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CAPÍTULO
XX Había
algo en el ademán y en la expresión de tía Polly cuando
besó a Tom que dejó los espíritus de éste limpios
de melancolía y le tornó de nuevo feliz y contento. Se fue
hacia la escuela, y tuvo la suerte de encontrarse
a Becky en el camino. Su humor del momento determinaba
siempre sus actos. Sin un instante de
vacilación corrió a ella y le dijo: -Me
he portado suciamente esta mañana, Becky. Nunca, nunca lo
volveré a hacer mientras viva. ¿Vamos a
echar pelillos a la mar? La
niña se detuvo y le miró, desdeñosa, cara a cara. -Le
agradeceré a usted que se quite de mi presencia, señor
Thomas Sawyer. En mi vida volveré a hablarle. Echó
atrás la cabeza y siguió adelante. Tom se quedó tan
estupefacto que no tuvo ni siquiera la presencia de
ánimo para decirle: «¡Y a mí qué me importa!», hasta
que el instante oportuno había ya pasado. Así es que
nada dijo, pero temblaba de rabia. Entró en el patio de la
escuela. Querría que Becky hubiera sido un No
sabía la pobrecilla que pronto ella misma se iba a
encontrar en apuros. El maestro míster Dobbins había
alcanzado la edad madura con una ambición no satisfecha. El
deseo de su vida había sido llegar a hacerse
doctor; pero la pobreza le había condenado a no pasar de
maestro de la escuela del pueblo. Todos los
días sacaba de su pupitre un libro misterioso y se absorbía
en su lectura cuando las tareas de la clase se lo
permitían. Guardaba aquel libro bajo llave. No había un
solo chicuelo en la escuela que no pereciese de ganas
de echarle una ojeada, pero nunca se les presentó ocasión.
Cada chico y cada chica tenía su propia hipótesis
acerca de la naturaleza de aquel libro; pero no había dos
que coincidieran, y no había manera de llegar
a la verdad del caso. Ocurrió que al pasar Becky junto al
pupitre, que estaba inmediato a la puerta, vio
que la llave estaba en la cerradura. Era un instante único.
Echó una rápida mirada en derredor: estaba sola,
y en un momento tenía el libro en las manos. El título, en
la primera página, nada le dijo: «Anatomía, por
el profesor Fulánez»; así es que pasó más hojas y se
encontró con un lindo frontispicio en colores en el que
aparecía una figura humana. En aquel momento una sombra
cubrió la página, y Tom Sawyer entró en la
sala y tuvo un atisbo de la estampa. Becky arrebató el
libro para cerrarlo, y tuvo la mala suerte de rasgar la
página hasta la mitad. Metió el volumen en el pupitre, dio
la vuelta a la llave y rompió a llorar de enojo y vergüenza. -Tom
Sawyer, eres un indecente en venir a espiar lo que una hace
y a averiguar lo que está mirando. -¿Cómo
podía yo saber que estabas viendo eso? -Vergüenza
te debía dar, porque bien sabes que vas a acusarme. ¡Qué
haré, Dios mío, qué haré! ¡Me van a
pegar y nunca me habían pegado en la escuela! Después
dio una patada en el suelo y dijo: -¡Pues
sé todo lo innoble que quieras! Yo sé una cosa que va a
pasar. ¡Te aborrezco! ¡Te odio! -y salió de la
clase, con una nueva explosión de llanto. Tom
se quedó inmóvil, un tanto perplejo por aquella
arremetida. -¡Qué
raras y qué tontas son las chicas! -se dijo-. ¡Que no la
han zurrado nunca en la escuela!... ¡Bah!, ¿qué
es una zurra? Chica había de ser: son todas tan delicaditas
y tan miedosas... Por supuesto, que no voy a
decir nada de esta tonta a Dobbins, porque hay otros medios
de que me las pague que no son tan sucios. ¿Qué
pasará? Dobbins va a preguntar quién le ha roto el libro.
Nadie va a contestar. Entonces hará lo que hace
siempre: preguntar a una por una, y cuando llega a la que lo
ha hecho lo sabe sin que se lo diga. A las chicas
se les conoce en la cara. Después le pegará. Becky se ha
metido en un mal paso y no le veo salida. Tom
reflexionó un rato, y luego añadió: «Pues le está bien.
A ella le gustaría verme a mí en el mismo aprieto:
pues que se aguante.» Tom
fue a reunirse con sus bulliciosos compañeros. Poco después
llegó el maestro, y empezó la clase. Tom
no puso gran atención en el estudio. Cada vez que miraba al
lado de la sala donde estaban las niñas, la cara
de Becky le turbaba. Acordándose de todo lo ocurrido, no
quería compadecerse de ella, y sin embargo, no
podía remediarlo. No podía alegrarse sino con una alegría
falsa. Ocurrió a poco el descubrimiento del estropicio
en la gramática, y los pensamientos de Tom tuvieron harto
en qué ocuparse con sus propias cuitas
durante un rato. Becky volvió en sí de su letargo de
angustia y mostró gran interés en tal acontecimiento.
Esperaba que Tom no podría salir del apuro sólo con negar
que él hubiera vertido la tinta, y
tenía razón. La negativa no hizo más que agravar la
falta. Becky suponía que iba a gozar con ello, y quiso convencerse
de que se alegraba; pero descubrió que no estaba segura de
que así era. Cuando llegó lo peor, sintió
un vivo impulso de levantarse y acusar a Alfredo, pero se
contuvo haciendo un esfuerzo, y dijo para sí:
«Él me va a acusar de haber roto la estampa. Estoy segura.
No diré ni palabra, ni para salvarle la vida.» Tom
recibió la azotaina y se volvió a su asiento sin gran
tribulación, pues pensó que no era difícil que él mismo,
sin darse cuenta, hubiera vertido la tinta al hacer alguna
cabriola. Había negado por pura fórmula y porque
era costumbre, y había persistido en la negativa por cuestión
de principio. Transcurrió
toda una hora. El maestro daba cabezadas en su trono; el monótono
rumor del estudio incitaba
al sueño. Después míster Dobbins se irguió en su
asiento, bostezó, abrió el pupitre y alargó la mano
hacia el libro, pero parecía indeciso entre cogerlo o
dejarlo. La mayor parte de los discípulos levantaron
la mirada lánguidamente; pero dos de entre ellos seguían
los movimientos del maestro con los ojos
fijos, sin pestañear. Míster Dobbins se quedó un rato
palpando el libro, distraído, y por fin lo sacó y se acomodó
en la silla para leer. Tom
lanzó una mirada a Becky. Había visto una vez un conejo
perseguido y acorralado, frente al cañón de
una escopeta, que tenía idéntico aspecto. Instantáneamente
olvidó su querella. ¡Pronto!, ¡había que hacer algo
y que hacerlo en un relámpago! Pero la misma inminencia del
peligro paralizaba su inventiva. ¡Bravo! ¡Tenía
una inspiración! Lanzarse de un salto, coger el libro y
huir por la puerta como un rayo...; pero su resolución
titubeó por un breve instante, y la oportunidad había
pasado: el maestro abrió el libro. ¡Si la perdida
ocasión pudiera volver! Pero ya no había remedio para
Becky, pensó. Un momento después el maestro
se irguió amenazador. Todos los ojos se bajaron ante su
mirada: había algo en ella que hasta al más inocente
sobrecogía. Hubo un momentáneo silencio; el maestro estaba
acumulando su cólera. Después habló: -¿Quién
ha rasgado este libro? Profundo
silencio. Se hubiera oído volar una mosca. La inquietud
continuaba: el maestro examinaba cara por
cara, buscando indicios de culpabilidad. -Benjamín
Rogers, ¿has rasgado tú este libro? Una
negativa. Otra pausa. Joseph
Harper, ¿has sido tú? Otra
negativa. El nerviosismo de Tom se iba haciendo más y más
violenta bajo la lenta tortura de aquel procedimiento.
El maestro recorrió con la mirada las filas de los
muchachos, meditó un momento, y se volvió
hacia las niñas. -¿Amy
Lawrence? Un
sacudimiento de cabeza. -¿Gracia
Miller? La
misma señal. -Susana
Harper, ¿has sido tú? Otra
negativa. La niña inmediata era Becky. La excitación y lo
irremediable del caso hacía temblar a Tom
de la cabeza a los pies. -Rebeca
Thatcher.. (Tom la miró: estaba lúcida de terror), ¿has
sido tú?...; no, mírame a la cara... (La niña
levantó las manos suplicantes.) ¿Has sido tú la que has
rasgado el libro? Una
idea relampagueó en el cerebro de Tom. Se puso en pie y
gritó: -¡He
sido yo! Toda
la clase se le quedó mirando, atónita ante tamaña locura.
Tom permaneció un momento inmóvil, recuperando
el uso de sus dispersas facultades; y cuando se adelantó a
recibir el castigo, la sorpresa, la gratitud,
la adoración que leyó en los ojos de la pobre Becky le
parecieron paga bastante para cien palizas. Tom
se fue aquella noche a la cama madurando planes de venganza
contra Alfredo Temple, pues, avergonzada
y contrita, Becky le había contado todo, sin olvidar su
propia traición; pero la sed de venganza tuvo
que dejar el paso a más gratos pensamientos, y se durmió
al fin con las últimas palabras de Becky sonándole
confusamente en el oído: -Tom,
¿cómo podrás ser tan noble?
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