|
|
 |

El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Cuando
se descubrió esta última pérdida, llegó para el bracmán
el tiempo de hablar. Les
había
rezado a sus propios dioses sin obtener contestación. Podría
ser, dijo, que,
inadvertidamente,
la aldea hubiera ofendido a alguno de los dioses de la
selva, porque,
sin
duda alguna, la selva estaba contra ellos. Por tanto,
mandaron a llamar al jefe de la
tribu
más próxima de gondos errantes (gente pequeña, despierta,
y muy negra de color;
vive
en el corazón de la selva dedicada a la caza, y sus
antepasados fueron la raza más
antigua
de la India), propietarios aborígenes de la tierra.
Obsequiaron al gondo con lo
poco
que les había quedado; él se sostenía sobre una pierna,
con su arco en la mano; en
el
moño que formaban sus recogidos cabellos, dos o tres dardos
envenenados; mostraba
un
aspecto de temor y desprecio a la vez, hacia los aldeanos
-que lo miraban ansiosos- y
hacia
sus destruidos campos. Deseaban saber los aldeanos si sus
dioses -los antiguos
dioses-
estaban enojados con ellos, y qué sacrificios deberían
ofrecérseles. El gondo no
pronunció
palabra, pero recogió unos sarmientos de karela, la especie
de vid que
produce
amargas calabazas silvestres, y los colocó entrelazados
sobre la puerta del
templo
frente a la cara de la roja imagen india que miraba
fijamente. Entonces hizo el
movimiento
con la mano como si empujara en el espacio, en dirección
del camino de
Khanhiwara,
y se volvió a su selva, mirando moverse en todas
direcciones a los
animales
que la poblaban. Sabía que cuando la selva se pone en
movimiento, sólo los
hombres
blancos son capaces de detenerla.
No
había necesidad de preguntar el significado de su predicción.
En adelante, crecerían
las
calabazas silvestres en el lugar donde habían adorado a su
dios, y cuanto antes se
pusieran
a salvo, sería mejor.
Pero
es difícil arrancar a una aldea entera de sus amarras.
Permanecieron allí sus
habitantes
en tanto les quedaron comestibles con los que se alimentaban
en verano, y
aun
probaron a recoger nueces en la selva; pero sombras de
brillantes ojos los
observaban
y aun pasaban delante de ellos en mitad del día, y, cuando
regresaban
corriendo
hasta las paredes de sus chozas, notaban, en los troncos de
los árboles ante los
cuales
habían pasado cinco minutos antes, que tenían la corteza
arrancada a tiras y
ostentaban
señales hechas por enormes garras. Cuanto más se
encerraban en su aldea,
las
fieras tornábanse más atrevidas, las cuales corrían por
los prados, rugiendo, junto al
río Waingunga. No tenían tiempo a componer las paredes
posteriores de los vacíos
establos
que daban a la selva; el jabalí las pisoteaba, y las vides
silvestres de nudosas
raíces
clavaban luego sus codos sobre la tierra que acababan de
conquistar; por último,
la
gruesa hierba erizaba allí sus puntas como las lanzas de un
ejército de fantasmas que
persiguiera
a otro en retirada.
Los
hombres solteros fueron los primeros que huyeron y por todos
lados esparcieron la
noticia
de que la aldea estaba sentenciada a muerte. ¿Quién, decían,
podría luchar contra
la
selva o contra los dioses de la selva, cuando hasta la misma
cobra de la aldea había
abandonado
su agujero de la plataforma, bajo el árbol de las
reuniones? Así, el poco
comercio
que se efectuaba con el mundo exterior se redujo, como
asimismo fueron
disminuyendo
y borrándose los caminos trillados en los claros de la
maleza. Al fin, los
trompeteos
nocturnos de Hathi y sus tres hijos dejaron de perturbarlos,
porque ya no
quedaba
nada que pudiere ser saqueado. Las cosechas de sobre la
tierra y el grano
enterrado
bajo ella desaparecieron por igual. Los campos distantes
perdían su antigua
forma;
ya era hora de acogerse a la caridad de los ingleses que vivían
en Khanhiwara.
Siguiendo
la costumbre indígena retrasaron su partida de un día para
otro, hasta que las
primeras
lluvias les cayeron encima y los abandonados techos de sus
chozas dejaron
pasar
torrentes de agua; las tierras destinadas a pastos quedaron
inundadas hasta la
altura
del tobillo y toda suerte de vida pareció renacer allí con
pujanza tras los calores
del
verano. Entonces todos echaron a andar por el barro,
hombres, mujeres y niños bajo la
cegadora lluvia matinal; pero se volvieron, por un impulso
natural, para darle el
último
adiós a sus hogares.
En
el momento en que la última familia traspasaba las puertas
de la aldea, bajo sus
pesados
fardos, escucharon el estrépito de vigas y techos de bálago
que se hundían
detrás
de los muros. Vieron entonces una trompa brillante, negra,
parecida a una
serpiente,
que se elevaba durante un momento y esparcía el bálago
hervido. Desapareció
y
se escuchó el ruido de otro hundimiento que fue seguido de
un agudo grito. Hathi
había
estado arrancando techos de chozas como quien arranca nenúfares,
y había sido
alcanzado
por una viga que caía. Sólo necesitaba esto para
desencadenar toda su fuerza,
porque,
de todos los animales de la selva, el elefante salvaje es el
más destructor, por
maldad
o por gusto, cuando está furioso. Dio una patada a una
pared de tapia que se
deshizo
con el golpe, y que, al desmenuzarla, se convirtió en barro
amarillo por el
torrente
de agua que caía. Entonces se volvió en redondo y lanzóse
por las estrechas
calles
dando agudos gritos, apoyándose contra las chozas a derecha
e izquierda,
destrozando
las desvencijadas puertas, aplastando los aleros, en tanto
que sus tres hijos
corrían
detrás de él como habían corrido cuando la destrucción
de los campos de
Bhurtpore.
-La
selva se tragará esas cáscaras -dijo una voz reposada
entre las ruinas-. Ahora hay
que
echar abajo el muro exterior.
Y
Mowgli, chorreándole la lluvia por los desnudos hombros y
brazos, saltó desde una
pared
que se venía abajo como un búfalo cansado.
-A
buen tiempo llegas -díjole, jadeante, Hathi-. ¡Ah! ¡Pero
en Bhurtpore tenía yo los
colmillos
rojos de sangre!... ¡Contra la pared exterior, hijos míos!
¡Con la cabeza!
¡Todos
a la vez! ¡Ahora!
Los
cuatro juntos empujaron, lado a lado; la pared exterior se
combó, se rajó y cayó; los
aldeanos,
mudos de terror, veían las salvajes cabezas de los
destructores, rayadas de
arcilla,
que aparecían por el roto boquete. Huyeron entonces, sin
casa ya y sin
alimentos,
por el valle, en tanto que su aldea, hecha pedazos,
esparcida y pisoteada, se
desvanecía
a sus espaldas.
Un
mes después aquel lugar era otro otero lleno de hoyos y
cubierto de yerba blanda,
verde,
recién nacida; y, cuando terminaron las lluvias, la selva
entera rugía a plenos
pulmones
en el lugar donde, no hacía todavía seis meses, el arado
removía la tierra.
Canción
de Mowgli Contra los Hombres
¡Contra
vosotros lanzaré las vidas de veloces pies!
¡Llamaré
a la Selva entera para que borre las huellas de vuestros
pies!
Se
hundirán ante ella todos los techos,
caerán
por tierra los gruesos puntales,
y
la karela, la amarga karela
lo
cubrirá todo.
En
los sitios donde os reunáis, estarán los míos
y
aullarán sin tregua;
en
el dintel de vuestros graneros se colgarán los grandes
murciélagos;
la
serpiente será vuestra guardiana
que
descansará tranquila en vuestra casa;
porque
la karela, la amarga karela,
dará
su amargo fruto donde hoy reposáis.
No
veréis mis azotes, los azotes de mis amigos,
pero
los oiréis y temblaréis.
Los
enviaré contra vosotros de noche,
cuando
la luna aún no brilla;
el
fiero lobo será vuestro pastor
que
se erguirá en no acotados campos,
porque
la karela, la amarga karela,
esparcirá
su semilla donde gozasteis y amasteis.
Sobre
vuestros campos lanzaré a mi pueblo,
e
iré a segarbos, antes que vosotros, a la cabeza de él;
tendréis
que espigar tras nuestras huellas
por
el pan ya perdido.
Los
ciervos serán vuestras yuntas
para
labrar en lo devastado,
porque
la karela, la amarga karela,
florecerá
donde vuestro hogar existía.
Contra
vosotros lanzaré las vides
de
pies que van lejos; la selva, al invadiros,
borrará
vuestros linderos,
el
bosque reinará en vuestros prados.
Se
hundirán los techos de vuestras casas,
y
la karela, la amarga karela,
los
cubrirá, por siempre, a todos.
Los
Perros de Rojiza Pelambre
¡Por
nuestras claras, límpidas noches,
por
las noches de los rápidos corredores,
por
el hermoso batir la selva, la vista
de
largo alcance, por la buena caza,
por
la astucia de resultados certeros!
¡Por
el aroma matinal, que humedece
el
rocío aun no evaporado!
¡Por
el placer de ir tras las piezas
que
con terror incauto locas huyen!
¡Por
los gritos de nuestros compañeros
cuando
al derrotado sambhur han cercado!
¡Por
los riesgos de los excesos de la noche!
¡Por
el grato y dulce dormir de día
a
la entrada del cubil!
¡Por
todo esto vamos a la lucha!
¡Muerte,
guerra a muerte juramos!
Fue
después de la invasión verificada por la selva cuando
empezó para Mowgli la parte
más
placentera de su vida. Sentía aquella buena conciencia que
proviene de haber
pagado
sus deudas; todos los habitantes de la selva eran sus amigos
y ellos sentían un
cierto
temor de él. Las cosas que llevó a cabo, que vio y que oyó
cuando vagaba solo o
en
unión de sus cuatro compañeros, daría origen a muchos,
muchos cuentos, tan largo
cada
uno de ellos como el presente. Así pues, no os referiré su
encuentro con el elefante
loco
de Mandla que mató veintidós bueyes que conducían once
carros de plata acuñada
que
pertenecía al tesoro nacional, esparciendo por el polvo las
brillantes rupias;
tampoco
os narraré su lucha con Jacala, el cocodrilo, durante toda
una noche en los
pantanos
del Norte y cómo rompió su cuchillo de desollador en las
placas de la espalda
del
animal; ni tampoco cómo encontró otro cuchillo más largo
que pendía del cuello de
un
hombre que había sido muerto por un oso, y cómo siguió
las huellas de este oso y lo
mató,
como justo precio por aquel cuchillo; ni cómo quedó cogido
en una ocasión,
durante
la Gran Hambruna, entre los rebaños de ciervos que
emigraban y fue casi aplastado
por ellos; ni cómo salvó a Hathi el Silencioso de caer por
segunda vez en una
trampa
que tenía un palo afilado en el fondo, y cómo, al día
siguiente, cayó él mismo en
otra
de las que ponen para coger leopardos, y cómo entonces
Hathi hizo pedazos los
gruesos
barrotes de madera que la formaban; ni cómo ordeñó a
hembras de búfalos
salvales
en los pantanos; ni como...
Pero
hay que narrar los cuentos uno a uno.
Papá
Lobo y mamá Loba murieron, y Mowgli rodó una gran piedra
contra la boca de la
cueva,
y entonó allí la Canción de la Muerte; Baloo era muy
viejo y apenas podía
moverse,
y hasta Bagheera, cuyos nervios eran de acero y sus músculos
de hierro, era un
poco
menos ágil que antes cuando quería matar una pieza. Akela,
de gris que era,
tornóse
blanco como la leche; tenía saliente el costillar y
caminaba como si estuviera
hecho
de madera y Mowgli tenía que cazar para él. Pero los lobos
jóvenes, los hilos de
la
deshecha manada de Seeonee, crecían y se multiplicaban, y
cuando hubo unos
cuarenta
de ellos, de cinco años, sin jefe, con buenos pulmones y ágiles
pies, Akela les
dijo
que debían juntarse, obedecer la ley, y estar bajo la
dirección de uno, como
correspondía
a los del Pueblo Libre.
No
se metió Mowgli en toda esta cuestión, porque, como él
dijo, ya había comido frutas
agrias
y sabía en qué árboles se cogían. Pero cuando Fao, hijo
de Faona (cuyo padre era
el
indicador de pistas en los tiempos de la jefatura de Akela)
ganó en buena lid el
derecho
de dirigir la manada, según la ley de la selva, y cuando
los antiguos gritos y
canciones
resonaron una vez más bajo las estrellas, Mowgli se presenté
de nuevo en el
Consejo
de la Peña, como en memoria de los tiempos idos. Cuando se
le antojaba
hablar,
la manada esperaba hasta que hubiera terminado y se sentaba
en la Peña al lado
de Akela, más arriba de Fao. Eran, aquellos, días en que se
cazaba y se dormía bien.
Ningún
forastero se atrevía a entrar en las selvas que pertenecían
al pueblo de Mowgli,
como
llamaban a la manada; los lobos jóvenes crecían fuertes y
gordos, y había muchos
lobatos
en la inspección que se les hacía cuando eran llevados a
la Peña. Siempre iba
Mowgli
a estas reuniones, acordándose de aquella noche, cuando una
pantera negra
compró
a la manada la vida de un chiquillo moreno y desnudo, y el
largo grito de:
"¡Mirad,
mirad bien, lobos!", hacía estremecer su corazón. Si
no estaba allí, se internaba
en
la selva con sus cuatro hermanos, y probaba, tocaba y veía
toda suerte de cosas
nuevas.
Un
día, a la hora del crepúsculo, mientras caminaba distraídamente
por los bosques
llevando
para Akela la mitad de un gamo que había cazado, y mientras
los cuatro se
empujaban,
como gruñendo y revolcándose por juego, escuchó un grito
que nunca se
había
vuelto a oír desde los malos días de Shere Khan. Era lo
que llaman en la selva el
feeal,
una especie de horroroso chillido que da el chacal cuando
caza siguiendo a un
tigre,
o cuando tiene a la vista piezas de caza mayor. Si pueden
imaginarse una mezcla
de
odio, de triunfo, de miedo y de desesperación, en un solo
grito desgarrador, tendrán
una
leve idea del feeal que se elevó, descendió y vibró en el
aire, a lo lejos, del otro lado
del Waingunga. Los cuatro lobos dejaron de jugar en el acto, con
los pelos erizados y
gruñendo.
La mano de Mowgli se dirigió hacia el cuchillo, y se
detuvo, congestionado
el
rostro y fruncido el ceño.
-No
hay por aquí ningún rayado que se atreva a matar... -dijo.
-No
es ése el grito del explorador -observó el Hermano Gris-.
Eso es una gran cacería.
¡Escucha!
Resonó
de nuevo el grito, medio sollozo, medio risa, como si el
chacal tuviera flexibles
labios
humanos. Respiró entonces Mowgli profundamente y echó a
correr hacia la Peña
del
Consejo, adelantándose en el camino a los lobos de la
manada que también se
apresuraban.
Fao y Akela estaban juntos sobre la Peña, y más abajo de
ellos veíanse a los
demás, con los nervios en tensión. Las madres y sus
lobatos corrían hacia sus
cubiles,
porque cuando resuena el feeal conviene que los débiles se
recojan.
Nada
oían sino el rumor del Waingunga que corría en la
oscuridad y las brisas del
atardecer
entre las copas de los árboles, cuando de pronto, al otro
lado del río, aulló un
lobo.
No era un lobo de la manada, porque éstos se hallaban
alrededor de la Peña. El
aullido
fue adquiriendo un tono de desesperación. ¡Dhole! -decía-.
¡Dhole! ¡Dho!e!
Oyeron
pasos cansados entre las rocas, y un demacrado lobo, con los
flancos llenos de
rojas
estrías, destrozada una de sus patas delanteras y el hocico
lleno de espuma, se
lanzó
en medio del círculo y, jadeante, se echó a los pies de
Mowgli.
-iBuena
suerte! ¿Quién es tu jefe? -dijo Fao gravemente.
-iBuena
suerte! Soy Won-tolla -respondió el recién llegado.
Quería
decir con esto que era un lobo solitario que atendía a su
propia defensa, a la de
su
compañera y a la de sus hijos en algún aislado cubil, como
lo hacen muchos lobos en
la
parte sur del país. Won-tolla quiere decir uno que vive
separado de los demás, que no
forma
parte de ninguna manada. Jadeaba y su corazón latía con
tal fuerza, que se
sacudía
todo su cuerpo.
-¿Quién
anda por allí? -prosiguió Fao, porque esto es lo que todos
los habitantes de la
selva
se preguntan cuando se oye el feeal.
-¡Los
dholes, los dholes del Dekkan.., los perros de rojiza
pelambre, los asesinos!
Vinieron
al norte desde el sur diciendo que en el Dekkan no había
nada y exterminando
todo
a su paso. Cuando esta luna era luna nueva, tenía yo cuatro
de los míos: mi
compañera
y tres lobatos. Ella los enseñaba a cazar en las llanuras
cubiertas de yerba,
escondiéndose
para correr después los gamos, como lo hacemos los que
cazamos en
campo
abierto. A medianoche los oí pasar juntos, dando grandes
aullidos, siguiendo un
rastro.
Al soplar la brisa matutina, hallé a los míos yertos sobre
la yerba... a los cuatro,
Pueblo
Libre, a los cuatro, cuando estábamos en luna nueva. Hice
entonces uso del
derecho
de la sangre y me fui en busca de los dholes.
-¿Cuántos
eran? -preguntó rápidamente Mowgli, y la manada gruñía
rabiosamente.
-No
sé. Tres de ellos ya no matarán más, pero al fin me
persiguieron como a un gamo;
me
hicieron correr con sólo las tres patas que me quedan. ¡Mira,
Pueblo Libre!
Adelantó
su destrozada pata, toda ennegrecida por la sangre seca. Tenía
junto a los
ijares
crueles mordiscos y el cuello herido y desgarrado.
-iCome!
-le dijo Akela, levantándose de encima de la carne que
Mowgli le había traído;
inmediatamente,
lanzóse sobre ella el solitario.
-No
será pérdida esto que me dáis -dijo humildemente cuando
hubo satisfecho un poco
su
hambre-. Préstame fuerzas, pueblo Libre, y también yo
mataré luego. Está vacío mi
cubil,
antes lleno, cuando era luna nueva, y aún no está pagada
del todo la deuda de
sangre.
Fao
oyó cómo crujían sus dientes sobre un hueso y gruñó con
aire de aprobación.
-Necesitaremos
de tus quijadas -dijo-. ¿Iban cachorros con los dholes?
-No,
no. Todos eran cazadores rojos; cazadores de manada grandes
y fuertes, aunque
toda
su comida consiste, allá en el Dekkan, en lagartos.
Lo
que había dicho Won-tolla significaba que los dholes, los
rojos perros cazadores del
Dekkan,
iban de paso buscando algo que matar, y la manada sabía que
incluso un tigre
le
cederá su presa a los dholes. Cazan éstos corriendo en línea
recta por la selva, se
lanzan
sobre cuanto encuentran y lo destrozan. Aunque no tienen ni
el tamaño ni la
mitad
de astucia que un lobo, son muy fuertes y numerosos. Los
dholes no empiezan a
considerarse
manada sino hasta que se reúne un centenar de ellos, en
tanto que con
cuarenta
lobos basta para lo mismo. Las errabundas caminatas de
Mowgli lo habían
llevado
hasta los confines de los grandes prados del Dekkan, y había
visto a los fieros dholes
durmiendo, jugando y rascándose en los agujeros y matojos
que usan como
cubiles.
Él los despreciaba y los odiaba porque no olían como el
Pueblo Libre, porque
no
vivían en cavernas, y, sobre todo, porque les crecía pelo
entre los dedos de las patas,
en
tanto que a él y a sus amigos no les sucedía esto. Pero
sabía, por habérselo dicho
Hathi,
lo terrible que es una manada de dholes cuando va de caza.
Hasta Hathi les deja
el
paso libre, y ellos siguen adelante hasta que los matan o
cuando ya escasea la caza.
Algo
sabía también Akela sobre los dholes, pues le dijo en voz
baja a Mowgli:
-Más
vale morir entre todos los de la manada, que sin guía y
solo, esta será una cacería
magnífica
y... la última en que tomaré parte. Pero, según los años
que viven los
hombres,
a ti te quedan aún muchos días y muchas noches de vida,
hermanito. Vete
hacia
el norte y échate allí a dormir, y si alguien queda vivo
después del paso de los
dholes,
te llevará noticias del resultado de la lucha.
-¡Ah!
-dijo Mowgli con toda gravedad-. ¿Debo ir acaso a coger
pececillos en las lagunas
y
a dormir en un árbol, o acaso debo pedirles ayuda a los de
Bandar-log para que me
ayuden
a cascar nueces mientras la manada lucha allá abajo?
-A
muerte será la lucha -respondió Akela-. Tú nunca te has
enfrentado con los dholes...
con
los asesinos rojos. Hasta el Rayado...
-¡Aowa!
¡Aowa! -exclamó Mowgli de mal humor-. Yo maté a un mono
rayado, y estoy
seguro
que Shere Khan hubiera dejado a su misma compañera para que
se la comieran
los
dholes si el viento le hubiese llevado el olor de una manada
al través de grandes
extensiones
de pastura. Escucha ahora: hubo una vez un lobo, mi padre, y
una loba, mi
madre,
y un lobo viejo y gris (no muy discreto a veces; ahora está
blanco) que era para
mí
como mi padre y mi madre juntos. Por tanto, yo... -levantó
más la voz-. Digo que
cuando
vengan los dholes, si vienen, Mowgli y el Pueblo Libre
lucharán como iguales
contra
ellos. Y afirmo, por el toro que me rescató (por aquel toro
que Bagheera pagó por
mí
en tiempos que ya no recordáis los de la manada), digo, y
que lo tengan presente los
árboles
y el río que me oyen, si yo lo olvido.., que este cuchillo
será para la manada
como
un colmillo más, y no creo que su filo esté muy embotado.
Esta es la palabra que
tenía
que decir y que empeño.
-No
conoces a los dholes, hombre que hablas como los lobos -dijo
Won-tolla-. Tan sólo
quiero
pagar la deuda de sangre que tengo con ellos, antes que me
destrocen. Avanzan
despacio,
matando a medida que se alejan, pero en dos días habré
recobrado ya algo de
mis
fuerzas, con lo que podré volver a la lucha. En cuanto a
vosotros, Pueblo Libre,
opino
que debéis ir hacia el norte y que comáis poco durante un
tiempo, durante el
tiempo
que tarden en pasar los dholes. No habrá de produciros
carne esta cacería.
-iOigan
al Solitario! -dijo Mowgli dando una risotada-. ¡Pueblo
Libre! ¡Hemos de huir
hacia
el norte y dedicarnos a coger lagartos y ratas por miedo de
tropezar con los
dholes!
Hay que dejar que maten todo lo que quieran en nuestros
cazaderos, en tanto
que
nosotros nos escondemos en el norte, hasta que ellos quieran
devolvernos lo que es
nuestro.
No son más que unos perros (mejor dicho, cachorros de
perros), rojos, de
vientre
amarillo y sin cubiles, y con pelos entre los dedos de las
patas. Sus camadas
constan
de seis u ocho pequeñuelos, como las de Chikai, el diminuto
ratoncillo saltador.
¡Sin
duda hemos de huir, Pueblo Libre, y pedir como un favor a
los del norte que nos
dejen
comer alguna res muerta. Ya conocéis el dicho: "En el
norte, miseria; en el sur,
piojos;
en cuanto a nosotros, somos la selva." Escoged,
escoged. ¡Será una buena
cacería!
¡Por la manada, por toda la manada; por los cubiles y las
camadas; por lo que se
mata
fuera y dentro de aquéllos; por la compañera que persigue
al gamo; por los
cachorrillos
que están en las cavernas... ¡juremos la lucha...
juremos.. juremos...!
Respondió
la manada con un profundo aullido que resonó en la noche
como el
estruendo
de un enorme árbol que cae..
-¡Lo
juramos! -gritaron.
-Permanezcan
con ellos -ordenó Mowgli a los cuatro-. Todo colmillo hará
falta. Que
Fao
y Akela preparen todo para la batalla. Yo iré a contar los
perros.
-¡Eso
significa la muerte! -exclamó Won-tolla levantándose a
medias-. ¿Qué puede
hacer
ése, que ni pelo tiene, contra los rojizos perros? Acuérdense
de que hasta el
Rayado...
-En
verdad que eres un solitario -interrumpió Mowgli-. Pero
hablaremos de esto cuando
hayan
muerto los dholes. ¡Buena suerte para todos!
Echó
a correr, hundiéndose entre las sombras, y era presa de tal
agitación que apenas
miraba
dónde pisaba; consecuencia de ello fue caerse cuan largo
era entre los grandes
anillos
de Kaa, la serpiente pitón, donde ésta estaba al acecho,
cerca del río, frente a un
sendero
frecuentado por los ciervos.
-iKscha!
-silbó Kaa malhumorada-. ¿Es esto actuar según el estilo
de la selva, venir
haciendo
tal ruido con los pies, caminando tan torpemente para
estropearle a uno el
trabajo
de toda una noche.., y precisamente cuando se presentaba tan
bien la caza?
-iEs
mi culpa! -dijo Mowgli levantándose-. En realidad, a ti te
buscaba, Cabeza Chata;
pero
cada vez que nos encontramos, estás más gruesa y más
grande; lo menos has
crecido
un trozo como este brazo. No hay nadie como tú en la selva,
discreta, vieja,
fuerte,
y hermosísima, Kaa.
-¿A
dónde vas a parar por ese camino? dijo Kaa con voz más
suavizada-. No cambió
aun
la luna desde que un hombrecito armado de un cuchillo me
tiraba piedras a la
cabeza
y me llenaba de insultos porque dormía al raso.
-¡Ya
lo creo! Y a todos los ciervos que perseguía Mowgli, los
espantabas, y esa Cabeza
Chata
era tan sorda, que no percibía mis silbidos para que dejara
libre el camino de los
ciervos
-respondió Mowgli con mucha calma, sentándose entre los
pintados anillos de la
serpiente.
-Pero
ahora, ese mismo hombrecito trae en los labios palabras
suaves y halagadoras, y le
dice
a aquella misma Cabeza Chata que es discreta, fuerte,
hermosa, y ella se deja
persuadir
y le hace sitio... asi... al que le tiraba piedras, y... ¿Estás
cómodo ahora?
¿Podría
Bagheera ofrecerte tan cómodo lugar de descanso?
Como
de costumbre, Kaa había convertido su cuerpo en una suerte
de blanda hamaca,
bajo
el peso del cuerpo de Mowgli. Se tendió el muchacho en
medio de la oscuridad, y
se
enroscó en aquel cuello flexible que parecía un cable,
hasta que la cabeza de Kaa
descansó
sobre su hombro, y luego le refirió cuanto había ocurrido
en la selva aquella
noche.
-Puedo
ser lista dijo Kaa cuando él terminó-, pero sorda
ciertamente lo soy. De otra
manera,
hubiera oído el feeal. Ya no me extraña que los que comen
hierba estén tan
inquietos.
¿Cuántos serán los dholes?
-Aún
no los he visto. Vine corriendo a verte. Tú eres más vieja
que Hathi. Pero, Kaa... -y
al
decir esto temblaba de gusto-: ¡Qué magnífica cacería
será! Pocos de nosotros
viviremos
cuando cambie la luna.
-¿También
tú tomarás parte en esto? Acuérdate de que eres hombre y
de cuál fue la
manada
que te arrojó de ella. Que el lobo salde sus cuentas con el
perro. Tú eres un
hombre.
-Las
nueces de antaño, son hogaño tierra negra -replicó
Mowgli-. Es cierto que soy un
hombre,
pero me parece haber dicho esta noche que soy un lobo. El río
y los árboles son
mis
testigos. Pertenezco al Pueblo Libre, Kaa, hasta que los
dholes hayan pasado.
-¡Pueblo
Libre! -murmuro Kaa-. ¡Pandilla suelta de ladrones! ¿Y tú
te ligaste a ellos en
un
nudo de muerte, sólo por la memoria de los lobos muertos?
Eso no es buena caza.
-Di
mi palabra. Lo saben los árboles, y también el río. No
quedaré libre de compromiso
sino
hasta que hayan pasado los dholes.
-¡Ngssh!
Así la cosa cambia por completo. Había pensado llevarte
conmigo a los
pantanos
del norte, pero palabra es palabra, aunque ésta sea la de
un hombrecito
desnudo
y sin pelo como tú. Ahora, pues, yo, Kaa, digo que...
-Piénsalo
bien. Cabeza Chata; no vayas a ligarte tú también en un
nudo de muerte. No
necesito
que me des tu palabra, pues bien sé que...
-Así
sea, pues- dijo Kaa-. No daré palabra alguna. ¿Pero qué
piensas hacer cuando
vengan
los dholes?
-Habrán
de pasar a nado el Waingunga. Ahora bien: yo pensaba
salirles al encuentro
cuando
crucen algún sitio poco profundo, con mi cuchillo en la
mano, llevando detrás
de
mí a la manada para que, a cuchilladas y atacados por los míos,
retrocedieran algo río
abajo
o fueran a refrescarse el gaznate.
-No
retrocederán los dholes, y su gaznate hierve siempre
-respondió Kaa-. Una vez
terminada
esta cacería, no quedará ni hombrecito ni lobato; únicamente
quedarán
huesos.
-¡Alala!
Si hemos de morir, moriremos. Será una magnífica cacería.
Pero soy joven y no
he
visto muchas lluvias. No sé mucho y no soy fuerte. ¿Tienes
un plan mejor, Kaa?
-Yo
ya he visto cientos y cientos de lluvias. Antes que Hathi
hubiera mudado sus
colmillos
de leche, era ya enorme el rastro que yo dejaba en el polvo,
al pasar. Por el
primer
huevo que hubo en el mundo, te juro que soy más vieja que
muchos árboles, y he
sido
testigo de todo lo que ha acontecido en la selva.
-Pero
esto es un caso nuevo dijo Mowgli-. Nunca antes se habían
cruzado los dholes por
nuestro
camino.
-Lo
que es ahora, ha sido también antes. Lo que será, no es más
que un año olvidado
que
hiere al mirar hacia atrás. Manténte quieto mientras
cuento los años que tengo.
Durante
más de una hora estuvo Mowgli echado sobre los anillos de
la serpiente, en
tanto
que Kaa, con la cabeza inmóvil sobre el suelo, pensaba en
todo lo que había visto
y
conocido desde que salió del huevo. Parecía extinguirse la
luz de sus ojos, los que
parecían
viejos ópalos, mientras que, de cuando en cuando, daba una
especie de torpes
estocadas
con la cabeza a derecha e izquierda, como si estuviera
cazando en sueños.
Mowgli
dormitaba, porque sabía que nada hay como el sueño antes
de la caza, y estaba
acostumbrado
a hacerlo a cualquiera hora del día o de la noche.
Después
Sintió que el cuerpo de Kaa crecía y se ensanchaba debajo
del suyo mientras la
enorme
serpiente pitón soplaba, silbando con el ruido de una
espada que se sacara de su
vaina
de acero.
-He
visto todas las estaciones que ya pasaron -dijo al fin Kaa-;
los árboles enormes, los
viejos
elefantes, las rocas desnudas y ásperas cuando todavía no
las vestía el musgo.
¿Estás
todavía vivo, hombrecito?
-Acaba
de desaparecer la luna en el horizonte -respondió Mowgli-.
No entiendo...
-¡Hssh!
Vuelvo a ser Kaa. Sabía que no hacía de ello sino un
momento. Iremos ahora al
río
para enseñarte cómo deberás proceder contra los dholes.
Volvióse
y se dirigió, recta como una flecha, hacia el lugar donde
la corriente del
Waíngunga
es mayor, y se hundió en el agua un poco más arriba de la
laguna que oculta
la
Roca de la Paz, y llevaba a Mowgli a su lado.
-No;
no nades. Me deslizaré rápidamente. Te llevo a cuestas,
hermanito.
Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...
El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

|
 |
|