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IV - Continuación

 El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)  

Allá en las moradas frías, los monos, en lo que menos podían pensar, era en los amigos de Mowgli.

Habiéndose llevado al muchacho a la ciudad perdida, quedaron con eso muy satisfechos por el momento. Jamás Mowgli, hasta entonces, había visto ninguna ciudad india, y aunque aquélla no fuera sino un montón de ruinas, le pareció espléndida y maravillosa.

Tiempo atrás la había edificado un rey en la cumbre de una colina, y todavía podía adivinarse el trazo de las calzadas de piedra que conducían a las destrozadas puertas cuyas últimas astillas colgaban de los goznes, comidos del moho. Crecían árboles a uno y otro lado de las paredes. Las almenas yacían hechas pedazos, y a lo largo de los muros pendían de las ventanas las enredaderas silvestres en grandes y apretadas masas.

La colina estaba coronada por un gran palacio sin techo; el mármol de patios y fuentes estaba rajado y cubierto de manchas rojas y verdes; en los mismos pisos empedrados de los patios donde solían vivir los elefantes del rey, las piedras estaban separadas por la hierba y los árboles nuevos que crecían entre ellas. Desde el palacio podían verse numerosas hileras de casas sin techo que habían formado parte de la ciudad y que ahora eran como destapadas colmenas llenas tan sólo de negras sombras. Podía verse también.

la informe piedra que había sido un ídolo en la plaza donde desembocaban cuatro avenidas; y los hoyos y hoyuelos en las esquinas de las calles donde en otro tiempo existieron pozos públicos; y las rotas cúpulas de los templos con higueras silvestres que crecían a los lados.

Los monos llamaban a ese lugar su ciudad y despreciaban al pueblo de la selva porque vivía en el bosque. No obstante, nunca supieron para qué se habían levantado aquellos edificios ni cómo debían usarlos. Se sentaban formando círculos en la antecámara de la real sala del consejo, y se rascaban buscándose las pulgas y dándoselas de hombres.

O bien, entraban y salían corriendo de aquellas salas sin techo, recogían pedazos de yeso y ladrillos viejos, llevándolos a un rincón, para olvidarse al momento siguiente del lugar donde los habían escondido y empezar a pelearse y a gritar en vacilantes grupos, poniéndose luego, de pronto, a jugar, subiendo y bajando por las terrazas del jardín real, sacudiendo los rosales y los naranjos por diversión para ver caer las flores y los frutos.  

Ya habían explorado todos los pasadizos y caminos subterráneos que había en el palacio, y los centenares de oscuras pequeñas salas; pero nunca se acordaron de lo que vieron o dejaron de ver, y así se paseaban de uno en uno, por pares o por grupos, y se decían los unos a los otros que hacían lo mismo que hacen los hombres. Bebían en las cisternas, ensuciaban el agua, armaban peleas por esta causa y después, en montón, se lanzaban juntos gritando: "No hay nadie en la selva tan sabio, probo, inteligente, fuerte y discreto como los Bandar-log." Volvían entonces a las andadas, hasta que, al fin, se cansaban de estar en la ciudad y regresaban a las copas de los árboles abrigando la esperanza de que se fijara en ellos el pueblo de la selva.

A Mowgli no le gustó este género de vida, ni llegó a entenderlo, porque había sido educado según la ley de la selva. Tocaba a su fin la tarde cuando los monos se lo llevaron a las moradas frías, y, en vez de irse a dormir, como hubiera hecho Mowgli después del largo viaje, se cogieron de las manos y empezaron a bailar y a cantar las canciones más disparatadas. Uno de los monos les echó un discurso en el que afirmó que la captura de Mowgli marcaba un hito nuevo en la historia de los Bandar-log, porque les ensenaría a construir, con palos y cañas, un refugio contra la lluvia y el frío.

Mowgli cogió algunas enredaderas y empezó a entretejerlas, y los monos trataron de imitarlo; pero al cabo de pocos minutos dejó de interesarles aquello y empezaron a estirarse la cola los unos a los otros, o a saltar, puestos a gatas y tosiendo.

-Quisiera comer -dijo Mowgii-. Soy forastero en esta parte de la selva. Denme comida, o permiso para cazar aquí.

Veinte o treinta monos saltaron rápidamente fuera del recinto para traerle nueces y papayas silvestres. Pero en el camino se enzarzaron en una pelea y les pareció luego demasiada molestia regresar con los restos de aquellos frutos.

Mowgli sentía el cuerpo dolorido, estaba tan malhumorado como hambriento; anduvo errante por la ciudad abandonada, lanzando de cuando en cuando el grito de caza de los forasteros; pero, al no contestarle nadie, se convenció de que a la verdad había ido a parar a un lugar pésimo.

-Cuanto dijo Baloo respecto de los Bandar-log no es más que la verdad -pensó-. No tienen ley, ni grito de caza, ni jefes... No más que loca palabrería y unas manos muy pequeñas y muy ladronas. Por tanto, si me matan de hambre o de cualquier otra manera, a nadie podré culpar más que a mí mismo. Pero he de hacer todo lo posible por volver a mi propia selva. Baloo me pegará, ciertamente, pero prefiero eso que ir estúpidamente a caza de las hojas de rosal en compañía de los Bandar-log.

No bien llegó a las murallas de la ciudad, lo hicieron retroceder los monos, diciéndole que no se daba cuenta de la felicidad que le había caído con estar allí, y le pellizcaban para enseñarle a ser agradecido. Apretó Mowgli los dientes y nada dijo, pero se dirigió, entre el alboroto producido por los monos, a una terraza ubicada sobre los depósitos de piedra roja destinados al agua y que entonces se hallaban llenos a medias. En el centro de la terraza había un cenador de mármol blanco construido para uso de reinas que habían muerto hacía cien años. Su techo, en forma de cúpula, se encontraba medio hundido, y, al caer, había obstruido el pasadizo subterráneo que comunicaba con el palacio, y que en otro tiempo estaba abierto para que por él pudieran pasar las reinas.

Pero las paredes estaban hechas de una suerte de biombos de mármol recortado, y era una hermosísima labor calada, blanca como la leche, con incrustaciones de ágata, cornalina, jaspe y lapislázuli. Cuando la luna se asomé tras la colina, brilló al través de los calados, y proyecté sobre el suelo sombras parecidas a un bordado de terciopelo negro. Por más lastimado de los lomos, soñoliento y muerto de hambre que se sintiera Mowgli, no pudo menos de reír cuando veinte de los Bandar-log, hablando a la vez, empezaron a decirle lo grandes, inteligentes, fuertes y cuerdos que eran, y la locura que él había cometido al pretender escapar de ellos.

-Somos grandes, somos libres, somos admirables. El más admirable pueblo que hay en toda la Selva, somos nosotros. Todos decimos esto, de donde se sigue que tiene que ser verdad -gritaban-. Pero, ésta es la primera vez que puedes escucharnos, y seguramente tendrás ocasión de repetir nuestras palabras al pueblo de la selva para que en adelante se fije en nosotros; por tanto, diremos cuanto se refiere a nuestras valiosísimas personas.

Mowgli no objeté nada a esto. Los monos, varios centenares, se reunieron en la terraza para escuchar a sus propios oradores. estos entonaban alabanzas a los Bandar-log, y cuantas veces uno de los oradores callaba durante un instante para tomar aliento, los demás gritaban al unísono:

-¡Muy cierto! ésa es también nuestra opinión!

Mowgli afirmaba con la cabeza y parpadeaba, añadía un "sí" cuando le preguntaban algo y sentía que le daban vahídos, aturdido por el alboroto.

Tabaqui el chacal -pensaba- seguramente mordió a todos éstos, y por eso se volvieron locos. A la verdad esto es dewanee, la locura. ¿No dormirá nunca esta gente? Por allá veo una nube que cubrirá a la luna. ¡Ojalá la nube sea bastante grande! Así podría escaparme, amparándome en la oscuridad. Pero me siento fatigado.

Al mismo tiempo que Mowgli, dos amigos de él miraban aquella misma nube desde los fosos, cegados a medias, que circundaban las murallas de la ciudad. Bagheera y Kaa sabían lo peligroso que era enfrentarse con el pueblo de los monos cuando éstos se reunían en crecido número, y no querían arriesgarse demasiado. Porque los monos nunca aceptan la lucha, como no sea en proporción de cien a uno y pocos son los habitantes de la selva que aceptan tan desiguales condiciones.

-Me dirigiré al lado oeste de la muralla -musitó Kaa en voz tan baja que pareció un susurro-; desde allí me lanzaré rápidamente, aprovechando el declive del terreno. A mí no se me echarán encima a centenares, pero...

-Yo sé lo que haré. ¡Si Baloo estuviera aquí!... Pero tendremos que limitarnos a lo que podamos. Cuando esa nube cubre la luna al pasar junto a ella, iré a la terraza. Están allí celebrando una suerte de consejo para hablar del muchacho.

-¡Buena caza! dijo Kaa con aire fiero y se deslizó suavemente hacia el lado occidental del muro.

Era éste, por casualidad, el que se encontraba mejor conservado; la enorme serpiente tardó un poco en encontrar un camino transitable por entre las piedras.

La nube cubrió la luz de la luna. Cuando Mowgli se preguntó qué iba a acontecer entonces ahí, oyó los ligerísimos pasos de Bagheera que estaba ya en la terraza. Había subido el declive casi sin ruido y empezó de inmediato a repartir golpes -ya que comprendió que morder sería perder el tiempo- a derecha y a izquierda entre la multitud de monos que, en torno de Mowgli, estaban sentados en círculos de cincuenta o sesenta de fondo.

Se escuchó un aullido general de miedo y de rabia, y entonces, al tropezar Bagheera con los cuerpos que rodaban por el suelo pateando debajo del suyo, uno de los monos chilló:

-¡Nada más es uno, uno solo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo!

Se arrojó contra Bagheera un desordenado montón de monos que mordían, arañaban, rasgaban y arrancaban cuanto les salía al paso, en tanto que cinco o seis se apoderaron de Mowgli, lo arrastraron a lo alto del cenador y lo metieron por un agujero de la rota cúpula y lo dejaron caer dentro de ella. Hubiera sufrido serio daño cualquier muchacho educado entre los hombres, pues la caída, cuando menos, fue de cuatro metros de altura; pero Mowgli cayó de pie, tal como Baloo lo había enseñado.

-Allí te quedas -le gritaron- hasta que matemos a tus amigos, y luego vendremos a jugar contigo... si te dejó con vida el pueblo Venenoso.

-¡Ustedes y yo somos de la misma sangre! -dijo Mowgli apresurándose a decir las palabras mágicas que sirven para las serpientes. Oía claramente roces y silbidos entre las piedras que lo rodeaban, y, para mejor asegurarse, tornó a gritar lo mismo.  

-¡Esss verdad! ¡Ustedes! ¡Abajo las capuchas! -exclamaron media docena de voces muy suaves; cada sitio en ruinas se convierte en la India, tarde o temprano en morada de serpientes y el antiguo cenador era un hervidero de cobras-. Permanece quieto, hermanito, para que tus pies no nos lastimen.

Mowgli procuró mantenerse lo mas quieto posible; miraba al través de los calados de mármol y escuchaba el ruido de la rabiosa lucha que los monos libraban contra la pantera negra: eran aullidos, rechinar de dientes y golpes secos de la refriega; y asimismo se percibía el profundo y ronco resoplido de Bagheera mientras retrocedía, avanzaba, se revolvía o se hundía bajo las enormes masas de sus enemigos. Por primera vez en su vida, Bagheere luchaba únicamente por salvar su propio pellejo.

Por aquí cerca debe andar Baloo porque Bagheera no se hubiera arriesgado a venir sola -pensó Mowgh.

Y entonces gritó:

-A las cisternas. Bagheera, a las cisternas! ¡Vete a ellas y zambúllete dentro. ¡Al agua!

Al escuchar la voz de Mowgli, Bagheera supo que estaba el muchacho a salvo, y entonces sintió renacer sus fuerzas. Desesperadamente, metro a metro y repartiendo golpes en silencio, se abrió camino en dirección de las cisternas.

En ese momento, desde el muro en ruinas que estaba mas próximo a la selva, se elevó el rugiente grito de guerra de Baloo. El buen oso. hizo todo cuanto pudo; pero aun así, no le fue posible llegar antes.

-¡Bagheera, aquí estoy! -gritó-. ¡Ahora subo! ¡Corro en tu ayuda! ¡Ahuworaaa!

¡Resbalan las piedras bajo mis plantas, pero espérame! ¡Ah, infames Bandar-log!

Llegó a la terraza casi sin aliento, e inmediatamente su cuerpo desapareció, hasta el cuello, bajo una verdadera oleada de monos; pero se plantó resueltamente en dos pies, abrió los brazos, cogió entre ellos el mayor número posible de enemigos y empezó a golpeados con un no interrumpido ¡paf! ¡paf! ¡paf! que parecía el chapoteo de una rueda de palas. El ruido de algo que cayó en el agua hizo saber a Mowgli que Bagheera había logrado abrirse paso hasta la cisterna, en la que ya no podían perseguirla los monos.

Hallábase echada la pantera, respirando anhelosamente por la boca con el agua hasta el cuello, en tanto que los monos la vigilaban desde los rojos escalones sentados en filas de tres en fondo; subían y bajaban rabiosamente, prestos a saltar sobre ella, desde todos los lados a la vez, si ella intentaba salir para ayudar a Baloo.

Fue entonces cuando Bagheera levantó la cabeza -el agua le chorreaba de la barba-, y, perdida ya toda esperanza, lanzó en busca de protección el grito que sirve para las serpientes: "Tú y yo somos de la misma sangre"; creyó que, en el último minuto, Kaa se había vuelto atrás. Inclusive Baloo, medio ahogado bajo la masa de monos que no lo dejaba avanzar en el borde de la terraza, no pudo reprimir la risa cuando oyó que la pantera negra pedía auxilio.

Pero en aquellos precisos momentos Kaa se acababa de abrir paso entre el muro situado hacia el oeste; el último esfuerzo que hizo para trasponerlo, hizo que se produjera un desprendimiento en las piedras de la albardilla, y una piedra rodó hasta el fondo del foso. No quiso desperdiciar ninguna de las ventajas que le proporcionaba aquel terreno; se enroscó y desenroscó varias veces para comprobar que su cuerpo tenía amplia capacidad para trabajar con lucimiento.

Hizo esto en tanto que se desarrollaba la lucha en que Baloo desempeñaba el principal papel; en tanto que en derredor de Bagheera, en la cisterna, aullaban los monos, y mientras Mang, el murciélago, volando de un lado a otro, llevaba la noticia de la gran batalla por toda la selva, de tal manera que inclusive Hathi, el elefante salvaje, empezó a dar bramidos, y a lo lejos, grupos dispersos de monos que se despertaron, fueron brincando entre los arboles, a prestar ayuda a sus compañeros de las moradas frías, al mismo tiempo que se ponían alerta todas las aves diurnas de algunas leguas a la redonda.

Entonces, rápidamente, Kaa atacó en línea recta, sintiendo el vivo deseo de matar. Todo el poder que tiene en la lucha una serpiente pitón, estriba en el empuje con que su cabeza embiste, apoyada por el fuerte y pesado cuerpo. Si se imagina el lector una lanza, un ariete o un martillo que pese media tonelada, y que pueda ser movido por una inteligencia, fría, calmosa, que resida en el mango o en el asta, tendrá una idea aproximada de lo que era Kaa en el terreno de la lucha. Una serpiente pitón, de no más de un metro, o un metro y medio de longitud, puede perfectamente derribar a un hombre si se lanza contra él de frente y le pega en mitad del pecho. Pues bien: hay que recordar que Kaa medía nueve metros de largo. Su primera embestida fue contra el centro de la tremenda masa que rodeaba a Baloo. Fue una arremetida a boca cerrada, silenciosa. No necesitó ir acompañada de la segunda. Los monos huyeron en desbandada, gritando:

-;Kaa! ¡Es Kaa! ¡Huyan! ¡Huyan!

Generaciones enteras de monos habían aprendido a hacer lo que era debido en presencia de Kaa, gracias a las narraciones que sobre ésta habían escuchado de sus mayores; sobre ésta, a quien llamaban ladrona nocturna, que podía deslizarse a lo largo de las ramas de los árboles con el mismo silencio con que crece el musgo, y llevarse consigo al mono más fuerte que jamás vivió en el mundo; sobre la vieja Kaa. que tenía suma pericia para tomar el aspecto de una rama muerta o de un tronco de árbol carcomido, de tal manera que hasta los más hábiles se engañaban, hasta que el tronco se apoderaba de ellos. Kaa, representaba para los monos lo más temible de la selva, porque ninguno de ellos sabía hasta dónde llegaba su poder; ninguno osaba mirarla cara a cara, y jamás nadie salió con vida de entre sus anillos.

Por todo esto, muertos de miedo, huyeron hacia los muros y los techos de las casas, y, al cabo, Baloo pudo respirar. Su piel era más gruesa que la de Bagheera, pero había sufrido gravemente en la lucha.

Por primera vez, abrió Kaa la boca y emitió un largo silbido, que era una de sus palabras; esto hizo que los monos que acudían presurosos desde lejos en defensa de sus hermanos de las moradas frías, detuviéranse instantáneamente en el lugar donde estaban, completamente acobardados, y su peso hacía doblar y crujir las ramas. Cesó la algazara de los que se encontraban sobre los muros y las casas vacías, y, en medio del silencio que reinó en la ciudad, Mowgli oyó a Bagheera sacudiéndose de encima el agua, al salir de la cisterna..

De nuevo estalló entonces la algarabía de antes. Los monos se encaramaron por los muros a mayor altura; asiéndose al cuello de los grandes ídolos de piedra, chillaron saltando por los almenados muros. Y mientras esto acontecía, Mowgli, bailoteando en el cenador, miraba por los calados del mármol y graznaba como un búho en son de burla para demostrar su alegría.

-Saca al hombrecito fuera de esa trampa, pues yo ya no puedo hacer nada más -dijo Bagheera casi sin aliento-. Cojámoslo y vámonos; podría ser que de nuevo nos atacaran.

-No se atreverán a moverse hasta que yo se los mande. ¡Quietos! ¡Asssi! -silbó Kaa, y una vez más la ciudad quedó en silencio.

Continuó Kaa, dirigiéndose a Bagheera:

-No pude venir antes, hermana; pero me pareció haberte oído llamar...

-Puede ser. . . puede ser que haya gritado en mitad de la lucha respondió Bagheera-.

Baloo, ¿te hicieron daño?

De tanto estirarme, no estoy muy seguro de que no me hayan convertido en un centenar de pequeños oseznos -respondió gravemente Baloo, alargando una pata y luego la otra-.

¡Wow!. .. Tengo todo el cuerpo dolorido... Kaa, creo que a ti te debemos la vida Bagheera y yo...

-¡Qué más da! ¿Dónde está el hombrecito?

Aquí en la trampa! No puedo trepar para salir de ella -gritó Mowgli. Veía sobre su cabeza la curva de la rota cúpula.

-Sáquenlo de aquí. Baila y baila como Mao, el pavo real, y aplastará a nuestros pequeñuelos -dijeron desde dentro las cobras.

-¡Ja, ja, ja! -se rió Kaa-. Donde quiera tiene amigos este hombrecito. Échate un poco hacia atrás. Y ustedes, Pueblo Venenoso, escóndanse. Derribaré la pared.

Kaa examinó detenidamente para descubrir en los calados de mármol una grieta que indicara un punto débil; dio encima dos o tres golpecitos con la cabeza para calcular la distancia conveniente, y luego, levantando por completo del suelo el cuerpo, en una longitud de cerca de dos metros, dio con toda su fuerza media docena de terribles testaradas y su nariz fue la primera que pegó contra el mármol. El cenador cayó en pedazos envueltos en una nube de polvo y de escombros. Mowgli saltó por el boquete abierto y se arrojó entre Baloo y Bagheera y pasó un brazo en torno del cuello de cada uno.

-¿Te hicieron daño? -preguntó Baloo, abrazándolo tiernamente.

-Me duele todo el cuerpo, tengo hambre y estoy lleno de cardenales. Pero... ¡oh! ¡Cómo los pusieron a ustedes! . . . ¡Están cubiertos de sangre!

-Otros también lo están -respondió Bagheera relamiéndose y mirando el gran número de monos muertos que había en la terraza, en derredor de la cisterna.

-¡Eso no es nada... no es nada! -gimoteó Baloo-. ¡Lo importante es que tú te hayas salvado, ranita mía, orgullo mío!

-Ya hablaremos de eso más tarde -dijo Bagheera, tan secamente que Mowgli se sintió desazonado-. Pero aquí está Kaa, a la cual debemos nosotros haber ganado la batalla, y tú, la vida. Dale las gracias, según es nuestra costumbre, Mowgli.

Se volvió éste, y vio, a muy poca distancia de su cabeza, a la gran serpiente pitón, que balanceaba la suya.

-De modo que éste es el hombrecito -observó Kaa-. Su piel es muy fina, y ciertamente tiene parecido con los Bandar-log. Cuídate, hombrecito, de que no me equivoque y te tome por un mono, algún día, cuando haya acabado de cambiar de piel.

-Tú y yo somos de la misma sangre -respondió Mowgli-. Me salvaste la vida esta noche.

Será para ti, Kaa, lo que yo mate en la caza, siempre que sientas hambre..

-Mil gracias, hermanito -dijo Kaa, cuyos ojos brillaron maliciosamente-. ¿Qué puede matar tan fiero cazador? Pido permiso desde ahora para seguirle cuando vaya de cacería.

-Nada mato. .. Soy demasiado pequeño para ello. Con todo, acorralo a las cabras y las hago ir al sitio en que están los que pueden apoderarse de ellas. Cuando tengas el vientre vacío, ven conmigo y verás si te engaño. Soy un tanto diestro en el manejo de éstas -añadió mostrando sus manos-; si algún día llegas a caer en una trampa, podría pagarte entonces la deuda que he contraído contigo, con Baghera y con Baloo, aquí presentes. ¡Buena suerte para todos, maestros míos!

-¡Bien dicho! -gruñó Baloo, pues vio la habilidad con que había dado Mowgli las gracias.

Kaa dejó caer suavemente por un momento su cabeza sobre el hombro del muchacho y le dijo:

-Es tan grande tu corazón, como cortés tu lengua. Ambos te llevarán muy lejos en la Selva, hombrecito. Ahora, márchate pronto de aquí con tus amigos. Márchate y ve a dormir; la luna va a dejamos y no es conveniente que veas lo que sucederá.

Desaparecía la luna tras las colinas, y diríase que las filas de monos, temblando de miedo, agrupados sobre los muros y las almenas, parecían la rota y movible orla de aquel escenario. Baloo se dirigió a la cisterna para beber, Bagheera se alisaba la piel y Kaa se deslizó hasta el centro de la terraza, cerrando la boca con un sonoro crujido que atrajo las miradas de todos los monos.

-La luna se oculta -dijo-. ¿Hay suficiente luz todavía para que puedan verme?

De los muros se desprendió una especie de gemido semejante al que produce el Viento en las copas de los árboles.

-Todavía podemos verte, Kaa -se oyó.

-Está bien. Empieza ahora la danza.., la Danza del Hambre de Kaa. Esténse quietos y miren.

Se enroscó entonces dos o tres veces en forma de un gran círculo y balanceó la cabeza de derecha a izquierda. Luego empezó a formar con su cuerpo óvalos y ochos, triángulos viscosos de vértices romos que se disolvían en cuadrados y pentágonos y torres hechas de anillos. No descansaba un momento, no se apresuraba nunca, no cesaba el zumbido de su canción especial. Oscurecía cada vez más, hasta que dejaron de verse al fin las cambiantes ondulaciones de la serpiente; con todo, podía aún oírse el rumor que producían sus escamas.

Como si fuesen de piedra, se quedaron parados Baloo y Bagheera, lanzaban sordos aullidos guturales y erizaban los pelos del cuello. Mowgli miraba todo aquello sorprendido.

-Bandar-log -dijo al fin Kaa-: ¿Pueden mover los pies o las manos sin que yo se lo ordene? ¡Hablen!

-No podemos hacer eso sin orden tuya, Kaa.

-¡Así está bien! Den un paso al frente. Acérquense.

Sin poder resistir, las filas de monos se inclinaron hacia adelante; al mismo tiempo que ellas, dieron también un paso, inconscientemente, Bagheera y Baloo.

-¡Más cerca! -siibó Kaa, y los monos se movieron de nuevo.

Mowgli puso sus manos sobre Baloo y Bagheera para llevárselos de allí, y las dos enormes fieras echaron a andar como si despertaran de un sueño.

-No quites tu mano de mi hombro -bisbisó Bagheera-. No la quites, o no podré menos de retroceder. . . tendré que ir a donde está Kaa. ¡Aah!

-¡Pero si no hace otra cosa que trazar círculos en el suelo! -dijo Mowgli-. Vámonos.

Y los tres escaparon por un boquete abierto en las murallas y se dirigieron a la Selva.

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