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Baronesa de Orczy I PARIS, SEPTIEMBRE DE 1792 Una muchedumbre enfurecida, hirviente y vociferante de seres que sólo de nombre eran humanos, pues a la vista y al oído no parecían sino bestias salvajes, animados por las bajas pasiones, la sed de venganza y el odio. La hora, un poco antes del crepúsculo, y el lugar, la barricada del Oeste, el mismo sitio en que, una década después, un orgulloso tirano erigiría un monumento imperecedero a la gloria de la nación y a su propia vanidad. Durante la mayor parte del día la guillotina había desempeñado su espantosa tarea: todo aquello de lo que Francia se había jactado en los siglos pasados, apellidos ancestrales y sangre azul, pagaba tributo a su deseo de libertad y fraternidad. Que a últimas horas de la tarde hubiera cesado la carnicería únicamente se debía a que la gente tenía otros espectáculos más interesantes que presenciar, un poco antes de que cayera la noche y se cerraran definitivamente las puertas de la ciudad. Y por eso, la muchedumbre abandonó precipitadamente la Place de la Gréve y se dirigió a las distintas barricadas para asistir a aquel espectáculo tan divertido. Podía verse todos los días, porque ¡aquellos aristócratas eran tan estúpidos! Naturalmente, eran traidores al pueblo, todos ellos: hombres y mujeres, y hasta los niños que descendían de los grandes hombres que habían cimentado la gloria de Francia desde la época de las Cruzadas, la vieja noblesse. Sus antepasados habían sido los opresores del pueblo, lo habían aplastado bajo los tacones escarlata de sus delicados zapatos de hebilla y, de repente, el pueblo se había hecho dueño de Francia y aplastaba a sus antiguos amos —no bajo los tacones, porque la mayoría de la gente iba descalza en aquellos tiempos—, sino bajo un peso más eficaz, el de la cuchilla de la guillotina. Y cada día, cada hora, el repugnante instrumento de tortura reclamaba múltiples víctimas: ancianos, mujeres jóvenes, niños pequeños, hasta el día en que reclamara también la cabeza de un rey y de una hermosa y joven reina. Pero así debía ser, ¿acaso no era el pueblo el soberano de Francia? Todo aristócrata era un traidor, como lo habían sido sus antepasados. El pueblo sudaba y trabajaba y se moría de hambre desde hacía doscientos años para mantener el lujo y la extravagancia de una corte libidinosa; ahora, los descendientes de quienes habían contribuido al esplendor de aquellas cortes tenían que esconderse para salvar la vida, escapar si querían evitar la tardía venganza de un pueblo. Y, efectivamente, intentaban esconderse, e intentaban escapar; en eso radicaba precisamente la gracia del asunto. Todas las tardes, antes de que se cerraran las puertas de la ciudad y de que los carros del mercado desfilaran por las distintas barricadas, algún aristócrata estúpido trataba de librarse de las garras del Comité de Salud Pública. Con diversos disfraces, bajo distintos pretextos, intentaban cruzar las barreras, bien protegidas por los ciudadanos soldados de la República. Hombres con ropas de mujer, mujeres con atuendo masculino, niños disfrazados con harapos de mendigo. Los había de todos los tipos: antiguos condes, marqueses, incluso duques que querían huir de Francia, llegar a Inglaterra o a otro maldito país, y allí despertar sentimientos contrarios a la gloriosa Revolución, o formar un ejército con el fin de liberar a los desgraciados prisioneros que antes se llamaban a sí mismos soberanos de Francia. Pero casi siempre los cogían al llegar a las barricadas, sobre todo en la Puerta del Oeste, vigilada por el sargento Bibot, que poseía un olfato prodigioso para descubrir a los aristócratas, aunque fueran perfectamente disfrazados. Y, naturalmente, era entonces cuando empezaba la diversión. Bibot observaba a su presa como el gato observa al ratón; jugueteaba con ella, a veces durante un cuarto de hora; simulaba que se dejaba engañar por el disfraz, las pelucas y los efectos teatrales que ocultaban la identidad de un antiguo marqués o un conde. ¡Ah! Bibot tenía un gran sentido de humor, y merecía la pena acercarse a la barricada del Oeste para verle cuando sorprendía a un aristócrata en el momento en que intentaba escapar a la venganza de su pueblo. A veces, Bibot permitía a su víctima traspasar las puertas, le dejaba creer al menos durante dos minutos que de verdad había huido de París, que incluso lograría llegar sana y salva a Inglaterra; pero cuando el pobre desgraciado había recorrido unos diez metros hacia la tierra de la libertad, Bibot enviaba a dos de sus hombres detrás de él y lo traían despojado de su disfraz. ¡Ah, qué gracioso era aquello! Pues, con mucha frecuencia, el fugitivo resultaba ser una mujer, una orgullosa marquesa que ponía una expresión terriblemente cómica al comprender que había caído en las garras de Bibot, sabiendo que al día siguiente le esperaba un juicio sumarísimo y, a continuación, el cariñoso abrazo de Madame Guillotina. No es de extrañar que aquella hermosa tarde de septiembre la muchedumbre que rodeaba a Bibot estuviese impaciente y excitada. La sed de sangre aumenta cuando se satisface, y nunca se llega a saciar: aquel día, la multitud había visto caer cien cabezas nobles bajo la guillotina y quería cerciorarse de que vería caer otras cien a la mañana siguiente. Bibot estaba sentado sobre un tonel vacío, junto a las puertas; tenía bajo su mando un pequeño destacamento de ciudadanos soldados. Últimamente se había multiplicado el trabajo. Aquellos malditos aristócratas estaban aterrorizados y hacían todo lo posible por salir de París: hombres, mujeres y niños cuyos antepasados, aun en épocas remotas, habían servido a los traidores Borbones eran también traidores y debían servir de pasto a la guillotina. Cada día Bibot tenía la satisfacción de desenmascarar a unos cuantos monárquicos fugitivos y de hacerlos volver para que los juzgara el Comité de Salud Pública, que estaba presidido por el ciudadano Fouicquier Tinville, un buen patriota. Robespierre y Danton habían felicitado a Bibot por su celo, y Bibot estaba orgulloso de haber enviado a la guillotina al menos a cincuenta aristócratas por iniciativa propia. Pero aquel día todos los sargentos de las distintas barricadas habían recibido órdenes especiales. Últimamente, un elevado número de aristócratas había logrado escapar de Francia y llegar a Inglaterra sanos y salvos. Corrían extraños rumores sobre aquellas fugas; se habían hecho muy frecuentes y extraordinariamente osadas, y la gente empezaba a pensar cosas raras. El sargento Grospierre había acabado en la guillotina por haber dejado que una familia entera de aristócratas escapara por la Puerta del Norte ante sus mismísimas narices. Todo el mundo decía que aquellas fugas las organizaba una banda de ingleses de una osadía increíble que, por el simple deseo de meterse en asuntos que no les concernían, dedicaban su tiempo libre a arrebatar a Madame Guillotina las víctimas que en justicia le estaban destinadas. Estos rumores pronto adquirieron unos tintes absurdos. No cabía duda de que existía una banda de ingleses entrometidos; además, se decía que la dirigía un hombre de un valor y una audacia poco menos que fabulosos. Circulaban extrañas historias que aseguraban que tanto él como los aristócratas a los que rescataba se hacían invisibles repentinamente al llegar a las puertas de la ciudad y que las traspasaban por medios sobrenaturales. Nadie había visto a aquellos misteriosos ingleses, y en cuanto a su jefe, nunca se hablaba de él sin un escalofrío supersticioso. En el transcurso del día, el ciudadano Foucquier Tinville recibía un trozo de papel de procedencia desconocida; a veces lo encontraba en un bolsillo de la chaqueta; en otras ocasiones se lo entregaba alguien de entre la multitud, mientras se dirigía a la reunión del Comité de Salud Pública. La nota siempre contenía una breve advertencia de que la banda de ingleses entrometidos estaba en acción, y siempre iba firmada con un emblema en rojo, una florecilla en forma de estrella, que en Inglaterra se llama pimpinela escarlata. Al cabo de unas horas de haber recibido la desvergonzada nota, los ciudadanos del Comité de Salud Pública se enteraban de que unos cuantos monárquicos y aristócratas habían logrado llegar a la costa y se dirigían a Inglaterra. Se había duplicado el número de guardias en las puertas de la ciudad, se había amenazado con la guillotina a los sargentos al mando y se ofrecían cuantiosas recompensas por la captura de aquellos atrevidos y descarados ingleses. Se había prometido una suma de cinco mil francos a quien atrapara al misterioso y escurridizo Pimpinela Escarlata. Todos pensaban que Bibot sería esa persona, y él dejaba que esta creencia cobrase fuerza en la mente de todos; y así, día tras día, la gente iba a verlo a la Puerta del Oeste para estar presente cuando atrapase a los aristócratas fugitivos a los que acompañase el misterioso inglés. —¡Bah! —dijo Bibot a su cabo de confianza—, ¡El ciudadano Grospierre era un imbécil! Si hubiera sido yo quien hubiera estado en la Puerta del Norte la semana pasada... El ciudadano Bibot escupió en el suelo para expresar su desprecio por la estupidez de su camarada. —¿Cómo ocurrió, ciudadano? —preguntó el cabo. —Grospierre estaba en la puerta, de guardia — contestó Bibot con ademán ampuloso, mientas la multitud lo rodeaba, escuchando con interés su relato—. Todos hemos oído hablar de ese inglés entrometido del maldito Pimpinela Escarlata. No pasará por mi puerta, ¡morbleu!, a menos que sea el mismísimo diablo. Pero Grospierre era imbécil. Los carros del mercado pasaban por las puertas; había uno cargado de barriles, conducido por un viejo, con un niño a su lado. Grospierre estaba un poco borracho, pero se creía muy listo. Miró dentro de los barriles —al menos en la mayoría— y, como vio que estaban vacíos, dejó pasar al carro. Un murmullo de ira y desprecio circuló por el grupo de pobres diablos harapientos que se arremolinaban en torno al ciudadano Bibot. —Media hora más tarde —prosiguió el sargento— aparece un capitán de la guardia con un escuadrón de doce soldados. «¿Ha pasado un carro por aquí?», le pregunta jadeante a Grospierre, «Sí», contesta Grospierre, «no hace ni media hora». «¡Y les has dejado escapar!», grita furioso el capitán. «¡Irás a la guillotina por esto, ciudadano sargento! ¡En ese carro iban escondidos el duque de Chalis y toda su familia!» «¿Qué?», bramó Grospierre, pasmado. «¡Sí! ¡Y el conductor era ni más ni menos que ese maldito inglés, Pimpinela Escarlata!» La multitud acogió el relato con un rugido de indignación. El ciudadano Grospierre había pagado su terrible error con la guillotina, pero, ¡qué estúpido! ¡Qué estúpido! Bibot se rió tanto de sus propias palabras que tardó un rato en poder continuar. —«¡Tras ellos, soldados!», gritó el capitán — dijo al cabo de unos minutos—. «¡Acordaos de la recompensa! ¡Tras ellos! ¡No pueden haber llegado muy lejos!» Y a continuación cruzó la puerta, seguido por una docena de hombres. —¡Pero ya era demasiado tarde! —exclamó con excitación la muchedumbre. —¡No los alcanzaron! —¡Maldito sea ese Grospierre por su estupidez! —¡Recibió su merecido! —¡A quién se le ocurre no examinar los barriles como es debido! Pero aquellos comentarios parecían divertir extraordinariamente a Bibot; rió hasta que le dolieron los costados y le rodaron las lágrimas por las mejillas. —¡No, no! —dijo al fin—. ¡Si los aristócratas no iban en el carro, y el conductor no era Pimpinela Escarlata! —¿Cómo? —¡Cómo que no! ¡El capitán de la guardia era ese maldito inglés disfrazado, y todos los soldados, aristócratas! En esta ocasión, la gente no dijo nada; aquella historia tenía un aire sobrenatural, y aunque la República había abolido a Dios, no había conseguido aniquilar el temor a lo sobrenatural en el corazón del pueblo. Verdaderamente, aquel inglés debía ser el mismísimo diablo. El sol se hundía por el oeste. Bibot se dispuso a cerrar las puertas. —En avant los carros —dijo. Había unos doce carros cubiertos en fila, dispuestos para abandonar la ciudad con el fin de recoger los productos del campo que se venderían en el mercado a la mañana siguiente. Bibot los conocía a casi todos, pues traspasaban la puerta que estaba a su cargo dos veces al día, cuando entraban y salían de la ciudad. Hablaba con un par de conductores —mujeres en su mayoría— y examinaba minuciosamente el interior de los vehículos. —Nunca se sabe —decía siempre—, y no voy a dejarme sorprender como le ocurrió al imbécil de Grospierre. Las mujeres que conducían los carros solían pasar el día en la Place de la Gréve, bajo la tarima de la guillotina, tejiendo y chismorreando mientras contemplaban las filas de carretas que transportaban a las víctimas que el Reinado del Terror reclamaba diariamente. Era muy entretenido ver la llegada de los aristócratas a la recepción de Madame Guillotina, y los sitios junto a la tarima estaban muy solicitados. Durante el día, Bibot había estado de guardia en la Place. Reconoció a la mayoría de aquellas brujas, las tricoteuses, como se las llamaba, que pasaban horas enteras tejiendo, mientras bajo la cuchilla caía una cabeza tras otra, y en muchas ocasiones les salpicaba la sangre de aquellos malditos aristócratas. —¡Hé, la mére! —le dijo Bibot a una de aquellas horribles brujas—. ¿Qué llevas ahí? Ya la había visto antes, con su labor de punto y el látigo del carro al lado. La vieja había atado una hilera de cabellos rizados al mango del látigo, de todos los colores, desde el dorado al plateado, rubios y oscuros, y los acarició con sus dedos enormes y huesudos mientras respondía riendo a Bibot: —Me he hecho amiga del amante de Madame Guillotina —dijo, emitiendo una risotada grosera—. Los fue cortando mientras rodaban las cabezas para dármelos. Me ha prometido que mañana me dará más, pero no sé si estaré en el sitio de siempre. —¡Ah! ¿Y cómo es eso, la mére? —preguntó Bibot, que, aun siendo soldado endurecido, no pudo evitar un estremecimiento ante aquella repulsiva caricatura de mujer, con su repugnante trofeo en el mango del látigo. —Mi nieto tiene la viruela —respondió señalando con el pulgar hacia el interior del carro—. Algunos dicen que es la peste. Si es así, mañana no me dejarán entrar en París. Al oír la palabra viruela, Bibot retrocedió inmediatamente, y cuando la vieja habló de la peste, se apartó de ella con la mayor rapidez posible. —¡Maldita seas! —murmuró, y la multitud se apresuró a alejarse del carro, que quedó solo en medio de la plaza. La vieja bruja se echó a reír. —¡Maldito seas tú, ciudadano, por tu cobardía! —dijo— ¡Bah! ¡Vaya un hombre, que tiene miedo a la enfermedad! —¡Morbleu! ¡La peste! Todos se quedaron espantados, en silencio, horrorizados por el odioso mal, lo único que aún era capaz de inspirar temor y asco a aquellos seres salvajes y embrutecidos. —¡Largaos, tú y tu prole apestada! —gritó Bibot con voz ronca. Y, tras soltar otra risotada, la vieja fustigó su flaco rocín y el carro traspasó la puerta. El incidente había estropeado la tarde. A la gente le horrorizaban aquellas dos maldiciones, las dos enfermedades que nada podía curar y que eran precursoras de una muerte espantosa y solitaria. Todos se dispersaron por los alrededores de la barricada, silenciosos y taciturnos, mirándose unos a otros con recelo, evitando el contacto instintivamente, por si la peste ya rondaba entre ellos. De repente, como en la historia de Grospierre, apareció un capitán de la Guardia. Pero Bibot lo conocía y no cabía la posibilidad de que fuera el astuto inglés disfrazado. —¡Un carro! —gritó jadeante el capitán antes de llegar a las puertas. —¿Qué carro? —preguntó Bibot con brusquedad. —Lo conducía una vieja... Un carro... Cubierto... —Había doce. —Una vieja que dijo que su nieto tenía la peste... —Sí... —¿No los habrá dejado pasar? —¡Morbleu! —exclamó Bibot, cuyas mejillas se habían puesto repentinamente blancas de miedo. —En ese carro iba la condesa de Tournay y sus dos hijos, los tres traidores y condenados a muerte. —Pero, ¿y el conductor? —balbuceó Bibot al tiempo que un estremecimiento de superstición le recorría la columna vertebral. —¡Sacré tonnerre! —exclamó el capitán—. ¡Pero si se teme que fuera ese maldito inglés, Pimpinela Escarlata! II
DOVER, EN LA POSADA «THE FISHERMAN'S REST»1 En la cocina, Sally estaba muy atareada; sartenes y cacerolas se alineaban en el gigantesco fogón, el enorme perol del caldo estaba en una esquina y el espetón daba vueltas con lentitud y parsimonia, presentando alternativamente a la lumbre cada lado de una pierna de vaca de nobles proporciones. Las dos jóvenes pinches trajinaban sin cesar, deseosas de ayudar, acaloradas y jadeantes, con las mangas de la blusa de algodón bien subidas por encima de sus codos rollizos, emitiendo risitas sofocadas por alguna broma que sólo ellas conocían cada vez que la señorita Sally les volvía la espalda. Y la vieja Jamima, de ademán impasible y sólida mole, no paraba de refunfuñar en voz baja, mientras removía metódicamente el perol del caldo sobre la lumbre. —¡Venga, Sally! —se oyó gritar en el salón con acento alegre, si bien no demasiado melodioso. —¡Ay, Dios mío! —exclamó Sally, riendo de buen humor—. Pero, ¿se puede saber qué quieren ahora? —Pues cerveza —refunfuñó Jamima—. No pensarás que Jimmy Pitkin se va a conformar con un jarro, ¿no? —El que también parecía traer mucha sed era el señor Harry —intervino Martha, una de las pinches, sonriendo bobaliconamente, y al encontrarse sus ojos negros y brillantes como el azabache con los de su compañera, las dos muchachas empezaron a soltar risitas ahogadas. Sally pareció enfadarse unos momentos, y se frotó pensativamente las manos contra sus bien formadas caderas. Saltaba a la vista que ardía en deseos de plantar las palmas en las mejillas sonrosadas de Martha, pero prevaleció su buen carácter y, torciendo el gesto y encogiéndose de hombros, centró su atención en las patatas fritas. —¡Venga, Sally! ¡Ven aquí, Sally! Y un coro de jarros de peltre golpeados por manos impacientes contra las mesas de roble del salón acompañó los gritos que reclamaban a la lozana hija del posadero. —¡Sally! —gritó una voz más insistente que las demás—. ¿Es que piensas tardar toda la tarde en traernos esa cerveza? —Ya podría llevársela padre —murmuró Sally, mientras Jamima, flemática y sin hacer el menor comentario, cogía un par de jarras coronadas de espuma del estante y llenaba varios jarros de peltre con la cerveza casera que había hecho famosa a «The Fisherman's Rest» desde la época del rey Charles—. Sabe que aquí tenemos mucho trabajo. —Tu padre ya tiene bastante con discutir de política con el señor Hempseed para preocuparse de ti y de la cocina —refunfuñó Jamima en voz inaudible. Sally fue hasta el espejito que colgaba en un rincón de la cocina; se alisó apresuradamente el pelo y se colocó la cofia de volantes sobre sus oscuros rizos de la forma que más le favorecía; después cogió los jarros por las asas, tres en cada una de sus manos fuertes y morenas y, riendo y refunfuñando, ruborizada, los llevó al salón. Allí no había el menor indicio del trajín y la actividad que mantenían ocupadas a las cuatro mujeres en la cocina. El salón «The Fisherman's Rest» es en la actualidad una sala de exposiciones. A finales del siglo XVIII, en el año de gracia de 1792, aún no había adquirido la fama e importancia que los cien años siguientes y la locura de la época le otorgarían. Pero incluso entonces era un lugar antiguo, pues las vigas de roble ya estaban ennegrecidas por el paso del tiempo, al igual que los asientos artesonados con sus respaldos elevados y las largas mesas enceradas que había entre medias, en las que innumerables jarros de peltre habían dejado fantásticos dibujos de anillos de varios tamaños. En la ventana de cristales emplomados, situada a gran altura, una hilera de macetas de geranios escarlatas y espuelas de caballero azules daban una brillante nota de color al entorno apagado de roble. Que el señor Jellyband, propietario de The Fisherman’s Rest, de Dover, era un hombre próspero era algo que el observador más distraído podía apreciar inmediatamente. El peltre de los hermosos aparadores antiguos y el cobre que reposaba en la gigantesca chimenea resplandecían como la plata y el oro; el suelo de baldosas rojas brillaba tanto como el geranio de color escarlata sobre el alféizar del ventanal, y todo aquello demostraba que sus sirvientes eran numerosos y buenos, que la clientela era constante y que reinaba el orden necesario para mantener el salón con elegancia y limpieza en grado sumo. Cuando entró Sally, riendo a pesar del ceño fruncido y mostrando una hilera de dientes de un blanco deslumbrante, fue recibida con vítores y aplausos. —¡Vaya, aquí está Sally! ¡Vamos, Sally! ¡Un hurra por la guapa Sally! —Creía que te habías quedado sorda en esa cocina —murmuró Jimmy Pitkin, pasándose el dorso de la mano por los labios, que estaban resecos. —¡Vale, vale! —exclamó Sally riendo, mientras depositaba los jarros de cerveza sobre las mesas—. ¡Pero qué prisas tienen ustedes! ¡Su pobre abuela muriéndose y a usted lo único que le interesa es seguir bebiendo! ¡Nunca había visto tanta bulla! Un coro de alegres risas subrayó la broma, lo que dió a los allí presentes tema para múltiples chistes durante bastante tiempo. Sally no parecía tener ya tanta prisa para volver con sus cacerolas y sus sartenes. Un joven de pelo rubio y rizado y ojos azules brillantes y vivaces acaparaba toda la atención y todo el tiempo de la muchacha, mientras corrían de boca en boca chistes bastante subidos de tono sobre la abuela ficticia de Jimmy Pitkin, mezclados con densas nubes de acre humo de tabaco. De cara a la chimenea, con las piernas muy separadas y una larga pipa de arcilla en la boca, estaba el posadero, el honrado señor Jellyband, propietario de The Fisherman’s Rest, como lo había sido su padre, y también su abuelo y su bisabuelo. De tipo grueso, carácter jovial y calvicie incipiente, el señor Jellyband era sin duda el típico inglés de campo de aquella época, la época en que nuestros prejuicios insulares se encontraban en su apogeo, en que, para un inglés, ya fuera noble, terrateniente o campesino, todo el continente europeo era el templo de la inmoralidad y el resto del mundo una tierra sin explotar llena de salvajes y caníbales. Allí estaba el honrado posadero, bien erguido sobre sus fuertes piernas, fumando su pipa, ajeno a los de su propio país y despreciando cuanto viniera de fuera. Llevaba chaleco escarlata, con brillantes botones de latón, calzones de pana, medias grises de estambre y elegantes zapatos de hebilla, prendas típicas que caracterizaban a todo posadero británico que se preciase en aquellos tiempos, y mientras la hermosa Sally, que era huérfana, hubiera necesitado cuatro pares de manos para atender a todo el trabajo que recaía sobre sus bien formados hombros, el honrado Jellyband discutía sobre la política de todas las naciones con sus huéspedes más privilegiados. En el salón, iluminado por dos lámparas resplandecientes que colgaban de las vigas del techo, reinaba un ambiente sumamente alegre y acogedor. Por entre las densas nubes de humo de tabaco que se amontonaban en todos los rincones se distinguían las caras de los clientes del señor Jellyband, coloradas y agradables de ver, y en buenas relaciones entre ellos, con su anfitrión y con el mundo entero. Por toda la habitación resonaban las carcajadas que acompañaban las conversaciones, amenas si bien no muy elevadas, mientras que las continuas risitas de Sally daban testimonio del buen uso que el señor Harry Waite hacía del escaso tiempo que la muchacha parecía dispuesta a dedicarle. La mayoría de las personas que frecuentaban el salón del señor Jellyband eran pescadores, pero todo el mundo sabe que los pescadores siempre tienen sed; la sal que respiran cuando están en el mar explica el hecho de que siempre tengan la garganta seca cuando están en tierra. Pero The Fisherman’s Rest era algo más que un lugar de reunión para aquellas gentes sencillas. La diligencia de Londres y Dover salía diariamente de la posada, y los viajeros que cruzaban el canal de la Mancha y los que iniciaban el «gran viaje» estaban familiarizados con el señor Jellyband, sus vinos franceses y sus cervezas caseras. Era casi finales de septiembre de 1792, y el tiempo, que durante todo el mes había sido bueno y soleado, había empeorado bruscamente. En el sur de Inglaterra la lluvia caía torrencialmente desde hacía dos días, contribuyendo en gran medida a destruir todas las posibilidades que tenían las manzanas, peras y ciruelas de convertirse en frutas realmente buenas, como Dios manda. En esos momentos, la lluvia azotaba las ventanas y descendía por la chimenea, produciendo un alegre chisporroteo en el fuego de leña que ardía en el hogar. —¡Madre mía! —¿Ha visto usted que septiembre más pasado por agua tenemos, señor Jellyband? —preguntó el señor Hempseed. El señor Hempseed ocupaba uno de los asientos que había junto a la chimenea, porque era una autoridad y un personaje no sólo en The Fisherman’s Rest, donde el señor Jellyband siempre lo elegía como contrincante para sus discusiones de política, sino en todo el barrio, en el que su cultura y, sobre todo, sus conocimientos de las Sagradas Escrituras despertaban profundo respeto y admiración. Con una mano hundida en el amplio bolsillo de sus calzones de pana, ocultos bajo una levita profusamente adornada y muy gastada, y la otra sujetando la larga pipa de arcilla, el señor Hempseed miraba con desánimo hacia el otro extremo de la habitación, contemplaba los riachuelos de agua que se escurrían por los cristales de la ventana. —No —respondió sentenciosamente el señor Jellyband—. No he visto cosa igual, señor Hempseed, y llevo aquí cerca de sesenta años. —Sí, pero no se acordará usted de los tres primeros años de esos sesenta, señor Jellyband —replicó pausadamente el señor Hempseed—. Nunca he visto a un niño que se fije mucho en el tiempo, ni aquí ni en ninguna parte, y yo llevo viviendo aquí hace casi setenta y cinco años, señor Jellyband. La superioridad de este razonamiento era tan irrefutable que por unos momentos el señor Jellyband no pudo dar rienda suelta a su habitual fluidez verbal. —Más parece abril que septiembre, ¿verdad? —prosiguió el señor Hempseed, tristemente, en el momento en que una andanada de gotas de lluvia caía chisporroteando sobre el fuego. —¡Sí que lo parece! —asintió el honrado posadero—, pero es lo que yo digo, señor Hempseed, ¿qué se puede esperar con un gobierno como el nuestro? El señor Hempseed movió la cabeza, dando a entender que compartía aquella opinión, temperada por una profunda desconfianza en el clima y el gobierno británicos. —Yo no espero nada, señor Jellyband —dijo— . En Londres no tienen en cuenta a los pobres como nosotros, eso lo sabe todo el mundo, y yo no suelo quejarme, pero una cosa es una cosa y otra que caiga tanta agua en septiembre, que tengo toda la fruta pudriéndoseme y muriéndoseme, como el primogénito de las madres egipcias, y sin servir de mucho más que ellas, a no ser a un puñado de judíos buhoneros y de gentes por el estilo, con esas naranjas y esas frutas extranjeras del diablo que no compraría nadie si estuvieran en sazón las manzanas y peras inglesas. Como dicen las Sagradas Escrituras... —Tiene usted mucha razón, señor Hempseed —le interrumpió Jellyband—, y es lo que yo digo, ¿qué se puede esperar? Esos demonios de franceses del otro lado del canal están venga a matar a su rey y a sus nobles y, mientras tanto, el señor Pitt, el señor Fox y el señor Burke peleando y riñendo para decidir si los ingleses debemos permitirles que sigan haciendo de las suyas. «¡Que los maten!», dice el señor Pitt. «¡Hay que impedírselo!», dice el señor Burke. —Pues lo que yo digo es que debernos dejar que los maten, y que se vayan al diablo —replicó el señor Hempseed con vehemencia, pues no le agradaban las ideas políticas de su amigo Jellyband, que siempre acababa metiéndose en honduras y le dejaba pocas oportunidades para expresar las perlas de sabiduría que le habían hecho merecer de tan buena fama en el barrio y de tantos jarros de cerveza gratis en The Fisherman’s Rest. —Que los maten —repitió—, pero que no llueva tanto en septiembre, porque eso va contra la ley de las Sagradas Escrituras, que dicen... —¡Madre mía, qué susto me ha dado usted, señor Harry! Fue mala suerte para Sally y su pretendiente que la muchacha pronunciara estas palabras en el preciso instante en que el señor Hempseed tomaba aliento para declamar uno de los pasajes de las Sagradas Escrituras que le habían hecho famoso, porque desencadenaron sobre su bonita cabeza la terrible cólera de su padre. —¡Vamos, Sally, hija, ya está bien! —dijo el señor Jellyband, intentando imprimir un gesto de mal humor a su benévolo rostro—. Deja de tontear con esos mequetrefes y ponte a trabajar. —El trabajo va bien, padre, Pero el tono del señor Jellyband era imperioso. En los planes que había trazado para la lozana muchacha, su única hija, que cuando Dios así lo dispusiera pasaría a ser la propietaria de The Fisherman's Rest, no entraba verla casada con uno de aquellos jovenzuelos que apenas ganaban suficiente para vivir con la red. —¿No has oído lo que te he dicho, muchacha? —insistió en aquel tono de voz pausado que nadie se atrevía a desobedecer en la posada. Prepara la cena de lord Tony, porque si no te esmeras y no queda satisfecho, verás lo que te espera. ¿Entendido? Sally obedeció a regañadientes. —¿Es que espera huéspedes especiales esta noche, señor Jellyband? —preguntó Jimmy Pitkin, intentando lealmente apartar la atención del honrado posadero de las circunstancias que habían provocado la salida de Sally de la habitación. —¡Así es! —contestó el señor Jellyband—. Son amigos de lord Tony. Duques y duquesas del otro lado del canal a quienes el joven señor y su amigo, sir Andrew Ffoulkes, y otros nobles han ayudado a escapar de las garras de esos asesinos. Aquello fue excesivo para la quejumbrosa filosofía del señor Hempseed. —¡Pero bueno! —exclamó—. Lo que yo digo es, ¿por qué lo hacen? No me gusta meterme en los asuntos de otras gentes. Como dicen las Sagradas Escrituras... —Lo que pasa, señor Hempseed —le interrumpió el señor Jellyband, con mordaz sarcasmo—, es que, como usted es amigo personal del señor Pitt, a lo mejor piensa igual que el señor Fox: «¡Que los maten!» —Perdone, señor Jellyband —protestó débilmente el señor Hempseed—, pero yo no... Mas el señor Jellyband al fin había conseguido montar su caballo de batalla favorito y no tenía la menor intención de apearse de él. —O a lo mejor es que se ha hecho usted amigo de alguno de esos franceses que, según cuentan, han venido aquí con el propósito de convencernos a los ingleses de que hacen bien en ser asesinos. —No sé qué quiere decir, señor Jellyband — replicó el señor Hempseed—. Yo lo único que sé es que... —Lo único que yo sé —manifestó el posadero en voz muy alta— es que mi amigo Peppercorn, que es el dueño de la posada del Blue—Faced Boar, inglés leal y auténtico donde los haya, mire usted por dónde, se hizo amigo de varios de esos comedores de ranas y los trató como si fueran ingleses y no un puñado de espías sinvergüenzas e inmorales, ¿y qué pasó después? Pues que ahora Peppercorn va diciendo por ahí que si las revoluciones y la libertad están muy bien y que abajo con los aristócratas, como aquí el señor Hempseed. —Perdone, señor Jellyband —volvió a protestar débilmente el señor Hempseed—, pero yo no... El señor Jellyband se había dirigido a todos los presentes, que escuchaban con respeto, boquiabiertos, la lista de desafueros del señor Peppercorn. En una mesa, dos clientes — caballeros a juzgar por sus ropas— habían abandonado a medio terminar una partida de dominó y llevaban un rato escuchando, a todas luces con gran regocijo, las opiniones del señor Jellyband sobre asuntos internacionales. Uno de ellos, con una media sonrisa sarcástica en las comisuras de sus inquietos labios, se volvió hacia el centro de la habitación, donde se encontraba el señor Jellyband, que seguía de pie. —Mi querido amigo —dijo pausadamente—, al parecer usted cree que estos franceses, estos espías, como los llama usted, son unos tipos muy listos, pues han puesto boca abajo, si se me permite la expresión, las ideas de su amigo el señor Peppercorn. Según usted, ¿cómo lo han conseguido? —¡Hombre! Pues supongo que hablando con él y convenciéndole. Según he oído decir, esos franceses tienen un pico de oro, y aquí el señor Hempseed puede decirle que son capaces de liar al más pintado. —¿Es eso cierto, señor Hempseed? —preguntó el desconocido cortésmente. —¡No, señor! —contestó el señor Hempseed, muy irritado—. No puedo darle la información que me pide usted. —Entonces, mi buen amigo, confiemos en que estos espías tan listos no logren cambiar sus opiniones, que son tan leales. Pero aquellas palabras fueron excesivas para la ecuanimidad del señor Jellyband. Le sobrevino un ataque de risa que al poco corearon cuantos se sentían obligados a seguirle la corriente. —¡Ja, ja, ja! ¡Jo, jo, jo! ¡Je, je, je! —rió en todos los tonos el honrado posadero y siguió riendo hasta que le dolieron los costados y se le saltaron las lágrimas—. ¡Esta sí que es buena! ¿Lo han oído ustedes? ¿Hacerme cambiar a mí de opinión? Que Dios le bendiga, señor, pero dice usted cosas muy raras. —Bueno, señor Jellyband, ya sabe lo que dicen las Sagradas Escrituras —intervino el señor Hempseed sentenciosamente—: «Que aquel que está de pie ponga cuidado para no caer. » —Pero tenga usted en cuenta una cosa, señor Hempseed —replicó el señor Jellyband, aún agitado por la risa—, que las Sagradas Escrituras no me conocían a mí. Vamos, es que no bebería ni un vaso de cerveza con uno de esos franceses asesinos, y a mí no hay quien me haga cambiar de opinión. ¡Pero si he oído decir que esos comedores de ranas ni siquiera saben hablar ingles, o sea que si alguno intenta hablarme en esa jerga infernal, lo descubriría enseguida! Y como dice el refrán, hombre prevenido vale por dos. —¡Muy bien, querido amigo! —asintió el desconocido animadamente—. Veo que es usted demasiado astuto y que podría enfrentarse con veinte franceses. Si me concede el honor de acabar esta botella de vino conmigo, brindaré a su salud. —Es usted muy amable, señor —dijo el señor Jellyband, enjugándose los ojos, que aún desbordaban lágrimas de risa—. Lo haré con muchísimo gusto. El forastero llenó de vino dos vasos y, tras ofrecer uno al posadero, cogió el otro. —Por muy ingleses y patriotas que seamos — dijo con la misma sonrisa irónica que jugueteaba en las comisuras de sus delgados labios—, por muy patriotas que seamos, hemos de reconocer que al menos esto es bueno, aunque sea francés. —¡Sí, desde luego! Eso no lo puede negar nadie, señor —admitió el posadero. —A la salud del mejor mesonero de Inglaterra, nuestro honrado anfitrión el señor Jellyband — dijo el forastero en voz muy alta. —¡Hip, hip, hurra! —replicaron todos los parroquianos. A continuación todos aplaudieron y golpearon las mesas con jarros y vasos para acompañar las fuertes carcajadas sin motivo concreto y las exclamaciones del señor Jellyband. —¡Vamos, hombre, como si a mí me pudieran convencer esos extranjeros sinvergüenzas...! Que Dios le bendiga, señor, pero dice usted unas cosas muy raras. Ante hecho tan palmario, el desconocido asintió de buena gana. No cabía duda de que la posibilidad de que alguien pudiera cambiar la convicción del señor Jellyband, profundamente arraigada, de que los habitantes de todo el continente europeo eran despreciables era una idea completamente absurda. III LOS REFUGIADOS En todos los rincones de Inglaterra había un sentimiento de animadversión hacia los franceses y su forma de actuar. Los contrabandistas y los que comerciaban dentro de la legalidad entre las costas francesas e inglesas traían noticias del otro lado del canal que hacían hervir la sangre de todo inglés honrado, y despertaban en él un deseo de «darles su merecido» a aquellos asesinos que habían encarcelado a su rey y a toda su familia, habían sometido a la reina y a los infantes a infinitos ultrajes y que incluso reclamaban la sangre de toda la familia de los Borbones y de sus partidarios. La ejecución de la princesa de Lamballe, la encantadora y joven amiga de Marie Antoinette, había llenado de un horror indescriptible a todos los habitantes de Inglaterra, y la ejecución diaria de docenas de monárquicos de buenas familias, cuyo único pecado consistía en llevar un apellido aristocrático, parecían clamar venganza ante la Europa civilizada. Pero, a pesar de todo, nadie se atrevía a intervenir. Burke había agotado su elocuencia en intentar convencer al gobierno británico de que se enfrentara al gobierno revolucionario de Francia, pero el señor Pitt, con su habitual prudencia, no creía que su país se encontrase en condiciones de embarcarse en otra guerra complicada y costosa. Era Austria la que debía tomar la iniciativa; Austria, cuya hija más hermosa era ya una reina destronada, que había sido encarcelada e insultada por una turba vociferante; y, sin duda, no era a Inglaterra a quien le correspondía levantarse en armas —esto argumentaba el señor Fox— si un grupo de franceses decidía matar a otro. En cuanto al señor Jellyband y los que como él pensaban, aunque juzgaban a todos los extranjeros con absoluto desprecio, eran más monárquicos y antirrevolucionarios que nadie, y en aquellos momentos estaban furiosos con Pitt por su precaución y su moderación, aunque, naturalmente, no comprendían las razones diplomáticas que guiaban la política de aquel gran hombre. Pero de repente, Sally entró corriendo en la habitación, excitada y nerviosa. Los ocupantes del salón no habían oído el ruido del exterior, pero la muchacha había estado observando a un caballo y su jinete que se habían detenido a la puerta de The Fisherman’s Rest, empapados y, mientras el mozo de cuadra se apresuraba a atender al caballo, la hermosa Sally fue a la puerta para dar la bienvenida al viajero. —Creo que he visto el caballo de lord Antony en el patio, padre —dijo mientras cruzaba rápidamente el salón. Pero ya habían abierto la puerta de par en par desde fuera, y al cabo de escasos segundos, un brazo cubierto de tela encerada y chorreando agua rodeaba la cintura de la hermosa Sally, mientras una voz potente resonaba en las vigas enceradas del salón. —Benditos sean sus ojos pardos por su agudeza, mi hermosa Sally —dijo el hombre que acababa de entrar, mientras el honrado señor Jellyband se precipitaba hacia él con ademán anhelante y ceremonioso, como convenía a la llegada de uno de los huéspedes más apreciados de su establecimiento. —¡Cielo santo, Sally! —añadió lord Antony al tiempo que depositaba un beso en las lozanas mejillas de la señorita Sally—. Cada día está más guapa, y a mi honrado amigo Jellyband debe costarle trabajo alejar a los hombres de esa delgada cintura suya. ¿No es así, señor Waite? El señor Waite, dividido entre el respeto que debía al aristócrata y el desagrado que le producía esta clase de bromas, se limitó a emitir un gruñido nada comprometedor. Lord Antony Dewhurst, uno de los hijos del duque de Exeter, era en aquella época el tipo perfecto del joven caballero inglés: alto, bien formado, ancho de hombros y de expresión cordial, su risa resonaba allí donde iba. Buen deportista, animado compañero, hombre de mundo, cortés y educado, sin demasiada inteligencia que pudiera echar a perder su carácter jovial, era el personaje favorito de los salones londinenses o de las cantinas de las posadas rurales. En The Fisherman’s Rest todos le conocían, porque le gustaba ir a Francia y siempre pasaba una noche bajo el techo del honrado Jellyband en el viaje de ida o en el de vuelta. Saludó con una inclinación de cabeza a Waite, Pitkin y los demás cuando por fin soltó la cintura de Sally, y se dirigió hacia el hogar para calentarse y secarse. Mientras esto hacía, lanzó una mirada rápida y algo recelosa a los dos forasteros, que habían reanudado en silencio la partida de dominó, y durante unos segundos una expresión de profunda inquietud, incluso de angustia, nubló su rostro joven y radiante. Pero sólo durante unos segundos, enseguida se volvió hacia el señor Hempseed, que se atusaba respetuosamente la barba. —Bueno, señor Hempseed, ¿qué tal va la fruta? —Mal, señor, mal —contestó apesadumbrado el señor Hempseed—, pero, ¿qué se puede esperar con este gobierno que protege a esos perillanes de franceses, que serían capaces de matar a los de su clase y a toda la nobleza? —¡Cuánta razón tiene! —exclamó lord Antony—. Claro que serían capaces, mi buen Hempseed, y los que tengan la mala suerte de caer en su poder, ¡adiós! Pero esta noche van a venir aquí unos amigos que han escapado de sus garras. Cuando el joven pronunció estas palabras, dio la impresión de que lanzaba una mirada desafiante a los silenciosos forasteros del rincón. —Gracias a usted, señor, y a sus amigos, según he oído decir —dijo el señor Jellyband. Pero la mano de lord Antony se posó inmediatamente en el brazo de Jellyband, a modo de advertencia. —¡Silencio! —dijo en tono imperioso, e instintivamente volvió a mirar a los desconocidos. —¡Ah, no se preocupe por ellos, señor! — replicó Jellyband—. No tema. De no haber sabido que estábamos entre amigos, no hubiera dicho nada. Ese caballero es un súbdito leal del rey George, como usted, señor, mejorando lo presente. Hace poco que ha llegado a Dover, y va a iniciar negocios aquí. —¿Negocios? A fe mía que será una funeraria, porque puedo asegurarle que jamás había visto un semblante tan lúgubre. —No, mi señor, es que creo que el caballero es viudo, lo que sin duda explica su expresión melancólica. Pero de todos modos, es un amigo, se lo garantizo. Y tendrá usted que reconocer, mi señor, que nadie puede juzgar mejor las caras que el dueño de una posada conocida... —Bueno, si estamos entre amigos no hay ningún problema —dijo lord Antony, pues saltaba a la vista que no deseaba discutir el asunto con su anfitrión—. Pero, dígame una cosa. No hay nadie más hospedándose aquí, ¿verdad? —Nadie, señor, y tampoco va a venir nadie, a no ser... —¿A no ser qué? —Estoy seguro de que su señoría no tendrá nada que objetar. —¿De quién se trata? —Pues van a venir sir Percy Blakeney y su esposa, pero no se alojarán aquí... —¿Lord Blakeney? —repitió lord Antony asombrado. —Así es, señor. El patrón del barco de sir Percy acaba de estar aquí y me ha dicho que el hermano de la señora partirá hoy para Francia en el Day Dream, que es el yate de sir Percy, y que su esposa y él le acompañarán hasta aquí para despedirle. No le molesta, ¿verdad, señor? —No, no me molesta, amigo mío. A mí no me molesta nada, salvo que esa cena no sea lo mejor que pueda preparar la señorita Sally y la mejor que se haya servido nunca en The Fisherman’s Rest. —No pase cuidado por eso, señor —replicó Sally, que durante todo este tiempo había estado preparando la mesa para la cena. Y quedó muy alegre e incitante, con un gran ramo de dalias de brillantes colores en el centro, y las resplandecientes copas de peltre y los platos de porcelana azul alrededor. —¿Cuántos cubiertos pongo, señor? —Para cinco comensales, hermosa Sally, pero que la comida sea al menos para diez... Nuestros amigos llegarán cansados, y supongo que también hambrientos. Le aseguro que yo solo podría devorar una vaca entera esta noche. —Creo que ya han llegado —dijo Sally, nerviosa, pues se oía claramente la trápala de caballos y ruedas que se acercaban rápidamente. En el salón se produjo una gran conmoción. Todos sentían curiosidad por ver a los importantes amigos de sir Antony que venían del otro lado del mar. La señorita Sally lanzó una o dos miradas fugaces al espejito colgado de la pared, y el honrado señor Jellyband salió apresuradamente para ser el primero en dar la bienvenida a sus distinguidos huéspedes. Los únicos que no participaron en la excitación general fueron los dos forasteros del rincón. Siguieron jugando tranquilamente al dominó, y no miraron ni una sola vez hacia la puerta. —Adelante, señora condesa, la puerta de la derecha —dijo una voz cordial afuera. —Efectivamente, ya han llegado —dijo lord Antony alegremente—. Vamos, mi hermosa Sally, a ver con qué rapidez sirves la sopa. La puerta se abrió de par en par y, precedido por el señor Jellyband, que no cesaba de hacer reverencias y pronunciar frases de bienvenida, entró en el salón un grupo compuesto por cuatro personas, dos damas y dos caballeros. —¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a la vieja Inglaterra! —dijo lord Antony efusivamente, dirigiéndose al encuentro de los recién llegados con los brazos extendidos. —Ah, usted debe ser lord Antony Dewhurst — dijo una de las damas, con marcado acento extranjero. —Para servirla, madame —replicó lord Antony, y acto seguido besó ceremoniosamente la mano de las dos señoras. Después se volvió hacia los hombres y les estrechó la mano cálidamente. Sally ya estaba ayudando a las señoras a quitarse las capas de viaje, y ambas se dirigieron, tiritando, hacia el refulgente fuego. Todos los parroquianos del salón se movieron. Sally entró apresuradamente en la cocina, mientras que Jellyband, aún deshaciéndose en saludos respetuosos, colocaba unas sillas junto a la chimenea. El señor Hempseed, acariciándose la barba, abandonó el asiento junto al hogar. Todos miraban con curiosidad, aunque con deferencia, a los extranjeros. —¡Ah, messieurs! ¡No sé qué decir! —exclamó la dama de más edad, tendiendo sus hermosas y aristocráticas manos al calor de la hoguera y mirando con inexpresable gratitud primero a lord Antony y después a uno de los jóvenes que había acompañado al grupo, y que en ese momento se despojaba de su grueso abrigo con esclavina. —Únicamente que se alegra de estar en Inglaterra, condesa —replicó lord Antony—, y que no ha sufrido demasiado en esta travesía tan agotadora. —Claro, claro que nos alegramos de estar en Inglaterra —dijo, al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas—, y ya hemos olvidado nuestros padecimientos. Su voz tenía un tono musical y grave, y el rostro hermoso y aristocrático, con abundantes cabellos de un blanco de nieve peinados muy por encima de la frente, a la moda de la época, reflejaba una gran dignidad y múltiples sufrimientos sobrellevados noblemente. —Espero que mi amigo, sir Andrew Ffoulkes, haya sido un compañero de viaje entretenido, madame. —Ah, desde luego. Sir Andrew es todo amabilidad. ¿Cómo podríamos demostrarles nuestra gratitud mis hijos y yo, messieurs? Su acompañante, una personilla delicada cuya expresión de cansancio y pena le daba un aire infantil y trágico, aún no había dicho nada; apartó sus ojos, grandes, pardos y llenos de lágrimas, del fuego y buscó los de sir Andrew Ffoulkes, que se había acercado al hogar y a ella. Al encontrarse con los ojos del hombre, que estaban prendidos con una admiración palpable de aquel dulce rostro, las pálidas mejillas de la muchacha se tiñeron levemente de un color más encendido. —Así que esto es Inglaterra —dijo, mirando con curiosidad infantil el hogar, las vigas de roble, y a los parroquianos con sus levitas adornadas y sus rostros joviales, rubicundos, británicos. —Un trocito nada más, mademoiselle —replicó sir Andrew, sonriendo—, pero a su entera disposición. La muchacha volvió a sonrojarse, pero, en esta ocasión, una brillante sonrisa, dulce y fugaz, iluminó su delicado rostro. No dijo nada, y aunque también sir Andrew guardó silencio, aquellos dos jóvenes se entendieron mutuamente, como ocurre con los jóvenes del mundo entero y como ha ocurrido desde que el mundo es mundo. —Bueno, ¿y la cena? —intervino lord Antony en el tono jovial de costumbre—. La cena, mi querido Jellyband. ¿Dónde está esa hermosa mocita con la sopera? Venga, buen hombre, que mientras usted contempla a las damas van a desmayarse de hambre. —¡Un momento! ¡Un momento, señor! — exclamó Jellyband abriendo la puerta que daba a la cocina. Con voz potente gritó: —¡Sally! ¡Vamos, Sally! ¿Está todo listo, hija? Sally ya lo tenía todo preparado, y al cabo de unos momentos apareció en el umbral con una sopera gigantesca de la que salía una nube de vapor y un apetitoso y penetrante aroma. —¡Gracias a Dios! ¡La cena, por fin! — exclamó lord Antony alegremente, mientras ofrecía su brazo a la condesa con galantería. —¿Me concede el honor? —añadió ceremoniosamente, y a continuación la acompañó hasta la mesa. En el salón todo era un ir y venir; el señor Hempseed y la mayor parte de los parroquianos se habían retirado para dejar sitio a «la aristocracia» y para terminar de fumar sus pipas en otro lugar. Sólo los dos forasteros se quedaron, en silencio, jugando tranquilamente al dominó y bebiendo vino a pequeños sorbos. En otra mesa, Harry Waite, que estaba poniéndose de mal humor por momentos, observaba a Sally, que trajinaba alrededor de la mesa. La muchacha era como una personificación sumamente delicada de la vida rural inglesa, y no es de extrañar que el sensible joven francés no pudiera apartar los ojos de aquel hermoso rostro. El vizconde de Tournay era un muchacho imberbe de apenas diecinueve años, en quien las terribles tragedias que tenían por escenario su país natal habían dejado pocas huellas. Iba vestido elegantemente, casi con amaneramiento, y una vez a salvo en Inglaterra, saltaba a la vista que estaba dispuesto a olvidar los horrores de la Revolución entre las delicias de la vida inglesa. —Pardi! Si esto es Inglaterra —dijo sin dejar de mirar a Sally con aire de satisfacción— he de decir que me complace. Sería imposible reproducir la exclamación exacta que escapó por entre los dientes apretados del señor Harry Waite. Únicamente por el respeto hacia los nobles y sobre todo hacia lord Antony mantuvo a raya el desagrado que le inspiraba el joven extranjero. —Pues sí, esto es Inglaterra, joven réprobo — replicó lord Antony riendo—, y le ruego que no introduzca sus laxas costumbres extranjeras en este país tan decente. Lord Antony ya había ocupado la cabecera de la mesa, con la condesa a su derecha. Jellyband iba de un lado a otro, llenando vasos y enderezando sillas. Sally esperaba para servir la sopa. Los amigos del señor Harry Waite finalmente lograron sacarle de la habitación, pues su talante era cada vez más violento al ver la palpable admiración que el vizconde sentía por Sally. —Suzanne —ordenó la rígida condesa con severidad. Suzanne volvió a sonrojarse; había perdido la noción del tiempo y del lugar en que se encontraba mientras se calentaba ante el fuego, permitiendo al apuesto joven inglés que solazase sus ojos en su dulce rostro, y que su mano se posara en la de ella, como al descuido. La voz de su madre la devolvió a la realidad una vez más, y con un dócil «Sí, mamá», fue a sentarse a la mesa. IV LA LIGA DE LA PIMPINELA ESCARLATA Formaban un grupo animado, incluso feliz, sentados en torno a la mesa: sir Andrew Foulkes y lord Antony Dewhurst, dos típicos caballeros ingleses, apuestos, de buena cuna y buena educación, de aquel año de gracia de 1792, y la condesa francesa con sus dos hijos, que acababan de escapar de terribles peligros y al fin habían encontrado un refugio seguro en las costas de la protectora Inglaterra. Los dos forasteros del rincón debían haber terminado la partida de ajedrez; uno de ellos se levantó y, de espaldas al alegre grupo, se puso con gran parsimonia el amplio abrigo de triple esclavina. Mientras estaba ocupado en esta tarea, lanzó una mirada rápida a su alrededor. Todos prestaban atención únicamente a reír y charlar, y el forastero murmuró las siguientes palabras: «¡Todos a salvo!». Su compañero, con la prudencia propia de una larga experiencia, se puso de rodillas y al cabo de unos segundos se deslizó sin ruido bajo el banco de roble. A continuación el otro forastero dijo «Buenas noches» en voz alta y abandonó en silencio el salón. En la mesa, nadie había observado la extraña y sigilosa maniobra, pero cuando el desconocido cerró la puerta del salón, todos suspiraron inconscientemente con alivio. —¡Al fin solos! —exclamó lord Antony en tono jovial. El joven vizconde Tournay se levantó, con la copa en la mano, y con la cortesía y afectación propias de la época, la alzó y dijo en un inglés vacilante: —Brindo por su majestad el rey George III de Inglaterra. Que Dios le bendiga por la hospitalidad que nos brinda a los pobres exiliados franceses. —¡Por su majestad el rey! —corearon lord Antony y sir Andrew, bebiendo a continuación a la salud del monarca. —Por su majestad el rey Luis de Francia — añadió sir Andrew, con solemnidad—. Que Dios lo proteja y le conceda la victoria sobre sus enemigos. Todos se levantaron y bebieron en silencio. El destino del infortunado rey de Francia, prisionero por entonces de su propio pueblo, proyectó una sombra incluso en el apacible semblante del señor Jellyband. —Y a la salud de monsieur el conde de Tournay de Basserive —dijo lord Antony animadamente—. Por que le demos la bienvenida a Inglaterra dentro de pocos días. —Ah, monsieur —dijo la condesa, mientras con mano levemente temblorosa se acercaba la copa a los labios—. No me atrevo a tener esperanzas. Pero sir Antony ya había servido la sopa, y durante los momentos siguientes cesó la conversación, mientras Jellyband y Sally tendían los platos, y todos empezaron a comer. —¡Créame, madame! —dijo lord Antony al cabo de un rato—. No he hecho este brindis en vano. Al verse a salvo en Inglaterra, junto a mademoiselle Suzanne y mi amigo el vizconde, se sentirá más tranquila respecto a la suerte que correrá monsieur el conde... —Ah, monsieur —replicó la condesa, con un profundo suspiro—. Confío en Dios, pues lo único que puedo hacer es rezar, y esperar... —¡Bien, madame! —intervino sir Andrew Ffoulkes—. Naturalmente que debe confiar en Dios, pero también debe creer un poco en sus amigos ingleses, que han jurado traer al conde a Inglaterra, como les han traído hoy a ustedes. —Claro que sí, monsieur —dijo la condesa—. Tengo absoluta confianza en usted y en sus amigos. Le aseguro que su fama se ha extendido por toda Francia. Que varios amigos míos hayan escapado de las garras de ese terrible tribunal revolucionario es poco menos que un milagro... Y todo gracias a usted y a sus amigos... —Nosotros sólo hemos sido simples instrumentos, señora condesa... —Pero, monsieur, mi marido —prosiguió la condesa, mientras las lágrimas contenidas velaban su voz—, se encuentra en una situación tan peligrosa... No lo hubiera dejado, pero... ha sido por mis hijos... Estaba dividida entre mi deber hacia él y hacia mis hijos. Ellos se negaron a venir sin mí... y usted y sus amigos me juraron solemnemente que mi marido estaría a salvo. Pero ahora que estoy aquí, entre todos ustedes, en esta Inglaterra tan hermosa y libre... pienso en él, teniendo que huir para salvar la vida, acosado como un pobre animal... pasando por peligros tan terribles... ¡Ah! No debería haberlo dejado... ¡No debería haberlo dejado! La pobre mujer se desmoronó por completo; el cansancio, la aflicción y la emoción se adueñaron de su porte rígido y aristocrático. Lloraba en silencio, y Suzanne corrió hacia ella e intentó secar sus lágrimas con besos. Lord Antony y sir Andrew no interrumpieron a la condesa mientras hablaba. No cabía duda de que le profesaban un profundo afecto; su silencio así lo testimoniaba, pero, desde siempre, desde que Inglaterra es lo que es, el inglés se siente un poco avergonzado de sus emociones y sentimientos de simpatía. Por eso, los dos jóvenes no dijeron nada y se empeñaron en disimular sus sentimientos, pero sólo consiguieron adoptar una expresión de inconmensurable timidez. —Por lo que a mí respecta, monsieur — intervino de repente Suzanne, mirando a sir Andrew por entre sus abundantes rizos castaños—, confío plenamente en usted, y sé que traerá a mi querido padre a Inglaterra como nos ha traído a nosotros. Pronunció estas palabras con tal confianza, con tal esperanza, que los ojos de su madre se secaron como por arte de magia, y una sonrisa asomó a los labios de todos. —¡Me avergüenza usted, mademoiselle! — replicó sir Andrew—. Aunque mi vida está a su disposición, yo no he sido más que un humilde instrumento en manos de nuestro jefe, que organizó y llevó a cabo su fuga. Habló con tal vehemencia y calor que los ojos de Suzanne se clavaron en él con mal disimulada sorpresa. —¿Su jefe, monsieur? —repitió asombrada la condesa—. ¡Ah, claro! Es normal que tengan un jefe, pero no se me había ocurrido. Pero, dígame, ¿dónde está? Quisiera verle inmediatamente, y mis hijos y yo nos arrojaríamos a sus pies para agradecerle cuanto ha hecho por nosotros. —¡Ay, eso es imposible, madame! —dijo lord Antony. —¿Imposible? ¿Por qué? —Porque Pimpinela Escarlata actúa en la sombra y sólo sus más inmediatos colaboradores conocen su identidad tras jurar solemnemente mantenerla en secreto. —¿Pimpinela Escarlata? —dijo Suzanne, riendo alegremente—. ¡Qué nombre tan curioso! ¿Qué es Pimpinela Escarlata, monsieur? Miró a sir Andrew con anhelante curiosidad. El rostro del joven se había transfigurado. Sus ojos brillaban de entusiasmo; su cara literalmente irradiaba adoración, cariño y admiración hacia su jefe. —Mademoiselle, la Pimpinela Escarlata — respondió al fin—, es el nombre de una humilde flor silvestre inglesa; pero también es el nombre bajo el que se oculta la identidad del hombre más bueno y más valiente del mundo, para poder realizar más fácilmente la noble tarea que se ha impuesto. —Ah, sí —intervino el joven vizconde—. He oído hablar de Pimpinela Escarlata. Es una florecilla... ¿roja? ¡Sí, eso es! En París dicen que cada vez que un monárquico huye a Inglaterra, ese monstruo, Foucquier Tinville, el acusador público, recibe una nota con esa florecilla dibujada en rojo... ¿Sí? —Sí, efectivamente —asintió lord Antony. —Entonces, hoy habrá recibido una de esas notas... —Sin duda. —¡Ah! ¡Me gustaría saber qué dirá Tinville! — exclamó Suzanne alegremente—. He oído decir que esa florecilla roja es lo único que le asusta. —Pues, en ese caso —dijo sir Andrew—, tendrá muchas más ocasiones de examinarla. —¡Ah, monsieur! —suspiró la condesa—. Todo esto parece una novela, y no la entiendo. —¿Y por qué habría de entenderla, madame? —Pero, dígame, ¿por qué su jefe —y todos ustedes— gasta su dinero y arriesga su vida, porque eso es lo que ustedes arriesgaron, messieurs, al ir a Francia, por unos hombres y mujeres franceses que no significan nada para ustedes? —Por deporte, madame la condesa, por deporte —aseguró lord Antony con su habitual tono de voz potente y jovial—. Verá, es que nosotros somos una nación de deportistas, y en estos momentos está de moda arrancar la liebre de los dientes del podenco. —Ah, no, no. No puede ser sólo por deporte, monsieur... Estoy segura de que tienen una motivación más noble para hacer esta buena obra. —Entonces, madame, me gustaría que usted la descubriera. Yo le aseguro que me encanta este juego, pues es el mejor deporte que he conocido hasta ahora. Eso de escapar por un pelo... ¡los riesgos del mismísimo diablo! ¡Adelante! ¡A por ellos! Pero la condesa movió la cabeza con incredulidad. Se le antojaba ridículo que aquellos hombres y su jefe, todos ellos ricos, probablemente de buena cuna, tan jóvenes, se enfrentaran a los terribles peligros que la condesa sabía que corrían constantemente sólo por deporte. En cuanto ponían el pie en Francia, su nacionalidad no les servía de salvaguardia. Cualquiera que fuera sorprendido protegiendo o prestando ayuda a supuestos monárquicos era inevitablemente condenado a la pena capital, cualquiera que fuese su nacionalidad. Y, por lo que sabía la condesa, aquella banda de jóvenes ingleses había desafiado al tribunal de los revolucionarios, implacable y sediento de sangre, dentro de los propios muros de la ciudad de París, y le había arrebatado a las víctimas condenadas al pie mismo de la guillotina. Con un estremecimiento, recordó los acontecimientos de los últimos días, la huida de París con sus dos hijos, los tres escondidos bajo el techo de un carro bamboleante, entre un montón de coles y nabos, sin atreverse a respirar, mientras la muchedumbre aullaba: «A la lanterne les aristos!», en aquella terrible barricada del Oeste. Todo había sucedido de una forma casi milagrosa: su marido y ella se habían enterado de que se encontraban en las listas de «personas sospechosas», lo que significaba que los juzgarían y condenarían a muerte en cuestión de días, quizá de horas. Pero de pronto concibieron una esperanza de salvación; la misteriosa carta, firmada con el enigmático dibujo escarlata; las instrucciones claras y precisas; la separación del conde de Tournay, que había destrozado el corazón de la pobre esposa; la esperanza de volver a verse; la huida con sus dos hijos; el carro cubierto; aquella vieja espantosa que lo conducía, parecida a un demonio, con el lúgubre trofeo en el mango del látigo... La condesa paseó la mirada por aquella posada inglesa, pintoresca y antigua, con la paz de aquella tierra de libertad religiosa y civil, y cerró los ojos para ahuyentar la obsesiva visión de la barricada del Oeste y de la muchedumbre retirándose presa del pánico cuando la vieja bruja pronunció la palabra «peste». Mientras iba en el carro, a cada instante esperaba que la reconocieran, la arrestaran y que tanto sus hijos como ella fueran juzgados y condenados, y aquellos jóvenes ingleses, bajo la guía de su valiente y misterioso jefe, habían arriesgado la vida para salvarlos a ellos, como ya habían salvado a docenas de personas inocentes. ¿Y todo únicamente por deporte? ¡Imposible! Los ojos de Suzanne, que buscaban los de sir Andrew, le decían bien a las claras que pensaba que al menos él rescataba a sus semejantes de una muerte terrible que no merecían movido por una motivación más elevada y más noble que lo que quería hacerle creer. —¿Con cuántas personas cuenta su valiente grupo, monsieur? —preguntó tímidamente. —Veinte en total, mademoiselle —contestó—. Uno que da las órdenes y diecinueve que obedecen. Todos somos ingleses, y todos somos fieles a la misma causa: obedecer a nuestro jefe y salvar al inocente. —Que Dios les proteja a todos, messieurs — dijo la condesa fervientemente. —Hasta ahora lo ha hecho, madame. —Me parece prodigioso, ¡prodigioso!, que sean ustedes tan valientes, que estén tan entregados a su prójimo... ¡siendo ingleses! En Francia, la traición acecha por todas partes, en nombre de la libertad y la fraternidad. —En Francia, las mujeres han sido aún más crueles con nosotros, los aristócratas, que los hombres —dijo en vizconde, suspirando. —Sí, es cierto —añadió la condesa, y una expresión de arrogante desdén y profunda amargura pasó por sus ojos melancólicos—. Por ejemplo, esa mujer, Marguerite St. Just. Denunció al marqués de St. Cyr y a toda su familia al tribunal del Terror. —¿Marguerite St. Just? —repitió lord Antony, dirigiendo una mirada rápida y nerviosa a sir Andrew—. ¿Marguerite St. Just?. Sin duda... —¡Sí! —le interrumpió la condesa—. Sin duda ustedes la conocen. Era una actriz destacada de la Comédie Française, y hace poco se casó con un inglés. Tienen que conocerla... —¿Conocerla? —repitió lord Antony—. ¿Que si conocemos a lady Blakeney... la mujer más famosa de Londres, la esposa del hombre más rico de Inglaterra? Naturalmente; todos conocemos a lady Blakeney. —Fue compañera mía en el convento de París —explicó Suzanne—, y vinimos juntas a Inglaterra a aprender su idioma. Le tenía mucho cariño a Marguerite, y no puedo creer que hiciera una cosa tan vil. —Francamente, parece increíble —dijo sir Andrew—. ¿Dice usted que denunció al marqués de St. Cyr? ¿Por qué habría de hacer semejante cosa? No cabe duda de que se trata de un error... —No hay error posible, monsieur —replicó la condesa con frialdad—. El hermano de Marguerite St. Just es un conocido republicano. Al parecer, hubo una disputa familiar entre mi primo, el marqués de St. Cyr, y él. Los St. Just son en realidad plebeyos, y el gobierno republicano tiene muchos espías. Le aseguro que no hay ningún error... ¿No ha oído esta historia? —A decir verdad, madame, he oído ciertos rumores, pero en Inglaterra nadie los cree... Sir Percy Blakeney, su marido, es un hombre muy acaudalado, con una elevada posición social, amigo íntimo del príncipe de Gales... y lady Blakeney es quien arbitra la moda y la alta sociedad de Londres. —Es posible, monsieur, y, naturalmente, nosotros llevaremos una vida muy tranquila en Inglaterra, pero ruego a Dios que mientras esté en este hermoso país no me encuentre a Marguerite St. Just. Pareció como si un jarro de agua fría cayera sobre el alegre grupo reunido en torno a la mesa. Suzanne estaba triste, en silencio. Sir Andrew jugueteaba nervioso con su tenedor, y la condesa, encerrada en la armadura de sus prejuicios aristocráticos, estaba rígida, inflexible, en su silla de respaldo recto. En cuanto a lord Antony, parecía sumamente incómodo, y miró un par de veces con recelo a Jellyband, que parecía igualmente incómodo. —¿A qué hora espera a sir Percy y lady Blakeney? —se las ingenió para susurrarle al posadero sin que nadie se diera cuenta. —Llegarán de un momento a otro, señor — respondió Jellyband también en un susurro. Mientras pronunciaba estas palabras, se oyó a lo lejos el retumbar de un carruaje; el ruido fue aumentando, se oyeron claramente dos gritos, la trápala de los cascos de los caballos en el desigual empedrado, y al cabo de unos segundos un mozo de cuadra abrió la puerta del salón y entró precipitadamente. —¡Sir Percy Blakeney y su esposa! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Acaban de llegar! Y entre gritos, tintinear de arneses y cascos de hierro resonando sobre las piedras, un coche magnífico, tirado por cuatro bayos soberbios, se detuvo en el porche de The Fisherman’s Rest. V MARGUERITE Transcurridos unos momentos, el tranquilo salón con vigas de roble de la posada fue escenario de una confusión y un desasosiego indescriptibles. Cuando el mozo de cuadra anunció la llegada de los huéspedes, lord Antony, soltando un juramento muy en boga por aquellos días, se levantó de su asiento de un salto y se puso a dar órdenes confusas al pobre Jellyband que, aturdido, no sabía qué hacer. —¡Por lo que más quiera, buen hombre —le amonestó su señoría—, intente distraer a lady Blakeney hablando afuera unos momentos mientras se retiran las señoras! ¡Maldición! — exclamó, y añadió otro juramento aún más enfático— ¡Qué mala suerte! —¡Deprisa, Sally! ¡Las velas! —gritó Jellyband, corriendo de aquí para allá, ora brincando sobre una pierna, ora sobre la otra, contribuyendo a aumentar el nerviosismo reinante. También la condesa se había puesto de pie; erguida, rígida, trataba de disimular su excitación bajo una decorosa sang—froid, repitiendo mecánicamente: —¡No quiero verla! ¡No quiero verla! Afuera, la confusión que había desencadenado la llegada de tan importantes huéspedes crecía sin cesar. «¡Buen día, sir Percy! ¡Buen día, su señoría!» «¡A su disposición, sir Percy!», se oía entonar a un coro ininterrumpido en el que se intercalaban, con tono más débil, frases como: «¡Una caridad para este pobre ciego, señora y caballero!» De repente, en medio del estruendo se oyó una voz singularmente dulce. —Dejen a ese pobre hombre, y que le den de comer. Yo corro con los gastos. La voz era grave y musical, con un timbre ligeramente cantarín y un leve soupçon de acento extranjero en la pronunciación de las consonantes. Al oírla, todos los que estaban en el salón guardaron silencio y se quedaron escuchando involuntariamente unos momentos. Sally se detuvo con las velas ante la puerta que daba a los dormitorios del piso de arriba, y la condesa se retiró apresuradamente ante la aparición de aquella enemiga que poseía una voz tan dulce y musical; Suzanne se disponía a seguir a su madre de mala gana, y lanzaba miradas de pesar hacia la puerta de entrada, en la que esperaba ver a su antigua y querida compañera de colegio. Jellyband abrió la puerta, aún con la absurda y vana esperanza de evitar la catástrofe que flotaba en el aire, y la misma voz grave y musical dijo con una alegre risa y un tono de consternación burlona: —¡Brrr! ¡Me he puesto como una sopa! Dieu! ¿Han visto ustedes qué clima más odioso? —Suzanne, ven conmigo inmediatamente. Te lo ordeno —dijo la condesa imperiosamente. —¡Oh! ¡Mamá! —exclamó Suzanne, suplicante. —¡Mi señora... esto... mi señora! —tartamudeó Jellyband, que trataba de cortarle el paso a lady Blakeney torpemente. —Pardieu, buen hombre —dijo lady Blakeney, un poco impaciente—, ¿por qué se pone usted en medio, saltando a la pata coja como una cigüeña? Deje que me acerque al fuego. Voy a morirme de frío. Empujó suavemente al posadero y entró en el salón. Existen muchos retratos y miniaturas de Marguerite St. Just —lady Blakeney, como se llamaba en aquella época—, pero dudo que ninguno de ellos haga justicia a su singular belleza. De estatura superior a la media, figura magnífica y porte regio, no es de extrañar que incluso la condesa se detuviera involuntariamente unos segundos para admirarla antes de volver la espalda a tan fascinante aparición. Por entonces, Marguerite St. Just contaba apenas veinticinco años, y su belleza se encontraba en todo su esplendor. El gran sombrero, con sus plumas ondeantes, arrojaba una suave sombra sobre la frente clásica con una aureola de pelo rojizo, libre de polvo en esos momentos; la dulce boca infantil, la nariz recta, como cincelada, la barbilla redonda y el delicado cuello, todo ello parecía realzado por los pintorescos ropajes de la época. El traje de terciopelo, de un azul intenso, moldeaba el grácil contorno de su figura, y una manita minúscula sujetaba con dignidad el largo bastón adornado con un gran manojo de cintas que se había puesto de moda recientemente entre las damas de la alta sociedad. Con una rápida ojeada a la habitación Marguerite Blakeney reconoció a cuantos había en ella. Hizo una cortés inclinación de cabeza a sir Andrew Ffoulkes, y le tendió la mano a sir Antony. —¡Hola, lord Tony! ¡Vaya! ¿Qué hace usted aquí, en Dover? —le preguntó cordialmente. Sin esperar la respuesta, se volvió hacia la condesa y Suzanne. Su rostro se iluminó, pareciendo aún más radiante, al tender ambos brazos hacia la muchacha. —¡Pero si es mi pequeña Suzanne! Pardieu, querida ciudadana, ¿cómo es que estás en Inglaterra? ¡Y con madame! Se acercó efusivamente a ambas, sin el menor indicio de azoramiento ni en sus ademanes ni en su sonrisa. Lord Tony y sir Andrew contemplaban la escena preocupados y anhelantes. A pesar de ser ingleses, habían estado varias veces en Francia, y habían tratado lo suficiente con los franceses como para saber que la rancia noblesse de ese país albergaba un desprecio infinito y un odio mortal hacia todos aquellos que habían contribuido a su caída. Armand St. Just, el hermano de la hermosa lady Blakeney, aunque de ideas moderadas y conciliadoras, era un ferviente republicano, y su disputa con la antigua familia de los St. Cyr — cuyos detalles no conocía ningún extraño— habían culminado en la caída y casi total extinción de esta última. En Francia habían triunfado St. Just y los suyos, y en Inglaterra, cara a cara con aquellos tres refugiados que habían sido expulsados de su país, que habían escapado para salvar la vida y habían sido despojados de todo cuanto le habían proporcionado largos siglos de lujo, se encontraba un vástago representativo de aquellas mismas familias republicanas que habían depuesto a un rey y habían desarraigado a una aristocracia cuyo origen se perdía en la niebla y la lejanía de los siglos pasados. Estaba ante ellos, con toda la insolencia inconsciente de la belleza, ofreciéndoles su delicada mano, como si con ese gesto pudiera solucionar el conflicto y el derramamiento de sangre de la última década. —Suzanne, te prohíbo que hables con esa mujer —dijo la condesa severamente, poniendo una mano represora en el brazo de su hija. Pronunció estas palabras en inglés, para que todos las oyeran y las comprendieran, los dos caballeros ingleses y el mesonero y su hija, gentes plebeyas. Sally sofocó una exclamación de espanto ante la insolencia de la extranjera, ante aquella desvergüenza para con su señoría, que era inglesa, puesto que era la esposa de sir Percy y, además, amiga del príncipe de Gales. En cuanto a lord Antony y sir Andrew, casi se les paró el corazón de horror ante aquella afrenta gratuita. Uno de ellos soltó una exclamación de súplica; el otro de admonición, y ambos miraron instintiva y rápidamente hacia la puerta, en la que ya se oía una voz pesada y lenta, aunque no desagradable. Las únicas que no mostraron turbación de entre los allí presentes fueron Marguerite Blakeney y la condesa de Tournay. Esta, rígida, erguida y desafiante, aún con la mano sobre el brazo de su hija, parecía la personificación del orgullo más indomeñable. Durante unos segundos el dulce rostro de Marguerite se puso tan blanco como el suave encaje que rodeaba su cuello, y un observador muy avisado quizá hubiese notado que la mano con que sujetaba el largo bastón adornado con cintas estaba agarrotada y ligeramente temblorosa. Pero aquello sólo duró unos segundos; enseguida se alzaron levemente las delicadas cejas, los labios se curvaron sarcásticamente, los ojos, azul claro, se clavaron en la rígida condesa, y con un leve encogimiento de hombros... —¡Vaya, vaya, ciudadana! —dijo en tono desenfadado—. ¿Se puede saber qué mosca le ha picado? —Ahora estamos en Inglaterra, madame — replicó la condesa fríamente—, y soy libre de prohibir a mi hija que le estreche la mano amistosamente. Vamos, Suzanne. Hizo una seña a su hija, y sin volver a mirar a Marguerite Blakeney, pero haciendo una profunda reverencia a la vieja usanza a los dos jóvenes, abandonó la habitación con paso majestuoso. En el salón de la posada se hizo el silencio durante unos momentos, mientras el frufrú de las faldas de la condesa se desvanecía por el pasillo. Marguerite, rígida como una estatua, siguió con mirada glacial a la erguida figura hasta que desapareció tras el umbral, pero cuando la pequeña Suzanne se disponía a seguir a su madre, humilde y obediente, se borró la dureza del rostro de lady Blakeney y en sus ojos se posó una expresión afligida, casi patética e infantil. La pequeña Suzanne vio aquella expresión; el carácter dulce de la niña salió al encuentro de la hermosa mujer, apenas un poco mayor que ella; la obediencia filial dio paso a la simpatía juvenil, y al llegar a la puerta, se dio la vuelta, corrió hasta Marguerite, y abrazándola, la besó efusivamente, y a continuación fue en pos de su madre, con Sally a la zaga, mientras una amable sonrisa le formaba hoyuelos en el rostro y hacía una última reverencia a lady Blakeney. El gesto de delicadeza de Suzanne rompió la desagradable tensión reinante. Sir Andrew siguió su bonita figura con los ojos hasta que se perdió de vista, y después se encontró con los de Marguerite, con una expresión de regocijo. Marguerite, con remilgada afectación, hizo un ademán como de besar la mano a las damas cuando éstas traspasaron el umbral, y una sonrisa festiva asomó a las comisuras de sus labios. —¡Bueno, ya está! —dijo desenfadadamente—. ¡Dios mío! Sir Andrew, ¿ha visto usted qué persona tan desagradable? Espero que cuando me haga vieja no sea así. Se recogió las faldas, y adoptando un aire majestuoso, se dirigió muy digna hacia la chimenea. —Suzanne —dijo, imitando la voz de la condesa—. ¡Te prohibo que hables con esa mujer! La carcajada que siguió a aquella broma sonó un poco forzada, pero ni sir Andrew ni lord Antony eran observadores demasiado perspicaces. La imitación fue tan perfecta, el tono de voz tan fielmente reproducido, que los dos jóvenes exclamaron al unísono, entusiasmados: «¡Bravo!». —¡Ah, lady Blakeney! —añadió lord Tony—, cómo deben echarla de menos en la Comédie Française, y cómo deben odiar los parisinos a sir Percy por habérsela llevado de allí. —Ni hablar —replicó Marguerite, encogiendo sus gráciles hombros—. Es imposible odiar a sir Percy por nada. Es tan ingenioso que desarmaría a la mismísima condesa. El joven vizconde, que no había seguido el ejemplo de su madre y de su digna retirada, se adelantó un paso, dispuesto a defender a la condesa si lady Blakeney volvía a burlarse de ella, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra de protesta, afuera se oyó una risa simpática pero inequívocamente necia, y al cabo de unos segundos apareció en el umbral una figura de una estatura inusual y elegantemente vestida. VI UN EXQUISITO DE 1792 Como cuentan las crónicas de la época, en el año de gracia de 1792, a sir Percy Blakeney aún le faltaban uno o dos para cumplir los treinta. Más alto que la media, aun para ser inglés, ancho de hombros y de proporciones gigantescas, se hubiera podido calificar de extraordinariamente apuesto de no haber sido por cierta expresión de vaguedad en sus ojos hundidos y la continua risa necia que parecía desfigurar su boca firme y bien dibujada. Hacía casi un año que sir Percy Blakeney, uno de los hombres más ricos de Inglaterra, árbitro de todas las modas, y amigo íntimo del príncipe de Gales, había sorprendido a la alta sociedad de Londres y Bath regresando a su país tras uno de sus viajes por el extranjero casado con una mujer hermosa, inteligente y francesa. Sir Percy, el más aburrido y soporífero, el más británico de los británicos capaz de hacer bostezar a una mujer guapa, había ganado un brillante premio matrimonial para el cual, según afirman los cronistas, había habido múltiples competidores. Marguerite St. Just había hecho su entrada en los círculos artísticos de París en el preciso momento en que tenía lugar el mayor levantamiento social que jamás ha conocido el mundo. Con apenas dieciocho años, generosamente dotada por la naturaleza de belleza y talento, y con la única compañía de un hermano joven que la adoraba, al poco tiempo reunía en su encantador piso de la Rue Richelieu un grupo tan brillante como exclusivo, es decir, exclusivo sólo desde cierto punto de vista. Marguerite St. Just era republicana por principios y convicción —su lema era igualdad de nacimiento—; para ella, la desigualdad de fortuna era un simple accidente de la adversidad, y la única desigualdad que admitía era la del talento. «El dinero y los títulos pueden ser hereditarios», decía, «pero la inteligencia no», y así, su salón estaba reservado a la originalidad y el intelecto, la brillantez y el ingenio, a los hombres inteligentes y las mujeres con talento, y al poco tiempo, ser admitido en él empezó a considerarse en el mundo intelectual —que aun en aquellos tiempos de confusión giraba en torno a París— el sello de cualquier carrera artística. Hombres inteligentes, distinguidos, e incluso hombres de elevada posición, formaban una corte selecta alrededor de la fascinante y joven actriz de la Comédie Française, y ella se deslizaba por el París republicano, revolucionario y sediento de sangre como un cometa radiante cuya cola estaba formada por lo más exquisito y lo más interesante de la Europa intelectual. Y de repente ocurrió lo inesperado. Algunas personas sonrieron con indulgencia y lo calificaron de extravagancia artística; otras lo consideraron una decisión prudente, en vista de los múltiples acontecimientos que se precipitaban en París en aquellos días; pero el verdadero motivo de aquel clímax siguió siendo un misterio y un rompecabezas para todos. Sea como fuere, un buen día Marguerite St. Just se casó con sir Percy Blakeney, así, por las buenas, sin soiré de contrat, diner de fiançailles ni ninguno de los accesorios de las bodas francesas al uso. Nadie se podía explicar cómo aquel inglés estúpido y aburrido había logrado ser admitido en el seno del círculo intelectual que giraba en torno a «la mujer más inteligente de Europa», como la llamaban unánimemente sus amigos... Una llave de oro abre todas las puertas, dice el refrán al que recurrían los maliciosos. En fin; se casó con él, y «la mujer más inteligente de Europa» unió su destino al de aquel «maldito imbécil» de Blakeney, y ni siquiera los amigos más íntimos de Marguerite pudieron atribuir el extraño paso que había dado a otra causa que no fuera una extravagancia en grado sumo. Las personas que la conocían bien se reían burlonamente ante la idea de que Marguerite St. Just se hubiera casado con un idiota por las ventajas sociales que pudiera reportarle. Sabían a ciencia cierta que a Marguerite St. Just no le importaba el dinero, y aún menos los títulos; además, había al menos media docena de hombres en el mundo cosmopolita en que vivía de tan buena cuna como Blakeney, si no tan acaudalados, que hubieran sido felices de dar a Marguerite St. Just la posición que ella hubiera deseado. En cuanto a sir Percy, todo el mundo opinaba que no estaba en absoluto preparado para desempeñar el difícil papel que había asumido. Al parecer, las únicas prendas que poseía para esta tarea consistían en una adoración ciega por Marguerite, sus inmensas riquezas y la gran aceptación de que gozaba en la corte inglesa; pero la sociedad londinense pensaba que, teniendo en cuenta sus limitaciones intelectuales, hubiera actuado más sensatamente otorgando estos privilegios sociales a una mujer menos brillante e ingeniosa. Aunque últimamente era un personaje muy destacado en la alta sociedad inglesa, había pasado la mayor parte de sus primeros años de vida en el extranjero. Su padre, el difunto sir Algernon Blakeney, había tenido la terrible desgracia de ver cómo su joven esposa, a la que idolatraba, se volvía irremediablemente loca tras dos años de feliz matrimonio. Percy nació precisamente cuando la difunta lady Blakeney cayó víctima de la terrible enfermedad que en aquella época se consideraba incurable y poco menos que una maldición divina para toda la familia. Sir Algernon se llevó a su esposa enferma al extranjero, y allí debió educarse Percy, creciendo entre una madre idiota y un padre distraído, hasta que alcanzó la mayoría de edad. La muerte de sus padres, que tuvo lugar con escaso intervalo de tiempo entre uno y otro, lo convirtió en un hombre libre, y como sir Algernon se había visto obligado a llevar una vida sencilla y retirada, la cuantiosa fortuna familiar se había multiplicado por diez. Sir Percy Blakeney había viajado mucho por el extranjero antes de llevar a su país a su joven y hermosa esposa francesa. Los círculos más selectos de la época los recibieron a ambos con los brazos abiertos, sin el menor reparo. Sir Percy era rico, su esposa encantadora, y el príncipe de Gales les tomó gran cariño. Al cabo de seis meses, se les consideraba árbitros de la moda y la elegancia. Las chaquetas de sir Percy estaban en boca de todos, se repetían sus necedades, la juventud dorada de Almack's o el paseo del Mall imitaba su risa tonta. Todos sabían que era irremediablemente estúpido, pero no era de extrañar, teniendo en cuenta que todos los Blakeney eran célebres por su torpeza desde varias generaciones atrás, y que la madre de sir Percy había muerto loca. La buena sociedad le aceptaba, le mimaba, le tenía en gran estima, pues sus caballos eran los mejores del país, y sus fiestas y vinos los más celebrados. Con respecto a su matrimonio con «la mujer más inteligente de Europa»... Bueno, lo inevitable llegó con pasos rápidos y seguros. Nadie sintió lástima de él, pues él mismo se había buscado su suerte. En Inglaterra había gran número de damas jóvenes, de elevado rango y notable belleza, que hubieran contribuido de buena gana a gastar la fortuna de los Blakeney y que hubieran sonreído indulgentemente ante las necedades y las estupideces bien intencionadas de sir Percy. Además, nadie sintió lástima de Blakeney porque, al parecer, no la necesitaba: parecía muy orgulloso de su inteligente esposa, y le importaba poco que ella no se tomara la menor molestia por ocultar el benévolo desprecio que a todas luces le inspiraba, y que incluso se divirtiera aguzando su ingenio a costa de su marido. Pero Blakeney era demasiado estúpido para darse cuenta del ridículo en que le ponía su brillante esposa, y si las relaciones conyugales con la fascinante joven parisina no habían resultado como deseaban sus esperanzas y su adoración perruna, la sociedad sólo podía hacer conjeturas sobre el tema. En su hermosa casa de Richmond desempeñaba un papel secundario frente a su esposa con una bonhomie imperturbable; la rodeaba literalmente de lujo y joyas, que ella aceptaba con una gracia inimitable, ofreciendo la hospitalidad de su soberbia mansión con la misma gentileza con que recibía al grupo de intelectuales de París. No se podía negar que sir Percy Blakeney era apuesto, con la salvedad de aquella expresión de vaguedad y aburrimiento habitual en él. Iba siempre impecablemente vestido y seguía las exageradas modas «Incroyable» de París que acababan de llegar a Inglaterra, con el perfecto buen gusto que caracteriza al caballero inglés. Aquella tarde de septiembre, a pesar del largo viaje en carruaje, a pesar de la lluvia y el barro, llevaba el abrigo elegantemente ajustado a los hombros, sus manos parecían casi femeninas de puro blancas, asomando bajo los ondulantes volantes del mejor encaje; la chaqueta de satén extravagantemente corta, a la altura de la cintura, el chaleco de anchas solapas y los calzones de rayas muy ajustados realzaban su gigantesca figura y, en reposo, aquel magnífico ejemplar de virilidad inglesa despertaba admiración hasta que sus gestos amanerados, sus movimientos afectados y aquella risa necia que jamás abandonaba sus labios la destruían. Entró en el antiguo salón de la posada con aire indolente, sacudiéndose el agua de su bonito abrigo; después, colocándose un monóculo con montura de oro en su perezoso ojo azul, observó a los allí presentes, sobre los que bruscamente había descendido un silencio embarazoso. —¿Qué tal, Tony? ¿Qué tal, Ffoulkes? —dijo al reconocer a los dos jóvenes, estrechándoles las manos a continuación—. ¡Qué barbaridad! — añadió, conteniendo un ligero bostezo—. ¿Han visto qué día tan asqueroso? ¡Qué maldito clima éste! Con una risita afectada, mitad de turbación y mitad de sarcasmo, Marguerite se volvió hacia su marido y se puso a examinarlo de pies a cabeza, con un destello de burla en sus alegres ojos. —¡Pero bueno! —exclamó sir Percy, tras unos segundos de silencio, al ver que nadie decía nada—. Qué calladitos están todos... ¿Es que ocurre algo? —Oh, nada, sir Percy —replicó Marguerite, con cierto desenfado que, no obstante, sonó un poco forzado—. Nada que pueda perturbarle... Solamente que han insultado a su esposa. Sin duda, la intención de la carcajada con que acompañó este comentario era asegurar a sir Percy que el incidente revestía cierta gravedad, y debió surtir efecto, pues, imitando la risa de su mujer, sir Percy dijo plácidamente: —No es posible, querida mía. ¿Quién ha osado molestarla? ¿Eh? Lord Tony quiso intervenir, pero no le dio tiempo a hacerlo, pues el joven vizconde ya se había adelantado hacia sir Percy. —Monsieur —dijo, preludiando su discurso con una aparatosa reverencia y hablando en un inglés algo atropellado—, mi madre, la condesa de Tournay de Basserive, ha ofendido a madame quien, según veo, es su esposa. No puedo pedirle excusas en nombre de mi madre. A mi entender, obra correctamente, pero estoy dispuesto a ofrecerle la reparación habitual entre hombres de honor. El joven irguió su pequeña figura en toda su estatura, exaltado, orgulloso y acalorado, mirando fijamente aquel metro ochenta y pico de magnificencia representados por sir Percy Blakeney. — ¡Mire, sir Andrew! —dijo Marguerite, con una de sus carcajadas alegres y contagiosas—. Mire qué cuadro: el pavo inglés y el gallito francés. La comparación era perfecta, y el pavo inglés contempló perplejo al delicado gallito francés, que le rondaba con aire amenazador. —Pero, buen señor —dijo al fin sir Percy, volviendo a colocarse el monóculo y observando al joven francés con asombro ilimitado—, ¿se puede saber dónde demonios ha aprendido usted inglés? —¡Monsieur! El vizconde se sintió profundamente humillado por la forma en que aquel inglés gigantesco se tomaba su actitud belicosa. —¡Es fantástico! —prosiguió sir Percy, imperturbable—. ¡Sencillamente fantástico! ¿No le parece, Tony, eh? Juro que yo no sé hablar la jerga francesa así de bien. —¡Desde luego que no! Puedo garantizarlo — dijo Marguerite—. Sir Percy tiene tal acento británico que podría cortarse con un cuchillo. —Monsieur —terció el vizconde, nervioso y en un inglés aún más atropellado—, me temo que no me ha entendido. Le ofrezco la única reparación posible entre caballeros. —¿Y qué diablos es eso? —preguntó sir Percy dulcemente. —Mi espada, monsieur —contestó el vizconde, que, aunque seguía perplejo, empezaba a perder la paciencia. —Usted es deportista, lord Tony —dijo Marguerite alegremente—. Apuesto uno contra diez por el gallito. Pero sir Percy miró distraídamente al vizconde unos momentos con los pesados párpados entornados; después contuvo otro bostezo, estiró sus largos miembros y se dio la vuelta tranquilamente. —Es usted muy amable, señor —murmuró despreocupadamente—, pero, ¿me quiere explicar para qué demonios me va a servir su espada? Con lo que el vizconde pensó y sintió en aquel momento en que el inglés de largas piernas le trató con tan extraordinaria insolencia se podrían llenar varios libros de profundas reflexiones... Lo que le dijo puede resumirse en una sola palabra inteligible, pues el resto quedó ahogado en su garganta por una ira incontenible. —Un duelo, monsieur —tartamudeó. Una vez más Blakeney se dio la vuelta y, desde su aventajada estatura, miró al hombrecillo colérico que tenía ante él; pero no perdió su imperturbabilidad y buen humor ni un segundo. Soltó la necia carcajada de costumbre y, hundiendo sus manos largas y finas en los amplios bolsillos de su abrigo, dijo pausadamente: —¿Un duelo? ¡Vaya! ¿A eso se refería? ¡Qué cosas! Es usted un rufián sediento de sangre, joven. ¿Acaso quiere hacerle un agujero a un hombre que respeta la ley?... Yo jamás me bato en duelo —añadió, al tiempo que se sentaba y estiraba perezosamente sus largas piernas—. Eso de los duelos es incomodísimo, ¿verdad, Tony? Sin duda, el vizconde había oído hablar de que en Inglaterra la moda de batirse entre caballeros había sido suprimida por la ley con mano dura; sin embargo, a él, un francés cuyas ideas sobre la valentía y el honor se basaban en un código respaldado por largos siglos de tradición, el espectáculo de un caballero negándose a aceptar un duelo se le antojaba poco menos que monstruoso. Reflexionaba vagamente sí debía abofetear en la cara al inglés de largas piernas y llamarle cobarde, o si tal conducta en presencia de una dama se consideraría impropia de caballeros, cuando, felizmente, intervino Marguerite. —Se lo ruego, lord Tony —dijo con su voz dulce y melodiosa—. Le ruego que imponga paz, este niño está furioso y —añadió con un soupçon de sarcasmo— podría hacerle daño a sir Percy. Soltó una carcajada burlona que, sin embargo, no perturbó lo más mínimo la placidez de su marido. —El pavo británico ya se ha divertido suficiente —añadió—. Sir Percy es capaz de provocar a todos los santos del calendario sin perder el buen humor. Pero Blakeney, tan cordial como de costumbre, también se reía de sí mismo. —Eso ha estado muy bien, sí señora —dijo, volviéndose tranquilamente hacia el vizconde—. Mi esposa es muy inteligente, señor... Ya lo comprobará usted, si vive lo suficiente en Inglaterra. —Sir Percy tiene razón, vizconde —terció lord Antony, posando amistosamente una mano en el hombro del joven francés—. No sería muy apropiado que iniciase su carrera en Inglaterra provocándole a batirse en duelo. El vizconde se quedó vacilante unos momentos; después, encogiéndose ligeramente de hombros, gesto que dedicó al extraordinario código del honor que imperaba en aquella isla cubierta de niebla, dijo con gran dignidad: —¡Ah, bien! Si monsieur se da por satisfecho, yo no tengo inconveniente. Usted, señor, es nuestro protector. Si he actuado mal, me retiro. —¡Estupendo! —exclamó Blakeney, con un prolongado suspiro de satisfacción—. Eso es; retírese usted por ahí. Maldito cachorro irritable —añadió para sus adentros—. Oiga, Ffoulkes, si éste es un ejemplar de las mercancías que sus amigos y usted traen de Francia, le aconsejo que las tiren en mitad del canal, amigo mío, porque si no tendré que ir a ver al viejo Pitt a decirle que imponga una tarifa restrictiva y que les encarcele a ustedes por contrabando. —Vamos, sir Percy, su caballerosidad le pierde —dijo Marguerite con coquetería—. No olvide que usted mismo ha importado ciertas mercancías francesas. Blakeney se puso de pie lentamente y, haciendo una profunda y complicada reverencia a su esposa, dijo con suma galantería: —Pero yo tuve la oportunidad de elegir, madame, y mi gusto es exquisito. —Me temo que más que su caballerosidad — replicó ella con sarcasmo. —¡Por favor, querida mía, sea razonable! ¿Cree que voy a permitir que cualquier comedor de ranas de tres al cuarto al que no le guste la forma de su nariz me deje el cuerpo como un acerico? —¡Quede tranquilo, sir Percy! —rió lady Blakeney, devolviéndole la reverencia—. ¡No tema! No es a los hombres a quienes no les gusta la forma de mi nariz. —¡Yo no temo a nadie! ¿Acaso pone en duda mi valor, madame? No tengo por costumbre crear conflictos gratuitamente, ¿verdad, Tony? En más de una ocasión he tenido que medir mis puños con alguien... Y le aseguro que ese alguien no salió muy bien parado... —Le creo, sir Percy —dijo Marguerite, con una alegre y penetrante carcajada que resonó en las viejas vigas de roble del salón—. Me hubiera gustado verle... ¡Ja, ja, ja!... Debía tener usted un aspecto fantástico... ¡Y... mira que asustarse de un chiquillo francés...!¡Ja, ja, ja! —¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! —rió sir Percy, como un eco—. ¡Ah, madame, me hace usted un gran honor! Fíjese, Ffoulkes: he hecho reír a mi esposa... ¡a la mujer más inteligente de Europa!... ¡Esto merece un brindis! —Y, diciendo esto, golpeó vigorosamente la mesa que estaba a su lado—. ¡Eh, Jelly! ¡Venga aquí inmediatamente! La armonía volvió a instaurarse. Con un poderoso esfuerzo, el señor Jellyband se recobró de las múltiples emociones que había experimentado en el transcurso de la última media hora. —Un cuenco de ponche, Jelly. Que esté calentito y bien fuerte, ¿eh? —dijo sir Percy—. Hay que aguzar el ingenio que ha hecho reír a una mujer inteligente. ¡Ja, ja, ja! ¡Deprisa, mi buen Jelly! —No tenemos tiempo, sir Percy —dijo Marguerite—. El patrón del barco vendrá aquí directamente, y mi hermano tiene que subir a bordo, o el Day Dream no aprovechará la marea. —¿Que no tenemos tiempo, querida mía? Un caballero siempre tiene tiempo de emborracharse y embarcar antes de que cambie la marea. —Su señoría —dijo Jellyband respetuosamente—, creo que el joven caballero ya viene con el patrón del barco de sir Percy. —Muy bien —dijo Blakeney—. Así Armand podrá beber con nosotros un poco de ponche. Tony, ¿cree que ese mequetrefe amigo suyo querrá tomar un vaso? —añadió, volviéndose hacia el vizconde—. Dígale que brindaremos en señal de reconciliación. —Están ustedes tan animados —dijo Marguerite— que confío en que sabrán disculparme si me despido de mi hermano en otra habitación. Hubiera sido de mala educación protestar. Tanto lord Antony como sir Andrew comprendieron que lady Blakeney no estaba de humor para diversiones en aquel momento. El cariño que profesaba a su hermano, Armand St. Just, era extraordinariamente profundo y conmovedor. Había pasado unas semanas en Inglaterra, en casa de Marguerite, y regresaba a su país para ponerse a su servicio en unos momentos en que la muerte era la recompensa que habitualmente recibía la dedicación y el entusiasmo. Tampoco sir Percy hizo la menor tentativa de retener a su esposa. Con aquella galantería perfecta y un tanto afectada que caracterizaba todos sus movimientos, le abrió la puerta del salón y le dedicó la reverencia más aparatosa que dictaba la moda de la época, mientras ella abandonaba majestuosamente la habitación sin concederle más que una mirada distraída y ligeramente despectiva. Sólo sir Andrew Ffoulkes, cuyo pensamiento parecía más agudo, más dulce y más comprensivo desde que conociera a Suzanne de Tournay, observó la extraña mirada de indecible melancolía, de intensa y desesperada pasión con que el necio y frívolo sir Percy siguió la figura de su brillante esposa. VII LA PARCELA SECRETA Una vez fuera del ruidoso salón, a solas en el pasillo débilmente iluminado, Marguerite Blakeney pareció respirar con mayor libertad. Emitió un profundo suspiro, como si hubiera estado largo tiempo oprimida por la pesada carga del autocontrol, y dejó que unas lágrimas resbalaran distraídamente por sus mejillas. Afuera había cesado de llover, y por entre las nubes que pasaban veloces, los pálidos rayos del sol posterior a la tormenta brillaban sobre la hermosa costa blanca de Kent y las pintorescas e irregulares casas que se apiñaban alrededor del muelle del Almirantazgo. Marguerite Blakeney salió al porche y miró al mar. Recortada contra el mar eternamente cambiante, una grácil goleta de velas blancas cabeceaba movida por la suave brisa. Era el Day Dream, el yate de sir Percy Blakeney, que estaba preparado para llevar a Armand St. Just a Francia, al corazón mismo de la sangrienta e hirviente revolución que estaba derrocando una monarquía, atacando una religión y destruyendo una sociedad para intentar reconstruir sobre las cenizas de la tradición una nueva Utopía, con la que soñaban unos cuantos pero que ninguno tenía poder para establecer. A lo lejos se distinguían dos figuras que se dirigían a The Fisherman's Rest; una era un hombre mayor, con una curiosa aureopla de pelos grises alrededor de la barbilla, enorme y rotunda, que caminaba con los movimientos bamboleantes que invariablemente delatan al marino; la otra, una figura joven y delgada, vestida elegantemente con un abrigo de varias esclavinas. Estaba perfectamente rasurado y llevaba el oscuro cabello peinado hacia atrás, poniendo de relieve una frente despejada y noble. —¡Armand! —exclamó Marguerite Blakeney, en cuanto le vio a lo lejos, y una sonrisa de felicidad iluminó su dulce rostro, a pesar de las lágrimas. Al cabo de uno o dos minutos, los hermanos se arrojaron el uno en brazos del otro, mientras el viejo capitán se quedaba respetuosamente a un lado. —¿Cuánto tiempo tenemos hasta que monsieur St. Just suba a bordo, Briggs? —preguntó lady Blakeney. —Deberíamos soltar amarras dentro de media hora, su señoría —respondió el hombre, tirándose de la barba gris. Entrelazando el brazo con el de su hermano, Marguerite se dirigió con él hacia el acantilado. —Media hora —dijo, mirando pensativa al mar—, media hora más y estarás lejos de mí, Armand. ¡Ah, me cuesta trabajo creer que te marchas! Estos últimos días, mientras Percy ha estado fuera y te he tenido sólo para mí, han pasado como en un sueño. —No voy lejos, querida mía —dijo dulcemente el joven—. Sólo hay que cruzar un estrecho canal y recorrer unos cuantos kilómetros de carretera... Puedo volver dentro de poco. —No es la distancia, Armand, sino ese espantoso París... precisamente ahora... Llegaron al borde del acantilado. La suave brisa marina revolvió el pelo de Marguerite sobre su rostro, e hizo ondear el extremo del cuello de encaje a su alrededor como una serpiente blanca y flexible. Trató de penetrar la distancia con la mirada, allí donde se extendían las costas de Francia, aquella Francia inquieta y dura que estaba cobrando el impuesto de sangre a sus hijos más nobles. —Nuestro hermoso país, Marguerite —dijo Armand, que parecía haber adivinado los pensamientos de su hermana. —Han llegado demasiado lejos, Armand — replicó ella con vehemencia—. Tú eres republicano y yo también... Tenemos las mismas ideas, el mismo entusiasmo por la libertad y la igualdad... Pero seguro que hasta tú piensas que han llegado demasiado lejos... —¡Chist! —dijo Armand instintivamente, lanzando una mirada rápida y recelosa a su alrededor. —¡Ah! ¿Lo ves? Sabes que no se está a salvo hablando de estas cosas... ¡ni siquiera aquí, en Inglaterra! De repente se colgó de su brazo con pasión incontenible, casi maternal. —¡No te vayas, Armand! —le rogó—. ¡No vuelvas allí! ¿Qué haría yo si... si...? Su voz quedó ahogada por los sollozos; sus ojos, tiernos, azules y cariñosos, miraron suplicantes al joven, que le devolvió una mirada resuelta, decidida. —En cualquier caso, serías mi hermana, valiente como siempre —respondió con dulzura—, y recordarías que, cuando Francia está en peligro, sus hijos no deben volverle la espalda. Mientras el joven pronunciaba estas palabras, aquella sonrisa dulce e infantil volvió a aparecer en el rostro trágico de Marguerite, pues parecía bañado en lágrimas. —¡Oh, Armand! —exclamó Marguerite—. A veces desearía que no tuvieras tantas virtudes y tanta nobleza... Te aseguro que los defectillos son mucho menos peligrosos e incómodos. Pero, ¿serás prudente? —añadió anhelante. —En la medida de lo posible... te prometo que lo seré. —Recuerda, querido mío, que sólo te tengo a ti... para... para que cuides de mí. —No, cielo, ahora tienes otros intereses. Percy cuida de ti. Una expresión de extraña melancolía se adueñó de los ojos de Marguerite, que murmuró: —Sí... Antes sí. —Pero estoy seguro de que... —Vamos, vamos, no te preocupes por mí. Percy es muy bueno. —¡Ni hablar! —le interrumpió Armand enérgicamente—. Claro que me preocupo por ti, querida Margot. Mira, nunca te he hablado de estas cosas; parecía como si siempre hubiera algo que me detenía cuando quería hacerte ciertas preguntas. Pero, no sé por qué, no puedo marcharme y dejarte sin preguntarte una cosa... No tienes que contestarme si no lo deseas — añadió al observar que en los ojos de Marguerite centelleaba una expresión de dureza, casi de recelo. —¿De qué se trata? —se limitó a preguntar Marguerite. —¿Sabe sir Percy que...? Quiero decir, ¿sabe qué papel desempeñaste en la detención del marqués de St. Cyr? Marguerite se echó a reír. Fue una risa sin alegría, amarga, despectiva, como una nota discordante en la música de su voz. —¿Quieres decir que denuncié al marqués de St. Cyr al tribunal que los envió a él y a toda su familia a la guillotina? Sí, lo sabe... Se lo conté después de casarnos... —¿Le explicaste las circunstancias... que te libran por completo de culpa? —Era demasiado tarde para hablar de «circunstancias». Se enteró de la historia por otras personas, y al parecer mi confesión llegó demasiado tarde. Ya no podía acogerme a las circunstancias atenuantes; no podía degradarme intentando explicárselo... —¿Y qué ocurrió? —Pues que ahora, Armand, tengo la satisfacción de saber que el mayor estúpido de Inglaterra siente un absoluto desprecio por su esposa. En esta ocasión habló con vehemente amargura, y Armand St. Just, que la quería con toda su alma, se dio cuenta de que había puesto torpemente el dedo en una llaga muy dolorosa. —Pero sir Percy te quería, Margot —insistió con dulzura. —¿Que me quería? Mira, Armand, yo creía que así era, porque si no, no me hubiera casado con él. Estoy casi segura —añadió, hablando muy deprisa, como si se alegrara de poder desprenderse al fin de una pesada carga que llevara varios meses oprimiéndola—, estoy casi segura de que incluso tú pensabas, como todos los demás, que me casé con sir Percy por su dinero, pero te aseguro que no fue por eso. Parecía adorarme, con una pasión y una intensidad extraordinarias que me llegaron al alma. Como bien sabes, yo nunca había querido a nadie, y por entonces tenía veinticuatro años, así que pensé que no estaba en mi carácter amar. Pero siempre he creído que debía ser maravilloso ser amada de una forma ciega y apasionada... adorada, en una palabra. Y el hecho mismo de que Percy fuera tonto y estúpido me resultaba atractivo, porque pensaba que así me querría aún más. Un hombre inteligente hubiera tenido otros intereses; un hombre ambicioso, otras esperanzas... Pensé que un imbécil me adoraría, y no pensaría en otra cosa. Y yo estaba dispuesta a corresponderle, Armand; me hubiera dejado adorar, y a cambio le hubiera dado una ternura infinita... Suspiró; y aquel suspiro llevaba encerrado todo un mundo de desilusión. Armand St. Just la dejó hablar sin interrupción; la escuchó, mientras sus propios pensamientos se desbordaban. Era terrible ver a una mujer joven y bella —una muchacha en todo menos en el apellido— casi en el umbral de la vida y ya sin esperanza, sin ilusiones, despojada de esos sueños dorados y fantásticos que hubieran debido hacer de su juventud unas continuas vacaciones. Pero quizás —aunque quería profundamente a su hermana—, quizás Armand lo comprendía: había observado a las gentes de muchos países, gentes de todas las edades, de todas las posiciones sociales e intelectuales, y en el fondo comprendía lo que Marguerite no había llegado a decir. Cierto que Percy Blakeney era tonto, pero en su torpe mente debía haber un lugar para ese orgullo inextirpable del descendiente de una larga línea de caballeros ingleses. Un Blakeney había muerto en Bosworth Field; otro había sacrificado vida y fortuna en aras de un Estuardo traidor, y ese mismo orgullo —estúpido y lleno de prejuicios en opinión del republicano Armand— debió sentirse herido en lo más hondo al enterarse del pecado que se encontraba a las mismas puertas de lady Blakeney. Ella era entonces joven; estaba equivocada, quizá mal aconsejada. Armand lo sabía, y quienes se aprovecharon de la juventud de Marguerite, de su impulsividad y su imprudencia, lo sabían aún mejor; pero Blakeney era torpe y no quiso atender a «circunstancias». Sólo entendía los hechos, y éstos le demostraban que lady Blakeney había denunciado a un hombre de su misma clase a un tribunal que no conocía la clemencia, y el desprecio que debió sentir por el acto que ella había cometido, aunque hubiera sido involuntariamente, mató el amor que albergaba en su pecho, en el que la comprensión y la racionalización no podían tener cabida. Pero en esos momentos, su hermana le desconcertaba. La vida y el amor son tan variables... ¿Podría ser que, al desvanecerse el amor de su marido, se hubiera despertado el amor por él en el corazón de Marguerite? En el sendero del amor se encuentran extraños extremos; era posible que aquella mujer, que había tenido a la mitad de la Europa intelectual a sus pies, hubiera depositado su afecto en un idiota. Marguerite contemplaba fijamente el crepúsculo. Armand no veía su rostro, pero de repente se le antojó que algo que destelló un segundo a la dorada luz del atardecer caía de sus ojos sobre el delicado encaje. Pero Armand no podía abordar aquel tema. Conocía muy bien el carácter apasionado y extraño de su hermana, y también conocía aquella reserva que se escondía tras sus ademanes francos, y abiertos. Siempre habían estado juntos, pues sus padres habían muerto cuando Armand era aún adolescente y Marguerite una niña. Él, que le llevaba ocho años, la había vigilado hasta que se casó; la había acompañado durante los brillantes años que pasaron en la Rue Richelieu, y la había visto iniciar su nueva vida, en Inglaterra, con pena y ciertos presentimientos. Aquella era la primera vez que iba a verla a Inglaterra desde su boda, y los pocos meses de separación ya parecían haber erigido un delgado muro entre los dos hermanos. Aún seguía existiendo el mismo cariño, profundo e intenso, por ambas partes, pero era como si cada uno tuviera su parcela secreta, en la que el otro no se atrevía a entrar. Eran muchas las cosas que Armand St. Just no podía contarle a su hermana; los aspectos políticos de la revolución francesa cambiaban casi de día en día, y quizá ella no comprendiera que sus opiniones y simpatías se hubieran modificado, pues los excesos cometidos por aquellos que habían sido amigos suyos eran cada vez más terribles. Y Marguerite no podía contarle a su hermano los secretos de su corazón; apenas los entendía ella misma. Sólo sabía que, en medio de tanto lujo, se sentía sola y desgraciada. Y Armand se marchaba. Marguerite temía por su seguridad, anhelaba su presencia. No quería estropear aquellos últimos momentos agridulces hablando de sí misma. Lo llevó por el acantilado, y después bajaron a la playa, con los brazos entrelazados. Aún tenían muchas cosas que contarse y que estaban fuera de la parcela secreta de cada uno.
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