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XIII - Mowgli apoyó...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)   

Mowgli apoyó en sus rodillas la cabeza llena de horrorosas heridas y puso sus brazos en torno del cuello, desgarrado también.

-Ha pasado ya mucho tiempo desde aquellos días en que vivía Shere Khan y en que un hombre-cachorro se revolcaba desnudo en el polvo.

-¡No! ¡No! ¡Yo soy un lobo! ¡Yo soy de la misma raza que el Pueblo Libre! -dijo

Mowgli llorando. ¡Yo no tengo la culpa de ser un hombre!

-Eres un hombre, hermanito, lobato a quien he vigilado. Eres un hombre; de la contrario, la manada hubiera huido frente a los dholes. Yo te debo la vida, y hoy le salvaste la vida a la manada, como yo te salvé a ti. ¿Lo olvidaste? Todas las deudas stán ya pagadas. Vete con tu propia gente. Te lo repito, luz de mis pupilas: la cacería ha terminado. Vete con tu propia gente.

-No iré nunca. Cazaré solo en la selva. Ya lo he dicho.

-Tras el verano vienen las lluvias, y después de las lluvias, la primavera. Vete, antes de que te veas obligado a hacerlo.

-¿Quién me obligará?

-Mowgli mismo obligará a Mowgli. Vuelve con tu gente. Vuelve con los hombres.

-Pues me iré cuando Mowgli sea quien obligue a Mowgli a marcharse -respondió el muchacho.

-Nada más tengo que decirte, dijo Akela. Hermanito, ¿podrías levantarme y ponerme en pie? También yo fui jefe del Pueblo Libre.

Muy cuidadosa y suavemente, Mowgli apartó los cuerpos amontonados y puso en pie a Akela, abrazándolo, y el Lobo Solitario resolló con fuerza y empezó a cantar la Canción de la Muerte que todo jefe de manada debe cantar al morir. Adquiría mayor fuerza por momentos, elevándose, resonando al través del río, hasta llegar al grito final de:

"¡Buena caza!" Entonces se arrancó Akela de los brazos de Mowgli por un instante, y, saltando en el aire, cayó de espaldas, muerto, sobre la última y terrible matanza.

Se sentó Mowgli con la cabeza entre las rodillas, sin atender a cosa alguna, en tanto que los rezagados dholes que huían eran perseguidos y destrozados por las implacables lahinis. Poco a poco cesaron los gritos, y los lobos regresaron renqueando, porque sus heridas los molestaban más y más, para recontar las pérdidas que habían sufrido. Quince de los de la manada y media docena de lahinis quedaron muertos junto al río, y ninguno de los otros había salido indemne. Y Mowgli permaneció allí sentado hasta el alba, cuando sintió en su mano el hocico enrojecido y húmedo de Fao, y entonces Mowgli se apartó y le mostró el demacrado cuerpo de Akela.

-¡Buena suerte! -dijo Fao, como si Akela estuviese todavía vivo, y luego, hablando a los otros por encima de su ensangrentada espaldilla, gritó.-: ¡Aullad, perros! ¡Esta noche ha muerto un lobo!

Pero de toda la manada de doscientos luchadores dholes, que pregonaban ser amos de todas las selvas, y que no había ser viviente que pudiera batirse con ellos, ni uno solo volvió al Dekkan para repetir las palabras de Fao.

La Canción de Chil (Esta es la canción que entonó Chil cuando los milanos descendieron uno tras otro al cauce del río, una vez terminada la gran batalla. Chil es amigo de todo el mundo, pero es una criatura que tiene corazón de hielo, porque sabe que casi todos en la selva irán a parar a él un día u otro.)

Mis compañeros eran; frente a mí corrían por la noche,  
(¡frente a Chil, fijáos, frente a Chil el milano!).  
Pero ahora silbo sobre sus cuerpos,  
pues todo ha terminado.  
(¡Chil! ¡Avanzadas de Chil!).  
Palabra me dieron: me avisarían donde botín hubiera;  
palabra les di: mostrarles yo también al gamo en la llanura.  
Aquí termina toda huella; enmudecieron por siempre.  
Los viejos guías de la manada  
(¡frente a Chil, fijáos, frente a Chil el milano!)  
Los que al sambhur acorralaban o se apoderaban de él cuando pasaba...  
(¡Chil! ¡Avanzadas de Chil!).  
Aquellos que explorar solían, los que se adelantaban,  
los rezagados... No seguirán más pistas,
no cazarán ya juntos.  
Eran mis compañeros. ¡Piedad siento por su muerte!  
(¡Frente a Chil, fijáos, frente a Chil el milano!)  
Ahora mi canción se eleva por ellos, por ellos  
a quienes conocí orgullosos.  
(¡Chil! ¡Avanzadas de Chil!)  
Flancos rotos, ojos hundidos, hocicos abiertos y rojos,  
entrelazados, descarnados y solos yacen, muertos sobre muertos.  
Todo rastro aquí termina...  
¡Los míos quedarán hartos con tanta carne!

El "Ankus" del Rey

Cuatro cosas hay que nunca están contentas,  
que siempre son insaciables: la boca de Jacala
el buche del milano; las manos de los monos y
los ojos del hombre.  
(Adagio de la selva)

Kaa, la enorme serpiente pitón de la Peña había mudado su piel quizás por ducentésima vez desde su nacimiento, y Mowgli, que nunca olvidó que le debía la vida a Kaa por aquella noche en que ella trabajó tanto en las moradas frías -como acaso recordarán ustedes-, fue a felicitarla. La muda de la piel siempre hace que una serpiente se sienta irritable y deprimida, lo que dura hasta que la piel nueva empieza a mostrarse hermosa y brillante. Ya no volvió Kaa a burlarse de Mowgli, sino que lo aceptó, como lo hacían los demás pueblos de la selva, como amo y señor de ésta, y le traía cuantas noticias podía naturalmente escuchar una serpiente pitón de su tamaño. Lo que Kaa no sabía acerca de la selva media, como la llamaban -la vida que se desliza por encima o por debajo de la tierra entre piedras, madrigueras y troncos de árbol-, podría ser escrito en la más pequeña de sus escamas.

Aquella tarde Mowgli estaba sentado en el círculo que formaban los grandes repliegues del cuerpo de Kaa, manoseando la escamosa y rota piel vieja que estaba entre las rocas formando eses y enroscada, tal como Kaa la había dejado. Kaa, con mucha cortesía, se había hecho un ovillo bajo los anchos y desnudos hombros de Mowgli, de tal manera que el muchacho descansara en un sillón viviente.

-Es perfecta hasta las escamas de los ojos -dijo Mowgli entre dientes, jugando con la piel vieja-. ¡Qué extraño es ver uno mismo, a sus pies, la cubierta de su propia cabeza!

-Sí, pero yo no tengo pies -respondió Kaa-; y como es esta la costumbre de toda mi gente, no lo encuentro extraño. ¿No se te vuelve la piel vieja y áspera?

-Entonces, voy y me lavo, Cabeza Chata; pero es cierto: en los grandes calores he deseado poder mudar la piel sin dolor, y correr luego sin ella.

-Pues yo me lavo y además me quito la piel. ¿Qué te parece mi abrigo nuevo?

Mowgli pasó su mano sobre la labor diagonal de taracea de aquel inmenso dorso.

-La tortuga tiene la espalda más dura, pero es de colores menos alegres -dijo sentenciosamente-; la rana, mi tocaya, los tiene más alegres, pero no es tan dura. Su aspecto es muy hermoso.., como las manchas que hay en el interior de los lirios.

-Necesita agua. Una nueva piel nunca adquiere su verdadero color antes del primer baño. Vamos a bañarnos.

-Yo te llevaré -dijo Mowgli; se agachó, riendo, para levantar por el centro el enorme cuerpo, precisamente por donde era más grueso. Un hombre hubiera podido de igual manera intentar levantar un largo y ancho tubo de los drenajes; Kaa permaneció tendida muy quieta, soplando tranquilamente, muy regocijada. Empezó entonces el acostumbrado juego de todas las tardes (el muchacho con todo su vigor que era mucho, y la serpiente pitón con su magnífica piel nueva, uno frente al otro para luchar).., juego para ejercitar tanto el ojo como las fuerzas. Por supuesto, Kaa hubiera podido pulverizar a una docena de Mowglis si hubiese querido; pero jugaba con mucho cuidado y nunca empleaba ni la décima parte de su fuerza. En cuanto a Mowgli, tenía suficiente para resistir la rudeza de aquel juego. Kaa se lo había enseñado, y con ello ganaron sus miembros en elasticidad mejor que con cualquier otra cosa. Algunas veces, Mowgli permanecía de pie, envuelto casi hasta el cuello por los movedizos anillos de Kaa, y se esforzaba en sacar un brazo y cogerla por la garganta. Entonces Kaa se deslizaba suavemente, y Mowgli, con sus dos pies de movilidad extrema, intentaba detener todo movimiento de la enorme cola que retrocedía buscando una roca o el pie de un árbol.

Balanceábanse también, cabeza con cabeza, cada uno esperando un momento para atacar, hasta que el hermoso grupo, parecido a una estatua, se deshacía en torbellinos de negros y amarillentos anillos y en piernas y brazos que luchaban una y otra vez por levantarse.

-¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! -decía Kaa, dirigiendo fintas con su cabeza, que ni siquiera la rapidísima mano de Mowgli lograba desviar-. ¡Mira! ¡Ahora te toco aquí, hermanito! ¡Y aquí, y aquí! ¿Tienes las manos entumecidas? ¡Te toqué de nuevo!

Terminaba siempre del mismo modo el juego: Con un golpe en línea recta, de la cabeza de Kaa, que echaba a rodar al muchacho por el suelo. Mowgli nunca pudo aprender el modo de ponerse en guardia contra aquella estocada rápida como el rayo, y, como Kaa decía, era completamente inútil que lo intentara.

-¡Buena caza! -gruñó por último Kaa; y Mowgli, como siempre, cayó disparado a cinco metros de distancia, sin aliento y riéndose. Se levantó con las manos llenas de hierba y siguió a Kaa hacia el bañadero preferido de la serpiente: una profunda laguna negra rodeada de rocas, a la que tornaban atractiva algunos hundidos troncos de árbol.

Hundióse el muchacho en el agua, al estilo de la selva, sin ruido, y la cruzó buceando; salió a la superficie, también en silencio, y se tendió de espaldas con los brazos detrás de la cabeza, mirando levantarse a la luna sobre las rocas, y quebrando con los dedos de sus pies el reflejo de ella en el agua. La cabeza de Kaa, en forma de diamante, cortó la líquida superficie como una navaja y fue a descansar sobre el hombro de Mowgli.

Quedáronse quietos, embebidos voluptuosamente en la agradable impresión del agua fría.

-¡Qué bien estamos así! -dijo finalmente Mowgli, soñoliento-. En la manada de los hombres, a esta misma hora, según recuerdo, se tienden ellos sobre pedazos de madera muy duros, en el interior de una trampa de barro, y, después de cerrar para que no entre el aire puro de fuera, se echan encima de la atontada cabeza una tela sucia, y entonan unas canciones nasales muy feas. Estamos mucho mejor en la selva.

Una cobra se deslizó rápidamente por encima de una roca, bebió, dio el grito de "¡buena suerte!", y desapareció.

-¡Ssss! -silbó Kaa como si de pronto se acordara de algo-. Así pues, ¿la selva te proporciona todo lo que siempre deseaste, hermanito?

-No todo -respondió Mowgli, riendo-; para ello sería preciso que a cada cambio de luna hubiera un nuevo y fuerte Shere Khan que matar. Ahora le podría matar con mis propias manos, sin pedirles ayuda a los búfalos. Además, he deseado a veces que el sol brille en medio de las lluvias, y que las lluvias cubran al sol en lo más ardiente del verano.

Además, nunca me sentí con el estómago vacío sin desear haber matado una cabra; y nunca maté una cabra sin desear que fuese un gamo; o un gamo, sin haber deseado que fuese un nilghai. Pero esto nos ocurre a todos.

-¿No tienes ninguno otro deseo? -preguntó la enorme serpiente.

-¿Qué más puedo desear? ¡Tengo a la selva, y en ella se me considera! ¿Hay acaso algo más en cualquier parte, entre la salida y la puesta del sol?

-Pero, la cobra dijo... -empezó Kaa.

-¿Cuál cobra? La que pasó por aquí no dijo nada. Estaba cazando.

-Fue otra.

-¿Tratas mucho a los del pueblo venenoso? Yo les dejo libre el camino. Llevan a la muerte en sus dientes delanteros y eso es mala cosa... porque son muy pequeñas. Pero, ¿qué cobra es esa con quien hablaste?

Se revolvió Kaa despaciosamente en el agua, como un barco de vapor batido de través por las olas.

-Hace tres o cuatro lunas -dijo- que cacé en las moradas frías, lugar que no has olvidado.

Lo que yo cazaba se escapó chillando más allá de las cisternas, hacia aquella casa, uno de cuyos lados hice pedazos por culpa tuya, y se hundió en el suelo.

-Pero la gente de las moradas frías no vive en madrigueras.

Mowgli sabía que Kaa hablaba de los monos.

-Lo que yo cazaba no vivía allí; fue allí para conservar la vida -respondió Kaa, moviendo rápidamente la lengua-. Se metió en una madriguera muy profunda. Yo la seguí, y, habiéndola matado, me dormí. Cuando desperté, me interné más.

-¿Bajo tierra?

-Así es. Me encontré allí, por último con una Capucha Blanca (una cobra blanca) que habló de cosas superiores a mis conocimientos, y que me mostró muchas cosas que yo jamás había visto antes.

-¿Caza nueva? ¿Era algo bueno para cazar? -y al decir esto, Mowgli se volvió hacia ella rápidamente.

-No eran piezas de caza, y me hubieran roto todos los dientes. Pero Capucha Blanca me dijo que cualquier hombre (y hablaba como quien conoce muy bien la especie) hubiera dado con gusto la vida nada más por ver todo aquello.

-Veremos todo eso -dijo Mowgil-. Recuerdo ahora que hubo un tiempo en que fui hombre.

-¡Calma! ¡Calma! Fue la prisa lo que mató a la serpiente amarilla que se comió al sol.

Hablamos ambas bajo tierra, y hablé de ti, diciendo que eras un hombre. Dijo entonces la capucha blanca (y por cierto que es tan vieja como la selva):

"-Hace mucho que no he visto a un hombre. Que venga y que vea todas estas cosas, por la más insignificante de las cuales muchos hombres se dejarían matar."

-Eso ha de ser algún género nuevo de caza. Y sin embargo, el pueblo venenoso no nos dice dónde hay alguna pieza de que apoderarse. Son gente enemiga.

-No es ninguna pieza de caza. Es... es... no puedo decir qué es.

-Iremos allá. Nunca he visto una capucha blanca y también deseo ver las otras cosas.

¿Las mató ella?

-Son cosas muertas. Dice que es la guardiana de todas.

-¡Ah...! Como el lobo que vigila la carne que se ha llevado a su cubil. Vamos.

Nadó Mowgli hacia la orilla y se revolcó en la hierba para secarse, y ambos partieron para las moradas frías, la desierta ciudad de la cual ya habéis oído hablar. Ya no sentía entonces Mowgli el menor temor del pueblo de los monos, pero en cambio éste sentía por él vivísimo horror. Sus tribus, no obstante, corrían por la selva entonces, de manera que las moradas frías estaban vacías y silenciosas a la luz de la luna. Kaa iba guiando, y, dirigiéndose hacia las ruinas del pabellón de la reina que estaba en la terraza, se deslizó por encima de los escombros y se hundió en la casi enterrada escalera subterránea que descendía del centro del pabellón. Mowgli lanzó el grito que servía para las serpientes -"

Tú y yo somos de la misma sangre"-, y siguió adelante sobre sus manos y rodillas. Así se arrastraron durante largo espacio por un pasadizo inclinado que formaba innumerables vueltas y revueltas, y por último llegaron a un lugar donde la raíz de un gran árbol, que crecía a más de nueve metros sobre sus cabezas, había arrancado una de las pesadas piedras de la pared. Se metieron por el hueco y se hallaron en una gran caverna cuyo techo abovedado también estaba roto en algunos puntos por las raíces de los árboles, de tal manera que algunos rayos de luz se filtraban en la oscuridad.

-Un cubil muy seguro -dijo Mowgli enderezándose-; pero demasiado lejos para visitarlo diariamente. Y ahora, ¿qué se puede ver aquí?

-¿No soy yo nada? -dijo una voz en medio de la caverna, y Mowgil vio algo blanco que se movía hasta que, poquito a poco se irguió ante él la más enorme cobra que jamás habían visto sus ojos... un animal de cerca de dos metros y medio, y descolorido, de un blanco de viejo marfil, por estar siempre en la oscuridad. Inclusive las mismas marcas en forma de anteojos de su extendida capucha se habían desteñido y eran ahora de un amarillo pálido. Sus ojos eran tan rojos como rubíes y, en suma, era de lo más sorprendente.

-¡Buena suerte! -dijo Mowgli que no abandonaba nunca ni sus buenos modales ni su cuchillo.

-¿Qué noticias hay de la ciudad? -preguntó la blanca cobra sin responder al saludo-.  

¿Qué me cuentas de la inmensa ciudad amurallada. . . la ciudad de los cien elefantes, veinte mil caballos y tantas reses que ni siquiera pueden contarse.. . la ciudad del rey de veinte reyes? Aquí me vuelvo sorda, y ya hace mucho tiempo que oí sus tantanes de guerra.

-Sobre nuestras cabezas sólo hay selva -respondió Mowgli-. De los elefantes, sólo conozco a Hathi y sus tres hijos. Bagheera mató a todos los caballos de una ciudad, y... dime, ¿qué es un rey?

-Te lo dije -explicó Kaa con suavidad a la cobra- te expliqué, hace cuatro lunas, que tu ciudad ya no existía.

-La ciudad.., la gran ciudad del bosque cuyas puertas están guardadas por las torres del rey. . . no puede perecer nunca. ¡La edificaron antes que el padre de mi padre saliera del huevo, y todavía durará cuando los hijos de mis hijos sean tan blancos como yo!

Salomdhi, hijo de Chandrabija, hijo de Viyeja, hijo de Yegasuri, la edificó en la época de Bappa Rawal. ¿De quién es el rebaño al que pertenecen ustedes?

-Esto es como un rastro perdido -dijo Mowgli, volviéndose a Kaa-. No entiendo su lenguaje.

-Ni yo. Es muy vieja. Padre de las cobras, aquí no hay más que selva y así fue desde el principio.

-Entonces, ¿quién es éste -dijo la cobra blanca- que está sentado, sin miedo, delante de mí, que no conoce el nombre del rey, y que habla nuestro lenguaje valiéndose de labios humanos? ¿Quién es éste armado de cuchillo que usa lenguaje de serpiente?

-Mowgli me llaman -fue la respuesta-. Pertenezco a la selva. Los lobos son mi gente, y Kaa, que ves aquí, es mi hermano. Padre de las cobras, ¿quién eres tú?

-Soy el guardián del tesoro del rey. Kurrum Raja puso la piedra que está allá arriba, en los días en que mi piel era oscura, para que les enseñara lo que es la muerte a los que vinieran a robar. Luego bajaron el tesoro, levantando la piedra, y escuché el canto de los bracmanes, mis amos.

-¡Huy! -pensó Mowghi-. Ya he tenido que habérmelas con un bracman en la manada de los hombres, y... ya sé lo que sé. Aquí sucederá algo, pronto.

-Cinco veces desde que llegué aquí levantaron la piedra, pero siempre para poner aquí algo más, nunca para sacar. No hay riquezas corno éstas: son los tesoros de cien reyes..

Pero ya hace mucho, muchísimo desde que levantaron la piedra por última vez y creo que ya mi ciudad se olvidó de todo esto.

-La ciudad no existe ya. Mira hacia arriba. Verás allí las raíces de los grandes árboles que separan los pedruscos. Los árboles y los hombres no crecen juntos -dijo de nuevo Kaa.

-Dos o tres veces los hombres se abrieron paso hasta este lugar -respondió salvajemente la cobra blanca-; pero nunca hablaron hasta que me arrojé encima de ellos mientras tanteaban en la oscuridad, y entonces sólo gritaron durante un breve rato. Pero ustedes vienen con mentiras, ustedes, hombre y serpiente, y quisieran hacerme creer que la ciudad no existe y que mi misión ha terminado. Poco cambian los hombres en el transcurso de los años. ¡Pero yo no cambio jamás! Hasta que levanten de nuevo la piedra y los bracmanes vengan cantando las canciones que conozco y me alimenten con leche caliente y me saquen de nuevo a la luz, yo... yo... yo, y nadie más, soy el guardián del tesoro del rey. ¿Dicen ustedes que la ciudad está muerta y que allí están las raíces de los árboles? Inclínense, pues, y cojan lo que gusten. No hay en la Tierra tesoros como éstos. ¡Hombre de lengua de serpiente, si puedes salir vivo por el mismo camino por el que entraste, todos los reyezuelos del país serán tus criados!

-Se embrolló de nuevo la pista -dijo fríamente Mowghi-. ¿Acaso algún chacal penetró en estas profundidades y mordió a la gran capucha blanca? Le pegó la rabia, ciertamente. Padre de las cobras, nada veo yo aquí que pueda llevarme.

-¡Por los dioses del Sol y de la Luna, el muchacho está loco de remate -silbó la cobra-.

Antes que tus ojos se cierren para siempre, te haré un favor: Mira, contempla lo que no vio antes hombre alguno.

-En la selva no suele irles bien a quienes le hablan a Mowgli de favores -dijo el muchacho, entre dientes; pero la oscuridad lo cambia todo, lo sé bien. Miraré, si ello te place.

Miró con los ojos entrecerrados en torno de la caverna, y luego levantó del suelo un puñado de algo que brillaba.

-¡Oh! -exclamó-. Esto es como aquello con que juegan en la manada de los hombres; pero esto es amarillo, y aquello de color oscuro.

Dejó caer las monedas de oro, y siguió adelante. El suelo de la caverna estaba cubierto por una capa de oro y plata acuñados de un espesor de metro y medio que había salido de los cazos, al reventar éstos, que originalmente lo contenían, y, en el transcurso de los años, el oro y la plata se fueron apretando y sentando como la arena durante el reflujo.

Encima, dentro y surgiendo de aquella masa, como restos de naufragio que se levantan en la arena, había enjoyados pabellones de elefantes, pabellones que asimismo estaban incrustados de plata, con planchas de oro batido y adornados de rubíes y turquesas.

Veíanse palanquines y literas para transportar reinas, de bordes y correas plateados y esmaltados, las varas con cabos de jade y anillas de ámbar para las cortinas; había candelabros de oro, en cuyos brazos temblaban agujeradas esmeraldas colgantes; adornadas imágenes de olvidados dioses, de metro y medio de alto, de plata y con piedras preciosas en vez de ojos; cotas de malla con incrustaciones de oro sobre el acero y guarnecidas de aljófar, cubiertas ya de moho y ennegrecidas; había yelmos con cimeras de sartas de rubíes de color sangre de pichón; escudos de laca, de concha y de piel de rinoceronte, con tiras y tachones de oro rojo y esmeraldas en los bordes; haces de espadas, dagas y cuchillos de caza con los mangos cuajados de diamantes; vasos y recipientes de oro para los sacrificios y altares portátiles, de una forma que jamás se ve hoy en día; tazas y brazaletes de jade; incensarios, peines y recipientes para perfumes, afeites y polvos, todo en oro repujado; anillos para la nariz, brazales, diademas, anillos para los dedos y ceñidores, en número imposible de contar; cinturones de siete dedos de ancho con rubíes y diamantes encuadrados, y cajas de madera, con triples grapas de hierro, en los que las tablas se habían reducido ya a polvo, mostrando en el interior montones de zafiros orientales y comunes, ópalos, ágatas, rubíes, diamantes, esmeraldas y granates, todo sin tallar.

La cobra blanca tenía razón: no había dinero suficiente para empezar a pagar el valor de aquel tesoro, producto escogido de siglos de guerra, saqueo, comercio y tributos. Las monedas solas eran inestimable valor, sin contar las piedras preciosas; y el peso bruto del oro y la plata únicamente podría ser de doscientas o trescientas toneladas. Cada uno de los gobernantes indígenas en la India, aunque pobre, tiene hoy en día un tesoro escondido al cual siempre está añadiendo algo; y aunque alguna vez, en el espacio de muchos años, tal o cual príncipe instruido, mande cuarenta o cincuenta carretas de bueyes cargadas de plata para cambiarlas por títulos de la deuda, la mayor parte de ellos guarda su tesoro y el secreto de esto exclusivamente para sí mismo.

Pero Mowgli, naturalmente, no entendió el significado de todo aquello. Le interesaron un poco los cuchillos, pero no eran tan manejables como el suyo propio, y por tanto pronto los soltó. Por último dio con algo realmente fascinante que yacía frente a un pabellón de los que portan los elefantes, medio enterrado entre las monedas. Era un ankus de casi un metro de largo, una aguijada de las que se emplean para los elefantes, algo que parecía un bichero pequeño. Formaba su extremo superior un redondo y brillante rubí, debajo del cual se veían ocho pulgadas de astil cuajado de turquesas en bruto, puestas una al lado de la otra, lo que ofrecía segurísimo asidero. Más abajo había un cerco de jade con un dibujo de flores que lo adornaba.., pero las hojas eran esmeraldas, y los botones eran rubíes hundidos en la fría y verde piedra. El resto del mango de la vara era purísimo marfil, en tanto que la punta, el aguijón y el gancho, era de acero con incrustaciones de oro, y sus dibujos atrajeron la atención de Mowgli, pues representaban escenas de la caza del elefante; los dibujos, según vio el muchacho, tenían más o menos relación con Hathi el Silencioso.

La cobra blanca lo había estado siguiendo muy de cerca.

-¿No vale esto la pena de morir con tal de contemplarlo? -dijo-. ¿No te he hecho un gran favor?

-No comprendo -dijo Mowgli-. Estas cosas son duras y frías y de ninguna manera son buenas para comer. Pero esto -y levantó el ankus- quiero llevármelo, para poder contemplarlo a la luz del sol. ¿Dijiste que todo esto es tuyo? ¿Me quieres dar sólo esto, y yo en cambio te traeré ranas para que comas?

La cobra blanca se estremeció con malvado júbilo.

-Ciertamente te lo daré -respondió. Te daré todo lo que está aquí... hasta el momento de irte.

-Pero si me voy ahora. Este lugar es oscuro y frío, y quiero llevarme a la selva esto que tiene una punta como espina.

-¡Mira lo que está a tus pies! ¿Qué hay allí?

Mowgli recogió algo blanco y liso.

-Es el cráneo de un hombre -dijo tranquilamente-. Y aquí hay dos mas.

-Vinieron para llevarse el tesoro, hace muchos años. Yo les hablé en la oscuridad y se quedaron inmóviles para siempre.

-¿Pero para qué quiero yo eso que llaman tesoro? Si me quieres dar el ankus, ya habré cazado cuanto deseo. Si no, es igual. Yo no lucho con el pueblo venenoso, y me enseñaron además la palabra mágica para los de tu tribu.

-¡Aquí no hay palabra mágica que valga, y ésa es la mía!

Kaa se lanzó hacia adelante con los ojos arrojando llamas.

-¿Quién me pidió que trajera aquí al hombre? -dijo silbando.

-Yo, ciertamente -balbució la vieja cobra-. Hacía mucho tiempo que no había visto a un hombre, y además éste conoce nuestro lenguaje.

-Pero no se habló de matar. ¿Cómo podré regresar a la selva y decir que lo conduje hacia su muerte? -replicó Kaa.

-Yo no hablo de matar sino hasta que llega la hora. Y en cuanto a irte o quedarte, allí está el agujero en la pared. ¡Calma, pues, ahora, matadora de monos! No tengo que hacer sino tocarte en el cuello, y la selva no volverá a verte nunca más. Ningún hombre entró aquí que haya salido vivo después. ¡Yo soy el guardián del tesoro de la ciudad del rey!

-¡Vaya, gusano blanco de las tinieblas, te he dicho que ya no existe ni rey ni ciudad! ¡La selva reina en torno nuestro!

-Pero aun existe el tesoro. Ahora bien podemos hacer esto: espera un poco, Kaa de las peñas, y verás correr al muchacho. Aquí hay suficiente lugar para este juego. La vida es algo bueno. ¡Corre de un lado para el otro, muchacho, y juguemos!

Mowgli, calmosamente, puso su mano sobre la cabeza de Kaa.

-Hasta ahora, esa cosa blanca no ha tratado sino con hombres que forman parte de la manada humana. A mí no me conoce -murmuró-. Ella misma pidió esta clase de caza; hay que dársela, pues.

Se había mantenido Mowgli de pie, sosteniendo el ankus con la punta hacia abajo.

Arrojólo lejos de sí rápidamente, y fue aquél a caer atravesado exactamente detrás de la capucha blanca de la gran serpiente, clavándola en el suelo. Como un relámpago lanzó Kaa todo su peso sobre aquel cuerpo que se retorcía, paralizándolo hasta la cola. Los colorados ojos de su presa parecían arder, y las seis pulgadas de cabeza que quedaban libres golpeaban furiosamente de derecha a izquierda.

-¡Mátala! -dijo Kaa, al mismo tiempo que Mowgli echaba mano de su cuchillo.

-No -respondió éste al sacarlo-. Nunca mataré de nuevo, excepto por alimento. Pero, mira, Kaa.

Cogió a la serpiente enemiga por detrás de la capucha, le abrió por fuerza la boca con la hoja del cuchillo, y mostró los temibles colmillos venenosos de la mandíbula superior, ya negros y consumidos en la encía. La cobra blanca había sobrevivido a su veneno como les ocurre a las serpientes.

-Thuu (está seco) [Literalmente: tocón podrido] -dijo Mowgli. Y haciendo señas a Kaa para que se alejara, recogió el ankus y dejó a la cobra blanca en libertad.

-El tesoro del rey necesita un nuevo guardián -afirmó gravemente-. Thuu, has hecho mal. ¡Corre de un lado a otro, y juguemos, Thuu!

-¡Qué vergüenza! ¡Mátame! -silbó la cobra blanca.

-Ya se habló demasiado de matar. Ahora, nos vamos. Me llevo esta cosa de punta de espina, Thuu, porque por ella he peleado y te he vencido.

-Cuida, entonces, de que al cabo esa cosa no te mate a ti. ¡Es la muerte! ¡Acuérdate, es la muerte! Hay en ella bastante para matar a todos los hombres de mi ciudad. No la tendrás en tu poder durante mucho tiempo, hombre de la selva, ni tampoco el que la tome de ti. ¡Por ella los hombres se matarán y matarán los unos a los otros! Mi fuerza se ha desvanecido, pero el ankus proseguirá mi tarea. ¡Es la muerte! ¡La muerte! ¡La muerte!.

Se arrastró Mowghi de nuevo por el agujero hasta el pasadizo, y lo último que vio fue cómo la cobra blanca golpeaba furiosamente con sus inofensivos colmillos las estólidas caras doradas de los dioses que yacían en tierra, silbando al mismo tiempo: "iEs la muerte!".

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