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Capítulo XX

XX

¡Te quiero!

Lord Tarzán cabalgaba en compañía de sir Bertram siguiendo la estela de los caballeros de Nimmr, a quienes no alcanzaron hasta después de que Blake hubiera salvado a la princesa Guinalda. Después llegaron los hombres de Gobred para enfrentarse en combate con los del Sepulcro, y al acercarse, Tarzán vio a dos caballeros enzarzados en singular combate. El caballero de Nimmr cayó ante la lanza de su adversario, que inmediatamente después se fijó en Tarzán.

-¡Voy por vos, caballero! -gritó el del Sepulcro. Acto seguido agarró la lanza con fuerza y picó espuelas hacia su adversario.

Aquella era una experiencia totalmente nueva para el hombre mono, una nueva aventura, una nueva emoción. Sabía tanto de justas con lanza como de jugar al ping pong, pero desde niño había manejado dicha arma, y por ello sonrió al ver al caballero que cargaba hacia él.  Lord Tarzán aguantó la carga, y al caballero del Sepulcro le desconcertó comprobar que su adversario esperaba su llegada inmóvil, sin picar espuelas. Lord Bertram había vuelto grupas para observar el curso del combate y ver cómo se las apañaba el par de Inglaterra en una justa, pero también estaba perplejo. ¿Sería un loco? ¿Tendría miedo?  A medida que se acercaba su rival, Tarzán se incorporó apoyado en los estribos y tiró hacia atrás el brazo que sostenía la lanza por encima de la cabeza; cuando la lanza del oponente se encontraba a unos metros de distancia, el hombre mono arrojó el arma como tantas otras veces había arrojado la lanza de caza, o la de combate, según se encontrara cazando o luchando. No era el vizconde de Greystoke el que se enfrentaba en ese momento al caballero del Sepulcro; tampoco era el rey de los grandes monos. Era el jefe de los waziri, y ningún otro brazo del mundo habría sido capaz de esgrimir una lanza pesada como el suyo.  La lanza salió disparada con fuerza, con tanta rapidez como una flecha.  Dio contra la armadura del caballero del Sepulcro justo por encima del ombligo y, pese a las astillas que saltaron por la fuerza del impacto, la punta horadó la malla hasta llegar al corazón. Al mismo tiempo, Tarzán tiró de las riendas del caballo para hacerse a un lado, de modo que su caído rival pasó de largo al trote.

Sir Bertram sacudió la cabeza y picó espuelas para enfrentarse a un caballero enemigo que le había retado. No estaba seguro de que la forma de actuar de Tarzán fuera demasiado ética, pero debía admitir que había resultado un magnífico espectáculo.

Los caprichos de la batalla llevaron a Tarzán hacia el oeste. Perdida la lanza, luchó a espada. La suerte, su gran fuerza y su maravillosa agilidad le hicieron salir victorioso en los dos encuentros en los que participó. A esas alturas, la batalla se había desplazado hacia el nordeste.

Tarzán dio buena cuenta de su segundo oponente pese a haber perdido la lanza, y un caballero del Sepulcro había acabado con uno de Nimmr.  Eran los únicos que quedaban en el campo, y el del Sepulcro no perdió un instante en retar a gritos al hombre mono. Jamás en toda su vida había encontrado Tarzán hombres tan fieros y valientes, tan sedientos de sangre. El hecho de que glorificaran su existencia mediante el conflicto y la muerte, con una furiosa lujuria que superaba el más enloquecedor de los fanatismos que había conocido, llenaba a Tarzán de admiración. ¡Qué hombres! ¡Qué guerreros!

En ese momento, el último caballero se acercaba a él. Sus espadas entrechocaron mientras se resguardaban al amparo del escudo.  Volvieron grupas para golpearse de nuevo en combate cuerpo a cuerpo.

Ambos se erguían en los estribos para descargar el tajo más terrible; ambos parecían dispuestos a hendir el arma en el cráneo enemigo. La hoja del caballero del Sepulcro rebotó en el escudo de Tarzán y se hendió en el cráneo del caballo del hombre mono, pero la hoja de Tarzán no falló. Éste saltó al caer su caballo, y su adversario cayó de bruces muerto a sus pies mientras la montura, sin jinete, se alejaba al galope hacia la ciudad del Sepulcro.

Tarzán miró a su alrededor. Estaba solo en el campo. Lejos, al norte, y también al este, vio el polvo que levantaba la batalla. La ciudad de Nimmr se encontraba al final de la llanura, al sur. Blake se dirigiría hacia allí cuando terminara la batalla, y era a Blake a quien Tarzán había ido a buscar. El sol se hundía bajo las colinas occidentales cuando se volvió dispuesto a caminar a Nimmr. La cota de malla que vestía era muy pesada, cálida e incómoda, y no pasó mucho tiempo antes de que decidiese deshacerse de ella. Tenía el cuchillo y la cuerda, cosas que siempre llevaba consigo. De modo que dejó en el suelo la espada y la armadura y emprendió el camino de vuelta con un suspiro de alivio.  Mientras Ibn Jad atravesaba el valle procedente de la ciudad del Sepulcro en dirección a la ciudad que había visto al otro lado, se sintió perturbado por las enormes nubes de polvo levantadas por los caballeros del Sepulcro y los de Nimmr que los perseguían.  Cerca, a su derecha, había un bosque, y consideró que sería prudente ocultarse en sus sombras hasta averiguar más detalles que explicaran la naturaleza de aquella enorme nube que se acercaba con tanta rapidez.  En el interior del bosque hacía fresco, e Ibn Jad y sus seguidores tuvieron oportunidad de descansar.

-Quedémonos aquí -sugirió Abd al-Aziz- hasta la tarde. Entonces podremos acercarnos a la ciudad al amparo de la oscuridad.  Ibn Jad se mostró de acuerdo con el plan, de modo que acamparon en el interior del bosque y esperaron. Observaron que la nube de polvo pasaba de largo a su altura, y que se dirigía hacia la ciudad del Sepulcro.

-Billah, menos mal que escapamos de ese pueblo antes de que volviera su dueño -dijo Ibn Jad.

Vieron entrar a un jinete en el bosque, o pasar al sur del mismo, cosa que no pudieron saber a ciencia cierta, pero como no les interesaba ningún jinete en particular no investigaron más. Parecía llevar a otra persona en el caballo, o algún bulto de tamaño considerable. A esa distancia no podían distinguir de qué se trataba.

-Quizá -dijo Abd al-Aziz- encontremos mayores tesoros en la ciudad del sur.

-Y quizá también a la mujer maravillosa de la que nos habló el Sahar - añadió Ibn Jad-, ya que no la encontramos en la ciudad que hemos saqueado esta mañana.

-Allí había algunas que eran maravillosas -dijo Fahd.

-La que busco es más bella que una hurí -dijo Ibn Jad.

Cuando reemprendieron la marcha justo antes de anochecer, se movieron con cautela por el lindero del bosque. Habían recorrido quizás un kilómetro y medio cuando los de la vanguardia oyeron un rumor de voces. Ibn Jad envió a uno de sus hombres a investigar. El hombre no tardó en volver. Tenía la mirada febril de la emoción.

-¡Ibn Jad -susurró-, no es necesario que busquéis más: la hurí está justo ahí!

Siguiendo la sugerencia del explorador, Ibn Jad se adentró junto a sus acompañantes en el bosque y se acercó a Blake y Guinalda por el oeste.  Cuando sir Galahad rompió las riendas y Blake desenfundó el cuarenta y cinco, Ibn Jad supo que no podían seguir mucho más tiempo escondidos y por ello llamó a Fahd.

-Muchos de los nasraní hablan la lengua que aprendiste entre los soldados del norte -dijo-. Habla a este hombre en esa lengua; dile que nos hemos extraviado y que somos amigos.

Cuando Fahd vio a la princesa Guinalda, sus ojos se abrieron como platos y se puso a temblar como alguien aquejado de fiebres. Jamás en su vida había visto a mujer más hermosa, y jamás habría creído que una blanca pudiera ser tan adorable.

-No disparéis sobre nosotros -dijo a Blake, desde detrás de unos arbustos-. Somos amigos y nos hemos perdido.

-¿Quiénes sois? -preguntó Blake, sorprendido de oír hablar francés en el valle del Sepulcro.

-Somos gente pobre del desierto -contestó Fahd-. Nos hemos perdido.

Ayúdanos a encontrar el camino de regreso y que todas las bendiciones de Alá recaigan sobre ti.

-Salid y dejad que os vea -dijo Blake-. Si vuestras intenciones son amistosas no tenéis por qué temer nada de mí. Por hoy he agotado el cupo de problemas que estoy dispuesto a resolver.  Fahd e Ibn Jad salieron de entre los arbustos para darse a conocer. Al verlos, Guinalda soltó un grito y cogió a Blake del brazo.

-¡Los sarracenos! -exclamó ahogando otro grito.

-Supongo que son sarracenos, pero no te preocupes -dijo Blake- No van a hacerte daño.

-¿No atacarán a un cruzado? -preguntó con incredulidad.

-Estos tipos no han oído hablar en su vida de las Cruzadas.

-No me gusta el modo en que me miran -susurró Guinalda.

-En fin, a mí tampoco, pero quizá no alberguen malas intenciones.

Los árabes se acercaron sonriendo de oreja a oreja, y a través de Fahd Ibn Jad repitió sus expresiones de amistad, y su alegría de haber encontrado a alguien capaz de indicarle cómo salir del valle. Hizo muchas preguntas sobre la ciudad de Nimmr; y entre tanto, sus seguidores estrecharon el cerco sobre Blake. De pronto las sonrisas desaparecieron de sus rostros cuando, a una señal del jeque, cuatro robustos beduinos se abalanzaron sobre el americano y lo tumbaron en el suelo para arrebatarle el arma, mientras otros dos se hacían con la princesa Guinalda.

No tardaron nada en atar y amordazar a Blake. Después, los árabes debatieron qué hacer con él. Varios querían cortarle la garganta, pero Ibn Jad se opuso, ya que se encontraban en un valle repleto de amigos de aquel blanco, y si los caprichos de la fortuna decidían entregar a algunos beduinos a manos del enemigo, siempre se portarían mejor con ellos si no mataban a Blake.

Blake amenazó, juró, rogó que pusieran en libertad a Guinalda, pero Fahd se limitó a reírse de él, y a escupirle. Durante un tiempo pareció seguro que iban a matar a Blake, cuando uno de los beduinos se situó ante él con el afilado juxa en la mano, a la espera de recibir órdenes de Ibn Jad. Entonces Guinalda se libró de quienes la retenían y se arrojó sobre él para proteger su cuerpo de aquel cuchillo, interponiendo el suyo propio.

-¡No lo mataréis! -gritó-. Matadme a mí y derramaréis sangre cristiana, pero a él perdonadlo.

-No entienden lo que dices, Guinalda -dijo Blake-. Quizá no me maten, pero eso no importa. Debes huir.

-¡Oh, no os matarán, no os matarán! ¿Podréis perdonar las crueles cosas que os he dicho? No las decía en serio. Heristeis mi orgullo cuando Malud me contó lo que le habíais dicho, y por ello hablé para heriros, pero no lo decía en serio. ¿Podréis perdonarme?

-¿Perdonarte? ¡Por el amor de Dios, podría perdonarte un asesinato! Pero ¿qué te dijo Malud?

-Oh, no importa. ¿Qué importa lo que pudierais decir? ¡Os he dicho que lo olvidéis! Volved a decir las palabras que dijisteis cuando colgué mi prenda de vuestro hombro y os lo perdonaré todo.

-¿Qué os dijo Malud? -insistió Blake.

-Que habíais fanfarroneado respecto a que me conquistaríais y después rechazaríais mi amor -susurró.

-¡Gusano! Es necesario que sepas que mentía, Guinalda.

-Decid lo que os he pedido y sabré que mentía -insistió ella.

-¡Te quiero! ¡Te quiero, Guinalda! -gritó Blake.

Los árabes cogieron a la chica con sus manazas de hierro y la pusieron en pie. Ibn Jad y el resto seguían discutiendo acerca de lo que debía hacerse con Blake.

-¡Por Alá! -exclamó finalmente el jeque-. Dejaremos al nasraní donde está, y si muere nadie podrá decir que fueron los Beduw quienes lo mataron. Abd al-Aziz, coge a algunos hombres y cruza el valle hacia la otra ciudad. Vamos, te acompañaré un trecho para que hablemos sin que el nasraní esté presente; quizás entienda mejor nuestra lengua de lo que nosotros pensamos.

Al emprender el camino hacia el sur, Guinalda intentó liberarse de nuevo de sus secuestradores, pero éstos se la llevaron a rastras. Blake la vio debatirse hasta el final, y también vio su adorable rostro vuelto hacia él, y al desaparecer de su vista entre los árboles para adentrarse en la oscuridad de la noche, ella gritó dos palabras que significaban más para él que todas las palabras de todas las lenguas del mundo juntas.

-¡Os amo!

A cierta distancia de Blake, los árabes se detuvieron.

-Aquí me separo de vosotros, Abd al-Aziz -dijo Ibn Jad-. Adelante, a ver si descubrís que la ciudad es lugar de riquezas. Si está bien vigilada no intentéis nada; al contrario: volved al manzil que encontraréis más allá de la cima norte, donde está ahora. Si lo desplazamos, dejaremos un rastro tan claro que podréis seguirlo sin dificultad. Yo me apresuro a dejar el valle cargado con este rico tesoro, por no mencionar a la mujer.  ¡Billah! En el norte pagarán por ella el rescate de una docena de jeques. ¡Partid, Abd al-Aziz, y que Alá os acompañe!

Ibn Jad se volvió directamente al norte. Creía que el gran ejército de jinetes cuyo rastro había visto en la distancia gracias a la nube de polvo volvía a la ciudad que acababa de saquear, por lo cual no podía salir del valle por la misma ruta por la que había entrado, y por ello estaba decidido a intentar escalar las escarpadas montañas por la falda oeste de la ciudad del Sepulcro, evitando el castillo y a sus ocupantes.  Blake escuchó los pasos de los beduinos a medida que se perdían en la distancia. Forcejeó con las ataduras, pero la piel de camello no cedió un solo milímetro. Después permaneció inmóvil. Qué silencioso, qué solitario parecía el negro y ominoso bosque de los leopardos. Blake escuchó con atención. Por un momento creyó oír el rumor de pasos, el sonido de grandes cuerpos peludos acercándose a través de la hojarasca.  Los minutos se arrastraron lentamente. Había pasado una hora.

La luna surgió en el firmamento. Era una luna grande, creciente, roja.  Surgió en silencio por encima de las lejanas montañas. Aquella luna le observaba a él, pero también observaba a Guinalda. Susurró un mensaje para ella, un mensaje para su princesa. Era la primera vez que Blake estaba enamorado, y a punto estuvo de olvidar sus ataduras y la amenaza de los leopardos al repetir aquellas dos palabras que Guinalda había gritado en la distancia de su separación.

¿Qué había sido eso? Blake forzó la vista en la oscuridad que reinaba en el bosque sombrío. ¡Algo se movía! Sí, era el sonido de sutiles pasos, el roce de un cuerpo peludo contra las hojas y las ramas. El leopardo del bosque se acercaba. ¡Pero atención! Debía de haber otro en un árbol cercano, porque estaba seguro de ver una sombra casi encima de él.  La luz de la luna que se recortaba al este, en el horizonte, se filtró entre los árboles e iluminó el terreno donde estaba Blake, hasta llegar más allá, a unos doce metros más o menos. En ese momento, en el terreno iluminado apareció un enorme leopardo. Blake pudo ver la mirada fiera de sus ojos, sintió cómo se fijaban en él como el fuego. No podía apartar los suyos de la imponente figura del felino, impelido por una morbosa fascinación.

El carnívoro se acercó a él centímetro a centímetro, como si disfrutara de la situación. Blake vio la sinuosa cola golpear de lado a lado; vio los enormes colmillos al desnudo; vio a la bestia estirarse en el suelo, con los músculos tensos. ¡Estaba a punto de saltar! Indefenso, horrorizado, Blake era incapaz de apartar la mirada de aquel rostro, que se le antojó tan sonriente como horripilante. Vio que de pronto saltaba con la agilidad y la ligereza de un gato domesticado, y en el mismo instante vio algo relucir en el aire. El leopardo se detuvo a medio salto, antes de que lo izaran al árbol que había sobre la cabeza de Blake.  Vio la forma oscura que había visto antes, aunque en ese momento correspondía a un hombre, el mismo que había levantado al leopardo mediante una cuerda que había arrojado al cuello del felino, en cuanto hizo el ademán de saltar sobre la presa. Entre gritos, sin dejar de forcejear con uñas y dientes, Sheeta el leopardo se vio arrastrado al árbol. Una poderosa mano lo cogió del cuello, mientras la otra le hundía la hoja de un cuchillo en pleno corazón.

Cuando Sheeta dejó de luchar y quedó colgando completamente inmóvil, la mano soltó su presa y el cadáver del animal cayó al suelo junto a Blake. Entonces, la divina criatura de un hombre blanco casi desnudo cayó suavemente sobre un lecho de hojas.

-¡Tarzán de los Monos! -gritó Blake, alegre y sorprendido.

-¿Blake? -preguntó el hombre mono antes de añadir-: ¡Por fin! Por lo visto te he encontrado en el momento más oportuno.

-¡Sabias palabras! -exclamó Blake.

Tarzán cortó las ataduras que mantenían inmóvil al americano.

-¿Me estabas buscando? -preguntó Blake. -Desde que me enteré de que te habías separado del safari.

-¡Por San Jorge! ¡Eso ha sido muy noble por tu parte!

-¿Quién te ha dejado aquí atado? -Un puñado de árabes.

Algo similar a un gruñido escapó de los labios del hombre mono.

-¿Ese villano de Ibn Jad anda por aquí? -preguntó con incredulidad.

-Se llevaron a una chica que estaba conmigo -dijo Blake-. No creo que sea necesario pedirte que me ayudes a rescatarla.

-¿Por dónde se fueron? -preguntó Tarzán.

-Por allí -dijo Blake señalando hacia el sur.

-¿Cuándo?

-Hará una hora.

-Será mejor que te libres de esa armadura -recomendó Tarzán-. Es muy engorroso andar con ella, te lo digo por experiencia.  Blake se libró de la cota de malla con la ayuda del hombre mono, y después ambos se dispusieron a seguir el rastro dejado por los árabes.  Allí donde Ibn Jad se había separado para volver al norte no supieron cuál de los dos rastros seguir, ya que las huellas de Guinalda, que el hombre mono había descubierto de vez en cuando desde que abandonaron el lugar donde raptaron a la chica, desaparecían por completo.  Se preguntaron qué habría sido de ellos. No tenían forma de saber que en ese lugar, cuando ella descubrió que Ibn Jad iba a alejarse de Nimmr, se había negado a seguir caminando. No pasó nada mientras se acercaban a Nimmr, pero después se negó en redondo a tomar parte en su propio secuestro cuando supo que se alejaría aún más de su hogar.

La brisa que soplaba procedente del este impidió a Tarzán recurrir a su poderoso olfato, de modo que ni siquiera el hombre mono tenía forma de saber en qué dirección, o en que compañía, se había ido Guinalda.

-Lo más razonable -dijo Tarzán- es que tu princesa acompañe al grupo que se dirigió al norte; por lo que sé, el manzil de Ibn Jad se encuentra en esa dirección. No accedió al valle por el sur. Eso lo sé porque yo mismo entré por ese camino, y sir Bertram me aseguró que sólo había dos vías de entrada: la mía y la que discurre al norte de la ciudad del Sepulcro. Ibn Jad querrá sacar a la muchacha del valle y llevarla al campamento tan pronto como sea posible, tanto si tiene intención de retenerla como si quiere llevarla al norte para venderla. El grupo que siguió hacia el sur, hacia Nimmr, puede que tenga intención de dirigirse allí para negociar el rescate; pero lo más probable es que no los acompañe. Sin embargo, todo esto no son más que conjeturas. Debemos asegurarnos, y por tanto sugiero que sigas su rastro hacia el norte, que es, estoy seguro, el que conducirá a la chica, mientras yo mismo me dirijo hacia el sur.

-Yo puedo viajar más rápidamente que tú y, si estoy en lo cierto y la chica está con los que se dirigieron al norte, daré la vuelta y te alcanzaré sin perder mucho tiempo. Si alcanzas a los del norte y descubres que no tienen a la chica, lo mejor será que des media vuelta y te reúnas conmigo; pero si la ves, espera a que yo vuelva y no te arriesgues, ya que no vas armado, y esos beduinos no dudarán a la hora de cortarte la garganta, como no dudan a la hora de tomar una taza de café. En fin, ¡adiós y buena suerte! -Y Tarzán de los Monos se alejó corriendo en la misma dirección del rastro del grupo que se había dirigido en dirección a Nimmr, mientras Blake se volvía al norte para emprender el tenebroso camino que atravesaba las oscuras profundidades del bosque de los leopardos.

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Tarzán de los Monos | El Regreso de Tarzán | Tarzán, El Señor de la Jungla


 


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