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CUARTA PARTE
LIBRO X
LOS MUCHACHOS
CAPITULO PRIMERO
KOLIA KRASOTKINE
Uno de los primeros días de
noviembre. El tiempo es frío: es la época de la escarcha. Durante la noche ha
caído un poco de nieve, que el viento seco y punzante ha barrido y levantado a
lo largo de las calles tristes de nuestra pequeña ciudad, y especialmente en la
plaza del mercado. Es una mañana oscura, pero la nevada ha cesado.
No lejos de la plaza, cerca de
la tienda de Plotnikov, está la casita, limpísima tanto por fuera como por
dentro, de la señora de Krasotkine, viuda de un funcionario. Pronto hará catorce
años que murió el secretario de gobierno
Krasotkine. Su viuda, aún de buen ver y en la treintena, vive de sus rentas en
su casita. Es alegre y cariñosa y lleva una vida digna y modesta. Quedó viuda a
los dieciocho años, con un hijo que acababa de nacer, Kolia, a cuya
educación se dedicó en cuerpo y alma. Tanto lo adoraba, que el niño le causó más
penas que alegrías. La viuda vivía en continuo terror de que enfermara, de que
se enfriase, de que se hiriera jugando, de que cometiera alguna locura... Cuando
Kolia fue al colegio, su madre estudió todas las asignaturas, con objeto de
poder ayudarlo en los deberes; trabó conocimiento con los profesores y sus
esposas, a incluso procuró simpatizar con los compañeros de su hijo para evitar
que se burlasen de él o le pegaran. A tal extremo llegó en esta táctica, que los
alumnos empezaron a burlarse de Kolia, a zaherirle con frases como «el pequeñín
mimado por su mamá». Pero Kolia supo hacerse respetar. Era un chico audaz y
pronto se le consideró como uno de los más fuertes del colegio. Además, era
inteligente, tenaz, resuelto y emprendedor. Un buen alumno. Incluso se rumoreaba
que aventajaba a Dardanelov, su maestro. Pero Kolia, aunque afectaba un aire de
superioridad, no era orgulloso y sí un buen camarada. Aceptaba como cosa natural
el respeto de sus compañeros y los trataba amistosamente. Tenía sobre todo el
sentido de la medida, sabía contenerse cuando era necesario y no rebasaba jamás
ante los profesores ese límite en que la travesura se convierte en
insubordinación y falta de respeto, por lo que no se puede tolerar. Sin embargo,
estaba siempre dispuesto a participar en las granujadas de la chiquillería, si
la oportunidad se presentaba; mejor dicho a desempeñar el papel de pilluelo para
impresionar a la galería. Llevado de su excesivo amor propio, había conseguido
imponerse a su madre, que sufría desde hacía tiempo su despotismo. La sola idea
de que su hijo la quería poco era insoportable para la señora de Krasotkine.
Consideraba que Kolia se mostraba insensible con ella, y a veces, bañada en
lágrimas, le reprochaba su frialdad. Esto desagradaba al muchacho, que se
mostraba más evasivo cuanta más efusión se le exigía. Era un efecto de su
carácter y no de su voluntad. Su madre estaba en un error. Kolia la quería. Lo
que sucedía era que detestaba las «ternuras borreguiles», como decía en su
lenguaje escolar.
Su padre había dejado una
biblioteca al morir, y Kolia, que adoraba la lectura, pasaba a veces, para
sorpresa de su madre, horas enteras enfrascado en los libros, en vez de irse a
jugar. Leyó obras impropias de su edad. Últimamente, sus travesuras ‑sin llegar
a ser perversas‑ asustaban a su madre por su extravagancia. En Julio, durante
las vacaciones, madre a hijo fueron a pasar ocho días en casa de unos parientes.
El cabeza de familia era empleado de ferrocarriles en la estación más próxima a
nuestra ciudad. Esta estación estaba a sesenta verstas de la localidad. En ella
había tornado el tren hacía un mes Iván Fiodorovitch Karamazov para dirigirse a
Moscú.
Kolia empezó por examinar
minuciosamente el ferrocarril y su funcionamiento, a fin de poder deslumbrar a
sus camaradas con sus nuevos conocimientos. Entre tanto, se unió a un grupo de
seis o siete chiquillos de doce a quince años, dos de ellos procedentes de la
ciudad y los demás del pueblo. La alegre banda se dedicaba a toda suerte de
travesuras y pronto surgió en ella la idea de hacer una apuesta verdaderamente
estúpida en la que la cantidad apostada eran dos rublos. Kolia, que era uno de
los más jóvenes del grupo, en un alarde de amor propio o de temeridad, apostó a
que permanecería echado entre los raíles, sin moverse, mientras el tren de las
once de la noche pasaba sobre él a toda marcha. Verdaderamente, un examen previo
le había permitido comprobar que una persona podía aplanarse sobre el suelo,
entre los raíles, sin que el tren ni siquiera rozara su cuerpo. ¡Pero qué
momento tan terrible pasaría! Kolia juró hacerlo. Se burlaron de él y le
llamaron fanfarrón, lo que lo excitó más todavía. Aquellos muchachos de quince
años se mostraban verdaderamente arrogantes. Al principio, incluso se habían
resistido a considerarle como un camarada. Fue una ofensa intolerable.
Una noche sin luna se fueron a
una versta de la estación, donde el tren habría tornado ya velocidad. A dicha
hora Kolia se echó entre los raíles. Los cinco que habían apostado contra él se
colocaron al pie del talud, entre la maleza, y allí esperaron, con el corazón
latiéndoles con violencia, y pronto atenazados por el espanto y el
remordimiento. No tardaron en oír que el tren se ponía en marcha. Dos luces
rojas aparecieron en las tinieblas. El monstruo de hierro se acercaba
ruidosamente.
‑¡Huye! ¡Huye! ‑gritaron los
cinco espectadores, aterrados.
Pero ya no había tiempo. El tren
pasó y desapareció. Los cinco muchachos corrieron hacia Kolia. Lo encontraron
exánime y empezaron a sacudirlo y a levantarlo. De pronto, Kolia se puso en pie
y dijo que había fingido un desvanecimiento para asustarlos. Sin embargo, era
verdad que se había desvanecido, como él mismo confesó días después a su madre.
Esta proeza cimentó
definitivamente su fama de héroe. Volvió a su casa blanco como la cal. Al día
siguiente tuvo fiebre, a consecuencia de su excitación nerviosa. Sin embargo,
estaba contento. El suceso se divulgó en la ciudad y llegó a conocimiento de las
autoridades escolares. La madre de Kolia fue a pedirles que perdonaran a su
hijo. Al fin, un profesor estimado a influyente, Dardanelov, salió en su defensa
y ganó la causa. El asunto no tuvo consecuencias. Este Dardanelov, soltero y
todavía joven, estaba enamorado desde hacía largo tiempo de la señora de
Krasotkine. Hacía un año, temblando de emoción, se había atrevido a ofrecerle su
mano, pero ella lo rechazó, pues casarse en segundas nupcias le parecía cometer
una traición contra su hijo. Sin embargo, ciertos indicios permitían al
pretendiente decirse que no era del todo antipático a aquella viuda encantadora,
aunque exageradamente casta y delicada. La loca temeridad de Kolia rompió el
hielo, pues tras la intervención de Dardanelov, éste advirtió que podía
alimentar ciertas esperanzas. No obstante, como él era también un ejemplo de
castidad y delicadeza, se conformó con esta esperanza remota que le hacía feliz.
Quería al muchacho, pero consideraba una humillación adularlo, y se mostraba con
él severo y exigente.
Kolia también mantenía a su
profesor a distancia. Hacía perfectamente sus deberes, ocupaba el segundo puesto
y todos sus compañeros estaban convencidos de que en historia universal
aventajaba al mismo Dardanelov. Esto quedó demostrado una vez que Kolia preguntó
al profesor quién había fundado Troya. El profesor repuso con una serie de
consideraciones acerca de los pueblos y sus emigraciones, la noche de los
tiempos y las leyendas, pero no pudo responder concretamente a la pregunta sobre
la fundación de Troya. Incluso llegó a decir que la cuestión carecía de
importancia. Los alumnos quedaron convencidos de que el profesor ignoraba por
completo quién había fundado la famosa ciudad. Kolia se había informado de este
acontecimiento en una obra de Smagaradov que figuraba en la biblioteca de su
padre. Todos acabaron por interesarse en la fundación de Troya, pero Kolia
Krasotkine guardó su secreto. Su prestigio quedó intacto.
Tras el incidente del
ferrocarril, se produjo un cambio en la actitud de Kolia hacia su madre. Cuando
Ana Fiodorovna se enteró de la proeza de su hijo, estuvo a punto de perder la
razón. Durante varios días sufrió fuertes ataques de nervios. Kolia se asustó
hasta el punto de que le prometió, bajo palabra de honor, no cometer de nuevo
semejante locura. Lo juró de rodillas ante el icono y por la memoria de su
padre, tal como la señora de Krasotkine le exigió. La escena fue tan
emocionante, que el intrépido Kolia lloró como un niño de seis años. Madre a
hijo pasaron el día arrojándose el uno en brazos del otro y derramando lágrimas.
Al día siguiente, Kolia volvió a
mostrarse «insensible», pero se había convertido en un muchacho más silencioso,
más reflexivo, más modesto. Mes y medio más tarde reincidió, y en el asunto
intervino el juez de paz. Pero esta vez se trataba de una granujada diferente,
ridícula a incluso estúpida, cometida por otros y de la que él era únicamente
cómplice. Ya volveremos a hablar de esto.
La madre volvió a sus temblores
y tormentos, y las esperanzas de Dardanelov aumentaban con las lágrimas de la
viuda. Hay que advertir que Kolia conocía las aspiraciones de Dardanelov, al que
detestaba profundamente por estos sentimientos. Anteriormente incluso cometía la
indelicadeza de expresar ante su madre su desprecio hacia el profesor, haciendo
vagas alusiones a los propósitos del enamorado. Pero después del incidente del
ferrocarril, su actitud cambió también con respecto a este punto, pues no hacía
alusiones molestas a Dardanelov y hablaba con más respeto de él ante su madre.
La sensitiva Ana Fiodorovna notó al punto este cambio y lo agradeció infinito.
No obstante, a la menor alusión a Dardanelov en presencia de Kolia, aunque la
hiciera un extraño, la viuda se ponía roja como la grana. En estas ocasiones,
Kolia miraba por la ventana con el ceño fruncido, o se contemplaba los zapatos,
o llamaba con acento iracundo a Carillón, un perrazo feo y de larga pelambre,
que había recogido hacía un mes y del que no había dicho una palabra a sus
amigos. Kolia se comportaba con el animal como un tirano. Le enseñó a hacer
muchas cosas. Así, el pobre Carillón, que aullaba cuando Kolia se iba al
colegio, al verlo volver ladraba alegremente, saltaba como un loco, se
pavoneaba, se hacía el muerto, etc., etc.; en una palabra, hacía cuanto Kolia le
había enseñado, pero no porque éste se lo ordenara, sino espontáneamente, por el
gran cariño que profesaba a su dueño.
Ahora caigo en que me he olvidado decir que Kolia Krasotkine
fue el muchacho al que Iliucha, ya conocido por nuestros lectores, hijo del
capitán retirado Snieguiriov, había herido con su cortaplumas al salir en
defensa de su padre, del que sus compañeros de clase se burlaban llamándole
«Barba de Estropajo».
CAPÍTULO II
LOS RAPACES
Aquella mañana glacial y brumosa
de noviembre se quedó en casa Kolia Krasotkine. Era domingo y no tenía clase. No
obstante, acababan de dar las once y necesitaba salir «para un asunto
importantísimo». Pero había el inconveniente de que estaba solo en la casa y no
la podía abandonar. Las personas mayores habían tenido que marcharse al
producirse un acontecimiento imprevisto. La viuda de Krasotkine tenía alquilado
un departamento de dos piezas ‑el único que había en la casa‑ a la esposa de un
médico que era madre de dos hijos pequeños. Esta señora era gran amiga de Ana
Fiodorovna y tenía la misma edad que ella. El médico se había marchado a
Orenburgo, y de allí a Tachkent. Hacía seis meses que la esposa no recibía
noticias del marido, de modo que la infortunada se habría pasado el tiempo
llorando si no hubiera tenido el consuelo de la amistad de Ana Fiodorovna. Para
colmo de desdichas, Catalina, la única sirvienta de la doctora, había comunicado
repentinamente a la doctora, ya de noche, que notaba que iba a dar a luz a la
mañana siguiente. Aunque parezca mentira, nadie se había dado cuenta del estado
de la joven. En medio de su estupor, la doctora decidió, puesto que aún había
tiempo, trasladar a Catalina a casa de una comadrona que admitía futuras madres
a pensión. Come tenía gran cariño a esta sirvienta, puso inmediatamente en
práctica este proyecto a incluso se quedó al lado de la internada. A la mañana
siguiente hubo que recurrir a la ayuda de la señora de Krasotkine para que
hiciera cierta diligencia y adoptara su protección. Por lo tanto, las dos damas
estaban ausentes, así come Ágata, la sirvienta de la viuda de Krasotkine, que se
había ido al mercado, y Kolia se había quedado como guardián de los pequeñuelos,
el niño y la piña de la doctora.
La vigilancia de la casa no
inquietaba a Kolia, y menos teniendo a su lado a Carillón. Éste había recibido
la orden de echarse debajo de un banco del vestíbulo y estar allí sin moverse.
Cada vez que veía pasar a su dueño, el perro levantaba la cabeza y golpeaba el
suelo con la cola, mientras dirigía a Kolia una mirada suplicante. Pero, ¡ay!,
sus ruegos eran inútiles. En respuesta a ellos, Kolia miraba severamente al
infortunado animal, que volvía a su inmovilidad de estatua.
A Kolia sólo le preocupaban los
pequeñuelos. La aventura de Catalina le inspiraba un profundo desprecio. Le
encantaban aquellos niños y ya les había dado un divertido libro infantil para
que se distrajeran. Nastia, la mayor, tenía ocho años y sabía leer; Kostia
tenía siete y escuchaba con gusto a su hermanita. Kolia habría podido
entretenerlos jugando con ellos a los soldados o al escondite por toda la casa,
y no le importaba hacerlo cuando se presentaba la ocasión, a pesar de que en el
colegio se rumoreaba que Krasotkine jugaba en su casa a las troikas con los
niños de la inquilina, y que hacía el caballo y galopaba con la cabeza baja.
Kolia rechazaba indignado esta acusación, diciendo que se habría avergonzado,
«en nuestra época», de jugar a los caballos con chicos de su edad, pero que él
lo hacía per los niños, porque los quería, y que nadie tenía derecho a pedirle
cuentas de sus sentimientos.
En compensación, los dos pequeñuelos lo adoraban. Pero
aquella mañana Kolia no estaba para juegos. Tenía un compromiso importante a
incluso un tanto misterioso. Pero el tiempo pasaba, y Ágata, a la que se podían
confiar los niños, no volvía de la compra. Kolia había cruzado el vestíbulo
varias veces, abierto la puerta del departamento de la inquilina y echado una
mirada cariñosa a los niños, que estaban leyendo, como él les había indicado.
Cada vez que Kolia aparecía, los niños le obsequiaban con una larga sonrisa, que
era una clara invitación a que pasara para hacer algo que los divirtiera. Pero
Kolia estaba preocupado y no entraba.
Cuando dieron las once,
Krasotkine se dijo resueltamente que si, transcurridos diez minutes, la
«maldita» Ágata no había vuelto, se marcharía sin esperar más, claro que no sin
antes advertir a los niños y hacerles prometer que no tendrían miedo durante su
ausencia, que no llorarían ni harían diabluras.
Se puso, pues, su gabancito
acolchado, se echó un talego al hombre, y aunque su madre le había dicho más de
una vez que no saliera a la calle sin ponerse los chanclos cuando hiciese tanto
frío come aquella mañana, Kolia se limitó a dirigirles una mirada de desdén al
pasar por el vestíbulo. Carillón, al verlo vestido para salir, empezó a mover
todo su cuerpo mientras golpeaba el suelo con la cola, a incluso llegó a soltar
un aullido quejumbroso. Kolia juzgó que esta entusiasta demostración de afecto
era contraria a la disciplina, y tuvo al perro todavía un minuto debajo del
banco; no le silbó hasta que abrió la puerta del vestíbulo. Entonces Carillón se
lanzó hacia él como una flecha y empezó a saltar alegremente.
El muchacho fue a echar una
mirada a los niños. Habían dejado el libro y discutían acaloradamente, cosa que
hacían con frecuencia. Nastia, por ser mayor que su hermano, solía triunfar en
la polémica, pero, a veces, Kostia no se sometía y llamaba a Kolia Krasotkine
para que fallara, fallo que admitían las dos partes sin rechistar.
Esta vez, la discusión de los
dos niños interesó a Kolia, que se quedó en el umbral escuchando. Los
pequeñuelos, al verle, redoblaron el ardor de su disputa.
‑Nunca he creído ‑decía,
convencida, Nastia‑ que las comadronas encuentren a los niños en las coles.
Estamos en invierno y no hay coles. De modo que la comadrona no puede haber
encontrado en esas plantas una nena para Catalina.
‑¡Basta! ‑exclamó Kolia.
‑De alguna parte traen a los
niños ‑dijo Nastia‑, pero sólo a las que están casadas.
Kostia, que había escuchado
gravemente a su hermana, la miró fijamente, pensativo.
‑Eres una tonta, Nastia ‑dijo al
fin, con toda calma‑. Catalina no está casada. ¿Cómo se puede tener un hijo?
Nastia se indignó.
‑No entiendes nada. A lo mejor
está casada y tiene al marido en la cárcel.
‑Así, ¿tiene un marido en la
cárcel? ‑preguntó el práctico Kostia.
Nastia abandonó su hipótesis y
exclamó con su ímpetu habitual:
‑También puede ser que no esté
casada, como tú dices. Así que tienes razón. Pero quiere casarse, y a fuerza de
pensar y pensar en tener un marido, ha terminado por tener un niño.
‑Puede ser ‑admitió Kostia‑.
Pero yo no podía saber eso, porque tú no me lo habías dicho.
Kolia avanzó hacia ellos.
‑Por lo que veo, renacuajos,
sois temibles.
‑¡Si está contigo Carillón!
‑exclamó alegremente Kostia, que empezó a chascar los dedos y a llamarlo.
‑Amiguitos, estoy en un apuro
‑empezó a decir Kolia solemnemente‑. ¿Queréis ayudarme? Ágata debe de haberse
roto una pierna, puesto que no ha regresado. No cabe duda de que se la ha roto.
Tengo que marcharme. ¿Me permitís que me vaya?
Los niños se miraron. Sus
rostros sonrientes tenían una expresión de inquietud. No acababan de comprender
lo que Kolia les pedía.
‑¿Me prometéis no hacer ninguna
diablura durante mi ausencia? ¿No subiros al armario para exponeros a romperos
una pierna? ¿No llorar de miedo al veros solos?
En las dos caritas se reflejó la
angustia.
‑Si os portáis bien os enseñaré
una cosa: un cañoncito de acero que se carga con pólvora de verdad.
Las dos caritas se iluminaron.
‑Enséñanos el cañón ‑dijo Kostia,
radiante.
Krasotkine sacó de su talego un
cañoncito que depositó en la mesa.
‑Mirad, tiene ruedas ‑dijo,
haciéndolo rodar‑. Se puede cargar con perdigones y disparar.
‑¿Y puede matar?
‑Puede matar a cualquiera. Basta
apuntar bien.
Kolia explicó cómo había que
poner la pólvora y los perdigones, señaló la ranura por la que se prendía fuego
a la carga y dijo que el cañón tenía retroceso. Los niños lo escuchaban con
ávida curiosidad. Lo del retroceso es lo que más les impresionó.
Nastia preguntó:
‑¿Tienes pólvora?
‑Sí.
‑A verla ‑imploró la niña,
sonriendo.
Krasotkine extrajo del talego un
frasquito que contenía un poco de auténtica pólvora y unos cuantos perdigones
envueltos en un papel. Destapó el frasquito y echó un poco de pólvora en la
palma de su mano.
‑Miradla. ¡Pero cuidado con
acercarla al fuego! ‑dijo para asustarlos‑. Se produciría una explosión y
moriríamos todos.
Los niños examinaron la pólvora
con un terror que avivaba su entusiasmo. A Kostia le encantaron especialmente
los granos de plomo.
‑¿Se inflaman los perdigones?
‑preguntó.
‑No.
‑Dame unos cuantos ‑dijo en tono
suplicante.
‑Aquí los tienes. Pero no se los
enseñes a tu madre antes de que yo vuelva. Creerá que estallan como la pólvora,
se asustará y os pegará.
‑Mamá no nos pega nunca ‑dijo
Nastia.
‑Ya lo sé: lo he dicho para
hacer una frase. No mintáis nunca a vuestra madre, salvo en esta ocasión y sólo
hasta que yo vuelva. Bueno, amiguitos, ¿me puedo marchar? ¿No lloraréis de miedo
mientras no estoy aquí?
‑Sí que lloraremos ‑dijo
lentamente Kostia mientras se disponía a hacerlo.
‑Seguro que lloraremos ‑confirmó
Nastia, atemorizada.
‑¡Qué niños éstos! ¡Estáis en la
peor edad! Ya veo que no puedo hacer nada. Tendré que quedarme con vosotros
hasta Dios sabe cuándo. ¡Con lo que vale el tiempo!
‑Dile a Carillón que haga el
muerto ‑solicitó Kostia.
‑Bien; recurramos a Carillón.
¡Aquí, Carillón!
Kolia ordenó al can que exhibiera sus habilidades. Era un
perro de pelo largo, de color gris violáceo, del tamaño de un mastín corriente,
tuerto del ojo derecho y que tenía partida la oreja izquierda. Se pavoneaba,
andaba sobre las patas traseras, se echaba boca arriba y permanecía inmóvil,
como muerto...
Durante este último ejercicio se
abrió la puerta y apareció Ágata, la sirvienta, mujer obesa, picada de viruelas,
de unos cuarenta años, que, con la red de la compra en la mano, se detuvo en el
umbral para presenciar el espectáculo. Kolia, a pesar de la prisa que tenía, no
interrumpió la representación. Al fin, emitió un silbido, y el animal se levantó
y empezó a saltar con gran alegría de haber cumplido con su deber.
‑¡Eso es un perro! ‑exclamó
Ágata.
‑¿Se puede saber por qué has
tardado tanto? ‑preguntó severamente Kolia.
‑¡A mí no me hables así, mocoso!
‑¿Mocoso?
‑Sí, mocoso. No te metas en lo
que no te importa. He tardado porque ha sido preciso.
Ágata dijo esto mientras
empezaba a trajinar en la cocina. No hablaba con irritación, sino que parecía
sentirse feliz de poder enfrentarse otra vez con aquel señorito tan gracioso.
‑Óyeme, vieja loca: me vas a
jurar por lo más sagrado que vigilarás a estos pequeñuelos durante mi ausencia.
Tengo que marcharme.
‑Nada de juramentos ‑repuso
Ágata, echándose a reír‑. Los vigilaré y basta.
‑No basta; quiero que me lo
jures por tu eterna salvación. Si no me lo juras, no me marcho.
‑Allá tú. A mí me da lo mismo.
Está helando. Lo mejor que puedes hacer es quedarte en casita.
‑Oíd, rapazuelos. Esta mujer os
hará compañía hasta que yo vuelva o hasta que venga vuestra madre, que ya no
puede tardar. Si tarda, Ágata os dará el almuerzo. ¿No es así, Ágata?
‑Nada tan fácil.
‑Hasta la vuelta, hijitos. Me
voy con toda tranquilidad.
Y al pasar por el lado de la
sirvienta le dijo, en serio y en voz baja.
‑Cuidado, abuela, con empezar a
explicarles lo de Catalina. Hay que respetar su inocencia... ¡Vamos, Carillón!
Esta vez Ágata se indignó de
verdad.
‑¿Quieres callarte? ¡Merecerías
que te azotasen por decir esas cosas!
CAPÍTULO III
EL COLEGIAL
Pero Kolia ya no la oía. Al fin
estaba libre. Al salir a la calle hundió momentáneamente la cabeza entre los
hombros y exclamó: «¡Vaya frío!», y tomó el camino de la plaza del Mercado.
Antes de llegar a la plaza se detuvo ante un edificio, sacó del bolsillo un
silbato y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. Sin duda, era una señal
convenida. Un minutó después salió de su casa un niño de once años, de tez
colorada y protegido, como Kolia, por un recio y elegante gabán. Este muchacho
era Smurov, alumno de la clase preparatoria (Kolia estaba ya en la sexta) a hijo
de un funcionario acomodado, al que sus padres habían prohibido que fuera con
Krasotkine, cuya conducta les parecía vergonzosa; de modo que Smurov había
tenido que salir de su casa furtivamente.
Como el lector recordará, Smurov
formaba parte del grupo que había apedreado a Iliucha hacía dos meses, y él fue
el que habló con Aliocha Karamazov.
‑He estado una hora esperándote,
Krasotkine ‑dijo sin rodeos Smurov.
Los dos chicos siguieron el
camino de la plaza.
‑Si me he retrasado ‑repuso
Kolia‑, la culpa no ha sido mía, sino de las circunstancias. ¿No te azotarán por
haberte reunido conmigo?
‑¡Qué ocurrencia! A mí no me
azotan nunca... Ya veo que está aquí Carillón.
‑Sí, lo he traído.
‑¿Para que nos acompañe hasta la
casa?
‑Sí.
‑¡Lástima que no sea Escarabajo!
‑Escarabajo no puede ser, porque
ha desaparecido. Nadie debe saber dónde está.
Smurov se detuvo de pronto.
‑Oye, Kolia: Iliucha dice que
Escarabajo tenía el pelo largo y de un gris violáceo, o sea como el de Carillón.
¿Y si le dijéramos que Carillón es Escarabajo? A lo mejor, lo creía.
‑Escucha, colegial: detesta la
mentira, incluso la mentira piadosa... Supongo que no le habrás dicho ni una
palabra de mi visita.
‑A Dios gracias, sé lo que debo
hacer ‑dijo Smurov, y añadió con un suspiro‑: No creo que Carillón pueda
consolarlo. Su padre, el capitán, nos ha dicho que hoy le regalará un cachorro
de moloso auténtico, con el hocico negro. Cree que este animalito consolará a
Iliucha, pero yo no opino así.
‑¿Cómo está Iliucha?
‑Mal, muy mal. A mí me parece
que está tísico. Conserva todo el conocimiento, pero respira con gran
dificultad. El otro día pidió que lo llevaran a dar un paseo, le pusieron los
zapatos, y el pobre cayó después de dar unos pasos. «Ya te dije, papá, que estos
zapatos no me venían bien. Siempre he tenido dificultad para andar con ellos.»
Creyó que se había caído por culpa de los zapatos, y era la debilidad lo que le
había hecho caer. No creo que viva toda esta semana.
Herzenstube lo visita. Vuelven a
tener dinero en abundancia.
‑¡Los muy canallas!
‑¿Quiénes?
‑Los médicos, toda esa chusma doctoral, individual y
colectivamente. Detesto la medicina; no sirve para nada. En fin, ya estudiaré a
fondo esta cuestión. Oye, os habéis vuelto muy sentimentales los de tu clase:
creo que vais todos los días a visitar al enfermo. ‑Todos no. Somos unos diez
los que lo vamos a ver todos los días.
‑Lo que más me sorprende es la
conducta de Alexei Karamazov. Mañana o pasado se va a juzgar a su hermano por un
crimen espantoso y esto no le impide ponerse sentimental con los colegiales.
‑Aquí nadie se pone sentimental.
Piensa que tú mismo vas a reconciliarte con Iliucha.
‑¿A reconciliarme? Es una
palabra que me repugna. Por otra parte, no permito a nadie que analice mil
actos.
‑Ya verás qué contento se pone
Iliucha al verte. No sabe nada de tu visita. ¿Por qué has tardado tanto en
decidirte? ‑exclamó con vehemencia Smurov.
‑Eso es cosa mía y no tuya. Yo
voy por mi propia voluntad; vosotros, en cambio, vais porque os llevó Alexei
Karamazov. De modo que no es lo mismo. Además, tú no sabes por qué voy yo. A lo
mejor, no pretendo reconciliarme. ¡Qué expresión tan estúpida!
‑Karamazov no está allí. Desde
luego, al principio fuimos con él, pero después nos acostumbramos a ir solos,
primero uno y después otro, y todo con la mayor naturalidad, sin
sentimentalismos. Su padre se conmovió al vernos. Perderá la razón cuando
Iliucha se muera. Se da cuenta de que no time salvación. No puedes figurarte lo
que se alegró al ver que nos reconciliábamos con Iliucha. Éste ha preguntado por
ti, pero no ha dicho nada más. Su padre acabará loco o se ahorcará. Antes ya
tenía el aspecto de un demente. Es un buen hombre, ¿sabes?, que ha sido víctima
de un error. Ese parricida no debió maltratarlo como lo hizo dias atrás en la
taberna.
‑Dmitri Karamazov es para mí un
enigma. Hace tiempo que podía haber hecho amistad con él, pero hay momentos en
que me alegro de haberlo mantenido a distancia. Además, tengo de él un concepto
que quiero comprobar.
Dicho esto, Kolia se sumió en un
grave silencio, que compartió su amigo. Smurov respetaba a Kolia Krasotkine y no
osaba, ni mucho menos, compararse con él. Kolia había despertado su curiosidad
al decir que iba a ver a Iliucha espontáneamente. Sin duda, había una razón
misteriosa para que Krasotkine hubiera adoptado de pronto esta resolución.
Iban por la plaza del Mercado,
sorteando carros y aves de corral. Bajo los sobradillos de las tiendas había
mujeres que vendían tortas, hilos y otros muchos géneros. En nuestra ciudad
llaman ingenuamente ferias a estos mercadillos domingueros que se celebran en
gran número durante el año.
Carillón corría alegremente,
desviándose de continuo a derecha e izquierda para olfatear algo. Y cuando se
encontraba con algún congénere, le oliscaba también del mejor grado, según las
reglas en use entre los perros.
‑Me gusta observar la realidad,
Smurov ‑dijo de pronto Kolia‑. ¿Te has fijado en que los perros se olfatean
cuando se encuentran? Esto es entre ellos una ley natural.
‑Una ley ridícula.
‑Pues no, te equivocas. No hay nada ridículo en la
Naturaleza, aunque el hombre, con sus prejuicios, crea lo contrario. Si los
perros pudieran razonar y criticar, verían en nosotros tantas cosas ridículas
como nosotros vemos en ellos, tantas o más, pues estoy convencido de que son
numerosísimas en las relaciones humanas. Esta idea es de Rakitine y me parece
acertadísima. Soy socialista, Smurov.
‑¿Qué es el socialismo?
‑preguntó Smurov.
‑La igualdad para todos, la
comunidad de opiniones, la supresión del matrimonio, la libertad de observar la
religión y las leyes que a uno le convengan, etc., etc. Tú eres todavía
demasiado joven para comprender estas colas... Hace frío, ¿verdad?
‑Sí, doce bajo cero: mi padre
acaba de verlo en el termómetro.
‑¿Has observado que en pleno
invierno, cuando estamos a quince a incluso a dieciocho grados bajo cero, el
frío es más soportable que ahora, al principio, cuando hay todavía poca nieve y
hiela de pronto a los doce grados? Esto sucede porque las personas no están
todavía habituadas al frío. En nosotros todo es un hábito, incluso la política.
Mira qué tipo tan gracioso.
Kolia señalaba a un campesino de
considerable estatura, enfundado en una pelliza de piel de cordero, de aire
bonachón, que, al lado de su carreta, se calentaba las manos, protegidas por
mitones, dando fuertes palmadas. Su barba estaba cubierta de escarcha.
‑Tienes la barba helada, amigo
‑dijo Kolia levantando la voz y en un tonillo mordaz cuando pasó por su lado.
‑Hay muchas barbas heladas
‑replicó el campesino sentenciosamente.
‑No te molestes ‑suplicó Smurov.
‑No temas, no se enfadará. Es un
buen hombre. ¡Adiós, Mateo!
‑Adiós.
‑¿De veras te llamas Mateo? ‑Sí.
¿No lo sabías?
‑No. He dicho el nombre al azar.
‑¡Qué casualidad! ¿Eres
estudiante?
‑Exacto.
‑¿Te azotan?
‑Sí.
‑¿Fuerte?
‑A veces.
‑La vida es dura ‑suspiró el
buen hombre.
‑Adiós, Mateo.
‑Adiós. Eres un muchacho
simpático.
Los dos colegiales continuaron
su camino.
‑Es una buena persona ‑dijo
Koila‑. Me gusta hablar con la gente del pueblo. Hacerle justicia.
‑¿Por qué le has dicho que nos
azotan? ‑preguntó Smurov. ‑Para darle gusto.
‑No lo entiendo.
‑Oye, Smurov: no me gusta
dialogar con los que no me comprenden desde un principio. Hay cosas imposibles
de explicar. A ese hombre se le ha metido en la cabeza que a los colegiales hay
que azotarlos, que el colegial que no recibe este castigo no es colegial. Si yo
le hubiera dicho que no me azotan, lo habría confundido. En fin, tú no puedes
comprender estas cosas. Hay que saber hablar al pueblo.
‑Pero nada de burlas, te lo
ruego.
‑¿Times miedo?
‑Sí, Kolia; tengo miedo. Mi
padre se pondría furioso si se enterase de estas bromas. Me ha prohibido que
vaya contigo.
‑No temas: esta vez no ocurrirá
nada. ¡Buenos días, Natacha ‑gritó a una vendedora.
La mujer, todavía joven,
respondió a grandes voces:
‑¡Yo no me llamo Natacha, sino
María!
‑¡Bonito nombre! ¡Adiós, María!
‑¡El muy granuja! No es más alto
que una bola de montar y ya se mete con la gente.
‑No tengo tiempo de escucharte.
Ya me lo contarás el próximo domingo ‑dijo Kolia braceando y como si fuera ella
la que hubiese empezado a importunarle.
‑¡Yo no tengo nada que contarte
el domingo próximo! ¡Eres tú el que me ha tirado de la lengua, mocoso! ¡Una
buena azotaina es lo que necesitas! ¡Ya te conozco, bribón!
Las vendedoras que estaban cerca
de María se echaron a reír a coro. De pronto, salió de una arcada un hombre que
daba muestras de gran agitación. Tenía el aspecto de un dependiente de comercio
y no era de nuestra ciudad. Usaba gorra y llevaba un caftán de largos faldones.
Era todavía joven, tenía el cabello castaño y ensortijado, y el rostro pálido y
picado de viruelas. Muy excitado, no se sabía por qué, empezó a amenazar a Kolia
con el puño.
‑¡Te conozco! ‑gritó‑. ¡Te
conozco!
Kolia lo miró atentamente. No se
acordaba de haber disputado con aquel hombre. Por otra parte, sus altercados en
la calle eran demasiado frecuentes para que pudiera acordarse de todos.
‑¿De modo que me conoces?
‑preguntó irónicamente.
‑Sí, te conozco ‑repitió el
forastero.
‑Es una suerte para ti. Bueno,
adiós. Tengo prisa.
‑Eres un insolente. Ya te he
dicho que te conozco.
‑Si soy un insolente, amigo,
esto no es cuenta tuya ‑dijo Kolia deteniéndose y mirando fijamente al
desconocido.
‑¡Ah! ¿Sí?
‑Sí.
‑Entonces, ¿de quién es cuenta?
‑De Trifón Nikititch.
‑¿De quién?
El forastero, todavía acalorado,
miraba a Kolia con cara estúpida. El muchacho le respondió midiéndolo gravemente
con la mirada.
‑¿Has ido á la iglesia de la
Ascensión? ‑preguntó Kolia enérgicamente.
‑¿Yo? ¿Para qué? ‑repuso el
forastero, desconcertado‑. No, no he ido.
‑¿Conoces a Sabaniev? ‑preguntó
Kolia con la misma energía.
‑¿A Sabaniev? No, no lo conozco.
‑Entonces, vete al diablo ‑dijo
Kolia. Y, desviándose hacia la derecha, se alejó con paso rápido, como si no se
dignase hablar con un hombre tan tonto que ni siquiera conocía a Sabaniev.
‑Espera ‑dijo el forastero,
volviendo a ponerse nervioso‑. ¿A qué Sabaniev te refieres?
Y preguntó a las vendedoras,
mirándolas estúpidamente:
‑¿De qué Sabaniev habla?
Las mujeres se echaron a reír.
‑Ese rapaz es un tunante ‑dijo
una de ellas.
‑¿Pero de qué Sabaniev habla?
‑volvió a preguntar el del pelo rizado, haciendo grandes aspavientos.
‑Debe de referirse al Sabaniev
que trabajaba en casa de Kuzmitchev ‑conjeturó una de las vendedoras‑. Sí, ése
debe de ser.
El forastero la miró, perplejo.
‑¿Kuzmitchev? ‑dijo otra‑.
Entonces no se llama Trifón, sino Kuzma. Y ese chico ha hablado de Trifón
Nikititch. O sea que no es él.
‑No, no es Trifón, y tampoco
Sabaniev, sino Tchijov –dijo una tercera vendedora que había escuchado con toda
seriedad‑. Sí, es Alexei Ivanovitch Tchijov.
El forastero miraba, aturdido,
tan pronto a una como a otra.
‑Entonces, ¿por qué me ha hecho
esa pregunta? ‑exclamó desesperado‑. Díganme, amigas mias, ¿por qué me ha
preguntado ese chico si conozco a Sabaniev?
‑¡Qué cabeza tan dura tienes! Te
hemos dicho que no es Sabaniev, sino Tchijov, Alexei Ivanovitch Tchijov.
‑Es alto y lleva el cabello
largo. Este verano se le vio mucho por esta plaza.
‑¿Pero para qué quiero yo a ese
Tchijov?
‑¿A mí me lo preguntas?
‑¿Cómo podemos nosotras saber
para qué lo quieres, si no lo sabes tú? ‑dijo otra‑. ¿Tanto gritar y no lo
sabes? Te hablaban a ti y no a nosotras, cabeza dura. ¿Lo conoces?
‑¿A quién?
‑A Tchijov.
‑¡Que el diablo se lleve a ese
Tchijov y a ti! ¡Le daré una paliza, palabra! ¡Se ha burlado de mí!
‑¿Tú pegarle a Tchijov? ¡Él sí
que te dará una paliza a ti!
‑No me refiero a Tchijov,
carcoma, sino a ese rapaz que se ha burlado de mí. ¡Que me lo traigan, que me lo
traigan!
Las mujeres se echaron a reír.
Kolia estaba ya lejos y seguía avanzando con humos de vencedor. Smúrov se volvió
varias veces para observar al grupo vociferante. También él se divertía, a pesar
de su terror a mezclarse en una aventura de Kolia.
‑¿A qué Sabaniev te has
referido? ‑preguntó, sospechando lo que Kolia le iba a contestar.
‑A ninguno. Ahora van a estar
disputando hasta la noche. Me gusta burlarme de los imbéciles, cualquiera que
sea su condición social. Ese hombre es un bobo de remate. Dicen que «no hay peor
tonto que un tonto francés», pero hay rusos que no se quedan atrás. Mira la cara
de ese infeliz. ¿No lleva escrito en ella que es un imbécil?
‑Déjalo tranquilo, Kolia.
Sigamos nuestro camino.
‑¡Bah!... ¡Buenos días, buen
mozo!
Se dirigía a un hombre robusto,
de cara redonda a ingenua y barba gris, que parecía bebido. Levantó la cabeza y
miró al colegial.
‑Buenos días, si no bromeas
‑respondió con calma.
‑¿Y si bromeo? ‑preguntó Kolia
echándose a reír.
‑Bromea si tal es tu deseo.
Siempre se puede bromear. Con eso no se hace mal a nadie.
‑Perdóname, pero estoy
bromeando.
‑Entonces, que Dios te perdone.
‑¿Y tú, me perdonas?
‑De todo corazón. Sigue tu
camino.
‑No tienes aspecto de tonto.
‑Desde luego, lo soy menos que
tú ‑repuso el desconocido con perfecta seriedad.
‑Lo dudo ‑dijo Kolia, un tanto
desconcertado.
‑Sin embargo, es la pura verdad.
‑Al fin y al cabo, es muy
posible.
‑Sé lo que digo.
‑Adiós, buen mozo.
‑Adiós.
‑Hay mentecatos de muchas clases
‑dijo Kolia a Smurov tras una pausa‑. Yo no me podía imaginar que había
tropezado con un hombre inteligente.
Dieron las doce en el reloj de
la iglesia. Los colegiales aceleraron el paso y ya no hablaron apenas, aunque
todavía tuvieron que andar un buen rato.
Cuando estuvieron a unos veinte
pasos de la casa, Kolia se detuvo y dijo a Smurov que fuera delante y llamara a
Karamazov.
‑Hay que informarse primero
‑dijo.
‑¿Para qué hacer venir a
Karamazov? ‑replicó Smurov‑. Entremos en la casa. Te recibirán encantados. ¿A
Santo de qué trabar conocimiento con una persona en la calle, haciendo tanto
frío?
‑Yo ya sé por qué lo hago venir
a pesar del frío ‑dijo Kolia en el tono despótico que solía emplear con los
«pequeños».
Smurov corrió a ejecutar la
orden de Krasotkine.
CAPITULO IV
ESCARABAJO
Adoptando una actitud de hombre
importante, Kolia se apoyó de espaldas en la empalizada, y así esperó la llegada
de Aliocha Había oído hablar mucho de él a sus compañeros, y siempre los había
escuchado con una indiferencia despectiva. Sin embargo, interiormente anhelaba
conocerlo. ¡Había tantos detalles simpático en la conducta de este Karamazov!
El paso que iba a dar tenía gran
importancia para Kolia. Juzgaba que debía mostrarse digno y evidenciar su
independencia. «De lo contrario, creerá que soy una criatura, como todos estos
compañeros míos de colegio. ¿Qué concepto tendrá de estos chiquillos? Se lo
preguntaré cuando nos conozcamos. ¡Qué lástima que yo sea un chico bajo! Tuzikov
tiene menos edad que yo y me lleva la mitad de la cabeza. No soy guapo, sino que
mi cara bien puede calificarse de fea; pero soy inteligente. No debo mostrarme
demasiado expansivo: si me arrojara en seguida en sus brazos, creería que...
¡Qué vergüenza si lo creyera!»
Así se inquietaba Kolia, aunque
se esforzaba por mostrar un aire de despreocupación. Su falta de estatura lo
atormentaba más todavía que su supuesta fealdad. Desde hacía un año, cada dos
meses marcaba con una raya de lápiz su altura en una de las paredes de la casa
y, con el corazón palpitante, comprobaba lo que había crecido. El crecimiento,
¡ay!, era tan lento, que Kolia se desesperaba. Su rostro no era feo, como él
decía, sino todo lo contrario: tenía un encanto singular. Su pálida tez estaba
salpicada de pecas. Sus ojos, grises y vivos, miraban francamente, y a veces
brillaban de emoción. Tenía los pómulos un poco anchos; los labios, pequeños y
delgados, pero muy rojos; la nariz, respingona. « ¡Completamente chata!»,
murmuraba Kolia cuando se miraba al espejo y se. retiraba indignado. «Ni
siquiera debo de tener el aspecto de persona inteligente», se decía a veces,
dudando incluso de esto. Pero sería un error creer que la preocupación por su
cara y su escasa estatura lo absorbía por completo. Por el contrario, por muy
humillado que se sintiera al mirarse al espejo, olvidaba pronto la humillación
para «dedicarse por entero a sus ideas y a la vida real, como él mismo definía
sus actividades.
Pronto apareció Aliocha y avanzó
rápidamente hacia Kolia. Éste advirtió desde lejos que el rostro de Karamazov
tenía una expresión radiante.
«¿Es posible que se alegre tanto
de verme?», se dijo Kolia con profunda satisfacción.
Digamos de paso que Aliocha
había cambiado mucho desde que lo vimos por última vez. Había suprimido el
hábito y llevaba una levita de buen corte, un sombrero de fieltro gris y el
cabello corto. Había ganado mucho con el cambio. Entonces era un apuesto joven.
Su simpático semblante irradiaba siempre alegría, una alegría apacible, dulce.
Kolia se sorprendió al verle sin abrigo. Sin duda, había
salido de la casa precipitadamente. Tendió la mano al colegial.
‑¡Al fin has venido! ‑exclamó‑.
Te esperábamos con impaciencia.
‑Ya te explicaré las causas de
mi retraso ‑dijo Kolia un poco cohibido‑. Desde luego, estoy encantado de
conocerte. Esperaba esta ocasión. Me han hablado mucho de ti.
‑De todas formas, habríamos
terminado por conocernos. También yo he oído hablar de ti. Has tardado demasiado
en venir.
‑Dime: ¿cómo van las cosas por
aquí?
‑Iliucha está muy mal. No saldrá
de ésta.
‑¡Es horrible! ‑exclamó Kolia
indignado‑. No me negarás que la medicina es una ciencia infame.
‑Iliucha te ha nombrado muchas
veces, incluso en sus momentos de delirio. Por lo visto, te quería mucho antes
del incidente del cortaplumas. Además de este incidente, debe de haber existido
otra causa... ¿Es tuyo este perro?
‑Sí. Es Carillón.
Aliocha miró tristemente a Kolia.
‑¿Entonces, es verdad que
Escarabajo ha desaparecido?
Kolia respondió
con una sonrisa enigmática:
‑Ya sé que quisierais tener a
Escarabajo: Me lo han contado todo... Escucha, Karamazov: te voy a explicar
muchas cosas. Precisamente te he hecho venir, antes de entrar en la casa, para
darte estas explicaciones. La primavera pasada ‑continuó Kolia con gran
animación‑ ingresó Iliucha en el preparatorio. Ya sabes lo que son los alumnos
de esta clase: verdaderos críos. En seguida empezaron a mortificarlo. Yo les
aventajaba en dos clases y, naturalmente, los mantenía a distancia, aunque no
dejaba de observarlos. Así vi que Iliucha, un muchachito endeble, no se
acobardaba, sino que daba la cara y combatía. Es orgulloso. Sus ojos fulguran.
Esta clase de personas me gustan.
«Sus compañeros lo zaherían cada
vez más. Él llevaba entonces un traje que daba pena verlo. Lo peor era el
pantalón, que le venía muy corto, y unos zapatos llenos de agujeros. Otro motivo
para burlarse de él. Esto me soliviantó y salí en su defensa. Di a los otros una
buena lección. Pues, ¿sabes una cosa, Karamazov? Les pego y ellos me adoran...
Kolia dijo esto con orgullo y
vehemente franqueza.
‑La verdad es ‑continuó‑ que me
gustan los críos. Ahora acabo de tener dos en mis brazos, por decirlo así. Ellos
han tenido la culpa de mi retraso... Bueno, el caso es que tomé bajo mi
protección a Iliucha y dejaron de molestarlo. Desde luego, es un chico
orgulloso, pero acabó por tratarme con una devoción servil. Acataba todas mis
órdenes, me obedecía como a Dios y hacía todo lo posible por imitarme. En los
ratos de recreo venía a reunirse conmigo y paseábamos juntos. Los domingos,
igual. Los alumnos de nuestro colegio se burlan de los chicos mayores que
alternan con los pequeños, pero esto son prejuicios. A mí me complacía y no
tenía por qué dar explicaciones a nadie. ¿No te parece?
»Oye, Karamazov: tú te has
aliado con todos estos rapazuelos para influir en la nueva generación, para
formarla, y, de este modo, prestar un servicio a la humanidad. ¿No es así? Te
confieso que este rasgo de tu carácter, que sólo conozco por referencias, me ha
interesado más que ningún otro... Pero vayamos a lo principal. Observé que ese
muchacho se iba convirtiendo en un ser cada vez más sensible, más sentimental, y
yo, por naturaleza, detesto los sentimentalismos, las “ternuras de cordero”. Por
otra parte, su conducta era contradictoria. Unas veces me demostraba una servil
adhesión; otras, discrepaba de mis opiniones, discutía, se enojaba, y sus ojos
echaban fuego. Yo veía claramente que no era que rechazara mis ideas, sino que
se revolvía contra mi persona porque respondía a sus ternuras con la frialdad. A
fin de fortalecerlo, cuanto más tierno se mostraba él, más frío me mostraba yo.
Lo hacía con pleno convencimiento de que mi plan daría resultado. Mi propósito
era formar su carácter, igualarlo, hacer de él un hombre... En fin, ya me
comprendes. De pronto, varios días después lo vi pensativo y consternado, pero
no por motivos sentimentales, sino por alguna otra causa más poderosa. “¿Qué le
habrá ocurrido?”, me preguntaba. Estrechándolo a preguntas, me enteré de todo.
Iliucha había trabado amistad con Smerdiakov, el criado de tu difunto padre, que
entonces aún vivía. Smerdiakov le enseñó una broma estúpida, cruel y ruin. Se
trataba de coger una miga de pan, introducir en ella un alfiler y arrojar el pan
a uno de esos perros hambrientos que tragan sin masticar, para ver lo que
sucedía. Prepararon, pues, la miga y la echaron a Escarabajo, un perro vagabundo
al que nadie alimentaba y que se pasaba el día ladrando al viento. ¿No te
molestan esos estúpidos ladridos, Karamazov? Yo no los puedo sufrir... Pues
bien, el animal se arrojó sobre la miga de pan, se la tragó, lanzó un gemido,
dio varias vueltas, y al fin echó a comer. “Corría aullando y siguió corriendo
hasta desaparecer”, me explicó Iliucha. Lloraba, se apretaba contra mí, lo
sacudían los sollozos. “¡Corría y gemía!”, repetía una y otra vez, tanto le
había impresionado la cruel escena. Tenía remordimiento. Yo tomé la cosa en
serio. Mi intención era enseñarle a vivir, prepararlo para su conducta ulterior.
Empleé la astucia, lo confieso, y fingí una indignación que estaba muy lejos de
sentir. “Has cometido una acción indigna ‑le dije‑. Eres un miserable. No
contaré a nadie lo que has hecho, pero por ahora suspendo mis relaciones
contigo. Reflexionaré y, por medio de Smurov (el chico que me ha acompañado
hasta aquí y que tiene por mí verdadera devoción), te diré cuál es mi actitud
definitiva.” Iliucha estaba consternado. Me di cuenta de que había ido demasiado
lejos, pero ya no podía volverme atrás. Al día siguiente le envié a Smurov con
el recado de que “no le hablaría más”, que es la expresión corriente entre
nosotros cuando rompemos con un compañero. Mi propósito secreto era tenerlo
varios días a distancia y después, en vista de su arrepentimiento, tenderle la
mano. Pero he aquí que, al oír a Smurov, sus ojos centellearon y exclamó: “¡Dile
a Krasotkine de mi parte que ahora echaré migas de pan con alfileres a todos los
perros que vea! ¡A todos, a todos!” Yo me dije: “Es un insolente. Hay que
corregirlo.” Y empecé a demostrarle el mayor desprecio, a volver la cabeza o
sonreír irónicamente cuando me encontraba con él. Entonces se produjo el
incidente de tu hermano con su padre, el capitán: ya debes de saber quién es.
Así se comprende que Iliucha estuviera desesperado. Al ver que yo me apartaba de
él, sus compañeros empezaron a asediarlo. Entonces comenzaron las riñas, que yo
lamentaba de veras, y creo que una vez lo molieron a golpes. En cierta ocasión
Iliucha se arrojó contra sus enemigos al salir del colegio. Yo estaba a unos
diez pasos de él y lo miraba. No recuerdo haberme reído entonces. Seguramente no
lo hice, porque el pobre me daba pena, tanta, que estuve a punto de intervenir
en su favor. Su mirada se encontró con la mía. Ignoro lo que se imaginaría. El
caso es que sacó su cortaplumas, se arrojó sobre mí y me lo clavó en la pierna
derecha. Yo ni me moví siquiera. Cuando se presenta la ocasión, sé no hacer el
ridículo. Me limité a mirarle con desprecio, como diciéndole: “¿Quieres repetir
tu hazaña en recuerdo de nuestra amistad? Estoy a tu disposición.” Pero él no me
volvió a agredir, no pudo mantener su actitud, sintió miedo, arrojó el
cortaplumas y huyó llorando. Desde luego, no lo denuncié, y dije a todos que se
callaran para que el incidente no llegara a oídos de los profesores. Tampoco
dije nada a mi madre hasta que la herida estuvo cicatrizada y tenía el aspecto
de un simple arañazo. Pronto me enteré de que el mismo día había sostenido un
combate a pedradas y lo había mordido un dedo. Ese mordisco lo demostrará el
estado en que se hallaba. Cuando cayó enfermo, cometí el error de no ir a
perdonarle, mejor dicho, a reconciliarme con él. Ahora lo lamento. Pero entonces
se me ocurrió cierta idea... Bueno, ya lo he contado todo... Conste que
reconozco que he cometido un error.
Aliocha estaba visiblemente
impresionado.
‑Es una verdadera lástima
‑manifestó‑ que no haya conocido antes tus relaciones con Iliucha. De haberlo
sabido, hace tiempo que te habría rogado que vinieras a verlo. Incluso cuando
delira a causa de la fiebre, habla de ti. Yo no sabía que te quería tanto. No
puedo creer que no hayas intentado encontrar a ese Escarabajo. El padre y los
compañeros de Iliucha lo han buscado por todas partes. Créeme: desde que está
enfermo, Iliucha ha repetido tres veces delante de mí y llorando: «Estoy enfermo
por haber matado a Escarabajo. Esto es un castigo de Dios.» No hay medio de
quitarle esta idea de la cabeza. Si le hubieras traído a Escarabajo, si él
hubiera visto que el pobre animal vivía, creo que la alegría le habría devuelto
la salud. Todos contábamos contigo para esto.
‑¿Por qué esperabais que fuera
yo el que encontrase a Escarabajo? ‑preguntó Kolia con anhelante curiosidad‑.
¿Por qué habéis contado conmigo y no con otro?
‑Porque ha corrido el rumor de
que lo buscabas y lo traerías. Así lo dijo Smurov. Todos nos hemos esforzado en
hacer creer a Iliucha que Escarabajo está vivo, que lo han visto. Sus compañeros
le trajeron una liebre. Él la miró con una débil sonrisa y pidió que la
soltaran. Así lo hicimos. Su padre acaba de traerle un cachorro de moloso. Creía
que esto sería un consuelo para Iliucha, pero a mí me parece que ha sido todo lo
contrario...
‑Oye, Karamazov: ¿qué clase de
hombre es su padre? Yo lo conozco, pero quiero saber lo que opinas tú de él. ¿Es
un payaso?
‑¡Oh, no! Es una de esas
personas de buen corazón que están abrumadas por su mala suerte. Sus payasadas
son una especie de mordaz ironía hacia aquellos a los que no se atreve a decir
la verdad a la cara a causa de la timidez y la humillación que lo mortifica
desde hace largo tiempo. Créeme, Krasotkine: esas payasadas suelen ser
extremadamente trágicas. Ahora Iliucha lo es todo para ese hombre, y si su hijo
se muere, él perderá la razón o se matará. Me basta ver su cara para estar
convencido de que su final será éste.
‑Comprendido, Karamazov: ya veo
que conoces a ese hombre.
‑Al verte con un perro, he
creído que era Escarabajo.
‑Escucha, Karamazov; tal vez
encontremos a Escarabajo, pero éste es Carillón. Voy a hacerlo entrar; tal vez
le guste más a Iliucha que el cachorro de moloso... Oye, Karamazov; te voy a
decir una cosa...
Pero de pronto exclamó:
‑¡Dios mío! ¿En qué estaba yo
pensando? Hace frío, no llevas gabán y te estoy reteniendo en la calle. Soy un
egoísta. Todos somos unos egoístas, Karamazov.
‑No te preocupes. Hace frío,
pero yo no soy friolero. Sin embargo, vamos a la casa. Oye, ¿cuál es tu nombre?
Yo sólo sé que te llamas Kolia.
‑Nicolás, Nicolás Ivanovitch
Krasotkine, o, como se dice en el lenguaje administrativo, Krasotkine hijo.
Kolia sonrió y añadió:
‑Excuso decirte que me es odioso
mi nombre de pila.
‑¿Por qué?
‑Por su vulgaridad.
‑Tienes trece años, ¿verdad?
‑preguntó Aliocha.
‑Cumpliré catorce dentro de
quince días. Voy a empezar por confesarte una debilidad de mi carácter para que
comprendas enteramente mi manera de ser: no me gusta que me pregunten qué edad
tengo... Se me ha calumniado haciendo correr el rumor de que la semana pasada
jugué a los ladrones con los pequeños del preparatorio. Ciertamente jugué, pero
no porque me gustara, como se pretende: en esto estriba la calumnia. Tengo
motivos para creer que estás enterado de esto. Pues bien, te aseguro que no lo
hice por mí, sino por ellos, porque no son capaces de idear nada sin mí... Aquí
sólo se oyen tonterías: es la ciudad de los chismes.
‑Y aunque hubieras jugado porque
te gustase, ¿qué importaría?
‑¿Es que tú jugarías a los
caballos?
Aliocha replicó en el acto:
‑Ten presente que las personas
mayores van al teatro, donde se representan las aventuras más diversas, en las
que los héroes lo mismo pueden ser guerreros que bandidos. ¿No es esto algo
parecido a lo que vemos en los juegos infantiles? Cuando los niños juegan
durante el recreo, se entregan a un arte naciente, a una necesidad artística que
germina en sus almas jóvenes. Y a veces estos juegos aventajan artísticamente a
las representaciones teatrales. La única diferencia entre unos y otras es que en
el teatro los actores representan un papel, mientras que los niños representan
el papel de los actores. Esto último es mucho más natural.
‑¿Tú crees? ¿Estás seguro?
‑preguntó Kolia, mirándolo fijamente‑. Es una idea muy interesante. Pensaré en
todo eso cuando esté solo.
Y añadió con expansiva
sinceridad:
‑Ya sabía yo que de ti se pueden
aprender muchas cosas. Precisamente por eso he venido: quiero aprender cosas de
ti.
‑Y yo de ti.
Aliocha sonrió y le estrechó la
mano. Kolia estaba encantado. Lo que más le seducía era sentirse como un igual
ante aquel joven que le hablaba como si se dirigiera a una persona mayor.
‑Ahora verás una escena teatral,
Karamazov, una representación ‑dijo Kolia con una risita nerviosa‑. A eso he
venido.
‑Primero entraremos en las
habitaciones de la izquierda, las del propietario. En ellas han dejado sus
abrigos tus compañeros, pues en la habitación de Iliucha hay poco espacio y hace
calor.
‑Como estaré poco tiempo, no me
quitaré el abrigo. Carillón
me esperará en el vestíbulo. ¡Aquí, Carillón; échate y no te muevas! ¿Ves? Está
inmóvil como un muerto. Yo entraré en la habitación y, cuando llegue el momento,
le silbaré. «¡Aquí, Carillón!» Y verás como entra corriendo. Pero es necesario
que Smurov no se olvide de abrir la puerta en ese instante. Le daré
instrucciones y presenciarás una escena curiosa.
CAPITULO V
JUNTO AL LECHO DE ILIUCHA
Aquel día había muy poco espacio
libre en el departamento del capitán Snieguiriov. Aunque los muchachos que
estaban allí habrían negado, y Smurov el primero, que Aliocha los había
reconciliado con Iliucha después de conducirlos a su casa, era lo cierto que así
había sucedido. Aliocha había empleado la hábil táctica de ir llevándolos uno a
uno a casa del enfermo sin recurrir al sentimentalismo, como por casualidad.
Esto había atenuado en gran medida los sufrimientos de Iliucha. El afecto que le
demostraban los que habían sido sus enemigos lo conmovió profundamente. Sólo
faltaba Krasotkine, su defensor y único amigo, al que había herido con su
cortaplumas.
Smurov comprendió esta amargura.
Era un muchacho inteligente y había sido el primero en ir a reconciliarse con
Iliucha. Pero Krasotkine, al que Sínurov había insinuado vagamente que Aliocha
deseaba verlo para tratar de cierto asunto, había puesto fin al intento de un
modo tajante, enviando a Karamazov la respuesta de que él ya sabía lo que tenía
que hacer, no necesitaba consejos de nadie y, si visitaba a un enfermo, lo haría
por su propio impulso y en cumplimiento de sus propios planes. Esto sucedió
quince días antes de aquel domingo. He aquí por qué Aliocha no había ido en
busca de Krasotkine, aunque había pensado hacerlo. Sin embargo, mientras
esperaba, Karamazov había enviado a Krasotkine dos nuevos recados por medio de
Smurov, y las dos veces había obtenido una respuesta seca y negativa: si iba a
buscarlo, no iría nunca a casa de Iliucha, y le rogaba que lo dejase en paz.
Incluso Smurov había ignorado
hasta el último momento que Kolia había decidido ir a casa de Iliucha. El día
anterior, al separarse, Kolia le había dicho de pronto que lo esperase en su
casa a la mañana siguiente, pues pensaba acompañarle a casa del capitán
Snieguiriov, pero que no dijera a nadie ni una palabra de su visita, pues quería
dar a Iliucha una sorpresa. Smurov obedeció. Tenía la esperanza de que
Krasotkine se presentase con el desaparecido Escarabajo, ya que un día le había
dicho que eran todos unos asnos si Escarabajo vivía y no lo habían sabido
encontrar. Pero Smurov aludió tímidamente una vez a esta posibilidad hablando
con Kolia, y éste había enrojecido de ira. «¿Cómo crees que puedo cometer la
necedad de ir a buscar por las calles un perro teniendo a Carillón? Por otra
parte, ¿quién puede confiar en que viva un animal que se ha tragado un alfiler?
Todo esto no es más que sentimentalismo borreguil.» Iliucha llevaba dos semanas
sin levantarse apenas de su camita, que estaba en un rincón cerca de varias
imágenes. No había vuelto a clase desde el día en que mordiera un dedo a Aliocha.
De entonces databa su enfermedad. Sin embargo, durante el primer mes pudo
levantarse de vez en cuando para ir por la habitación y el vestíbulo. Al fin,
las fuerzas lo abandonaron y ya le fue imposible dar un paso sin la ayuda de su
padre. Éste estaba desesperado por la enfermedad de Iliucha. Incluso dejó de
beber. El terror de perder a su hijo lo volvía loco, y a veces, después de
haberle ayudado a dar unos pasos por la habitación, huía al vestíbulo. Allí se
refugiaba en un rincón oscuro, apoyaba la frente en la pared y ahogaba
convulsivamente los sollozos para que no le oyese el enfermito.
Después volvía a la habitación
de su adorado hijo y se dedicaba a distraerlo y divertirlo, contándole cuentos y
anécdotas cómicas, parodiando a tipos graciosos conocidos a incluso imitando los
gritos de los animales. Pero las muecas y payasadas de su padre desagradaban
profundamente a Iliucha. Aunque procuraba disimular la pena que ello le
producía, se daba cuenta, con el corazón oprimido, de que su padre era tratado
con desprecio por la sociedad, y el recuerdo de la espantosa escena en que el
capitán fue arrastrado y vapuleado lo obsesionaba. La hermana inválida de
Iliucha, la dulce Nina, detestaba también las payasadas de su padre. Varvara
Nicolaievna estaba estudiando en Petersburgo desde hacía tiempo. Sólo la madre,
la infeliz perturbada, se divertía y reía de buena gana las contorsiones y
muecas grotescas de. su esposo. Éste era su único consuelo. Transcurridos estos
instantes de alegría, no hacía más que llorar y lamentarse de que todos la
tuviesen olvidada, nadie se cuidase de ella, etc., etc.
Pero últimamente pareció
cambiar. Observaba con frecuencia a Iliucha y después quedaba pensativa. Empezó
a mostrarse más reposada y silenciosa. Cuando lloraba, lo hacía quedamente, para
que nadie la oyera. El capitán advirtió este cambio con dolorosa perplejidad,
pero, poco a poco, los gritos y las diversiones de los niños fueron
divirtiéndola a ella también y terminaron por encantarla hasta el extremo de que
no habría podido pasar sin ellos. Viéndolos jugar, reía, aplaudía y llamaba a
algunos para abrazarlos. Al que más quería era a Smurov.
Al capitán, las visitas de los
niños le causaban profunda alegría. Incluso le inspiraron la esperanza de que su
hijito dejaría de sufrir y se pondría bien muy pronto. A pesar de su inquietud,
hasta los últimos días estuvo convencido de que su hijo recobraría la salud.
Acogió a los muchachos con respeto y se puso a su servicio. Incluso empezó a
llevarlos a caballo sobre su espalda. Pero estos juegos no gustaron a Iliucha y
cesaron muy pronto. Les compraba golosinas, pan de especias y nueces y les daba
té con tostadas. Debemos advertir que el dinero no le faltaba. Como Aliocha
había previsto, había aceptado los doscientos rublos de Catalina Ivanovna. La
generosa joven se informó más exactamente de la situación de la familia y de la
enfermedad de Iliucha y fue a visitarlos y a conocerlos a todos, incluso a la
pobre demente, que quedó encantada de su visita. Desde entonces, la ayuda de la
magnánima joven fue continua. El capitán, aterrado ante la idea de perder a su
hijo, ya no era el hombre orgulloso de antes y admitía humildemente la caridad
de su protectora.
El doctor Herzenstube visitaba
cada dos días al enfermo a instancias de Catalina Ivanovna, y aunque atiborraba
al paciente de medicamentos, los resultados dejaban mucho que desear. Aquel
domingo, el capitán esperaba la visita de un nuevo médico procedente de Moscú,
donde había alcanzado gran renombre. Catalina le había rogado que se pusiera en
camino, con todos los gastos pagados, por motivos de los que hablaremos más
adelante. De paso, el famoso doctor visitaría a Iliucha, de lo que ya estaba
advertido el capitán. Éste ignoraba por completo que iba a recibir también la
visita de Krasotkine. Hacía mucho tiempo que el capitán anhelaba que Kolia los
visitara, al advertir lo mucho que su ausencia atormentaba al enfermo.
Cuando Kolia entró en la
habitación, todos los colegiales estaban alrededor del lecho contemplando a un
minúsculo moloso nacido el día anterior. El capitán tenía concertada la compra
del cachorro desde hacía una semana. Creía que este regalo distraería y
consolaría a Iliucha, ya que el enfermito estaba amargamente obsesionado por la
desaparición de Escarabajo, al que daba por muerto. Iliucha estaba enterado
desde hacía tres días de que le iban a regalar un moloso auténtico (este último
detalle era muy importante), y aunque sus nobles sentimientos le llevaron a
decir que el regalo le encantaba, su padre y sus amigos advirtieron que el
cachorrito despertaba en él el recuerdo del pobre Escarabajo, al que tanto había
hecho sufrir. La bestezuela rebullía a su lado y él la acariciaba con su
blanquísima mano. El perrito le gustaba ‑de esto no cabía duda‑. ¡Pero no era
Escarabajo! Si hubiera tenido a los dos juntos, habría sido completamente feliz.
‑¡Krasotkine! ‑exclamó el primer
muchacho que vio aparecer a Kolia.
La impresión fue general. Los
chicos se apartaron a ambos lados de la cama, permitiendo que el recién llegado
viera perfectamente al enfermo. El capitán corrió hacia el visitante.
‑¡Bienvenido a esta casa! ¡Iliucha,
Krasotkine viene a verte!
Krasotkine le tendió la mano y
demostró seguidamente su buena educación. Primero se volvió hacia la esposa del
capitán, como siempre sentada en su sillón ‑renegando de que los niños, al
rodear la cama de Iliucha, le impidieran ver al perrito‑, y le hizo una gentil
reverencia. Después dirigió a Nina un saludo igual. Esta cortesía impresionó a
la perturbada.
‑¡En seguida se ve que es un
chico bien educado! ‑exclamó abriendo los brazos‑. Es muy distinto de los demás:
éstos entran el uno sobre el otro.
El capitán exclamó un tanto
inquieto:
‑¿El uno sobre el otro? ¿Qué
quieres decir?
‑Lo que he dicho. Se detienen en
el vestíbulo, el uno se monta en los hombros del otro y de este modo se
presentan a una familia honorable. ¿Te parece bonito?
‑¿Pero quién ha entrado así,
mamá?
‑Mira, aquél es uno de los que
ha llevado a caballo a otro, y también aquellos dos...
Kolia estaba ya junto al lecho
de Iliucha. El enfermo palideció, se irguió y miró fijamente a Kolia. Éste, que
no había visto a Iliucha desde hacía dos meses, apenas pudo disimular su
consternación. No esperaba ver un rostro tan pálido, tan demacrado; ni unos ojos
tan ardientes, tan agrandados por la fiebre; ni unas manos tan frágiles. Con
dolorosa sorpresa advirtió que la respiración de Iliucha era difícil y
precipitada y que sus labios estaban resecos. Le tendió la mano y le preguntó
con cierta turbación:
‑¿Qué hay, querido? ¿Cómo va
eso?
Su voz se apagó, sus facciones
se contrajeron, sus labios temblaron ligeramente. Kolia le pasó la mano por la
cabeza.
‑Bastante bien ‑repuso Iliucha
maquinalmente.
Los dos estuvieron callados unos
instantes.
‑¿De modo que tienes un perro?
‑preguntó Kolia con indiferencia.
‑Sí ‑repuso Iliucha jadeante.
‑Tiene el hocico negro. Es una
prueba de que será malo.
Hablaba gravemente, como si se
tratara de una cosa de extraordinaria importancia. Hacía grandes esfuerzos para
dominar su emoción y no echarse a llorar como un chiquillo. Lo consiguió.
‑Cuando sea mayor, habrá que
ponerle una cadena, no cabe duda.
‑¡Será un perrazo! ‑exclamó uno
de los niños.
‑Desde luego: los molosos llegan
a ser casi tan grandes como terneros.
‑Si ‑apoyo el capitán‑, como
verdaderos terneros. Yo he escogido uno de ésos, aunque ya sé que será muy malo.
Sus padres son también enormes y feroces... Siéntate en la cama de Iliucha, o en
el banco si lo prefieres. Bienvenido a esta casa. Hace tiempo que lo
esperábamos. ¿Has venido con Alexei Fiodorovitch?
Krasotkine se sentó en la cama, junto a los pies de Iliucha.
Por el camino había preparado el
modo de iniciar la conversación, pero ahora no sabía cómo hacerlo.
‑No; he venido con Carillón.
Tengo un perro que se llama así. Me espera en el vestíbulo. Le silbo y acude
inmediatamente. Sí, yo también tengo un perro.
Se volvió hacia Iliucha y le
preguntó a quemarropa:
‑¿Te acuerdas de Escarabajo,
querido?
La carita de Iliucha se alteró.
El enfermo miró a Kolia con una expresión de angustia. Aliocha, que estaba cerca
de la puerta, frunció el ceño y, por señas y disimuladamente, dijo a Kolia que
no hablara a Iliucha de Escarabajo. Pero Krasotkine no lo comprendió o fingió no
comprenderlo.
‑¿Dónde está Escarabajo?
‑preguntó Iliucha amargamente.
‑¡Ah, mi querido Iliucha! Tu
Escarabajo ha desaparecido.
Iliucha no dijo nada y miró otra
vez a Kolia fijamente. Aliocha hizo nuevas señas a Krasotkine, pero éste volvió
la cabeza, simulando no comprenderlo.
‑Escarabajo huyó sin dejar
rastro ‑dijo Kolia, implacable, aunque jadeaba también de emoción‑. No se podía
esperar otra cosa después de haberse tragado aquella miga de pan. Pero aquí
tienes a Carillón.
‑No me interesa ‑dijo Iliucha.
‑Pues has de verlo. Esto te
distraerá. Por eso lo he traído. Tiene el pelo largo como el otro.
Y, presa de una agitación
extraña, preguntó a la señora de Snieguiriov:
‑¿Me permite que llame a mi
perro?
‑¡No! ‑gritó Iliucha con voz
desgarrada‑. No vale la pena.
Sus ojos tenían una expresión de
reproche.
El capitán se levantó de pronto
del baúl, arrimado a la pared, en que estaba sentado, a intervino:
‑Debiste esperar...
Pero Kolia, inflexible, gritó a Smurov:
‑¡Abre la puerta!
Apenas la hubo abierto Smurov,
Kolia emitió un silbido y Carillón entró en el dormitorio.
‑¡En pie, Carillón! ‑ordenó
Kolia.
El perro se levantó sobre sus
patas traseras y así permaneció junto al lecho de Iliucha. Entonces ocurrió algo
imprevisto: Iliucha se estremeció, se inclinó sobre Carillón con gran esfuerzo y
lo examinó, extenuado.
‑¡Es Escarabajo! ‑exclamó con
una mezcla de dolor y alegría.
‑¿Quién te creías que era?
‑gritó Krasotkine, triunfante.
Rodeó con un brazo al perro y lo
levantó.
‑Mira, querido: le falta un ojo
y tiene la oreja izquierda partida. Éstas son las señas que me diste y que me
han servido para buscarlo. Encontrarlo no fue difícil. No tiene dueño. Se había
refugiado en casa de los Fedotov, en el patinillo que hay detrás del patio, y
nadie le daba de comer. Es un perro vagabundo, fugitivo de algún pueblo
próximo... Como ves, amigo Iliucha, no se tragó la miga de pan; si se la hubiera
tragado, no estaría vivo. Debió de vomitarla sin que tú lo vieras. Tiene una
herida en la lengua y esto explica sus lamentos. Echó a correr aullando y tú
creíste que se había tragado la miga de pan. Al clavársele la aguja en la
lengua, debió de sentir un dolor muy vivo, pues los perros tienen la boca muy
delicada, más sensible que la del hombre.
Kolia hablaba en voz muy alta,
enardecido y radiante de felicidad. Iliucha no podía decir nada; estaba blanco
como la cal y miraba a Kolia con sus grandes ojos desmesuradamente abiertos. Si
Kolia hubiera sabido el daño que podía hacer al enfermo recibir una impresión
tan violenta, se habría abstenido de preparar y llevar a cabo aquella escena
teatral. Pero en la habitación sólo había una persona capaz de darse cuenta de
esto: Aliocha. El capitán se comportaba como un niño. Saltando de alegría,
exclamó:
‑¡Escarabajo! ¡Es Escarabajo! ¡Iliucha,
es Escarabajo, tu Escarabajo!
Y dirigiéndose a su esposa,
repitió:
‑¡Es Escarabajo!
Poco le faltaba para echarse a
llorar.
‑¡Y yo sin ni siquiera
sospecharlo! ‑se lamentó Smurov‑. Yo sabía que Krasotkine encontraría a
Escarabajo. Ha cumplido su palabra.
‑¡Sí, ha cumplido su palabra! ‑dijo una voz entusiasta.
‑¡Bravo, Krasotkine! ‑exclamó un
tercero.
‑¡Bravo, Krasotkine! ‑repitieron
todos los niños, prorrumpiendo en aplausos.
‑¡Un momento! ‑exclamó
Krasotkine, y añadió tan pronto como cesó el alboroto‑: Os voy a contar cómo he
hecho las cosas. Cuando encontré a Escarabajo, me lo llevé a casa y lo oculté a
las miradas de todos. Smurov fue el único que lo vio. Esto ocurrió hace quince
días. Yo le hice creer que era otro perro, Carillón, y él se tragó el anzuelo.
Me dediqué a amaestrar a Escarabajo. Ahora vais a ver las cosas que sabe hacer.
Quería traértelo amaestrado, Iliucha. ¿No tenéis un trocito de carne cocida? Si
lo tenéis, os hará un juego que os moriréis de risa.
El capitán echó a correr hacia
las habitaciones de los propietarios de la casa, donde estaban haciendo la
comida. Sin esperar su regreso, Kolia llamó a Carillón y le ordenó que hiciera
el muerto. El perro empezó a dar vueltas, se echó, se puso patas arriba y se
quedó tan inmóvil como si fuese de piedra. Los niños se echaron a reír. Iliucha
miraba al animal con una sonrisa dolorosa. La más feliz era «mamá», que lanzó
una carcajada y empezó a llamar a Carillón chascando los dedos.
‑¡Carillón! ¡Carillón!
‑Por nada del mundo se levantará
‑dijo Kolia en tono triunfal y con justificado orgullo‑. Ni aunque lo llamarais
todos a la vez. En cambio, a una voz mía, se pondrá en pie en el acto. Ahora van
a verlo. ¡Aquí, Carillón!
El. perro se levantó y empezó a
saltar y ladrar alegremente. El capitán volvió con el trocito de carne cocida.
‑¿No estará caliente? ‑preguntó
Kolia con acento de persona experta en la cuestión‑. No, está bien. A los perros
no les gusta la comida caliente... Bueno, mirad todos. Y tú también, Iliucha.
¿En qué estás pensando? ¡Lo he traído por él y no lo mira!
El nuevo juego consistió en
colocar la carne sobre el hocico del perro, el cual debía sostenerla en
equilibrio y sin moverse todo el tiempo que su amo quisiera, aunque fuese media
hora. Esta vez la prueba sólo duró un minuto.
‑¡Hala! ‑gritó Kolia. Y en un
abrir y cerrar de ojos la carne pasó del hocico a la garganta del perro.
Como es natural, el público
mostró una viva admiración.
‑¿Es posible que hayas tardado
en venir sólo para traer a Carillón amaestrado? ‑preguntó Aliocha en un tono de
reproche involuntario.
‑Así ha sido ‑dijo Kolia
francamente‑. Quería traer un perro que causara asombro.
‑¡Carillón! ‑le llamó Iliucha,
chascando sus frágiles deditos. ‑No hace falta que lo llames. Verás como se sube
a la cama de un salto. ¡Aquí, Carillón!
Kolia dio una palmada en el lecho, y el perro se lanzó como
una flecha sobre Ihucha. Éste le cogió la cabeza con las dos manos, a lo que
Carillón correspondió lamiéndole la cara. Ihucha lo estrechó en sus brazos,
volvió a tenderse en la cama y su carita desapareció entre la espesa pelambre.
‑¡Dios mío! ‑exclamó el capitán.
Kolia se volvió a sentar en la
cama de Iliucha.
‑Ahora te voy a enseñar otra
cosa, Iliucha. Te he traído un cañón. ¿Te acuerdas de que te hablé una vez de un
cañoncito y tú me dijiste que te encantaría verlo?
Pues bien, te lo he traído.
Kolia se apresuró a sacar de su
bolsa el cañoncito de acero. Esta prisa se debía a que también él se sentía
feliz. En otra ocasión habría esperado a que pasara el efecto producido por las
exhibiciones de Carillón, pero lo devoraba la impaciencia. «¿Eres feliz? Pues
toma, más felicidad todavía.» Él mismo se sentía dichoso.
‑Hace tiempo que había echado el
ojo a ese juguete que estaba en casa de Morozov. Le había echado el ojo pensando
en ti, querido, en ti. Para Morozov no tenía ninguna utilidad. Antes había sido
de su hermano. Yo se lo cambié por un libro de la biblioteca de mi padre: Le
cousin de Mahomet ou la folie salutaire. Es una obra libertina de hace
cien años, cuando aún no había censura en Moscú. A Morozov le gustan estas
cosas. Incluso me dio las gracias.
Kofia levantó el cañoncito de
modo que todos lo pudieran ver y admirar. Iliucha se incorporó y, aunque seguía
reteniendo a Carillón con la mano derecha, contempló embelesado el juguete. El
efecto llegó a su punto culminante cuando Kolia manifestó que el cañoncito podía
disparar, si las damas no se asustaban, pues tenía también un poco de pólvora.
«Mamá» pidió que le dejaran ver el juguete de cerca, y se le entregó en el acto.
El cañoncito, con sus ruedas, la entusiasmó de tal modo, que empezó a hacerlo
rodar sobre sus rodillas. Se le pidió permiso para dispararlo y ella accedió sin
vacilar, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a ver. Kolia mostró la
pólvora y los perdigones. El capitán, con su experiencia de militar, se encargó
de cargarlo. Tomó un poco de pólvora y dijo que se dejara la metralla para otra
ocasión. Luego colocó el cañoncito en el suelo, apuntando a un espacio libre,
introdujo la pólvora y le prendió fuego con una cerilla. La descarga fue
perfecta. « Mamá» se sobresaltó, pero en seguida se echó a reír. Los niños
guardaban un silencio solemne. El capitán dirigía a Iliucha una mirada de
entusiasta agradecimiento. Kolia recogió el juguete y, con la pólvora y los
perdigones, se lo ofreció al enfermo.
‑Es para ti ‑le dijo, rebosante
de felicidad‑. Hace tiempo que pensaba regalártelo.
‑¡No, es para mi! ¡Dámelo!
‑exclamó de pronto « mamá» con voz de niña caprichosa.
Estaba inquieta, como esperando
una negativa. Kolia se quedó perplejo, sin saber qué hacer. El capitán perdió la
calma.
‑Oye, madrecita: el cañón es
tuyo, pero lo guardará Iliucha, ya que se lo han dado a él. ¿Qué más da que lo
tengáis él o tú? Iliucha lo dejará jugar con él siempre que quieras. Será de los
dos.
‑No, no quiero que sea de los
dos; quiero que sea sólo mío ‑replicó la infeliz, a punto de echarse a llorar.
‑Tómalo, mamá; aquí lo tienes
‑dijo Iliucha‑. ¿Puedo dárselo a mi madre, Krasotkine? ‑preguntó a éste en tono
suplicante y temiendo ofenderlo al traspasar el regalo que él le había hecho.
‑¡Pues claro que puedes! ‑repuso
en el acto Kolia.
Y él mismo cogió el paquete de
manos de Iliucha y se lo entregó a «mamá» con una gentil reverencia. Ella se
conmovió tanto, que se echó a llorar. Luego exclamó en un arranque de ternura:
‑¡Cuánto me quiere mi querido
Iliucha!
Y de nuevo empezó a rodar el
cañoncito sobre sus rodillas.
‑Quiero besarte la mano, «mamá»
‑dijo el esposo, uniendo la acción a la palabra.
‑El más amable de todos es ese
simpático muchacho ‑dijo la agradecida dama señalando a Krasotkine.
‑En cuanto a la pólvora, Iliucha
‑le advirtió Kolia‑, puedo traerte tanta como quieras. La fabricamos nosotros
mismos. Borovikov conoce la fórmula. Se toman veinticuatro partes de salitre,
diez de azufre y seis de carbón de abedul; se pone todo junto, se echa agua y se
amasa. Esta pasta se hace pasar por un tamiz de piel de asno. Y ya está hecha la
pólvora.
‑Ya me dijo Smurov que hacías
así la pólvora ‑declaró Iliucha‑. Pero mi padre dice que la verdadera no se hace
así.
Kolia enrojeció.
‑¿La verdadera? La nuestra arde.
Claro que...
‑Eso no tiene importancia ‑dijo
el capitán, un tanto turbado‑. En efecto, dije que la fórmula de la verdadera
pólvora es distinta, pero también se puede hacer como tú dices.
‑Usted sabe de esto más que yo;
pero le advierto que pusimos un poco de nuestra pólvora en un tarro de piedra,
le prendimos fuego y sólo quedó un insignificante residuo de hollín. E hicimos
la prueba con la pasta; de modo que si la hubiéramos tamizado... En fin, repito
que usted sabe de esto más que yo.
Y se volvió hacia Iliucha.
‑Oye, ¿sabes que a Bulkine le
pegó su padre por culpa de nuestra pólvora?
‑Lo he oído decir ‑repuso
Iliucha, que prestaba gran atención a Kolia.
‑Fabricamos pólvora, la pusimos
en un frasco y Bulkine escondió el frasco debajo de su cama. Su padre lo vio,
dijo que podía haberse producido una explosión y dio una tunda a su hijo sin
pérdida de tiempo. Me amenazó con ir a contar el caso al director del colegio.
Ahora no permite a su hijo que venga conmigo. En el mismo caso está Smurov, y
tantos otros...
Sonrió despectivamente y añadió:
‑Tengo fama de influir
perniciosamente en mis compañeros. Esto empezó a raíz de la aventura del
ferrocarril.
‑Los rumores de tu proeza han
llegado a nuestros oídos ‑dijo el capitán‑. ¿De veras no tuviste miedo cuando el
tren pasó por encima de ti? Debió de ser algo espantoso.
El capitán se las ingeniaba para
halagar a Kolia.
‑No hubo tal espanto ‑repuso
Krasotkine con un tonillo displicente‑. Fue sobre todo aquel maldito ganso el
culpable de mi mala reputación ‑añadió, dirigiéndose a Iliucha.
Pero, aunque procuraba mostrarse
indiferente, no era dueño de sí mismo y no conseguía expresarse en el tono que
deseaba.
‑También he oído hablar de ese
ganso ‑dijo Iliucha riendo‑. Me lo contaron todo, pero
algunas cosas no las comprendí. ¿De veras tuviste que ir al juzgado?
‑Fue una tontería, una pequeñez
de la que se ha hecho una montaña, como suele ocurrir en nuestra ciudad ‑empezó
a explicar Kolia con desenvoltura‑. Yo cruzaba la plaza, cuando vi llegar una
manada de gansos. Un tal Vichniakov, mozo de reparto en casa de los Plotnikov,
me mira y me pregunta: « ¿Qué tienen esos gansos para que te pares a mirarlos?»
Yo lo observo. Tiene la cara redonda y bobalicona, anda por los veinte años. Ya
sabéis que yo nunca rechazo a la gente del pueblo, sino todo lo contrario: me
gusta alternar con ella... El pueblo nos ha dejado a sus espaldas: esto no es un
axioma... Te entran ganas de reír, ¿no, Karamazov?
‑De ningún modo: te escucho con
interés ‑dijo Aliocha con evidente franqueza.
El suspicaz Kolia cobró ánimos
inmediatamente.
‑Mi teoría, Karamazov, es clara
y simple. Creo en el pueblo y me complace hacerle justicia, pero sin adularlo.
Es el sine qua... Pero estábamos hablando de un ganso. Contesté al bobalicón:
»‑Me estoy preguntando en qué
pensará ese ganso.
ȃl me mira boquiabierto.
»‑¿En qué pensará?
»‑Observa ese carro cargado de
avena. La avena asoma por la boca del saco, y el ganso, para picar el grano,
alarga el cuello hasta ponerlo casi debajo de la rueda.
» ‑Ya lo veo.
» ‑Pues bien ‑le dije‑; si
hacemos avanzar un poco a ese carro, la rueda pasará por encima del cuello del
ganso, ¿no es así?
»‑Seguro que la rueda le cortará
el cuello ‑dijo. Y una amplia sonrisa ensanchó su rostro.
»‑Bien, muchacho: vamos a
hacerlo.
»‑Vamos a hacerlo ‑repitió él.
» La cosa fue fácil. Él se
colocó junto a la brida como por casualidad, y yo al lado del ganso para
dirigirlo. En este momento, el carretero estaba lejos, charlando; de modo que no
pudo intervenir. El ganso alargó el cuello para picar la avena, junto a la
rueda, por la parte de abajo. Hice una seña al joven, él tiró de la brida y,
¡crac!, la rueda partió el cuello del animal. Por desgracia, otros hombres nos
vieron y empezaron a gritar:
»‑¡Lo has hecho adrede!
»‑¡Eso no es verdad! ‑repuso el
mozo de reparto.
»‑Sí, lo has hecho adrede.
»‑¡Al juez de paz!
‑dijo otro.
»Me llevaron a mi también.
»‑Tú estabas de acuerdo con él.
Aquí, en el mercado, todos te conocemos.
»En efecto, soy muy conocido en
el mercado ‑siguió explicando Kolia, con arrogancia, en el cuarto de Iliucha‑.
Fuimos todos al juzgado, cargados con el cadáver del ganso. Y he aquí que, de
pronto, mi compañero se asusta y empieza a gritar y a llorar como una mujer. El
carretero vociferaba:
»‑¡Así se pueden matar tantos
gansos como uno quiera!
»Como es natural, nos seguían
los testigos. El juez pronunció en seguida su fallo. El mozo se quedaría con el
ganso a indemnizaría al carretero con un rublo. La broma no debía repetirse.
»El mozo no cesaba de
lamentarse.
»‑¡La culpa no ha sido mía! ¡Ese
chico me ha dicho que lo hiciera!
»Yo contesté sin inmutarme que
no le había incitado a hacer nada, sino que había expresado una idea general, un
plan de acción posible. El juez Nielfidov sonrió, aunque se arrepintió en
seguida.
»‑Enviaré un informe al director de su colegio ‑me dijo‑ para
que de ahora en adelante no se dedique usted a exponer posibles planes de acción
en vez de estudiar.
»No cumplió su amenaza, pero la
aventura se divulgó y llegó a oídos de la dirección del colegio, que, como todos
sabemos, tiene unas orejas de gran tamaño. El profesor Kolbasnikov fue el que
más se enfureció contra mi. En cambio, Dardanelov volvió a salir en mi defensa.
Kolbasnikov está indignado con todos nosotros. Ya habrás oído decir, Iliucha,
que se ha casado. La esposa, hija de los Mikhailov, ha puesto en sus manos mil
rublos de dote, pero es fea como un demonio. Los alumnos del tercero han
compuesto un epigrama con este motivo. Los versos son graciosos; ya te los
traeré. De Dardanelov sólo puedo hablar bien. Es un hombre que tiene valiosas
amistades. Las personas como él me infunden respeto. Y conste que no lo digo
porque me haya defendido.
‑Sin embargo, lo pusiste en un
brete con aquello de la fundación de Troya ‑observó Smurov, que estaba orgulloso
de Krasotkine y al que la aventura del ganso había divertido en extremo.
‑Fue increíble ‑intervino el
capitán, adulador‑. Porque os referís a la pregunta de Krasotkine sobre la
fundación de Troya, ¿verdad? Ya estábamos enterados de eso. Iliucha nos lo
contó.
‑Lo sabe todo, papá. En todo el
colegio no hay ningún alumno que sepa tanto como él. Habla como si fuera uno de
tantos, pero es y ha sido siempre el número uno.
Y el enfermo miraba a Kolia con
una expresión de infinita felicidad.
‑¡Bah! Fue una tontería. No
tenía ninguna importancia ‑dijo Kolia con un orgullo disfrazado de modestia.
Al fin había conseguido
expresarse en el tono que deseaba, aunque estaba un poco turbado. Advertía que
había referido la aventura del ganso con excesiva vehemencia y que Aliocha no
había dicho palabra durante el relato. Su amor propio lo llevó a preguntarse si
Karamazov lo despreciaría por parecerle que él, Kolia, hablaba para la galería,
para conseguir un éxito, y esta idea lo irritó. «Si pensara así, yo...»
‑Sí, una futileza ‑repitió
Krasotkine con altivez.
‑Yo sé quién fundó Troya ‑dijo
repentinamente Kartáchov, gentil muchachito de once años, que permanecía junto a
la puerta, tímido y silencioso.
Kolia lo miró sorprendido. La
fundación de Troya era un secreto para todo el colegio. Sólo podía conocerla el
que hubiera leído a Smaragdov, y únicamente Krasotkine poseía la obra de este
autor. Sin embargo, un día, aprovechando una ausencia de Kolia, Kartachov había
visto el volumen de Smaragdov entre los libros de su compañero, lo abrió y tuvo
la suerte de encontrar en seguida el pasaje que hablaba de la fundación de
Troya. Hacía ya tiempo que Kartachov había tenido esta oportunidad, pero nunca
se atrevió a decir que estaba en el secreto, por temor a que Kolia lo
confundiese. Esta vez no había podido reprimir el deseo que desde hacía tiempo
lo acuciaba.
‑Bien; dilo si lo sabes ‑dijo
Kolia dirigiéndole una mirada de superioridad.
En el semblante de Kartachov
leyó que lo sabía, y se dispuso a afrontar las consecuencias. La emoción fue
general.
‑Troya fue fundada por Teucer,
Dardanus, Ilius y Tros ‑dijo Kartachov de rutina y enrojeciendo de tal modo que
daba pena verlo. Sus compañeros lo escucharon sin apartar la vista de él.
Después, sus ojos se volvieron hacia Kolia, que seguía mirando al audaz con una
frialdad despectiva.
‑Bien ‑se dignó decir al fin‑,
¿pero cómo lo hicieron? Y, generalizando, ¿cómo se funda una ciudad o un estado?
¿Acaso esos hombres se dedicaron a colocar ladrillos?
Se oyó un coro de risas. La cara
del temerario pasó del rosa al púrpura. Kartachov no despegaba los labios;
estaba a punto de echarse a llorar. Kolia lo tuvo así más de un minuto.
‑Para interpretar los
acontecimientos históricos, la fundación de un país, por ejemplo, hay que
comprender lo que esto significa ‑dijo Krasotkine en tono doctoral‑. Pero les
advierto que yo no doy demasiada importancia a esos cuentos de vieja ‑y añadió
displicente‑: En conjunto, la historia universal no merece mi estimación.
‑¿Es posible? ‑exclamó el
capitán, escandalizado.
‑Sí: no es más que el estudio de
las estupideces de la humanidad. A mí sólo me interesan las matemáticas y las
ciencias naturales.
Kolia dijo esto en un tono lleno
de presunción y mirando a Aliocha a hurtadillas: su opinión era la única que le
importaba. Pero Aliocha permanecía grave y silencioso. Si Karamazov hubiera
hablado, las cosas habrían quedado en el punto en que estaban; pero no decía
palabra, y Kolia pensaba, irritado, que su silencio podía ser desdeñoso.
‑De nuevo se nos impone el
estudio de las lenguas muertas. Esto es una verdadera locura. ¿No estás de
acuerdo conmigo, Karamazov?
‑No ‑repuso Aliocha, reprimiendo
una sonrisa.
‑Mi opinión es que las lenguas
muertas son una medida de policía. Ésta es su única razón de ser.
La respiración de Kolia volvía a
ser jadeante.
‑Si se las ha incluido en los
programas de estudio es por lo tediosas que son y por lo que embrutecen. ¿Qué se
podía hacer para aumentar la ceguera y la estupidez reinantes? Ésta es la
función de las lenguas muertas. Así pienso y espero pensar siempre.
Enrojeció ligeramente.
‑Tienes razón ‑aprobó,
convencido, Smurov, que había escuchado atentamente.
‑Es el primero en latín ‑dijo
uno de los colegiales.
‑Sí, papá ‑confirmó lliucha‑;
aunque hable de ese modo, es el primero de la clase de latín.
Aunque el elogio lo halagó,
Kolia consideró necesario defenderse.
‑Bueno, ¿y qué? Estudio con
empeño el latín porque es preciso. He prometido a mi madre acabar mis estudios,
y yo creo que cuando emprendemos algo hay que llegar hasta el fin. Pero en mi
fuero interno siento un profundo desprecio por los estudios clásicos y toda esa
bajeza. ¿Estás de acuerdo conmigo, Karamazov?
‑¿Qué hay en eso de bajeza?
‑preguntó Aliocha con una sonrisa.
‑Te lo explicaré. Como todos los
clásicos se han traducido a todos los idiomas, no hace falta aprender el latín
para estudiarlo. Es una medida de policía destinada a embotar los cerebros. ¿No
es esto una bajeza?
‑¿Pero quién te ha imbuido esas
ideas? ‑exclamó Aliocha, sorprendido.
‑En primer lugar, debes saber
que soy capaz de comprender las cosas sin que nadie me las enseñe; en segundo,
te diré que lo que acabo de explicar sobre las traducciones de los clásicos lo
dijo delante de todos los alumnos de la tercera clase el profesor Koibasnikov.
‑Ya está aquí el doctor ‑dijo
Ninotchka, que había guardado silencio hasta entonces.
Efectivamente, acababa de
detenerse ante la puerta un coche de la señora de Khokhlakov. El capitán, que
había estado toda la mañana pendiente de la llegada del médico, corrió a su
encuentro. «Mamá» adoptó un aire de gran dama para recibirlo. Aliocha se acercó
a la cama del enfermo y arregló la almohada. Desde su sillón, Ninotchka
observaba a Iliucha con visible inquietud. Los colegiales se marcharon a toda
prisa, algunos prometiendo que volverían por la tarde. Kolia llamó a Carillón,
que bajó en seguida de la cama.
‑Yo me quedo ‑dijo
precipitadamente a Aliocha‑. Esperaré en el vestíbulo con Carillón y volveremos
los dos cuando el doctor se haya marchado.
Entró el médico. Su aspecto era el de un hombre importante.
Abrigo de pieles, largas patillas y mentón perfectamente rasurado.
Después de haber franqueado el umbral, se detuvo de pronto,
desconcertado. ¿Se habría equivocado de casa? «¿Dónde estoy?», preguntó sin
quitarse el abrigo ni el gorro de piel. El aspecto de los habitantes de la casa,
la pobreza de la habitación, la ropa tendida en una cuerda lo sorprendieron
desagradablemente. El capitán le hizo una profunda reverencia.
‑No se ha equivocado, señor ‑le
dijo con obsequiosa humildad‑. Yo soy la persona a quien usted busca.
‑Entonces, ¿usted es Snieguiriov,
el señor Snieguiriov? ‑preguntó con grave acento.
‑Sí, señor.
‑¡Ah!
El doctor paseó una nueva mirada de desagrado por la
habitación y se quitó el abrigo. El distintivo de un cuerpo oficial brillaba en
su pecho. El capitán cargó con el abrigo. El médico se quitó también el gorro.
‑¿Dónde está el paciente?
‑preguntó como quien da una orden.
CAPÍTULO VI
DESARROLLO PRECOZ
‑¿Qué dirá el doctor? ‑preguntó
Kolia‑. Tiene una cara repelente, ¿verdad? La medicina es algo que no puedo
sufrir.
‑Mucha no tiene salvación: esto
es lo que estoy temiendo que diga el doctor ‑repuso Aliocha con profunda
tristeza.
‑Los médicos son unos
charlatanes... Oye, Karamazov: me alegro de haberte conocido; hace mucho tiempo
que lo deseaba. Lo que me apena es que esta amistad haya empezado en
circunstancias tan tristes.
Kolia habría deseado decir algo
más expresivo, más afectuoso, pero estaba un poco turbado. Aliocha lo advirtió y
le tendió la mano.
‑Hace tiempo que te considero
como un ser raro, pero respetable ‑siguió diciendo Kolia, aturdido‑. Me han
dicho que eres un místico, que has vivido en un monasterio. Pero esto no me
importa. El contacto con la realidad te curará. Así les ocurre siempre a los que
son como tú.
‑¿A qué llamas un místico? ¿De
qué me he de curar? ‑preguntó Aliocha un tanto sorprendido.
‑Pues te has de curar de Dios
y... de todo eso.
‑¿Es que tú no crees en Dios?
‑No tengo nada contra Él. En
verdad, Dios no es más que una hipótesis. Sin embargo, reconozco que... que es
necesario para ordenar la vida... y para otras cosas... Tanto ‑terminó Kolia,
empezando a enrojecer‑, que si Dios no existiera, habría que inventarlo.
De pronto, pensó que Aliocha
podía creer que hablaba para darse importancia, para exhibir su erudición. «Sin
embargo ‑se dijo, irritado‑, nada más lejos de mi ánimo que alardear de cultura
ante él.» Se sentía profundamente contrariado.
‑Estas discusiones me repugnan
‑declaró‑. Se puede amar a la humanidad sin creer en Dios. ¿Lo dudas? Voltaire
no creía en Dios y amaba a la humanidad.
Y pensó: «¡Otra vez, otra vez!»
‑Voltaire creía en Dios, aunque
un poco fríamente. Y, al parecer, del mismo modo amaba a la humanidad ‑repuso
Aliocha con toda naturalidad, como si hablara con una persona que tuviera la
misma edad que él, o incluso que fuera mayor.
A Kolia le impresionó la falta
de seguridad que demostraba Aliocha en su juicio sobre Voltaire, y también le
llamó la atención que dejara en manos de él, que no era más que un muchacho, la
solución de un asunto tan importante.
‑Por lo visto ‑dijo Aliocha‑,
has leído a Voltaire.
‑Sí, pero... sólo Candide
traducido al ruso... Una traducción antigua, pésima...
«¡Otra vez, otra vez!»...
‑¿Lo entendiste?
‑¡Pues claro! Lo comprendí
todo... ¿Por qué dudas de que lo comprendiera? Hay pasajes graciosos... Puedes
estar seguro de que soy capaz de entender una novela filosófica escrita para
exponer una idea... Soy socialista, Karamazov ‑dijo de pronto, embrollándose
definitivamente‑, un socialista recalcitrante.
Aliocha se echó a reír.
‑¿Socialista? ¿De dónde has
sacado el tiempo para estudiar y adoptar el socialismo? Sólo tienes trece años.
Estas palabras hirieron a Kolia.
‑En primer lugar, no tengo trece
años, sino que dentro de quince días cumpliré los catorce ‑dijo impetuosamente‑.
Además, no comprendo qué relación tiene mi edad con lo que estamos discutiendo.
Son mis convicciones y no mi edad lo que importa. ¿No es así?
‑Cuando seas mayor verás la
influencia que tiene la edad en las ideas. Eso no puede haber salido de ti.
Aliocha dijo esto con toda
calma. Kolia, en cambio, le contestó, nervioso:
‑Óyeme, tú eres partidario
de la obediencia y del misticismo. No me negarás que el cristianismo sólo ha
sido útil a los acaudalados, a los poderosos, para mantener a las clases
inferiores en la esclavitud.
‑Ya sé dónde has leído eso,
ya sé quién te lo ha enseñado.
‑¿Por qué crees necesario
que lo haya leído? Nadie me ha inculcado estas ideas. Tengo capacidad para
juzgar por mí mismo... Y te advierto que no soy enemigo de Cristo. Cristo tenía
una personalidad enteramente humana. Si hubiera existido en nuestra época,
estaría al lado de los revolucionarios y habría desempeñado un papel visible. De
esto no cabe duda.
‑¿Pero de dónde te has
sacado todo eso? ¿A qué imbécil has escuchado? ‑exclamó Aliocha.
‑No se puede ocultar la
verdad. He tenido más de una ocasión para charlar con Rakitine. Y se dice que
esta idea la ha expresado también el viejo Bielinski.
‑¿Bielinski? No lo
recuerdo. Desde luego, no lo ha escrito en ninguna parte.
‑Tal vez no lo haya
escrito, pero lo ha manifestado. Se lo he oído decir a... Bueno, eso no importa.
‑¿Has leído a Bielinski?
‑No, en verdad no lo he
leído, ya que sólo conozco de él el pasaje en que comenta por qué Tatiana no
parte con Onieguine.
‑¿Por qué no parte con
Onieguine? ¿Acaso lo has comprendido?
‑Perdona, pero creo que me
tomas por un chiquillo como Smurov ‑observó Kolia con una sonrisita que era una
mueca de irritación‑. Además, no vayas a creer que soy un gran revolucionario. A
veces no estoy de acuerdo con Rakitine. No soy partidario de la emancipación de
la mujer. Reconozco que la mujer es una criatura inferior nacida para la
obediencia. Les femmes tricotent, dijo Napoleón, y por lo menos en este punto ‑Kolia
sonrió- comparto la opinión del seudo gran hombre. También considero que es una
cobardía emigrar a América, y más que una cobardía: una estupidez. ¿Para qué
irnos a América cuando podemos trabajar en nuestra casa por el bien de la
humanidad? Sobre todo ahora, tenemos a nuestra disposición un amplio campo de
fecunda actividad. Esto es lo que respondí.
‑¿Lo que respondiste? ¿A
quién? ¿Es que alguien te ha propuesto ir a América?
‑Sí, me lo han propuesto,
pero yo no he aceptado. Te lo digo confidencialmente, Karamazov. Ni una palabra
a nadie, ¿entiendes? Sólo tú lo sabes. No tengo el menor deseo de caer en las
garras de la Tercera Sección para aprender las lecciones que se dan en el puente
de las Cadenas.
» Te acordarás del edificio
próximo al puente de las Cadenas.
»¿Te acuerdas? ¡Es
magnífico! ¿De qué te ríes? Supongo que no creerás que estoy hablando en broma.
Y Kolia se estremeció al
pensar: « ¡Si se enterase de que éste es el único número de La Campana
que tengo y no he leído ningún otro ... !»
‑ ¡Oh, no, no me río!
‑repuso Aliocha‑. Y no puedo pensar que me hayas mentido, por la sencilla razón
de que sé que lo que me has dicho es la pura verdad... Dime: ¿has leído «Eugenia
Onieguine», el poema de Pushkin? Has hablado de Tatiana.
‑No, aún no lo he leído,
pero quiero leerlo. No tengo prejuicios, Karamazov; lo miraré por las dos caras.
¿Por qué me lo preguntas?
‑Por nada.
Kolia se irguió ante
Aliocha. Quería saber a qué atenerse.
‑Dime, Karamazov: ¿me
desprecias? Te agradeceré que me hables con franqueza.
Aliocha lo miró
estupefacto.
‑¿Despreciarte? ¿Por qué?
No, no; me limito a lamentar que un chico que vale tanto como tú y que está en
la aurora de la vida, se haya dejado descarriar, dando crédito a semejantes
disparates.
‑Dejemos a un lado mi valía
‑replicó Kolia con cierta arrogancia‑. Soy suspicaz, estúpida y groseramente
suspicaz. Hace un momento, me ha parecido que tu sonrisa...
‑¡Bah! He sonreído por otra
cosa. Te voy a explicar el motivo. No hace mucho leí la opinión de un
extranjero, de un alemán establecido en Rusia, sobre la juventud actual. Este
hombre ha escrito: «Si prestáis a un colegial ruso un mapa del firmamento, él,
aunque sea el primero que ha visto en su vida, os lo devolverá
al día siguiente corregido.» Ningún conocimiento y una
presunción sin límites: esto es lo que el alemán reprocha a nuestros
estudiantes.
‑¡Es verdad! ‑exclamó Kolia
echándose a reír‑. ¡La pura verdad! ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, ese
cabeza cuadrada no se ha detenido a observar el lado favorable de nuestra
conducta. ¿No lo ves tú así? Admito nuestra presunción, ya que es propia de la
juventud. Pero esto se corrige, si verdaderamente hay que corregirlo. En
compensación, ahí está el espíritu de independencia desde la más tierna
infancia, la audacia de las ideas y las convicciones en vez del servilismo
rastrero ante la autoridad de toda índole. No cabe duda de que el alemán ha
dicho la verdad. ¡Bravo por el alemán! Sin embargo, hay que apretar los
tornillos a los alemanes. Aunque sean unos sabios en las cuestiones científicas,
hay que apretarles los tornillos.
‑¿Por qué? ‑preguntó Aliocha con
una sonrisa.
‑Admito que soy un osado, una
especie de enfant terrible, que no me detengo ante nada cuando una cosa me gusta
y que digo las mayores tonterías... Pero, oye: estamos charlando desde hace un
buen rato y ese doctor no termina su visita. A lo mejor, está reconociendo
también a «mamá» y a Nina. Te confieso que Nina me ha encantado. Cuando he
pasado junto a ella al salir de la habitación, me ha susurrado en un tono de
reproche: «¿Por qué no has venido antes?» Me ha parecido que esa chica es toda
bondad.
‑Desde luego, tiene un gran
corazón. Como desde ahora vendrás con frecuencia, ya la conocerás a fondo.
Necesitas conocer personas así para aprender muchas cosas que sólo su compañía
te puede enseñar.
Y Aliocha añadió calurosamente:
‑No hay medio mejor para que te
transformes.
‑¡Qué arrepentido estoy de no
haber venido antes! ‑exclamó Kolia amargamente.
‑Sí, ha sido un error. Ya has
visto la alegría que le has dado al pobre Iliucha. No puedes imaginarte cómo lo
consumía el deseo de que vinieras.
‑Calla: no aumentes mi pena...
Pero lo tengo bien merecido. No he venido antes por culpa de mi orgullo, de mi
egoísmo, de un bajo despotismo que nunca he podido acallar, pese a mi empeño en
dominarlo. Ahora me convenzo de que soy un miserable en muchos aspectos.
‑Nada de eso; posees excelentes
prendas, pero las disfrazas ‑dijo Aliocha con calurosa franqueza‑. Comprendo que
hayas influido tan profundamente en ese muchacho de noble corazón y sensibilidad
enfermiza.
‑No esperaba oírte decir eso
‑declaró Kolia‑. Desde que he llegado aquí, he pensado más de una vez que me
despreciabas. Si supieras lo mucho que me importa tu opinión...
‑¿Cómo es posible que seas tan
desconfiado a tu edad? Hace un momento, viéndote y oyéndote hablar, me decía
precisamente que debías de ser muy desconfiado.
‑Lo creo. ¡Eres tan sagaz! Sin
duda, ha sido cuando estaba refiriendo lo del ganso. Entonces me he dicho que
debías de despreciarme profundamente al notar que me esforzaba por aparecer como
un desalmado. Entonces te he detestado y he empezado a discursear. Después,
cuando ya estábamos aquí y he dicho que si Dios no existía habría que
inventarlo, me ha parecido que mi exhibición de cultura ha sido demasiado
precipitada, ya que he leído esta frase en alguna parte. Pero te aseguro que no
me ha impulsado la vanidad; lo he hecho no sé por qué, dejándome llevar de mi
alegría... Sí, creo que mi alegría ha sido la culpable de todo. Claro que no es
correcto molestar a las personas porque uno esté contento; esto ya lo sé. Pero
también sé, y esto es una compensación para mí, que no me desprecias, que mis
temores han sido falsos. ¡Oh, Karamazov! Soy profundamente desgraciado. A veces
me imagino, sabe Dios por qué, que todo el mundo se burla de mi, y entonces me
siento impulsado a trastornarlo todo.
‑Y atormentas a los que te
rodean ‑dijo Aliocha sin dejar de sonreír.
‑Cierto, y sobre todo a mi
madre. ¿Verdad, Karamazov, que te parezco ridículo?
‑¡Eso ni pensarlo! ‑exclamó
Aliocha‑. Además, ¿qué es el ridículo? Nadie sabe cuándo un hombre es ridículo o
lo parece. Además, actualmente casi todas las personas capacitadas temen
demasiado al ridículo, y este temor las hace desgraciadas. Pero me asombra que
tú padezcas de este mal que observo desde hace mucho tiempo sobre todo en los
adolescentes. Es una especie de locura. El diablo se ha transformado en amor
propio para apoderarse de la generación actual. Sí, el diablo ‑repitió Aliocha
sin ironía, aunque Kolia, que lo miraba fijamente, creyó lo contrario‑. Tú eres
como todos, mejor dicho, como la mayoría. Y no hay que ser como todos.
‑Pero si todos son así...
‑Aunque todos sean así, tú debes
procurar no ser como ellos. Bien mirado, tú no eres como todos, ya que no has
vacilado en confesar un defecto, incluso un defecto ridículo. ¿Quién es hoy
capaz de eso? Nadie, porque nadie siente la necesidad de condenarse a sí mismo.
No seas como nosotros, aunque te quedes solo.
‑Así lo haré... Te juzgué
certeramente: sabes consolar. ¡Si supieras hasta . qué punto me sentía atraído
hacia ti, Karamazov! Hacía mucho tiempo que deseaba conocerte. ¿De veras
deseabas también tú conocerme a mí? Hace un momento lo has dicho.
‑Sí, oía hablar de ti y pensaba
en ti... Y si es el amor propio el que te ha llevado a hacer esa pregunta, no
importa.
‑¿No has observado, Karamazov,
que estas explicaciones parecen una declaración de amor? ‑preguntó Kolia en voz
baja y como avergonzado‑. ¿No es esto ridículo?
‑De ningún modo ‑repuso Aliocha
firmemente y con una radiante sonrisa‑. Y aunque fuera ridículo no importaría,
puesto que estamos obrando bien.
‑Reconoce, Karamazov, que
también tú estás un poco avergonzado. Lo veo en tus ojos.
Kolia sonreía, ladino y feliz.
‑No sé por qué he de
avergonzarme ‑dijo Aliocha.
‑Sin embargo, has enrojecido.
‑¡Porque tú me has hecho
enrojecer! ‑exclamó Aliocha riendo y, en efecto, sonrojado. Un tanto aturdido,
añadió‑: En verdad, estoy un poco avergonzado, pero no sé por qué...
‑En este momento te aprecio y te
quiero mucho más ‑exclamó Kolia con vehemencia‑, precisamente porque te sonrojas
como yo, porque eres como yo.
Sus mejillas echaban fuego; sus
ojos centelleaban.
‑Oye, Kolia ‑dijo de pronto
Aliocha‑,vas a ser muy desgraciado en la vida.
‑Lo sé, lo sé ‑respondió Kolia
en el acto‑. Todo lo adivinas.
‑Sin embargo, la vida, el
conjunto de la vida, merecerá tu bendición.
‑¡De acuerdo! ¡Magnífico! ¡Eres
un profeta! ¡Qué bien vamos a entendernos, Karamazov! ¿Sabes lo que más me gusta
de ti? Que me trates como a un igual. Sin embargo, no somos iguales: tú eres
superior a mí. Pero nos entenderemos. Hace un mes que me venía diciendo: «O nos
haremos amigos en seguida y para siempre, o nos separaremos como enemigos para
toda la vida.»
‑Pensabas así porque ya me
querías.
‑Sí, sentía un gran afecto por ti, hasta soñaba contigo.
Todo, todo lo adivinas... Mira, ya viene el doctor. Está diciendo algo al
capitán. ¡Dios mío, qué cara pone!
CAPITULO VII
ILIUCHA
El doctor se dirigió a la puerta
de la isba, bien envuelto en su abrigo y con el gorro encasquetado. En su
semblante se reflejaba una contrariedad que estaba muy cerca de la indignación.
Se diría que temía mancharse.
Paseó una mirada por el
vestíbulo y la detuvo un momento, severamente, sobre Kolia y Aliocha. Éste hizo
una seña al cochero, que acercó el coche a la puerta.
El capitán salió, presuroso,
detrás del médico y, doblando la espalda, murmurando excusas, lo detuvo para
hacerle las últimas preguntas. El infeliz estaba profundamente abatido; en su
mirada se leía la desesperación.
‑¿Es posible, excelencia, es
posible?
No pudo continuar. Había
enlazado las manos con un gesto de imploración y fijaba en el médico una mirada
de súplica, como si una palabra de éste bastase para cambiar la suerte de su
pobre hijo.
‑Yo no puedo hacer nada ‑repuso
el doctor, indiferente y con su habitual gravedad‑. Yo no soy Dios.
‑Doctor..., excelencia..., ¿será
muy pronto?
‑Esté preparado para todo
‑respondió el doctor, recalcando las palabras.
Después bajó los ojos y se
dispuso a franquear el umbral para subir al coche. El capitán, aterrado, volvió
a detenerlo.
‑Por Dios, excelencia. ¿De
verdad no se puede hacer nada, absolutamente nada, para salvarlo?
‑Eso no depende de mí ‑contestó
el doctor, impaciente. De pronto se detuvo y añadió‑: Sin embargo, si usted
pudiera enviar al enfermo inmediatamente a Siracusa... ‑el capitán se estremeció
ante el tono, casi colérico, en que el doctor pronunció estas últimas palabras‑.
En tal caso, gracias al clima excelente del país, podría producirse un...
‑¿A Siracusa? ‑preguntó el
capitán como si no comprendiera.
‑Siracusa está en Sicilia ‑dijo
Kolia levantando la voz.
El doctor lo miró.
‑¿En Sicilia? ‑exclamó el
capitán, aterrado‑. Pero su excelencia puede ver...
Sin separar las manos, el
capitán se dirigía al interior de su hogar.
‑¿Y mi mujer? ¿Y mi familia?
‑Su familia no irá a Sicilia,
sino al Cáucaso, en primavera; y cuando su esposa haya tomado allí las aguas
para curarse del reumatismo, habrá que enviarla a Paris sin pérdida de tiempo, a
la clínica de Lepelletier, especialista en enfermedades mentales, a quien la
puedo recomendar... Si procede usted de este modo, podrá producirse...
‑Pero, doctor; ya ve usted
que...
El capitán mostró de nuevo, con
un gesto de desesperación, las desnudas paredes del vestíbulo.
‑Eso no es de mi incumbencia
‑manifestó el doctor con una sonrisa‑. Me he limitado a decirle lo único que
puede responder la ciencia a su pregunta de si se puede hacer algo más.
Lamentándolo mucho, los demás problemas que pueda usted tener...
‑No tema, «curandero», mi perro
no le morderá ‑dijo Kolia, volviendo a levantar la voz, al ver que el médico
miraba con recelo a Carillón, echado en el umbral. Su acento era mordaz. Poco
después, Kolia manifestó que había llamado «curandero» al doctor porque sabía
que esto era para él un insulto.
‑¿Qué dices? ‑preguntó el
médico, mirando a Kolia sorprendido‑. ¿Quién es? ‑inquirió dirigiéndose a
Aliocha en el tono del que pide cuentas.
‑Soy el dueño de Carillón,
curandero. Mi identidad no importa.
‑¿Carillón? ‑preguntó el doctor
sin comprender.
‑Adiós, curandero. Ya nos
veremos en Siracusa.
‑¿Pero quién es éste? ‑exclamó
el doctor, iracundo.
‑Es un colegial, doctor ‑dijo
Aliocha, malhumorado‑, un chico travieso. No le haga caso... ¡Silencio, Kolia!
‑Y volvió a decir al doctor, sin disimular su enojo‑: No le haga caso.
‑Merece que lo azoten, ¡que lo azoten! ‑exclamó el doctor,
furioso.
‑Le advierto, curandero, que
Carillón podría morderlo ‑dijo Kolia, pálido, con voz trémula y ojos
centelleantes‑. ¡Aquí, Carillón!
‑¡Kolia! ‑gritó Aliocha‑. Si
dices una palabra más, rompo contigo para siempre.
‑Curandero, sólo hay una persona en el mundo que puede mandar
a Nicolás Krasotkine: aquí está ‑dijo señalando a Aliocha‑. Me someto. Adiós.
Abrió la puerta y volvió a
entrar en la habitación. Carillón se lanzó en pos de él. El doctor estuvo un
instante petrificado, miró a Aliocha, escupió y exclamó:
‑¡Es intolerable!
El capitán lo siguió
servilmente. Aliocha entró también en la habitación. Kolia estaba ya al lado del
enfermo. Éste le tenía cogido de la mano y llamaba a su padre. El capitán volvió
en seguida.
‑Papá, papá, ven aquí ‑dijo
Iliucha, agitado‑. Yo...
Pero no tuvo fuerzas para
continuar. Tendió sus esqueléticos bracitos, rodeó con ellos a Kolia y a su
padre y, uniéndolos a los dos en un solo abrazo, los estrechó contra su pecho.
El capitán fue sacudido por un llanto silencioso. Kolia estaba a punto de
echarse a llorar.
‑¡Qué pena me das, papá! ‑gimió
Iliucha.
‑Iliucha, mi querido Iliucha...
El doctor ha dicho... que te curarás... ¡Qué felices vamos a ser!
‑Papá, sé muy bien lo que el
doctor ha dicho de mí ‑declaró Iliucha‑. Lo he visto en su cara.
Lo apretó de nuevo con todas sus
fuerzas y escondió la cara en el hombro de su padre.
‑No llores, papá. Cuando me
muera, adopta a otro niño. Que sea un buen chico. El mejor que encuentres.
Llámale Iliucha y quiérelo como me quieres a mí.
‑¡Cállate! ‑ordenó Krasotkine bruscamente‑. ¡Te curarás!
‑Pero a mí no me olvides nunca,
papá ‑continuó Iliucha‑. Ven a mi tumba. Entiérrame cerca de nuestra gran
piedra, la que visitábamos en nuestros paseos, y ve allí por las tardes con
Krasotkine y Carillón... Os esperaré, papá.
Su voz se apagó. Los tres
permanecieron abrazados, sin decir nada. Nina lloraba silenciosamente en su
sillón, y «mamá», viendo que todos lloraban, empezó a sollozar también.
‑¡Iliucha! ¡Iliucha! ‑gritaba.
Krasotkine se desprendió del brazo de Iliucha.
‑Adiós, muchacho; mi madre me
está esperando para almorzar ‑dijo atropelladamente‑. Es una lástima que no la
haya advertido. Ya estará inquieta por mi tardanza. Después de almorzar volveré,
y estaré contigo toda la tarde. Te contaré muchas cosas. Traeré a Carillón.
Ahora me lo llevo, porque si lo dejara, al no verme, empezaría a aullar y lo
molestaría. Hasta luego.
Salió corriendo al vestíbulo. No
quería llorar, pero al fin no pudo contenerse. Llorando lo encontró Aliocha.
‑Kolia ‑encareció Karamazov‑.
Has de hacer honor a tu palabra y volver esta tarde. Si no vienes, le darás un
gran disgusto.
‑¡Claro que vendré! ‑murmuró
Kolia sin ocultar sus lágrimas‑. ¡Qué arrepentido estoy de no haber venido
antes!
En este momento apareció el capitán. Cerró la puerta de la
habitación a sus espaldas. En sus ojos había una expresión de desvarío; sus
labios temblaban. Se detuvo ante los dos jóvenes y levantó los brazos.
‑No quiero ningún buen chico, no
quiero ningún otro ‑murmuró, desesperado, con acento feroz‑. «Si lo olvido,
Jerusalén, que la lengua se me pegue al paladar...»
No pudo seguir, le faltó la voz
y se echó de bruces en un banco de madera que tenía a su lado. Con la cabeza
entre los puños empezó a sollozar y gemir, ahogando sus lamentos para que no
llegaran a la habitación de Iliucha. Kolia corrió hacia la puerta.
‑¡Adiós, Karamazov! ‑dijo
rudamente‑. ¿Vendrás tú también?
‑Al atardecer, sin falta.
‑¿Qué ha dicho de Jerusalén?
‑Es una frase inspirada en la
Biblia. «Si lo olvido, Jerusalén...». Ha querido decir que si olvida lo
que más ama, se le castigue con la muerte.
‑Comprendido. No dejes de venir.
¡Vamos, Carillón! ‑ordenó, furioso, a su perro.
Y se alejó a largos pasos.
1ª Parte - Libro Primero | 1ª Parte - Libro Segundo | 1ª Parte- Libro Tercero | 2ª Parte - Libro Cuarto | 2ª Parte - Libro Quinto | 2ª Parte - Libro Sexto | 3ª Parte - Libro Séptimo | 3ª Parte - Libro Octavo | 3ª Parte - Libro Noveno | 4ª Parte - Libro Décimo | 4ª Parte - Libro Undécimo | 4ª Parte - Libro Duodécimo
Los Hermanos Karamazov | Crimen y Castigo | El Jugador

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