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9. La luz en el páramo «Mansión de los Baskerville, 15 de octubre »Mi querido Holmes: »A la mañana siguiente, antes de bajar a desayunar, examiné la
habitación que Barrymore había visitado la noche anterior. La ventana orientada
al oeste por la que miraba con tanto interés, tiene, según he podido advertir,
una peculiaridad que la distingue de todas las demás ventanas de la casa: es la
que permite ver el »Pero, fuera cual fuese la verdadera explicación de los movimientos de Barrymore, consideré superior a mis fuerzas la responsabilidad de guardar el secreto sobre sus actividades hasta que pudiera explicarlas de manera satisfactoria, por lo que después del desayuno me entrevisté con el baronet en su estudio y le conté todo lo que había visto. Sir Henry se sorprendió menos de lo que yo esperaba. »-Sabía que Barrymore andaba de noche por la casa y había pensado hablar con él sobre ello -me dijo-. He oído dos o tres veces sus pasos en el corredor, yendo y viniendo, más o menos a la hora que usted menciona. »-En ese caso quizá visite precisamente esa ventana todas las noches -sugerí. »-Tal vez lo haga. Si es así, estaremos en condiciones de seguirlo y de ver qué es lo que se trae entre manos. Me pregunto qué haría su amigo Holmes si estuviera aquí. »-Creo que haría exactamente lo que acaba usted de sugerir -le respondí-. Seguiría a Barrymore y vería qué es lo que hace. »-Entonces lo haremos juntos. »-Pero sin duda nos oirá. »-Es bastante sordo y de todos modos hemos de correr el riesgo. Aguardaremos en mi habitación a que pase -Sir Henry se frotó las manos encantado, y era evidente que acogía aquella aventura como un agradable descanso de la vida excesivamente tranquila que llevaba en el páramo. »El baronet ha estado en contacto con el arquitecto que preparó
los planos para Sir Charles y también con el contratista londinense que se
encargó de las obras, de manera que quizá muy pronto empiecen a producirse aquí
grandes cambios. También han venido de Plymouth decoradores y ebanistas: sin
duda nuestro amigo tiene grandes ideas y no quiere escatimar esfuerzos ni gastos
para restaurar el antiguo esplendor de su familia. »Después de la conversación acerca de Barrymore que ya he citado, Sir Henry se caló el sombrero y se dispuso a salir. Como la cosa más natural, yo hice lo mismo. »-Cómo, ¿viene usted conmigo, Watson? -me preguntó, mirándome de una forma muy peculiar. »-Eso depende de que se dirija usted al páramo -le respondí. »-Sí, eso es lo que voy a hacer. «-Bien; sabe usted cuáles son mis instrucciones. Siento entrometerme, pero sin duda recuerda usted lo mucho que Holmes insistió en que no lo dejase solo y sobre todo en que no se internara por el páramo sin compañía. »Sir Henry me puso la mano en el hombro acompañando el gesto de una cordial sonrisa. »-Mi querido amigo -dijo-; pese a toda su sabiduría, Holmes no previó algunas de las cosas que han sucedido desde que llegué al páramo. ¿Me entiende? Estoy seguro de que no desea usted convertirse en aguafiestas. He de salir solo. »Sus palabras me colocaron en una situación muy incómoda. No sabía qué hacer ni qué decir, y antes de que tomara una decisión Sir Henry cogió el bastón y se marchó. »Pero cuando empecé a reflexionar sobre el asunto, mi conciencia
me reprochó amargamente que lo perdiera de vista, cualquiera que fuese el
pretexto. Imaginé cómo me sentiría si tuviera que presentarme ante usted y
confesarle que había sucedido una desgracia por no seguir sus instrucciones al
pie de la letra. Le aseguro que se »Me apresuré todo lo que pude carretera adelante sin encontrar
rastro alguno de Sir Henry hasta llegar al punto en que nace el sendero del
páramo. Una vez allí, temiendo que quizá, después de todo, había seguido una
dirección equivocada, trepé por una colina -utilizada en otro tiempo como
cantera de granito negro-, desde donde se divisa un panorama bastante amplio.
Una vez en la cima vi de inmediato a Sir Henry. Se hallaba en el sendero del
páramo, a unos cuatrocientos o quinientos metros de distancia, y le acompañaba
una dama que sólo podía ser la señorita Stapleton. Estaba claro que existía un
entendimiento entre ellos y que se habían dado cita. Caminaban despacio,
absortos en la conversación que mantenían, y vi que ella hacía rápidos
movimientos con las manos »Nuestro amigo el baronet y la dama se habían detenido en la
senda y seguían hablando absortos, cuando observé de repente que no era yo el
único testigo de su entrevista. Una mancha verde que flotaba en el aire atrajo
mi atención y, al mirarla con más detenimiento, vi que iba sujeta a un mango y
que la llevaba un hombre que avanzaba por terreno accidentado. Era Stapleton,
con su cazamariposas. Estaba mucho más cerca de la pareja que yo, y daba la
impresión de moverse hacia ellos. En aquel instante Sir Henry atrajo de repente
a la señorita Stapleton hacia sí y le pasó la mano por la cintura, pero a mí me
pareció que ella se esforzaba por separarse y que apartaba el rostro. Nuestro
amigo inclinó la cabeza y ella alzó una mano como para protestar. Un instante »Yo no lograba entender lo que significaba todo aquello, pero estaba muy avergonzado por haber presenciado una escena tan íntima sin que mi amigo lo supiera. De manera que corrí colina abajo hasta reunirme con él. Sir Henry tenía el rostro encendido por la cólera y fruncía el ceño como alguien que no sabe en absoluto qué hacer. »-¡Vaya, Watson! ¿De dónde sale usted? -me preguntó-. ¿No irá a decirme que me ha seguido a pesar de todo? »Le expliqué lo sucedido: cómo me había parecido imperdonable quedarme atrás, cómo le había seguido y cómo había presenciado todo lo ocurrido. Por un instante los ojos le echaron llamas, pero mi franqueza lo desarmó y al final se echó a reír de una manera bastante triste. »-Cualquiera hubiera creído que el centro de esa llanura era un
sitio suficientemente apartado -dijo-, pero, voto a bríos, se diría que todos
los habitantes de la zona habían salido a verme cortejar..., ¡y además con muy
poco acierto! ¿Dónde tenía usted »-Estaba en esa colina. »-Una de las últimas filas, ¿no es cierto? Pero Stapleton estaba mucho más cerca. ¿Lo vio acercarse a nosotros? »-Efectivamente. »-¿Ha tenido alguna vez la sensación de que esté loco? »-No; nunca lo he pensado. »-Yo tampoco. Siempre me había parecido que estaba en su sano juicio hasta hoy, pero me puede usted creer si le digo que a él o a mí deberían ponernos una camisa de fuerza. ¿Qué es lo que me pasa, de todos modos? Usted lleva varias semanas viviendo conmigo, Watson. Dígamelo con sinceridad ahora mismo. ¿Hay algo que me impida ser un buen esposo para la mujer que ame? »-Yo diría que no. »-Sin duda Stapleton no desaprueba mi posición social, de manera que se trata de mi persona. Pero, ¿qué tiene contra mí? Que yo sepa nunca he hecho daño a nadie. Sin embargo, no está dispuesto siquiera a permitir que roce la mano de su hermana. »-¿Es eso lo que ha dicho? »-Eso y mucho más. Pero le aseguro, Watson, que a pesar de las
pocas semanas transcurridas, desde el primer momento comprendí que estaba hecha
para mí y que yo, también..., que la señorita Stapleton era feliz cuando estaba
conmigo, y eso puedo jurarlo. Hay un brillo en los ojos de una mujer que habla
con más claridad que las palabras. Pero Stapleton nunca nos ha dejado a solas y
hoy tenía por fin la primera Haga el favor de explicarme qué significa todo esto, Watson, y quedaré tan en deuda con usted que nunca podré terminar de pagársela. »Intenté hallar una o dos explicaciones, pero, a decir verdad,
también yo estaba desconcertado. El título nobiliario de nuestro amigo, su
fortuna, su edad, su manera de ser y su aspecto están a su favor, y no me consta
que haya nada en contra suya, si se exceptúa el triste destino que parece
perseguir a su familia. Que su propuesta de matrimonio se rechace de manera tan
brusca, sin referencia alguna a los deseos de la propia interesada, y que la
dama misma acepte la situación sin protestar es de todo punto sorprendente. Sin
embargo las aguas volvieron a su cauce gracias a la visita que Stapleton en
persona hizo al baronet aquella misma tarde. Se presentó para pedir disculpas
por su comportamiento grosero de la mañana y, después de una larga »-Tampoco es que ahora me atreva a afirmar que está del todo en su sano juicio -me comentó Sir Henry después de la entrevista-, porque no olvido cómo me miraba mientras corría hacia mí esta mañana, pero tengo que reconocer que nadie podría disculparse con más elegancia. »-¿Ha dado alguna explicación por su conducta? »-Su hermana lo es todo en su vida, dice. Eso es bastante lógico, y me alegro de que se dé cuenta de lo mucho que vale. Siempre han estado juntos y, según lo que Stapleton cuenta, siempre ha sido un hombre muy solitario sin otra compañía que su hermana, de manera que la idea de perderla le resulta terrible. No se había percatado, ha dicho, de mis sentimientos hacia ella, y cuando ha visto con sus propios ojos que era efectivamente así y que podía perderla, la intensidad del sobresalto ha hecho que durante algún tiempo no fuera responsable ni de sus palabras ni de sus acciones. Lamenta mucho lo sucedido y reconoce lo estúpido y lo egoísta que es imaginar que podrá retener toda la vida a una mujer como su hermana. Si ella tiene que dejarlo, prefiere que se trate de un vecino como yo antes que de cualquier otra persona. Pero de todos modos es un golpe para él y le llevará algún tiempo prepararse para encajarlo. Dejará por completo de oponerse si yo le prometo mantener las cosas como están por espacio de tres meses y contentarme durante ese tiempo con la amistad de su hermana sin exigir su amor. Eso es lo que le he prometido y así han quedado las cosas. »De manera que eso aclara uno de nuestros pequeños misterios. Ya es algo tocar fondo en algún sitio de esta ciénaga en la que estamos metidos. Ahora sabemos por qué Stapleton miraba con desagrado al pretendiente de su hermana, pese a tratarse de un partido tan conveniente como Sir Henry. Y a continuación paso a ocuparme de otro hilo que ya he separado de esta madeja tan enredada: me refiero al misterio de los sollozos nocturnos, de las lágrimas en el rostro de la señora Barrymore y de los viajes secretos del mayordomo a la ventana con celosía que da a occidente. Felicíteme, mi querido Holmes, y dígame que no le he defraudado como agente suyo; que no lamenta la confianza que me demostró al enviarme aquí. Todos estos puntos han quedado completamente aclarados gracias al trabajo de una noche. »He dicho "el trabajo de una noche", pero, en realidad han sido
dos las noches, porque la primera nos llevamos un buen chasco. Estuve con Sir
Henry en su habitación hasta cerca de las tres de la madrugada, pero no oímos
otro ruido que las campanadas del reloj en lo alto de la escalera. Fue una
velada sumamente melancólica y los dos nos quedamos dormidos en nuestras sillas.
Por fortuna no nos desanimamos y decidimos intentarlo de nuevo. A la noche
siguiente redujimos la luz de la lámpara y fumamos cigarrillos sin »Sentimos pasar a Barrymore por delante del cuarto con mucha
cautela y perderse luego en la distancia. Después el baronet abrió la puerta sin
hacer ruido y salimos en su persecución. El mayordomo había atravesado ya la
galería y nuestro lado del corredor estaba completamente a oscuras. Nos
deslizamos en silencio hasta la otra ala. Llegamos a tiempo de vislumbrar la
alta figura de barba negra y hombros arqueados que avanzaba de puntillas hasta
entrar por la misma puerta donde yo le había visto dos noches antes, y Cuando por fin llegamos a la habitación y miramos dentro, lo encontramos agachado junto a la ventana, la vela en la mano, y el rostro pálido y ensimismado junto al cristal, exactamente igual que dos noches antes. »Habíamos preparado un plan de campaña, pero para el baronet las
formas de actuar más directas son siempre las más naturales, de manera que entró
sin más preámbulos en la habitación. Barrymore, jadeante, se irguió de un salto
de su sitio junto a la ventana y se inmovilizó, lívido y tembloroso, ante
nosotros. Sus ojos oscuros, que resaltaban mucho sobre la máscara blanca que era
su rostro, nos miraron, a uno tras otro, llenos »-¿Qué está usted haciendo aquí, Barrymore? »-Nada, señor -su agitación era tan intensa que apenas podía
hablar y la vela que empuñaba le temblaba tanto que las sombras saltaban arriba
y abajo-. Es por el viento, »-¿En el piso alto? »-Sí, señor, todas las ventanas. »-Mire, Barrymore -dijo Sir Henry con gran firmeza-: estamos decididos a que nos diga usted la verdad, de manera que se ahorrará molestias sincerándose cuanto antes. ¡Vamos! ¡Basta de mentiras! ¿Qué hacía usted junto a esa ventana? »El mayordomo nos miró con aire desvalido y se retorció las manos como alguien que se halla al límite de la duda y del sufrimiento. »-No hacía nada malo, señor. Sólo estaba delante de la ventana
con una vela encendida. »-No me lo pregunte, Sir Henry, ¡no me lo pregunte! Le doy mi palabra de que el secreto no me pertenece y no me es posible decírselo. Si sólo dependiera de mí no trataría de ocultárselo. »De repente se me ocurrió una idea y recogí la vela del alféizar donde la había dejado el mayordomo. »-Debe de servirle como señal -dije-. Veamos si hay respuesta. »Sostuve la vela como lo había hecho él, al mismo tiempo que
escudriñaba la oscuridad exterior. Como las nubes ocultaban la luna, sólo
distinguía vagamente la hilera de árboles y la tonalidad más clara del páramo.
Pero enseguida se me escapó un grito de júbilo, porque un puntito de luz
amarilla había traspasado de repente el oscuro velo y después siguió brillando
de manera uniforme en el centro del rectángulo negro que »-¡Ahí está! -exclamé. »-No, señor, no; no es nada..., nada en absoluto -intervino el mayordomo-. Le aseguro que... »-¡Mueva la luz de un lado a otro de la ventana Watson! -exclamó el baronet-. ¿Ve? ¡La otra también se mueve! ¿Qué nos dice ahora, bribón? ¿Sigue negando que es una señal? ¡Vamos, hable! ¿Quién es su compinche y qué fechoría es la que se traen entre manos? »La expresión de Barrymore se hizo desafiante. »-Es asunto mío y no suyo. No se lo diré. »-En ese caso deja usted de estar a mi servicio ahora mismo. »-Muy bien, señor. Si así ha de ser, así será. »-Y se marcha deshonrado. Por todos los demonios, ¡tiene usted motivos para avergonzarse de sí mismo! Su familia ha vivido con la mía durante más de cien años bajo este techo, y he aquí que lo encuentro metido hasta el cuello en alguna siniestra intriga en contra mía. »-¡No, señor, no! ¡No en contra de usted! »Era la voz de una mujer: la señora Barrymore, más pálida y más asustada aún que su marido, se hallaba junto a la puerta. Su voluminosa figura, envuelta en un chal y una falda, podría haber resultado cómica de no ser por la intensidad de los sentimientos que se leían en su rostro. »-Tenemos que marcharnos, Eliza. Esto es el fin. Ya puedes hacer el equipaje -dijo el mayordomo. »-¡John, John! ¿Voy a ser yo la causa de tu ruina? Todo es obra mía, Sir Henry..., yo soy la responsable. Todo lo que ha hecho lo ha hecho por mí y porque yo se lo he pedido. »-¡Hable, entonces! ¿Qué significa todo esto? »-Mi desgraciado hermano se está muriendo de hambre en el páramo. No podemos dejarlo perecer a las puertas mismas de nuestra casa. La luz es una señal para decirle que tiene comida preparada, y él, con su luz, nos indica el lugar donde hemos de llevársela. »-Entonces su hermano es ... »-El preso escapado, señor..., Selden, el criminal. »-Así es, señor -intervino Barrymore-. Como le he dicho, el secreto no era mío y no se lo podía contar. Pero ahora ya lo sabe, y se dará cuenta de que si había una intriga no era contra usted. »Ésa era, por tanto, la explicación de las sigilosas expediciones nocturnas y de la luz en la ventana. Tanto Sir Henry como yo nos quedamos mirando a la señora Barrymore sin esconder nuestro asombro. ¿Cabía imaginar que aquella persona de respetabilidad tan impasible llevara la misma sangre que uno de los delincuentes más tristemente célebres del país? »-Sí, señor; mi apellido de soltera era Selden y el preso es mi
hermano pequeño. Le consentimos demasiado cuando niño y le dejamos que hiciera
en todo su santa voluntad, por lo que llegó a creer que el mundo no tenía otra
finalidad que proporcionarle placeres y que podía hacer lo que le apeteciera.
Más tarde, al hacerse mayor, frecuentó malas compañías y el diablo se le metió
en el cuerpo, hasta que a mi madre le destrozó el corazón y arrastró nuestro
apellido por el barro. De delito en delito fue cayendo cada vez más bajo, hasta
que sólo la clemencia de Dios lo ha librado del patíbulo; pero para mí nunca ha
dejado de ser el niñito de cabellos rizados al que cuidé y con el que jugué,
como cualquier hermana mayor. Ésa es la razón de que se escapara, señor. Sabía
que yo vivía en esta casa y que no me negaría a ayudarlo. Cuando se arrastró una
noche hasta aquí, agotado y hambriento, con los guardianes pisándole los
talones, ¿qué podíamos hacer? Lo recogimos, lo alimentamos y cuidamos. Luego
regresó usted, señor, y mi hermano pensó que estaría más seguro en el páramo que
en cualquier otro sitio hasta que amainara la persecución, de manera que allí se
escondió. Pero cada dos noches nos comunicábamos con él poniendo una luz en la
ventana y, si respondía, mi marido le »Las palabras de la mujer estaban llenas de una vehemencia que las hacía muy convincentes. »-¿Es ésa la verdad, Barrymore? »-Sí, Sir Henry. Del principio al fin. »-Bien; no puedo culparlo por apoyar a su esposa. Olvide lo que le he dicho antes. Vuelvan los dos a su habitación y mañana por la mañana seguiremos hablando de este asunto. »Cuando se marcharon miramos de nuevo por la ventana. Sir Henry la había abierto, y el frío viento nocturno nos golpeaba en la cara. Muy lejos en la oscuridad brillaba aún el puntito de luz amarilla. »-Me sorprende que se atreva a descubrirse tanto -dijo Sir Henry. »-Tal vez sitúa la vela de manera que sólo sea visible desde aquí. »-Es muy posible. ¿A qué distancia cree que se encuentra? »-Calculo que a la altura de Cleft Tor. »-No más de dos o tres kilómetros. »-Menos, probablemente. »-No puede ser muy lejos si Barrymore tenía que llevarle la comida. Y ese canalla está esperando junto a la vela. ¡Voy a salir a capturarlo! »La misma idea me había pasado por la cabeza. No era como si los Barrymore nos hubieran hecho una confidencia. Les habíamos arrancado el secreto a la fuerza. Aquel individuo era un peligro para la comunidad, un delincuente implacable que no tenía excusa ni merecía compasión. No hacíamos más que cumplir con nuestro deber al aprovechar la oportunidad de devolverlo de nuevo a donde no pudiera hacer daño. Debido a su carácter brutal y violento, otros tendrían que pagar las consecuencias si nos cruzábamos de brazos. Cualquier noche, por ejemplo, podía atacar a nuestros vecinos los Stapleton, y tal vez esa idea hizo que Sir Henry se interesara tanto por aquella aventura. »-Le acompañaré -dije. »-Entonces recoja su revólver y póngase las botas. Cuanto antes salgamos mejor, porque ese individuo puede apagar la luz y marcharse. »Cinco minutos después habíamos iniciado ya nuestra expedición. Apresuramos el paso entre los oscuros arbustos, en medio de los apagados gemidos del viento del otoño y del crujir de las hojas caídas. El aire nocturno estaba cargado de olor a humedad y a putrefacción. De cuando en cuando la luna se asomaba unos instantes, pero las nubes casi cubrían el cielo por completo y en el momento en que salíamos al páramo empezó a caer una lluvia ligera. La luz seguía brillando delante de nosotros. »-¿Está usted armado? -pregunté. »-Tengo una fusta. »-Hemos de caer sobre él rápidamente, porque se dice que es un hombre desesperado. Debemos cogerlo por sorpresa y tenerlo a nuestra merced antes de que se resista. »-Escuche, Watson, ¿qué diría Holmes de esto? ¿Qué diría sobre esta hora de oscuridad en la que se intensifican los poderes del mal? »Como en respuesta a sus palabras se alzó de repente, en la
inmensa tristeza del páramo, el extraño sonido que yo había oído ya cerca de la
gran ciénaga de Grimpen. Nos llegó traído por el viento a través del silencio de
la noche: un murmullo largo y profundo, luego un aullido cada vez más poderoso y
finalmente el triste gemido con que acababa. Resonó una y otra vez, todo el aire
palpitando con él, estridente, salvaje y amenazador. El baronet me cogió de la
manga y palideció tanto que el rostro le brilló tenuemente en la »-¡Cielo santo! ¿Qué ha sido eso, Watson? »-No lo sé. Se trata de un sonido que se oye en el páramo. Es la segunda vez que lo escucho. »Los aullidos cesaron y un silencio absoluto descendió sobre nosotros. Aguzamos el oído, pero sin el menor resultado. »-Watson -dijo el baronet-, eso era el aullido de un sabueso. »La sangre se me heló en las venas, porque la voz se le quebró de una manera que ponía de manifiesto el terror repentino que se había apoderado de él. »-¿Qué dicen de ese sonido? -preguntó. »-¿Quiénes? »-Los habitantes de la zona. »-Bah, son gente ignorante. ¿Qué más le da lo que digan? »-Cuéntemelo, Watson. ¿Qué es lo que dicen? »Vacilé un momento, pero no podía escabullirme. »-Dicen que es el aullido del sabueso de los Baskerville. »Sir Henry dejó escapar un gemido y luego guardó silencio unos instantes. »-Era un sabueso -dijo por fin-, pero parecía venir de una distancia de varios kilómetros en aquella dirección, según creo. »-Es difícil saber de dónde procedía. »-Subía y bajaba con el viento. ¿No es ésa la dirección de la gran ciénaga de Grimpen? »-Sí, es ésa. »-Bien, pues era por allí. Dígame la verdad, ¿a usted no le pareció también que era el aullido de un sabueso? Ya no soy un niño. No tenga reparos en decirme la verdad. »-Stapleton se hallaba conmigo la otra vez. Dijo que podía ser el canto de un extraño pájaro. »-No, no; era un sabueso. Dios mío, ¿habrá algo de verdad en todas esas historias? ¿Es posible que esté realmente en peligro por una causa tan misteriosa? Usted no lo cree, ¿no es así, Watson? »-No, claro que no. »-Y sin embargo una cosa es reírse de ello en Londres y otra muy distinta estar aquí en la oscuridad del páramo y oír un aullido como ése. ¡Y mi tío! Encontraron las huellas del sabueso muy cerca de donde cayó. Todo concuerda. No creo ser cobarde, Watson, pero ese sonido me ha helado la sangre. ¡Tóqueme la mano! »Estaba tan fría como un bloque de mármol. »-Mañana se encontrará usted perfectamente. »-No creo que la luz del día consiga sacarme ese aullido de la cabeza. ¿Qué le parece que hagamos ahora? »-¿Quiere que regresemos? »-No, voto a bríos; hemos salido a capturar a nuestro hombre y eso es lo que haremos. Nosotros vamos tras el preso y es probable que un sabueso del infierno vaya tras de nosotros. Adelante. Haremos lo que nos hemos propuesto hacer aunque corran por el páramo todos los demonios del averno. »Proseguimos lentamente nuestro camino en la oscuridad, con la
borrosa silueta de las colinas cubiertas de peñascos a nuestro alrededor y el
punto de luz amarilla brillando delante de nosotros. No hay nada tan engañoso
como la distancia de una luz en una noche oscura como boca de lobo, y unas veces
el resplandor parecía estar tan lejano como el horizonte y otras encontrarse a
pocos metros. Pero finalmente vimos de dónde »-¿Y ahora qué hacemos? -susurró Sir Henry. »-Esperar aquí. Tiene que estar cerca. Quizá podamos verlo. »Apenas pronunciadas aquellas palabras lo vimos ambos. Sobre las rocas, en la grieta donde ardía la vela, surgió un maligno rostro amarillo, una terrible cara bestial, toda ella marcada y arrugada por las pasiones más viles. Manchada de cieno, con una barba hirsuta y coronada de cabellos enmarañados, podía muy bien haber pertenecido a uno de aquellos antiguos salvajes que habitaban en los refugios de las colinas. La luz de abajo se reflejaba en sus ojillos astutos, que escudriñaban con fiereza la oscuridad a derecha e izquierda, como un animal taimado y salvaje que ha oído pasos de cazadores. »Sin duda algo había despertado sus sospechas. Puede que
Barrymore acostumbrara a darle alguna señal privada que nosotros habíamos
omitido, o bien nuestro hombre tenía alguna otra razón para pensar que las cosas
no marchaban como debían: en cualquier caso el miedo era visible en sus
perversas facciones y de un momento a otro podía apagar la luz de un manotazo y
esfumarse en la oscuridad. Salté hacia adelante y Sir »Tanto el baronet como yo somos aceptables corredores y estamos en buena forma, pero pronto descubrimos que no teníamos posibilidad alguna de alcanzarlo. Seguimos viéndolo durante un buen rato a la luz de la luna, hasta que se convirtió en un puntito que avanzaba con celeridad entre las rocas que salpicaban la falda de una colina distante. Corrimos y corrimos hasta quedar completamente agotados, pero la distancia era cada vez mayor. Finalmente nos detuvimos y nos sentamos, jadeantes, en sendas rocas, desde donde seguimos viéndolo hasta que se perdió en la lejanía. »Y en aquel momento, cuando nos levantábamos de las rocas para
darnos la vuelta y regresar a casa, abandonada ya la inútil persecución, ocurrió
la cosa más extraña e inesperada. La luna quedaba muy baja hacia la derecha, y
la cima dentada de un risco de granito se alzaba hasta la parte inferior de su
disco de plata. Allí, recortada con la negrura de una estatua de ébano sobre el
fondo brillante, vi, encima del risco, la figura Además era mucho más alto. Con una exclamación de sorpresa quise mostrárselo al baronet, pero durante el momento en que me volví para agarrarlo del brazo, la figura desapareció. La cima dentada del risco seguía cortando el borde inferior de la luna, pero ya no quedaba el menor rastro de la figura silenciosa e inmóvil. »Quise marchar en aquella dirección e investigar los alrededores del risco, pero quedaba bastante lejos. Los nervios del baronet seguían en tensión a consecuencia de aquel aullido que le había recordado la oscura historia de su familia y no estaba de humor para nuevas aventuras. Tampoco había visto al hombre solitario sobre el risco y no sentía la emoción que su extraña presencia y su aire de autoridad me habían producido. "Un vigilante del penal, sin duda" dijo. "Abundan en el páramo desde que se escapó ese sujeto". Cabe que esa explicación sea la justa, pero me gustaría tener pruebas más concluyentes. Hoy nos proponemos hacer saber a las autoridades de Princetown dónde tienen que buscar al huido, pero sentimos no haberlo capturado nosotros. Tales son las aventuras de la pasada noche y tendrá usted que reconocer, mi querido Holmes, que no le estoy fallando en materia de información. Mucho de lo que le cuento no tiene, sin duda, mayor importancia, pero sigo pensando que lo mejor es transmitirle todos los hechos y dejarle que elija usted los que le resulten más útiles. No hay duda de que estamos haciendo progresos. Por lo que se refiere a los Barrymore, hemos descubierto el motivo de sus acciones, y eso ha aclarado mucho la situación. Pero el páramo con sus misterios y sus extraños habitantes sigue tan inescrutable como siempre. Quizá en mi próxima comunicación esté también en condiciones de arrojar alguna luz sobre eso. Aunque lo mejor sería que viniera usted a reunirse con nosotros.»
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