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Capítulo XVI

XVI

El gran torneo

Hacía dos días que el rey Bohun, junto a buena parte de sus caballeros, de sus escuderos y de sus sirvientes, había cabalgado hasta la entrada de su castillo, situado en la ciudad del Sepulcro, para después atravesar el valle y llegar ante la ciudad de Nimmr para participar en el gran torneo anual, que empezaba el primer domingo de Pascua.  Ondeando al viento colgaban alegres pendones de un millar de puntas de lanza, y de colores vivos eran las gualdrapas de los espléndidos corceles que los caballeros del Sepulcro montaban orgullosos; en su espalda tenían bordadas cruces rojas para mostrar que habían completado el peregrinaje a Tierra Santa y que regresaban a casa, a Inglaterra. Sus bacinetes, al contrario que los de los caballeros de Nimmr, estaban cubiertos con pieles de simios macho, y los motivos de sus escudos diferían, así como sus colores. Pero de no ser por esos detalles, y por las cruces que lucían a la espalda, podrían haber sido perfectamente caballeros del príncipe Gobred.

Las robustas bestias de carga, casi tan ricamente ataviadas como los corceles, acarreaban los entoldados y tiendas que albergarían a los caballeros durante el torneo, al igual que las pertenencias personales, las armas de repuesto y provisiones para tres días de torneo, ya que una costumbre de siete siglos de antigüedad prohibía a los caballeros de Nimmr y a los del Sepulcro sentarse a una misma mesa.  El gran torneo era una especie de tregua durante la cual se celebraban los ritos de la guerra medieval bajo el auspicio de ciertas reglas que la transformaban en una especie de exhibición de proeza marcial, en la que los no combatientes podían presenciar la destreza de diferentes guerreros sin sufrir peligro alguno, con total impunidad. No se permitían relaciones entre participantes de distinto bando, dada su incompatibilidad con la seriedad de un evento en el que, a menudo, tanto unos como otros perdían la vida, y se disputaba cuál de los bandos sería el vencedor del gran trofeo. Tanto como cualquier otra cosa, dicho trofeo había contribuido a agudizar las diferencias de siete siglos y medio que separaban a los Delanteros de los Posteriores. Consistía en cinco doncellas que los vencedores se llevaban consigo a su propia ciudad, y a las que jamás se permitía reunirse de nuevo con amigos o familiares.  Aunque el dolor de la separación se veía algo mitigado por el honorable tratamiento que ordenaban las leyes de la caballería hacia las desafortunadas doncellas en cuestión, la pérdida resultaba aún más amarga, puesto que a ella debía añadirse el pesar de la derrota.  Después del torneo las doncellas pasaban a considerarse las protegidas de Gobred o Bohun, dependiendo, por supuesto, de si vencían unos u otros, y al cabo de un tiempo contraían matrimonio, con todas las de la ley, con alguno de los caballeros del bando victorioso.

La génesis de la costumbre, que se remontaba a setecientos años atrás, recaía no en el sabio deseo de alguno de los Gobred o Bohun de antaño por mantener la estirpe de ambas facciones fuerte y viril por una infusión regular de sangre nueva sino, más bien, a un intento de impedir que los habitantes de ambas ciudades se distanciaran mucho entre sí en cuestión de costumbres, tradiciones y lenguaje.

Muchas de las amadas esposas de Nimmr eran originarias de la ciudad del Sepulcro. Las muchachas mismas cuidaban mucho de su aspecto, pues se consideraba un honor ser escogida, y siempre había muchas más voluntarias que lo que establecía el límite de cinco doncellas que componían anualmente esta suerte de sacrificio.

Las cinco que formaban parte del trofeo ofrecido aquel año a la ciudad del Sepulcro cabalgaban a lomos de blancos palafrenes y eran escoltadas por una guardia de honor vestida con cotas de malla de plata. Las muchachas, seleccionadas por su belleza para honrar a su ciudad natal, vestían con gran esmero e iban cargadas de joyas de oro, plata y piedras preciosas.

Los preparativos que tenían lugar en la llanura que se extendía ante la ciudad de Nimmr se prolongaban durante varios días. Las lizas se alisaban con pesados rodillos de madera, mientras las antiguas tribunas de piedra desde donde los espectadores asistían al espectáculo eran objeto de reparaciones anuales y diversas tareas de limpieza. Alzaba también una estructura que serviría de apoyo a los toldos que proporcionaban sombra a los asientos preferentes, reservados a la nobleza, y se disponían bastones a lo largo y ancho de las lizas para colgar un millar de pendones. Estas y otras muchas cosas más mantenían ocupados a un centenar de trabajadores. Mientras, en la ciudad amurallada y en el castillo que se alzaba majestuoso tras ella, los herreros, los artesanos de armaduras y los que trabajaban en las fraguas laboraban hasta bien entrada la noche, forjando calzado de acero y puntas de lanza.  A Blake le habían asegurado que iba a tomar parte en el gran torneo, y se sentía tan animado por participar como lo había estado para la final de la temporada regular de sus tiempos como futbolista en la universidad. Lo habían apuntado en dos duelos a espada, uno de los cuales enfrentaba a cinco caballeros de Nimmr y cinco caballeros del Sepulcro y otro en que se enfrentaría en solitario a otro caballero. Pero su única lid a lanza sería en la gran final, cuando un centenar de Delanteros se enfrentaran a otro centenar de Posteriores. Aunque antes de su combate con sir Malud se le tenía por inútil con espada y escudo, en aquel momento el príncipe Gobred estaba convencido de que puntuaría muy alto en esa categoría, pese a que sus esfuerzos con la lanza no merecían mayor consideración que la de mediocre.  El rey Bohun y sus seguidores permanecían acampados al amparo de los robles situados a un kilómetro y medio de las lizas, ya que las reglas que gobernaban el gran torneo no les permitían acercarse hasta la hora señalada para su entrada en el primer día del espectáculo.

Blake, al prepararse para el torneo, había seguido la costumbre adoptada por muchos caballeros de lucir una armadura particular que combinaría con la gualdrapa del caballo. Su armadura de cota de malla era toda de un negro azabache sólo roto por la piel de leopardo de su bacinete y el azul y plata del pendón que colgaba de la lanza. La gualdrapa de la montura era negra, aunque las puntas fueran de plata y azul.  Por supuesto, no había olvidado incluir la obligatoria cruz roja en el pecho y en la gualdrapa de su caballo.

Al volver a sus aposentos a primera hora de la mañana en que debía empezar el torneo, seguido por Edward, que cargaba con la lanza y el escudo, tenía un aspecto soberbio entre los resplandecientes caballeros y las bellas damas ricamente vestidas que se habían reunido en el patio, mientras esperaban a que se diera orden de montar los caballos, que aguardaban en el vallum norte cuidados por los sirvientes.  Que su cota negra era distintiva era algo que se hacía evidente al llamar la atención de todos los presentes; y el que había ganado en popularidad entre las damas y caballeros de Nimmr también se delataba por cómo se reunían a su alrededor, aunque la opinión estaba dividida en lo referente a sus atavíos: algunos opinaban que eran demasiado sombríos y deprimentes.

Guinalda estaba presente, aunque permanecía sentada en un banco, donde conversaba con una de las doncellas que formaban parte del trofeo de Nimmr. Blake no tardó en desembarazarse de algunos deseosos de conversar con él y cruzó el patio hasta donde estaba sentada la princesa. Al acercarse, la princesa levantó imperceptiblemente la mirada e inclinó la cabeza para responder a su saludo, y después reemprendió su conversación con la doncella. Aquel rechazo resultó demasiado obvio como para dar lugar a ningún malentendido, pero a Blake no le bastó con encajarlo y darse la vuelta, sino que deseaba una explicación. No podía creer que la princesa siguiera enfadada por haberle dado a entender que creía que para ella era algo más que cualquier otro caballero, algo que al parecer no estaba dispuesta a admitir. Sin duda había alguna otra razón.

Blake no se volvió para irse por donde había venido pese a que la princesa siguió ignorándole, sino que permaneció inmóvil ante ella, esperando con paciencia a que reparase en él. Al cabo de un rato observó que se estaba poniendo nerviosa, al igual que la doncella con la que conversaba. Se producían pausas en su conversación; Guinalda movía de un lado a otro uno de sus pies mientras un lento rubor se abría camino en sus mejillas. La doncella también estaba nerviosa; tiraba de los extremos del griñón que tenía encima de los hombros y alisaba el rico tejido de su mantón. Finalmente se levantó y, después de inclinarse ante la princesa, preguntó si podía ir a despedirse de su madre. Guinalda le dio permiso y entonces, a solas con Blake, incapaz de ignorarle por más tiempo y sin que ello le importara lo más mínimo, se volvió enfadada hacia él:

-¡Tenía razón! -exclamó-. Sois un grosero de tomo y lomo. ¿Por qué os habéis plantado ahí de pie, mirándome, cuando os he dejado bien claro que me molestáis? ¡Fuera!

-Porque... -Blake titubeó-, porque te amo.

-¡Señor! -gritó Guinalda poniéndose en pie-. ¡Cómo os atrevéis!

-¡Me atrevería a hacer cualquier cosa por ti, princesa mía, porque te amo! -respondió Blake.

Guinalda lo miró a los ojos durante un momento de silencio; entonces sus labios se curvaron para dibujar una sonrisa burlona.

-¡Mentís! -dijo-. ¡He oído lo que habéis dicho de mí! -Y sin darle oportunidad de replicar pasó por su lado y se alejó.  Blake se apresuró tras ella.

-¿Qué he dicho de ti? -preguntó-. No he dicho nada que no esté dispuesto a repetir delante de todo Nimmr. Ni siquiera me he atrevido a decirle a mi mejor amigo, sir Richard, que te amo. Ningún oído excepto el tuyo ha oído estas palabras.

-Pues yo no he oído lo mismo por ahí -dijo Guinalda enfadada-, y no tengo ganas de seguir discutiendo este asunto.

-Pero... -comenzó a decir Blake; sin embargo, en ese instante sonó una trompeta de la puerta norte que conducía al vallum. Era la señal acordada para que todos los caballeros montaran sus corceles. El paje de Guinalda llegó corriendo para avisarla de que su padre requería su presencia y sir Richard apareció para coger a Blake del brazo.

-¡Vamos, James! gritó-. Ya tendríamos que haber montado, hoy cabalgamos al frente de los caballeros. -Y de esa forma, Blake se vio apartado de la princesa antes de que pudiera obtener una explicación que aclarara lo inexplicable de su actitud.

El vallum norte presentaba una escena llena de color y actividad poblada de damas y caballeros, pajes, escuderos, sirvientes, soldados y caballos. Lo cierto es que no podía con todo el mundo, de modo que el flujo de gente se extendió a los vallum este y sur, e incluso a través de la gran puerta del este hasta la carretera que conducía al valle. Por espacio de media hora, en los alrededores del castillo del príncipe de Nimmr reinó algo parecido al caos, pero al cabo de un tiempo diversos senescales y gritones heraldos se encargaron de dar forma al cortejo, de acompasar el paso desde un extremo a otro de la cola que se había formado para llegar a las lizas.

Primero marchaban los senescales y los heraldos, y tras ellos, una veintena de trompetas; después iba el príncipe Gobred, que cabalgaba solo, y seguidamente, un numeroso grupo de caballeros cuyos pendones coloreados ondeaban al viento. Cabalgaban justo delante de las damas, y tras ellas había otro grupo de caballeros, mientras que en la retaguardia marchaba una compañía tras otra de soldados, algunos armados con ballestas, otros con picas y otros con hachas de batalla de gran tamaño.

Alrededor de un centenar de caballeros y soldados permanecían en el castillo, tanto para defenderlo como para guardar la entrada del valle del Sepulcro, aunque a éstos los relevarían para que pudieran presenciar los ejercicios del segundo y tercer día.

Mientras los caballeros de Nimmr se detenían junto a las lizas, los del Sepulcro abandonaron su campamento, situado entre los robles, y los senescales de ambos bandos acompasaron la marcha para acceder a las lizas al mismo tiempo.

Las damas de Nimmr se separaron de la procesión y ocuparon su lugar en la tribuna; las cinco doncellas de Nimmr y las cinco de la ciudad del Sepulcro fueron escoltadas a un estrado situado en el extremo de las lizas, después que los caballeros se alinearon con una perfección milimétrica: los de Nimmr, en la parte sur de las lizas, y los del Sepulcro, en la parte norte. Gobred y Bohun se adelantaron al trote y se reunieron en el centro del campo, donde, con mesurado y majestuoso tono, Bohun lanzó el antiguo reto prescrito por la costumbre y las leyes del gran torneo, y tendió a Gobred el guantelete: al cogerlo aceptaba el reto y marcaba el inicio oficial del torneo.

Mientras Gobred y Bohun tiraban de las riendas para volver grupas y se encaraban hacia sus propios caballeros, éstos se apartaron de las lizas. Los que no participaban en los torneos del día buscaron sitio en las tribunas tras entregar los corceles a los sirvientes. Mientras, aquellos que debían participar volvían a formar para volver grupas de nuevo hacia las lizas, con el doble propósito de mostrar a oponentes y espectadores quiénes participarían a lo largo de la jornada, y de ver los trofeos ofrecidos por los contrincantes. Además de las doncellas, había toda una serie de premios de menor importancia consistentes en joyas, armaduras de cota de malla, lanzas, espadas, escudos, espléndidos caballos y muchos otros artículos que eran valiosos para los caballeros, o de los que podían encapricharse sus damas.

Los caballeros del Sepulcro formaron primero, con Bohun a la cabeza, y resultó obvio que los ojos del rey se fijaron a menudo en las mujeres de la tribuna mientras cabalgaba. Bohun era un hombre joven; acababa de subir al trono tras el reciente fallecimiento de su padre. Era arrogante y tirano, y se sabía en todo Nimmr que durante años había encabezado la facción de quienes apoyaban la guerra contra Nimmr, para que la ciudad fuera conquistada y todo el valle del Sepulcro quedara sometido al reinado de los Bohun. Su caballo estaba encabritado, su pendón ondeaba al viento, su enorme compañía de caballeros cabalgaba tras él y el rey Bohun picaba espuelas a lo largo de las tribunas reservadas a las gentes de Nimmr. Cuando llegó a la tribuna central, donde se sentaba el príncipe Gobred en compañía de las princesas Brynilda y Guinalda, sus ojos se fijaron en la hija de Gobred.

Bohun tiró de las riendas del caballo y contempló fijamente a los ojos a Guinalda. Gobred se puso rojo de ira, ya que el acto de Bohun era una falta de cortesía, e hizo ademán de levantarse del asiento. En ese momento, Bohun se inclinó un poco sobre la crin de su caballo y siguió adelante junto a sus caballeros.

Aquel día los honores recayeron sobre los caballeros del Sepulcro, ya que obtuvieron doscientos veintisiete puntos, contra los ciento seis que lograron los caballeros de Nimmr.

Al día siguiente, el torneo empezó con idéntica ceremonia por parte de los visitantes, que, generalmente, obedecían las directrices de un heraldo, pero que en esa ocasión, para sorpresa de todos, fueron conducidos por Bohun a lo largo de la tribuna, donde éste se detuvo de nuevo ante la princesa Guinalda.

Aquel día los caballeros de Nimmr se esforzaron más y, según la puntuación de la jornada, se quedaron a tan sólo siete puntos de sus oponentes, pese a que la puntuación general del torneo seguía siendo de doscientos sesenta y nueve a trescientos noventa y siete a favor de los caballeros del Sepulcro.

Así empezó el tercer día. Los caballeros del norte celebraban lo que parecía una ventaja insuperable de ciento veintiocho puntos, mientras que los de Nimmr se sentían animados para emprender una gloriosa jornada, ya que, para ganar el torneo, debían obtener doscientos treinta y dos puntos y alcanzar así los trescientos treinta y cuatro del total. De nuevo, contrario a la costumbre, Bohun condujo a sus caballeros hacia las lizas mientras se colocaban para observar el primer encuentro, y de nuevo tiró de las riendas ante el palco de Gobred y posó la mirada en el maravilloso rostro de Guinalda durante un instante, antes de dirigirse a su señor de esta guisa:

-Príncipe Gobred de Nimmr -dijo con su potente y arrogante voz-, tal y como bien sabéis, mis valientes caballeros han superado a los vuestros por más de un centenar de puntos, y por tanto el gran torneo será para nosotros. Por ello queremos haceros una proposición.

-¡Hablad, Bohun! Aún es pronto para decir que el torneo será vuestro, pero si tenéis alguna proposición que un honorable príncipe pueda considerar, la tendré en consideración. Tenéis mi palabra.

-Vuestras cinco doncellas son tan buenas como las nuestras -dijo Bohun-, pero dadme a vuestra hija para que pueda convertirla en reina del valle del Sepulcro y os concederé el torneo.

Gobred se puso lívido de la ira, aunque al responder habló con tono mesurado y tranquilo, como corresponde a quien es dueño de sus emociones, algo propio de todo buen príncipe.

-Sir Bohun -dijo, negándose a tratar a su enemigo con el título de rey-, vuestras palabras suponen una ofensa para los oídos de cualquier hombre de honor, pues sugieren que la hija de Gobred está en venta, y que el honor de la caballería de Nimmr es moneda de cambio. Por tanto, situaos en vuestro margen de las lizas antes de que ordene a los siervos que os conduzcan a bastonazo limpio.

-¿Ésa es, pues, vuestra respuesta? -gritó Bohun-. ¡Entonces, sabed que me llevaré a las cinco doncellas por las reglas del gran torneo y a vuestra hija, por la fuerza de las armas! -Después de semejante amenaza, picó espuelas y se alejó al trote.

Las noticias de la propuesta de Bohun y su rabieta se extendieron como un incendio por entre los caballeros de Nimmr, de modo que quienes debían luchar aquel último día de torneo se sintieron animados a realizar grandes hechos de armas en defensa del honor de Nimmr y la protección de la princesa Guinalda. La considerable ventaja conseguida por los caballeros del Sepulcro durante los dos primeros días no sirvió sino de incentivo para esforzarse aún más, lo que provocó en ellos un estímulo para alcanzar altas cotas de atrevimiento y esfuerzo. No hubo ninguna necesidad de que el senescal los animara a ello. La juventud y caballería de Nimmr había cogido el guante, dispuesta a responder en las lizas.

El enfrentamiento a espada y escudo de Blake contra un caballero del Sepulcro era el primer evento programado del día. Cuando se despejaron las lizas, aquél entró al galope acompañado por el sonido de las trompetas, para después hacer un recorrido paralelo a la tribuna sur. Su adversario cabalgó frente a la tribuna norte y se detuvo ante el palco de Bohun, mientras Blake tiraba de las riendas ante Gobred. Allí levantó la empuñadura de su espada a la altura de los labios, con la mirada puesta en Guinalda.

-Conducíos hoy como un verdadero caballero, para gloria y honor de Nimmr -dijo Gobred-, ¡y que las bendiciones de nuestro Señor Jesús sean con vos y vuestra espada, querido sir James!  «¡Por la gloria y el honor de Nimmr, yo empeño mi espada y mi vida!», debía decir Blake a modo de respuesta, de acuerdo a las tradiciones y usos del gran torneo.

-¡Por la gloria y el honor de Nimmr, y por la protección de mi princesa, yo empeño mi espada y mi vida!- dijo en realidad. Era evidente que aquella respuesta, a juzgar por la expresión del rostro de Gobred, le había complacido sobremanera, mientras que la princesa suavizó su arrogante mirada desdeñosa. Se levantó lentamente y después de arrancar un pedazo de tela de su vestido se inclinó en el palco y dijo:

-Recibid este favor de una dama, caballero, para que os reporte honor y victoria en vuestra lid.

Blake picó espuelas para acercarse al pasamanos del palco, donde permaneció inclinado mientras Guinalda ataba el jirón de tela alrededor de su hombro. Sus rostros estaban cerca, tanto que Blake percibió el arrebatador perfume de su cabello, tan cerca que sintió la calidez de su aliento en la mejilla.

-Te amo -susurró en voz tan baja que ningún oído ajeno pudo oírle.

-Sois un zoquete -contestó ella en un tono de voz tan imperceptible como el suyo-. Es por el bien de esas cinco doncellas por lo que os animo con este favor.

Blake la miró fijamente a los ojos.

-Te amo, Guinalda -dijo-. ¡Y tú... también me amas!

Antes de que la princesa pudiera responder, tiró de las riendas para volver grupas, ya que las trompetas habían sonado, y se dirigió sin prisas hacia el extremo del campo donde estaban situadas las tiendas de los de Nimmr. Edward se encontraba allí bastante nervioso, así como sir Richard y Michel, además de un senescal, heraldos, trompetas, soldados...  Marcial compañía para animarlo con consejos y sugerencias.  Blake se deshizo del escudo, pero nadie pareció dispuesto a reprenderle por ello. En su lugar sonrieron henchidos de orgullo; después de todo, ¿no habían visto cómo superaba a sir Malud sin otra defensa que su habilidad con el caballo y su espada?

Las trompetas sonaron de nuevo. Blake se volvió y picó espuelas sobre su corcel. Se dirigió al galope hacia el centro de la liza. Del extremo opuesto se acercó un caballero del Sepulcro, espada en alto.

-¡Sir James! ¡Sir James! -gritaron los espectadores en las tribunas del lado sur, mientras las del norte respondían coreando el nombre de su campeón.

-¿Quién es el caballero negro? -preguntó más de un espectador del lado norte a su vecino en la tribuna.

-¡No tiene escudo! -gritaron otros-. ¡Debe de estar loco! ¡Sir Guy lo empalará a la primera vuelta! ¡Sir Guy! ¡Sir Guy!

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Tarzán de los Monos | El Regreso de Tarzán | Tarzán, El Señor de la Jungla


 


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