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Capítulo II

2

A media mañana del sábado, Anne se dirigió a la bonita casa antigua sobre una calle que terminaba en el campo, donde vivían la señora Raymond y sus famosos mellizos. La señora Raymond estaba lista para partir... vestida algo alegremente, quizá, para un funeral, con un sombrero lleno de flores sobre el ondeado cabello castaño, pero muy hermosa. Los mellizos de ocho años, que habían heredado su belleza, estaban sentados en la escalera, con aspecto de querubines. Tenían piel rosada, grandes ojos celestes y esponjoso cabello rubio pálido.

Sonrieron con encantadora dulzura cuando su madre les presentó a Anne y les dijo que la querida señorita Shirley había sido tan buena de venir a cuidarlos mientras mamá iba al funeral de la querida tía Ella, y que por supuesto se iban a portar bien y no le iban a dar nada de trabajo, ¿no era así, tesoros?

Los tesoros asintieron solemnemente y lograron parecer más angelicales que nunca.

La señora Raymond hizo que Anne la acompañara hasta el portón.

-Son lo único que tengo, ahora -declaró en tono patético-. Es posible que los haya malcriado un poco... sé que la gente lo piensa... la gente siempre parece saber mejor que una cómo criar a los hijos, ¿lo ha notado, señorita Shirley? Pero yo opino que es mejor quererlos que castigarlos, ¿sabe, señorita Shirley? Estoy segura de que usted no tendrá problemas con ellos. Los niños siempre se dan cuenta con quién pueden hacer travesuras y con quién no. La pobre señora Prouty, que vive aquí cerca, vino a quedarse con ellos un día, pero los pobrecitos no la pudieron soportar. De modo que le hicieron bastantes bromas, por supuesto... ya sabe cómo son los chicos. Se ha vengado contando las historias más absurdas por todo el pueblo. Pero usted les encantará y sé que se portarán como unos ángeles. Tienen mucha vivacidad, por supuesto... pero los niños tienen que ser así, ¿no cree? Es tan penoso ver niños con aspecto asustado, ¿no? Me gusta que sean naturales, ¿y a usted? Los niños demasiado buenos no parecen naturales, ¿no es cierto? No les permita hacer navegar sus barcos en la bañera ni meterse en el estanque, por favor. Tengo terror de que se resfríen... su padre murió de neumonía.

Los ojos de la señora Raymond parecían a punto de desbordar, pero ella parpadeó valientemente y contuvo las lágrimas.

-No se preocupe si se pelean un poco... los niños siempre lo hacen, ¿no es cierto? Pero si alguno de afuera los ataca... ¡cielos! Se adoran, sabe. Podría haber llevado a uno al funeral, pero sencillamente no quisieron saber nada. Nunca han estado separados un solo día. Y no iba a poder cuidar a mis mellizos en un funeral, ¿no le parece?

-No se preocupe, señora Raymond -dijo Anne con gentileza-. Estoy segura de que Gerald, Geraldine y yo pasaremos un día hermoso. Los niños me encantan.

-Lo sé. En cuanto la vi, me di cuenta de que le gustaban los niños. Una siempre se da cuenta, ¿no es cierto? Las personas que quieren a los chicos tienen algo. La pobre anciana señora Prouty los detesta. Busca lo peor en los niños, y por supuesto, lo encuentra. No imagina el consuelo que es para mí pensar que mis tesoros están bajo el cuidado de alguien que ama a los niños y los comprende. Estoy segura de que disfrutaré el día.

-Podrías llevarnos al funeral -chilló Gerald, asomando repentinamente la cabeza por una de las ventanas del primer piso-. Nunca vamos a lugares divertidos como ése.

-¡Ay, están en el baño! -exclamó la señora Raymond con aire trágico-. Querida señorita Shirley, por favor, vaya a sacarlos. Gerald, tesoro, sabes que mamá no puede llevarlos a los dos al funeral. Ay, señorita Shirley, tiene esa alfombra de piel de coyote del saloncito atada alrededor del cuello, por las patas. La arruinará. Por favor, hágasela sacar de inmediato. Debo apresurarme o perderé el tren.

La señora Raymond se alejó con andar elegante y Anne corrió arriba para encontrar que la angelical Geraldine había tomado a su hermano de las piernas y aparentemente trataba de arrojarlo por la ventana.

-Señorita Shirley, dígale a Gerald que deje de sacarme la lengua -exigió con ferocidad.

-¿Te duele? -quiso saber Anne, sonriendo.

-Muy bien, a mí no va a sacarme la lengua -declaró Geraldine, dirigiendo una fulminante mirada a su hermano, que se la devolvió, interesado.

-La lengua es mía y no puedes impedir que la saque cuando quiera, ¿no es cierto, señorita Shirley?

Anne pasó por alto la pregunta.

-Mis queridos mellizos, falta justo una hora para el almuerzo. ¿Qué les parece si vamos a sentarnos al jardín a jugar y contar cuentos? Y Gerald, ¿quieres por favor llevar esa alfombra de coyote otra vez a la sala?

-Pero es que quiero jugar al lobo -objetó Gerald.

-Quiere jugar al lobo -exclamó Geraldine, aliándose de pronto con su hermano.

-Queremos jugar al lobo -dijeron al unísono.

El timbre de la puerta cortó el nudo del dilema de Anne.

-Vamos a ver quién es -dijo Geraldine.

Volaron hasta la escalera y, deslizándose por la baranda, llegaron a la puerta mucho más rápido que Anne. La piel de coyote se soltó y quedó olvidada por el camino.

-No compramos nada a ningún vendedor -informó Gerald a la dama que estaba en el umbral.

-¿Puedo ver a tu madre? -preguntó la mujer.

-No, no puede. Mamá se fue al funeral de la tía Ella. La señorita Shirley nos está cuidando. Aquí viene. Ahora sí que tendrá que esfumarse.

Anne realmente sintió deseos de que la mujer se esfumara cuando vio de quién se trataba. La señorita Pamela Drake no era una visita que gozara de popularidad en Summerside. Siempre estaba vendiendo alguna cosa y era casi imposible deshacerse de ella a menos que uno se la comprara, puesto que era totalmente impermeable a desaires e insinuaciones, y al parecer, disponía de todo el tiempo del mundo.

Esta vez estaba "tomando pedidos" para una enciclopedia... algo de lo que ninguna maestra podía prescindir. En vano protestó Anne que no necesitaba una enciclopedia... la escuela ya tenía una muy completa.

-De diez años de antigüedad -decretó la señorita Pamela con firmeza-. Nos sentaremos aquí, sobre este banco rústico, señorita Shirley, y le mostraré mi folleto.

-Lo lamento, pero no tengo tiempo, señorita Drake. Tengo que cuidar a los niños.

-Sólo me llevará unos minutos. Tenía pensado pasar a verla, señorita Shirley, y es una suerte para mí haberla encontrado aquí. Vayan a jugar, niños, mientras la señorita Shirley y yo miramos este hermoso folleto.

-Mamá contrató a la señorita Shirley para que nos cuide -objetó Geraldine, sacudiendo sus rizos rubios. Pero Gerald la tironeó hacia atrás y la puerta se cerró.

-Verá, señorita Shirley, lo que esta enciclopedia significa. Mire qué hermoso papel... tóquelo, vea qué maravillosos los grabados... Ninguna otra enciclopedia en el mercado tiene tantos grabados.... Mire qué impresión... hasta un ciego podría leerla... y todo por ochenta dólares: ocho dólares de anticipo y ocho dólares por mes hasta que quede paga. Nunca más tendrá una oportunidad así... Esta es la presentación, por eso damos tantas facilidades. El año que viene costará ciento veinte.

-Es que no quiero una enciclopedia, señorita Drake -dijo Anne, desesperada.

-Claro que quiere una enciclopedia. Todo el mundo quiere una enciclopedia... una enciclopedia Nacional, No sé cómo viví hasta que conocí la enciclopedia Nacional. ¡Vivir! No vivía, solamente existía. Observe el grabado del avestruz, señorita Shirley. ¿Alguna vez había visto un avestruz?

-Pero, señorita Drake, yo...

-Si los términos le parecen demasiado onerosos, estoy segura de que podremos llegar a un arreglo, puesto que es maestra... seis dólares por mes, en lugar de ocho. Francamente, no puede rechazar una oferta como ésta, señorita Shirley.

Anne ya sentía que no podía. ¿Acaso no valdría seis dólares por mes deshacerse de esta espantosa mujer que evidentemente ya había decidido no irse hasta conseguir un pedido? Además... ¿qué estarían haciendo los mellizos? El silencio era alarmante. ¿Y si estuvieran haciendo navegar sus barcos en la bañera? ¿Y si se estuvieran bañando en el estanque?

Hizo un último y penoso intento de escapar.

-Lo pensaré, señorita Drake, y le haré saber...

-No hay tiempo como el presente -dijo la señorita Drake, sacando la estilográfica con rapidez-. Sabe muy bien que va a llevarse la Nacional, de modo que le conviene firmar ahora y terminar con el asunto. No se gana nada postergando las cosas. En cualquier momento puede subir el precio y entonces tendría que pagar ciento veinte dólares. Firme aquí, señorita Shirley.

Anne sintió que le empujaban la lapicera dentro de la mano... unos segundos más y... De pronto, la señorita Drake profirió un grito espeluznante; Anne dejó caer la lapicera bajo las flores que rodeaban el banco, y contempló con asombro y horror a su compañera.

¿Ésa era la señorita Drake...? ¿Ese objeto indescriptible, sin sombrero, sin lentes, casi sin pelo? Sombrero, lentes y peluquín flotaban en el aire por encima de su cabeza, a mitad de camino hacia la ventana del baño, desde donde asomaban dos cabezas doradas. Gerald sostenía una caña de pescar de la que colgaban dos hilos con anzuelos. Gracias a qué magia había logrado un triple enganche, sólo él lo sabía. Sin duda, se debía a un golpe fabuloso de suerte.

Anne voló escaleras arriba. Para cuando llegó al baño, los mellizos habían huido. Gerald había abandonado la caña de pescar, y al espiar por la ventana, Anne vio a una furiosa señorita Drake recuperando sus pertenencias, estilográfica incluida, y dirigiéndose luego hacia el portón. Por una vez en su vida, la señorita Pamela Drake había tenido que irse sin el pedido.

Anne descubrió a los mellizos comiendo manzanas con aire angelical en la galería trasera. Era difícil saber qué hacer. Por cierto, no podía dejarse pasar travesura semejante sin un reproche... pero Gerald la había rescatado de una posición difícil, y la señorita Drake era un odioso ser que necesitaba una lección. No obstante...

-¡Te has comido un gusano enorme! -chilló Gerald-. ¡Lo vi desaparecer por tu garganta!

Geraldine dejó la manzana y de inmediato vomitó. Anne estuvo ocupada durante un buen rato. Y cuando Geraldine estuvo mejor, era la hora del almuerzo, y Anne decidió dejar pasar el asunto con una leve admonición. Después de todo, no habían causado daños permanentes a la señorita Drake, que probablemente mantendría la boca cerrada por su propio bien.

-¿Te parece, Gerald, que te comportaste como un caballero? -preguntó con suavidad.

-No -respondió Gerald-. Pero estuvo divertidísimo. ¡Fa! Soy un buen pescador, ¿no cree?

El almuerzo estuvo excelente. La señora Raymond lo había preparado antes de partir, y fueran cuales fueren sus falencias disciplinarias, era una excelente cocinera. Gerald y Geraldine, ocupados en masticar y tragar con voracidad, no pelearon ni mostraron modales peores que cualquier otro niño. Después del almuerzo, Anne lavó los platos y logró que Geraldine la ayudara a secarlos y que Gerald los guardara con cuidado en el armario. Lo hicieron con pericia, y Anne reflexionó, complacida, que lo único que los niños necesitaban era un poco de disciplina y firmeza.

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