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El ciervo, el manantial y el león Agobiado
por la sed, llegó un ciervo a un manantial. Después
de beber, Mientras el campo fue llano, el ciervo guardó la distancia que le salvaba; pero al entrar en el bosque sus cuernos se engancharon a las ramas y, no pudiendo escapar, fue atrapado por el león. A punto de morir, exclamó para sí mismo: --
¡ Desdichado! Mis pies, que pensaba me
traicionaban, eran los que me salvaban, y mis
cuernos, en los que ponía toda mi confianza, son
los que me pierden.
La
cierva y la viña Una
cierva era perseguida por unos cazadores y se
refugio bajo una viña. Pasaron cerca los cazadores,
y la cierva, creyéndose muy bien escondida, empezó
a saborear las hojas de la viña que la cubría.
Viendo los cazadores que las hojas se movían,
pensaron muy acertadamente, que allí adentro había
un animal oculto, y disparando sus flechas hirieron
mortalmente a la cierva. Ésta, viéndose morir,
pronunció estas palabras: --
¡ Me lo he merecido, pues no debí haber maltratado
a quien me estaba salvando!
La
cierva tuerta Una
cierva a la que le faltaba un ojo pacía a orillas
del mar, volviendo su ojo intacto hacia la tierra
para observar la posible llegada de cazadores, y
dando al mar el lado que carecía del ojo, pues de
allí no esperaba ningún peligro. Pero
resulta que una gente navegaba por este lugar, y al
ver a la cierva la abatieron con sus dardos. Y la
cierva agonizando, se dijo para sí: --
¡ Pobre de mí! Vigilaba la tierra, que creía
llena de peligros, y el mar, al que consideraba un
refugio, me ha sido mucho más funesto.
El
ciervo y el cervatillo Díjole
un día un cervatillo al ciervo: --
Padre: eres mayor y más veloz que los perros y
tienes además unos cuernos magníficos para
defenderte; ¿ por qué huyes delante de ellos ? El
ciervo respondió riendo: --
Justo es lo que me dices, hijo mío; mas no sé lo
que me sucede, pero cuando oigo el ladrido de un
perro, inmediatamente me doy a la fuga.
La
cierva en la gruta del león Una
cierva que huía de unos cazadores, llegó a una
gruta donde no sabía que moraba un león. Entrando
en ella para esconderse, cayó en las garras del león. Viéndose
sin remedio perdida, exclamó: --
¡ Desdichada de mí ! Huyendo de los hombres, caí
en las garras de un feroz animal.
El
ciervo en el pesebre de los bueyes Un
ciervo perseguido por la jauría y ciego por el
terror del peligro en que se encontraba llegó a una
granja y se escondió entre unas pajas en un
cobertizo para bueyes. Un buey amablemente le dijo: -¡Oh,
pobre criatura! ¿Por qué de esa forma, has
decidido arruinarte, y venir a confiarte a la casa
de tu enemigo? Y
replicó el ciervo: -Permíteme
amigo, quedarme donde estoy, y yo esperaré la mejor
oportunidad para escapar. Al
final de la tarde llegó el arriero a alimentar el
ganado, pero no vio al ciervo. Y aún el
administrador de la finca pasó con varios de sus
empleados sin notar su presencia. El ciervo
congratulándose a sí mismo por su seguridad comenzó
a agradecer a los bueyes su gentileza por la ayuda
en los momentos de necesidad. Uno de los bueyes de
nuevo le advirtió: -Realmente
deseamos tu bienestar, pero el peligro no ha
terminado. Todavía falta otro hombre de revisar el
establo, que pareciera que tiene cien ojos, y hasta
tanto, no puedes estar seguro. Al
momento ingresó el dueño, y quejándose de que no
habían alimentado bien a los bueyes fue al pajar y
exclamó: -¿Por
qué falta paja aquí? Ni siquiera hay para que se
echen. -¡Y
esos vagos ni siquiera limpiaron las telarañas! Y
mientras seguía examinando todo, vio sobresalir de
entre la paja las puntas de una cornamenta. Entonces
llamando a sus empleados, ordenó la captura del
ciervo y su posterior sacrificio.
El
ciervo enfermo y sus visitantes. Yacía
un ciervo enfermo en una esquina de su terreno de
pastos. Llegaron
entonces sus amigos en gran número a preguntar por
su salud, y mientras hablaban, cada visitante
mordisqueaba parte del pasto del ciervo. Al
final, el pobre ciervo murió, no por su enfermedad
sino porque no ya no tenía de donde comer.
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