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El
labrador y el árbol. En el campo de un labriego había un árbol estéril que únicamente servía de refugio a los gorriones y a las cigarras ruidosas. El labrador, viendo su esterilidad, se dispuso a abatirlo y descargó contra él su hacha. Suplicáronle
los gorriones y las cigarras que no abatiera su
asilo, para que en él pudieran cantar y agradarle a
él mismo. Más sin hacerles caso, le asestó un
segundo golpe, luego un tercero. Rajado el árbol,
vio un panal de abejas y probó y gustó su miel,
con lo que arrojó el hacha, honrando y cuidando
desde entonces el árbol con gran esmero, como si
fuera sagrado.
El
labrador y la serpiente. Una
serpiente se acercó arrastrándose adonde estaba el
hijo de un labrador, y lo mató. Sintió
el labrador un dolor terrible y, cogiendo un hacha,
se puso al acecho junto al nido de la serpiente,
dispuesto a matarla tan pronto como saliera. Asomó
la serpiente la cabeza y el labrador abatió su
hacha, pero falló el golpe, partiendo en dos a la
vecina piedra. Temiendo
después la venganza de la serpiente, dispúsose a
reconciliarse con ella; más ésta repuso: -Ni
yo puedo alimentar hacia ti buenos sentimientos
viendo el hachazo de la piedra, ni tú hacia mí
contemplando la tumba de tu hijo.
El
labrador y la víbora. Llegado
el invierno, un labrador encontró una víbora
helada de frío. Apiadado de ella, la recogió y la
guardó en su pecho. Reanimada por el calor, la víbora,
recobró sus sentidos y mató a su bienhechor, el
cual, sintiéndose morir, exclamó: El
labrador y la fortuna. Removiendo
un labrador con su pala el suelo, encontró un
paquete de oro. Todos los días, pues, ofrendaba a
la Tierra un presente, creyendo que era a ésta a
quien le debía tan gran favor. Pero
se le apareció la Fortuna y le dijo: El
labrador y el águila. Encontró
un labrador un águila presa en su cepo, y, seducido
por su belleza, la soltó y le dio la libertad. El
águila, que no fue ingrata con su bienhechor, viéndole
sentado al pie de un muro que amenazaba derrumbarse,
voló hasta él y le arrebató con sus garras la
cinta con que se ceñía su cabeza. Alzóse
el hombre para perseguirla. El águila dejó caer la
cinta; la tomó el labriego, y al volver sobre sus
pasos halló desplomado el muro en el lugar donde
antes estaba sentado, quedando muy sorprendido y
agradecido de haber sido pagado así por el águila.
El
labrador y los perros. Aprisionó
el mal tiempo a un labrador en su cuadra. No
pudiendo salir para buscar comida, empezó por
devorar a sus carneros; luego, como el mal tiempo
seguía, comió también las cabras; y, en fin, como
no paraba el temporal, acabó con sus propios
bueyes. Viendo entonces los perros lo que pasaba dijéronse
entre ellos: -Larguémonos
de aquí, pues, si el amo ha sacrificado los bueyes
que trabajan con él, ¿cómo nos perdonaría a
nosotros?
El
labrador y sus hijos. A
punto de acabar su vida, quiso un labrador dejar
experimentados a sus hijos en la agricultura. Así,
les llamó y les dijo: Creyendo
sus descendientes que había enterrado un tesoro,
después de la muerte de su padre, con gran afán
removieron profundamente el suelo de la viña. Tesoro
no hallaron ninguno, pero la viña, tan bien
removida quedó, que multiplicó su fruto.
El
labrador y la cigüeña. Un
Labrador colocó trampas en su terreno recién
sembrado y capturó un número de grullas que venían
a comerse las semillas. Pero entre ellas se
encontraba una cigüeña, la cual se había
fracturado una pata en la trampa y que
insistentemente le rogaba al labrador le conservara
la vida: -
Te ruego me liberes, amo – decía, - sólo por
esta vez. Mi quebradura exaltará tu piedad, y además,
yo no soy grulla, soy una cigüeña, un ave de
excelente carácter, y soy muy buena hija. Mira
también mis plumas, que no son como las de esas
grullas. El
labrador riéndose dijo: -
Será todo como lo dices, pero yo sólo sé esto: El
labrador y las grullas. Algunas
grullas escarbaban sobre terrenos recién sembrados
con trigo. Durante algún tiempo el labrador blandía
una honda vacía, ahuyentándolas por el pánico que
les producía. Pero
cuando las aves se dieron cuenta del truco, ya no se
alejaban de su comida. El labrador, viendo esto,
cargó su honda con piedras y mató muchas de las
grullas. Las
sobrevivientes inmediatamente abandonaron el lugar,
lamentándose unas a otras: -Mejor
nos vamos a Liliput, pues este hombre ya no contento
con asustarnos, ha empezado a mostrarnos lo que
realmente puede hacer.
Los
hijos desunidos del labrador. Los
hijos de un labrador vivían en discordia y desunión.
Sus exhortaciones eran inútiles para hacerles mudar
de sentimientos, por lo cual resolvió darles una
lección con la experiencia. Les
llamó y les dijo que le llevaran una gavilla de
varas. Cumplida la orden, les dio las varas en haz y
les dijo que las rompieran; mas a pesar de todos sus
esfuerzos, no lo consiguieron. Entonces deshizo el
haz y les dio las varas una a una; los hijos las
rompieron fácilmente. -
Ahí tienen! les dijo el padre-. Si también
ustedes, hijos míos, permanecen unidos, serán
invencibles ante sus enemigos; pero estando
divididos serán vencidos uno a uno con facilidad.
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