|

La
Liga de los Cabezas Rojas
Un
día del último otoño fui a visitar a mi amigo Mr.
Sherlock Holmes, y lo hallé conversando con un señor ya
entrado en años, muy corpulento, muy colorado, de fogoso
cabello rojo. Balbuceando una excusa, empecé a retirarme;
Holmes se levantó, me hizo entrar en el cuarto y cerró la
puerta.
-No puedes
llegar más a tiempo, Watson -dijo cordialmente.
-Creí que
estabas ocupado.
-Lo estoy. Muchísimo.
Entonces, te
espero en el cuarto de al lado.
De ningún modo.
Mr. Wilson, este caballero ha sido mi colaborador en muchos
problemas difíciles. Sin duda, podrá ayudarnos en este
caso.
El señor de
pelo rojo se incorporó e hizo un torpe saludo, con una tímida
mirada interrogativa.
-Siéntate en el
sofá -dijo Holmes-. Sé que compartes mi pasión por lo
extravagante y lo misterioso. Lo has demostrado por la
paciencia que tuviste al historiar y, si me permites, al
retocar tantas de mis pequeñas aventuras.
-Siempre me han
apasionado tus casos -observé.
-Recordarás que
el otro día, antes de examinar cl sencillísimo problema
del laberinto extraviado, observé que la realidad es más
compleja que la ficción.
-Afirmación que
me atreví a poner en duda.
-No tardarás en
aceptarla. Aquí está el señor Jabez Wilson, que ha tenido
la gentileza de consultarme y que ha iniciado un relato que
promete ser de los más extraños que hemos oído. Hemos
dicho alguna vez que las circunstancias más extraordinarias
suelen presentarse en aquellos casos en que el crimen es
pequeño o no existe. Por ahora me es imposible afirmar si
en este caso hay crimen, pero los hechos son los más
singulares que han llegado a mi conocimiento. ¿Quiere tener
la bondad, señor Wilson, de recomenzar el relato? No se lo
pido tan sólo porque mi amigo el señor Watson no ha
escuchado el principio, sino para no perder el menor
detalle. Generalmente, ante un resumen de los hechos, puedo
guiarme por los centenares de casos análogos quo acuden a
mi memoria. En este caso, me veo obligado a admitir que los
hechos narrados por usted no tienen precedente.
El ponderoso
cliente hinchó el pecho con alguna soberbia y extrajo del
bolsillo interior del sobretodo un diario sucio y arrugado.
Lo colocó sobre las rodillas y, resoplando, recorrió con
la vista las columnas de anuncios. Yo entonces procuré
imitar los procedimientos analíticos de mi camarada. De
poco me valió aquel estudio. El señor tenía todas las
agravantes de un vulgar comerciante inglés: obeso, pomposo,
lento. Usaba unos anchos pantalones a cuadros, levita negra
no demasiado limpia, chaleco grisáceo, una pesada y charra
cadena y un agujereado rectángulo de metal colgado como
adorno. En una silla estaba un viejo sombrero de copa y un
abrigo pardo con cuello de terciopelo. Por más que lo miré
nada de extraordinario vi en él, salvo la vívida cabeza
roja y la amargura de1 semblante. Sherlock Holmes, con su
habitual sagacidad, había sorprendido mis intenciones y me
miro sonriendo.
-Salvo el hecho
evidente de que ha residido en la China, que se ha dedicado
alguna vez a trabajos manuales, que es francmasón, que toma
rapé, y que recientemente ha escrito mucho, nada más puedo
deducir.
Wilson se
incorporó sobresaltado, con el índice en el diario, pero
con los ojos fijos en mi compañero.
-¿Cómo ha
averiguado todo eso, Mr. Holmes? ¿Cómo ha sabido usted,
por ejemplo, que he hecho trabajos manuales? Es cierto como
la luz del día; de joven fui carpintero de a bordo.
-Sus manos, señor.
Su mano derecha es visiblemente mayor que la izquierda. Ha
trabajado con ella, y los músculos están más
desarrollados.
-Bueno, ¿el rapé,
entonces, y la masonería?
-No ofenderé su
perspicacia explicándole cómo deduje eso, ya que,
infringiendo las estrictas leyes de la orden, usa usted un
alfiler de corbata con el compás y el arco.
-Claro. Me había
olvidado. Pero, ¿cómo sabe que he escrito mucho?
-¿Qué otra
cosa pueden significar esa manga derecha tan lustrosa, y la
izquierda gastada cerca del codo, donde la apoya en la mesa?
-¿Y la China?
-Ese tatuaje de
un pez, en la muñeca derecha, sólo puede haber sido hecho
en la China. He hecho un pequeño estudio sobre los tatuajes
y he contribuido a la literatura del tema. Ese tenue rosado
de las escamas es privativo de la China. Cuando, además,
veo una moneda china en la cadena de su reloj, el asunto se
aclara singularmente.
-El señor Jabez
Wilson se rió con ganas.
-¡Tiene gracia!
Al principio creí que se trataba de algo ingenioso; ahora
veo que no tiene nada de particular.
-Me parece,
Watson -dijo Sherlock Holmes-, que hice mal en dar
explicaciones Omne ignotum pro magnifico, recordarás, y mi
pobre fama naufragará si soy tan desprevenido.
-¿No encuentra
el aviso, señor Wilson?
-Sí, aquí lo
tengo -respondió, indicando, con su grueso índice
colorado, la mitad de una columna-. Aquí está.
Tomé el periódico
y leí lo siguiente
A
la Liga de los Cabezas Rojas:
Cumpliendo
con las disposiciones testamentarias del finado Ezekiab
Hopkins de Lebanon, Pennsylvania, Estados Unidos, se anuncia
otro puesto vacante que permite a un miembro de la liga
cobrar cuatro libras semanales, por una tarea mínima. Todos
los hombres mayores de edad, que a la completa salud
corporal y espiritual reúnan la virtud indispensable de
tener el pelo rojo, pueden presentarse mañana lunes, a las
once, al señor Duncan Roth, en las oficinas de la liga, 7,
Pope’s-court, Fleet-street.
-¿Qué
quiere decir esto? -exclamé., después de releer la tan
extraordinaria declaración.
-Sale de lo
trivial, ¿no es cierto? -dijo Sherlock Holmes-. Y ahora, señor
Wilson, empiece de nuevo. Háblenos de usted, de su casa, y
de los cambios que este aviso produjo en su destino. Anote
primero, doctor Watson, el nombre del diario y la fecha.
-Es La Crónica
Matutina, del 27 de abril de 1890. Hace justo dos meses.
-Muy bien.
Prosiga, señor Wilson.
-Como le decía,
Mr. Sherlock Holmes –dijo Jabez Wilson secándose la
frente-, tengo en Coburg Square, cerca de la City, una pequeña
casa de préstamos. No es un gran negocio; en estos últimos
años me ha dado lo necesario para vivir, nada más. Tuve
que despedir a uno de los dos dependientes que tenía, y
hasta hubiera tenido que despedir al otro, si no fuera
porque este excelente muchacho se conformó con la mitad del
sueldo para aprender el oficio.
-¿Cómo se
llama ese joven tan servicial? -preguntó Sherlock Holmes.
-Se llama Vicent
Spaulding, y no es tan joven. Es difícil adivinar su edad.
Es un empleado modelo; trabaja como pocos y podría ganar en
cualquier parte bastante más de lo que yo puedo darle.
Pero, si él está satisfecho, ¿a qué meterle ideas en la
cabeza?
-Es verdad.
Tiene usted mucha suerte. No un caso habitual. Su
dependiente me parece tan extraordinario como su aviso.
-Tiene sus
defectos, también -admitió el señor Wilson-. No he visto
una pasión igual por la fotografía. Fastidiando con una máquina,
en vez de trabajar; metiéndose en el sótano, como conejo
en la madriguera, para revelar sus fotografías. Este es su
peor defecto, pero, en general, es muy trabajador.
-Sigue con
usted, me imagino...
-Sí, señor. El
y una muchacha de 14 años, que me hace la comida y limpia
el negocio. No hay nadie más en la casa. Soy viudo y no
tengo familia. Vivimos con modestia, los tres, sin que nos
falte el pan de cada día y sin deber a nadie un penique. Lo
primero que nos inquietó fue este aviso. Hace dos meses
entró Spaulding con este mismo diario en la mano y dijo:
-¡Ojalá, señor
Wilson, yo fuera un hombre de pelo rojo!
-¿Por qué?,
le pregunté.
Me contestó:
-Aquí se
anuncia una vacante en La Liga de los Cabezas Rojas. Es
lotería para el hombre que la consigue. Hay más vacantes
que candidatos, y los albaceas no saben qué hacer con el
dinero. ¡Ah, si yo pudiera teñirme sin que se notara!
-Yo le pregunté
de qué se trataba. Como usted comprenderá, Mr. Holmes, yo
soy muy casero, y como los asuntos me llegaban sin que yo
fuera a ellos, a veces me pasaba las semanas sin salir a la
calle. No estoy informado de lo que sucede en el mundo y
agradezco cualquier noticia.
-¿No oyó
hablar nunca de La Liga de los Cabezas Rojas? -me preguntó
azorado.
-Nunca.
-Bueno, me
asombra, porque usted puede optar por una de las vacantes.
-¿Y qué
producen? -pregunté.
-Sólo unas
doscientas libras por año, pero el trabajo es liviano y
deja tiempo libre para otras tareas.
-Yo paré la
oreja, porque hace tiempo que anda mal el negocio.
-Explíqueme
bien -le dije a Spaulding.
-Como puede ver
usted mismo -me respondió-, el fundador de la Liga fue un
millonario norteamericano bastante excéntrico, Ezekiah
Hopkins. Era de pelo colorado y simpatizaba muchísimo con
todos los de pelo colorado. Al morirse, se supo que había
dejado toda su fortuna en manos de albaceas que tenían el
encargo de facilitar puestos cómodos a hombres de pelo
rojo. Por lo que tengo oído -continuó Spaulding-, el
sueldo es bueno y hay muy poco trabajo.
-Pero -le dije-
habrá millones de candidatos de pelo rojo.
No crea que son
tantos -respondió-. Está limitado a londinenses mayores de
edad. Este norteamericano empezó en Londres y ha querido no
ser ingrato. También se dice que es inútil presentarse si
uno tiene el pelo de un color rojo claro o demasiado oscuro
o de cualquier color que no sea un rojo furioso. Si usted se
presentara Wilson, tendría el puesto seguro; pero tal vez
no le convenga incomodarse por unos pocos centenares de
libras.
-Como ustedes
ven, caballeros, mi pelo es de una tonalidad muy intensa y
pensé que, si había un certamen, nadie tendría más
probabilidades que yo. Vincent Spaulding parecía tan
enterado que le ordené que bajara las cortinas del negocio
y me acompañara. Estaba encantado de tener un día de
asueto. Cerramos el negocio y nos encaminamos a la dirección
que daba el periódico. No espero ver un espectáculo igual,
Mr. Holmes. Del Sur, del Norte, del Este, todos los hombres
con un matiz rojizo en el pelo habían venido a la ciudad
para contestar el aviso. Fleet-street estaba abarrotada y
Pope's-court parecía un depósito de naranjas. Nunca
hubiera creído que había tantas personas de pelo rojo. Había
dc
todos los tonos, desde el paja hasta el limón, desde el
naranja hasta el ladrillo, desde el arcilla hasta el hígado;
pero muy pocos tenían este color mío rojo ardiente. Si
hubiera ido solo, viendo el gran número de mis rivales, me
vuelvo a casa sin hablar con nadie. Pero Spaulding se opuso.
No sé cómo demonios se las arregló; el caso es que, a
fuerza de codazos, empujones y disputas, atravesamos la
muchedumbre y llegamos a la escalera que conducía a la
oficina. Una doble corriente la llenaba: una ascendente de
los esperanzados y otra descendente de los no elegidos.
Pronto llegamos.
-La
experiencia ha sido bastante divertida -observó Holmes,
mientras su cliente se detuvo para refrescar la memoria con
una narigada de rapé-. Por favor, continúe su interesante
relato.
-No había en la
oficina más que un par de sillas de madera y una mesa de
pino detrás de la cual estaba sentado un hombrecillo con un
pelo mucho más rojo que el mío. Dirigía unas pocas
palabras a cada candidato y siempre encontraba algún motivo
de repulsa. Con esto aumentó mi desconfianza. No parecía
tan fácil llenar la vacante; sin embargo, cuando llegó
nuestro turno el hombrecillo se mostró más benévolo y
cerró la puerta para hablar privadamente.
-Le presento al
señor Jabez Wilson -dijo mi dependiente- que desea entrar
en la Liga.
-Y que parece
reunir las condiciones necesarias -contestó el otro-. No
recuerdo haber visto color más hermoso.
Dio un paso atrás,
inclinó hacia un lado la cabeza y contempló la mía con
una atención molesta. De pronto se adelantó, me estrechó
la mano y me dio la enhorabuena con gran entusiasmo.
-No sería justo
titubear -dijo-. Permítame, sin embargo, tomar
precauciones...
Con las dos
manos me tiró del pelo con tal fuerza que grité de dolor.
-¡Bien! -exclamó
satisfecho-. Sus ojos llenos de lágrimas me prueban que no
hay trampa. No tengo más remedio que ser cauto; dos veces
nos han engañado con pelucas y una con tinturas.
Se adelantó al
balcón y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones que
la vacante se había llenado. Un rumor de desencanto subió
hasta nosotros y la multitud se dispersó en todas
direcciones hasta que sólo quedaron dos cabezas rojas: la mía
y la del examinador.
-Mi nombre
-dijo- es Duncan Ross, y soy uno de los beneficiados por las
disposiciones de nuestro noble protector. ¿Es casado, señor
Wilson? ¿Tiene familia?
-No la tengo
-contesté.
-Su rostro se
oscureció.
-¡Dios mío!
-dijo gravemente-. ¡Esto es serio! Uno de los fines de la
sociedad es el de perpetuar la especie de los pelirrojos,
tanto como el de mantenerlos. Es una desgracia que usted sea
soltero.
-Entonces fui yo
el que me inmuté, señor Holmes, porque pensé que me
quedaría sin la vacante; pero después de pensarlo unos
minutos dijo que se arreglaría.
-En otro caso la
objeción sería fatal, pero teniendo en cuenta lo
extraordinario de la cabellera, haremos una excepción. ¿Cuándo
podrá entrar en funciones?
-No sé, pues
tengo un negocio -dije.
-¡Oh!. no se
preocupe -dijo Spaulding-; trataré de reemplazarlo en lo
posible.
-¿A qué hora
tendré que venir? -pregunté.
-De 10 a 2
-Bueno; debo
advertirle, señor Holmes, que las casas de empeño trabajan
más por la tarde, excepto jueves y viernes (vísperas de
cobro), que hay trabajo todo el día; me venía muy bien
ganar algo de mañana. Además, sabía que mi dependiente
era un buen hombre y que se desempeñaría a satisfacción.
-De acuerdo
-dijo-. ¿Y el sueldo?
-Cuatro libras
semanales
-¿Y el trabajo?
-Puramente
nominal.
-¿A qué llama
usted nominal?
-Bueno, tiene
que estar en la oficina, o al menos en el edificio, esas
horas, sin salir para nada. En caso de no cumplir este
requisito, de abandonar la oficina con cualquier pretexto,
pierde su empleo.
-Son sólo
cuatro horas diarias y no tengo por qué salir -dije.
-Ninguna excusa
es válida -dijo el señor Duncan Ross-; ni enfermedad ni
negocios ni nada. Tiene que quedarse o perder el empleo.
-¿Y qué tendré
que hacer?
-Copiar la
Enciclopedia Británica. Ahí está el primer tomo. Tiene
que traer su tinta, plumas y papel solamente. Nosotros le
damos esta mesa y la silla. ¿Empezará mañana?
-Por supuesto
-contesté.
-Entonces, adiós,
señor Wilson, y permítame felicitarlo de nuevo por el
importante cargo que ha tenido la suerte de ganar.
Me acompañó
hasta la puerta y volví a casa tan contento con mi buena
suerte que no sabía qué hacer ni qué decir.
Después de
varias horas, aún no sabía lo que me pasaba. Confieso que
el extraño destino despenó mis sospechas de si aquello sería
alguna treta para alejarme de mi casa o para perjudicar a
alguien. Parecía increíble que existiera semejante
testamento y que pagaran tan bien por algo tan sencillo como
copiar la Enciclopedia Británica. Vincent Spaulding hizo lo
que pudo para animarme, pero al acostarme estaba resuelto a
no volver a Pleet-street. Sin embargo, cuando me desperté,
a la mañana siguiente, resolví comprar un frasquito de
tinta, unas plumas, papel y hacer mi entrada en Pope's-court.
Con satisfacción
comprobé que no había nada anormal. La mesa estaba lista,
el señor Ross estaba esperándome; me entregó el primer
tomo de la Enciclopedia, me indicó que empezara a copiar la
letra A, y se fue. Volvía de cuando en cuando a ver cómo
iba. A las 2, al despedirnos, me felicitó por lo mucho que
había escrito y cerró la puerta de la oficina cuando salí.
Esto se repitió
día tras día, y los sábados el jefe me entregaba las
cuatro libras estipuladas. Poco a poco, la vigilancia dcl señor
Ross se hizo menos severa, hasta que cesó del todo. Pero yo
no me movía de mi puesto, temiendo que una imprudencia me
hiciera perder aquella excelente entrada que tan bien me venía.
Ocho semanas pasaron así y yo había escrito sobre Arcos,
Armaduras, Arquitecturas y muchas cosas, y esperaba pasar
pronto a la B. Algo había gastado en papel y tenía un
estante casi lleno con mis escritos cuando el negocio se
vino abajo.
-¿Abajo?
-Sí, señor.
Hoy mismo fui a fui a mi trabajo a las 10, como de
costumbre, pero encontré la puerta. cerrada con un
cartelito clavado. Helo aquí; puede leerlo.
Era un pedazo de
cartón blanco del tamaño de una hoja de anotador. Decía
así: La Liga de los Cabezas Rojas. Disuelta. Oct. 9. 1890.
Sherlock Holmes
y yo miramos instintiva y simultáneamente al prestamista, y
al ver su cara compungida, y pensar en la parte cómica del
asunto, soltamos la carcajada.
-No veo nada de
risible en mi situación -exclamó colérico Wilson,
enrojeciendo hasta las raíces de su pelo llameante-. Si no
encuentran nada mejor que reírse de mí, será mejor que me
vaya.
-No, no -gritó
Holmes, obligándolo a sentarse de nuevo-. No quiero perder
este caso por nada; es tan extraordinario... Pero, discúlpeme,
lo encuentro algo gracioso. Dígame, ¿qué hizo al
encontrarse con el cartelito?
-Me quedé
asombrado. Llamé a las casas vecinas, pregunté a los
porteros, a los guardias; nadie me supo dar razón. Por último,
me dirigí al propietario, que es contador y vive en el piso
bajo, y le pregunté si me podía decir lo que había
sucedido con la liga de los pelirrojos. Dijo que nunca había
oído hablar de semejante asociación. Entonces le pregunté
quién era el señor Duncan Ross, y me contestó que nunca
había oído su nombre.
-Bueno -le
dije-, el inquilino del número 4.
-¡Ah! ¿El
hombre del pelo colorado?
-Sí.
-Se llama
William Morris y es abogado. Alquiló el cuarto
provisionalmente, mientras terminaban el arreglo de su
estudio. Se mudó ayer.
-¿Sabe sus señas?
-Aquí están:
King Eduard Street 17, cerca de San Pablo.
Salí corriendo,
pero en esas señas había una fábrica de rodilleras de
goma y nadie había oído hablar del señor Morris o del señor
Ross.
-¿Y qué hizo
entonces? -preguntó Holmes.
-Volví a casa y
pedí consejos a mi dependiente. Me dijo que tal vez me
escribirían, pero esto no es bastante, y recordando su fama
y los casos que prueban su talento y sagacidad, me decidí a
venir, pedirle un consejo y rogarle se interese por mí.
-Bien hecho
-contestó Holmes-. Su caso es uno de los más
extraordinarios que se me han presentado y lo estudiaré con
mucho gusto. Por lo que ya me ha dicho me temo se trate de
algo grave.
-Gravísimo...
-dijo Jabez Wilson-. Pierdo cuatro libras semanales.
-En lo que le
concierne, señor Wilson -declaró el señor Holmes- no creo
que tiene nada de qué quejarse, al contrario, ha ganado
unas treinta libras, sin mencionar los conocimientos
adquiridos en lo que atañe la letra A. No ha perdido nada
en la Liga.
-No, señor;
pero quiero informarme quiénes son y qué fines tiene esta
broma. Y por qué se han gastado treinta y dos libras.
-Ya lo sabremos.
Por lo pronto necesito saber cuánto tiempo ha tenido usted
a ese dependiente que le mostró el aviso.
-Un mes.
-¿Cómo se
presentó?
-Respondiendo a
un aviso mío.
-¿Fue el único
en presentarse?
-No; vinieron
una docena, por lo menos.
-¿Por qué lo
eligió?
-Porque era
competente y barato.
-¿Se quedó por
la mitad de sueldo que los otros?
-Sí.
-¿Puede
describirme a Vincent Spaulding?
-Es un hombre
bajo y fornido; ágil de movimientos, lampiño, de unos 30 años.
Tiene una cicatriz causada, al parecer, por algún ácido.
Holmes se levantó
muy excitado.
-Lo imaginaba
-dijo-. ¿No se ha fijado si tiene las orejas agujereadas?
-Sí, señor; me
dijo que una gitana se las agujereó cuando niño.
-¡Hum! -dijo
Holmes, preocupado-. ¿Está siempre con usted?
-¡Oh, sí!
Acabo de dejarlo.
-¿Y ha atendido
bien el negocio durante su ausencia?
-No tengo queja,
señor. Además, hay poco que hacer de mañana.
-Está bien, señor
Wilson. En uno o dos días le daré mi opinión. Hoy es sábado,
espero decirle algo concreto el lunes.
-Watson -dijo
Holmes cuando hubo partido nuestro visitante-, ¿qué piensa
usted?
-Nada -contesté
con franqueza-. Es un asunto más que misterioso.
-Por regla
general, las cosas son menos misteriosas de lo que parecen.
Debo resolver el caso rápidamente.
-¿Qué
piensa hacer, entonces? -pregunté.
-Fumar.
Necesito por lo menos tres pipas para resolver este
problema.
Se
acurrucó en el sillón y levantó las rodillas hasta la
barba, de tal suerte que, con su nariz de águila, con sus
ojos brillantes, parecía un extraño pájaro de rapiña. De
sus labios pendía la pipa y poco a poco una azul humareda
invadió la habitación. Empezaba a dormitar cuando mi amigo
dio un salto, tiró la pipa, me puso las manos en los
hombros y dijo:
-Esta tarde toca Sarasate en
Saint-James Hall. Vamos, ¿puede abandonar sus pacientes un
par de horas?
-No tengo nada que hacer hoy.
Mi clientela no es muy absorbente.
-Entonces tome su sombrero.
Pasaremos por la City y almorzaremos en cualquier parte. El
programa es casi todo de música alemana, más de mi agrado
que la francesa o italiana. Es introspectiva; lo que
necesito. Vamos.
El subterráneo nos llevó en
pocos minutos a Aldersgate, y de allí a pie hasta Saxe-Coburg
Square, lugar donde habita el señor Wilson. Es un pequeño
barrio pobre, de casas de ladrillo, con una especie de jardín
de árboles raquíticos y flores agostadas por el ambiente
corrompido del carbón. Un cartel oscuro nos indicó la casa
en que nuestro pelirrojo tenía su negocio. Sherlock Holmes
se detuvo enfrente, con la cabeza inclinada, y examinó con
atención la casa y alrededores, con ojos brillantes. Caminó
lentamente por la acera y volvió a la esquina. Golpeó el
suelo con el bastón, llegó a la puerta y golpeó con los
nudillos. Un hombre bajo, completamente afeitado, apareció
en el umbral y nos invitó a entrar.
-Gracias -dijo Holmes-, sólo
deseaba saber cuál es el camino más corto hasta el Strand.
-La tercera calle de la
derecha y luego la cuarta a la izquierda -dijo secamente el
empleado, cerrando de golpe la puerta.
-Es el mismo -dijo Holmes
cuando nos alejamos-. No conozco en Londres ningún pícaro
que se le pueda igualar en talento y audacia.
-Me di cuenta que las señas
pedidas no han sido más que un pretexto para verlo.
-A él, no.
-¿A quién, entonces?
-A las rodilleras de su
pantalón.
-¿Y qué vio?
-Lo que esperaba.
-¿Y por qué golpeó el
suelo?
-Mi querido doctor, éste es
el momento de observar, no de explicar. Somos espías en país
enemigo. Sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploraremos lo
que hay detrás.
La calle en que estábamos
difería mucho de la anterior. Era una de tantas arterias
por donde converge el tráfico del Norte y del Oeste. Allí
silencio, tristeza, paz; aquí, ruido, trajín, ir y venir
de carros, de camiones, aceras llenas de gente, tiendas
colmadas de mercancías.
-Veamos, Watson -dijo Holmes,
abarcando con su mirada todos los pequeños comercios que
como buen londinense conocía bien-; hemos trabajado; nos
hemos ganado la comida y una taza de café, y ahora, a la
tierra de la música, donde todo es dulzura., delicadeza y
armonía, y donde no hay problemas ni cabezas coloradas.
Mi amigo era no sólo un
amante de la música, sino un prodigioso ejecutante y hasta
inspirado compositor. Si hubiera dudado alguna vez de estas
disposiciones, habríame bastado verlo aquella tarde en
Saint James Hall, absorto, con la mirada vaga y con una leve
y mística sonrisa en sus delgados labios.
Sin embargo, acostumbrado a
sus idiosincrasias, y sabiendo que en momentos en que uno lo
creía inactivo analizaba hechos, pesaba conjeturas y
planeaba medios de ataque, de manera que la reflexión
aparecía como instinto y pasaba por acción repentina; lo
que era meditado obrar; conociendo todo esto, repito,
compadecí al dependiente de Wilson; la red, cruel e
irrompible, se iba ciñendo a su alrededor.
-Tendrá que irse a su casa,
¿verdad doctor? -me dijo al salir del concierto.
-Sería mejor.
-Y yo tengo mucho que hacer.
Este asunto de Coburg Square es serio. Creo que estamos a
tiempo para conjurarlo. Que hoy sea sábado complica las
cosas. Necesitaré su ayuda esta noche.
-¿A qué hora?
-A las 10.
-Estaré a las 10 en Baker
Street.
-Bueno, y no deje de traer el
revólver.
-Se despidió agitando la
mano y desapareció entre el gentío.
Eran las nueve y cuarto
cuando salí de casa; atravesé el parque y Oxford Street
hasta Baker Street. A la puerta esperaban dos carruajes. Al
subir oí las voces de varias personas. Cuando entré en el
cuarto de Holmes, éste conversaba animadamente con dos
individuos. Uno de ellos era Peter Jones, el conocido agente
de policía, y el otro, alto y delgado, de rostro
patibulario y extraña indumentaria, me era desconocido.
-Ya estamos todos -dijo
Holmes cuando me vio, y abotonándose la chaqueta verdosa
tomó del perchero su morral-. Creo, Watson, que conoces a
Jones, de Scotland Yard. Te presentaré al señor
Merryweather, que será nuestro compañero de aventuras.
-Ya ve, querido doctor
-repuso Jones sonriendo-, que vamos de caza. El señor
Merryweather es un excelente sabueso; en cuanto a mí, no
suelo quedarme atrás.
-Con todo -murmuró lúgubremente
Merryweather-, me parece que vamos a dar un paso en falso.
-Tiene que tener fe en el señor
Holmes -dijo el agente, poniéndose serio-. El señor Holmes
usa métodos propios que son, si me permite decirlo, un poco
teóricos y bastante fantásticos, pero tiene la pasta del
policía y se engaña muy rara vez.
-No digo que no -asintió el
otro-, pero por primera vez en 27 años falto a mi partida
de whist.
-No tendrá por qué
arrepentirse -intervino Holmes-, porque en la partida de
esta noche se ganará, señor Merryweather, treinta mil
libras, y usted, querido Jones, al hombre a quien hace
tiempo quiere echar el guante.
-Ya lo creo; nada menos que
el célebre John Clay, ladrón, asesino, falsificador y no sé
cuántas cosas más. Es un joven notable. Su abuelo era un
duque, y él se ha educado en Eton y Oxford. Su cerebro es
tan hábil como sus manos, y aunque encontramos sus huellas
en muchas partes y hace tiempo lo perseguimos, nunca hemos
podido pescarlo.
-Espero presentárselo esta
noche. He tenido uno o dos asuntos con John Clay; convengo
con usted que, en su profesión, no tiene igual. Ya son más
de las 10; tomen el primer coche; Watson y yo los seguimos
en el segundo.
Durante el camino, Holmes no
abrió la boca, limitándose a tararear entre dientes
algunas piezas oídas aquella tarde. Atravesamos un infinito
laberinto de calles oscuras hasta desembocar en Farringdon
Street.
-Ya estamos cerca -dijo mi
amigo-. Ese Merryweather es un director de banco, sin ningún
interés personal. He pensado que Jones debía acompañarnos.
No es malo, aunque en su profesión es un perfecto imbécil.
Tiene una virtud positiva. La bravura de un bulldog y la
tenacidad de un cangrejo cuando clava sus garras. Ya
llegamos, nos esperan.
Los dos coches se detuvieron
en la misma calle donde estuvimos aquella mañana. Los
despedimos, y el señor Merryweather nos guió por un
pasillo sombrío hasta una puerta de servicio que, al
abrirse, dejó ver otro corredor y una puerta de hierro. La
abrió y bajamos por una escalera de caracol hasta dar con
una verja maciza. El señor Merryweather se detuvo a
encender una linterna, que nos alumbró por un sombrío y húmedo
corredor y, después de abrir una tercera puerta, nos
hallamos en un sótano o bóveda atestada de cajas de
valores.
-Esto no es muy vulnerable
por arriba -dijo Holmes, levantando la linterna y mirando a
su alrededor.
-Ni por abajo -dijo el señor
Merryweather, golpeando sobre las lajas del piso-. ¡Qué
pasa? Parece hueco -dijo sorprendido.
Holmes le rogó que se
sentara en una caja y, con su lupa y la linterna empezó a
examinar los intersticios de las piedras. Unos pocos
segundos bastaron. Se paró satisfecho, guardó la lupa en
el bolsillo y dijo:
-Tenemos una hora por
delante, no se atreverán a hacer nada hasta que esté
dormido ese buen prestamista. Entonces no perderán ni un
minuto, porque cuanto antes concluyan, más tiempo tendrán
para la huida. Estamos, doctor, como ya lo habrán
adivinado, en los sótanos de uno de los principales bancos
de Londres. El señor Merryweather, presidente del
directorio, le explicará por qué los más audaces
criminales de Londres tienen tanto interés, en estos
momentos, en este lugar.
-Este es el depósito de
nuestro oro francés; un empréstito de unos treinta mil
napoleones que hemos hecho al Banco de Francia. Estamos
intranquilos porque hemos recibido anónimos previniéndonos
que se intenta dar un golpe.
-Es para estarlo -añadió
Holmes-. Dentro de poco empezarán las hostilidades y es
preciso que no nos tomen desprevenidos. Por favor, hay que
apagar la linterna.
-¿Y nos vamos a quedar a
oscuras? -gimió Merryweather.
-Es indispensable. El menor
rayo de luz podría comprometerlo todo. Además, debemos
tomar posiciones, porque a pesar de tener sobre ellos la
ventaja de la sorpresa, se trata de gente peligrosa. Yo me
colocaré detrás de esta caja; tú, Watson, ahí, con el
revólver listo para disparar, sin lástima si te atacan.
Aquí, a mi lado, señor Merryweather.
Yo coloqué mi revólver
sobre la caja detrás de la que me ocultaba. Holmes nos
mantuvo en la oscuridad, pero con la linterna preparada para
alumbrar en el instante necesario.
-¿Y, Jones, cumplió mi
encargo? -murmuró Holmes.
-Si, pierda cuidado. He
puesto tres agentes en la puerta de la tienda.
-Entonces no tenemos más que
guardar silencio y esperar.
Los minutos se me hacían
siglos; las sienes me latían con fuerza; sentía
estremecimientos; abría los ojos, queriendo taladrar las
tinieblas. Al cabo de unos minutos aprendí a distinguir la
respiración ruidosa de Jones del débil aletear de
Merryweather y del suave y tranquilo respirar de Holmes.
De pronto apareció un rayo
de luz en el suelo, entre la unión de dos piedras, para
desaparecer enseguida. Un momento después, sin ruido, sin
violencia alguna, el rayo se ensanchó y apareció una mano
fina y blanca, una mano de mujer que se agitó un momento y
desapareció, quedando sólo la cinta luminosa. Una de las
losas se levantó con leve rumor, apareció un boquete y
surgió la luz de una linterna y con ella la cara de un
joven pálido; después las manos que se afianzaron para
ayudar la salida del cuerpo, los hombros, los brazos, el
busto, una pierna, la otra. Ya completamente fuera, se
inclinó sobre el agujero y hundió el brazo en él
murmurando:
-Arriba; todo va bien.
En el agujero apareció una
cabeza de cabellos rojos.
Un grito de angustia resonó
entre los cofres.
-¡Socorro, Archivald,
socorro!
Sherlock Holmes había salido
de su escondite y agarrado al intruso por el cuello. La
cabeza roja había desaparecido rápidamente. Un instante
brilló el cañón de un revólver, pero un puñetazo de
Holmes lo hizo rodar por el suelo.
-Es inútil, querido John
Clay -dijo Holmes suavemente; no hay nada que hacer.
Ya lo veo -contestó el otro,
con la mayor sangre fría-. Por suerte se salvó mi amigo.
-Tampoco; hay tres hombres
esperando en la puerta.
-¿De veras? Parece que usted
ha sabido hacer las cosas. Lo felicito.
-Y yo a usted. -contestó
Holmes-. Revela ingenio y novedad la invención de las
cabezas rojas.
El bandido se inclinó
ceremoniosamente.
-¡Basta de tonterías!
-exclamó Jones brutalmente-. Vengan las manos para ponerle
estas pulseras.
-Le ruego que no me toque con
sus manos sucias -replicó nuestro prisionero, mientras las
esposas se cerraron sobre sus muñecas-. Tal voz ignore que
tengo sangre real en mis venas. Tenga la bondad de no
olvidar el tratamiento.
-En ese caso -contestó irónicamente
Jones-, ¿desea Vuestra Alteza subir donde podamos conseguir
un coche para llevarlo a la policía?
-Será mejor -repuso Clay
alegremente. Nos saludó con una inclinación de cabeza y
echó tranquilamente a andar, custodiado por el policía.
-Realmente, señor Holmes
-dijo Merryweather mientras seguíamos a la pareja-, no sé
cómo el banco podrá agradecerle. No queda duda de que ha
detenido y hecho fracasar del modo más rotundo el robo más
audaz que conozco.
-La satisfacción de haber
llevado a cabo esta pesquisa única y de haber arreglado un
par de cuentas pendientes con John Clay, me compensan de
todo -dijo Holmes.
A la mañana
siguiente, sentados Holmes y yo ante unos vasos de whisky
con soda, charlábamos acerca de lo ocurrido y Sherlock, con
su verbo fácil, me explicó cómo llegó a descubrir los
proyectos de Clay.
-Ya te habrás
dado cuenta de que el famoso anuncio de la asociación de
los Cabezas Rojas y la copia de la Enciclopedia no tenían más
objeto que alejar de su casa al prestamista por unas horas
cada día. Sin duda fue una ingeniosa ocurrencia de Clay,
sugerida por el color de pelo de su cómplice. El incitante
cebo de las cuatro libras semanales, ¿qué era para ellos
que esperaban miles? Desde que vi que el dependiente de
Wilson se conformaba con trabajar a mitad de sueldo,
comprendí que debía tener un motivo importante para
hacerlo.
-Pero, ¿cómo
adivinaste el motivo?
-Si hubiera
habido mujeres en la casa hubiera pensado en una intriga
amorosa, pero como no había ninguna., pensé en un robo,
aunque el modesto capital del señor Wilson no justificaba
los gastos tan crecidos y los peligros que corrían el falso
testamentario de Hopkins y el dependiente Spaulding.
Pensando y cavilando, me fijé en la absorbente afición de
éste a la fotografía en las largas horas que pasaba
encerrado en la cueva. Enseguida comprendí que se trataba
de un hombre astuto y que esas reclusiones debían tener por
objeto agujerear las paredes que comunicaban con alguna casa
vecina. Recuerda que te propuse pasar por delante de la
tienda del prestamista y que allí golpeé el suelo con mi
bastón; lo hice para calcular hacia qué lado correspondían
lo sótanos. Luego llamé a la puerta y al salir el
dependiente miré sus pantalones antes que su cara. Si
hubieras hecho lo mismo, habrías visto que el pantalón
manchado y rozado en las rodillas revelaba un trabajo
continuo y misterioso.
Para saber cuál
era este trabajo, di vuelta a la calle y vi que un banco
importante estaba pegado a la casa de Wilson. Con esto ya
tuve bastante; avisé a Jones, de Scotland Yard, y al
presidente del directorio, señor Merryweather, y los tres,
en compañía del doctor Wilson, los sorprendimos in
fraganti.
-Bueno, ¿Pero cómo
sabías que anoche mismo iban a dar el golpe?
-Muy sencillo.
El cierre de la oficina y la disolución de la sociedad
mostraban que el túnel estaba concluido y que debían
usarlo enseguida para no arriesgarse a ser descubiertos y,
siendo ayer sábado, tenían días para escapar.
-Es asombroso
-exclamé-, no ha fallado ni un eslabón de esa cadena tan
larga.
-Me ha servido
de entretenimiento -contestó Holmes, bostezando-. Estos
pequeños problemas me ayudan. Mi vida no es más que un
eterno esfuerzo contra la monotonía. Soy el eterno
aburrido.
-Y
un bienhechor de la humanidad -añadí.
Holmes
se encogió de hombros
-Bueno,
quizá sirva de algo -dijo-, L’homme c'est n'est rien,
l'oeuvre c'est tout, escribió una vez Flaubert a Jorge
Sand.
FIN
La Liga de los Cabezas Rojas | El Caso de Lady Sannox | El Gato del Brasil | El Tren Especial Desaparecido | El Pulgar del Ingeniero | Espanto en las alturas | El Experimento del Dr. Kleinplatz | La Corona de Berilos | Un Escándalo en Bohemia | El aristócrata solterón | La Catacumba Nueva | La Banda de Lunares | La aventura de las cinco semillas de naranja | El Misterio de Copper Beeches | La Aventura de la Casa Vacía | El Hombre del Labio Retorcido | El Misterio Del Valle De Boscombe | La Aventura de las gafas de oro | El embudo de cuero | El Mundo Perdido | La Aventura De La Caja De Cartón | El sabueso de los Baskerville | El Signo de los Cuatro | Estudio en Escarlata | El Hidalgo de Reigate | La Corbeta Gloria Scott | El Tres Cuartos Desaparecido
Boccaccio | Esopo | Heródoto | Homero | Virgilio | Platón | Sófocles | Álvar Núñez Cabeza de Vaca | Nicolás Maquiavelo | William Shakespeare | René Descartes | Jean-Jacques Rousseau | Charlotte Bronte | Emily Bronte | Jane Austen | Sir Arthur Conan Doyle | Daniel Defoe | Herman Melville | Charles Dickens | Gilbert Keith Chesterton | Edmundo D' Amicis | Fedor Dostoiewski | Antón Pavlovich Chéjov | Nikolái Vasilievich Gógol | Pushkin | León Tolstoi | H. G. Wells | Friedrich von Schiller | Franz Kafka | Rainer Maria Rilke | George Orwell | Kipling | Edgar Rice Burroughs | Lewis Carroll | Luisa May Alcott | Juana Spyri | Harriet Beecher Stowe | Jack London | Henry James | Maurice Maeterlinck | Baronesa de Orczy | Saint-John Perse | Emilio Salgari | Stevenson | Jonathan Swift | Mark Twain | Félix Salten | Francis Scott Fitzgerald | Lucy M. Montgómery | Vincent Van Gogh | Washington Irving | Oscar Wilde | Edgar Allan Poe | James Matthew Barrie | Lewis Carroll | Hans Ruesch | Luigi Pirandello | Hermann Hesse

|