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El hombre de la isla De repente, por la ladera de aquel monte, tan escarpada y pedregosa, oí
caer unas piedras que rebotaron contra los árboles.
Instintivamente me volví hacia aquel sitio y vi una extraña
silueta que se ocultaba, con gran rapidez, tras el tronco de
un pino. Lo que aquello pudiera ser, un oso, un mono, o
hasta un hombre, no podía decirlo a ciencia cierta. Parecía
una forma oscura y greñuda; es todo cuanto vi. Pero el
terror ante esta nueva aparición me paralizó. Me sentía acorralado; a mis espaldas, los asesinos, y ante mí,
aquella cosa informe y que presentía al acecho. Me pareció,
sin embargo, mejor enfrentarme a los peligros que ya conocía,
que a ese otro ignorado. Hasta el propio Silver
me resultaba ahora menos terrible que ese engendro de los bosques; así
que, dando media vuelta y sin dejar de mirar a mis espaldas,
empecé a retroceder en dirección a los botes. Entonces vi de nuevo aquella figura, y vi que, dando un gran rodeo,
pretendía sin duda cortarme el camino. Yo estaba totalmente
exhausto; pero, aunque hubiera estado tan fresco como al
levantarme de la cama, comprendí que no podía competir en
velocidad con aquel adversario. Aquella criatura se
deslizaba de un tronco a otro como un gamo, y, aunque corría
como un ser humano, sobre dos piernas, era diferente a todos
cuantos yo había visto, porque corría doblando la cintura.
Entonces me fijé y vi que se trataba de un hombre. Empecé a recordar tantas historias como había escuchado acerca de los
caníbales. Y hasta estuve tentado de pedir socorro. Pero el
hecho de que fuera un ser humano, por salvaje que fuese, me
tranquilizó en cierta forma; y el miedo a Silver
volvió a crecer en la misma medida. Me quedé, pues, parado,
imaginando alguna manera de escapar, y, mientras meditaba,
el recuerdo de la pistola, que conmigo llevaba, relampagueó
en mi cabeza. Esa seguridad en mi defensa hizo crecer en mi
corazón el valor, y me decidí á enfrentarme con aquel
misterioso habitante, y con paso decidido eché a andar
hacia él. Estaba oculto tras otro árbol; pero debía espiar todos mis
movimientos, porque, tan pronto como empecé a avanzar, salió
de su escondite y se dirigió hacia mí. Luego vaciló un
instante, pareció dudar, pero de nuevo avanzó, y
finalmente, con gran asombro y confusión por mi parte, cayó
de rodillas y extendió sus manos como en una súplica. Yo me detuve. -¿Quién eres? -le pregunté. -Ben
Gunn -respondió con una voz ronca y torpe, que me recordó el sonido
de una cerradura herrumbrosa-. Soy el pobre Ben Gunn, sí, Ben
Gunn; y hace tres años que no he hablado con un cristiano. Me acerqué y pude comprobar que era un hombre de raza blanca, como yo,
y que sus facciones hasta resultaban agradables. La piel, en
las partes visibles de su cuerpo, estaba quemada por el sol;
hasta sus labios estaban negros, y sus ojos azules producían
la más extraña impresión en aquel rostro abrasado. Su
estado andrajoso ganaba al del más miserable mendigo que yo
hubiera visto o imaginara. Se había cubierto con jirones de
lona vieja de algún barco y otros de paño marinero, y toda
aquella extraordinaria colección de harapos se mantenía en
su sitio mediante un variadísimo e incongruente sistema de
ligaduras: botones de latón, palitos y lazos de arpillera.
Alrededor de la cintura se ajustaba un viejo cintón con
hebilla de metal, que por cierto era el único elemento sólido
de toda su indumentaria. -¡Tres años! -exclamé-. ¿Es que naufragaste? -No, compañero -dijo-. Me abandonaron. Yo ya había oído esa terrible palabra, y sabía qué atroz castigo
encerraba, muy usado por los piratas, que abandonaban al
desgraciado en una isla desolada y lejana tan sólo provisto
de un saquito de pólvora y algunas municiones. -Me abandonaron hace tres años -continuó-, y he sobrevivido comiendo
carne de cabra, moras y ostras. Un hombre tiene que vivir
con lo que encuentre. Pero, ay, compañero, me muero de
ganas de comer como los cristianos. ¿No llevarás encima
aunque sólo sea un trozo de queso? ¿No? Llevo tantas
noches soñando con queso, y una buena tostada, y cuando me
despierto sigo aquí. -Si alguna vez consigo regresar a bordo -le dije-, tendrás todo el
queso que quieras, por arrobas. Mientras yo hablaba, él palpaba la tela de mi casaca, me acarició las
manos, miraba mis botas y no dejó de mostrar, durante todo
el tiempo que estuvimos hablando, la más infantil de las
alegrías por hallarse con otro ser humano. Pero al oír mis
últimas palabras, se quedó perplejo, mirándome asombrado. -¿Si consigues regresar a bordo? -repitió-. ¿Y quién puede impedírtelo? -Ya sé que tú no -le contesté. -Puedes estar seguro -exclamó-. Lo que tú... ¿Pero cómo te llamas,
compañero? Jim
-le dije. Jim,
Jim -dijo encantado-. Pues bien, Jim, si supieras la vida
tan desastrosa que he llevado, te avergonzarías. ¿Alguien
podría decir al verme en este estado que mi madre era una
santa? -La verdad es que no -le contesté. -Ah -dijo él-, pues lo era, tenía fama de muy piadosa. Y yo fui un
chico honrado y piadoso, sabía el catecismo de memoria y
podía repetirlo tan deprisa, que no se distinguía una
palabra de otra. Y ya ves en que he caído, Jim.
Empecé jugando al tejo en las losas de los cementerios, así es como
empecé, pero luego hice cosas peores, y no obedecía a mi
pobre madre, que me repetía sin cesar que iba por el camino
de la perdición, y no se equivocó. Pero la Providencia me
trajo a esta isla, para que en su soledad volviera a mi ser
verdadero, y ahora soy un hombre piadoso y arrepentido. Ya
nunca beberé ron... sólo un dedal, para darme buena
suerte, en cuanto tenga a mano una barrica. He hecho voto de
ser honrado, y además, Jim -y añadió bajando la
voz-, ... soy rico. Imaginé que el pobre hombre se habría vuelto loco en aquella soledad
y sin duda mi cara debió reflejar ese pensamiento, porque
me repitió con vehemencia: -¡Rico!
¡Rico! Y te diré además una cosa: voy a hacer un hombre de ti, Jim.
¡Ah, Jim,
vas a bendecir tu suerte, sí, por ser el primero que
me ha encontrado! Pero de pronto su semblante se ensombreció y, apretándome la mano que
tenía entre las suyas, puso un dedo amenazador ante mis
ojos. -Ahora, Jim,
dime la verdad: ¿No será ese el barco de Flint?
-me preguntó. Tuve en aquel instante una feliz inspiración. Pensé que podía
encontrar en aquel hombre un aliado, y le contesté al
punto: -No es el barco de Flint. Flint ha muerto. Pero voy a
contarte la historia, ¿no es eso lo que quieres? Algunos de
los hombres de Flint
van a bordo, por desgracia para los demás. -¿No irá uno... uno con una sola... pierna? -dijo con voz
entrecortada. -¿Silver?
-pregunté. -¡Ah,
Silver! -dijo él-. Así se llamaba. -Es el cocinero; y el cabecilla, además. Me tenía todavía cogido por la mano, y, al oír estas palabras, casi
me retorció la muñeca. -Si te hubiera enviado John «el Largo» -dijo-,
no daría un penique por mi vida; pero tampoco por la tuya. Resolvió que debía contarle toda la aventura de nuestro viaje y la
situación en que nos encontrábamos. Me escuchó con vivo
interés y, cuando terminé, me dio unas palmaditas en la
cabeza, diciéndome: -Eres un buen muchacho, Jim, y estáis todos
metidos en un grave peligro, ¿entiendes? Pero confía en Ben
Gunn; Ben
Gunn es el hombre que necesitáis. ¿Crees tú que tu
squire
se mostrará como un hombre generoso si le ayudo..., si lo saco de este
apuro, qué dices a eso? Le contesté que el squire era el más generoso de los caballeros. -Sí, pero... -dijo Ben Gunn-, no quiero decir darme un puesto de
guardián y una librea nueva y cosas así; no es eso lo que
quiero, Jim.
Lo que te pregunto es esto: ¿crees tú que ese caballero llegaría a
darme hasta mil libras... ? Sería parte de un dinero que yo
he tenido ya por mío. -Seguro que aceptará -dije-. Ya había pensado dar una participación
a todos. -¿Y el viaje de regreso a Inglaterra? -preguntó con un aire graciosamente astuto. -¡Sin duda! -exclamé-. El squire es
todo un caballero. Y además, si nos libramos de los
amotinados, necesitaremos de ti para gobernar la goleta
hasta la patria. -Ah -dijo-, eso es cierto. -Y pareció tranquilizarse-. Ahora voy a
decirte una cosa más -continuó-. Yo navegaba con Flint cuando
él enterró ese tesoro: él y seis hombres que trajo aquí,
seis marineros de los más fuertes. Estuvieron en tierra
cerca de una semana, y nosotros, entretanto, estábamos
anclados en el viejo Walrus. Un día vimos izada la señal
de regreso, y vimos aparecer a Flint, pero volvía solo en
el bote, y traía la cabeza vendada con un pañuelo azul. El
sol estaba levantándose y, cuando el bote se acercó, vimos
a Flint,
pálido como un muerto, remando. Allí estaba, imagínatelo, y los
otros seis, muertos, muertos y enterrados. Cómo pudo
hacerlo, nadie logró explicárselo a bordo. Los envenenó,
luchó contra ellos, los asesinó a traición... Pero él
solo pudo con los seis. Billy Bones era
el segundo de a bordo y John «el Largo» el contramaestre, y los dos le
preguntaron que dónde estaba el tesoro. «Ah», les
respondió, «si queréis averiguarlo, podéis ir a tierra y
hasta quedaros allí, pero yo zarparé ahora mismo, ¡por
Satanás!, en busca de más oro». Eso les dijo. Tres años
más tarde iba yo en otro barco y pasamos a la altura de
esta isla. «Muchachos», les propuse, «ahí está el
tesoro de Flint; vamos a desembarcar
y a buscarlo». Al capitán no le gustó la idea, pero mis
compañeros ya estaban resueltos y desembarcamos. Pasamos
doce días enteros buscándolo, y cada día que pasaba crecía
su rencor contra rní, hasta que una buena mañana
decidieron regresar a bordo. «Y tú, Benjamín Gunn», me
dijeron, «ahí te dejarnos un mosquetón», y añadieron «y
una pala y un pico. Quédate y, cuando encuentres el dinero
de Flint,
todo para ti». Pues bien, Jim, tres años llevo aquí
desde aquel día, y sin probar un bocado de cristiano. Pero,
mírame, dime: ¿te parece que tengo el aspecto de uno de
esos piratas? No, y eso es porque nunca lo he sido. Ni lo
soy. Y al decir estas palabras, me guiñó un ojo y me dio un pellizco. -Dile a tu squire precisamente eso, Jim
-me insistió-: Ni lo fui ni lo soy. Repítele esas palabras. Y
recuerda decirle: Durante tres años él ha sido el único
habitante de la isla, con sus días y sus noches, con sus
soles y sus lluvias; unas veces pasaba el tiempo rezando
(dile eso) y otras acordándose de su pobre madre, que ojalá
aún viva (no te olvides de decirle eso). Pero que la mayor
parte del tiempo la ha pasado Gunn ocupado (esto es muy
importante que se lo digas) con otro asunto. Y entonces le
das un pellizco, como éste. Y volvió a pellizcarme mientras me hacía un gesto de complicidad. -Después -siguió-, después te detienes y le dices esto: Gunn es un
buen hombre (repíteselo) y pone toda su confianza del
mundo, toda la confianza del mundo, no olvides machacarle
esto, en un caballero de nacimiento, y no en esos otros
caballeros de fortuna, y eso que él fue uno de ellos. -Bueno -le dije-, no entiendo ni una palabra de lo que me has dicho.
Pero eso no hace al caso, pues aún no sé cómo voy a
arreglármelas para volver al barco. -Ah -dijo él-, ahí está el apuro, sin duda. Y ahí tienes un bote
que yo construí con estas manos, está debajo de la peña
blanca. En el peor de los casos podemos intentarlo cuando
oscurezca. ¡Pero escucha! -dijo de pronto, sobresaltado-,
¿qué es eso? Porque en aquel momento, aunque aún faltaba
una o dos horas para la puesta del sol, la isla entera se
estremeció con el estruendo de un cañonazo. -¡Ha empezado la lucha! -grité-. ¡Sígueme! Y eché a correr hacia el fondeadero, olvidando todos mis pasados
temores, y junto a mí el hombre de la isla, al viento una
piel de cabra con la que se había abrigado, corría con la
agilidad de un animal. -¡A la izquierda! ¡A la izquierda! -me decía-. ¡Siempre a la
izquierda, compañero Jim! ¡Metámonos bajo esos árboles!
Ahí maté yo mi primera cabra. Ya hace tiempo que no bajan
por aquí; prefieren refugiarse en los masteleros, porque temen a Benjamín
Gunn. ¡Ah! Y eso es el cementerio -y creo que lo dijo con
cierta intención-. ¿Ves esos túmulos? Son sepulturas. Aquí
vengo de vez en cuando a rezar, cuando supongo que debe ser
domingo o que le ronda cerca. No es que sea una iglesia,
pero rezar aquí parece más solemne; y además, y diles
también esto, Ben
Gunn ha tenido que apañárselas como ha podido, sin capellán, ni
Biblia, ni una bandera, díselo así. Y continuó hablando mientras yo corría, sin esperar ni recibir una
respuesta. Había ya pasado un buen rato desde que escuchamos el cañonazo, cuando
oímos resonar una descarga de fusilería. Seguimos
corriendo y, de pronto, a menos de un cuarto de milla frente
a nosotros, vi la Union
Jack ondeando al aire sobre el
bosque.
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