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La caída de un jefe Jamás se vio revés semejante en este mundo. Cada uno de los seis
hombres se quedó como si lo hubiera fulminado un rayo. Pero
Silver
reaccionó casi en el acto. Todos sus pensamientos habían estado
dirigidos, como un caballo de carreras, hacia aquel dinero;
pero se contuvo en un segundo y conservó la cabeza, trató
de recuperar su humor y cambió sus planes antes de que los
otros fueran presa del desengaño. Jim
-me susurró-, toma esto. Y pon atención, porque en un momento
estallará la tormenta. Y deslizó en mi mano un pistolón de dos cañones. Empezó al mismo tiempo a deslizarse cautelosamente y sin perder la
calma, hacia el norte, y con unos pocos pasos puso la
excavación entre nosotros y los cinco piratas. Entonces me
miró y movió su cabeza como diciéndome: «Estamos en un
callejón sin salida», que era lo que yo también pensaba
de aquella situación. Su mirada se había transformado y
ahora era completamente amistosa; pero yo sentía ya tal
repugnancia ante aquellos cambios constantes de actitud, que
no pude evitar decirle: -Ahora cambiará usted otra vez de casaca. Pero no tuvo tiempo de responderme. Los bucaneros, con terribles
maldiciones, empezaron a saltar al fondo del hoyo y a
escarbar con sus dedos, tirando las tablas fuera. Morgan
encontró una moneda de oro. La levantó por encima de su
cabeza gritando una sarta de maldiciones horribles. Era una
moneda de dos guineas, y empezó a pasar de mano en mano. -¡Dos guineas! -gritó Merry mostrándole a Silver la
pieza-. Estas son las setecientas mil libras, ¿no es así?
Ahí tenemos al hombre de los pactos. Tú eres el que nunca
estropea un negocio, ¿verdad?, ¡tú, estúpido marino de
agua dulce! -Seguid escarbando, muchachos -dijo Silver con
el más insolente descaro-; seguramente encontraréis alguna
criadilla. -¡Criadillas! -respondió Merry dando un chillido-.
¿Habéis oído eso, compañeros? Tú lo sabías todo, John
«el Largo». Miradlo. Se le nota en la cara. -Ah, Merry
-dijo Silver-, ¿otra vez con
pretensiones de capitán? Verdaderamente eres un tipo de
empuje. Pero todos los piratas parecían pensar como Merry.
Empezaron a salir de la excavación con furiosas miradas. Y observé
algo que podía significar lo peor para nosotros: que todos
subían y se situaban en la parte opuesta a Silver. Y así nos quedamos: dos en un bando, cinco en el otro, el hoyo entre
los dos grupos y nadie con el valor suficiente para dar el
primer golpe. Silver
no se movió: los observaba muy firme sobre su muleta y me pareció más
decidido y sereno que nunca. No me cabe duda de que era un
hombre valiente. Merry
seguramente pensó que una arenga podía decidir a sus compinches. -Camaradas -dijo-, ahí delante tenemos a esos dos, solos; uno es un
viejo inválido, que nos ha metido en esto, y suya es la
culpa de estar como estamos; el otro es un cachorrillo, a
quien yo mismo he de arrancar el corazón. ¡Vamos, compañeros! Levantó su brazo al mismo tiempo que su voz, ordenando el ataque. Pero
en aquel instante -¡zum! ¡zum! ¡zum!- tres disparos de
mosquete relampaguearon en la espesura. Merry
cayó de cabeza en el hoyo; el hombre de la cabeza
vendada giró sobre sí mismo como un espantapájaros y cayó
de costado, herido de muerte, aunque aún se retorcía; los
demás volvieron la espalda y echaron a correr con toda su
alma. Y antes de respirar siquiera, John
«el Largo» descargó sus dos tiros sobre Merry, que,
intentaba levantarse; volvió a caer y alzó sus ojos en el
último estertor. -George
-le dijo Silver-,
cuenta saldada. En ese instante el doctor, Gray y Ben
Gunn salieron del bosque de árboles de la nuez y se unieron a nosotros
con los mosquetes aún humeantes. -¡Corramos! -gritó el doctor-. ¡Corramos, muchachos! ¡Hay que
impedir que lleguen a los botes! Y nos lanzamos tras ellos, hundiéndonos a veces hasta el pecho en
aquellos matorrales. Silver
no quería que lo dejásemos atrás. El esfuerzo que aquel hombre
realizó, saltando con su muleta hasta que los músculos del
pecho parecían estar a punto de reventar, no lo he visto
nunca igualar por nadie; y lo mismo considera el doctor.
Pero no pudo alcanzarnos, y corría rezagado unas treinta
yardas, cuando llegamos a la meseta. -¡Doctor!
-gritó-, ¡mire allí! ¡No hay prisa! Y verdaderamente no la había. En la zona más despejada de aquella
altiplanicie pudimos ver a los tres piratas supervivientes,
que corrían en una dirección equivocada, hacia el monte
Mesana; así pues estábamos entre ellos y los botes. Nos
sentamos a descansar los cuatro, mientras John
Silver, enjugándose el sudor de la cara, casi se arrastraba hacia nosotros. -Muchas gracias, doctor -dijo-. Habéis llegado en el momento preciso
para Hawkins y para mí. ¡De modo que eras tú, Ben Gunn!
-añadió-. Buena pieza estás hecho. -Soy Ben
Gunn; ése soy -contestó el abandonado, casi
temblando como un anguila en su azoramiento-. Y -siguió
después de una larga pausa-, ¿cómo está usted, señor Silver? Muy bien, muchas
gracias, debe decir usted. -Ben
Gunn -murmuró Silver-, ¡y pensar que tú me la has jugado! El doctor envió a Gray a buscar uno de los picos que los amotinados
habían olvidado en su fuga; y conforme regresamos,
caminando ya con toda tranquilidad cuesta abajo hasta donde
estaban fondeados los botes, me contó en pocas palabras lo
que había sucedido. La historia interesaba mucho a Silver,
y en ella Ben Gunn, aquel abandonado medio idiotizado, era
el héroe. Resulta que Ben, en sus largas y solitarias caminatas por la
isla, había encontrado el esqueleto, y había sido él
quien lo despojara de todo; había localizado el tesoro y lo
había desenterrado (suyo era el pico cuyo astil partido
vimos en la excavación) y había ido transportándolo a
cuestas, en larguísimas y fatigosas jornadas, desde aquel
gigantesco pino hasta una cueva que había encontrado en el
monte de los dos picos, en la zona noreste de la isla, y allí
lo había almacenado a buen recaudo dos meses antes de que
nosotros arribásemos con la Hispaniola. Cuando el doctor logró hacerle confesar este secreto, la misma tarde
del ataque, y después de descubrir, a la mañana siguiente,
que el fondeadero estaba desierto, fue a parlamentar con Silver, le entregó entonces
el mapa, puesto que ya no servía para nada, y no tuvo
reparo en entregarle las provisiones, porque en la cueva de Ben Gunn había bastante carne
de cabra, que él mismo había conservado; así le entregó
todo, y más que hubiera tenido, con tal de poder salir de
la empalizada y esconderse en el monte de los pinos, donde
estaba a salvo de las fiebres y cerca del dinero. -En cuanto a ti, Jim -me dijo-, me dolió mucho, pero hice lo que
creí mejor para los otros, que habían cumplido con su
deber; y si tú no eras uno de ellos, la culpa era sólo
tuya. Pero aquella mañana, al comprender que yo me vería complicado en la
siniestra broma que les había reservado a los amotinados,
había ido corriendo hasta la cueva, y dejando al capitán
al cuidado del squire,
acompañado por Gray y el abandonado, había atravesado la isla en
diagonal con el fin de estar pronto a auxiliarnos, como fue
preciso, en la excavación junto al pino. Y al darse cuenta
de que era bastante improbable alcanzarnos, dada la
delantera que llevábamos, envió por delante a Ben
Gunn, que era hombre veloz en su carrera, para que hiciese lo necesario
mientras ellos llegaban. Fue entonces cuando a Ben se
le ocurrió retrasarnos con la treta de Flint, que sabía asustaría
a sus antiguos compañeros; y le salió tan bien, que
permitió que Gray
y el doctor llegaran a tiempo y pudieran emboscarse antes de la aparición
de los piratas. -Ah -dijo Silver-, tener a Hawkins ha sido mi mejor fortuna.
Porque habríais dejado que hiciesen trizas al viejo John
sin la menor consideración, ¿no es así, doctor? -Ni por un instante -replicó el doctor Livesey jovialmente. Llegamos
al fin donde estaban los botes. El doctor, con un zapapico
abrió vías de agua en uno de ellos, y rápidamente
embarcamos todos en el otro y nos hicimos a la mar para ir
costeando hasta la Cala del Norte. Navegamos ocho o nueve millas. Silver parecía muy
fatigado, y a pesar de ello se sentó a los remos, como el
resto de nosotros, y así fuimos saliendo a mar abierta por
una superficie serena y misteriosa. Poco después
atravesamos el canal y doblamos el extremo sureste de la
isla, a cuya altura, cuatro días antes, habíamos remolcado
la Hispaniola. Al pasar frente al monte de los dos picos, pudimos ver la oscura boca
de la cueva de Ben
Gunn, y junto a ella la figura erguida de un hombre
vigilando con un mosquete: era el squire, y
lo saludamos agitando un gran pañuelo y con tres
hurras, en los cuales debo decir que Silver tomó parte con
tanto entusiasmo como el que más. Tres millas más allá
entramos en la embocadura de la Cala del Norte, y cuál no
sería nuestra sorpresa al ver la Hspaniola navegando
sola. La pleamar la había puesto a flote y, si hubiera
soplado un viento fuerte o una corriente tan poderosa como
la del fondeadero sur, posiblemente nunca más la hubiéramos
recobrado o la hubiésemos hallado encallada y destrozada
contra cualquier roca. Pero por suerte no había percance
alguno que lamentar, salvo que la vela mayor estaba
destrozada. Dispusimos otro ancla y la fondeamos en braza y
media de agua. Entonces regresamos remando hasta la rada del
Ron, donde estaba el tesoro; y desde allí Gray
regresó solo con el bote a la Hispaniola para pasar la noche de
guardia. Una suave cuestecilla conducía desde la playa a la boca de la cueva.
Allí arriba nos encontramos con el squire, que
me recibió muy cordial y bondadosamente, sin mencionar mis
correrías, ni para elogiarme ni como censura. Sólo vi en
él cierto desagrado ante el saludo de Silver. John
Silver -le dijo-, es usted un bribón prodigioso y un impostor..., un monstruo
impostor. Me han indicado estos caballeros que no le
conduzca hasta los jueces, y no pienso hacerlo. Pero deseo
que los muertos que ha causado pesen sobre su alma como
ruedas de molino colgadas al cuello. -Gracias por sus bondades, señor -replicó John
«el Largo», haciendo otra reverencia. -¡Y se atreve a darme las gracias! -exclamó el squire-.
Es una grave omisión de mis deberes. Retírese usted. Después de este recibimiento entramos en la cueva. Era espaciosa y
bien ventilada y un pequeño manantial corría hasta una
charca de agua cristalina rodeada de helechos. El suelo era
de arena. Delante de un gran fuego estaba el capitán
Smollett, y en un rincón del fondo, iluminado por los
suaves reflejos de las llamas, vi un enorme montón de
monedas y pilas de lingotes de oro. Era el tesoro de Flint que habíamos venido a buscar desde tan lejos
y que había costado la vida de diecisiete hombres de la Hispaniola. Cuántas mas habría
costado juntarlo, cuánta sangre y cuántos pesares, cuántos
hermosos navíos yacían en el fondo de los mares, cuántos
valientes habrían pasado el tablón con los ojos vendados,
cuántos cañonazos, cuánto deshonor, cuántas mentiras, cuánta
crueldad, nadie quizá podría decirlo. Sin embargo, aún
había tres hombres en aquella isla -Silver, el viejo Morgan
y Ben Gunn- que habían tenido
parte en esos crímenes y que ahora esperaban tenerla en el
botín. -Entra, Jim
-dijo el capitán-. Eres un buen muchacho, claro que
en tu camino, Jim;
pero pienso que no volveremos nunca a hacernos juntos
a la mar. Eres demasiado caprichoso para mi gusto. Ah, y
también está usted, John
Silver. ¿Qué le trae por aquí? -Señor, he vuelto a mi deber -contestó Silver. -¡Ah! -dijo el capitán; y fue todo lo que dijo. Aquella noche gocé de una magnífica cena junto a los míos, y qué
sabrosa me pareció la cabra de Ben Gunn, y las golosinas, y una botella de viejo
vino que habían traído desde la Hispaniola. Creo que nadie fue nunca tan feliz como lo éramos nosotros. Y allí
estaba Silver,
sentado lejos del resplandor del fuego, comiendo con buen apetito y
pendiente de si precisábamos algo para traerlo, y hasta
participando con cierta discreción de nuestras risas; ah,
el mismo suave, cortés y servicial marinero de nuestra
anterior travesía.
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