que maniobraban enérgicamente. Una bóveda de fuego lo envolvía todo; barco, río y orillas. Los dayakos y los malayos que componían la tripulación miraban con espanto aquella cortina de llamas que no se apagaba nunca, y se preguntaban con angustia si había llegado para ellos la última hora. Tan sólo Yáñez, el hombre eternamente impasible, parecía que no se preocupaba con el tremendo peligro que corría el “Mariana”. Sentado en la cureña de una de las piezas de popa, fumaba con placidez un cigarrillo cual si fuera insensible al calor espantoso que los rodeaba. -¡Señor- gritó el mestizo, corriendo hacia él con la cara desencajada y los ojos dilatados por el terror-, nos achicharramos! Yáñez se encogió de hombros. -Yo nada puedo hacer- respondió con su calma habitual. -¡El aire se hace irrespirable! -Conténtate con el poquito que entre en tus pulmones. -¡Escapemos, señor! ¡Nuestros hombres han roto la cadena que nos cerraba el paso hacia la parte alta del río! -Querido mío, ten por seguro que allá no ha de hacer más fresco que aquí. -Entonces, ¿debemos perecer así? -Sí, si así está escrito- respondió Yáñez sin quitarse el cigarrillo de los labios. Se recostó sobre la cureña como si fuera sobre una poltrona, añadiendo después de algunos instantes: -¡Bah! ¡Esperemos! De pronto algunas descargas de fusilería resonaron en el río acompañadas de grandes gritos. -¡Qué fastidiosos se han vuelto estos dayakos!- dijo. Atravesó el puente sin cuidarse de los torrentes de agua que le caían encima, y alzando un pedazo de la inmensa tienda, miró hacia la orilla. A través de la cortina de fuego vio a varios hombres que parecían demonios corriendo por entre las oleadas de fuego y disparando contra el velero. No parecía sino que aquellos salvajes terribles eran como las salamandras, porque, a pesar de hallarse desnudos, se atrevían a meterse por entre las llamas, para disparar desde más cerca. A Yáñez se le había contraído el rostro. Una cólera furiosa se manifestó en aquel hombre que parecía tener agua en las venas y podía aportárselas con el más flemático de los anglosajones. -¡Ah, miserables!- gritó-. ¡Ni aun en medio del incendio queréis concederme una tregua! ¡Sambigliong, tigres de Mompracem, una andanada sin misericordia sobre esos demonios! Se levantó un poco de tela, reuniéronse las cuatro bombardas sobre estribor, y mientras el incendio devoraba con más ímpetu que nunca los enormes árboles que festoneaban el río, la metralla comenzó a silbar a través de la cortina de fuego, hiriendo a los salvajes con un huracán de clavos y fragmentos de hierro. Bastaron siete u ocho descargas para decidir a aquellos bribones a retirarse. Algunos habían caído heridos, y se asarían entonces en medio de las hierbas y de la maleza crepitante. -¡Si hubiese caído también el peregrino!- murmuró Yáñez-. ¡Pero ese tunante se habrá guardado muy bien de exponerse a nuestros tiros! Llamó al malayo que había guiado la chalupa, y que volvió a bordo en el momento mismo en que comenzaban a arder los árboles que crecían en las márgenes del río. -¿Habéis cortado la cadena?- le preguntó. -Sí, capitán Yáñez. -¿Es decir, que el paso está libre? -Completamente. -El fuego se apaga hacia lo alto del río, tendiendo a aumentar hacia la parte baja- murmuró Yáñez-. Será mejor ponernos en marcha antes de que esos canallas tiendan otra cadena o que sus chalupas vengan hasta aquí. Suceda lo que quiera, marchemos. La bóveda de verdor que cubría el río en aquel sitio quedó destruida por el huracán de fuego que la abrasaba, y en ambas orillas ya no quedaban en pie más que algunos enormes troncos de durión y de árboles de alcanfor medio carbonizados que llameaban todavía como inmensas antorchas. Hacia Poniente, en cambio, donde la floresta estaba intacta todavía, avanzaba el incendio de un modo terrible. El peligro de que ardiese el velero se había evitado. -Aprovechémonos- dijo Yáñez-. El aire comienza a hacerse un poco más respirable, y la brisa sigue soplando de popa. Hizo recoger la inmensa tela, cuyos bordes estaban sumergidos en el agua, y mandó colocar las velas en los penoles. Las maniobras se realizaron con rapidez, entre una verdadera lluvia de cenizas que aventaba el aire contra el velero, cegando a los hombres y haciéndolos toser. Todavía era irrespirable la atmósfera que flotaba sobre el río, a causa de los altísimos carbones ardientes de las riberas, pero ya no se corría el peligro de morir asfixiados. A las cuatro de la mañana se izaron las anclas, y el “Mariana” volvió a emprender la navegación con notable velocidad. Los dayakos, que debían haber sufrido crueles pérdidas, no volvieron a dejarse ver. Probablemente, el incendio, que iba en aumento hacia Poniente, los había obligado a retirarse a toda prisa. -No se les ve- dijo Yáñez al mestizo, que observaba las dos orillas, en las cuales todavía ondulaban densas columnas de humo y haces de chispas-. Si nos dejasen tranquilos por lo menos hasta llegar al embarcadero... ¿No habrán comprendido que estamos resueltos a defender hasta el último extremo nuestra piel? Después de las lecciones recibidas, debían persuadirse de que no somos galletas a propósito para sus dientes. -Han sabido, señor Yáñez, que corremos en socorro de mi patrón. -Pues no creo que se lo haya dicho nadie. -Sospecho que lo sabían antes de que usted llegase. Algún criado ha debido hacer traición, o ha oído las órdenes dadas por Tremal- Naik al mensajero que le envió a usted. -¿Quién habrá sido? -Aquel malayo que usted recogió porque se le ofreció como piloto, deben haberlo enviado al encuentro del “Mariana”. -¡Por Júpiter! ¡Ya no me acordaba de ese tunante!- exclamó Yáñez-. Ya que los dayakos nos dan un poco de tregua, y el incendio se apaga por sí mismo, nos cuidaremos de él. Quizás consigamos que nos de algunos informes que puedan sernos preciosos acerca de ese misterioso peregrino. -¡No hablará! -Si se obstina en seguir mudo, me encargo de hacerle pasar un mal cuarto de hora. ¡Tangusa, ven! Recomendó a Sambigliong que mantuviera siempre a la gente en sus puestos de combate, temiendo alguna nueva sorpresa por parte de los enemigos, y descendió a la cámara, donde todavía ardía la lámpara. En un camarote contiguo al saloncito yacía sobre una litera el piloto, presa del profundo sueño que le produjo Sambigliong con sus enérgicas compresiones. No era aquel un sueño regular. La respiración no se le oía apenas; tan poco, que se podría creer muerto al malayo: además, estaba amarillo, que es la palidez de la raza. Yáñez, a quien Sambigliong había dicho lo que debía hacer para despertar al piloto, frotó vigorosamente las sienes y el pecho del dormido; después le levantó los brazos, replegándoselos violentamente hacia atrás para dilatarle los pulmones, ejecutando esta operación varias veces. Al cabo de nueve o diez sacudidas abrió los ojos el malayo y los fijó llenos de terror en el portugués. -¿Cómo te encuentras, amigo?- le preguntó Yáñez con acento ligeramente irónico. El piloto seguía mirándolo sin decir palabra, y pasándose y repasándose una mano por la frente sudorosa. Parecía que hacía esfuerzos para coordinar las ideas, y, a medida que la memoria adquiría su imperio, su rostro se tornaba más pálido y una expresión de angustia se retrataba en sus facciones. -¡Vamos!- dijo Yáñez-. ¿Podremos saber cuándo vas a contestarnos? -¿Qué es lo que ha sucedido, señor?- preguntó por fin Podada-. No acierto a explicarme cómo me he dormido tan repentinamente después del apretón que me dio el contramaestre. -La cosa es tan poco interesante, que no vale la pena que te la explique- respondió Yáñez-. Tú, en cambio, eres el que debes darme ciertas explicaciones que me has prometido. -¿Qué explicaciones? -Saber, por ejemplo, quién te ha mandado que embarrancases el barco en el banco de arena. -¡Le juro, señor!... -¡Déjate de juramentos! Es inútil que te obstines en negar: eres un traidor y te tengo en mis manos. ¿Quién te ha pagado para que destruyeras mi nave? Porque tú ibas a incendiarla. -¡Esa es una suposición de usted!- balbució el malayo. -¡Basta!- dijo Yáñez-. ¿Quieres hacerme perder la paciencia? Quiero saber quién es ese maldito peregrino que ha puesto en armas a los dayakos y que pide la cabeza de Tremal-Naik. -¡Señor, usted puede matarme, pero no obligarme a decir cosas que ignoro! -¿Estás seguro? -¡Yo no he visto nunca ningún peregrino! -¿Y tampoco has tenido tratos con los dayakos que me han asaltado? -¡Nunca me he cuidado de ellos, señor; se lo juro por “Vairang Kidul”! (La reina del Sur). Yo me dedicaba a recorrer la costa para registrar las cavernas donde las golondrinas de mar hacen sus nidos, por encargo de un chino que comercia en eso, cuando de pronto vino un golpe de viento que me arrastró con la canoa hacia Poniente. El encontrar su barco ha sido una cosa puramente casual. -¿Por qué, entonces, estás tan pálido? -Señor, me han sometido a una compresión tan grande, que creí que querían hacerme pedazos, y todavía no me he repuesto de la impresión- respondió el piloto. -¡Mientes!- dijo Yáñez-. ¿No quieres confesar? ¡Está bien; ya veremos si hablas o no! -¿Qué es lo que quiere usted hacer, señor?- preguntó con voz temblorosa el miserable. -Tangusa- dijo Yáñez volviéndose hacia el mestizo-, ata las manos a este traidor, y enseguida súbele sobre cubierta. Si trata de resistirse, le pegas un tiro. -Tengo cargadas mis pistolas- contestó el intendente de Tremal-Naik. Yáñez salió de la cámara y subió al puente, mientras que el mestizo ejecutaba la orden recibida, sin que por su parte el malayo se atreviera a resistirse.
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