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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Movió
su desgreñada cabeza y repitió las palabras de su padre:
-Puede
el Gobierno pagar por los elefantes; pero pertenecen a
nosotros, los mahouts.
Cuando
seas viejo, Kala Nag, vendrá un rajah rico y te comprará
al gobierno, por tu
tamaño
y por lo bien educado que estás, y entonces ya no tendrás
que hacer nada, como
no
sea llevar anillos de oro en las orejas, un pabellón de oro
sobre la espalda y una tela
roja
a los lados, también cubierta de oro, y abrirás así la
marcha en las procesiones del
rey.
Entonces me sentaré en tu cuello, Kala Nag, llevando un
ankus de plata, y algunos
hombres
portando bastones dorados correrán delante de nosotros y
gritarán: "¡Paso al
elefante
del rey!" Bueno será eso, Kala Nag, pero no tan bueno
como nuestras cacerías
por
las selvas.
-¡Psch!
-dijo Toomai el mayor-. Eres un chiquillo y tan salvaje como
un búfalo joven.
Ese
correr por entre las montañas no es el mejor servicio que
prestamos al gobierno. Yo
me
vuelvo viejo, y no me gustan los elefantes salvajes. Que me
den establos de ladrillo,
con
un compartimiento para cada elefante; gruesas estacas para
amarrarlos fuertemente;
y
caminos llanos y anchos para hacerlos maniobrar, en vez de
ese ir y venir, acampando
hoy
aquí y mañana en otro lado. ¡Ah!, ¡Vaya que eran buenos
los cuarteles de
Cawnpore!
Había cerca de ellos un bazar, y sólo trabajábamos tres
horas cada día.
Toomai
el chico se acordó de los locales para elefantes de
Cawnpore, y no dijo nada.
Prefería
con mucho la vida del campamento, y odiaba aquellos caminos
llanos, anchos;
la
diaria obligación de ir a forrajear en los lugares
destinados para ellos; las largas horas
en
que no había nada que hacer, excepto mirar a Kaha Nag moviéndose
impaciente,
atado
a sus estacas,
Lo
que le gustaba a Toornai el chico era subir por veredas difíciles
que sólo un elefante
podía
seguir; hundirse en el valle, allá abajo; entrever a lo
lejos a los elefantes salvajes,
paciendo
a pocas leguas de distancia; la huida del jabalí asustado o
del pavo real, casi a
los
pies de Kala Nag; las lluvias calientes y cegadoras, cuando
humean montes y valles;
las
hermosas mañanas llenas de niebla en que nadie sabía aún
dónde se acamparía
aquella
noche; la constante y cautelosa persecución de los
elefantes salvajes, y la loca
carrera
y el ruido y las llamaradas de la última noche de caza,
cuando los elefantes son
empujados
hacia la empalizada corno peñas desprendidas en algún
hundimiento de
terreno,
y, viendo que no podían salir de allí, se arrojaban contra
los pesados troncos, y
no
se apartaban de ellos sino a fuerza de gritos, de blandir
llameantes antorchas y de
disparar
cartuchos de salva.
Hasta
un chiquillo podía ser útil allí, y Toomai lo era como
tres. Empuñaba su antorcha
y
la agitaba y gritaba como el que más. Pero lo mejor de todo
era cuando empezaban a
sacarse
fuera los elefantes, y la keddah (esto es, la empalizada),
parecía un cuadro del
fin
del mundo, y los hombres tenían que entenderse por signos
porque no podían
escucharse
ni a sí mismos. Entonces Toomai el chico trepaba hasta el
extremo de uno de
los
vacilantes troncos de la empalizada, con el pelo castaño
sobre los hombros, aquel
pelo
requemado, desteñido por el sol hasta hacerlo blanquear, y
el rapaz parecía un
duende
iluminado por las llamas de las teas; cuando se calmaba algo
de tumulto, se oían
entonces
las chillonas voces con que animaba a Kala Nag, dominando
bramidos,
crujidos,
chasquear de cuerdas y gruñir de los atados elefantes.
-¡Maîl,
Maîl, Kala Nag! (¡Sigue, sigue, Serpiente Negra!) ¡Dant
do! (¡Dale con el
colmillo!)
¡Somalo! ¡Somalo! (¡Cuidado! ¡Cuidado!) ¡Maro! ¡Maro!
(iDuro! ¡Duro con
él!)
¡Cuidado con el poste! ¡Arre! ¡Arre! ¡Hai! ¡Yai! ¡Kya-a-ah!
-gritaba el muchacho, y
la
gran lucha entre Kala Nag y el elefante salvaje era
sostenida ya en un lado, ya en otro,
dentro
de la empalizada; los cazadores de elefantes se enjugaban el
sudor que les
escurría
por el rostro, y no se olvidaban de dirigir un saludo de
aprobación a Toomai el
chico,
el cual bailaba de alegría en el extremo de los troncos.
Pero
hizo algo más que bailar. Una noche se dejó resbalar del
tronco en que estaba y se
mezcló
entre los elefantes, y arrojó el cabo de una cuerda, que
estaba allí en el suelo, a
uno
de los cazadores que trataban de lanzarla a la pata de uno
de los elefantes más
jóvenes,
en tanto que éste coceaba (los pequeños siempre dan más
trabajo que los ya
crecidos).
Kala Nag lo vio, lo cogió con la trompa y se lo pasó a
Toomai el mayor; éste
le
dio unos pescozones y lo colocó de nuevo sobre el tronco.
A
la mañana siguiente lo regañó diciéndole:
-¿Acaso
no es suficiente para ti tener buenos establos de ladrillo
para los elefantes y
acarrear
tiendas de un lado al otro, ya que ahora necesitas ponerte a
coger elefantes por
tu
propia cuenta, como un perdido? Sabe esto: los cazadores,
esos locos, que ganan
menos
salario que yo, le hablaron ya del asunto a Petersen Sahib.
Toomai
el chico sintió miedo. Conocía poco acerca de los hombres
blancos, pero
Petersen
Sahib era el más grande hombre blanco del mundo para él.
Era el jefe de las
operaciones
de la keddah: el hombre que cogía todos los elefantes para
el Gobierno de
la
India, y el que conocía mejor que nadie sus costumbres.
-¿Qué...
qué sucederá? -dijo Toomai el chico.
-¿Qué
sucederá? Sucederá lo peor. Petersen Sahib es un loco. Si
no lo fuera, ¿crees tú
que
iría a caza de esos diablos? Inclusive puede pedirte que
seas un cazador de
elefantes,
y que te haga dormir en cualquier parte de esas selvas
llenas de fiebres, para
que
finalmente te pateen hasta matarte en la keddah. Bueno es
que todas esas bromas
terminen
ahora, sin accidentes. La semana próxima se acaba la cacería,
y nosotros, la
gente
del llano, seremos enviados de nuevo a nuestros puestos.
Entonces podremos
andar
por buenos caminos y olvidarnos de todas estas cacerías.
Pero, hijo mío, me duele
que
te mezcles en un asunto que pertenece a esas sucias personas
de la selva que se
llaman asameses. Kala Nag sólo me obedece a mí, y por tanto debo
ir con él a la
keddah;
pero él no es más que un elefante de combate, y no ayuda a
atar a los demás.
Por
eso permanezco yo sentado con toda comodidad, como conviene
a un mahout (no a
un
mero cazador); a un mahout, digo, a un hombre que podrá
disfrutar de una pensión
cuando
termine el servicio. ¿Acaso la familia de Toomai el de los
elefantes merece que
la
pisoteen en el polvo de una keddah? ¡Mal hijo! ¡Pillo! ¡Perdido!
Ve y lava a Kala
Nag,
límpiale las orejas, y ve que no tenga espinas en las
patas; de lo contrario, Petersen
Sahib
te cogerá y hará de ti un cazador medio salvaje... un
ojeador de elefantes, de los
que
siguen sus huellas, un oso de la selva. ¡Oh! ¡Qué vergüenza!
¡Vete!
Toomai
el chico se alejó sin decir palabra, pero le contó a Kala
Nag todas sus penas
mientras
le examinaba las patas.
-No
importa -dijo el muchacho, levantándole la punta de la
pesada oreja derecha-. Le
dijeron
mi nombre a Petersen Sahib, y quizás...... quizás.., quizás...
¿quién sabe? ¡Ah!
¡Mira
qué espina tan grande te arranco!
Los
siguientes días se emplearon en reunir a los elefantes; en
obligar a caminar a los
salvajes,
que acababan de ser capturados, entre otros dos ya
domesticados, para que
luego
no dieran tanto trabajo al emprender la marcha descendente
hacia los llanos; y por
último
en recoger mantas, cuerdas y otras cosas que habían quedado
estropeadas o se
habían
perdido en el bosque.
Petersen
Sahib llegó en una diestra elefante hembra llamada Pudmini.
Ya había visitado
otros
de los campamentos ubicados entre los montes, porque la
estación terminaba, y
debía
verificar los pagos; bajo un árbol, sentado a una mesa,
estaba un empleado suyo,
indígena,
que les entregaba a los cazadores, uno a uno, su salario.
Una vez que había
cobrado,
volvíase cada hombre al lado de su elefante y se unía a la
fila que estaba
próxima
a partir. Los ojeadores, cazadores y domadores, los hombres
empleados
siempre
en la keddah, que pasan un año de cada dos en la selva,
iban sentados sobre los lefantes
que formaban parte de las fuerzas permanentes de Petersen
Sahib, o bien se
recostaban
contra los árboles teniendo el fusil al brazo, haciendo
burla de los cornacas
que
se iban y riéndose cuando los elefantes recién cazados
rompían filas y echaban a
correr.
Toornai
el mayor se acercó al empleado de las cuentas llevando tras
él a Toomai el
chico,
y Machua Appa, el jefe de los ojeadores, le dijo en voz baja
a uno de sus amigos:
-¡Ahí
va uno que mucho sirve para cazar elefantes! ¡Es una lástima
que a ese gallito de
la
selva lo manden a mudar de pluma a los llanos!
Ahora
bien, Petersen Sahib tenía excelente oído, como un hombre
avezado a escuchar al
más
silencioso de todos los seres: el elefante salvaje. Dióse
media vuelta sobre el lomo
de Pudmini, donde estaba echado, y preguntó:
-¿Qué
dices? No sabía que entre los cornacas del llano hubiera
siquiera uno lo
suficientemente
listo como para atar a un elefante muerto.
-No
mencionamos a un hombre, sino a un niño. Se metió en la
keddah durante la última
cacería
y le arrojó la cuerda a Barmao cuando queríamos separar de
la madre a aquel
joven
elefante que tiene una pústula en el hombro.
Machua
Appa señaló a Toomai el chico, Petersen Sahib lo miró, y
el muchacho se
inclinó
hasta tocar el suelo.
-¿Él
arrojó una cuerda? Es más pequeño que una estaca.
Chiquillo, ¿cómo te llamas? -dijo
Petersen
Sahib.
Toomai
el chico estaba demasiado asustado para hablar, pero Kala
Nag estaba detrás de
él,
por lo que Toomai le hizo una seña; el elefante lo cogió
con la trompa y lo levantó a
la
altura de la cabeza de Pudmini, precisamente enfrente del
gran Petersen Sahib.
Toomai
el chico se cubrió la cara con las manos, porque al fin era
sólo un chiquillo, y,
excepto
para todo lo concerniente a elefantes, era tan tímido como
cualquier otro
muchacho.
-¡Oh!
-dijo Petersen Sahib, sonriendo bajo el mostacho-. ¿Y por
qué le has enseñado a
tu
elefante ese truco? ¿Para que te ayude a robar el trigo
verde que ponen a secar en el
techo
de las casas?
-Trigo
verde, no, protector de los pobres. . pero melones, sí
-respondió el muchacho, y
todos
los hombres prorrumpieron en ruidosa carcajada. La mayor
parte de ellos había
enseñado
a sus elefantes a hacer lo mismo. Toomai el chico estaba
colgado en el aire a
unos
dos metros y medio; pero hubiera querido estar en aquel
momento a igual
profundidad
bajo tierra.
-Es
Toomai, mi hijo, Sahib -dijo Toomai el mayor, frunciendo el
entrecejo-. Es un
chiquillo
muy malo y acabará en presidio, Sahib.
-Lo
que es eso, lo dudo -respondió Petersen Sahib-. El muchacho
que a esa edad se
atreve
a meterse en una keddah en pleno, no para en ningún
presidio. Mira, chiquillo,
allí
tienes cuatro annas para que compres dulces, porque ya veo
que bajo ese montón de
greñas,
hay una verdadera cabeza. Con el tiempo, tú también puedes
llegar a cazador.
Toomai
el mayor frunció las cejas más que nunca.
-Pero
acuérdate de que las keddahs no son para que los niños
jueguen allí -continuó
Petersen
Sahib.
-¿No
me permitirán ir a ellas, Sahib? -preguntó Toomai el
chico, suspirando
profundamente.
-Sí
-respondió Petersen Sahib sonriendo de nuevo-. Cuando hayas
visto el baile de los
elefantes.
Entonces será el momento oportuno. Ven a verme cuando hayas
visto bailar a
los
elefantes, y te dejaré entrar en todas las keddahs.
Hubo
entonces otra explosión de carcajadas, porque esto es un
viejo chiste entre los
cazadores
de elefantes, y ello equivale a decir nunca. Existen grandes
y llanos claros escondidos
en los bosques a los cuales dan el nombre de salones de
baile de los
elefantes;
pero incluso el hallarlos es pura casualidad, y no hay
hombre que haya visto
nunca
bailar allí a los elefantes. Cuando un cornaca alaba mucho
su habilidad y valor, le
dicen
los otros:
-¿Cuándo
viste bailar a los elefantes?
Kala
Nag puso a Toomai el chico en el suelo y éste de nuevo
saludó profundamente y se
marchó
con su padre, y le regaló a su madre la moneda de cuatro
annas; ella estaba
criando
a un hermanito del muchacho; subieron todos sobre el lomo de
Kala Nag, y la
fila
de elefantes, gruñendo y profiriendo agudos gritos, bajó
hacia la llanura por un atajo
de
la montaña. La marcha fue muy animada, porque los elefantes
nuevos suscitaban
grandes
dificultades a cada vado, y necesitaban que los acariciaran
o les pegaran
continuamente.
Toomai
el mayor aguijoneaba a Kala Nag con aire de despecho, pues
estaba de muy mal
humor;
pero Toomai el chico estaba demasiado feliz para hablar.
Petersen Sahib se
había
fijado en él, y le había dado dinero, por tanto se sentía
como un soldado raso a
quien
hubieran hecho salir de filas para recibir elogios del
general en jefe.
-¿Qué
quería decir Petersen Sahib con aquello del baile de los
elefantes? -dijo por
último
en voz baja dirigiéndose a su madre.
Lo
oyó Toomai el mayor y refunfuñó:
-Que
no has de ser nunca uno de esos búfalos montañeses que se
llaman ojeadores. Eso
es
lo que quiso decir. ¡Eh, los de adelante! ¿Qué es lo que
nos cierra el paso?
Un
cornaca asamés se volvió en redondo de mal humor; iba a la
distancia de dos o tres
elefantes
delante de él, y gritó:
-Trae
a Kala Nag y haz que este elefante mío obedezca. No sé por
qué Petersen Sahib
me
escogió a mí para acompañaros a vosotros, burros de los
arrozales. Pon tu animal de
lado,
Toomai y déjalo que empuje con los colmillos. ¡Por los
dioses de las montañas!
¡Esos
elefantes tienen los diablos en el cuerpo u olfatean a sus
compañeros en la selva!
Kala
Nag le pegó en las costillas al elefante nuevo hasta
sacarle el aire, mientras
Toomai
el mayor decía:
-Limpiamos
de elefantes salvajes todas las montañas en la última
cacería. Pero ustedes
conducen
muy mal. ¡Tendré que mantener yo el orden en toda la fila!
-¡Escuchen
lo que dice! -respondió el otro cornaca-. ¡Limpiamos las
montañas!... Son
ustedes
muy sabios, hombres del llano. Cualquiera que no sea una de
esas cabezas
huecas
que no ha visto nunca la selva, sabe que ellos ya saben que
ha terminado la
temporada
actual. Por tanto, todos los elefantes salvajes, esta
noche... Pero, ¿por qué
desperdicio
mi sabiduría con una tortuga de río?
-¿Qué
harán los elefantes esta noche? -gritó Toomai el chico.
-¡Hola,
muchacho! ¿Estás allí? Bueno; a ti te lo diré, pues
tienes bien asentada la
cabeza.
Bailarán esta noche, y más valiera que tu padre, que limpió
de elefantes todas
las
montañas, doblara el número de cadenas que se atan a las
estacas.
-¿De
qué están allí charlando? -dijo Toomai el grande-.
Durante cuarenta años mi padre
y
yo hemos cuidado elefantes, y nunca hemos oído que sea
verdad que bailen.
-Sí;
pero un hombre del llano, que vive en una barraca, sólo
conoce las cuatro paredes
de
su barraca. ¡Bueno! Deja libres a tus elefantes esta noche,
y verás lo que sucede. En
cuanto
al baile, yo he visto el lugar donde... ¡Bapree-Bap! ¿Cuántos
recodos más tiene
este
río Dihang? Aquí hay otro vado, y tendremos que hacer
nadar a los pequeños.
¡Párense,
los que vienen detrás!
Y
de esta manera, charlando, disputando y chapoteando en el río,
se llevó a cabo la
primera
marcha hasta una especie de campamento para los elefantes
nuevos; pero los
conductores
habían perdido la paciencia cien veces mucho antes de que
llegasen allí.
Luego
se sujetó a los elefantes por las patas traseras con
cadenas fijas a las estacas, y a
los
nuevos se les añadió además un refuerzo de cuerdas; se
les puso delante un montón
de
forraje y los cornacas rnontañeses regresaron para unirse a
Petersen Sahib,
aprovechando
las últimas luces de la tarde, no sin antes decirles a los
cornacas del llano
que
tuvieran más cuidado aquella noche, riéndose cuando éstos
les preguntaron el
motivo.
Toomai
el chico cuidó de la comida de Kala Nag, y cuando empezó a
oscurecer vagó
por
el campamento, indeciblemente feliz y buscando un tantán.
Cuando el corazón de
un
muchacho indio está lleno de felicidad, no corretea sin ton
ni son ni hace ruido de un
modo
irregular. Se sienta solo y goza a solas de su felicidad. ¡Y
a Toomai el chico le
había
hablado nada menos que Petersen Sahib! Si no hubiera podido
hallar lo que
buscaba,
hubiera estallado, como dicen. Pero el vendedor de dulces
del campamento le
prestó
un pequeño tantán, especie de tamboril que se tocaba con
la mano, y se sentó,
cruzadas
las piernas, frente a Kala Nag, mientras en el cielo iban
apareciendo las
estrellas,
y con el tantán en las rodillas estuvo toca que toca, y
cuanto mas pensaba en el
honor
que se le había hecho, más tocaba, solo, completamente
solo, entre el forraje de
los
elefantes. No había ni melodía ni palabras en su música,
pero lo hacía feliz tocar el
tamboril.
Los
elefantes nuevos tiraban de las cuerdas y daban gritos y
bramidos de cuando en
cuando,
y a ratos podía él oír también a su madre, en la barraca
del campamento,
adormeciendo
a su hermanito, cantándole una antigua, muy antigua canción
sobre el
gran
dios Siva, que una vez les había indicado a todos los
animales lo que habían de
comer.
Es una canción de cuna muy tierna; sus primeros versos
dicen:
Siva,
que da al hombre las cosechas
y
hace que soplen los vientos,
sentado
en el umbral de un claro día,
mucho,
mucho tiempo hace,
diole
a cada uno su porción
de
pan, trabajos y duelos,
desde
al Rey que en el guddee se apoya
hasta
al mísero pordiosero.
Todo
hizo Siva, Siva el Protector;
sí,
todo, ¡Mahadeo! ¡Mahadeo!
Espino
al camello, forraje al buey,
y
a ti, niño mío, de tu madre el corazón.
Toomai
el chico acompañó con alegre tamborileo el final de cada
estrofa, hasta que
sintió
sueño y se tendió sobre el forraje, junto a Kala Nag.
Por
último los elefantes empezaron a echarse uno a uno, según
su costumbre, hasta que
sólo
Kala Nag quedó en pie a la derecha de la fila; entonces se
balanceó suavemente con
las
orejas hacia adelante para escuchar los rumores del viento
de la noche mientras
soplaba
blandamente en las montañas. El aire estaba lleno de todos
aquellos ruidos
nocturnos
que, juntos, producen un gran silencio: el chocar de un bambú
contra otro; el
correr
de algún ser viviente entre los matorrales; el arañar y
los chillidos del pájaro
medio
despierto (los pájaros se despiertan de noche mucho más
frecuentemente de lo
que
imaginamos); y el caer del agua lejos, muy lejos. Toomai el
chico durmió durante
algún
tiempo, y cuando despertó, la luna brillaba plenamente, y
Kala Nag aún estaba en
pie
con las orejas hacia adelante. Volvióse Toomai el chico,
acompañado del crujir del
forraje,
y observó la curva del enorme lomo proyectándose contra la
mitad de las
estrellas
del cielo; y mientras esto observaba, oyó, tan lejos que
parecía sólo un puntito
de
ruido atravesando aquel gran silencio, el huut-tuut de un
elefante salvaje.
Todos
los elefantes que formaban las filas saltaron como si les
hubieran disparado un
tiro,
y sus gruñidos terminaron por despertar a los mahouts, los
cuales, saliendo,
empezaron
a martillar con enormes mazos las estacas, apretaron más
las cuerdas e
hicieron
nudos en otras, hasta que todo volvió a la tranquilidad.
Uno de los elefantes
nuevos
había casi arrancado su estaca, y entonces Toomai el mayor
le quitó a Kala Nag
la
cadena que le sujetaba la pata, y con ella ató las patas
posteriores del otro elefante a
las
anteriores; pero a Kala Nag le pasó, en el lugar donde había
estado la cadena, un
lazo
de fibras retorcidas, y le dijo que se acordara de que
quedaba bien atado. Cientos de
veces
habían hecho lo mismo él, su padre y su abuelo. Kala Nag
no respondió a aquello
con
su glu-glu habitual. Siguió de pie, mirando a lo lejos, a
la luz clarísima de la luna,
levantada
un tanto la cabeza y extendidas las orejas como abanicos
abiertos en dirección
de
los grandes repliegues de las montañas de Garo.
-Ve
si aumenta su intranquilidad, más entrada la noche -dijo
Toomai el mayor al chico,
y
luego se dirigió a su choza a dormir. Toomai el chico
estaba también a punto de
dormirse,
cuando oyó que se rompía la cuerda de fibra de coco,
produciendo un leve,
casi
metálico ruido; y Kala Nag se movió avanzando, desde donde
estaban las estacas,
tan
despaciosa y silenciosamente como una nube que se desliza
fuera de la embocadura
del
valle. Toomai el chico corrió detrás de él, descalzo, por
aquel camino al que la luz
de
la luna bañaba y diciéndole muy bajo:
-¡Kala
Nag! ¡Kala Nag! ¡Llévame contigo, Kala Nag!
El
elefante se volvió sin hacer ruido, dio tres pasos hacia el
muchacho a la luz de la
luna,
con la trompa se lo subió al cuello y casi antes de que el
muchacho se hubiera
sentado
bien, se deslizó hacia el bosque.
Hubo
tina ráfaga de furiosos bramidos de las filas de los
elefantes y luego el silencio
cayó
sobre todas las cosas y Kala Nag avanzó hacia adelante.
Algunas veces un montón
de
altas hierbas le acariciaba los costados como la ola
acaricia los de un barco; otras, un
colgante
racimo de pimienta silvestre le rozaba el lomo, o un bambú
se quebraba por el
sitio
donde él lo tocaba con el hombro; pero mientras tanto,
marchaba sin hacer el
menor
ruido, resbalando como el humo al través del cerrado bosque
de Garo. Marchaba
monte
arriba, pero, aunque Toomai el chico veía las estrellas por
entre los árboles, no
sabría
decir en qué dirección.
Entonces
Kala Nag llegó a la cima de la pendiente y se detuvo por un
momento, y el
muchacho
pudo ver las copas de los árboles como manchas, o como
grandes pieles
tendidas
a la luz de la luna, en un espacio de muchísimas leguas de
terreno, y la niebla,
de
color blanco azulado, que flotaba sobre el río, en la
hondonada. Se echó Toomai
hacia
adelante y, casi recostado, miró, sintiendo que todo el
bosque velaba allá lejos,
que
todo él velaba y vivía, y estaba habitado por multitud de
seres. Pasó rozándole una
oreja
uno de esos enormes y pardos murciélagos que se alimentan
de frutos; en la
espesura
se oyó el choque de las púas de un puerco espín; y allá
en la oscuridad, entre
los
troncos de los árboles, oyó a un jabalí hozando en la
tierra húmeda y tibia,
resoplando
al hacerlo.
Luego
se cerraron de nuevo las ramas sobre su cabeza, y Kala Nag
empezó a bajar hacia
el
valle, pero ya no suavemente, como antes, sino de una sola
embestida, como cañón
que
se soltara por un empinado terraplén. Los enormes músculos
se movían con rapidez
de
pistones, abarcando a cada paso una distancia de dos metros
y medio, y su arrugada
piel
de la espaldilla crujía sobre las puntas de los huesos. La
maleza, a cada lado del
animal,
se abría violentamente, haciendo un ruido como de rajado cañamazo,
y luego
los
retoños que apartaba a derecha e izquierda con los hombros
saltaban de nuevo hacia
él
y le pegaban en los costados, en tanto que grandes colgajos
de enredaderas, todas mezcladas,
pendían de sus colmillos al mover él la cabeza a uno y
otro lado, abriéndose
paso.
Toomai
el chico tendióse, bien apretado contra el ancho cuello
para que no lo arrojara al
suelo
alguna de las ramas que se balanceaban, y en su interior se
dijo que ojalá estuviera
mejor
de vuelta en donde se hallaban los otros elefantes.
La
hierba empezó a estar húmeda; las patas de Kala Nag se
hundían al pisar, y la
neblina
de la noche helaba a Toomai el chico.
Se
oyó un chapoteo y luego un ruido de agua corriente, y Kala
Nag entró dando
zancadas
en el lecho de un río, tanteando a cada paso el camino.
Dominando el rumor
del
agua que se arremolinaba entre las patas del elefante, podía
oír Toomai el chico, más
chapoteos
y algunos bramidos a uno y otro extremo del río, grandes
gruñidos y
ronquidos
de cólera; y toda la neblina que flotaba parecía estar
llena de móvibles y
ondulantes
sombras.
-¡Ah!
-dijo a media voz y dando diente con diente-. Todos los
elefantes se han echado
fuera
esta noche. Esto es, pues, el baile.
Kala
Nag salió del río con estrépito; hizo sonar su trompa
para limpiarla del agua, y
empezó
una nueva ascensión. Pero esta vez no estaba solo ni tenía
que abrirse camino.
Ya
había uno hecho, por el que debieron pasar, pocos minutos
antes, innumerables
elefantes.
Toomai el chico miró hacia atrás, y a su espalda, uno
salvaje de enormes
colmillos,
con ojillos de cerdo brillándole como ascuas, salía en ese
momento entre la
neblina
del río. Luego se cerró de nuevo el ramaje de los árboles,
y siguieron adelante
subiendo,
entre bramidos frecuentes y el estallido de ramas que se
rompían a su paso.
Kala
Nag paróse al fin entre dos troncos de árboles en la misma
cumbre de la montaña.
Formaban
aquéllos parte de un círculo de árboles que crecían
alrededor de un espacio
irregular
de unas ciento cincuenta áreas, y en todo ese espacio pudo
ver Toomai el chico
que
la tierra había sido apisonada hasta que estuvo dura como
un ladrillo. Algunos
árboles
crecían en el centro de aquel claro, pero su corteza había
desaparecido por algún
roce,
y la madera blanca al descubierto aparecía brillante y como
pulimentada a trechos
por
la luz de la luna. Colgaban, de las ramas más altas,
enredaderas cuyas flores, como
campanillas,
grandes, blancas como de cera, y parecidas a clemátides,
colgaban
también,
profundamente dormidas; pero dentro de los límites de aquel
claro no crecía ni
un
solo tallo de hierba; sólo había la tierra apisonada.
La
luna daba a ésta un color gris de hierro, excepto donde
algunos elefantes
permanecían
de pie, y su sombra era negra como tinta, Toomai el chico
miró,
conteniendo
el aliento, con ojos que querían salírsele de las órbitas,
y mientras miraba,
más
y más elefantes salían balanceándose de entre los árboles
y entraban en el espacio
abierto.
Toomai el chico no sabía contar sino hasta el número diez,
y contó una y otra
vez
con sus dedos, hasta que perdió la cuenta de tantos dieces
y la cabeza parecía darle
vueltas.
Fuera
del claro oía el chasquido de la maleza al romperse cuando
pasaban los elefantes,
subiendo
por la montaña; pero, una vez que entraban en el círculo
formado por los
troncos
de los árboles, se movían como si sólo fueran sombras.
Había
allí muchos salvajes de blancos colmillos, con hojas,
frutos y ramitas que se les
habían
quedado en las arrugas del pescuezo o en los pliegues de las
orejas; gruesas
hembras
de pesado andar, con inquietos pequeñuelos de un color
negro un poco rosado,
que
no median más que un metro aproximadamente de altura que
correteaban por
debajo
del vientre de sus madres; jóvenes elefantes cuyos
colmillos apenas les
empezaban
a salir, y que se sentían muy orgullosos de tenerlos;
hembras flacas,
demacradas,
que habían quedado solteronas, de caras ansiosas y
hundidas, y trompas
que
semejaban ásperas cortezas; elefantes luchadores, viejos y
salvajes, llenos de cicatrices
desde la paletilla hasta el costado, con grandes verdugones
y heridas mal
cerradas
de las pasadas luchas, y el barro de sus solitarios baños
colgando, endurecido,
de
cada lado de los hombros; y por último había uno con un
colmillo roto y las señales,
el
terrible vaciado, que deja la garra del tigre en la piel.
Estaban
todos de pie frente a frente, o caminaban de un lado a otro
en aquel pedazo de
terreno,
de dos en dos, o se mecían solitasios. . . docenas y más
docenas de elefantes.
Toomai
sabía que, mientras permaneciera acostado y quieto sobre el
cuello de Kala
Nag,
nada le ocurriría; porque, hasta en las embestidas y luchas
de una keddah, ningún
elefante
salvaje coge con la trompa a un hombre para desmontarlo del
cuello del
elefante
domesticado; por lo demás, aquéllos ni siquiera se
acordaban de los hombres en
tal
noche. Por un momento se mantuvieron quietos y alerta con
las orejas hacia adelante,
al
oír sonar unos hierros en el bosque; pero se trataba de
Pudmini, el elefante mimado
de
Petersen Sahib, que había arrancado por completo su cadena
y llegaba gruñendo,
resoplando,
montaña arriba. Debió haber roto sus estacas y dirigídose
derechamente
hacia
aquel sitio, desde el campamento de Petersen Sahib. Toomai
el chico vio también
otro
elefante que no conocía, con profundas desolladuras en los
lomos y en el pecho
producidas
por cuerdas. Probablemente se había escapado de algún
campamento situado
en
las montañas.
Por
fin ya no se oyeron en el bosque más ruidos de elefantes, y
Kala Nag avanzó, desde
su
lugar entre los árboles, hasta el centro del grupo,
produciendo una especie de raro
cloqueo
acompañado de guturales susurros, y después de esto todos
los elefantes
empezaron
a moverse y a hablar en su lenguaje.
Echado
como estaba, Toomai el chico vio centenares de anchos
dorsos, orejas que se
balanceaban,
trompas que se movían y ojillos que rodaban en sus cuencas.
Oyó el
golpear
de colmillos al chocar casualmente unos contra otros; el
seco rozar de las
trompas
enlazadas; el de los enormes costados y espaldillas en medio
de aquella
muchedumbre
y el chasquido o zumbido de las enormes colas. Luego, pasó
una nube
por
delante de la luna, y se quedó él en la más completa
oscuridad; pero siguió del
mismo
modo el silencioso rozar, empujar y producir sordos ruidos
guturales. Sabía el
muchacho
que había elefantes en torno de Kala Nag y que no había la
menor
probabilidad
de sacarlo de aquella reunión; por tanto, apretó los
dientes y se echó a
temblar.
Por lo menos en una keddah había luz de antorchas y gritería;
pero aquí estaba
completamente
solo y a oscuras, y hubo un momento en que sintió, junto a
su rodilla, el
roce
de una trompa.
Después
bramó un elefante y todos lo imitaron durante cinco o diez
terribles segundos.
El
rocío cayó desde los árboles como lluvia sobre las
invisibles espaldas, y empezó a
escucharse
un ruido sordo, muy bajo al principio, y Toomai el chico no
adivinaba de
dónde
provenía o qué significaba; pero fue creciendo y
creciendo, y Kala Nag levantó
una
pata delantera y luego la otra y las dejó caer en el suelo
-¡una, dos! ¡una, dos!-, con
tal
fuerza, como si fuesen grandes martillos de herrería. Ahora
los elefantes pateaban
todos
a la vez, y aquello resonaba como tambor de guerra que
alguien tocara a la boca
de
una caverna. El rocío cayó de los árboles hasta que ya no
hubo más; el estruendo
continuaba,
la tierra retemblaba y Toomai el chico se tapó los oídos
con las manos para
amortiguar
el ruido. Pero era tan gigantesco, desapacible y repetido
aquel golpear de
centenares
de pesadas patas sobre la tierra desnuda, que le pareció
que su cuerpo
vibraba
todo entero. Una o dos veces sintió cómo Kala Nag y los
otros se adelantaban
algunos
pasos, y el pisar ruidoso se convertía en rumor de cosas
verdes, tiernas y
jugosas,
que eran aplastadas; pero, un minuto o dos después,
empezaba de nuevo aquel
violento
moverse de las patas sobre la dura tierra. A poca distancia
de él crujía y parecía
quejarse
un árbol. Alargó el brazo y tocó la corteza; pero siguió
adelante Kala Nag, pateando
aún, y no pudo darse cuenta del lugar donde se encontraba.
Los elefantes no
producían
ninguno dc sus acostumbrados sonidos, excepto una vez,
cuando dos o tres de
los
más jóvenes chillaron al mismo tiempo. Luego escuchó un
pesado golpe; después un
rumor
de confusión y desorden y siguió aquel patear. Debió
durar dos horas bien
cumplidas,
y a Toomai el chico le dolía cada fibra del cuerpo; pero
ahora, por el olor
característico
del aire de la noche, adivinaba que la mañana se
aproximaba.
Despuntó
el alba tendiendo un manto de amarillo claro por detrás de
las montañas, y, al
primer
rayo de luz, se detuvo el estruendo como a una orden de
mando. Antes de que a
Toomai
el chico hubieran cesado de zumbarle los oídos; antes aún
de que hubiera tenido
tiempo
de cambiar de posición, no quedó ningún elefante a la
vista, excepto Kala Nag,
Pudmini
y el de las desolladuras producidas por las cuerdas; y no
había ni el más leve
signo,
ni roce ni murmullo en las vertientes de los montes que
indicara a dónde habían
ido
los demás elefantes.
Toomai
el chico miró fijamente una y otra vez. El claro aquel, según
recordaba, había
aumentado
durante la noche. Había más árboles en el centro, pero la
maleza y la hierba
de
los lados había retrocedido. Miró de nuevo el muchacho
atentamente. Ahora
comprendía
el apisonar. Los elefantes habían agrandado el sitio pateándolo
todo: la
hierba
espesa y los jugosos juncos de Indias habían sido
convertidos, primero, en una
masa
inmunda; después, la masa en tiras; las tiras en fibras
delgadísimas y las fibras,
por
último, en dura tierra.
-¡Ah!
-dijo Toomai el chico, y sentía que sus ojos se cerraban-.
Kala Nag, señor mío,
juntémonos
con Pudmini y vamos al campamento de Petersen Sahib, o de lo
contrario,
me
caeré de tu cuello al suelo.
El
tercer elefante miró marcharse juntos a los otros dos;
resopló, dio media vuelta, y
tomó
su propio camino. Debía de pertenecer a alguno de los
reyezuelos indígenas que
estaría
a diez, veinte o treinta leguas de distancia.
Dos
horas más tarde, mientras Peterscn Sahib desayunaba, los
elefantes, que habían sido
atados
con doble cadena aquella noche, empezaron a dar bramidos, y
Pudmini, llena de
barro
hasta los hombros, junto con Kala Nag, que tenía las patas
muy doloridas,
entraron
bamboleándose en el campamento.
La
cara de Toomai el chico estaba pálida y hundida, y tenía
el muchacho el pelo lleno
de
hojas y empapado de rocío; pero hizo un esfuerzo y saludó
a Petersen Sahib, gritando
con
voz apagada:
-¡El
baile!... ¡El baile de los elefantes!... ¡Lo he visto...
y... me estoy muriendo!... Y al
echarse
Kala Nag, él resbaló del cuello, presa de mortal desmayo.
Pero,
como los niños indígenas no tienen nervios de los que
valga la pena hablar, al
cabo
de dos horas ya estaba acostado muy contento en la hamaca de
Petersen Sahib, con
el
capote de caza de éste bajo la cabeza, y en el estómago un
vaso de leche caliente, un
poco
de brandy, una pequeña dosis de quinina; y mientras los
viejos cazadores de las
selvas,
velludos y cubiertos de cicatrices, estaban sentados de tres
en fondo delante de
él,
mirándolo como si vieran a un fantasma, contó el muchacho
lo que tenía que contar,
en
breves palabras, como hacen los niños, y terminó así:
-Ahora,
si creen que dije mentiras, manden hombres para que lo vean,
y verán que el
pueblo
de los elefantes apisoné un espacio mucho mayor que el de
un salón de baile, y
hallarán
también diez... diez... y muchas veces diez, pistas que
llevan a ese salón.
Ensancharon
el sitio con las patas. Yo lo vi. Kala Nag me llevó, y yo
lo vi. Kala Nag
también
tiene muy cansadas las piernas.
Toomai
el chico se tendió y durmió durante toda la tarde hasta el
anochecer, y mientras
dormía
Petersen Sahib y Machua Appa siguieron la pista de los dos
elefantes, al través de
los montes, durante cuatro leguas. Dieciocho años había
pasado Petersen Sahib
cazando
elefantes, y sólo un salón de baile como aquél había
visto con anterioridad.
Machua
Appa no tuvo que mirar dos veces para darse cuenta de lo que
habían hecho
allí,
y sólo necesitó arañar una vez con el dedo del pie en la
tierra compacta, apretada.
-Dijo
verdad el muchacho -observó-. Todo esto lo hicieron anoche;
y conté setenta
pistas
diferentes que cruzaban el río. Mirad, Sahib, aquí los
hierros de Pudmini cortaron
la
corteza de este árbol. Sí; también estuvo en la reunión.
Se
miraron el uno al otro, asombrados, de arriba abajo, porque
las cosas de los elefantes
exceden
en profundidad a todo lo que pueda imaginar un hombre,
blanco o negro.
-Hace
cuarenta y cinco años dijo Machua Appa-, que sigo a los señores
elefantes: pero
nunca
oí que ningún ser nacido de hombre hubiera visto lo que
vio este muchacho. ¡Por
todos
los dioses de las montañas! Esto es... ¿cómo podríamos
llamarlo? -y sacudió la
cabeza.
Cuando
regresaron al campamento era ya la hora de la cena. Petersen
Sahib comió solo
en
su tienda; pero dio orden de que a su gente allí acampada,
se les dieran dos corderos
y
algunos pollos, y doble ración de harina, arroz y sal,
porque era necesario que hubiera
algo
de banquete.
Toomai
el mayor había llegado a paso más que regular del otro
campamento, en la
llanura,
en busca de su hijo y de su elefante, y, cuando los encontró,
los contempló a
uno
y al otro de tal manera que parecía que le causaban miedo.
Hubo fiesta junto a las
llameantes
hogueras, ante las filas de atados elefantes, y Toomai el
chico fue el héroe de
ella;
y los grandes cazadores, los ojeadores, cornacas y laceros;
los hombres que
conocían
todos los secretos para domar los más feroces elefantes, se
lo pasaron de uno a
otro,
y señalaron su frente con la sangre del pecho de un
"gallo de la selva" recién
muerto,
indicando con esto que era un habitante de los bosques, un
iniciado, y por tanto,
libre
en toda la extensión que abarcan las selvas.
Y
por último, cuando las llamas empezaban a apagarse y la luz
rojiza de los tizones
hacía
que los elefantes parecieran empapados en sangre, Machua
Appa, jefe de todos los
cornacas
de todas las keddahs; Machua Appa, el alter ego de Petersen
Sahib, que
durante
cuarenta años nunca vio un camino hecho por los hombres;
Machua Appa, cuya
grandeza
era tanta que nadie sabía que tuviera otro nombre que el de
Machua Appa,
saltó
sobre sus pies, y levantó en el aire, por encima de su
cabeza, a Toomai el chico, y
gritó:
-Escuchad,
hermanos. Escuchadme también vosotros, señores míos que
estáis allí en
filas;
¡soy yo, Machua Appa, quien habla! Este pequeño ya no se
llamará en adelante
Toomai
el chico, sino Toomai el de los elefantes, como se llamó su
bisabuelo antes de
él.
Lo que jamás vio hombre alguno lo vio él durante toda una
noche... porque es el
favorito
del pueblo de los elefantes, y también, de los dioses de
todas las selvas, que con
él
están. Llegará a ser un gran ojeador; llegará a ser más
grande que yo, que yo mismo,
Machua
Appa. Sabrá seguir la pista reciente, la medio borrada, y
la mixta, con ojo
seguro.
Ningún daño recibirá en la keddah cuando corra por debajo
de los elefantes
salvajes
para atarlos, y si por casualidad cayera y resbalara ante un
elefante feroz, al
embestir
éste, y sabiendo la fiera quién es él, no se atreverá a
aplastarlo. ¡Aihai!, señores
míos
que estáis allí entre cadenas -y dio media vuelta hacia
las hileras de estacas-, ved
aquí
al pequeño que vio vuestros bailes en escondidos lugares...
¡lo que jamás vio
hombre
alguno! ¡Homenaje a él, señores míos! ¡Salaam karo,
hijos míos! ¡Saludad a
Toomai
el de los elefantes! ¡Gunga pershad, ahaa! ¡Hira Guj,
Birchi Guj, Kuttar Guj,
ahaal
¡Pudmini -tú lo viste en el baile, y tú también, Kala
Nag, perla de los elefantes-,
ahaaa!
Todos a la vez; ¡a Toomai el de los elefantes! ¡Barrao!
Y
al oír el último de estos salvajes gritos, la fila entera
de elefantes alzó las trompas,
encorvándolas
hasta tocarse con ellas las frentes, y prorrumpió en el
gran saludo, el
trompetear
atronador que sólo oye el virrey de la India, el Salaamut
de la keddah.
Pero
todo esto se hacía sólo por Toomai el chico, que vio lo
que iamás vio antes hombre
alguno:
¡el baile de los elefantes, en la noche y solo, en el corazón
de las montañas de
Garo!
SIVA
Y EL SALTAMONTES
(Canción
que le cantaba a su hijo menor la madre de Toomai.)
Siva
que regala al hombre las cosechas
y
hace que el viento sople,
sentado
en el umbral de un claro día
-de
ello hace ya mucho tiempo-repartió
a
cada ser su porción:
pan,
trabajos y duelos,
desde
el Rey que se reclina en el guddee
hasta
el pordiosero que a la puerta de la ciudad se sienta.
Él
hizo todo, Siva, el que protege
él
lo hizo todo, ¡Mahadeo! ¡Mahadeo!
Espinos
para el camello, al buey forraje,
y
el corazón de la madre para él niño que duerme.
Trigo
al rico, mijo al pobre;
al
que va pidiendo de puerta en puerta
le
dio mendrugos, a ese pobre;
reses
al tigre, carroña al milano,
trapos
y huesos a los lobos
que
de noche rondan fieros.
A
todos proveyó, a ninguno
pasó
por alto, rico o pobre;
pero Parbati, su mujer,
quiso
jugarle un juego,
al
verlo en tantas cosas ocupado.
Robóle
al dios un saltamontes;
ocultólo
en su pecho con cuidado.
Esto
hizo ella a Siva, el Grande,
¡Mahadeo! ¡Mahadeo!
Si
hubiera sido un buey...
pero,
hijo mío, sólo era un insecto.
Terminado
que hubo el reparto,
díjole
ella a su dueño:
"Entre
un millón de bocas, ¿no quedará una sin alimento?"
Respondióle
él riendo:
"Ninguna
-y añadió sonriendo-:
ni
siquiera la que ocultas en tu seno."
Del
pecho sacó el insecto Parbati,
la
ladrona, y viólo comer verde hojuela
nacida
en aquel momento.
Vio
ella asombrada el portento,
y
a los pies de Siva cayó temblando,
y
al dios rezó, al dios que, cierto,.
a
cuanto existe dio alimento.
Todo
hizo Siva, el que protege,
todo
hizo... ¡Mahadeo!
espino
dio al camello, forraje al buey,
y
para ti, mi niño, mi corazón
aquí
en el pecho.
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El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

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