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Capítulos XVI a XX

CAPÍTULO XVI

LA COMIDA DE GALA

Acercábase la hora de la comida, y, por extraño que parezca, la idea no ocasionó a Tom sino un leve desasosiego, pero sin terror alguno. Lo que le ocurrió por la mañana había fortalecido en extremo su confianza; el pobrecillo estaba ya más acostumbrado a su extraño ambiente, después de cuatro días, que lo habría estado una persona mayor al cabo de todo un mes. Nunca se vio más sorprendente ejemplo de la facilidad de un niño para amoldarse a las circunstancias.

Aprovechemos nuestro privilegio, y corramos a la gran sala del banquete para echarle un vistazo, mientras Tom se encuentra listo para una ocasión tan imponente. Es un aposento espacioso, de columnas y pilastras doradas y paredes y techos con pinturas. En la puerta se yerguen dos fornidos guardias, rígidos como estatuas, vestidos de ricos y pintorescos trajes y armados de alabardas. En una galería alta, que corre en tomo de toda la sala, hay una banda de músicos y compacta concurrencia de uno y otro sexo, brillantemente ataviada. En el centro del salón, sobre la tarima, está la mesa de Tom. Dejemos ahora que hable el viejo cronista:

“Un caballero entra en el aposento con una vara, y tras él otro, que trae un mantel; después de haberse arrodillado ambos tres veces con la mayor veneración, tienden el mantel sobre la mesa, y se retiran ambos tras una nueva genuflexión. Vienen luego otros dos, uno también con vara y otro con un salero, un plato y pan. Guando han hecho sus genuflexiones como los dos anteriores, y colocado dichos objetos sobre la mesa, se retiran con las mismas ceremonias realizadas por los primeros. Por fin, vienen dos nobles ricamente vestidos, uno de ellos con un trinchante, y después de haberse postrado tres veces de la manera más reverente, se acercan y frotan la mesa con pan y sal, dando muestras de tanto respeta como si el rey estuviera presente.”

Así terminan los solemnes preliminares. Luego, a lo lejos se oyeron en los corredores el estruendo de las trompetas, y el confuso grito de “¡Paso al rey, paso a la majestad del rey!” Estas voces se repiten una y otra vez, acercándose más y más, y de pronto, casi en nuestras barbas, suena la nota marcial y la voz de “¡Paso al rey!”, y aparece el brillante cortejo, que cierra filas a la puerta, con acompasada marcha. Dejemos hablar otra vez al cronista:

“Vienen primero barones, condes y caballeros de la Jarretera, todos ricamente vestidos y con la cabeza descubierta. Sigue después el canciller, entre otros dos personajes, uno de los cuales lleva el cetro real y el otro la espada de Estado en su vaina roja, cubierta de flores de lis y oro y con la punta hacia arriba. Luego viene el mismo rey, a quien al aparecer saludan doce trompetas y muchos tambores, con gran estruendo de las salvas, mientras en las galerías se levantan todos de sus asientos: ––¡Dios salve al rey!–– Vienen luego los nobles de su corte, y a su derecha e izquierda marcha su guardia de honor, sus cincuenta caballeros pensionarios, con doradas hachas de combate.”

Todo era hermoso y agradable. Tom sentía que le latía con más fuerza el corazón, y a sus ojos asomaba una luz de alegría. Avanzaba con la mayor gracia, tanto más cuanto que estaba ausente de ella, pues su espíritu estaba deleitado y absorto en el alegre espectáculo y los sones que le rodeaban; y además nadie puede verse feo con ropas ricas y bien portadas, una vez que se ha acostumbrado un poco a ellas, especialmente en el momento en que no se da cuenta de que las lleva. Tom recordó sus instrucciones y respondió a los saludos con una leve inclinación de su cabeza emplumada y un cortés: “Gracias, mi buen pueblo.”

Sentóse a la mesa sin quitarse su gorro, y lo hizo sin el menor embarazo, porque el comer con el gorro puesto era la única costumbre regia en que los reyes y los Canty se hallaban en terreno conocido, ya que ninguno de ellos aventajaba a los otros en esa familiaridad con el gorro. Rompió filas el cortejo, se agrupó pintorescamente y todos permanecieron con las cabezas descubiertas.

Al son de alegre música entraron luego los' alabarderos de palacio, los hombres más altos y más fuertes de Inglaterra, que eran cuidadosamente escogidos al efecto; mas dejaremos que el cronista nos lo siga contando:

“Entraron los alabarderos de palacio, desnuda la cabeza, vestidos de escarlata con rosas de oro en la espalda, y éstos fueron y vinieron trayendo cada vez una serie de manjares, servidos en vajilla de plata. Estos manjares eran recibidos por un caballero, en el mismo orden en que los traían, y colocados sobre la mesa, en tanto que el catador daba a comer a cada guardia un bocado del plato que había traído, por temor al veneno.”

Hizo Tom una buena comida, aunque se daba cuenta de que centenares de ojos seguían cada bocado hasta sus labios y le miraban mientras lo comía, con un interés que no habría sido mas intenso si se hubiera tratado de un mortífero explosivo y hubieran esperado que volara el rey lanzando sus miembros por el recinto. Cuidaba Tom de no apresurarse y también cuidaba de no hacer nada por sí mismo, sino de esperar a que el funcionario competente se arrodillara ante él y lo hiciera. Salió del paso sin un error: ¡impecable y preciado triunfo!

Cuando al fin terminó el yantar y salió Tom en medio de su brillante séquito, con los oídos ensordecidos por el clamor de las trompetas, de los tambores y miles de aclamaciones, se dijo que, si ya había pasado lo peor, que era comer en público, sería una experiencia que sin inconveniente soportaría varias veces cada día, si con ello podía liberarse de algunos de los más terribles requerimientos de su oficio regio.

CAPÍTULO XVII

FU-FU PRIMERO

Corrió Miles Hendon hacia el final del puente por el lado de Southwark, con los ojos muy vivos en busca de las personas que perseguía, con la esperanza de alcanzarlas de un momento a otro; pero en esto se llevó un chasco. A fuerza de preguntar, pudo seguir sus huellas parte del camino al través de Southwark, pero allí cesaba toda traza, y el soldado quedó perplejo en cuanto a lo que debía de hacer. No obstante, continuó lo mejor que pudo sus esfuerzos durante el resto del día. Al caer la noche se encontró rendido de piernas, medio muerto de hambre y con su deseo más lejos que nunca de verse realizado. Así pues, cenó en la posada del Tabardo y se fue a la cama, resuelto a salir muy de mañana y registrar de arriba abajo la ciudad. Cuando estaba acostado pensando y planeando, comenzó de pronto a razonar de la siguiente manera:

––¿Escapará el niño del lado del rufián, su supuesto padre, si le es posible? ¿Volverá a Londres en busca de sus antiguos parajes? No. No lo hará, porque querrá evitar que lo atrapen de nuevo. ¿Pues entonces, que hará? No habiendo tenido amigos ni protectores en el mundo hasta que se encontró a Miles Hendon, tratará, claro, de hallarme otra vez, siempre que estos trabajos no le obliguen a acercarse a Londres y al peligro. Se encaminará a Hendon Hall. Eso es lo que hará, porque sabe que yo me propongo dirigirme a mi casa, y en ella esperará hallarme.

Sí, para Hendon, el caso era clarísimo. No debía perder más tiempo en Southwark, sino moverse en seguida a través de Kent en dirección a Monk's Holm, registrando el bosque e inquiriendo durante su marcha.

Volvamos ahora al desaparecido reyecito.

El rufián a quien él mozo de la posada del puente había visto “a punto de alcanzar” al mozalbete y al rey, no se unió precisamente a ellos, sino que se quedó atrás y siguió sus pasos. Nada dijo. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, y tenía el ojo del mismo lado cubierto por un gran parche verde. Cojeaba un tanto, y usaba para, apoyarse un palo de roble. El mozalbete condujo al rey en un tortuoso rodeo a través de Southwark y no tardó en dar en la carretera real, más allá del pueblo. Eduardo, que estaba ya incomodado, dijo que se detendría allí, pues a Hendon le correspondía ir a él y no a él ir a Hendon. No soportaría semejante insolencia y se pararía allí mismo. El mozalbete dijo:

––¿Quieres quedarte aquí, cuando tu amigo yace herido en aquel bosque? Sea, pues.

El rey cambió de actitud al instante y exclamó:

––¿Herido? ¿Y quién se ha atrevido a herirlo? Pero ésa es otra cuestión. ¡Sigamos, sigamos! ¡Más de prisa! ¿Tienes plomo en los pies? ¿Está herido? ¡Aunque quien lo hirió sea el hijo de un duque, se arrepentirá dé ello!

Quedaba todavía un trecho hasta el bosque, pero lo cruzaron rápidamente. El mozalbete miró en torno, vio una rama hincada en el suelo con un andrajo atado y siguió él camino al interior del bosque, buscando ramas similares y hallándolas a trechos. Evidentemente eran guías para el lugar a que se encaminaba. De pronto llegó a un claro, donde se veían los ruinosos restos de una casa de labor y cerca de allí un granero que empezaba a desmoronarse. Por ningún lado había señales de vida y un profundo silencio reinaba en el lugar. El muchacho entró en el granero, seguido muy de cerca por el ansioso rey. Nadie allí. Eduardo lanzó al mozo una mirada de sorpresa y recelo, y preguntó:

––¿Dónde está?

Respondióle una burlona carcajada: Al instante el niño montó en cólera, agarró un leño, y se disponía a atacar al mozo cuando llegó a sus oídas otra carcajada sardónica, proferida por el mismo rufián cojo que los había seguido a distancia. Volvióse el rey y preguntó colérico:

––¿Quién eres tú? ¿Qué haces por aquí?

––Déjate de tonterías y tranquilízate. No es tan bueno mi disfraz que pretendas no conocer a tu padre.

––Tú no eres mi padre. No te conozco. Soy el rey. Si has escondido a mi criado, búscamelo en seguida o te costará caro lo que has hecho.

Con fuerte y mesurada voz replicó Juan Canty:

––Es evidente que estás loco, y me repugna castigarte; pero si me provocas, lo haré. Tus palabras no pueden hacernos daño aquí, donde no hay oídos que escuchen tus locuras; sin embargo, bueno será que tu lengua se ejercite en hablar con cautela, para que no pueda perjudicarnos cuándo cambiemos de paraje. He cometido un asesinato y no puedo permanecer en casa, ni tú tampoco, porque necesito tus servicios. Mi nombre ha cambiado por prudentes razones. Ahora es Hobbs, Juan Hobbs. Tú te llamas Jack. Procura conservarlo en la memoria. Dime, ¿dónde está tu madre? ¿Dónde tus hermanas? No han acudido al lugar donde las habíamos citado. ¿Sabes dónde han ido?

El rey respondió de mal temple:

––No me perturbes con esos acertijos. Mi madre ha muerto. Mis hermanas están en palacio.

El mozo estalló en una carcajada de mofa y Eduardo lo habría atacado si Canty ––o Hobbs, como ahora se llamaba–– no lo hubiera impedido, diciendo:

––Déjalo, Hugo, no lo molestes. Su mente desvaría y tus cosas le irritan Siéntate, Jack, y estáte en paz, que, pronto tendrás un bocado que comer.

Pusiéronse Hobbs y Hugo a hablar en voz baja y el rey se apartó cuanto pudo de su desagradable compañía. Retiróse a la penumbra del rincón más lejano del granero, donde encontró que el suelo estaba cubierto con un montón de paja. Allí se tendió, cubriéndose con la paja a guisa de manta, y no tardó en quedar absorto en sus pensamientos. Muchos pesares tenía, mas los pormenores quedaban casi olvidados por el supremo de ellos, la pérdida de su padre. A todo el mundo el nombre de Enrique VIII le producía escalofríos y le sugería la idea de un ogro, cuyas fauces respiraban destrucciones y cuyas manos repartían azotes y muerte; pero para aquel níño el nombre no evocaba más que sensaciones de placer. La figura que invocaba tenía un semblante todo bondad, y afecto, Trajo el niño a la memoria una larga serie de escenas de cariño entre su padre y él, y meditó complacido en ellas mientras fluían sin amargura sus lágrimas, testimonio de cuán honda y verdadera era la pena de su corazón. Conforme pasó la tarde, Eduardo, abrumado por sus pesadumbres, cayó poco a poco en un sueño tranquilo y reparador.

Al cabo de mucho tiempo ––no podía decir cuánto–– pugnaron sus sentidos por volver a la realidad; y mientras con los ojos aún cerrados se preguntaba vagamente dónde estaba y qué le había sucedido, notó un murmullo, el repentino caer de la lluvia , en el techo. Invadió su cuerpo una sensación de placidez, que al poco rato fue rudamente interrumpida por un coro de risas chillonas y de sarcásticas carcajadas. Sobresaltó al niño desagradablemente y le hizo asomar la cabeza para ver de dónde procedía la interrupción. Sus ojos vieron un cuadro repugnante y espantable. En el suelo, al otro extremo del granero, ardía una alegre fogata y en tomo de ella, fantásticamente iluminados por los rojizos resplandores, se desperezaban o se tendían en el suelo los más abigarrados grupos de bellacos harapientos y rufianes de uno o sexo que el niño hubiera do soñar o conocer en sus lecturas. Eran hombres recios y fornidos, atezados por la intemperie, de pelo largo y cubiertos de caprichosos andrajos. Había mozos de mediana estatura y rostros horribles vestidos de la misma manera; había mendigos ciegos con los ojos tapados o vendados, lisiados con piernas de palo o muletas, enfermos con purulentas llagas mal cubiertas por vendas; había un buhonero de vil traza con sus baratijas, un afilador, un calderero y un barbero cirujano con las herramientas de su oficio. Algunas de las mujeres eran niñas apenas adolescentes, otras se hallaban en la edad primaveral, otras eran brujas viejas y arrugadas; pero todas ellas gritonas, morenas y deslenguadas, todas desaliñadas y sucias. Había tres niños esmirriados y un par de perros hambrientos con cuerdas al cuello, cuyo oficio era guiar a los ciegos.

Caía la noche; la cuadrilla terminaba de comer y comenzaba la orgía. El jarro de aguardiente pasaba de boca en boca. Se sintió un grito general.

––¡Que canten el Murciélago y Dick!

Se levantó uno de los ciegos, y se preparó quitándose el parche que le tapaba los sanos ojos y el conmovedor cartel que rezaba la causa de su calamidad. El Murciélago se desembarazó de su pata de palo y ocupó su puesto al lado de su compañero, haciendo gala a sus piernas sanas, y fuertes. Luego prorrumpieron ambos en un canto alegre, que al final de cada estancia recibía el refuerzo de toda la cuadrilla en animado coro. Cuando llegaron al fin de la canción, el entusiasmo de los semiborrachos había llegado a tal punto que todos lo compartieron y empezaron a cantar otra vez desde el principio, armando tal estruendo de voces canallescas que hizo temblar las vigas.

Siguieron hablando, y en el curso de la conversación apareció que “Juan Hobbs” no era ni con mucho nuevo recluta, sino que en tiempos pasados se había adiestrado en la cuadrilla. Refirióles su última hazaña, y cuando dijo que “por accidente” había matado a un hombre, expresaron todos su aprobación, y al añadir el bellaco que el hombre era cura, fue aplaudido por todos y con todos tuvo que beber. Conocidos antiguos le saludaban con alegría y los novatos se sentían orgullosos de estrecharle la mano. Preguntáronle por qué había permanecido apartado tantos meses, y él respondió:

––Londres es mejor que el campo y más seguro desde hace unos años, porque las leyes son muy duras y se ponen en práctica con todo rigor. Si no me hubiera ocurrido ese accidente, me habría quedado. Había resuelto no volver a aventurarme por la campiña, pero el “accidente” ha dado al traste con todo.

Preguntó cuántas personas figuraban en la cuadrilla, y el jefe de ella respondió:

––Veinticinco en números redondos. Los más de ellos están aquí pero los otros se encaminan hacia el este, durante el invierno. Nosotros vamos a ir en su seguimiento cuando amanezca.

––No veo a Wen entre los honrados hombres que me rodean. ¿Dónde estará?

––¡Pobre muchacho! Ahora se alimenta de azufre, y harto irritante por cierto para un paladar tan delicado. Lo mataron en una reyerta a mediados del verano.

––¡Cuánto lo siento! Wen era hombre de talento y valeroso.

––Cierto que lo era. Bess, la negra, su coima, es de los nuestros todavía, pero se ha ido hacia el este. Muchacha lista y de conducta ordenada. Nadie la ha visto borracha más de cuatro días por semana.

––La recuerdo muy bien aún. Era muy estricta, digna de todo encomio. Su madre fue algo más libre y menos escrupulosa. Una bruja turbulenta, fea y de mal carácter, pero adornada por un talento muy superior a lo común.

––Por lo mismo la perdimos. Su don de quiromancia y otros géneros de adivinación le granjearon al fin nombre y fama de bruja. La ley la asó viva a fuego lento. Me conmovió, y sentí como una especie de ternura, ver de qué manera tan gentil se enfrentó con su suerte, blasfemando y vituperando a toda la multitud que absorta la contemplaba, mientras las llamas subían lamiéndole la cara y le chamuscaban los pelos y chisporroteaban alrededor de su cabeza cana.... ¿Blasfemando he dicho? ¡Ya lo creo que blasfemando! Si mil años vivieras, no oirías blasfemias más en su punto ¡Ay! Su arte murió con ella. Quedan ahora imitaciones inocuas y serviles, pero no blasfemias de veras.

El jefe suspiró y otro tanto hicieron sus oyentes. Por un instante cayó una losa de silencio sobre todos los reunidos, porque aun los parias tan endurecidos como aquéllos no son absolutamente negados al sentimiento, sino que experimentan una sensación fugaz de aflicción a grandes intervalos y en circunstancias particularmente favorables, verbigracia, en casos como aquél, en que el genio y el arte se fueron sin dejar heredero. Sin embargo, un interminable trago en ronda no tardó en restaurar los ánimos de los plañideros.

––¿Les ha ido mal a otros de nuestros amigos? ––preguntó Hobbs.

––A algunos, sí. Sobre todo a los recién llegados, tales como mendigos hambrientos y sin hogar, que vagaban por el mundo porque les quitaron las tierras para convertirlas en dehesas para ovejas. Se dedicaron a pedir limosna y fueron azotados, amarrándolos a una carreta, desnudos de la cintura arriba, hasta manarles la sangre. Luego volvieron a mendigar, los azotaron otra vez y les cortaron una oreja. Mendigaron por tercera vez ––¿qué iban a hacer los pobres diablos? y fueron marcados en las mejillas con hierro candente y luego vendidos como esclavos. Se escaparon, los pescaron y los ahorcaron. La historia terminó pronto. Otros han escapado, menos mal. Venid aquí, Yokel, Bums y Hodge...., enseñad vuestros adornos.

Avanzaron los aludidos, se quitaron los harapos y dejaron al descubierto las espaldas, cruzadas de antiguas costuras dejadas por el látigo. Uno se levantó el pelo y enseñó en donde antaño tuvo la oreja izquierda; otro enseñó una marca en el hombro, la letra V, y una oreja mutilada. El tercero dijo:

Yo soy Yokel, y fui en otro tiempo un labrador próspero, con una esposa amante y chiquillos; y ahora soy algo muy distinto por mi estado y profesión. Mi mujer y mis hijos murieron. Tal vez estén en el cielo, o tal vez... en el otro sitio... Pero, ¡Dios sea loado!, ya no tienen nada que ver con Inglaterra. Mi buena madre, que era de conducta intachable, trató de ganarse el pan asistiendo a los enfermos, pero uno de ellos se murió sin que el médico supiera de qué, y por lo tanto quemaron a mi madre por bruja, mientras mis niños lo contemplaron, gimiendo. ¡Ley de Inglaterra! ¡Levantad el vaso y bebamos todos juntos a la salud de las misericordiosas leyes inglesas, que la libraron del infierno de Inglaterra! ¡Gracias, camaradas, gracias a todos! Yo pedí limosna de casa en casa con mi mujer, llevando a los famélicos niños; pero como es un delito tener hambre en Inglaterra, nos desnudaron y nos llevaron por tres pueblos dándonos azotes. ¡Bebamos todos otra vez por las piadosas leyes inglesas, porque su látigo se bebió la sangre de mi María, y así llegó muy pronto su bendita libertad! Ahora duerme en la bendita tierra, a salvo de todo daño; y los niños... Los niños, mientras la ley me iba azotando de pueblo en pueblo, se murieron de hambre. ¡Bebed, muchachos, bebed, aunque no sea más que una gota, por los pobres niños que no hicieron nunca daño a nadie! Yo volví a mendigar en busca de un mendrugo, y me pusieron en la picota y perdí una oreja... Mirad, aquí está lo que de ella queda. Volví a pedir limosna, y, para que no se me olvide, aquí tenéis lo que resto de la otra. Volví otra vez, y me vendieron como esclavo. Aquí, en la mejilla, debajo de esta mancha, si me lavara, podríais ver la S roja que dejó la marca del hierro al rojo vivo. ¡Esclavo! ¿Comprendéis esta palabra? ¡Un esclavo inglés es el que tenéis delante! Me he escapado de mi amo, y cuando me encuentren ––¡caiga la maldición del cielo sobre la tierra que lo ha ordenado!––, cuando me encuentren, me ahorcarán.

Una voz vibrante se dejó oír en el enrarecido aire:

––¡Eso no sucederá! ¡Y en este día le ha llegado el fin a esa ley! Todos se volvieron y vieron la fantástica figura del rey niño, que se acercaba veloz. Cuando emergió a la luz y se reveló claramente, hubo un estallido general de preguntas.

––¿Quién es ese? ¿Quién eres tú, muñeco?

El niño permaneció imperturbable en medio de aquellos sorprendidos e interrogadores rostros, y respondió con majestuosa dignidad:

––Soy Eduardo, rey de Inglaterra. Siguió a esto una explosión de carcajadas, en parte de mofa y en parte de júbilo, por la excelencia del chiste.

Eduardo se sintió ofendido y dijo con aspereza:

––¿Así agradecéis la regia merced que os he prometido, vagabundos desorejados?

Dijo más, con colérica voz y excitados ademanes, pero todo se perdió en el torbellino de carcajadas y de expresiones de mofa. “Juan Hobbs” hizo varios intentos de ser oído por encima, de aquel barullo, y al fin lo consiguió diciendo:

––Camaradas, es mi hijo, un soñador, un loco, loco perdido. No le hagáis caso. Se cree el rey.

––Soy el rey ––dijo Eduardo, volviéndose hacia él––, y lo sabrás a su tiempo y a tu costa. Has confesado un asesinato y por él te ahorcaran.

––¿Tú me harás traición? ¿Tú? Si te pongo la mano encima...

––¡Alto, alto! ––dijo él vigoroso jefe de la cuadrilla, interponiéndose –– a tiempo de salvar al rey, y recalcando esta ayuda con unos puñetazos que derribaron a Hobbs por tierra––. ¿No tienes respeto ni a los reyes ni a los que usan puños de encajes? Si vuelves a ofender mi presencia, te estrangularé con mis propias manos. ––Y agregó dirigiéndose a Su Majestad––: Haces mal en dirigir amenazas a tus camaradas, muchacho, y debes guardar la lengua para hablar mal de ellos en parte alguna. Sé rey enhorabuena, si eso satisface tu locura, pero que no sea ello un mal para nadie. No vuelvas a decir lo que has dicho, esto es traición. Seremos malos en cosas de poca monta, pero no tanto que hagamos traición a nuestro rey. En esto somos corazones amantes y leales. Repara si digo la verdad. Ahora, todos juntos: “¡Tenga larga vida Eduardo, rey de Inglaterra!”

––“¡Tenga larga vida Eduardo, rey de Inglaterra!”

La respuesta de la heterogénea chusma fue proferida con tan estentóreas voces que hizo que el destartalado edificio vibrara todo. El rostro de Eduardo resplandeció de placer un instante, e inclinó su cabeza al tiempo que decía con grave simplicidad:

––Gracias, mi buen pueblo. Esta inesperada ocurrencia ocasionó a todos convulsiones de regocijo. Cuando volvió de nuevo algo parecido a la calma, dijo el jefe con firmeza, pero con acento bonachón:

Déjate de tonterías, niño, que eso no es prudente ni está bien. Como broma puede pasar, pero escoge cualquier otro titulo.

Un calderero expresó a voces una idea.

––Fu-fu I, rey de los tontos.

El título hizo fortuna al instante, y todos respondieron  con un tremendo aullido:

––¡Viva Fu-fu I, rey de los tontos!

A lo cual siguieron vociferaciones, maullidos y carcajadas.

nadie!

––¡Subidle sobre el pavés y coronadle.

––¡Ponedle el manto real!

––¡Dadle el cetro!

––¡Entronizadle!

Estos y otros mil gritos estallaron a un tiempo, y, casi antes de que la pobre victima pudiera tomar aliento, viose coronada con una jofaina de peltre, envuelta en una manta en jirones, entronizada sobre un tonel y provista, a guisa de cetro, del soldador del calderero. Luego todos se hincaron en tomo de él y prorrumpieron en un coro de sarcásticos gemidos y de burlonas súplicas, mientras se enjugaban los ojos con las mangas o con los delantales mugrientos y andrajosos.

––¡Sé benigno para nosotros, oh dulce rey!

––¡No pisotees a estos gusanos que te imploran, qh noble majestadi

––¡Compadécete de tus esclavos y consuélalos con un puntapié regio!

––¡Alégranos y caliéntanos con tus benignos rayos, oh flamante sol de la soberanía!

––¡Santifica la tierra con la pisada de tu pie, para que podamos comer el polvo y ennoblecernos!

––¡Dígnate escucharnos, oh señor, para que los hijos de nuestros hijos puedan hablar de tu regia condescendencia, y sentirse felices y orgullosos para, siempre!

Pero el chusco calderero hizo la mofa mejor de la noche y se llevó los debidos honores. Arrodillado, fingió besar los pies del rey; rechazado con indignación, empezó a pedir a todos un andrajo para pegárselo en la. cara, en donde fue tocado por los pies, diciendo que debía preservarlo del contacto del aire vulgar y que haría su fortuna saliendo al camino real y exponiéndolo a la vista mediante cien chelines por mostrarlo; se puso tan dicharachero, que fue la envidia y la admiración de toda aquella sarnosa ralea.

A los ojo del pequeño monarca asomaron lágrimas de vergüenza y de indignación. Y en el fondo de su corazón pensaba:

—Si les hubiera inferido el más tremendo agravio, no podrían ser más crueles. Y, sin embargo, no he hecho más que ofrecerles mi bondad..., y así me tratan por ello.

CAPÍTULO XVIII

EL PRINCIPE Y LOS VAGABUNDOS

Despertóse al romper el alba la tropa de vagabundos y prosiguió su marcha. Las nubes estaban muy bajas, cenagoso el suelo y el cierzo invernal cortaba. Toda la alegría había desaparecido. Algunos de ellos, hoscos y silenciosos, otros irritables y petulantes, y ninguno de buen humor. Todos estaban sedientos.

El jefe puso a “Jack” al cuidado de Hugo, con algunas instrucciones y órdenes a Juan Canty para que se mantuviera alejado del niño y lo dejara en paz.

Y así previno a Hugo que no se tratara con demasiada rudeza al muchacho.

A poco, el tiempo mejoró y las nubes se fueron en parte. Ceso la cuadrilla de tiritar y se suavizó el humor de todos. Fuéronse poniendo más y más alegres, y, finalmente, empezaron a embromarse uno a otros, y a insultar a los viandantes que encontraban por el camino. Esto denunciaba que despertaban una vez más a la apreciación de la vida y sus alegrías. El temor que todo el mundo les tenía se mostraba en que todos los viandantes les cedían el paso y tomaban a bien sus groseras insolencias. Una de sus maldades consistía en arrancar la ropa tendida en los setos, a la vista de sus dueños, quienes no decían esta boca es mía, pues al parecer se mostraban agradecidos de que no se llevaran también los setos.

No tardaron en invadir una pequeña casa de labor donde se instalaron a sus anchas, mientras el tembloroso labriego y su gente vaciaban la despensa para darles desayuno. Acariciaban por debajo del mentón a la mujer y a las hijas, mientras recibían el condumio de sus manos, y hacían bromas vulgares acerca de ellas, acompañadas de epítetos insultantes y de zafias, carcajadas. Arrojaban los huesos y las verduras al aldeano y a sus hijos, a quienes tenían sin cesar haciendo de criados, y aplaudían tumultuosamente cuando se decía un chiste gracioso. Acabaron por golpear en la cabeza a una de las hijas, ofendida por alguna de sus familiaridades. Cuando se despidieron, amenazaron con volver para quemar la casa sobre las mismas cabezas de la familia si llegaba a oídos de la justicia alguna noticia de sus fechorías.

A eso del mediodía, después de una caminata larga y tediosa, se detuvo el grupo detrás de un seto en las afueras de un pueblo grande. Diose una hora para descansar, y todos se dispersaron para entrar al pueblo por diferentes puntos, y dedicarse a sus diversas profesiones. “Jack” fue enviado con Hugo, y ambos anduvieron de acá para allá algún tiempo. Hugo, en busca de una ocasión para hacer “un negocio”, pero sin encontrar ninguna, por lo que acabó diciendo:

––No veo nada que robar. Éste es un lugar despreciable. Pero mendigaremos.

––¿Mendigaremos? Sigue tú tu oficio, que bien te sienta, pero yo no mendigaré.

––¡Que no mendigarás! ––exclamó Hugo mirando al rey con sorpresa––. Pero dime, ¿desde cuándo te has reformado?

––¿Qué quieres decir?

––¿No has pedido limosna toda tu vida por las calles de Londres?

––¿Yo, idiota?

––Ahorra cumplidos, que así te durará más la provisión. Dice tu padre que has mendigado toda tu vida. ¿Es que ha mentido? Acaso tendrás la audacia de decir que ha mentido ––dijo sarcásticamente Hugo.

––¿Ese a quien tú llamas mi padre? Sí, ha mentido.

––Mira, compañero, no abuses tanto de esa chanza de la locura. Empléala para tu diversión y no para tu daño. Si le cuento lo que has dicho te despellejará.

––Puedes evitarte el cuidado. Yo se lo diré.

––Me gusta tu valor, en verdad, pero no comparto tu juicio. Bastantes palizas y vapuleos se lleva uno en esta vida, sin que salga de su camino para provocarlos. Pero procedamos en paz. Yo le creo a tu padre. No dudo que sea capaz de mentir, no dudo que mienta cuando llega la ocasión, porque los mejores de nosotros lo hacemos; pero aquí no hay nada que lo valga. Un hombre sensato no malgasta en tonto una mercancía tan valiosa como es la mentira. Pero vámosnos de aquí; y puesto que te ha dado por renunciar a pedir limosna, ¿en qué nos ocuparemos? ¿Robaremos cocinas?

––Deja ya esa necedad. Me impacientas.

Hugo replicó colérico:

––Escucha, camarada; no quieres mendigar, no quieres robar... Sea. Pero yo te diré lo que has de hacer; me servirás de vigilante mientras yo mendigo. Niégate a ello, si te atreves.

Iba el rey a replicar despectivamente, cuando le dijo Hugo interrumpiéndole:

––¡Calla! Allí viene un hombre de cara bondadosa. Ahora me voy a desplomar como si tuviera un ataque. Cuando se llegue a mí ese hombre, tú empezarás a gemir, y caerás de rodillas, haciendo ver que lloras. Luego gritarás como si tuvieras metidos en la tripa todos los demonios del dolor, y dirás: “¡Oh, señor, es mi pobre hermano enfermo, y no tenemos a nadie! ¡En nombre de Dios, mirad con piadosos ojos a un pobre enfermo, abandonado y miserable! Dad aunque sea un penique à un ser desamparado de Dios y a punto de morir.” Y ten en cuenta que no has de cesar de gemir hasta que le saquemos el penique, pues de lo contrario te arrepentirás.

Inmediatamente empezó Hugo a gemir, a gruñir, a poner los ojos en blanco y a tambalearse, y cuando el desconocido estuvo cerca se tendió en el suelo delante de él, lanzando un grito, y empezó a retorcerse en el polvo al parecer en agonía.

––¡Oh, Dios mío! ––exclamó el benévolo desconocido––. ¡Pobrecillo, pobrecillo! ¡Cómo debe de sufrir! Déjame que te ayude.

––¡Oh, noble señor! Dios os bendiga por ser tan principal caballero, pero me causa muchos dolores que me toquen cuando me da el ataque. Mi hermano dirá a vuestra –– excelencia cuánto me dobla y cuál es mi angustia al ponerme así. Un penique, señor, un penique para comprar un poco de alimento, y dejadme con mis males.

––¿Un penique? Tres te daré, desamparada criatura ––dijo el desconocido llevándose la mano a la bolsa con nervioso apresuramiento––. Toma, pobre muchacho, tómalos y que te hagan buen provecho. Ahora ven acá, hijo mío, y ayúdame a llevar a tu pobre hermano a aquella casa, donde...

––Yo no soy su hermano –dijo el rey, interrumpiendo.

––¡Cómo! ¿Que no eres su hermano?

––Óiganlo ––gruñó Hugo, que no dejó de rechinar los dientes––. ¡Niega a su propio hermano... cuando está con un pie en la tumba! Muchacho, duro de corazón eres por cierto si éste es tu hermano. ¡Por vergüenza tuya! ¿No ves que apenas puede mover pie ni mano? Si no es tu hermano, ¿quién es pues?

––Un mendigo y un ladrón. Cuando le habéis dado el dinero os ha robado el bolsillo, y haríais una milagrosa curación si dejarais caer vuestro bastón sobre sus espaldas y dejar lo demás a la Providencia.

Mas Hugo no esperó el milagro. En un momento estaba en pie y corriendo cual el viento, seguido por el caballero y sin dejar de dar grandes gritos en su fuga. El rey, dando gracias al cielo por su propia libertad, huyó en dirección opuesta, y no aminoró el paso hasta que estuvo fuera del maléfico alcance del villano. Tomó el primer camino que se le ofrecía y no tardó en dejar muy atrás la aldea. Siguió corriendo lo más de prisa qué pudo durante varias horas, sin dejar de mirar nerviosamente hacia atrás por si le perseguían, mas al fin le dejaron los temores, y le llegó una agradable sensación de seguridad. Entonces diose cuenta de que tenía hambre, y de que estaba muy cansado. Hizo alto en una granja; mas cuando se disponía a hablar, le atajaron y le despidieron con rudeza. Sus andrajos hablaban en contra suya.

Siguió andando, ofendido, indignado y resuelto a no volver a exponerse a semejante trato; pero el hambre es el amo del orgullo. Así, cuando empezó a caer la noche, hizo otro intento en una nueva casa de labor, pero allí escapó peor que antes, porque le dirigieron palabras gruesas y le amenazaron con prenderle por vagabundo como no se largara más que de prisa.

Vino la noche, glacial y encapotada, y aún seguía vagando el pobre monarca, con los pies doloridos. Se veía obligado a moverse sin cesar, porque cada vez que se sentaba a descansar un momento el frío le penetraba hasta los huesos. Todas sus sensaciones, mientras andaba en la solemne oscuridad y la soledad sin fin de la noche, eran nuevas y extrañas para él. A trechos oía voces que se aproximaban, pasaban y se desvanecían en el silencio; como no veía, de los cuerpos a quienes pertenecían, más que un bulto informe y móvil, todo aquello tenía algo de espectral y pavoroso que le hacía estremecerse. Divisaba, a veces, el parpadeo de una luz, siempre muy lejana, se diría que casi en otro mundo. Si oía el cencerrillo de una oveja era vago, distante y confuso. Los ahogados mugidos del rebaño llegaban hasta él con el viento de la noche, cadencias que se desvanecían en desolados sanes. De cuando en cuando escuchaba el desgarrado aullido de un perro a través del invisible espacio del campo y del bosque. Todos los sonidos eran remotos y hacían pensar al reyecito que toda vida y toda actividad estaban muy lejanas de su persona, y que se hallaba, abandonado y sin amigos en medio de una soledad inconmensurable.

Siguió avanzando entre la pavorosa fascinación de aquella nueva experiencia, sobresaltado a veces por el suave murmullo de las hojas secas sobre su cabeza, que parecían cuchicheos humanos, y dio de sopetón con la luz cercana de una linterna. Retrocedió hasta las sombras y esperó. La linterna alumbraba junto a la puerta de un granero que, estaba abierta. El rey esperó algún tiempo... No se sentía el menor rumor, y nadie se movía. El estar quieto le dio tanto fría, y el hospitalario granero era tan tentador, que el niño, por fin, resolvió arriesgarlo todo y entrar. Echó a andar de puntillas, y en el momento de cruzar el umbral oyó voces a sus espaldas. Se agazapo detrás de un tonel dentro del granero, y vio entrar a dos labradores, que llevaban la linterna, y empezaron a hacer sus faenas sin dejar de hablar. Mientras se movían en torno con la luz, el rey no dio descanso a sus ojos, y fijándose muy bien en lo que parecía ser un pesebre de buen tamaño, al otro extremo del granero, se propuso acercarse a él a tientas cuando lo dejaran solo. Observó también la situación de una pila de mantas para dos caballos a la mitad del caminoo, con intento de requisarlas para una noche para uso de la corona de Inglaterra.

Por fin los hombres terminaron y se fueron, cerrando tras sí la puerta y llevándose la linterna. El tembloroso rey se encaminó hacia las mantas, tan rápidamente como se lo permitían las tinieblas. Las tomó, y, sin tropezar, llegó a tientas al pesebre. Con dos mantas se hizo una cama y luego se tapó con las dos restantes. A la sazón se sentía un monarca feliz, aunque las mantas eran viejas y delgadas, y no de mucho abrigo, y además exhalaban un penetrante olor caballuno que casi le ahogaba.

Aunque el rey estaba hambriento y helado, estaba al propio tiempo tan cansado y soñoliento que esto último empezó a conseguir ventaja sobre lo primero; y no tardó el niño en caer en un estado de semiinconsciencia. Entonces, cuando estaba a punto de perder por completo de vista este mundo, sintió que algo lo tocaba. Despertóse del todo al instante, jadeando para tomar aliento. El gélido horror de aquel misterioso contacto a oscuras casi suspendió los latidos de su corazón. Quedóse inmóvil, ¿escuchó sin respirar apenas, pero nada se movió y no sintió el menor ruido., Siguió el rey escuchando y esperó unos instantes, que le parecieron eternos; pero todo siguió quieto y en silencio. Así volvió al fin el niño a caer en la somnolencia, pero de pronto sintió el mismo misterioso contacto. Era siniestro; aquel leve toque de una presencia silenciosa e invisible, y llenó al niño de fatídicos temores.

¿Qué hacer? Pregunta a la que no sabía qué responder. ¿Dejaría aquel albergue tan cómodo para escapar del inescrutable horror? Pero, ¿adónde ir? No podía salir del granero, y la idea de andar a ciegas acá y acullá, en la sombra, dentro de esa prisión de cuatro paredes ¿acosado sin cesar por aquel fantasma, que a cada momento le daría en las mejillas o en los hombros, era intolerable; ¿era mejor permanecer donde estaba y soportar toda la noche aquella muerte en vida? No. Entonces, ¿qué le quedaba por hacer? ¡Ah! No había más que un camino, bien lo entendía. Debía alargar el brazo y dar con aquella cosa.

Era muy fácil pensarlo, pero difícil hacer acopio de valor para llevarlo a cabo. Tres veces extendió tímidamente la mano en la oscuridad, pero la apartó de repente con un estremecimiento, no por haber encontrado nada, sino porque estaba seguro de que iba a encontrarlo. Pero a la cuarta vez palpó un poco más lejos y su mano resbaló sobre algo suave y caliente. Esto le dejó casi petrificado de espanto. Su ánimo se hallaba en tal estado que no podía imaginar que aquello fuera más que un cuerpo recién muerto, y no frío aún. Dijose que sería mejor morir que tocarlo otra vez; pero se le ocurrió este erróneo pensamiento porque no conocía la fuerza inmortal de la curiosidad humana. Poco rato había transcurrido cuando su mano empezó a tocar, otra vez, temblorosamente, contra todo juicio y consentimiento, pero sin embargo con persistencia. Encontró un mechón de pelo largo. Se estremeció, pero siguió tocando y encontró algo que parecía una cuerda caliente. ¡Siguió la cuerda hacia arriba y se halló con una inocente ternera! Porque la cuerda no era tal cuerda, sino la cola del animal.

Sintióse el rey hondamente avergonzado de sí mismo por haber experimentado tal espanto y horror ante una cosa tan insignificante como es una ternera dormida; mas no debió haber pensado así, porque lo que le había asustado no era la ternera, sino un terrible no se qué sin vida representado por la misma, y cualquier otro niño en aquellos tiempos supersticiosos habría hecho y padecido lo mismo que él.

Sintióse encantado el rey no sólo de ver que encantado animal era una ternera, sino también de tenerla en su compañía, porque se había sentido tan solo y desamparado, que acogió con agrado como camarada aun a aquel humilde animal. Se había visto tan maltratado, tan afrentado por sus propios semejantes, que fue para él un verdadero consuelo hallarse al fin en la sociedad de un ser que por lo menos tenía corazón tierno y animo apacible, por más que no tuviera atributos más elevados, por lo cual Eduardo decidió prescindir de etiquetas y hacerse amigo de la ternera.

Mientras acariciaba el caliente lomo del animal ––porque éste se hallaba muy cerca y al alcance de su mano–– se le ocurrió que podía utilizarlo en más de una forma, y así volvió a arreglar su camastro colocándose cerca de la ternera; luego se acurrucó junto al lomo de ésta, echó las mantas sobre sí mismo y su amiga, y al cabo de unos minutos estaba tan calientito y cómodo como en las mejores noches de su lecho de plumas en el real palacio de Westminster.

Al punto vinieron a su mente pensamientos placenteros; la vida adquirió un cariz más alegre. Estaba liberado de las garras de la servidumbre y del crimen, libre de la compañía de villanos y brutales forajidos. Estaba caliente, cobijado; es decir, era feliz. Soplaba el viento de la noche en pavorosas ráfagas que hacían estremecer y temblar el viejo granero, y luego su fuerza expiraba a intervalos, y continuaba mugiendo y gimiendo por los rincones... Pero todo ello era una agradable música para el rey, una vez arropado y cómodo. Soplara y enfureciérase cuanto quisiera, azotara y golpeara, gimiera y rugiere, al rey no le importaba, antes bien gozaba con ello. Se acurrucó más cerca de su amiga, con sibaritismo de cálida alegría, y como un bendito perdió la conciencia del mundo y se sumió en un sueño profundo y sin pesadillas, en paz y sosiego. A lo lejos aullaban los perros, mugían melancólicamente las vacas y el viento seguía rugiendo, en tanto que furiosos aguaceros se abatían sobre el tejado; mas la Majestad de Inglaterra siguió durmiendo imperturbable, y otro tanto la ternera, animal sencillo, y que no se turbaba fácilmente por las tempestades, ni le causaba embarazo dormir con un rey.

CAPÍTULO XIX

EL PRÍNCIPE CON LOS ALDEANOS

Al despertar el rey a la mañana siguiente, se encontró con que una rata mojada, pero precavida, se había colado en el granero durante la noche, y junto a su mismo lecho se había habilitado una cómoda cama. Al verse perturbada en su reposo se escapó corriendo. Eduardo sonrió y dijo:

––¡Pobre tonta! , ¿Por qué tienes tanto miedo? Yo estoy tan desamparado como tú. Sería una infamia en mí dañar a los desvalidos, cuando tan desvalido estoy yo. Además, te debo gratitud por el buen agüero, porque cuando un rey ha caído tan bajo que las mismas ratas toman por cama su cuerpo, eso significa en verdad que su suerte va a cambiar, puesto que está claro que no puede bajar más.

Levantóse y salió del pesebre en el precisa momento en que se oían voces infantiles. Abrióse la puerta del granero y entraron dos niñitas, que en cuanto vieron a Eduardo enmudecieron y se quedaron inmóviles, mirándole con viva curiosidad. No tardaron en cuchichear entre sí y luego se acercaron más y se detuvieron de nuevo para mirarle y secretear de nuevo. Mas pronto, con acopio de valor, empezaron a hablar en voz alta. Una dijo:

––Tiene una cara muy bonita.

––Y el pelo muy hermoso ––añadió, la otra.

––Parece que tiene mucha hambre.

Acercáronse más, dando vueltas tímidamente y reconociéndole de pies a cabeza desde todas partes, como si fuera una especie nueva y extraña de animal; como si casi temieran que fuera una clase de animal que mordiera llegada la ocasión. Se detuvieron, por fin, delante de él, cogidas de las manos para protegerse mutuamente, y le miraron harto rato con inocentes ojos. Después una de ellas, con alarde de valor, preguntó con llaneza:

––¿Quién eres, niño?

––Soy el rey ––respondió éste gravemente.

Las niñas se sobresaltaron de nuevo; abrieron desmesuradamente los ojos y quedáronse sin poder hablar palabra. Al fin, la curiosidad rompió el silencio:

––¿El rey? ¿Qué rey?

––El rey de Inglaterra.

Las niñas se miraron una a otra, luego le miraron a él y volvieron a mirarse entre sí, maravilladas y confusas. Después una de ellas dijo:

––¿Has oído, Margarita? Dice que es el rey. ¿Será verdad?

––¿Cómo puede no ser verdad, Prissy? ¿Iba a decir una mentira? Porque si no fuera verdad, Prissy, sería mentira. Claro que lo sería. Piénsalo bien. Porque todo lo que no es verdad, es mentira, y no se puede creer otra cosa.

Como éste era un argumento que no tenía vuelta de hoja, ni dejaba el menor resquicio para refutarlo, los reparos de Prissy no tuvieran ya en qué fundarse. Reflexionó un momento la niña y dijo después esta sencilla frase:

––Si eres de veras el rey, te creo.

––Soy de veras el rey.

El asunto quedó resuelto; la realeza de Su Majestad fue admitida sin más preguntas ni discusiones, y las dos niñas empezaron al instante a preguntar cómo había ido a parar donde estaba, y cómo estaba tan mal vestido, y adónde se dirigía, y una infinidad de preguntas más. Fue un gran consuelo para el reyecito desahogar sus congojas donde no serían objeto de burlas ni de dudas; y así contó su historia con gran calor, olvidando mientras hasta su hambre, su historia fue escuchada con la más profunda y tierna compasión por las dos niñas. Pero cuando les refirió sus últimas aventuras y aquéllas se dieron cuenta del tiempo que llevaba el rey sin comer, no quisieron saber más, y salieron corriendo del granero para buscarle el desayuno.

Sentíase el rey alegre y feliz, y se dijo:

––Cuando vuelva a recobrar mi dignidad he de honrar siempre a las niñas, porque me acordaré de que éstas han confiado en mí y me han creído en mis desventuras, mientras que los que tienen más años y se creen muy sabios, se han burlado de mí y me han tomado por embustero.

La madre de las niñas recibió bondadosamente al rey, y se mostró llena de compasión, porque su desamparo y su razón, al parecer perturbada, conmovieron su corazón de mujer. Era viuda y pobre, conocía las penas demasiado de cerca para no compadecerse de los infortunados. Pensó que el demente niño se había extraviado alejándose de sus amigos y deudos, y así quiso averiguar de dónde venía, para poder dar pasos encaminados a devolverlo; mas todas sus referencias a las aldeas y lugares vecinas, y todas sus preguntas en el mismo sentido, no dieron resultado, porque en la cara del niño y en sus respuestas bien se notaba, que las cosas a que se refería la buena mujer, no le eran familiares. El rey hablaba con gravedad y sencillez de asuntos de la corte, y mas de una vez ahogaron su habla los sollozos al mencionar al difunto rey, su padre; pero siempre que la conversación cambiaba y versaba sobre materias menos elevadas, el niño perdía interés y permanecía en silencio.

La mujer se encontraba muy perpleja, pero no quiso renunciar a sus intenciones. Mientras seguía cocinando, discurría medios de atrapar al muchacho para que descubriera su verdadero secreto. Le habló de vacas y el niño no mostró interesarse; de las ovejas, y fue lo mismo. Por lo tanto, su suposición de que fuese un niño pastor era equivocada. Le habló de molinos, de tejedores, de caldereros, de herreros y de toda índole de industrias y oficios; le habló de Bedlam, de las cárceles y los asilos, pero en todo se veía frustrada, aunque no quería admitirla, pensando que no le había hablado aún del servicio doméstico. Sí; ahora estaba segura de hallarse sobre la verdadera pista. El niño debía de ser un criado. Encaminó la conversación hacia este punto, pero el resultado fue desalentador. De cómo se barría, pareció fatigar al niño; el encender el fuego no le conmovió, y el fregar y frotar no despertó su entusiasmo. Al fin la mujer, perdida ya casi toda esperanza y más bien por aquello de cumplir, habló de la cocina. Con gran sorpresa suya y no menor deleite, el semblante del rey se iluminó al instante.

––¡Ah! ––pensó la mujer––: ¡Por fin lo he acorralado! ––y se sentía orgullosa de la solapada astucia y del tacto con que lo había conseguido.

Su cansada lengua tuvo ahora , oportunidad de descansar, porque la del rey, inspirada por el hambre que le atormentaba y por los tentadores olores que salían de las barbotantes ollas y sartenes, se soltó y se lanzó en una tan elocuente disertación sobre ciertos platos apetitosos, tanto, que al cabo de tres minutos se dijo la buena mujer:

––Sin duda he acertado. Ha sido pinche de cocina.

Habló después el niño de su comida con tanto juicio y entusiasmo, que la mujer se dijo:

––¡Dios mío! ,¿Cómo puede saber acerca de tantos platos y tan exquisitos? Porque ésos no se comen más que en las mesas de los ricos y poderosos. ¡Ah!, ya veo. A pesar de sus andrajos debe de haber servido en palacio antes de perder la razón. Sí; debe de haber sido pinche en la cocina del mismísimo rey. Voy a ponerlo a prueba.

Ansiosa de convencerse de su propia sagacidad, dijo al rey que se hiciera cargo por un momento de la cocina, diciéndole que podría hacer y añadir uno o dos platos si le parecía. Luego salió del aposento, haciendo una seña a las niñas para que la siguieran. El rey dijo entre dientes:

––Otro rey de Inglaterra tuvo una faena semejante a ésta, antaño... No va contra mi dignidad el encargarme de un oficio que el gran Alfredo no desdeñó ejercer. Pero voy a procurar desempeñarlo mejor que él, que dejó quemar los pasteles.

Buena era la intención, mas no fue igual al llevarla a la práctica, porque este rey, como el otro, no tardó en absorberse en sus propios asuntos, y de ello resultó el mismo percance: que los manjares se quemaron. La buena mujer volvió a tiempo de salvar el almuerzo de su total destrucción, y no tardó en alejar de sus sueños al rey con una animada y viva regañeta. Mas al ver cuán turbado estaba por haber desempeñado mal su encargo, se suavizó al punto, y fue toda bondad y gentileza para con él.

Hizo el niño una magnífica y satisfactoria comida, que le restauró y alegró en gran manera. Fue una comida que se significó por un detalle curioso: el de que ambas partes prescindieron de etiquetas, pero sin que ninguna de ellas se diera cuenta de haberlo hecho. La buena mujer se había propuesto dar de comer a aquel muchacho vagabundo con vituallas recalentadas, y en un rincón, como a cualquier otro, o como a un perro, pero sentía tal remordimiento por la regañada que le había echado, que hizo cuanto pudo para atenuarla, permitiéndole que se sentara a la mesa de la familia y comiera con sus superiores en aparentes términos de igualdad con ellos. Y el rey por su parte sentía tales remordimientos por haber desempeñado mal su cometido, después de haberse mostrado tan bondadosa con él la familia, que se propuso repararlo humillándose hasta el nivel de ésta, en vez de exigir a la mujer y a las niñas que se quedaran en pie y le sirviesen, mientras él ocupaba su mesa en el estrado solitario debido a su nacimiento y dignidad. Todos alguna vez prescindimos de la gravedad. La buena mujer estuvo feliz todo el día con los aplausos con que se gratificó a sí misma por su magnánima condescendencia con un vagabundo, y el rey se sintió no menos contento por su benigna humildad hacia una pobre aldeana.

Cuando terminó el desayuno, ésta dijo al rey que lavara los platos. Semejante orden dejó de una pieza un instante a Eduardo y lo puso al borde de la rebelión; pero en seguida se dijo:

––Alfredo el Grande cuidó de los pasteles, y sin duda habría lavado también los platos. Por consiguiente, he de probarlo.

Eso le salió bastante mal, con gran sorpresa suya, porque lavar las cucharas de palo y los cuchillos le había parecido fácil. Era una tarea tediosa y molesta, pero al fin la termino. Empezaba a sentir impaciencia por proseguir su viaje; no obstante, no había que perder tan fácilmente la compañía de aquella generosa mujer. Ésta le procuró diferentes ocupaciones de poca monta, que el rey desempeñó con gran lentitud y con regular lucimiento. Luego lo puso en compañía de las niñas  a mondar manzanas, pero el rey se mostró tan torpe que la mujer le dio, en cambio, a afilar una chaira de carnicero. Después lo tuvo cardando lana tanto rato que el niño empezó a sentir que había dejado muy por debajo al buen rey Alfredo en cuanto a heroísmos, que estarían muy en su punto en los libros de cuentos y de historias, y se sintió medio inclinado a renunciar. Y, en efecto, así lo hizo cuando después de la comida del medio día la buena mujer le dio una canasta con unos gatitos para que los ahogara. Finalmente estaba a punto de renunciar ––porque se dijo que si había de encontrar el momento oportuno sería éste en que le ordenaban ahogar los gatos–– cuando sobrevino una interrupción. ¡La tal interrupción eran Juan Canty, con una caja de buhonero a la espalda, y Hugo!

El rey descubrió a aquellos rufianes cuando se acercaban por la verja delantera, antes de que ellos pudieran verle; así, pues, no habló nada de su dimisión, sino que se apoderó de la canasta de los gatitos y salió por la puerta trasera sin decir oste ni moste; dejó a los animalitos en un pabellón anexo a la casa y salió corriendo por una angosta vereda.

CAPÍTULO XX

EL PRÍNCIPE Y EL ERMITAÑO

El alto seto le ocultó muy pronto a la vista de la casa; y entonces, bajo la excitación de un terrible espanto, apeló el niño a todas sus fuerzas y se encaminó corriendo a un bosque lejano. No volvió atrás la vista hasta que casi hubo ganado el refugio del bosque, y, entonces, divisó a lo lejos dos figuras. No necesitó más. No se detuvo el rey a examinarlas acuciosamente, sino que siguió corriendo, sin aminorar el paso hasta que estuvo muy adentro en la oscuridad crepuscular del bosque. Entonces se detuvo, persuadido de que estaba ya bastante seguro. Escucho atentamente, pero la calma era profunda y solemne..., y hasta pavorosa y deprimente para el ánimo. Sus oídos en tensión percibían con largos intervalos algunos ruidos, pero tan remotos, tan huecos y tan misteriosos, que no parecían ser verdaderos sonidos, sino sólo espectros gemebundos y plañideros. Así resultaban más pavorosos todavía que el silencio que quebraban.

Al principio el propósito del rey era permanecer allí todo el resto del día, pero no tardó un escalofrío en invadir su cuerpo sudoroso, y para volver en calor verse obligado a seguir andando. Avanzó en derechura por media del bosque, en espera de dar pronto con un camino, pero en esto se llevó un chasco. Siguió caminando, y cuanto más avanzaba más densa, se tomaba la espesura. Empezó a apretarse lo tenebroso, y el rey comprendió que iba a cerrar la noche y se estremeció ante la idea de pasarla en ese lúgubre lugar.

Trató, pues, de andar más de prisa, pero avanzaba menos aún, porque como no veía lo bastante para ver dónde ponía los pies, no cesaba de tropezar con las raíces, ni de enredarse en zarzas y plantas rastreras.

¡Cuál fue su gozo cuándo al fin vio el destello de una luz! Acercóse a ella cautelosamente, paso a paso, para mirar en torno y escuchar. La luz procedía de un hueco de ventana sin vidrios en una desvencijada choza. El niño oyó una voz y sintió ganas de correr y esconderse, pero cambió al momento de opinión, ya que, sin lugar á dudas, aquella voz estaba rezando. Deslizóse el rey hasta la ventana, se puso de puntillas y echó una mirada al interior de la choza. La habitación era pequeña y su suelo de tierra apisonada por el uso. En un rincón se veía un lecho de juncos y una o dos mantas hechas jirones; cerca de él un cubo, una taza, una jofaina, y algunos cacharros y sartenes. Había un banco angosto y un escabel de tres patas; en la chimenea quedaba el rescoldo de un fuego de leña. Ante una hornacina, iluminada por una sola vela, se hallaba arrodillado un hombre de edad, a cuyo lado, en una caja vieja de madera, estaban un libro abierto y una calavera. El hombre, que era de cuerpo grande y huesudo, y de pelo y barba largos y blancos como la nieve, se cubría con unas pieles de cordero que le llegaban de la garganta a las rodillas.

––Un santo ermitaño ––se dijo el rey––. Ahora tengo en verdad suerte.

Levantóse el ermitaño y el rey llamó a la puerta. Una voz grave respondió:

––Entrad, pero dejad fuera el pecado, porque es santa la tierra que vais a pisar.

El rey entró y se detuvo. El ermitaño le dirigió una mirada viva e inquieta, y preguntó:

––¿Quién eres?

––Soy el rey ––respondió el niño con plácida sencillez.

––¡Bienvenido, oh rey! ––exclamó el ermitaño con entusiasmo. Y afanándose con febril actividad, y sin dejar de susurrar “bienvenido, bienvenido” arregló el banco, hizo sentar al rey junto al fuego, echó a éste algunos leños, y, finalmente, empezó a dar paseos con nervioso andar.

––Bienvenido. Muchos han buscado asilo aquí, mas no eran dignos de ello y han sido despedidos; pero un rey que desdeña su corona y los vanos esplendores de su oficio, y se viste de andrajos para dedicar su vida a la santidad y a la mortificación de la carne, ése sí que es digno, ése sí que, merece la bienvenida. Aquí morarás todos tus días hasta que te llegue la muerte.

El rey se apresuró a interrumpirle y a explicarle el caso, pero el ermitaño no le prestó atención ni le oyó en apariencia, sino que siguió con su charla, alzando la voz y con creciente fuerza:

––Y aquí estarás tranquilo. Nadie hallará tu refugio para abrumarte con súplicas de que vuelvas a esa vida vana y vacía de que Dios te ha movido a apartarte. Aquí rezaras, aquí estudiarás el Libro, aquí meditarás acerca de las locuras y desengaños de este mundo y sobre las sublimidades del mundo venidero. Te alimentaras de mendrugos y de hierbas y te azotarás a diario para purificar tu alma. Llevarás una camisa de estameña junto a la piel, beberás sólo agua, y estarás tranquilo. Sí, completamente tranquilo, porque los que vengan en tu busca, se irán decepcionados; no te encontrarán, no te molestarán.

El anciano, sin dejar de dar pasos de un lado a otro, terminó de hablar en voz alta y empezó a musitar. El rey aprovechó esta ocasión para exponer su caso, con una elocuencia inspirada por la inquietud y el temor, mas el ermitaño siguió hablando entre dientes. y sin prestarle atención. De pronto se acercó al rey y le dijo con impresionante acento:

––¡Chist! Te diré un secreto.

Inclinóse para contárselo, pero se contuvo y adoptó actitud de prestar oído. Al cabo de un instante se acercó de puntillas al hueco de la ventana, asomó la cabeza y miró en la oscuridad. En seguida volvió otra vez de puntillas, arrimó su rostro al del rey y cuchicheó:

––Yo soy un arcángel.

Hizo el rey un movimiento brusco, y se dijo:

––¡Ojalá estuviera otra vez con los bandidos, porque ahora me veo prisionero de un loco!

Sus temores aumentaron y se dejaron ver en su semblante. En voz baja continuó el ermitaño:

––Veo que percibes mi atmósfera. El temor se pinta en tus facciones. Nadie puede permanecer aquí sin verse afectado de ese modo, porque es el mismo cielo. Yo voy a él y vuelvo en un abrir y cerrar de ojos. En este mismo sitio me hicieron arcángel, ha cinco años, unos ángeles enviados del cielo para investirme con esa excelsa dignidad. Con su presencia llenaron este sitio de intolerable luz y se arrodillaron ante mí, ¡oh, rey! Sí, se arrodillaron ante mí, porque yo era más grande que ellos. Yo he andado por las salas del cielo y he hablado con patriarcas. Toca mi mano; no temas, tócala. Acabas de tocar una mano que ha sido estrechada por Abraham, Isaac y Jacob, porque he andado por las salas de oro y he visto frente a frente a la Divinidad.

Detúvose para dar mayor trascendencia a sus palabras, y de pronto mudó de expresión y se volvió a poner en pie, diciendo con airada energía:

––Sí; soy un arcángel, un verdadero arcángel, yo, que podría haber sido papa. Es mucha verdad; me lo dijeron en el cielo, en un sueño, hace veinte años. ¡Ah, sí! Yo tenía que ser papa; yo habría sido papa, porque el cielo lo había dicho; pero el rey disolvió mi casa religiosa, y yo, pobre viejo, oscuro y sin amigos, me vi sin hogar en el mundo y apartado de mis altos destinos.

Aquí empezó otra vez a hablar entre dientes y se golpeó la frente con inútil rabia, profiriendo a intervalos unas tremendas maldiciones, y de cuando en cuando esta patética frase:

––¡Por eso no soy más que un arcángel, yo, que debía ser papa!

Y así prosiguió por espacio de una hora, mientras el pobre rey se desesperaba, sentado en su banco. De pronto pasó el frenesí del viejo, que volvió a ser todo suavidad. Se le amansó la voz, cayó de las nubes y empezó a hablar con tanta sencillez y tan humanamente que no tardó en ganar por completo el corazón del rey. El viejo devoto hizo que el niño se acercara más al fuego para que estuviese mejor, le curó con diestra y tierna mano las contusiones y rozaduras, y se puso a preparar y a guisar una cena, todo esto sin dejar de charlar agradablemente, y acariciando de cuando en cuando la mejilla o la cabeza del niño, con tanta dulzura, que al poco rato todo el temor y la repulsión inspirados por el arcángel se habían trocado en reverencia y afecto al hombre.

Este feliz estado de cosas prosiguió mientras los dos despachaban la cena. Luego, tras una plegaria ante la hornacina, el ermitaño acostó al, niño en una pequeña habitación contigua, y lo arropó con tanto cariño como si fuera una madre; y así, con una caricia postrera, le dejó, se sentó junto al fuego y empezó a atizar. los leños, distraído y sin interés. De pronto te detuvo y se golpeó varias veces la frente con la mano, como si tratara de recordar algún pensamiento que hubiera huido de su mente. No lo consiguió al parecer, y se levantó bruscamente y entró en el cuarto de su huésped, a quien dijo:

––¿Eres el rey?

––Sí ––respondió el niño semidormido.

––¿Qué rey?

––El de Inglaterra.

––Entonces, ¿ha muerto Enrique?

––¡Ay! Así es. Yo soy su hijo.

El ermitaño frunció el ceño y crispó la huesuda mano con vengativa energía. Estuvo unos momentos en pie, jadeando fuerte y tragando saliva repetidas veces, y dijo con voz tétrica:

––¿Sabes que él nos dejó sin casa ni hogar en este mundo?

No recibió respuesta. El viejo se inclinó para escudriñar el sereno semblante del niño y escuchar su calmada respiración. ––Duerme; duerme profundamente ––dijo––. Y el ceño desapareció de su frente, cediendo a una expresión de satisfacción malvada. El rostro del dormido niño se iluminaba con una sonrisa. El ermitaño refunfuñó: ––Su corazón es feliz––. Y se alejó. Furtivamente empezó a dar vueltas, buscando algo por todas partes, deteniéndose a veces a escuchar, y a veces volteando a su alrededor para echar una mirada rápida a la cama, y hablando sin cesar entre dientes. Por fin encontró, lo que necesitaba: un enorme cuchillo mohoso y una piedra de afilar. Se acuclilló junto al fuego y empezó a afilar el cuchillo suavemente sin dejar de musitar, refunfuñar y rezongar...

Suspiraba el viento en torno del solitario paraje, y las misteriosas voces de la noche flotaban a distancia. Los vivarachos ojos de osados ratones contemplaban al viejo desde sus nidos, pero el ermitaño proseguía su obra, abstraído, absorto y sin darse cuenta de nada. A largos intervalos deslizaba el pulgar por el filo del cuchillo, y movía la cabeza con aire de satisfacción.

––Se va afilando ––dijo––; se va afilando.

Sin cuidarse del pasa del tiempo, seguía afilando tranquilamente, enfrascado en sus pensamientos, que se traducían a veces en ordenada oración.

––Su padre nos hizo daño, nos destruyó y ha descendido al fuego eterno. Sí, al fuego eterno. Se libró de nosotros, pero fue la voluntad de Dios; sí, fue la voluntad de Dios no debemos lamentarnos. Pero no se ha librado del fuego eterno. No se ha librado de ese fuego abrasador, implacable y en donde no caben remordimientos; y el fuego es eterno v perdurable.

Y así continuó, afilando y afilando sin cesar, y refunfuñando, conteniendo a veces una risa sardónica, y a veces profiriendo palabras.

––Su padre fue el que lo hizo todo. Yo no soy más que un arcángel; a no ser por él, hubiera sido papa.

El rey se agitó un momento, y el ermitaño acercóse sin hacer ruido al lado, de su lecho y se arrodilló, inclinándose sobre el cuerpo del niño con el cuchillo levantado. Eduardo volvió a moverse y sus ojos se abrieron un instante, pero dormidos, sin ver nada. Y al momento su respiración acompasada mostró que su sueño volvía a ser profundo.

El ermitaño observó y escuchó un instante, sin cambiar de postura y sin respirar apenas. Por fin bajó lentamente el brazo y se alejó diciendo:

––Ha pasado ya la medianoche. No vaya a ser que grite, si por acaso pasa alguien.

Volvió a su aposento, recogió aquí un andrajo, allá unas tenazas y allá otro harapo, y después regreso, y con el mayor cuidado se las arregló para atar los tobillos del rey sin despertarlo. Intento luego ligarle las muñecas e hizo varias tentativas para cruzarlas, pero el niño apartaba siempre una u otra en el momento en que se disponía a atarlas con la cuerda; al fin, cuando el arcángel estaba próximo a la desesperación, el rey cruzó las manos por sí mismo y un instante después estuvieron atadas. El ermitaño le pasó luego una venda bajo la barbilla y por encima de la cabeza, donde la ató fuerte y con tanta suavidad, tan despacio y haciendo los nudos tan diestramente y con tanta fuerza, que el niño siguió durmiendo tranquilamente durante toda la maniobra, sin dar señales de vida.

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