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XXVI EL JUDIO Marguerite tardó un buen rato en poner sus dispersas ideas en orden; el episodio que se cuenta en el capítulo anterior se había desarrollado en el plazo de menos de un minuto, y Desgas y los soldados se encontraban aún a unos doscientos metros del Chat Gris. Cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, su corazón se llenó de una extraña mezcla de alegría y asombro. Había sido tan limpio, tan ingenioso... Chauvelin seguía inmovilizado, impotente, mucho más que si hubiera recibido un puñetazo, pues ni podía ver, ni oír ni hablar, mientras que su astuto enemigo se le había escapado de las manos tranquilamente. Blakeney se había marchado; sin duda intentaría reunirse con los fugitivos en la cabaña del Pére Blanchard. De momento, Chauvelin había quedado completamente inutilizado; también de momento, Desgas y sus hombres no habían apresado al audaz Pimpinela Escarlata. Pero las patrullas rondaban por todas las carreteras y la playa. Todo esta vigilado, y no se perdía de vista a ningún extranjero. ¿Hasta dónde podría llegar Percy con sus vistosas ropas sin que lo descubrieran y lo siguieran? Marguerite se lamentó de no haber salido a su encuentro antes para decirle las palabras de aviso y amor que probablemente necesitaba. Percy no podía conocer las órdenes que Chauvelin había dado para su captura, y quizá en aquel mismo momento... Pero antes de que estos terribles pensamientos adoptaran una forma concreta en el cerebro de Marguerite, oyó estruendo de armas afuera, junto a la puerta, y la voz de Desgas que gritaba: «¡Alto!» a sus hombres. Chauvelin se había repuesto un poco; los estornudos eran menos fuertes, y se puso de pie con dificultad. Logró llegar a la puerta justo cuando Desgas llamaba. Chauvelin abrió la puerta de golpe, y antes de que su secretario pudiera pronunciar palabra, tartamudeó entre estornudo y estornudo: —El extranjero alto... ¡Deprisa!... ¿Lo ha visto alguien? —¿Dónde, ciudadano? —preguntó Desgas, sorprendido. —¡Aquí mismo! ¡Acaba de salir por esa puerta, no hace ni cinco minutos! —Nosotros no hemos visto nada, ciudadano. Todavía no ha salido la luna, y... —Y usted ha llegado con cinco minutos de retraso, amigo mío —replicó Chauvelin, con furia reconcentrada. —Ciudadano... yo... —Ha hecho lo que le ordené —le interrumpió Chauvelin, con impaciencia—. Ya lo sé. Pero ha tardado demasiado tiempo. Por suerte, no ha ocurrido nada irreparable, pues en otro caso le irían muy mal las cosas, ciudadano Desgas. Desgas empalideció ligeramente. La actitud de su superior denotaba una ira y un odio terribles. —El extranjero alto, ciudadano... — tartamudeó. —Estaba aquí, en esta misma habitación, hace cinco minutos, cenando en esa mesa. ¡Qué desvergüenza la suya! Por razones evidentes, no me atreví a enfrentarme a él yo solo. Brogard es un imbécil, y ese maldito inglés da la impresión de tener la fuerza de un toro, así que se ha escapado delante de mis narices. —No puede ir muy lejos sin que lo descubran, ciudadano. —¿Ah, no? —El capitán Jutley ha enviado cuarenta hombres de refuerzo a la patrulla de servicio, veinte de ellos a la playa. Me ha asegurado una vez más que ha habido vigilancia constante durante todo el día, y que es imposible que un desconocido llegue a la playa o coja una barca sin que le vean. —Muy bien. ¿Saben los hombres lo que tienen que hacer? —Han recibido órdenes muy claras, ciudadano; y he hablado yo mismo con los que iban a partir. Deben seguir, con la mayor discreción posible, a cualquier extranjero que vean, especialmente si es alto o si va encorvado para disimular su estatura. —No deben detenerlo bajo ninguna circunstancia, naturalmente —se apresuró a añadir Chauvelin—. Ese desvergonzado Pimpinela Escarlata se escaparía de unas manos torpes. Tenemos que dejarle llegar a la cabaña del Pére Blanchard, y una vez allí, rodearle y capturarle. —Los hombres lo saben, ciudadano, y también que, en cuanto descubran a un extranjero de elevada estatura, deben seguirlo, mientras que un hombre viene inmediatamente aquí a comunicárselo a usted. —Eso es —dijo Chauvelin, frotándose las manos con gran satisfacción. —Traigo más noticias, ciudadano. —¿De qué se trata? —Un inglés muy alto ha mantenido una larga conversación hace unos tres cuartos de hora con un judío, llamado Rubén, que vive a poca distancia de aquí. —¿Y qué? —preguntó Chauvelin, con impaciencia. —La conversación giró en torno a un caballo y un carro que el inglés quería alquilar, y que el judío debía tenerle parados para las once. —Ya son más de las once. ¿Dónde vive el tal Rubén? —A unos minutos a pie de aquí. —Envíe a un hombre para que averigüe si el inglés se ha marchado en el carro del tal Rubén. —Sí, ciudadano. Desgas fue a dar las órdenes pertinentes a uno de los hombres. Marguerite no se había perdido ni una sola palabra de la conversación mantenida entre Chauvelin y su secretario, y experimentó la sensación de que cada palabra que pronunciaban se clavaba en su corazón, llenándolo de impotencia y de oscuros presentimientos. Había ido hasta allí con grandes esperanzas y una firme resolución, dispuesta a ayudar a su marido, y hasta entonces no había podido hacer nada, salvo observar, con el corazón transido de angustia, las mallas de la red mortal que se iba estrechando en tomo al audaz Pimpinela Escarlata. Percy no podía dar muchos pasos sin que los ojos que le espiaban le descubrieran y denunciaran. Su propia impotencia despertó en ella una terrible sensación de decepción absoluta. Las posibilidades de resultar útil a su marido eran casi nulas, y su única esperanza radicaba en que le permitieran compartir su suerte, cualquiera que ésta fuera. De momento, incluso las posibilidades de volver a ver al hombre que amaba eran muy remotas. Sin embargo, estaba decidida a vigilar estrechamente a su enemigo, y en su corazón nació la débil esperanza de que, mientras no perdiese de vista a Chauvelin, la balanza del destino aún podría inclinarse a favor de Percy. Desgas dejó a Chauvelin paseando taciturno por la habitación, y salió a esperar a que regresara el hombre que había enviado a buscar a Rubén. Transcurrieron varios minutos, durante los cuales Chauvelin dio claras muestras de estar consumido por la impaciencia. Parecía como si no confiara en nadie; la última faena que le había hecho Pimpinela Escarlata le hacía dudar repentinamente de que fuera a obtener la victoria final a menos que él mismo dirigiera y supervisara la captura de aquel inglés desvergonzado. Al cabo de unos cinco minutos regresó Desgas, seguido por un judío de edad con una gabardina sucia y raída, desgastada y grasienta en los hombros. Su pelo rojizo, que llevaba peinado al estilo de los judíos polacos, con una especie de tirabuzones a ambos lados de la cara, estaba salpicado de gris en muchos puntos, y la capa de mugre de las mejillas y la barbilla le daban un aspecto insólitamente desaliñado y repulsivo. Tenía la chepa que habitualmente adoptaban los de su raza para mostrar una falsa humildad en siglos pasados, antes del advenimiento de la igualdad y la libertad en materia de fe, y caminaba detrás de Desgas con esa forma especial de arrastrar los pies que siempre ha distinguido al mercader judío del continente europeo hasta nuestros días. Chauvelin, que albergaba los mismos prejuicios que todos los franceses hacia esa raza tan despreciada, le hizo un gesto a aquel individuo para indicarle que se mantuviera a una distancia respetuosa. El grupo integrado por los tres hombres se encontraba justo debajo de la lámpara de aceite que colgaba del techo, y Marguerite podía verlos con toda claridad. —¿Es éste el hombre que buscábamos? — preguntó Chauvelin. —No, ciudadano —contestó Desgas—. No hemos encontrado a Rubén, pero, al parecer, este hombre sabe algo que está dispuesto a vender a cambio de cierta cantidad. —¡Ah! —dijo Chauvelin, apartándose con repugnancia del odioso ejemplar humano que tenía frente a él. El judío, con una paciencia característica, se quedó humildemente a un lado, apoyado en un bastón grueso y nudoso, con el grasiento sombrero de ala ancha oscureciendo su mugrienta cara, a la espera de que su Excelencia se dignara hacerle alguna pregunta. —El ciudadano asegura —le dijo Chauvelin en tono imperioso— que sabes algo sobre mi amigo, ese inglés tan alto, y yo quisiera verle... Morbleu! ¡Mantén las distancias! —añadió de inmediato, al ver que el judío se apresuraba a dar unos pasos hacia él ansiosamente. —Sí, Excelencia —replicó el judío, que hablaba con ese ceceo especial que denota los orígenes orientales—. Rubén Goldstein y yo hemos visto esta noche a un inglés muy alto en la carretera, cerca de aquí. —¿Hablasteis con él? —El vino a hablar con nosotros, Excelencia. Quería saber si podía alquilar un caballo y un carro para ir a un sitio al que quería llegar esta noche por la carretera de St. Martin. —¿Qué le dijisteis? —Yo no dije nada —repuso el judío en tono ofendido—. Rubén Goldstein, ese maldito traidor, ese hijo de Belial... —Déjate de tonterías —le interrumpió Chauvelin bruscamente—, y sigue contando qué ocurrió. —Me quitó la palabra de la boca, Excelencia. Estaba yo a punto de ofrecerle al acaudalado inglés mi caballo y mi carro, para llevarlo a donde se le antojara, cuando Rubén se me adelantó y ofreció su jaca, que está famélica, y su carro desvencijado. —¿Y qué hizo el inglés? —Le hizo caso a Rubén Goldstein, Excelencia, y sin pensárselo dos veces, se metió la mano en el bolsillo, sacó un puñado de monedas de oro, y se las enseñó a ese descendiente de Belcebú, diciéndole que todo aquello sería suyo si le tenía preparado el caballo y el carro a las once. —Y, naturalmente, el caballo y el carro estaban listos a esa hora… —¡Bueno, por decirlo de alguna manera, estaban listos, Excelencia! La jaca de Rubén andaba coja, como de costumbre, y al principio se negaba a moverse. Hasta pasado un rato, después de darle muchas patadas, no echó a andar —dijo el judío con una risita maliciosa. —¿Y se marcharon? —Sí, se marcharon hace cinco minutos, más o menos. Yo estoy muy enfadado por la estupidez del extranjero ese. ¡Inglés tenía que ser! Debería haber visto que la jaca de Rubén no estaba en condiciones de tirar de un carro... —Pero no tenía otra elección... —¿Que no tenía otra elección, Excelencia? — protestó el judío ásperamente—. ¿Acaso no le repetí cien veces que con mi caballo y mi carro iría más rápido y más cómodo que con ese saco de huesos que tiene Rubén? Pero no me hizo caso. Rubén es un embustero que sabe embaucar a la gente. Engañó al extranjero. Si tenía prisa, hubiera empleado mejor su dinero alquilando mi carro. —Entonces, ¿tú también tienes un caballo y un carro? —preguntó Chauvelin en tono imperioso. —Claro que sí, Excelencia, y si su Excelencia desea usarlos… —¿No sabrás por casualidad por dónde se fue mi amigo con el carro de Rubén Goldstein? El judío se frotó la barbilla pensativamente. El corazón de Marguerite latía tan deprisa que parecía que estuviera a punto de estallar. Había oído la imperiosa pregunta; miró angustiada al judío, pero no pudo distinguir su rostro ensombrecido por el ancho ala del sombrero. Pensó vagamente que aquel hombre tenía la suerte de Percy en sus largas y sucias manos. Se hizo un largo silencio, durante el cual Chauvelin miró con el ceño fruncido, impaciente, a la encorvada figura que estaba frente a él. Al fin, el judío se metió lentamente la mano en el bolsillo del pecho y de sus profundidades sacó varias monedas de plata. Las contempló, pensativo, y a continuación dijo quedamente: —Esto es lo que me dio el extranjero, antes de marcharse con Rubén, para que mantuviera la boca cerrada y no hablara de él. Chauvelin se encogió de hombros, impaciente. —¿Cuánto hay ahí? —preguntó. —Veinte francos, Excelencia —contestó el judío—, y he sido un hombre honrado toda mi vida. Sin añadir palabra, Chauvelin sacó unas monedas de oro de su bolsillo, las puso en la palma de su mano y las hizo tintinear al tendérselas al judío. —¿Cuántas monedas de oro tengo en la palma de la mano? —preguntó en voz baja. Saltaba a la vista que no quería asustar al hombre, sino ganárselo para que sirviera a sus propósitos, pues su actitud era afable y tranquila. Sin duda temía que la amenaza de la guillotina y otros métodos de persuasión similares no hicieran mella en la mente del viejo, y sospechaba que era más probable que le resultara útil movido por la avaricia que por el miedo a la muerte. Los ojos del judío lanzaron una mirada rápida y penetrante al oro que brillaba en la mano de su interlocutor. —Yo diría que al menos cinco, Excelencia — contestó en tono servil. —¿Crees que serán suficientes para solar esa lengua tan honrada que tienes? —¿Qué desea saber, Excelencia? —Si tu caballo y tu carro pueden llevarme hasta donde se encuentra mi amigo, ese extranjero tan alto, que se ha marchado en el carro de Rubén Goldstein. —Mi caballo y mi carro pueden llevar allí a su Excelencia cuando lo desee. —¿A un lugar llamado la cabaña del Pére Blanchard? —¿Cómo lo ha adivinado su Excelencia? — preguntó el judío, atónito. —¿Conoces ese sitio? —Sí lo conozco, Excelencia. —¿Por qué carretera se va? —Por la de St. Martin, Excelencia, y después hay que coger un sendero que lleva a los acantilados. —¿Conoces la carretera? —repitió Chauvelin secamente. —Hasta la piedra y el hierbajo más pequeño que hay en ella, Excelencia —contestó el judío en voz baja. Sin añadir ningún comentario, Chauvelin arrojó las cinco monedas de oro, una tras otra, ante el judío, que se arrodilló y las recogió dificultosamente a gatas. Una salió rodando, y le costó mucho trabajo recuperarla, pues había quedado oculta bajo el aparador. Chauvelin esperó tranquilamente mientras el viejo se arrastraba por el suelo para buscarla. Cuando el judío logró ponerse de pie trabajosamente, Chauvelin dijo: —¿Cuánto tardarías en preparar el caballo y el carro? —Ya están preparados, Excelencia. —¿Dónde? —A menos de diez metros de esta casa. Si su Excelencia tiene a bien echarles una ojeada... —No necesito verlos. ¿Hasta dónde puedes llevarme? —Hasta la cabaña del Pére Blanchard, Excelencia, y más lejos de lo que la jaca de Rubén ha llevado a su amigo. Estoy seguro de que a menos de dos leguas de aquí nos toparemos con ese tramposo de Rubén, su jaca, su carro y el extranjero tirados en mitad de la carretera. —¿A qué distancia está el pueblo más cercano? —Por la carretera que sigue el inglés, el pueblo más cercano es Miquelon, a menos de dos leguas de aquí. —¿Podría coger otro medio de transporte si quisiera ir más lejos, —Sí que podría... si es que ha llegado hasta allí. —Y tú, ¿podrías llevarme? —¿Quiere intentarlo su Excelencia? —Esa es mi intención —contestó Chauvelin en voz baja—, pero recuerda que si me has engañado, ordenaré a dos de mis soldados más fornidos que te den una paliza de tal calibre que te molerán todos los huesos de tu feo cuerpo. Pero si encontramos a mi amigo el inglés, en la carretera o en la cabaña del Pére Blanchard, recibirás otras diez monedas de oro. ¿Aceptas el trato? El judío volvió a frotarse la barbilla pensativamente. Miró el dinero que tenía en la mano, y a continuación a su severo interlocutor y a Desgas, que estaba detrás de él, en silencio. Tras unos instantes de reflexión, dijo pausadamente: —Acepto. —Entonces, espérame afuera —dijo Chauvelin—, y recuerda que, o cumples tu parte del trato, o te juro que yo cumpliré la mía. Tras una última reverencia, servil y medrosa, el viejo judío abandonó la habitación arrastrando los pies. Chauvelin parecía complacido con los resultados de la entrevista, pues se frotó las manos con aquel gesto suyo de maligna satisfacción. —Mi chaqueta y mis botas —le dijo a Desgas. Desgas fue hasta la puerta, y debió dar las órdenes pertinentes, pues al cabo de breves instantes entró un soldado con la capa, las botas y el sombrero de Chauvelin. Este se quitó la sotana, bajo la cual llevaba unos calzones ajustados y un chaleco de paño, y procedió a cambiarse de atuendo. —Mientras tanto, ciudadano —le dijo a Desgas—, vaya usted a ver al capitán Jutley lo más deprisa posible, y dígale que le dé doce soldados más. Llévelos por la carretera de St. Martin, y dentro de poco tiempo alcanzarán el carro del judío en el que partiré ahora mismo. O mucho me equivoco, o se va a armar una buena en la cabaña del Pére Blanchard. Le garantizo que al llegar allí acorralaremos a nuestra presa, pues ese desvergonzado Pimpinela Escarlata ha tenido la osadía, o la estupidez, no sabría decir cuál de las dos cosas, de mantener el plan que había preparado al principio. Ha ido a reunirse con De Tournay, St. Just y los demás traidores, algo que yo pensaba que de momento no tenía intención de hacer. Cuando los encontremos, serán una banda de hombres desesperados y cercados. Supongo que algunos de nuestros hombres quedarán hors de combat. Esos monárquicos son buenos espadachines, y el inglés es endiabladamente astuto, y parece muy fuerte. De todos modos, seremos al menos cinco contra uno. Usted puede seguir al carro de cerca con sus hombres, por la carretera de St. Martin, pasando por Miquelon. El inglés va delante de nosotros, y no creo que se le ocurra mirar hacia atrás. Mientras daba las órdenes, concisa y secamente, terminó de cambiarse de atuendo. Se había desprendido del traje de sacerdote, y estaba vestido de nuevo con las ropas oscuras y ajustadas de costumbre. Por último cogió el sombrero. —Voy a poner en sus manos un prisionero muy interesante —dijo soltando una risita, al tiempo que tomaba del brazo a Desgas con una familiaridad inusitada y le acompañaba hasta la puerta—. No lo mataremos inmediatamente, ¿eh, amigo Desgas? La cabaña del Pére Blanchard — estoy seguro de no equivocarme— se encuentra en un lugar solitario de la playa, y nuestros hombres tendrán la oportunidad de hacer un poco de deporte cazando el zorro herido. Elija bien los hombres que va a llevar, amigo Desgas... de la clase que disfruta con ese tipo de deporte, ¿eh? Tenemos que asegurarnos de que Pimpinela Escarlata sufre un poco... pero, ¿qué digo? ... que se asusta y tiembla, ¿eh? ... antes de que le... — hizo un gesto expresivo, al tiempo que soltaba una carcajada maligna, que a Marguerite le llenó el alma de un terror mortal. —Elija bien a sus hombres, ciudadano Desgas —repitió, mientras acompañaba a su secretario a la puerta. XXVII LA PERSECUCIÓN Marguerite Blakeney no vaciló ni un instante. Afuera, junto a la puerta del Chat Gris, se habían desvanecido los últimos ruidos en la noche. Oyó a Desgas dar órdenes a sus hombres, y a continuación dirigirse hacia el fuerte para pedir otros doce hombres de refuerzo: pensaban que seis no serían suficientes para capturar al astuto inglés, cuya ingeniosa mente era aún más peligrosa que su valor y fortaleza. Al cabo de unos minutos, volvió a oír la ronca voz del judío, azuzando a su jaca, y a continuación el retumbar de unas ruedas y el ruido de un carro desvencijado que avanzaba a trompicones por la desigual carretera. Todo estaba en silencio en la posada. Brogard y su mujer, aterrorizados de Chauvelin, no habían dado la menor señal de vida: esperaban que se olvidara de ellos y pasar desapercibidos. Marguerite ni siquiera oyó el habitual torrente de juramentos entre dientes. Esperó unos momentos más, y descendió silenciosamente las viejas escaleras, se ciñó la oscura capa y salió de la posada sin hacer ruido. Era noche cerrada, y la negrura impedía distinguir su oscura silueta. Sus agudos oídos seguían con atención el carro que iba delante de ella. Caminando por las sombras de la zanja que bordeaba la carretera, confiaba en que no la descubrieran los hombres de Desgas cuando se acercaran allí, ni las patrullas que, según creía, debían estar aún de servicio. Así inició la última etapa de su desesperado y angustioso viaje, ella sola, por la noche, y a pie. Faltaban casi tres leguas para llegar a Miquelon, y después tendría que continuar hasta la cabaña del Pére Blanchard, dondequiera que se encontrase aquel lugar fatídico, caminando seguramente por senderos escabrosos; pero no le importaba. La jaca del judío no avanzaba muy deprisa, y aunque Marguerite se sentía agotada, de cansancio mental y tensión nerviosa, sabía que podría mantenerse fácilmente al mismo paso que el carro por una carretera empinada en la que el pobre animal, que sin duda estaría medio muerto de hambre, tendría que descansar cada poco trecho. La carretera discurría a cierta distancia del mar, rodeada a ambos lados de arbustos y árboles achaparrados, cubiertos de escaso follaje, inclinados por los efectos del viento del norte, con las ramas como cabellos fantasmales y rígidos en la semioscuridad, azotados por vientos continuos. Por suerte, la luna no mostraba el menor deseo de asomarse entre las nubes, y Marguerite, pegándose al borde de la carretera, agachada junto a la hilera de arbustos, quedaba oculta a las miradas indiscretas. Todo a su alrededor respiraba un silencio absoluto: sólo a lo lejos, muy a lo lejos, se oía el ruido del mar, como un tenue gemido. El aire era fresco y tonificante; tras el prolongado período de inactividad en la miserable posada llena de olores repugnantes, Marguerite hubiera disfrutado de los dulces aromas de aquella noche de otoño, y del lejano tronar melancólico de las olas, se hubiera deleitado con la tranquilidad y el silencio de aquel solitario paisaje, de la calma que sólo interrumpía de vez en cuando el grito estridente y lastimero de una gaviota lejana y el rechinar de las ruedas, carretera abajo; hubiera gozado de la tranquila atmósfera, de la sosegada inmensidad de la Naturaleza en aquella zona solitaria de la costa, pero su corazón rebosaba de crueles presentimientos, de un intenso dolor y una profunda nostalgia por un ser que era infinitamente importante para ella. Sus pies resbalaban en la hierba del borde de la carretera, pues le parecía más seguro no ir por el centro, y le costaba trabajo caminar a buen paso por la pendiente enfangada. También pensó que sería mejor no acercarse demasiado al carro; el silencio era tan profundo que el crujir de las ruedas le serviría de guía. La desolación era absoluta. Ya había dejado muy atrás las débiles luces de Calais, y en la carretera no se veía el menor rastro de habitación humana, ni siquiera una cabaña de pescador o de leñador; a la derecha, muy lejos, se extendía el borde de un acantilado, y más abajo, la accidentada playa, contra la que se estrellaba la marea creciente con su distante y continuo murmullo. Y delante de Marguerite, el crujir de las ruedas, que llevaba a su enemigo implacable camino de la victoria. Marguerite se preguntó en qué punto de la solitaria costa se encontraría Percy en aquellos momentos. Sin duda no podía andar muy lejos, pues le sacaba menos de un cuarto de hora de ventaja a Chauvelin. Pensó si sabría que en aquel trocito de Francia fresco y aromatizado por el océano acechaban muchos espías, todos ellos impacientes por avistar su alta silueta, por seguirle hasta donde le esperaban sus amigos, que no sospechaban nada, y por arrojar sobre él y sobre ellos una red mortal. Chauvelin, que avanzaba en el renqueante carro del judío, estaba absorto en pensamientos muy agradables. Se frotó las manos, satisfecho, al pensar en la tela de araña que había tejido, y de la que aquel inglés audaz y ubicuo no tenía la menor posibilidad de escapar. A medida que transcurría el tiempo, mientras el viejo judío le llevaba sin prisa pero sin pausa por la oscura carretera, se sentía más y más impaciente por el grandioso final de aquella excitante persecución del misterioso Pimpinela Escarlata. La captura del valeroso conspirador sería la hoja más destacada de la corona de gloria del ciudadano Chauvelin. Sorprendido con las manos en la masa, en el momento preciso en que ayudaba a unos traidores a la república de Francia, el inglés no podría pedir protección a su país. Además, Chauvelin estaba decidido a que cualquier intercesión llegara demasiado tarde. No sintió el menor escrúpulo ni un segundo, al pensar en la terrible situación en que había colocado a una esposa desgraciada que había traicionado involuntariamente a su marido. La verdad era que Chauvelin ni siquiera pensaba en ella: había sido un instrumento útil y nada más. La famélica jaca del judío apenas podía hacer algo más que caminar. Trotaba pesadamente, y el conductor tenía que pararla con frecuencia. —¿Falta mucho para Miquelon? —preguntaba Chauvelin de cuando en cuando. —Ya no está lejos, Excelencia —contestaba invariablemente el judío, muy tranquilo. —Todavía no nos hemos topado con tu amigo y el mío, tirados en mitad de la carretera, como tú decías —comentó Chauvelin sarcásticamente. —Paciencia, Excelencia —replicó el hijo de Moisés—. Van delante de nosotros. Distingo las huellas de las ruedas del carro que lleva ese traidor, ese hijo de Amalaquita. —¿Estás seguro de que no te has equivocado de carretera? —Tan seguro como de la presencia de esas diez monedas de oro en los bolsillos de su Excelencia, que confío en que acaben pasando a los míos. —No te quepa duda de que serán tuyas en cuanto le haya estrechado la mano a mi amigo el inglés. —¿Eh? ¿Qué ha sido eso? —exclamó el judío de repente. En medio del silencio, que hasta entonces había sido absoluto, se distinguía claramente el ruido de cascos de caballo sobre la enfangada carretera. —Son soldados —añadió medroso, en un susurro. —Espera un momento. Quiero comprobarlo — dijo Chauvelin. Marguerite también había oído el ruido de unos cascos al galope, que se aproximaban al carro y hacia ella. Prestó atención durante unos segundos a los ruidos circundantes, pensando que Desgas y su escuadrón pronto los alcanzarían, pero aquello procedía de la dirección contraria, probablemente de Miquelon. La oscuridad le proporcionaba suficiente protección. Se dio cuenta de que el carro se detenía, y con suma cautela, pisando sin ruido sobre la carretera reblandecida, se acercó un poco. El corazón le latía muy deprisa, y temblaba de pies a cabeza; ya había adivinado las noticias de que eran portadores aquellos jinetes: «Hay que vigilar a cualquier extranjero que pase por estas carreteras o por la playa, sobre todo si es muy alto o si va encorvado, para disimular su estatura; cuando se le descubra, que venga inmediatamente un mensajero a caballo a comunicármelo». Esas eran las órdenes de Chauvelin. ¿Habrían descubierto al extranjero alto, y sería aquél el mensajero a caballo portador de la gran noticia, que la liebre acosada al fin había metido la cabeza en el lazo corredizo? Al ver que el carro se había detenido, Marguerite se deslizó hacia él en la oscuridad, con cuidado, para situarse a la distancia conveniente para enterarse de las noticias que traía el mensajero. Oyó las palabras de la contraseña, pronunciadas apresuradamente: «Liberté, Fraternité, Ega1ité!», y, a continuación, la rápida pregunta de Chauvelin: —¿Qué novedades hay? Dos hombres a caballo se habían detenido junto al vehículo. Marguerite vio sus siluetas recortadas contra el cielo de medianoche. Oyó sus voces, y el bufido de sus caballos, y de pronto, detrás de ella, no muy lejos, las pisadas regulares y rítmicas de un grupo de soldados desfilando: Desgas y sus hombres. Se hizo un largo silencio, durante el cual Chauvelin debió demostrar su identidad a los soldados, pues al cabo de unos momentos se sucedió una serie de preguntas y respuestas: —¿Han visto al extranjero? —preguntó Chauvelin impacientemente. —No, ciudadano, no hemos visto a ningún extranjero de elevada estatura. Hemos venido siguiendo el borde del acantilado. —¿Y bien? —A menos de un cuarto de legua, pasado Miquelon, encontramos un edificio de madera muy burdo, que parecía una cabaña de pescador, para guardar redes y herramientas. Al principio, nos dio la impresión de que estaba vacía, y pensábamos que no tenía nada sospechoso hasta que vimos que salía humo por una abertura en un lateral. Desmonté y me acerqué a la casa sin hacer ruido. Estaba vacía, pero en un rincón había una hoguera de carbón, y un par de taburetes. Consulté a mis camaradas, y decidimos que ellos se ocultaran con los caballos, a una distancia que no pudieran verlos desde la cabaña, y que yo me quedara vigilando, y eso es lo que hice. —¡Muy bien! ¿Y vio algo? —Al cabo de media hora, oí unas voces, ciudadano, y a los pocos momentos aparecieron dos hombres en el borde del acantilado. Me pareció que venían de la carretera de Lille. Uno era joven, y el otro bastante viejo. Iban hablando en voz muy baja, y no pude oír lo que decían. Uno era joven, y el otro bastante viejo. El atribulado corazón de Marguerite casi dejó de latir al oír las palabras de aquel hombre: el joven, ¿sería Armand, su hermano? Y el viejo, ¿De Tournay? ¿Serían los dos fugitivos que, sin que ellos lo supieran, iban a servir de cebo para atrapar a su noble e intrépido salvador? —Los dos entraron en la cabaña —prosiguió el soldado, mientras Marguerite, con los nervios en tensión, creyó percibir la risa triunfal de Chauvelin—, y yo me acerqué un poco más. La casa tiene unas paredes muy delgadas, y me enteré de algunos retazos de la conversación que mantenían. —¡Vamos, deprisa! ¿Qué oyó? —El viejo preguntó al joven si estaba seguro de que estaban en el lugar convenido. «Sí, claro» contestó el joven; «estoy completamente seguro». Le enseñó a su compañero un papel que llevaba a la luz de la hoguera. «Este es el plan que me dio antes de que yo saliera de Londres», le dijo. «Nosotros debíamos seguir este plan al pie de la letra, a menos que recibiera órdenes contrarias, y no las he recibido. Mire, ésta es la carretera por la que hemos venido... Aquí está la bifurcación... Este es el atajo de la carretera de St. Martin... y éste es el sendero por el que hemos llegado al borde del acantilado». En ese momento debí hacer algún ruido, porque el joven fue hasta la puerta de la cabaña, y miró a su alrededor muy preocupado. Cuando volvió a reunirse con su compañero, hablaron en voz tan baja que no pude oírles. —¿Y qué pasó después? —preguntó Chauvelin, impaciente. —Los que patrullábamos por esa parte de la playa éramos seis en total. Entre todos decidimos que lo mejor sería que se quedaran cuatro para vigilar la cabaña, y que mi camarada y yo volviésemos aquí inmediatamente para comunicarle lo que habíamos visto. —¿Y no encontraron ni rastro del extranjero? —Ni rastro, ciudadano. —Si sus camaradas le vieran, ¿qué harían? —No perderle de vista ni un momento, y si diera muestras de querer huir, o si apareciese una barca, le rodearían, y, si fuera necesario, dispararían contra él, y al oír el ruido de los disparos, el resto de la patrulla iría rápidamente a la cabaña. Pero, en cualquier caso, no le dejarían escapar. —Sí, muy bien, pero no quiero que el extranjero resulte herido... todavía no —dijo Chauvelin con ferocidad—. Pero han cumplido ustedes con su deber. Quiera el destino que no sea demasiado tarde... —Ahora mismo acabamos de ver a seis hombres que llevan varias horas patrullando por esta carretera. —¿Y qué dicen? —Que tampoco han visto a ningún extranjero. —Sin embargo, tiene que ir delante de nosotros, en un carro o algo parecido... ¡Vamos! ¡No podemos perder ni un minuto! ¿A qué distancia está esa cabaña de aquí? —A unas dos leguas, ciudadano. —¿Podrá encontrarla otra vez... sin ninguna vacilación? —Sin duda alguna, ciudadano. —¿Por el sendero al borde del acantilado... y a pesar de la oscuridad? —No es una noche demasiado oscura, ciudadano, y sé que seré capaz de encontrar el camino perfectamente —repitió con firmeza el soldado. —Entonces, vámonos. Que su camarada lleve los caballos de los dos hasta Calais, porque no los van a necesitar. Camine junto al carro, y dígale al judío que continúe; después, cuando lleguen a un cuarto de legua del sendero, dígale que pare, y asegúrese de que coge el camino más directo. Mientras Chauvelin pronunciaba estas palabras, Desgas y sus hombres se aproximaban rápidamente, y Marguerite oyó sus pisadas a unos cien metros detrás de ella. Pensó que sería imprudente quedarse donde estaba, además de innecesario, pues ya había oído suficiente. Experimentaba la sensación de haber perdido toda capacidad de sufrimiento: le parecía como si su corazón, sus nervios y su cerebro se hubieran insensibilizado tras tantas horas de incesante angustia que habían culminado en una terrible desesperación. Pues ya no había la menor esperanza. A dos leguas escasas del lugar en que se encontraba, los fugitivos esperaban a su valiente libertador. Estaba en algún punto de aquella solitaria carretera, y al poco tiempo se reuniría con ellos; entonces se cerraría la trampa, hábilmente tendida, y dos docenas de hombres, al frente de otro cuyo odio era tan implacable como malvada su astucia, rodearían al pequeño grupo de fugitivos y a su audaz jefe. Los capturarían a todos. Como Chauvelin le había dado su palabra de honor, Armand quedaría libre, pero Percy, su marido, a quien Marguerite quería y adoraba cada vez más, caería en manos de su despiadado enemigo, que no albergaba ni un ápice de misericordia por un corazón valiente, ni el menor vestigio de admiración por un alma noble, y que únicamente mostraría un odio mortal a su astuto antagonista, que se había burlado de él tanto tiempo. Marguerite oyó al soldado dar unas breves indicaciones al judío, y a continuación se retiró rápidamente al borde de la carretera, y se agazapó bajo unos arbustos, al tiempo que Desgas y sus hombres se aproximaban. Todos siguieron al carro sin hacer ruido, caminando lentamente por la oscura carretera. Marguerite esperó hasta que calculó que no la oirían, y echó a andar silenciosamente en medio de la oscuridad, que parecía haberse intensificado repentinamente. XXVIII LA CABAÑA DEL PÉRE BLANCHARD Marguerite siguió caminando, como en sueños; la tela de araña iba estrechándose a cada momento sobre la vida del ser amado, que era lo más importante para ella. Su único objetivo consistía en volver a ver a su marido, decirle cuánto había sufrido, cómo se había equivocado, cuán poco le había comprendido. Había renunciado a la esperanza de salvarle: lo veía cercado por todas partes, y, desesperada, miró a su alrededor, en la oscuridad, preguntándose si finalmente caería en la trampa mortal que le había tendido su implacable enemigo. El distante bramido de las olas la hizo estremecer; de cuando en cuando, el tétrico grito de un búho o de una gaviota la llenaban de un horror inexpresable. Pensó en aquellas bestias voraces —con forma humana— que acechaban a su presa y la aniquilaban tan despiadadamente como un lobo hambriento para satisfacer su apetito de odio. Marguerite no tenía miedo a la oscuridad; sólo temía a aquel hombre que iba delante de ella, sentado en el fondo de un burdo carro de madera, deleitándose en unos pensamientos de venganza que hubieran hecho reír encantados a los mismísimos demonios del infierno. Tenía los pies doloridos. Le temblaban las rodillas, de puro cansancio corporal. Desde hacía días vivía en un auténtico torbellino de excitación; llevaba tres noches sin dormir como era debido; caminaba por una carretera resbaladiza desde hacía casi dos horas, y a pesar de todo, su resolución no había flaqueado ni un momento. Vería a su marido, se lo contaría todo, y, si estaba dispuesto a perdonar el delito que había cometido en su ciega ignorancia, tendría la dicha de morir a su lado. Debía caminar sumida casi en un trance, sostenida y guiada únicamente por el instinto, a la zaga del enemigo, cuando de repente sus oídos, armonizados con el más leve sonido por aquel instinto ciego, le dijeron que el carro se había parado y que los soldados habían hecho un alto. Habían llegado al punto de destino. Sin duda, no muy lejos, a la derecha, discurría el sendero que llevaba a los acantilados y a la cabaña. Sin importarle los riesgos, se aproximó silenciosamente al lugar en que se encontraba Chauvelin, rodeado por la pequeña tropa: había bajado del carro y estaba dando órdenes a los hombres. Marguerite quería oírlas: las pocas posibilidades que aún le quedaban de ser útil a Percy radicaban en oír todos y cada uno de los detalles de los planes de su enemigo. El punto en que se había detenido el grupo debía estar situado a unos ochocientos metros de la costa; el ruido del mar llegaba hasta allí muy débilmente. Chauvelin y Desgas, seguidos por los soldados, torcieron a la derecha de la carretera, seguramente para internarse en el sendero que llevaba al acantilado. El judío se quedó en la carretera, con el carro y la jaca. Con infinita cautela, literalmente arrastrándose sobre manos y rodillas, Marguerite también torció a la derecha. Para ello, tuvo que gatear entre los arbustos de ásperas ramas, intentando hacer el menor ruido posible al avanzar, desgarrándose las manos y la cara con las ramas secas, pendiente tan sólo de oír sin que la vieran ni la oyeran. Por suerte, como es habitual en esa zona de Francia, el sendero estaba flanqueado por un seto bajo y desigual, tras el cual había un arroyo seco, lleno de hierba áspera. Marguerite se refugió allí; nadie la vería, y podría intentar acercarse unos tres metros al lugar en que estaba Chauvelin, dando órdenes a los soldados. —Bueno, ¿dónde está la cabaña del Pére Blanchard? —dijo en voz baja e imperiosa. —A unos ochocientos metros de aquí, siguiendo el sendero— contestó el soldado que encabezaba el grupo desde hacía un rato—, y bajando después por el acantilado. —Muy bien. Llévenos hasta allí. Antes de empezar a descender el acantilado, acérquese a la cabaña, haciendo el menor ruido posible, y compruebe si están dentro esos traidores monárquicos. ¿Entendido? —Entendido, ciudadano. —Y ahora, escúchenme todos con mucha atención —prosiguió Chauvelin gravemente, dirigiéndose a los soldados que le rodeaban—, pues es posible que a partir de ahora no podamos intercambiar palabra. Recuerden cada sílaba que yo pronuncie, como si su vida dependiera de su memoria. Además, es probable que así sea — añadió secamente. —Le escuchamos, ciudadano —dijo Desgas—, y un soldado de la República jamás olvida una orden. —Ustedes, los que han llegado hasta la cabaña, intentarán asomarse a ella. Si ven a un inglés con esos traidores, un hombre mucho más alto de lo normal, o que está encorvado como para disimular su estatura, silben rápidamente para avisar a sus camaradas. Entonces, los demás — añadió, dirigiéndose una vez más a todos los soldados— rodearán rápidamente la cabaña y entrarán en ella, y cada uno de ustedes se encargará de apresar a uno de los hombres que estén dentro, sin darles tiempo a que cojan sus armas de fuego. Si alguno se resiste, dispárenle a los brazos o las piernas, pero no maten el inglés bajo ninguna circunstancia. ¿Han entendido? —Sí, ciudadano. —El hombre que tiene una estatura superior a la media seguramente tendrá también una fuerza superior a la media. Harán falta cuatro o cinco hombres para reducirlo. Chauvelin hizo una breve pausa, y continuó: —Si esos traidores monárquicos están solos todavía, cosa más que probable, avisen a los soldados que están esperando allí. Pónganse todos a cubierto tras las rocas que hay alrededor de la cabaña y esperen en completo silencio hasta que aparezca el inglés alto; ataquen la cabaña cuando se hayan asegurado de que él se encuentra dentro. Pero recuerden que deben ser tan cautelosos como lo es el lobo por la noche, cuando merodea junto a los corrales. No quisiera que esos monárquicos dieran la voz de alarma, y con que dispararan una pistola o dieran un grito sería suficiente para avisar a ese personaje tan alto de que se alejara del acantilado y de la cabaña, y —añadió con vehemencia—, es precisamente al inglés al que tienen ustedes la obligación de capturar esta noche. —Sus órdenes serán obedecidas sin reservas, ciudadano. —Bien. Empiecen a andar haciendo el menor ruido posible, y yo les seguiré. —¿Qué hacemos con el judío, ciudadano? — preguntó Desgas, mientras los soldados enfilaban el sendero silenciosamente, como sombras sigilosas. —¡Ah, sí! Me había olvidado de él —dijo Chauvelin, y volviéndose hacia el judío, lo llamó en tono imperioso. —¡Eh, tú... Aarón, Moisés, Abraham, o como demonios te llames! —le dijo al viejo, que se había quedado junto a su famélica jaca, lo más lejos posible de los soldados. —Benjamín Rosenbaum, para servirle, Excelencia —repuso humildemente. —No me gusta oír tu voz, pero sí me gusta darte ciertas órdenes, que, si eres un hombre prudente, más te valdrá obedecer. —Servidor de usted, Excelencia... —Cierra esa repulsiva boca. Vas a quedarte aquí, ¿me oyes?, con el carro y el caballo, hasta que nosotros volvamos. No se te ocurra, bajo ninguna circunstancia, hacer el menor ruido, ni siquiera respirar más fuerte de lo necesario. Y no abandones tu puesto por nada del mundo, hasta que yo te lo ordene. ¿Entendido? —Pero, Excelencia... —protestó el judío con voz lastimera. —No hay «peros» que valgan, y no discutas — dijo Chauvelin en un tono que hizo temblar al tímido anciano de pies a cabeza—. Si, cuando yo vuelva, no te encuentro aquí, te juro solemnemente que, por mucho que intentes escapar y esconderte, te encontraré, y que sobre ti recaerá un castigo espantoso, tarde o temprano. ¿Me has oído? —Pero, Excelencia... —He dicho que si me has oído. Todos los soldados se habían marchado, caminando sigilosamente, y los tres hombres estaban solos en la oscura y desolada carretera. Marguerite, oculta tras el seto, escuchaba las órdenes de Chauvelin como si fuera su sentencia de muerte. —Le he oído, Excelencia —contestó el judío, tratando de acercarse a Chauvelin—, y juro por Abraham, Isaac, y Jacob, que obedeceré a su Excelencia absolutamente en todo, y que no me moveré del sitio hasta que su Excelencia se digne iluminar con la luz de su semblante a su humilde siervo; pero recuerde, Excelencia, que soy un pobre viejo; mis nervios no son tan fuertes como los de un soldado joven. Si acertaran a pasar por esta desolada carretera unos merodeadores nocturnos, es posible que me pusiera a gritar o que echara a correr del susto, y sería mi vida lo que estaría en juego si cayera sobre mi cabeza un castigo terrible por algo que no puedo evitar. El judío parecía verdaderamente angustiado; temblaba de pies a cabeza. Saltaba a la vista que no se le podía dejar sólo en aquella carretera oscura. El pobre hombre estaba en lo cierto; cabía la posibilidad de que, involuntariamente, movido por el terror, diera un alarido que sirviera de aviso al escurridizo Pimpinela Escarlata. Chauvelin reflexionó unos instantes. —¿Crees que si dejamos aquí el carro y el caballo no les pasará nada? —le preguntó secamente. —A mi juicio —intervino Desgas— estarán más seguros sin ese judío sucio y cobarde que con él, ciudadano. No cabe duda de que, si se asusta, saldrá corriendo o se pondrá a chillar como un loco. —Pero, ¿qué puedo hacer con ese animal? —¿Y si le ordena que vuelva a Calais, ciudadano? —No, porque lo necesitaremos para que lleve a los heridos más tarde —replicó Chauvelin, con un gesto significativo. Volvió a hacerse el silencio. Desgas esperaba la decisión de su jefe, y el judío gemía junto a su jaca. —Bueno, viejo gandul y cobarde —dijo Chauvelin al fin—, será mejor que vengas detrás de nosotros. Tome, ciudadano Desgas, tápele la boca a ese tipo con este pañuelo. Chauvelin le tendió un pañuelo a Desgas, que se puso a atarlo alrededor de la boca del judío con aire solemne. Benjamín se dejó amordazar dócilmente; saltaba a la vista que prefería aquella molestia a que lo dejaran solo en la oscura carretera de St. Martin. A continuación, los tres hombres echaron a andar en fila. —¡Deprisa! —dijo Chauvelin, impaciente—. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Y al poco rato, las pisadas firmes de Chauvelin y Desgas y los pasos vacilantes del viejo judío se desvanecieron en el sendero. Marguerite no se había perdido ni una sola palabra de las órdenes de Chauvelin. Sus nervios estaban en tensión, con el objeto de comprender la situación en primer lugar y, a continuación, recurrir al ingenio que tantas veces había merecido el calificativo del más agudo de Europa, y que era lo único que podía resultarle útil en aquellos momentos. En verdad, la situación era desesperada; un minúsculo grupo de hombres desprevenidos esperaba tranquilamente la llegada de su salvador, igualmente ajeno a la trampa que les habían tendido. Parecía tan terrible aquella red, extendida formando un círculo en mitad de la noche, en una playa solitaria, en torno a un puñado de hombres indefensos, indefensos porque estaban desprevenidos; y uno de ellos era el esposo al que Marguerite idolatraba, y otro el hermano al que quería. Pensó vagamente quiénes serían los demás... que también esperaban a Pimpinela Escarlata, con la muerte acechándoles detrás de cada roca del acantilado. De momento Marguerite no podía hacer nada, salvo seguir a los soldados y a Chauvelin. Por temor a perderse no echó a correr para buscar aquella cabaña de madera y quizá llegar a tiempo de prevenir a los fugitivos y a su valiente libertador. Durante unos segundos le pasó por la cabeza la idea de emitir un agudo grito —lo que tanto temía Chauvelin— para avisar a Pimpinela Escarlata y sus amigos, con la descabellada esperanza de que lo oyeran y huyeran antes de que fuera demasiado tarde. Pero no sabía a qué distancia del borde del acantilado se encontraba; no sabía si sus gritos llegarían a oídos de los hombres condenados. Quizá fuera demasiado prematuro, y no tendría ocasión de hacer otra tentativa. La amordazarían, como al judío, y sería una prisionera impotente en manos de los hombres de Chauvelin. Como un fantasma, avanzó sigilosamente bajo el seto; se había quitado los zapatos y llevaba las medias desgarradas. No sentía ni cansancio ni dolor; la indomable voluntad de reunirse con su marido, a pesar del destino adverso y de un enemigo astuto, anulaban toda sensación de molestia corporal y agudizaban sus instintos. Sólo oía las pisadas rítmicas de los enemigos de Percy delante de ella; sólo veía, mentalmente, la cabaña de madera, y a él, a su marido, que caminaba ciegamente hacia su suerte. De repente, sus instintos, agudizados, le dijeron que se detuviera y se agazapara aún más a la sombra del seto. La luna, que había sido su aliada, manteniéndose oculta tras unas nubes, apareció en todo el esplendor de la noche otoñal, y a los pocos instantes inundó aquel paisaje misterioso y desolado como un torrente de brillante luz. Ante ella, a menos de doscientos metros, estaba el borde del acantilado, y debajo, extendiéndose hasta la feliz y libre Inglaterra, el mar, que se mecía lenta y apaciblemente. La mirada de Marguerite se posó unos instantes en las aguas brillantes, planteadas, y sintió que su corazón, insensibilizado por el dolor desde hacía tantas horas, se ablandaba y distendía, y que sus ojos se llenaban de lágrimas ardientes: a menos de cinco kilómetros, con las blancas velas desplegadas, estaba anclada una grácil goleta. Más que reconocerla, Marguerite adivinó su presencia. Era el Day Dream, el yate preferido de Percy, con Briggs, el rey de los capitanes, a bordo, y con toda su tripulación de marineros británicos. Sus velas blancas, que relucían a la luz de la luna, parecían querer transmitir a Marguerite un mensaje de alegría y esperanza, que ella temía que jamás se hiciera realidad. Esperaba mar adentro, esperaba a su dueño, como un hermoso pájaro blanco a punto de emprender el vuelo, y su dueño jamás llegaría hasta ella, jamás volvería a ver su lisa cubierta, jamás volvería a avistar los blancos acantilados de Inglaterra, la tierra de la libertad y la esperanza. La visión del yate pareció infundir a aquella pobre mujer angustiada la fuerza sobrehumana de la desesperación. Allí estaba el borde del acantilado y, un poco más abajo, la cabaña en que, dentro de pocos momentos, su marido encontraría la muerte. Pero había salido la luna; Marguerite la vio perfectamente; también vería la cabaña, a lo lejos, correría hasta ella, despertaría a sus ocupantes, les prevendría para que se preparasen a vender cara su vida, en lugar de dejarse atrapar como ratas en un agujero. Continuó avanzando a trompicones, tras el seto, pisando la hierba corta y gruesa de la zanja. Debió ir muy deprisa y adelantar a Chauvelin y Desgas, pues al cabo de poco tiempo llegó al borde del acantilado, y oyó sus pisadas claramente detrás de ella. Pero a sólo unos metros de distancia, ahora que la luna había salido por completo, su silueta debió recortarse nítidamente contra el fondo plateado del mar. Pero tan sólo unos momentos, pues en seguida se agazapó, como un animal asustado. Se asomó al borde del acantilado: el descenso resultaría bastante fácil, pues no era escarpado, y las enormes rocas le proporcionarían buenos asideros. De repente, mientras lo contemplaba, vio allá abajo, a la izquierda, un tosco edificio de madera por cuyas paredes se filtraba una lucecita roja, como un faro. Experimentó la sensación de que el corazón le dejaba de latir; la emoción y la alegría eran tan intensas que se asemejaban a un terrible dolor. No podía calcular a qué distancia se encontraba la cabaña, pero sin permitirse ni un segundo de vacilación empezó a bajar, arrastrándose de una roca a otra, sin preocuparse del enemigo que estaba detrás de ella, ni de los soldados, que sin duda se habrían escondido, pues aún no había aparecido el inglés. Siguió avanzando, olvidando a su mortal enemigo, que le pisaba los talones, corriendo, tropezando, con los pies destrozados, aturdida; pero a pesar de todo, siguió avanzando... Cuando, de pronto, la hacía caer una grieta, o una piedra, o una roca resbaladiza, se levantaba trabajosamente, y echaba a correr de nuevo, con la intención de avisar a los fugitivos, de rogarles que huyeran antes de que llegara Percy, y de decirle a su marido que se alejara, que se alejara del espantoso destino que le aguardaba. Pero súbitamente se dio cuenta de que unos pasos más rápidos que los suyos la seguían de cerca, y a los pocos instantes, una mano la agarró por la falda, y volvió a caer de rodillas, mientras le rodeaban la boca con algo para impedir que soltara un grito. Aturdida, furiosa por la amargada decepción, miró a su alrededor, impotente, y, agachado junto a ella, vio entre la niebla que parecía rodearla dos ojos malvados y penetrantes, que a su cerebro excitado se le antojaron dotados de una luz verdosa, extraña y sobrenatural. Estaba tendida a la sombra de una gran roca; Chauvelin no podía distinguir sus rasgos, pero le pasó los dedos largos y blancos por la cara. —¡Una mujer! —susurró—. ¡Por todos los santos del cielo! Desde luego, no podemos soltarla —murmuró para sus adentros—. Me gustaría saber quién... Se calló bruscamente, y tras unos segundos de silencio absoluto, emitió una risita larga y extraña, mientras Marguerite volvía a sentir, con un estremecimiento de horror, los delgados dedos del hombre deslizándose por su rostro. —¡No es posible! ¡Pero qué sorpresa tan agradable! —susurró, con falsa galantería, y Marguerite notó que Chauvelin llevaba su mano, que no podía oponer resistencia, a los finos y burlones labios. La situación hubiera resultado realmente grotesca de no haber sido porque al mismo tiempo era terriblemente trágica: la pobre mujer, angustiada, destrozada, furiosa por la amarga decepción que había sufrido, recibiendo de rodillas las banales galanterías de su mortal enemigo. A punto de desvanecerse, medio asfixiada por la mordaza, no tenía fuerzas ni para moverse ni para gritar. Era como si la excitación que había mantenido hasta entonces su delicado cuerpo hubiera cesado repentinamente, como si la sensación de absoluta desesperación hubiera paralizado por completo su cerebro y sus nervios. Chauvelin debió dar ciertas órdenes, que Marguerite no pudo oír por estar demasiado aturdida, pues notó que la levantaban del suelo; apretaron aún más la mordaza, y unos fuertes brazos la llevaron hacia la lucecita roja, que para ella había sido como un faro y el último destello de esperanza. XXIX ATRAPADOS Marguerite no sabía cuánto tiempo la llevaron de aquella forma: había perdido la noción del tiempo y del espacio, y durante unos segundos, la Naturaleza, misericordiosa, la privó de consciencia. Cuando volvió a caer en la cuenta de la situación en que se encontraba, comprobó que estaba tumbada sobre una chaqueta de hombre, no demasiado incómoda, con la cabeza apoyada en una roca. La luna había vuelto a ocultarse tras unas nubes, y, en comparación, la oscuridad parecía más intensa. El mar bramaba a sus pies, a unos veinte metros, y al mirar a su alrededor no vio el menor vestigio de la lucecita roja. Comprendió que el viaje había tocado a su fin al oír muy cerca el murmullo de una sucesión de preguntas y respuestas. —Hay cuatro hombres en la cabaña, ciudadano. Están sentados junto al fuego, y parecen muy tranquilos. —¿Qué hora es? —Casi las dos. —¿Y la goleta? —Sin duda es inglesa, y está anclada a unos tres kilómetros mar adentro. Pero no se ve el bote. —¿Se han escondido los hombres? —Sí, ciudadano. —¿No cometerán ninguna estupidez? —No se moverán hasta que aparezca el inglés. Entonces rodearán a los cinco hombres y los reducirán. —Muy bien. ¿Y la señora? —Me da la impresión de que sigue aturdida. Está a su lado, ciudadano. —¿Y el judío? —Está amordazado y con las piernas atadas. No puede moverse ni gritar. —Bien. Tenga el fusil preparado, por si lo necesita. Acérquese a la cabaña. Yo me ocuparé de la señora. Desgas debió obedecer inmediatamente, pues Marguerite lo oyó alejarse por la pendiente rocosa; después notó unas manos cálidas, delgadas, como garras, que le cogían las suyas férreamente. —Antes de que le quitemos ese pañuelo de su bonita boca, creo conveniente decirle unas cuantas palabras de aviso, mi hermosa dama —le susurró Chauvelin al oído—. No puedo adivinar a qué debo el honor de que me haya seguido tan encantadora persona hasta este lado del canal, pero, o mucho me equivoco, o el objetivo de sus atenciones no halagaría mi vanidad, y, además, creo que tampoco me equivoco al suponer que el primer sonido que emitirán sus hermosos labios en cuanto le quite esta cruel mordaza servirá sin duda para poner sobre aviso a ese astuto zorro al que me he tomado la molestia de seguir hasta su madriguera. Guardó silencio unos instantes, aferrando con más fuerza la muñeca de Marguerite; después prosiguió, en el mismo tono susurrante: —Si tampoco me equivoco en esta ocasión, en esa cabaña está esperando su hermano, Armand St. Just, con el traidor de De Tournay y otros dos hombres a los que no conozco, a que llegue su misterioso salvador, cuya identidad confunde desde hace tiempo a nuestro Comité de Salud Pública, el audaz Pimpinela Escarlata. No cabe duda de que si usted grita, si se produce un forcejeo o si se hacen disparos, es más que probable que las mismas piernas que han traído hasta aquí a ese enigma escarlata lo lleven con la misma celeridad a un lugar en que esté a salvo. En ese caso, el objetivo por el que he recorrido tantos kilómetros no se habrá cumplido. Por otra parte, sólo de usted depende que su hermano, Armand, quede libre y pueda irse con usted a Inglaterra esta misma noche, si ése es su deseo, o a cualquier otro lugar igualmente seguro. Marguerite no podía emitir ningún ruido, pues el pañuelo estaba atado muy fuertemente alrededor de su boca, pero Chauvelin la miraba fijamente a la cara, perforando la oscuridad; y la mano de la mujer debió responder a su última sugerencia, pues enseguida prosiguió: —Lo que quiero que haga para ganarse la salvación de Armand es muy sencillo, querida señora. «¿De qué se trata?», pareció contestarle la mano de Marguerite, —Quedarse inmóvil aquí mismo, sin hacer el menor ruido, hasta que yo le dé permiso para hablar. Ah, pero estoy casi seguro de que me obedecerá —añadió, con aquella extraña risita suya—, porque, permítame decirle que si grita, aún más, si hace el menor ruido, o intenta moverse de aquí, mis hombres —hay treinta apostados por los alrededores— apresarán a St. Just, De Tournay y sus dos amigos, y los mataránaquí mismo, por orden mía, delante de mis ojos. Marguerite escuchó las palabras de su implacable enemigo con terror creciente. Paralizada por el dolor físico, le quedaba suficiente vitalidad mental para comprender todo el horror de aquel espantoso «O eso o... » que Chauvelin le proponía una vez más; una disyuntiva mil veces más espantosa que la que le había propuesto aquella noche fatídica en el baile. En esta ocasión significaba que tenía que quedarse inmóvil y dejar que el marido al que adoraba se dirigiese inconscientemente hacia la muerte, o que, si intentaba prevenirle, algo que quizá resultaría inútil, equivaldría a la muerte de su hermano y de otros tres hombres desprevenidos. No veía a Chauvelin, pero casi podía sentir aquellos ojos pálidos y penetrantes clavados con expresión de maldad en su cuerpo impotente, y las palabras que pronunció apresuradamente, en un susurro, sonaron en sus oídos como el anuncio de la muerte de su última esperanza. —Vamos, señora —dijo Chauvelin cortésmente—, a usted sólo puede interesarle St. Just, y lo único que tiene que hacer para salvarle es quedarse donde está y guardar silencio. Mis hombres tienen órdenes muy precisas de no herirle. Con respecto a ese enigmático Pimpinela Escarlata, ¿qué significa para usted? Créame, aunque usted le avisara, no conseguiría nada. Y ahora, querida señora, deje que le quite esta molesta coacción que le hemos colocado en su hermosa boca. Como puede ver, deseo que tenga usted completa libertad para tomar una decisión. Los pensamientos de Marguerite bullían en un torbellino; le dolían las sienes, tenía los nervios paralizados, el cuerpo entumecido de dolor, y la oscuridad la rodeaba como con un manto. Desde donde se encontraba no veía el mar, pero oía el incesante murmullo lóbrego de la marea creciente, que le llevaba sus esperanzas muertas, su amor perdido, el marido al que había delatado y condenado a muerte. Chauvelin le quitó la mordaza de la boca. Marguerite no gritó: en aquel momento no tenía fuerzas para hacer nada; sólo para reponerse y obligarse a pensar. ¡Sí, pensar, pensar qué debía hacer! Los minutos pasaban; en aquel espantoso silencio no podía saber si deprisa o despacio; no oía nada, no veía nada; no sentía el aire otoñal, aromatizado por el penetrante olor del mar, ya no oía el murmullo de las olas, ni el tabletear de las piedrecillas al rodar por una cuesta. La situación se le antojaba cada vez más irreal. Era imposible que ella, Marguerite Blakeney, la reina de la alta sociedad londinense, estuviera en aquella costa desolada, en mitad de la noche, junto a su enemigo más implacable; y no era posible que en algún lugar, acaso a pocos metros de distancia, de donde ella se encontraba, el hombre que había despreciado, pero que, a cada momento que transcurría en aquella vida extraña, como de ensueño, cobraba mayor importancia... no era posible que aquel hombre caminara inconscientemente al encuentro de su destino sin que ella pudiera hacer nada por salvarlo. ¿Por qué no se decidía a avisarle, dando unos chillidos que resonaran desde un extremo a otro de la playa solitaria, para que desistiera de su empeño y volviera sobre sus pasos, pues la muerte lo acechaba a cada paso que daba? Los gritos subieron a su garganta en una o dos ocasiones, como instintivamente; pero enseguida se presentaba ante sus ojos la fatídica alternativa: su hermano y los otros tres hombres morirían delante de sus ojos, y ella sería su asesina. ¡Ah! ¡Qué bien conocía la naturaleza femenina aquel demonio con forma humana que estaba a su lado! Había manejado sus sentimientos con la misma habilidad que un músico su instrumento. Había medido cada uno de sus pensamientos a la perfección. Marguerite no podía dar la señal, porque era débil, y porque era una mujer. ¿Cómo podría ordenar deliberadamente que disparasen contra Armand delante de sus propios ojos, que la amada sangre de su hermano cayera sobre su cabeza? Armand tal vez moriría con una maldición en los labios. ¡Y también el padre de la pequeña Suzanne, un anciano! ¡Y los demás! Era demasiado espantoso. Esperar, esperar... ¿cuánto tiempo? La madrugada transcurría velozmente, pero aún no había amanecido; el mar seguía con su incesante y lóbrego murmullo; la brisa otoñal suspiraba dulcemente en la noche; la playa solitaria estaba en silencio, como una tumba. De repente, se oyó una voz fuerte y alegre que, no muy lejos, cantaba «God Save the King!». XXX LA GOLETA El atribulado corazón de Marguerite cesó de latir. Más que verlos, sintió a los hombres que vigilaban preparándose para el ataque. Sus sentidos le dijeron que todos ellos, agazapados y espada en mano, se disponían a saltar. La voz se oía cada vez más próxima; en la desolada inmensidad de los acantilados, con el potente murmullo del mar abajo, era imposible saber si el alegre cantante, que pedía a Dios en su canción que salvara al rey, mientras que él se encontraba en peligro de muerte, estaba lejos o cerca, y mucho menos por dónde venía. Débil al principio, poco a poco se hizo más fuerte; de vez en cuando, una piedrecilla se desprendía bajo las firmes pisadas del cantante, y bajaba rodando por el precipicio rocoso, hasta caer en la playa. Al oír la voz, Marguerite sintió que la vida se le escapaba, como si cuando aquel hombre se acercara, cuando quedara atrapado... Oyó claramente el chasquido del rifle de Desgas a su lado... ¡No, no, no! ¡Dios de los cielos, no puede ocurrir! ¡Que la sangre de Armand se derramara sobre su cabeza! ¡Que la acusaran de ser su asesina! ¡Que el hombre al que amaba la detestara y despreciara por ello, pero, Dios, sálvalo a cualquier precio! Dando un grito agudo, se levantó de un salto, y rodeó la roca junto a la que se había refugiado: vio la lucecita roja filtrándose por las rendijas de la cabaña; corrió hacia ella, se abalanzó sobre sus paredes de madera, y se puso a golpearlas con los puños cerrados, frenéticamente, al tiempo que gritaba: —¡Armand, Armand! ¡Sal de ahí, por lo que más quieras! ¡Tu jefe está cerca! ¡Lo han delatado! ¡Armand! ¡Armand, huye, en el nombre del cielo! Alguien la agarró y la tiró al suelo. Se quedó allí gimiendo, magullada, sin importarle nada, sollozando y gritando: —¡Percy, esposo mío, huye, por el amor de Dios! ¡Armand, Armand! ¿Por qué no escapas? —Que alguien haga callar a esa mujer —siseó Chauvelin, que apenas pudo refrenar el impulso de golpearla. Le arrojaron algo sobre la cara; no podía respirar, y tuvo que guardar silencio forzosamente. También el atrevido cantante guardaba silencio, sin duda prevenido del peligro inminente por los frenéticos gritos de Marguerite. Los soldados se habían puesto de pie; su silencio ya no era necesario: los lastimeros gritos de la pobre mujer resonaban por todo el acantilado. Chauvelin, mascullando un juramento, que no presagiaba nada bueno para la que se había atrevido a desbaratar sus planes más acariciados, se apresuró a ordenar: —¡Al ataque, soldados, y que nadie escape vivo de esa cabaña! La luna había vuelto a aparecer entre las nubes; se había desvanecido la oscuridad del acantilado, dando paso una vez más a una luz brillante y plateada. Varios soldados se precipitaron hacia la burda puerta de madera de la cabaña, y uno de ellos se quedó vigilando a Marguerite. La puerta estaba a medio abrir; uno de los soldados la empujó, pero adentro todo era oscuridad, y la hoguera de carbón sólo iluminaba un rincón de la habitación con una tenue luz rojiza. Los soldados se detuvieron automáticamente en el umbral, como máquinas, a la espera de recibir órdenes. Chauvelin, que estaba preparado para un violento ataque desde el interior de la casa y para una fuerte resistencia por parte de los cuatro fugitivos bajo el amparo de la oscuridad, se quedó paralizado de asombro al ver a los soldados inmóviles, como si montaran guardia, y comprobar que no se oía ni un solo ruido en la cabaña. Lleno de extraños y angustiosos presentimientos, también él fue hasta la puerta, y tratando de perforar la negrura con los ojos, preguntó rápidamente: —¿Qué significa esto? —Creo que ya no hay nadie, ciudadano — replicó uno de los soldados, imperturbable. —¿No habrán dejado ir a esos cuatro hombres? —tronó Chauvelin en tono amenazador—. ¡Les ordené que no dejaran escapar a nadie con vida! ¡Deprisa, síganlos! ¡Vamos, en todas direcciones! Los soldados, obedientes como máquinas, se precipitaron hacia la playa por la pendiente rocosa; unos fueron a derecha e izquierda, a la mayor velocidad que les permitían sus piernas. —Usted y sus hombres pagarán con la vida por esta estupidez, ciudadano sargento —le dijo Chauvelin con crueldad al sargento que se encontraba al mando—. Y usted también, ciudadano —añadió, volviéndose con un gruñido hacia Desgas—. Por haber desobedecido mis órdenes. —Usted nos ordenó que esperásemos hasta que llegara el inglés alto y se reuniera con los cuatro hombres que había en la cabaña. No ha llegado nadie, ciudadano —replicó el sargento con resentimiento. —Pero hace un momento, cuando la mujer se puso a gritar, les ordené que entraran en la casa y no dejaran escapar a nadie. —Pero ciudadano, creo que los cuatro hombres que estaban ahí dentro hacía ya un rato que se habían marchado... —¿Cómo que lo cree? ¿Cómo que... ? —dijo Chauvelin, casi sofocado por la ira—. Y los dejó escapar... —Nos ordenó que esperásemos, ciudadano —protestó el sargento—, y que obedeciéramos sus órdenes al pie de la letra, bajo pena de muerte. Y nosotros hemos esperado. —Yo oí a los hombres salir de la cabaña, pocos minutos después de que nos escondiéramos, y mucho antes de que la mujer gritara —añadió, pues Chauvelin parecía haberse quedado sin habla de pura rabia. —¡Escuchen! —dijo Desgas bruscamente. A lo lejos se oyó el ruido de repetidos disparos. Chauvelin intentó escudriñar la playa, que se extendía a sus pies, pero dio la casualidad de que la caprichosa luna ocultó su luz tras unas nubes, y no pudo ver nada. —Uno de ustedes, que entre en la cabaña y encienda una luz —logró tartamudear al fin. El sargento obedeció, impasible; fue hasta la hoguera y encendió la pequeña linterna que llevaba en el cinturón. No cabía duda de que la cabaña estaba completamente vacía. —¿Por dónde se fueron? —preguntó Chauvelin. —No sabría decirle, ciudadano —contestó el sargento—. Primero bajaron por el acantilado, y después desaparecieron detrás de unas rocas. —¡Silencio! ¿Qué ha sido eso? Los tres hombres prestaron oídos. A lo lejos, muy a lo lejos, se oía resonar débilmente, casi desvaneciéndose en la noche, el rápido chapoteo de media docena de remos. Chauvelin sacó su pañuelo y se enjugó el sudor de la frente. —¡El bote de la goleta! —acertó a decir con voz entrecortada. Sin duda, Armand St. Just y sus tres compañeros habían logrado deslizarse por el acantilado, mientras los hombres, como auténticos soldados del bien adiestrado ejército republicano, obedecían ciegamente y sin reservas, temerosos de sus vidas, las órdenes de Chauvelin: esperar a que llegara el inglés alto, que era la presa importante. Seguramente habían llegado a una de las calas que se adentraban en el mar; el bote del Day Dream debía estar esperándoles allí, y ya se encontrarían a salvo a bordo de la goleta británica. Como para confirmar esta suposición, se oyó el estruendo apagado de un cañón mar adentro. —La goleta, ciudadano —dijo Desgas en voz baja—. Ha zarpado. Chauvelin tuvo que hacer acopio de toda su presencia de ánimo y autocontrol para no entregarse a un ataque de rabia, tan inútil como indigno. No cabía duda de que aquella maldita cabeza británica le había burlado una vez más. Chauvelin no podía concebir cómo había logrado llegar hasta la cabaña sin que le viera ninguno de los treinta soldados que vigilaban el lugar. Naturalmente, estaba muy claro que lo había hecho antes de que los treinta hombres ocuparan el acantilado, pero no encontraba explicación al hecho de que hubiera venido desde Calais en el carro de Rubén Goldstein sin que lo descubriera ninguna de las patrullas. Parecía como si un hado todopoderoso protegiese al audaz Pimpinela Escarlata, y su astuto enemigo experimentó un estremecimiento casi de superstición al mirar los imponentes acantilados y la desolada playa. Pero todo aquello era real, y estaban en el año de gracia de 1792: no existían ni las brujas ni las hadas. Chauvelin y sus treinta hombres habían escuchado con sus propios oídos—aquella maldita voz cantando «God Save the King!», veinte minutos después de haber rodeado la cabaña; debió ser entonces cuando los cuatro fugitivos llegaron a la cala y subieron al bote, y la cala más próxima se encontraba a casi dos kilómetros de la cabaña. ¿Dónde se habría metido aquel osado inglés? A menos que mismísimo Satán le hubiera dado alas, no podía haber recorrido aquella distancia por un acantilado rocoso en el plazo de dos minutos; y sólo habían transcurrido dos minutos entre el momento en que se oyó su canción y el momento en que se oyeron los remos del bote chapoteando mar adentro. Él debió quedarse atrás, y esconderse en los acantilados; como las patrullas seguían vigilando, no cabía duda de que lo encontrarían tarde o temprano. Chauvelin volvió a sentirse esperanzado. Dos soldados que habían echado a correr tras los fugitivos, ascendían trabajosamente por el acantilado; uno de ellos llegó junto a Chauvelin en el mismo instante en que el corazón del astuto diplomático empezaba a albergar aquella esperanza. —Es demasiado tarde, ciudadano —dijo el soldado—. Llegamos a la playa justo antes de que la luna se ocultara entre unas nubes. Sin duda, el bote estaba vigilando junto a la primera cala, a un kilómetro y medio más o menos, pero cuando nosotros llegamos a la playa ya se había marchado hacía bastante tiempo y se había internado en alta mar. Disparamos, pero, naturalmente, no sirvió de nada. Se dirigió hacia la goleta a toda velocidad. Lo vimos con toda claridad a la luz de la luna. —Sí —replicó Chauvelin con impaciencia—. Había zarpado hacía ya rato, y la cala más próxima se encuentra a un kilómetro y medio, ¿no es eso? —¡Sí, ciudadano! Yo eché a correr hacia la playa, aunque me imaginaba que el bote habría estado esperando cerca de la cala, pues la marea llegaría allí antes. Debió zarpar unos minutos antes de que la mujer empezara a gritar. ¡Unos minutos antes de que la mujer empezara a gritar! Entonces, las esperanzas de Chauvelin no eran vanas. Seguramente, Pimpinela Escarlata había intentado enviar a los fugitivos en el bote, pero a él no le había dado tiempo a llegar a la goleta; tenía que seguir en tierra, y todas las carreteras estaban vigiladas. Aún no se había perdido todo mientras aquel británico desvergonzado continuase en suelo francés. —¡Traigan una luz! —ordenó, entrando de nuevo en la cabaña. El sargento le llevó su linterna, y los dos hombres examinaron el interior de la casa: con una rápida mirada, Chauvelin observó lo que contenía: una caldera bajo una abertura de la pared, con los últimos rescoldos del fuego de carbón, un par de taburetes caídos, como si los hubieran derribado al huir precipitadamente, herramientas y redes de pescar en un rincón, y, junto a éstas, un objeto pequeño y blanco. —Coja eso —le dijo Chauvelin al sargento, señalando el objeto blanco—, y démelo. Era un trozo de papel arrugado, que los fugitivos debían haber olvidado con las prisas al escapar. El sargento, muy asustado por la rabia y la impaciencia del ciudadano Chauvelin, cogió un papel y se lo entregó respetuosamente a su jefe. —Léalo, sargento —dijo éste secamente. —Es casi ilegible, ciudadano... Está garrapateado de mala manera... El sargento, a la luz de la linterna, se puso a descifrar las palabras precipitadamente garabateadas: «No puedo reunirme con ustedes sin poner sus vidas en peligro y arriesgar el éxito de la operación de rescate. Cuando reciban esta nota, esperen dos minutos; después, salgan de la cabaña sin hacer ruido, uno a uno, tuerzan a la izquierda y bajen por el acantilado con precaución. Sigan a la izquierda hasta llegar a la primera roca que se interna en el mar —detrás de ella, en la cala, hay un bote esperándoles—. Den un silbido agudo, y se acercará. Suban a él y mis hombres les llevarán a la goleta, y a la seguridad de Inglaterra. Una vez a bordo del Day Dream, envíen el bote para que me recoja a mí. Digan a mis hombres que estaré en la cala que se extiende frente al Chat Gris, junto a Calais. Ellos la conocen. Llegaré allí lo antes posible. Que me esperen a una distancia prudencial, mar adentro, hasta que oigan la señal de costumbre. No se retrasen, y obedezcan estas instrucciones al pie de la letra. » —Después hay una firma, ciudadano —añadió el sargento, al tiempo que le devolvía el papel a Chauvelin. Pero el diplomático no esperó ni un instante más. Una frase de aquella nota decisiva le había llamado la atención: «Estaré en la cala que se extiende frente al Chat Gris, junto a Calais». Aquella frase podía representar la victoria para él. —¿Quién de ustedes conoce bien la costa? — gritó a sus hombres, que uno a uno habían ido regresando de su infructuosa búsqueda y estaban reunidos de nuevo alrededor de la cabaña. —Yo, ciudadano —contestó uno de ellos—. Nací en Calais, y conozco estos acantilados palmo a palmo. —¿Hay una cala justo enfrente del Chat Gris? —Sí, ciudadano. La conozco muy bien. —El inglés tiene la intención de ir allí. Como no conoce bien esta zona, es posible que vaya por el camino más largo, y, de todos modos, obrará con mucha cautela por temor a que le descubran las patrullas. Aún nos queda una posibilidad de apresarlo. Recompensaré con mil francos a los hombres que lleguen a esa cala antes que ese inglés zanquilargo. —Yo conozco un atajo por los acantilados — dijo el soldado, y, dando un grito de entusiasmo, echó a correr, seguido de cerca por sus camaradas. Al cabo de unos minutos, sus pisadas se desvanecieron en la distancia. Chauvelin se quedó escuchándolas unos instantes; la promesa de la recompensa espoleaba a los soldados de la República. En su rostro volvió a aparecer la expresión de odio y triunfo anticipado. A su lado, Desgas permanecía mudo e impasible, esperando a recibir órdenes, mientras que dos soldados estaban arrodillados junto a la postrada Marguerite. Chauvelin dirigió a su secretario una mirada cruel. Sus planes, tan bien trazados, habían fracasado, y los resultados eran problemáticos. Aún existían grandes posibilidades de que Pimpinela Escarlata escapase, y Chauvelin, con esa furia irracional que a veces acomete a los caracteres fuertes, estaba deseando dar rienda suelta a su rabia y pagarla con alguien. Los soldados tenían a Marguerite sujeta y pegada al suelo, aunque la pobrecilla no se debatía. Al final, el agotamiento la había vencido, y yacía sin sentido: los ojos rodeados de profundos círculos enrojecidos, testimonio de las largas noches de insomnio, el pelo enredado y húmedo alrededor de la frente, los labios entreabiertos, curvados, testimonio del dolor físico. La mujer más inteligente de Europa, la elegante lady Blakeney, que había fascinado a la alta sociedad londinense con su belleza, su ingenio y sus extravagancias, presentaba un cuadro patético de femineidad doliente que hubiera despertado la compasión de cualquiera, pero no la de su rencoroso y burlado enemigo. —No tiene sentido vigilar a una mujer que está medio muerta —dijo Chauvelin despectivamente a sus soldados—, cuando han dejado escapar a cinco hombres que estaban vivitos y coleando. Los soldados se pusieron de pie, obedientes. —Será mejor que intenten encontrar ese sendero y el carro desvencijado que dejamos en la carretera. De repente se le ocurrió una brillante idea. —¡A propósito! ¿Dónde está el judío? —Aquí al lado, ciudadano —contestó Desgas—. Le amordacé y le até las piernas, como usted me ordenó. A los oídos de Chauvelin llegó un gemido lastimero procedente de las inmediaciones del lugar en que se encontraba. Siguió a su secretario, que se dirigía al otro lado de la cabaña, donde, hecho un ovillo, con las piernas fuertemente atadas y una mordaza en la boca, estaba el desgraciado descendiente de Israel. A la luz planteada de la luna, la cara del judío tenía un tinte cadavérico, de puro terror; tenía los ojos desorbitados, casi vidriosos, y le temblaba todo el cuerpo, y por sus labios descoloridos escapaba un lamento lastimero. La cuerda que le habían atado alrededor de los hombros y los brazos se había aflojado, pues se le había enredado alrededor del cuerpo, pero no parecía haberse dado cuenta de esta circunstancia, ya que no había hecho la menor tentativa de moverse del sitio en que le había dejado Desgas: como un pollo aterrorizado que contempla una línea de tiza blanca trazada en una mesa o una cuerda que paraliza sus movimientos. —Traigan aquí a ese cerdo cobarde —ordenó Chauvelin. Se sentía extraordinariamente cruel, y como no tenía ningún motivo razonable para descargar su mal humor sobre los soldados, que se habían limitado a obedecer sus órdenes puntualmente, pensó que aquel hijo de la odiada raza podía ser una cabeza de turco excelente. Con un desprecio sin disimulo, miró al aterrorizado judío, que seguía gimiendo y lamentándose, pero no se acercó a él, y dijo con mordaz sarcasmo, cuando los dos soldados le presentaron al pobre viejo a la luz de la luna: —Supongo que, siendo judío, tendrás buena memoria para los tratos, ¿no? ¡Contesta! — añadió, al ver que el judío, temblando de pies a cabeza, parecía demasiado asustado para hablar. —Sí, Excelencia —tartamudeó el pobre desgraciado. —Entonces, recordarás el que hicimos tú y yo en Calais cuando te comprometiste a alcanzar a Rubén Goldstein, su jaca, y mi amigo el extranjero, ¿verdad? —Pe... pe... pero... Excelencia... —¿No recuerdas que dije que no hay «peros» que valgan? —Sí... sí... Excelencia... —¿Cuál era el trato? Se hizo un silencio absoluto. El pobre hombre miró hacia los grandes acantilados, a la luna, los rostros impávidos de los soldados, incluso a la mujer postrada e inmóvil que estaba allí cerca, pero no respondió. —¿Es que no piensas hablar? —dijo Chauvelin en tono amenazador. El pobre desgraciado lo intentó, pero saltaba a la vista que era incapaz. Sin embargo, no cabía duda de que sabía lo que le esperaba a manos del severo hombre que tenía ante él. —Excelencia... —se atrevió a decir, implorante. —Como parece que el miedo te ha paralizado la lengua —dijo Chauvelin sarcásticamente—, tendré que refrescarte la memoria. Llegamos al acuerdo de que si alcanzábamos a mi amigo, el inglés alto, antes de que llegara a la cabaña, te daría diez monedas de oro. De los labios temblorosos del judío escapó un leve gemido. —Pero —continuó Chauvelin, poniendo énfasis en sus palabras—, si no cumplías tu promesa, te daría una buena tunda, para enseñarte a no decir mentiras. —No le engañé, Excelencia; le juro por Abraham... —Sí, y por todos los demás patriarcas. Por desgracia, según tu religión, creo que siguen aún en el Hades, y no te servirán de gran ayuda en tus actuales dificultades. Tú no has cumplido tu parte del trato, pero yo tengo la intención de cumplir la mía. Vamos, dénle una buena paliza a este maldito judío con la hebilla de sus cinturones —añadió, dirigiéndose a los soldados. Mientras los soldados se desabrochaban obedientemente los gruesos cinturones de cuero, el judío soltó un chillido que hubiera bastado para hacer salir a todos los patriarcas del Hades y de cualquier otro sitio para defender a su descendiente de la brutalidad de aquel funcionario francés. —Supongo que puedo confiar en ustedes, ciudadanos soldados —dijo Chauvelin riendo maliciosamente— para que le den a este viejo embustero la paliza más grande de su vida. Pero no le maten —añadió secamente. —Le obedeceremos, ciudadano —replicaron los soldados, imperturbables como siempre. Chauvelin no esperó a ver cómo llevaban a cabo sus órdenes; sabía que podía confiar en que los soldados —que aún estaban escocidos por su reprimenda— no se andarían con chiquitas si les dejaba las manos libres para apalear a un tercero. —Cuando ese cobarde haya recibido su merecido —le dijo a Desgas—, que los hombres nos guíen hasta el carro y que uno de ellos lo conduzca hasta Calais. El judío y la mujer se cuidarán mutuamente —añadió en tono brutal— hasta que podamos enviar a alguien a recogerlos mañana por la mañana. No podrán llegar muy lejos en su estado, y ahora no tenemos tiempo para ocuparnos de ellos. Chauvelin aún no había abandonado toda esperanza. Sabía que a sus hombres les espoleaba el aliciente de la recompensa. No existían demasiadas posibilidades racionales de que el enigmático y audaz Pimpinela Escarlata, solo y con treinta hombres tras de él, escapara por segunda vez. Pero ya no se sentía tan seguro: la audacia del inglés le había vencido, y la estupidez y cerrazón de los soldados, y la intromisión de una mujer le habían hecho perder los ases del triunfo cuando ya los tenía en la mano. Si Marguerite no hubiera intervenido, si los soldados hubieran demostrado una pizca de inteligencia, si... era una larga serie de «síes», y Chauvelin se quedó inmóvil unos segundos, incluyendo a treinta y tantas personas en una larga y aplastante maldición. La Naturaleza, poética, silenciosa, apacible, la brillante luna, el mar plateado, en calma, parecían expresar belleza y tranquilidad, pero Chauvelin maldijo a la Naturaleza, a los hombres y mujeres, y, sobre todo, maldijo a todos los enigmas británicos entrometidos y zanquilargos, y fue la suya una maldición gigantesca. Los aullidos del judío, que sufría el castigo sobre sus espaldas, aquietaron su corazón, que rebosaba de maldad y rencor. Sonrió. Le tranquilizó pensar que al menos otro ser humano tampoco estaba en paz con la humanidad. Se dio la vuelta y contempló por última vez la desolada playa, en la que se erguía la cabaña de madera, bañada en aquellos momentos por la luz de la luna, el escenario de la mayor decepción que jamás hubiera experimentado un miembro destacado del Comité de Salud Pública. Contra una roca, sobre un duro lecho de piedra, yacía Marguerite Blakeney, inconsciente, y unos metros más allá, el desgraciado judío recibía sobre sus anchas espaldas los golpes de dos recios cinturones de cuero, empuñados por dos robustos soldados de la República. Los alaridos de Benjamín Rosenbaum hubieran podido levantar a los muertos de sus tumbas. Debieron despertar de su sueño a todas las gaviotas, que seguramente contemplarían con gran interés los actos de los señores de la creación. —Ya es suficiente —ordenó Chauvelin cuando se debilitaron los gemidos del judío y pareció que el pobre desgraciado iba a desmayarse—. No es necesario matarle. Los soldados se abrocharon los cinturones obedientemente, y uno de ellos dio una cruel patada al judío en el costado. —Déjenlo ahí —dijo Chauvelin—, y vayan hacia el carro. Yo les seguiré. Se acercó a donde yacía Marguerite, y la miró a la cara. Había recobrado la conciencia y hacía débiles esfuerzos por levantarse. Sus grandes ojos azules contemplaban la escena con expresión de terror; se posaron con una mezcla de horror y piedad en el judío, cuya triste suerte y cuyos alaridos ensordecedores habían sido lo primero que había percibido al volver en sí; después su mirada se clavó en Chauvelin, con sus ropas oscuras e impecables, que apenas se habían arrugado tras los turbulentos acontecimientos de las últimas horas. Sonreía sarcásticamente, y sus pálidos ojos azules la miraron con intensa maldad. Con galantería burlona, se agachó y se llevó a los labios la helada mano de Marguerite, que experimentó un escalofrío de odio indescriptible que le recorrió todo el cuerpo. —Lamento mucho que las circunstancias, sobre las que no puedo ejercer ningún dominio, me obliguen a dejarla aquí de momento —dijo en tono sumamente dulce—. Pero me marcho con la certeza de que no queda desprotegida. Nuestro amigo Benjamín, aunque no se encuentre en perfectas condiciones en este preciso instante, defenderá galantemente su hermosa persona; no me cabe la menor duda. Al amanecer enviaré a alguien a recogerla, y hasta entonces, estoy seguro de que Benjamín se dedicará por completo a usted, si bien es posible que le encuentre usted un poco lento. Marguerite sólo tuvo fuerzas para volver la cabeza. Su corazón estaba destrozado por la más cruel de las angustias. A su mente había vuelto una idea aterradora, al tiempo que recobraba el sentido: «¿Qué le había ocurrido a Percy? ¿Y a Armand?». No sabía lo que había pasado después de oír la alegre canción, «God save the King!», y estaba convencida de que aquella había sido la señal de muerte. —Aunque de mala gana, me veo obligado a dejarla —concluyó Chauvelin—. Au revoir, mi hermosa dama. Espero que nos volvamos a ver muy pronto en Londres. ¿Asistirá usted a la fiesta del príncipe de Gales? ¿No?... ¡Bueno, au revoir! Le ruego que le dé recuerdos de mi parte a sir Percy Blakeney. Y, sonriendo irónicamente, le hizo una última reverencia, volvió a besarle la mano y desapareció por el sendero, a la zaga de los soldados, y seguido por el imperturbable Desgas. XXXI LA HUIDA Marguerite se quedó escuchando, aún medio aturdida, las firmas pisadas de los cuatro hombres, que se alejaban rápidamente. La Naturaleza respiraba tal calma que, apoyando el oído en el suelo, pudo percibir con toda claridad el ruido de los pasos cuando se internaron en la carretera, y el débil resonar de las ruedas del viejo carro y de los cascos de la jaca le indicaron que su enemigo se encontraba a un cuarto de legua. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Había perdido la noción del tiempo; alzó la mirada hacia el cielo iluminado por la luz de la luna, como en sueños, y prestó oídos al monótono vaivén de las olas. El vigorizante aroma del mar fue como un néctar para su cuerpo fatigado; la inmensidad de los acantilados solitarios era silenciosa, como de ensueño. Su cerebro sólo permanecía consciente a la tortura incesante e insoportable de la incertidumbre. ¡No sabía qué había ocurrido... ! No sabía si Percy estaría en aquellos momentos en manos de los soldados de la República, sometido a las mofas y los improperios de su malvado enemigo. Por otra parte, tampoco sabía si el cuerpo de Armand yacía sin vida en la cabaña, mientras que Percy había escapado para enterarse de que la mano de su esposa había guiado a aquellos sabuesos humanos para dar muerte a Armand y sus amigos. El dolor físico del agotamiento absoluto era tan grande que hubiera deseado que su fatigado cuerpo pudiera descansar allí para siempre, después de la confusión, la pasión y las intrigas de los últimos días... allí, bajo el cielo claro, oyendo el mar, y con la dulce brisa otoñal susurrándole una última canción de cuna. Todo era soledad y silencio, como en un país de ensueño. Incluso el débil eco del carro se había desvanecido hacía tiempo, a lo lejos. De repente... un ruido... sin duda el más extraño que jamás habían oído aquellos desolados acantilados de Francia, rompió la silenciosa solemnidad de la playa. Tan extraño era el ruido, que la suave brisa dejó de murmurar, y las piedrecillas de rodar por la cuesta. Tan extraño, que Marguerite, extenuada, agotada como estaba, pensó que la inconsciencia benévola de la muerte próxima le estaba gastando una broma sutil a sus sentidos medio dormidos. Era el sonido de un «¡Maldita sea!» clara y absolutamente británico. Las gaviotas se despertaron en sus nidos y miraron a su alrededor, asombradas; un búho lejano y solitario ululó en mitad de la noche, y los grandes acantilados contemplaron, ceñudos y majestuosos, aquel sacrilegio insólito. Marguerite no daba crédito a sus oídos. Alzándose sobre las manos, puso en tensión todos sus sentidos, para intentar ver y oír, para entender el significado de aquel ruido tan terrenal. Durante unos segundos todo volvió a quedar en calma; el mismo silencio descendió una vez más sobre la inmensidad desolada. Después, Marguerite, que había prestado atención como en un trance, que pensaba que debía estar soñando con la dura y magnética luz de la luna sobre su cabeza, volvió a oírlo; y en esta ocasión, su corazón cesó de latir; sus ojos, desorbitados, miraron a su alrededor, sin atreverse a dar crédito a sus otros sentidos. —¡Qué barbaridad! ¡Ojalá no me hubieran pegado con tanta fuerza esos tipos! Ya no cabía duda posible; sólo unos labios concretos, británicos hasta la médula, podían haber pronunciado aquellas palabras, con tono somnoliento, afectado y pesado. —¡Maldita sea! —repitieron con vehemencia aquellos mismos labios británicos—. ¡Estoy más débil que la gelatina! Marguerite se puso de pie inmediatamente. ¿Estaría soñando? ¿Serían aquellos enormes acantilados rocosos las puertas del paraíso? ¿Sería aquella brisa fragante obra del batir de alas de los ángeles, que le llevaban oleadas de alegrías sobrenaturales tras tantos sufrimientos, o, débil y enferma como estaba, acaso era víctima de un delirio? Volvió a prestar oídos, y una vez más oyó los sonidos terrenales del hermoso idioma británico, sin el menor parecido con los susurros del paraíso o el batir de alas de los ángeles. Miró a su alrededor, anhelante, hacia los grandes acantilados, a la cabaña solitaria, a la playa pedregosa. En alguna parte, encima o debajo de ella, tras una roca o en una hendidura, pero oculto a sus ojos febriles, debía estar el propietario de aquella voz, que en días pasados la irritaba, pero que en aquellos momentos la harían la mujer más feliz de Europa en cuanto lo encontrara. —¡Percy! ¡Percy! —gritó histéricamente, torturada entre la esperanza y la duda—. Estoy aquí. ¡Ven! ¿Dónde estás? ¡Percy! ¡Percy! —Me encanta que me llames, querida —dijo la misma voz somnolienta y afectada—, pero que me aspen si puedo moverme. Esos malditos comedores de ranas me han dado más palos que a una estera, y me siento muy débil... No puedo moverme. Pero Marguerite seguía sin comprender. Tardó al menos otros diez segundos en darse cuenta de dónde provenía aquella voz, tan somnolienta, tan querida, pero ¡ay!, con un extraño deje de debilidad y sufrimiento. No se veía a nadie... excepto junto a una roca... ¡Dios del cielo!... ¡El judío!... ¿Se había vuelto loca o estaba soñando? La espalda del hombre estaba iluminada por la luz de la luna. Estaba agazapado, intentando en vano levantarse con los brazos atados. Marguerite corrió hasta él, le cogió la cabeza entre las manos... y miró a unos ojos azules, bondadosos, con expresión de cierto regocijo, destacándose en la máscara deformada y extraña del judío. —¡Percy!... ¡Percy!... ¡Esposo mío! —dijo con voz entrecortada, a punto de desvanecerse de alegría—. ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias, Dios mío! —Vamos, querida —replicó sir Percy animadamente—, ya daremos gracias más tarde. Ahora, ¿crees que podrías aflojar estas malditas cuerdas y librarme de esta situación tan poco elegante? Marguerite no tenía cuchillo, sus dedos estaban entumecidos y débiles, pero atacó las cuerdas con los dientes, mientras que de sus ojos brotaron grandes lágrimas que cayeron sobre aquellas pobres manos atadas. —¡Qué barbaridad! —exclamó sir Percy cuando, tras los frenéticos esfuerzos de Marguerite, cedieron las cuerdas—. No creo que jamás haya ocurrido una cosa semejante: que un inglés se deje dar una tunda por un maldito extranjero y no haga nada por devolvérsela. Saltaba a la vista que el dolor físico le había dejado agotado, y cuando cedió la última cuerda, se desplomó sobre la roca, encogido. Marguerite miró a su alrededor, impotente. —¡Daría cualquier cosa por encontrar una gota de agua en esta playa espantosa! —exclamó, desesperada, al ver que sir Percy iba a desmayarse de nuevo. —No, querida mía —murmuró él con su sonrisa bondadosa—. ¡Personalmente, preferiría una gota de buen coñac Francés! Y si metes la mano en estas sucias ropas, encontrarás mi petaca... Que me aspen si puedo moverme. Cuando hubo bebido un poco de coñac, obligó a Marguerite a imitarle. —¡Esto es otra cosa! ¿Eh, mujercita? —dijo con un suspiro de satisfacción—. ¡Bonita situación para sir Percy Blakeney, que lo encuentre su esposa en este estado! ¡Qué barbaridad! —añadió, pasándose la mano por la barbilla—. Llevo sin afeitarme casi veinte horas; debo tener un aspecto repulsivo. Y estos rizos... Y, riendo, se quitó la peluca que tanto lo desfiguraba, y estiró sus largas piernas, que estaban entumecidas tras las largas horas de ir encorvado. Después se agachó y miró larga e inquisitivamente a los azules ojos de su esposa. —Percy —susurró Marguerite, mientras por sus delicadas mejillas se extendía un profundo rubor—, si tú supieras... —Lo sé, cariño... lo sé todo —dijo sir Percy con dulzura infinita. —¿Y podrás perdonarme algún día? —No tengo nada que perdonar, cariño mío. Tu heroísmo, tu amor, que tan poco merezco, han expiado con creces el desgraciado incidente del baile. —Entonces, ¿lo has sabido todo el tiempo? — susurró Marguerite. —Sí —contestó sir Percy con ternura—. Lo he sabido... todo el tiempo... Pero ¡ay!, si hubiera sabido que tu corazón era tan noble, Margot mía, hubiera confiado en ti, como tú te mereces, y no hubieras tenido que padecer los terribles sufrimientos de las últimas horas, corriendo en pos de un marido que ha hecho tantas cosas que habrás de perdonarle. Estaban sentados uno junto al otro, apoyados contra una roca, y sir Percy posó su dolorida cabeza en el hombro de su mujer. En aquellos momentos, Marguerite sin duda merecía el calificativo de «la mujer más feliz de Europa». —En esta ocasión, el ciego tendrá que guiar al cojo, ¿no crees, cariño? —dijo sir Percy con su bondadosa sonrisa de siempre—. ¡Qué barbaridad! No sé qué estarán peor, si mis hombros o tus piececitos. Se inclinó para besarlos, pues asomaban por las medias desgarradas, dando patético testimonio de los padecimientos y el heroísmo de Marguerite. —Pero Armand —dijo Marguerite, con miedo y arrepentimiento repentinos, como si, en medio de su felicidad, se le presentara la imagen de su hermano adorado, por el que había cometido una falta tan grave. —Ah, no te preocupes por Armand, cariño — dijo sir Percy con ternura—. ¿Acaso no te di mi palabra de honor de que no le ocurriría nada? El, De Tournay y los demás están en estos momentos a bordo del Day Dream. —Pero, ¿cómo? —preguntó Marguerite con voz entrecortada—. No entiendo nada. —Pues es muy sencillo —replicó sir Percy con su risa tímida y banal—. Verás. Cuando descubrí que ese animal de Chauvelin tenía la intención de aplastarme como a una sanguijuela, pensé que lo mejor que podía hacer, ya que no podía quitármelo de encima, era llevarlo conmigo. Tenía que reunirme con Armand y los demás como fuera, y todas las carreteras estaban vigiladas, todo el mundo buscaba a tu humilde servidor. Sabía que, después de escaparme de sus manos en el Chat Gris, vendría a buscarme aquí, cualquiera que fuese el camino que eligiera. No quería perderle de vista, y un cerebro británico es tan bueno como uno francés mientras no se demuestre lo contrario. Lo cierto era que se había demostrado que era infinitamente superior, y el corazón de Marguerite se llenó de júbilo y admiración cuando su marido siguió contándole de qué forma tan osada había rescatado a los fugitivos ante las mismísimas narices de Chauvelin. —Sabía que no me reconocerían si me vestía con las ropas sucias del viejo judío —dijo alegremente—. Había visto a Rubén Goldstein en Calais aquella misma tarde. A cambio de unas cuantas monedas de oro me dio estos trapos, y se comprometió a quitarse de en medio, mientras que yo me llevé su carro y su jaca. —Pero si Chauvelin te hubiera descubierto... —dijo Marguerite con voz entrecortada—. El disfraz era muy bueno, pero él es tan listo... —Entonces, el juego hubiera tocado a su fin — replicó sir Percy tranquilamente—. Pero tenía que arriesgarme. Conozco la naturaleza humana bastante bien —añadió, con un deje de tristeza en su voz joven y alegre—, y me conozco de memoria a estos franceses. Detestan tanto a los judíos, que no se acercan a ellos a más de dos metros, y ¡francamente!, creo que logré el aspecto más repulsivo del mundo... —¡Sí!... ¿Y después? —preguntó Marguerite, impaciente. —Pues después llevé a cabo el plan que tenía, es decir, al principio estaba decidido a dejar todo al azar, pero cuando oí a Chauvelin dar órdenes a los soldados, pensé que el Destino y yo podíamos trabajar juntos. Confié en la obediencia ciega de los soldados. Chauvelin les había ordenado, so pena de muerte, que no se movieran hasta que llegara el inglés alto. Desgas me había dejado atado cerca de la cabaña; y los soldados no se fijaban en el judío que había llevado hasta allí al ciudadano Chauvelin. Logré desatarme las manos. Siempre llevo papel y lápiz a dondequiera que vaya, y garrapateé a toda prisa unas cuantas instrucciones en un trozo de papel. Después miré a mi alrededor; me arrastré hasta la cabaña, antes las mismísimas narices de los soldados, que estaban escondidos, sin hacer el menor movimiento, tal y como les había ordenado Chauvelin, tiré la nota por una rendija de la pared, y esperé. En la nota les decía a los fugitivos que salieran de la cabaña en silencio, bajaran el acantilado y continuaran a la izquierda hasta llegar a la primera cala, y que dieran cierta señal, ante la cual acudiría a recogerlos el bote del Day Dream, que les esperaba no muy lejos. Por suerte para ellos y para mí, me obedecieron al pie de la letra. Los soldados que los vieron obedecieron igualmente las órdenes de Chauvelin. ¡No se movieron! Esperé casi media hora, y cuando comprendí que los fugitivos estarían a salvo, di la señal que produjo tanto alboroto. Y ésa era toda la historia. Parecía muy sencilla, y Marguerite no pudo por menos que asombrarse del prodigioso ingenio, del arrojo y la audacia sin límites que habían trazado y llevado a cabo aquel plan tan osado. —¡Pero esos animales te han pegado! —gritó horrorizada, al recordar el ultraje. —¡Bueno, eso no he podido evitarlo! —dijo dulcemente sir Percy—. Mientras la suerte de mi mujercita fuera tan incierta, tenía que quedarme aquí, a su lado. ¡Pero no te preocupes! —añadió alegremente—. Te garantizo que Chauvelin no perderá nada esperando. ¡Ya verás cuando lo coja en Inglaterra! Pagará la paliza que me ha dado con interés compuesto, te lo prometo. Marguerite se echó a reír. Era tan maravilloso estar junto a él, oír su animada voz, ver el centelleo de sus ojos azules mientras estiraba sus fuertes brazos, pensando en su enemigo y en el castigo que tan merecido se tenía... Pero de pronto, se sobresaltó; el rubor de felicidad abandonó sus mejillas, se apagó el brillo de alegría de sus ojos: había oído unos pasos sigilosos, y una piedra había caído rodando desde el borde del acantilado hasta la playa. —¿Qué ha sido eso? —susurró, asustada. —Nada, querida mía —musitó sir Percy, con una suave carcajada—. Es que te habías olvidado de una cosa... de mi amigo, Ffoulkes. —¡Sir Andrew! —exclamó Marguerite. Efectivamente; se había olvidado del amigo y compañero, que había confiado en ella y había estado a su lado durante todas aquellas horas de angustia y sufrimiento. Lo recordó de repente, con una punzada de remordimiento. —Te habías olvidado de él, ¿verdad, querida mía? —dijo sir Percy alegremente—. Por suerte, le vi, no lejos del Chat Gris, antes de la agradable cena con mi amigo Chauvelin... Pero, maldita sea; tengo que ajustarle las cuentas a ese joven réprobo... En fin, el caso es que le dije que viniera aquí por una carretera muy larga, que da un gran rodeo y que a los hombres de Chauvelin jamás se les hubiera ocurrido seguir, para que llegara justo en el momento en que lo necesitáramos, ¿eh, mujercita mía? —¿Y te obedeció? —preguntó Marguerite, completamente atónita. —Sin rechistar. Mira, ahí viene. No se puso en medio cuando no lo necesité, y ahora llega justo en el momento crítico. ¡Ah! Será un marido excelente y muy metódico para la pequeña Suzanne. Mientras tanto, sir Andrew Ffoulkes había descendido con sumo cuidado por el acantilado: se detuvo una o dos veces, prestando oídos a los susurros que le guiarían hasta el escondite de Blakeney. —¡Blakeney! —se arriesgó a decir—. ¡Blakeney! ¿Está usted ahí? Rodeó la roca en que se apoyaban sir Percy y Marguerite, y al ver la extraña figura cubierta con la gabardina del judío, se detuvo, confuso. Pero Blakeney ya se había puesto de pie, trabajosamente. —¡Estoy aquí, amigo! —dijo con su necia risa—. ¡Todos vivos! Aunque con este chisme parezco un espantapájaros. —¡Diantres! —exclamó sir Andrew con ilimitado asombro al reconocer a su jefe—. ¡Por todos los... ! El joven se percató de la presencia de Marguerite y por suerte pudo dominar las palabras subidas de tono que se le vinieron a los labios al ver al exquisito sir Percy con aquel extraño y sucio atuendo. —¡Sí! —dijo Blakeney tranquilamente—. ¡Por todos los... ejem! ¡Amigo mío! Aún no he tenido tiempo de preguntarle qué está haciendo en Francia, cuando le ordené que se quedara en Londres... ¿Qué es esto? ¿Insubordinación? ¡Espere a que tenga la espalda en condiciones, y verá el castigo que recibe! —¡Lo aceptaré de buena gana, con tal de que esté usted vivo para impartirlo! —replicó sir Andrew, riendo alegremente—. ¿Hubiera preferido que dejara a lady Blakeney hacer el viaje sola? Pero, en el nombre del cielo, ¿de dónde ha sacado esa ropa tan curiosa? —¿A que es muy original? —dijo sir Percy, con igual jovialidad—. Pero ahora que está aquí, no debemos perder ni un minuto, Ffoulkes — añadió con autoridad y vehemencia repentinas—. Ese animal de Chauvelin puede enviar a alguien a buscamos. Marguerite se sentía tan feliz que hubiera podido quedarse allí para siempre, oyendo la voz de su marido, haciéndole mil preguntas. Pero al oír el nombre de Chauvelin se sobresaltó, asustada, temerosa por la vida del hombre por el que habría dado la suya gustosa. —Pero, ¿cómo vamos a volver? —preguntó con voz entrecortada—. Las carreteras hasta Calais están llenas de soldados y... —No vamos a volver a Calais, cariño —replicó sir Percy—. Iremos al otro extremo de Gris—Nez, que está a menos de media legua de aquí. El bote del Day Dream nos recogerá allí. —¿El bote del Day Dream? —Sí —dijo sir Percy, riendo alegremente—. Otro truquito mío. Tendría que haberte dicho que cuando eché esa nota en la cabaña, la acompañé de otra dirigida a Armand, en la que le decía que dejara la primera en la casa. Por eso, Chauvelin y sus hombres han vuelto a toda velocidad al Chat Gris a buscarme; pero en la nota de Armand iban las verdaderas instrucciones, entre ellas algunas dirigidas al viejo Briggs. Ya le había ordenado que se internara mar adentro, y que se dirigiera al oeste. Cuando se encuentren lejos de Calais, enviará el bote a una pequeña cala que conocemos él y yo y que está justo detrás de Gris—Nez. Los hombres me buscarán —ya hemos concertado una señal— y subiremos a bordo, mientras Chauvelin y sus hombres vigilan solemnemente la cala que está frente al Chat Gris. —¿Al otro lado de Gris—Nez? Pero yo... no puedo andar, Percy —gimió Marguerite, impotente, cuando, al intentar levantarse, descubrió que no podía ni mantenerse en pie. —Yo te llevaré, cariño —dijo sir Percy con sencillez—. Ya sabes: el ciego llevando al cojo. También sir Andrew estaba dispuesto a prestar ayuda con aquella preciosa carga, pero sir Percy no quería confiar a su amada a otros brazos que no fueran los suyos. —Cuando ustedes dos estén a bordo del Day Dream —le dijo a su joven camarada—, y esté convencido de que mademoiselle Suzanne no me recibirá al llegar a Inglaterra con miradas de reproche, entonces me tocará a mí descansar. Y sus brazos, aún vigorosos a pesar de la fatiga y los sufrimientos, se cerraron en torno al cansado cuerpo de Marguerite, y lo levantaron con tanta delicadeza como si fuera una pluma. Después, cuando sir Andrew se alejó discretamente, se dijeron muchas cosas —o más bien las susurraron— que ni siquiera la brisa otoñal oyó, porque se había ido a descansar. Percy olvidó su fatiga; debía tener los hombros muy doloridos, pues los soldados le habían pegado con saña; pero tenía unos músculos como de acero, y una fuerza casi sobrenatural. Resultaba muy fatigoso caminar media legua por aquel acantilado rocoso, pero su coraje no cedió ni un momento, ni sus músculos se cansaron. Continuó andando, con firmes pisadas, con sus potentes brazos rodeando la preciosa carga, y... sin duda, mientras Marguerite se dejaba llevar, tranquila y feliz, adormilada a ratos, observando en otras ocasiones, a través de la luz creciente de la mañana, aquel rostro benévolo de ojos indolentes y azules, siempre alegres, siempre iluminados por una sonrisa de buen humor, le susurró muchas cosas, que ayudaron a acortar el largo camino y que actuaron como un bálsamo para los excitados nervios de Blakeney. La luz del alba, con sus múltiples colores, apuntaba por oriente, cuando al fin llegaron a la cala que se extendía detrás de Gris—Nez. El bote les estaba esperando, y a una señal de sir Percy se acercó a ellos, y dos robustos marineros británicos tuvieron el honor de llevar a su señora al barco. Al cabo de media hora se encontraban a bordo del Day Dream. A la tripulación, que inevitablemente compartía los secretos de su amo y que estaba dedicada a él en cuerpo y alma, no le sorprendió verle llegar con tan extraordinario disfraz. Armand St. Just y los demás fugitivos esperaban impacientemente la llegada de su valiente salvador; sir Percy, en lugar de quedarse a oír sus muestras de gratitud, se dirigió a su camarote lo más rápidamente posible, dejando a Marguerite muy feliz en brazos de su hermano. Todo a bordo del Day Dream respiraba aquel lujo exquisito que tanto apreciaba sir Percy Blakeney, y cuando desembarcaron en Dover ya se había puesto las ropas suntuosas que tanto le gustaban y que siempre llevaba en abundancia a bordo de su yate. Pero surgió la dificultad de buscar un par de zapatos para Marguerite, y grande fue la alegría del grumete cuando la señora pudo poner pie en suelo inglés calzada con su mejor par. El resto es silencio, silencio y alegría por los que habían padecido tantos sufrimientos y habían encontrado al fin una felicidad grande y duradera. Pero cuentan las crónicas que en la brillante boda de sir Andrew Ffoulkes y mademoiselle Suzanne de Tournay de Basserive, ceremonia a la que asistieron Su Alteza Real el príncipe de Gales y toda la élite de la alta sociedad, la mujer más hermosa, sin lugar a dudas, fue lady Blakeney, mientras que las ropas que llevaba sir Percy Blakeney fueron tema de comentario de la jeunesse dorée de Londres durante muchos días. También se sabe que monsieur Chauvelin, el agente acreditado del gobierno republicano francés, no estuvo presente ni en esa ni en ninguna otra ceremonia celebrada en Londres, tras la memorable noche del baile de lord Grenville. FIN
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