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XVIII El caballero negro Ambos caballos cargaban a través de la pista. El silencio se había adueñado de las tribunas. Casi estaban a punto de entrar en contacto cuando sir Guy observó que su adversario no tenía escudo. ¿Bueno, y qué? Su propia gente le había permitido acceder a la liza, por tanto suya era la responsabilidad, y para sir Guy suponía una ventaja. Si le hubieran permitido picar espuelas sin llevar espada, igualmente sir Guy, sin menoscabo a su honor de caballero, lo habría matado; tales eran las leyes del gran torneo. Sin embargo, dicho descubrimiento tuvo sus consecuencias para el caballero del Sepulcro, puesto que por un instante se distrajo de lo que tenía en mente en aquel momento: conseguir la ventaja necesaria para sacar provecho de su habilidad en el ataque inicial. Vio que el caballo de su rival se apartaba justo antes del encuentro. Se irguió en los estribos, como había hecho sir Malud, para dar un terrible golpe; entonces Blake arrojó a su caballo directamente hacia el lomo del de sir Guy, quien descargó un golpe que, con un estruendo metálico, encontró la oposición del acero del caballero de Nimmr. Guy levantó su escudo para proteger su propia cabeza y cuello, por lo que no pudo ver a sir James. El caballo de Guy trastabilló y estuvo a punto de caer. Cuando recuperó el equilibrio, la espada de Blake se introdujo bajo el escudo del caballero del Sepulcro y su punta penetró por el cuello de la malla hasta atravesarle la garganta. Sir Guy profirió un grito que terminó en un gemido teñido de sangre, y cayó hacia atrás sobre la grupa del caballo hasta desplomarse en el suelo, mientras la tribuna sur enloquecía de alegría. Las leyes del gran torneo dictaban que a todo caballero derribado se le considerase muerto, para que jamás se administrara el golpe de gracia ni falleciera ningún caballero de forma innecesaria. El vencedor debía cabalgar hacia la tienda del derrotado, debía volver grupas y galopar hacia su propia tienda a lo largo de toda la liza, donde aguardaría a que un heraldo del bando opuesto le hiciera entrega del correspondiente botín. Sucedió que cuando Blake saltó de la silla espada en mano y se acercó al caído sir Guy, la gente sentada en la tribuna sur ahogó un grito mientras que en la tribuna norte se alzó un rugido a modo de protesta. Los senescales y heraldos se acercaron al galope desde la tienda del caballero caído y, al verlo, sir Richard, temeroso de que Blake pudiera resultar acorralado y muerto, encabezó un grupo similar que partió de su extremo de la liza. Blake se acercó al caballero, que yacía de espaldas y que luchaba inútilmente por levantarse, y cuando los espectadores esperaban a que descargara el golpe de gracia, vieron en su lugar que arrojaba la espada al suelo y se arrodillaba junto al herido. Pasó un brazo por detrás de los hombros de sir Guy y lo levantó para apoyar su espalda en la rodilla mientras le quitaba el yelmo y el cuello de la armadura. Al llegar senescales, heraldos y el resto de personas que se acercaban al galope, Blake hacía lo posible por detener la hemorragia. -¡Rápido! -gritó-. ¡Un cirujano! No he alcanzado su yugular, pero es necesario detener la hemorragia. Varios caballeros desmontaron y se reunieron alrededor de Blake, entre ellos sir Richard. Un heraldo de la facción de sir Guy se arrodilló y tomó en brazos al caído. -¡Vamos! -urgió sir Richard-. Dejad a este caballero en compañía de sus amigos. Blake se levantó. Vio la peculiar forma que tenían de mirarle los caballeros que había a su alrededor, pero al alejarse uno de ellos, un veterano, uno de los senescales de Bohun, le dijo: -Sois un caballero muy generoso. Y también muy valiente, pues habéis desobedecido las reglas del gran torneo, costumbres escritas hace siglos. Antes de responder, Blake le miró a los ojos. -Me importan un rábano vuestras leyes y costumbres -dijo-. De donde yo vengo ninguna persona decente permitiría que un perro muriera desangrado sin intentar salvarlo, y mucho menos un valiente muchacho como éste, y puesto que cayó por mi culpa, por las costumbres de mi patria me veo obligado a ayudarlo. -Sí -apuntó sir Richard-, de otro modo le castigarían con una bronca. La victoria en el primer evento del día no fue sino el preludio de una serie de éxitos por parte de los caballeros de Nimmr hasta que, al acercarse el último evento, la puntuación mostraba cuatrocientos cincuenta y dos puntos para ellos, contra los cuatrocientos cuarenta y ocho de sus oponentes. Un margen de cuatro puntos, sin embargo, no era nada a esas alturas del torneo, ya que el último evento valía cien puntos, que podían ir a parar íntegros al bando ganador. Aquél era el evento más espectacular de todo el torneo, y los espectadores siempre lo esperaban con la mayor de las ansiedades. Participaban doscientos caballeros, cien caballeros de Nimmr contra cien caballeros del Sepulcro. Formaban en fila en lados opuestos de las lizas. Al sonar de las trompetas cargaban lanza en ristre, y de esa guisa luchaban hasta que un bando había desmontado o se había retirado del campo a causa de las heridas. Las lanzas rotas podían reemplazarse, al igual que un jugador de polo cabalga hacia la banda para obtener otro stick después de romperlo. Por otra parte, había pocas reglas que gobernaran este último evento del gran torneo, más similar a una batalla que cualquier otro de los programados en los tres días que duraba. Blake había obtenido un total de quince puntos para los caballeros de Nimmr en el primer evento del día, y de nuevo, enfrentado en compañía de cuatro camaradas a cinco espadachines del norte a caballo, había colaborado en la obtención de algunos puntos más que añadir al bando de los Delanteros. Apuntaron su nombre para el último evento porque los senescales apreciaban su habilidad para montar a caballo y creían que compensaría con creces su inexperiencia con la lanza. Los doscientos caballeros vestidos con cotas de malla habían desfilado para tomar parte en el último evento, y formaban en línea en los extremos opuestos de las lizas, cien caballeros del Sepulcro en un extremo y cien caballeros de Nimmr en el otro. Sus corceles, especialmente seleccionados para el encuentro, eran potentes a la par que ligeros. Habrían sido escogidos por su probado coraje, al igual que los jóvenes que los montaban, y es que los caballeros, con algunas excepciones, eran todos jóvenes veinteañeros, ya que a la juventud iban a parar los laureles de este gran deporte de la Edad Media, al igual que sucede con los deportes en la actualidad. De vez en cuando había un hombre de mediana edad, un endurecido veterano cuyo corazón y mano habían aguantado el paso de los años, y cuya presencia imponía la calma en los jóvenes caballeros, a quienes animaba para acometer grandes esfuerzos, puesto que dichos veteranos eran campeones cuyas gestas cantaban los bardos en los salones de todos los castillos de Nimmr. Formaban una línea compuesta de hombres orgullosos, con la lanza en alto y los pendones flameando al viento, mientras los rayos del sol se reflejaban en las bruñidas cotas de malla, en los bocados, en los escudos, y refulgían cegadoramente en las bellas gualdrapas de sus monturas. Los doscientos eran un noble y orgulloso espectáculo mientras aguardaban el último toque de trompeta. Retrocediendo y avanzando, ansioso por salir, más de un caballo rompió la línea como haría cualquier pura sangre en la parrilla de salida, mientras sendos heraldos, colocados a un lado y al otro del centro de las lizas, aguardaban el momento de que formaran correctamente ambas líneas para dar la señal que enviaría a esos hombres de hierro a la carga. Blake se encontraba situado cerca del centro de la línea de caballeros de Nimmr, y montaba un enorme caballo negro al que debía impedir avanzar tirando de las riendas, mientras en la distancia se recortaba la flor y nata de la caballería del Sepulcro. Sostenía con fuerza una pesada lanza de metal en la mano derecha, cuya empuñadura apoyaba en la bota, aunque el peso total recayera sobre el estribo. Llevaba un gran escudo en el brazo izquierdo, del que no tenía ninguna intención de desembarazarse ante la presencia de todas aquellas robustas lanzas con punta metálica. Al pasear la mirada a lo largo de la liza donde la sólida línea de los cien caballeros no tardaría en cargar hacia ellos, y con la lanza, cuya punta se extendía más allá de la cabeza del caballo, en ristre, Blake tuvo la sensación de que su escudo era algo totalmente inadecuado, y experimentó un cierto nerviosismo que le recordó situaciones similares de tensa espera, pendiente de oír el silbato del árbitro en sus tiempos de jugador de fútbol, tiempos que parecían lejanos y pertenecientes a otra vida, como si se hubiera reencarnado. Al final llegó la señal y vio a un heraldo levantar la espada. Junto a otros doscientos caballeros cogió con fuerza las riendas del caballo y bajó la punta de la lanza. Cayó la espada. Las trompetas sonaron desde las cuatro esquinas de las lizas; de doscientas gargantas surgió un grito de guerra; cuatrocientas espuelas transmitieron la esperada señal del hombre al caballo. Las estruendosas líneas arremetieron por el campo mientras una veintena de heraldos corría a lo largo de los flancos para controlar que no se produjeran infracciones, aunque sólo había una posible: cada caballero debía enfrentarse al caballero que tenía delante. Atacar con la lanza al de la derecha era acto poco caballeroso, pues pondría a un tiempo dos lanzas en contra de un solo caballero, ante lo cual no cabía defensa posible. Blake vio el sólido frente de lanzas por encima del escudo, los corceles con herraduras de hierro y los imponentes escudos que se le echaban encima. La velocidad, el peso, la inercia se le antojaban irresistibles y, metafóricamente, con un profundo respeto, Blake se quitó el sombrero ante los caballeros de antaño. Las líneas estaban a punto de chocar. Los espectadores permanecían sentados en un silencio sepulcral; los jinetes, con la mandíbula y los labios apretados, parecían mudos. Blake, con la lanza atravesada por encima de la crin de su montura, apuntó al caballero que corría hacia él por la izquierda; durante un instante creyó mirarlo a los ojos, antes de que cada uno de ellos se agazapara por debajo del escudo cuando ambas líneas chocaron con un estruendo ensordecedor. El escudo de Blake se dobló sobre su rostro y su cuerpo con tanta fuerza que casi cayó de la silla. Sintió que su propia lanza encontraba su blanco antes de astillarse, y entonces, medio atontado, atravesó la línea de acero mientras su caballo, frenético y descontrolado, cabalgaba enloquecido hacia las tiendas de los de Bohun. Blake hizo un esfuerzo por hacerse cargo de la situación; tiró de las riendas con fuerza y, finalmente, logró recuperar el control sobre el corcel. No pudo ver el resultado del choque inicial hasta que volvió grupas. Media docena de caballos se incorporaban del suelo, y cerca de otra veintena cabalgaban sin jinete por las lizas. Unos veinte caballeros yacían tendidos en el suelo, y el doble de escuderos y sirvientes corrían a socorrer a sus amos. A esas alturas varios caballeros habían vuelto sus lanzas contra su enemigo, y Blake vio que uno de los del Sepulcro se dirigía hacia él. Entonces alzó su lanza rota por encima de la cabeza para indicar que estaba momentáneamente fuera de combate, y después galopó raudo hacia su bando de las lizas, donde le aguardaba Edward con una lanza entera. -Lo habéis hecho notablemente bien, querido amo -dijo Edward. -¿Conseguí tumbar al mío? -preguntó Blake. -Así fue, señor -aseguró Edward, sonrojado de orgullo y placer-: rompisteis vuestra lanza contra su escudo con tanta fuerza que lograsteis desmontarlo. Armado de nuevo, Blake volvió grupas hacia el centro de las lizas, donde se desarrollaba una serie de enfrentamientos individuales. A esas alturas habían caído más caballeros, y los vencedores buscaban nuevos oponentes ayudados por los gritos y advertencias procedentes de las tribunas. Mientras Blake volvía a las lizas, muchos de la tribuna norte, ocupada por los caballeros y seguidores del Sepulcro, no le quitaban ojo de encima. -¡El caballero negro! -gritaron-. ¡Allí! ¡Sir Wildred! Ahí está el caballero que derribó a sir Guy. ¡A por él, sir Wildred! Éste, a un centenar de metros de distancia, bajó la lanza. -¡Allá voy, caballero negro! -gritó. -¡Estás acabado! -respondió a gritos Blake, mientras picaba espuelas hacia el caballo enemigo. Sir Wildred era un hombretón que cabalgaba un robusto caballo ruano con la velocidad de un ciervo y el corazón de un león. Aquella pareja habría supuesto un duro lance para cualquier representante de la flor y nata de la caballería de Nimmr. Quizá fue una suerte para Blake que Wildred no pareciera sino un caballero del Sepulcro como cualquier otro, y también que no le supiera protagonista de muchas canciones trovadorescas que alababan las gestas de los del Sepulcro. De hecho, cualquier caballero parecía un adversario formidable para Blake, que seguía siendo incapaz de comprender cómo había logrado desmontar a su oponente en el primer enfrentamiento del evento. «El pajarito debió de perder ambos estribos», pensó cuando Edward le había anunciado su victoria. Sin embargo, empuñó con fuerza la lanza como el mejor y el más noble de los caballeros, y cabalgó en pos del formidable sir Wildred. Éste cargaba en diagonal a través del campo, desde la tribuna sur. Más allá Blake creyó ver la estilizada y femenina figura que observaba el desarrollo de la contienda desde el palco central. No pudo ver sus ojos, pero supo que le miraban a él. -¡Por mi princesa! -susurró mientras la silueta de sir Wildred se le acercaba. La lanza dio contra el escudo y ambos caballeros chocaron con una fuerza terrible; Blake se vio levantado de la silla y arrojado con violencia al suelo. Al sentarse en el suelo comprobó que no estaba atontado ni malherido; de pronto su rostro dibujó una mueca al ver que su oponente, a pocos metros de él, también había caído. Pero sir Wildred, en cambio, no sonreía. ¡Señor! -gritó-. ¿Acaso os burláis de mí? -Si yo tengo el mismo aspecto que usted -aseguró Blake-, entonces no tardará mucho en verle la gracia. Sir Wildred frunció el ceño.¡Pardiez! -exclamó-. ¡Si vos sois un caballero de Nimmr, entonces yo soy sarraceno! ¿Quién sois vos? Vuestra forma de hablar no es propia de alguien del valle. -¿Está malherido? -preguntó Blake al incorporarse y acercarse al caballero-. Le echaré una mano. -Vive Dios que sois extraño caballero dijo sir Wildred-. Ahora recuerdo que ayudasteis a sir Guy después de asestarle un buen tajo. -En fin, ¿hay algo malo en ello? -preguntó Blake-. No tengo nada contra usted. Nos hemos metido una paliza de mil demonios y ya está. ¿Por qué tendríamos que quedarnos aquí sentados y ponernos mala cara? Sir Wildred negó con la cabeza. -Estáis más allá de mi comprensión -admitió. Sus escuderos y un puñado de sirvientes habían llegado a esas alturas, aunque ninguno de los caballeros desmontados estaba tan malherido como para no poder caminar sin ayuda. Al dirigirse hacia sus respectivas tiendas, Blake se volvió y sonrió a Wildred. -¡Ha sido un placer, viejo! -gritó alegremente-. Espero que volvamos a vernos algún día. Sir Wildred caminó hacia su tienda sin dejar de agitar la cabeza, seguido por el escudero y el sirviente que habían llegado corriendo. En su tienda, Blake se enteró de que el final del gran torneo aún estaba por decidirse; pasó media hora hasta que el último de los caballeros de Ninmir cayó derrotado, dejando a dos caballeros del Sepulcro victoriosos en el campo. No obstante, no bastó con esa última victoria para recuperar la ventaja de cuatro puntos que los Delanteros tenían antes de que empezara el evento, y poco después los heraldos anunciaron que los caballeros de Nimmr habían ganado el gran torneo por la escasa ventaja de dos puntos. Entre el griterío de júbilo de los ocupantes de la tribuna sur, los caballeros de Nimmr que habían tomado parte en el torneo y habían conseguido los puntos para los Delanteros formaron para cabalgar por la liza y reclamar el gran trofeo. No todos estaban presentes, ya que algunos habían muerto o estaban malheridos a causa de los enfrentamientos que siguieron a sus victorias; aunque las bajas en ambos bandos eran muy inferiores a lo que Blake había imaginado en un principio. Habían muerto cinco hombres y quizás una veintena más estaban demasiado malheridos para cabalgar. Las bajas se repartían equitativamente en ambos bandos. Mientras los de Nimmr recorrían el campo para reclamar a las cinco doncellas de la ciudad del Sepulcro, Bohun reunió a su lado a todos sus caballeros en el extremo de la liza correspondiente, como si se dispusieran a partir hacia su campamento. Al mismo tiempo, un caballero del Sepulcro que llevaba la piel de leopardo de un bacinete de Nimmr, accedió a la tribuna por la parte sur del campo y se dirigió hacia el palco del príncipe Gobred. Bohun aguardó. Los caballeros de Nimmr se encontraban al otro extremo del campo, entretenidos en los rituales dictados por las leyes del gran torneo, que prescribían el recibimiento que se debía a las cinco doncellas. Dos jóvenes caballeros permanecían sentados en sendos corceles cerca de Bohun, con los ojos puestos en el rey. Uno de ellos sostenía las riendas de un caballo sin jinete. De pronto, Bohun levantó la mano y picó espuelas a través del campo seguido por sus caballeros. Se desplazaron un poco hacia el extremo del campo, donde se habían congregado los caballeros de Nimmr, para que la mayor parte se encontrara entre esa zona del campo y el palco de Gobred. El joven caballero que se había sentado junto a Bohun y el compañero que tenía las riendas del caballo entre las manos picaron espuelas a una para dirigirse directamente hacia la tribuna de Nimmr, hacia el palco del príncipe. Al llegar, uno de ellos saltó de la silla para acceder al palco desde la parte posterior, cogió a Guinalda en brazos, la arrojó rápidamente al joven caballero que aguardaba para recibirla, saltó por encima del pasamanos y cayó sobre la silla del caballo que sostenían para él. Acto seguido picaron espuelas, volvieron grupas y se alejaron ante la sorpresa del príncipe Gobred y de quienes apenas tuvieron tiempo de levantar la mano para detenerlos. Tras ellos cabalgaron Bohun y los caballeros del Sepulcro. Abandonaron el campo y se perdieron entre los robles. De pronto se produjo un ruido de mil demonios. Un trompeta situado en el palco de Gobred dio la alarma. El príncipe se alejó corriendo de la tribuna hasta el lugar donde un sirviente sostenía su caballo; los caballeros de Nimmr, ignorantes de lo que había ocurrido, sin saber hacia dónde dirigirse, miraron alrededor de las lizas durante unos segundos. Entonces llegó Gobred, cabalgando con agilidad. -¡Bohun ha raptado a la princesa Guinalda! -gritó-. Buenos caballeros de Nimmr... -pero antes de que pudiera decir algo más, o dar órdenes a sus hombres, un caballero negro que montaba un corcel negro picó espuelas y pasó a través de los caballos, en pos de los caballeros del Sepulcro que habían emprendido la retirada.
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