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Capítulo IV

IV

LECCIONES LITERARIAS

La fortuna sonrió de pronto a Jo y le puso en el camino un talismán de buena suerte. No precisamente un talismán de oro, pero dudo que medio millón le hubiera causado felicidad más verdadera que aquella pequeña suma que llegó a sus manos de esta manera:

Cada dos o tres semanas se encerraba Jo en su cuarto, se ponía el "traje de escribir" y "caía en trance", como ella decía, escribiendo su novela con alma y vida, pues hasta que no había terminado el ataque no le era posible quedarse en paz. Su "traje de escribir" consistía en un delantal de lana negra en el que podía limpiar la pluma cuantas veces quisiera sin que se notase y una cofia del mismo material, adornada con un alegre moño rojo, en la cual podía esconder todo el pelo cuando estaba dispuesta para la acción. Aquella gorra era como una señal para los ojos inquisidores de la familia, que durante aquellos períodos se mantenía a prudente distancia, limitándose a meter de cuando en cuando la cabeza en el altillo para preguntar con interés: "¿Qué tal, Jo, arde o no el genio?" No siempre se aventuraban siquiera a hacer esa pregunta, sino que observaban la gorra y sacaban de ahí sus conclusiones. Si aquella expresiva prenda estaba bien metida sobre la frente era señal de que el trabajo marchaba; en los momentos de gran excitación adquiría un ángulo audaz, y cuando la desesperación hacía presa de la autora era arrancada completamente y arrojada al suelo. En tales ocasiones el intruso optaba por retirarse en silencio y hasta que el moño no se veía de nuevo alzado alegremente sobre la talentosa frente, nadie se atrevía a dirigirse a Jo.

No vaya a pensarse que la muchacha se creía un genio. De ninguna manera, pero cuando le daba el acceso de escribir debía abandonarse a él por completo, y vivía feliz ese momento, olvidada de toda necesidad y de toda preocupación, en el bueno o en el mal tiempo, viviendo en un mundo imaginario lleno de amigos casi tan reales y queridos para ella como los de carne y hueso. El sueño huía de sus ojos, las comidas permanecían intactas, el día y la noche eran demasiado breves para disfrutar la felicidad que la bendecía únicamente en esas horas y le daban valor, ya que la vida era entonces digna de ser vivida aunque no sacara de ellos ningún otro fruto. El estro divino duraba generalmente una semana o dos, y cuando salía del "trance" reaparecía famélica, muerta de sueño, enojada o desalentada, según el caso.

Se recobraba precisamente de uno de esos ataques cuando alguien la convenció para que acompañara a la señorita de Crocker a una conferencia, y como premio de ese acto virtuoso fue inspirada con una idea nueva.

Como llegaron temprano y miss Crocker se puso a tejero, Jo se divirtió examinando las caras de la gente que ocupaba la misma fila que ellas. A su izquierda había dos matronas, de frentes macizas y sombreros igualmente pesados. Mientras hacían encaje, discutían los Derechos de la Mujer. Más allá había una humilde pareja de enamorados, cándidamente tomados de la mano; luego una sombría solterona comiendo pastillas de menta y un señor viejo tomándose una siesta anticipada. A su derecha, su único vecino era un muchacho de aspecto estudioso, absorto en la lectura de un diario.

Como se trataba de un periódico ilustrado, Jo estudió la "obra de arte" que tenía tan cerca, preguntándose ociosamente qué fortuita concatenación de circunstancias necesitaría la ilustración melodramática de un indio con todo el traje de guerra, desplomándose en un precipicio con un lobo prendido a la garganta, mientras dos furiosos jóvenes se apuñalaban mutuamente cerca de allí y una mujer desgreñada huía por el fondo con la boca abierta. Deteniéndose a dar vuelta la hoja, el chico la vio mirando, y con amabilidad de muchacho, le ofreció la mitad de la página, diciéndole lisa y llanamente:

-¿Quiere leerla? Es una historia de primera.

Jo la aceptó con una sonrisa; porque todavía no se le había pasado su preferencia por los chicos varones y pronto se encontró sumergida en el acostumbrado laberinto de amor, misterio y crimen, pues la historia pertenecía a la categoría de literatura barata en que las pasiones están de fiesta y cuando falla la inventiva del autor una gran catástrofe barre de la escena la mitad de los personajes, dejando la otra mitad para que se regocijen con su caída.

-De primera, ¿verdad? -preguntó el chico cuando vio que Jo llegaba al final.

-Creo que usted o yo podemos hacerlo tan bien como ese autor si nos lo proponemos -replicó Jo, divertida con la admiración que despertaba en el chico aquella tontería.

-Me consideraría muy afortunado si así fuera. Esa señora gana mucha plata escribiendo estas historias, según dicen -e indicó el nombre de la autora bajo el título del cuento.

-¿La conoce? -preguntó Jo, con interés repentino.

-No, pero leo todo lo que escribe y conozco a un tipo que trabaja en la oficina donde se imprime este diario.

-¿Y dice usted que se gana bien la vida con cuentos como éste? -preguntó Jo mirando con más respeto el grupo convulsionado de la figura y la página salpicada de exclamaciones.

-Creo que sí. Sabe ella muy bien lo que le gusta a la gente y le pagan por escribirlo.

En ese momento de la conferencia, y por lo que toca a Jo, poco de ella fue lo que escuchó, pues mientras el profesor Sands se explayaba sobre escarabajos y jeroglíficos, ella subrepticiamente copiaba la dirección del diario, resolviendo audazmente optar al premió de cien dólares que ofrecían por una historia sensacionalista. Para cuando terminó la conferencia, y mientras la concurrencia se despertaba, Jo se había ganado una fortuna y se sumergía en el planeamiento de su historia sin decidirse a si el duelo debía ocurrir antes de la fuga ó después del asesinato.

Nada dijo del proyecto en su casa, pero puso manos a la obra al día siguiente, con mucha inquietud por parte de su madre, que siempre se afligía un poco cuando "el genio se ponía a arder". Jo no había ensayado nunca ese género, contentándose hasta entonces con sencillos romances. Su experiencia dramática y sus lecturas eclécticas le fueron útiles ahora, pues le dieron cierta idea de los efectos dramáticos y la proveyeron de argumentó, lenguaje y trajes. Su cuento estaba tan repleto de desesperaciones y angustias como lo permitía su limitada experiencia de esas emociones tan incomodas y, habiendo ubicado su historia en Lisboa, la redondeó con un terremoto como desenlace apropiado y llamativo. Despachó en secretó el manuscrito, con una notita en que, modestamente, decía que si el relató no ganaba el premió -cosa que el autor no se atrevía a esperar- agradecería cualquier suma que el periódico creyese que él valía.

Seis semanas son largas para esperar y aún más largas para que una muchacha guarde su secretó; Jo hizo sin embargó ambas cosas, y ya empezaba a perder toda esperanza cuando llegó una carta que la dejó sin respiración, pues al abrirla cayó en su falda un cheque de 100 dólares. Por un minuto se quedó mirándolo como si se tratase de una culebra; por fin leyó la carta y se puso a llorar. Si el atento caballero que había escrito aquella amable notita pudiese haber visto qué intensa felicidad daba a un semejante, creó que hubiese dedicado en adelante su tiempo libre, si es que lo tenía, a este entretenimiento, pues Jo valoró la carta más aún que el dinero, pues era alentadora y después de años de esfuerzos fue realmente agradable descubrir que por fin había aprendido a hacer algo, aunque sólo fuese un cuento sensacionalista.

Pocas veces se habrá visto a una muchacha más orgullosa que Jo cuando electrizó a su familia presentandose con la carta en una manó y el cheque en la otra, anunciándoles que había ganado un premió. Hugo gran regocijó, todo el mundo leyó y alabó el cuento. Pero cuando su padre hubo elogiado el lenguaje y dicho que "el romance era fresco y sinceró y la tragedia muy emocionante", añadió:

-Puedes hacer cosas mucho mejores que ésta, Jo. Fija tu objetivo en lo más alto y no te preocupes del dinero.

-Pues a mí me parece que el dinero es la mejor parte de todo este asuntó. ¿Qué vas a hacer con esa fortuna? -preguntó Amy, mirando aquella tirita de papel con aire reverente.

-Mandar a Beth y a mamá a la playa por un mes ó dos -respondió Jo al momento.

-¡Qué espléndido! -dijo Beth palmeando las manos y respirando hondo como si anhelase las frescas brisas del océano; luego se detuvo y rechazó el cheque que su hermana agitaba ante ella, diciendo:

-No, no. No puedo aceptarlo, querida, sería un egoísmo...

-Pues ya lo creó que irás. Lo deseó de corazón y es cosa decidida. He tenido éxito sólo porque me propuse lograr ese objeto. Nunca me salen bien las cosas cuando las hago pensando solamente en mí misma... Además, mamá necesita un cambió de aire, y como nunca te dejaría tienes que ir tú con ella. ¡Qué magnífico va a ser verte regresar gordita y rosada como antes!

Y a la playa fueron, y aunque Beth no volvió tan rosada y gordita como hubiese sido de desear, estaba mucho mejor. De modo que Jo estuvo muy satisfecha del empleo de su premio y se puso a trabajar, decidida a ganar algunos más de esos sabrosos chequecitos. Como fueron varios los que ganó ese año, comenzó a sentirse una pequeña potencia dentro del hogar, ya que por la magia de una pluma su "tontería" se convirtió en comodidades para todos ellos. "La hija del Duque" pagó la cuenta del carnicero, "Una mano fantasma" colocó una alfombra nueva en la sala, "La maldición de los Coventry" resultó una bendición para los March, convertida en ropa y artículos de almacén.

La riqueza es una innegable bendición, pero la pobreza tiene también su lado alegre y uno de los "dulces usos de la adversidad"' es la auténtica satisfacción que deriva del trabajo fuerte, sea de la cabeza o del brazo. Jo disfrutó de gran satisfacción y ya no envidió más a las muchachas ricas, derivando gran alegría de la idea de poder satisfacer sus necesidades sin tener que pedir un centavo a nadie.

Poca atención llamaron sus cuentos, pero tenían su mercado, y alentada por ese hecho decidió correrse la gran aventura de adquirir fama y fortuna escribiendo. Copió su novela por cuarta vez, leyósela a los que gozaban de su confianza, sometiéndola por fin a la aprobación de tres editores, que la aceptaron a condición de que la redujese en un tercio, omitiendo todas las partes que a ella más le gustaban.

-Ahora tengo que optar entre volverla a guardar hasta que se enmohezca en la cocinita de lata, publicarla por mis medios o cortajearla para conformar a los compradores y sacar de ella lo que pueda. La fama es artículo de lujo, pero el dinero al contado es más conveniente.

Este discursito abrió la sesión de un consejo de familia convocado por Jo para saber la opinión de la mayoría sobre asunto tan importante.

-No eches a perder tu libro, hija mía, pues tiene más mérito del que tú le asignas y la idea está muy bien desarrollada. Espera y déjalo que madure. Éste fue el consejo de su padre.

-A mí me parece que Jo se beneficiaría más probando que esperando -fue el pronunciamiento de la mamá-. La crítica es la mejor prueba a que se puede someter este tipo de trabajo, pues le descubrirá al mismo tiempo méritos y defectos tal vez insospechados, ayudándole a mejorar su posible nueva producción. Nosotros somos parciales; en cambio, el elogio o la censura de los extraños le resultará sumamente útil aunque el dinero que gane sea poco.

-Sí -dijo Jo-, ésa es la purísima verdad. Hace tanto tiempo que me estoy ajetreando con mi novela que ya ni sé si es buena, mala o regular. Me será una gran ayuda que las personas serenas e imparciales la lean y me digan lo que piensan.

-Yo no le quitaría una sola palabra, Jo; sólo la echarías a perder si así lo hicieras, pues el interés de la historia está más en la mente de los personajes que en sus acciones y será un embrollo sin las explicaciones que todo aclaran -expresó Meg, que creía firmemente que se trataba de una de las novelas más grandes que se habían escrito.

-Pero es que, precisamente, el señor Allen me dice: "Omita las explicaciones; hágala breve y dramática y deje que los personajes mismos relaten las cosas" -explicó Jo leyendo la nota del editor.

-Es mejor que hagas como te indica, pues él sabe lo que se vende y nosotros, en cambio, no sabemos nada. Has un buen libro popular y saca de él todo el dinero que puedas. Más adelante, cuando te hayas hecho de un nombre, te puedes dar el lujo de hacer digresiones y filosofías y aun de introducir personajes metafísicos en tus novelas -fue la opinión de Amy, quien adoptaba en el asunto un punto de vista estrictamente práctico.

-Bueno -dijo Jo, riendo-, no creo que haya nada metafísico ni filosófico en mi libro porque no sé de esas cosas más que lo que le oigo a veces decir a papá. Si con mi humilde romance se han mezclado algunas de sus ideas sabias tanto mejor. Y ahora, quiero saber qué opina Beth de todo esto. ¿Qué dices, Beth?

-A mí me gustaría verlo impreso en seguida -fue todo lo que dijo Beth, y aunque sonrió al decirlo hubo un énfasis tal vez inconsciente en la última palabra y una mirada pensativa en aquellos ojos que nunca perdieron su candor infantil. El corazón de Jo se encogió por un minuto con un presentimiento de temor, decidiendo en su fuero interno apresurarse con la aventura de editar su libro "en seguida".

Así, pues, con firmeza espartana, la joven autora puso a su primogénito sobre la mesa y lo cortajeó despiadadamente. Con la esperanza de complacer a todo el mundo, siguió el consejo de cada uno y, como el viejo de la fábula con su asno, no dio gusto a nadie.

A su padre le agradaba la vena metafísica que se había colado inconscientemente en el libro, de modo que dejó esa parte aunque le suscitaba muchas dudas. A su madre le parecía que había demasiada descripción, de modo que la suprimió casi toda, privando a la historia de muchos eslabones necesarios. Meg admiraba la parte trágica, y Jo dejó en el manuscrito todo el sufrimiento que pudo para complacer a Meg, mientras que Amy hacía objeciones a los chistes, y con la mejor intención del mundo Jo suprimió las escenas alegres que mitigaban el carácter sombrío del relato. Luego, para hacer la ruina completa, la acortó en un tercio y, alegre y confiada, despachó la pobrecita novela, cual un gorrión desplumado, a probar fortuna en el ancho mundo de la literatura.

Fue impreso, sí, y le dieron por él trescientos dólares, así como muchos elogios y muchas censuras, ambas considerablemente mayores de lo que ella había esperado, de modo que la pobre Jo cayó en una gran perplejidad.

-Me decías, mamá, que la crítica me ayudaría, pero no veo cómo puede hacerlo cuando es tan contradictoria que no sé si he escrito un libro que promete o faltado a los Diez Mandamientos de la literatura -se lamentaba Jo, revisando una pila de crónicas de su libro cuya lectura la llenaba de alegría y orgullo un minuto y de indignación y congoja el siguiente-. Este hombre, por ejemplo, dice: "Un libro exquisito, lleno de verdad, belleza y serio pensamiento; todo en él es dulce, sano y puro" -continuaba la perpleja novelista-. Este otro, en cambio, dice así: "La teoría del libro es mala, llena de fantasías mórbidas, ideas espiritualistas y personajes artificiales". Ahora díganme ustedes qué quiere decir todo eso, cuando yo no expuse teoría alguna, de ninguna clase, no creo en el espiritualismo y copié los personajes de la vida real. No me parece que este crítico pueda tener razón de ninguna manera. Otro dice: "Es la mejor novela aparecida en el país en muchos años" (de esto sé yo mucho más que él y tengo otra opinión), y el que sigue asegura que "aunque es original y escrito con gran fuerza y sentimiento, se trata de un libro peligroso." Algunos críticos se burlan, otros exageran el elogio y casi todos insisten en creer que tengo una profunda teoría para exponer, cuando ustedes saben muy bien que la escribí por el placer que encuentro en ello y por ganar dinero ¡Ojalá lo hubiera editado completo o me hubiera abstenido en absoluto de sacarlo a luz, pues detesto que me juzguen tan equivocadamente!

La familia y los amigos administraban consuelos y elogios con igual liberalidad, pese a lo cual el momento fue difícil para una muchacha sensible y alegre como Jo. Aun así, el trance le hizo bien, pues aquellos cuya opinión tenía verdadero valor le hicieron su crítica, que al fin y al cabo constituye la mejor educación de un autor; y cuando hubo pasado el primer momento de resentimiento, Jo pudo reírse de su pobrecito libro sintiéndose más sabia y más fuerte a causa de los golpes recibidos.

-No siendo un genio como Keats no me voy a morir por tan poca cosa -decía, animosa- y creo que llevo la mejor parte de toda esta confusión, ya que las cosas que he sacado de la vida real se denuncian como imposibles y absurdas, y las escenas que inventé, sacándolas de mi tonto magín, son juzgadas como "encantadoramente naturales, tiernas y verdaderas". Así, pues, por el momento me conformaré con esto, y en cuanto pueda me volveré a lanzar a la palestra.

 

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