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Capítulo IX

CAPÍTULO IX

Bambi notó que todo estaba cambiado. Resultaba un poco difícil para él acostumbrarse a ese mundo alterado. En el bosque todos habían vivido siempre como ricos, y ahora se veían obligados a hacer frente a tiempos duros. Por su parte no conocía otra cosa que la abundancia. Para él había sido siempre cosa entendida que nunca faltaría qué comer; jamás imaginó que podría llegar a tener que preocuparse por conseguir el alimento. Creía que iba a poder dormir siempre a la sombra verde del follaje espeso, donde nadie le vería, y, sobre todo, que conservaría siempre su pelaje, suave, hermoso y brillante de color rojizo.

Pero ahora todo estaba cambiado sin que él se hubiese dado cuenta de que ese cambio ocurría. El proceso que ahora llegaba a su fin sólo le había parecido una serie de episodios sin importancia. Le gustaba ver los velos de blancura lechosa formados por la niebla que todas las mañanas venía del prado, o que bajaba bruscamente del cielo gris al amanecer. Estos hermosos velos se desvanecían con la aparición del sol. La blanca escarcha que cubría la pradera como una sábana de resplandeciente albura también le deleitaba. Algunas veces le gustaba escuchar a sus primos, los grandes alces. Todo el bosque se estremecía con las vibraciones de sus potentes voces reales. Bambi escuchaba atemorizado; pero al mismo tiempo su corazón no podía menos que experimentar gran admiración cuando ellos lanzaban su grito. Recordaba que los reyes tenían cuernas llenas de astas, parecidas a verdaderos árboles. Y le parecía que sus voces eran tan potentes como esas cuernas. Cuando oía las profundas vibraciones, permanecía inmóvil. Las voces graves llegaban hasta él como la expresión de esos nobles seres, que daban de este modo rienda suelta a la nostalgia, a la ira o al orgullo, según el estado de ánimo que les dominase. Bambi luchaba en vano contra sus terrones. Siempre se sentía dominado por ellos cuando oía esas voces; sin embargo, se sentía lleno de orgullo por tener tan nobles parientes. Al mismo tiempo no dejaba de experimentar una extraña sensación de disgusto por el hecho de que sus primos fuesen tan inaccesibles. Eso le ofendía y humillaba sin saber exactamente por qué, y sin que en realidad se diese exacta cuenta de ello.

Después de la época del apareamiento, y cuando las voces de los alces y ciervos se acallaron, Bambi empezó a notar los otros fenómenos. Por la noche, cuando vagaba por el bosque, o de día, cuando estaba en el claro, oía murmurar a las hojas que caían de los árboles. Susurraban y crujían incesantemente al caer de las ramas, atravesando el aire. sobre la tierra había un constante y delicado son. Era algo maravilloso despertar y escucharlo; algo maravilloso quedarse dormido al arrullo de esas voces suaves que murmuraban melancólicamente. Pronto las hojas formaron una espesa alfombra sobre la tierra; y cuando uno caminaba, se esparcían levantándose livianas, crujiendo suavemente. Era muy divertido apartarlas con cada paso y formar con ellas altas pilas. se oía entonces un sonido, un “¡Sh-sh!” suave, claro, argentino. Por otra parte, también resultaba muy útil, pues Bambi tenía que ser particularmente cuidadoso en esos días, prestando atención para escucharlo y olfatearlo todo. Gracias a las hojas caídas se podía oír el paso de cualquier animal por el punto más distante. Al menor contacto soltaban su crujido, su característico “¡Sh-sh!”. Nadie podía pasar sobre ellas sin delatar su paso.

Pero después vino la lluvia. Caía desde la mañana temprano hasta bien entrada la noche. A veces seguía lloviendo ininterrumpidamente durante toda la noche, hasta el día siguiente. Escampaba un poco, para continuar luego con vigor renovado. El aire estaba húmedo y frío; todo el mundo parecía estar lleno de agua. Si uno trataba de mordisquear el pasto del prado se le llenaba la boca de agua; y si intentaba arrancar una ramita con loe dientes, un verdadero torrente de agua empapaba los ojos y el hocico. Las hojas no crujían ya. Yacían pálidas y empapadas sobre la tierra; aplastadas por la lluvia, ya no producían ruido. Bambi descubrió por primera vez lo desagradable que resulta estar todo el día bajo la lluvia, y quedar completamente calado hasta la misma piel. Todavía no había caído ninguna helada, y, sin embargo, ya suspiraba por el tiempo caluroso, pensando que era algo muy triste el tener que andar de un lado para el otro completamente mojado.

Cuando sopló el viento del Norte, Bambi descubrió lo frío que era. No le servía de gran cosa el acurrucarse pegadito a la madre. Es claro que al principio encontró delicioso estarse allí tirado, pudiendo mantener al menos uno de sus costados en agradable tibieza. El viento del Norte soplaba a través de la espesura durante todo el día y toda la noche. Parecía impelido por una incomprensible y fría rabia que le llevaba hasta el extremo de la locura; daba la impresión de que quería desarraigar todo el bosque, devastándolo, aniquilándolo. Los árboles gemían, pero ofrecían obstinada resistencia, luchando con todas sus fuerzas contra la fiera embestida del viento. Uno podía oír sus hondos quejidos, sus chasquidos como gritos de dolor, el fuerte estallido de sus ramas grandes al quebrarse, el doloroso y a la vez colérico crujido cuando un tronco se rompía y el árbol vencido parecía gritar por cada herida de su rendido y agonizante cuerpo. Nada más podía oírse fuera de eso, pues la tempestad se ensañaba con fuerza aun más terrible sobre el bosque, y sus rugidos ahogaban los ruidos menores.

Bambi supo entonces que había llegado el momento da la escasez, de la lucha por la vida. Vio cómo la lluvia y el viento habían cambiado al mundo. Ya no quedaba una hoja en los árboles ni en los arbustos. Todos estaban allí despojados, enseñando su triste desnudez, elevando sus ramas peladas al cielo, como clamando misericordia. El pasto del prado estaba marchito y más corto, como si se hubiese metido dentro de la tierra. Hasta el claro parecía arruinado, desnudo. Desde la caída de las hojas no era posible estar allí tan bien oculto como antes. El claro estaba ahora abierto por todos sus costados.

Un día, en el momento en que una joven urraca volaba sobre el prado, sintió que algo blanco y muy frío le caía en un ojo. A esa cosita siguió otra igual, y otra, y otra. Sintió como si tuviese un velo delante de los ojos, mientras las cositas, pequeñas, de blancura enceguecedora, danzaban a su alrededor. La urraca titubeó en su vuelo, revoloteó un poco, y luego se lanzó en línea recta hacia arriba. Todo en vano. Los blancos y fríos copos estaban en todas partes y otra vez se le metían en los ojos. Sin embargo, ella siguió volando hacia arriba, remontándose muy alto.

—No te afanes tanto, queridita —le gritó desde arriba una corneja que volaba en su misma dirección—; no te afanes tanto. No podrás volar lo suficientemente alto como para ponerte fuera del alcance de esos copos. Esto es nieve.

—¡Nieve! —exclamó sorprendida la urraca, luchando siempre contra los copos que caían sin cesar.

—Eso parece —repuso la corneja—. Estamos en invierno; esto no puede ser otra cosa que nieve.

—Perdóname —dijo la urraca—; yo salí del nido en el pasado mes de mayo. No sé nada con respecto al invierno.

—Hay muchos como tú —declaró la corneja—; pero no te afanes. Aprenderás pronto.

—Bueno —dijo la urraca—, si esto es nieve, creo que voy a descansar un poco.

Se detuvo sobre la rama de un saúco y sacudió el cuerpo para desprenderse de la nieve que lo cubría. La corneja se alejó volando torpemente.

Al principio Bambi se sintió encantado con la nieve. El aire estaba sereno y apacible mientras las estrellitas de agua congelada caían al suelo girando; el mundo tenía ahora un aspecto completamente nuevo. Era más luminoso, más alegre; y todas las veces en que el sol salía un poquito, todo brillaba y la sábana blanca que cubría la tierra despedía destellos y luces tan vivas que enceguecían.

Pero Bambi dejó pronto de sentirse complacido con la nieve. Cada vez iba haciéndose más y más difícil encontrar alimento. Tenía que escarbar interminablemente antes de poder encontrar una brizna marchita de hierba. La escarcha le lastimaba las patas; y él temía lastimarse también los pies. Gobo ya se los había lastimado. Es claro que Gobo era de los que no pueden aguantar nada, por lo que constituía una constante fuente de disgustos para su madre.

Los ciervos estaban siempre juntos, y se mostraban más compañeros que antes. Ena traía a bus hijos con frecuencia; Marena, una cierva adolescente, se unió al grupo más tarde. Pero la que más contribuía al entretenimiento de todos era la anciana Netla. Ésta sabía bastarse a sí misma y tenía ideas propias sobre todas las cosas.

—No —solía decir—; yo no quiero más preocupaciones con los hijos. Ya he tenido bastantes; son una verdadera broma.

Falina le preguntó una vez:

—Pero ¿cómo pueden causarle preocupaciones los hijos si son una broma?

Y Netla, aparentando enojo, le contestó:

—Sí, son una broma; ¡pero una broma pesada! ¡No, no! Ya he tenido bastantes.

Todos se llevaban perfectamente. Se sentaban los unos junto a los otros, charlando. Los chicos no habían tenido hasta entonces oportunidad de enterarse de tantas cosas nuevas.

Hasta uno que otro príncipe venía a veces a unirse al grupo. Al principio estas reuniones eran un poco ceremoniosas; especialmente los pequeños se sentían llenos de timidez. Pero pronto todos entraron en confianza y las reuniones se hicieron mucho más agradables. Bambi admiraba al príncipe Roño, que era un señor muy respetable, y sentía un profundo cariño hacia el joven y hermoso Karus. A los príncipes se les habían caído las cuernas; Bambi miraba con frecuencia e interés las dos protuberancias redondas, de color gris pizarra, que aparecían cubiertas de muchas puntas redonditas y brillantes, sobre la cabeza de los príncipes. Tenían ciertamente un continente muy noble.

La conversación se hacía de un interés emocionante cuando alguno de los príncipes hablaba de Él. Roño tenía una protuberancia cubierta de cicatrices en la pata delantera izquierda. Al apoyarse sobre esa pata cojeaba; y a veces preguntaba:

—¿Se nota que cojeo?

Y todos se apresuraban a asegurarle que no se le notaba en absoluto, que era precisamente lo que Roño quería que le dijesen. En realidad se le notaba, pero muy poco.

—Ah, sí —decía él luego—. Esa vez si que escapé por un pelo.

Y a continuación relataba cómo Él le había sorprendido y cómo le había lanzado su fuego que sólo le hirió la pata. El dolor casi le había enloquecido, cosa que no es de extrañarse, pues el hueso se le había astillado. Pero Roño no perdió la cabeza por eso. Se incorporó y huyó corriendo sobre las tres patas sanas. Aceleró la carrera cuanto pudo a pesar de que «e sentía acometido de una debilidad creciente, pues sabía que le perseguían. Corrió y corrió sin parar, hasta que llegó la noche. Entonces decidió tomarse un descanso. Pero en cuanto volvió el día siguió corriendo hasta que tuvo la certeza de encontrarse a salvo. Entonces resolvió cuidarse, viviendo solo y escondido, y esperó a que se le curase la herida. Por fin, cuando reapareció, lo hizo convertido en héroe. Es verdad que renqueaba un poco; pero él creía que eso no lo notaba nadie.

Cada vez que se reunían, cosa que ocurría a menudo, se contaban muchas historias. Bambi oyó hablar más que nunca de Él. Oyó describir el aspecto horrible que tenía. Nadie podía mirar su cara desnuda, desprovista de pelos, pálida. Pero él lo sabía por experiencia propia. También hablaban del olor característico que despedía; sobre esto también podía haber hablado Bambi; pero su buena educación le hacía permanecer callado, sin tomar parte en la conversación de los mayores. Según estos último» afirmaban, el olor de Él cada vez tenía algo distinto de la vez anterior en que le habían encontrado; difería en mil detalles sólo perceptibles para un olfato muy fino. Y sin embargo, era fácil reconocerle siempre y al momento, pues resultaba siempre excitante, indescriptible, misterioso y terrible.

Dijeron también cómo Él sólo se servía de dos patas para caminar, y hablaron con admiración de la fuerza sorprendente de bus dos manos. Algunos de ellos no sabían lo que eran las manos. Pero cuando alguien lo explicó, la vieja Netla dijo:

—Yo no veo nada de sorprendente en eso. Una ardilla puede hacer exactamente las cosas que tanto parecen asombraros; hasta un vulgar ratoncillo es capaz de realizar tales maravillas.

Y volvió la cabeza con gesto desdeñoso.

—Oh, no —exclamaron los demás.

Y se pusieron a explicarle que las cosas que hacían la ardilla y el ratón no eran las mismas que podía hacer Él; de ninguna manera. Pero Netla no quiso darse por vencida.

—¿Y qué me decís del baldón? —preguntó—. ¿Y qué del buharro? ¿Y de la lechuza? Solamente tienen dos patas; pero cuando quieren alguna cosa se apoyan sobre una pata y con la otra se sirven para asirla. Eso es mucho más difícil, y estoy segura de que Él no puede hacerlo.

La vieja Netla parecía decidida a no admirar nada que tuviese relación con Él. Lo odiaba con toda su alma.

—Es un ser odioso —decía; y lo repetía sin cansarse. Por otra parte, nadie la contradecía, pues no había uno que sintiese simpatías hacia Él.

Sin embargo, la conversación se hizo más acalorada cuando alguien dijo que Él tenía una tercera mano. No eran dos las manos; eran tres.

—Esa es una historia muy vieja —dijo Netla con desdén—. Pero yo no la creo.

—¿No lo crees? —intervino Roño—. Entonces, ¿con qué crees que me rompió la pata? ¿Puedes explicármelo? Ella le contestó con indiferencia.

—Eso es cosa tuya, estimado amigo. A mí nunca me rompió una pata.

La tía Ena dio su opinión.

—Yo creo haber visto muchas cosas en mi vida —dijo—. Y opino que hay algo de fundado en eso de la tercera mano.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo cortésmente el joven Karus—. Tengo un amigo, un cuervo...

Aquí hizo una pausa, momentáneamente turbado, y miró a su alrededor a todos los presentes, como si temiese que fuesen a reírse de él. Pero cuando vio que todos le escuchaban con atención, agregó:

—Este cuervo está generalmente bien informado, os lo aseguro. Sus informaciones son sorprendentes. Pues bien, según afirma, Él tiene realmente tres manos, aunque no siempre. La tercera mano es la peligrosa, dice el cuervo. No forma parte de su cuerpo como las otras dos, sino que la lleva colgada del hombro. Agrega el cuervo que se da cuenta exactamente cuando Él va a ponerse peligroso. Es decir, que cuando viene sin esa tercera mano, Él no es peligroso.

La vieja Netla soltó la carcajada.

—Tu cuervo es un mentecato, mi estimado Karus. Díselo de mi parte. Si fuese tan inteligente como parece creerse, sabría que Él es siempre peligroso: siempre.

Sin embargo, las opiniones diferían entre el resto de los concurrentes.

La Madre de Bambi dijo:

—Algunos de Ellos no son peligrosos; eso se puede ver a veces a la primera mirada.

—¿De veras? —dijo Netla—. Y dime, cuando les ves venir, ¿te quedas inmóvil tranquilamente sentada esperando que pasen para darles los buenos días?

La mamá de Bambi contestó en tono conciliador:

—Desde luego que no hago eso; por el contrario, huyo a todo escape.

Falina intervino entonces para decir:

—Sí, sí; hay que escapar siempre.

Todos rieron.

Pero cuando hablaban de la tercera mano todos se ponían serios y se sentían dominados paulatinamente por el miedo, que se les iba adentrando en las entrañas. Porque, fuera lo que fuese, tercera mano o cualquier otra cosa, la verdad era que se trataba de algo terrible que ellos temían, mas no comprendían. Sólo conocían su existencia por lo que contaban los demás; pocos de ellos habían logrado ver lo que era eso. Él estaba generalmente erguido, lejos; y raras veces se movía. Uno no podía explicar lo que hacía ni qué ocurría; pero repentinamente se oía un estampido parecido al trueno, saltaba un fuego, y, lejos de Él, uno caía derribado al suelo, con el pecho abierto por terrible herida. Mientras hablaban, todos parecían querer acurrucarse, como si les estuviese dominando la presencia de un poder oscuro, desconocido.

Todos escuchaban con curiosidad estas historias que siempre eran horribles, y estaban llenas de sangre y de sufrimiento. Escuchaban incansables todo lo que se decía de Él; algunas de las historias, y acaso la mayoría, eran inventadas; en realidad, cuentos y consejas que venían de los padres y los abuelos. En todos esos cuentos todos buscaban inconscientemente la manera de aplacar este poder maléfico, o un modo de escapar al mismo.

—¿Qué importancia tiene —preguntó el joven Karus con desaliento— la distancia a que se encuentra Él cuando mata?

—Tu sabio amigo, el cuervo, ¿no supo aclarárselo? —se burló la vieja Netla.

—No —repuso Karus con una sonrisa—. Dice que ha visto muchas veces a Él; pero la verdad es que nadie puede explicar el misterio de ese ser terrible, pues nadie osa acercársele.

—Sí —observó Roño—. Él es peligroso para todos; cuando quiere también derriba a los cuervos de los árboles.

—A los faisanes los mata hiriéndolos en el ala —declaró la tía Ena.

La madre de Bambi dijo:

—Mi abuela me decía que mata arrojando la mano contra uno.

—¿De veras? —preguntó la vieja Netla—. ¿Y entonces qué es lo que produce ese horrible estruendo?

—Eso ocurre cuando se quita la mano —explicó la madre de Bambi—. Entonces es cuando despide fuego y estalla. Adentro está lleno de fuego.

—Perdona que te interrumpa —intervino Roño—. Sí; es cierto que Él está lleno de fuego. Pero lo que dices con respecto a su mano es erróneo. Una mano no podría producir semejantes heridas. Eso puedes verlo por ti misma. Yo creo que lo más probable es que se trate no de una mano, sino de un diente. Un diente en este caso aclararía muchas cosas. Vosotros bien sabéis que se puede morir de una mordedura.

—¡Ah! —suspiró Karus—. ¿Y no dejará nunca de darnos caza?

Entonces habló Marena, la joven cierva.

—Dicen que llegará el tiempo en que Él vendrá a vivir con nosotros y será tan bueno como nosotros lo somos. Entonces jugará en nuestra compañía y todo el bosque será feliz; y nosotros seremos sus amigos.

La vieja Netla soltó la carcajada.

—Deja que Él se quede donde está y nos deje a nosotros en paz —dijo.

Tía Ena repuso en tono de reproche:

—No deberías hablar de ese modo, Netla.

—¿Por qué no? —replicó acaloradamente ésta—; ¡no veo por qué no he de hablar así! ¡Amigos de Él! ¡Ha estado matándonos desde que tenemos memoria; ha matado a nuestras hermanas, a nuestras madres y hermanos! Desde que llegamos al mundo, Él no nos ha dejado vivir en paz, y nos ha dado la muerte dondequiera que mostrásemos la cabeza. ¡Y ahora pretendes que seamos sus amigos! ¡Qué tontería!

Marena miró a todos con sus ojos grandes, serenos, brillantes.

—El amor no es tontería —dijo—; algún día habrá de ser. La vieja Netla le volvió la espalda.

—Me voy a buscar algo que comer —dijo, y se alejó al trote.

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Bambi


 


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