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10 En un anochecer oscuro y ventoso de marzo, cuando hasta las nubes que disparaban por el cielo parecían estar apresuradas, Anne subió ligeramente los escalones anchos y bajos, flanqueados por urnas de piedra y leones también de piedra, que llevaban a la imponente puerta principal de la Casa Tomgallon. Por lo general, cuando había pasado por allí después de la caída del sol, la casa estaba sombría y severa, con un tenue brillo de luz en una o dos ventanas. Pero ahora resplandecía en todo su esplendor; hasta las alas laterales estaban iluminadas, como si la señorita Minerva fuera a recibir a todo el pueblo. Tanta iluminación en su honor abrumó a Anne. Casi deseó haberse puesto el vestido de seda color crema. No obstante, se la veía muy bonita con el vestido verde de gasa, y tal vez, la señorita Minerva, al recibirla en el vestíbulo, también lo pensó, pues su rostro y su voz irradiaban cordialidad. La anciana lucía majestuosa con su vestido de terciopelo negro, una peineta con diamantes en el pelo grisáceo, y un gran camafeo rodeado por una trenza de pelo de algún Tomgallon difunto. Toda su vestimenta era anticuada, pero la llevaba con tanta majestuosidad, que la hacía parecer eterna como la ropa de la realeza. -Bienvenida a la Casa Tomgallon, mi querida -dijo, extendiendo hacia Anne una mano huesuda, salpicada también de brillantes- Me alegro mucho de tenerte aquí como mi invitada. -Y yo... -La Casa Tomgallon siempre fue un reducto de belleza y juventud en los viejos tiempos. Solíamos dar muchas fiestas y agasajar a todas las celebridades que venían de visita -prosiguió la señorita Minerva, guiando a Anne por la gastada alfombra roja hacia la gran escalinata-. Pero ahora todo ha cambiado. Recibo muy poco. Soy la última de los Tomgallon. Quizá sea mejor así. Nuestra familia, mi querida, está bajo una maldición. La señorita Minerva infundió una nota tan macabra de misterio y horror a su voz, que Anne contuvo un estremecimiento. ¡La Maldición de los Tomgallon! ¡Qué título para un cuento! "Ésta es la escalera por la que cayó mi bisabuelo Tomgallon. Se rompió el cuello, la noche de la fiesta que daba para inaugurar su nueva casa. Esta casa fue consagrada por sangre humana. Cayó allí... -La señorita Minerva apuntó con un dedo largo y pálido hacia una alfombra de piel de tigre. Lo hizo con tanto dramatismo, que Anne casi pudo ver al difunto Tomgallon muriéndose sobre ella. No sabía qué decir, de manera que atinó a exclamar: -¡Oh! La señorita Minerva la llevó por un vestíbulo, lleno de retratos y fotografías de descolorida belleza, con la famosa ventana con vitrales al final. Entraron en un gran dormitorio de huéspedes, de altos cielos rasos y mucha dignidad. La alta cama de madera de nogal, con la enorme cabecera, estaba cubierta por un cobertor de seda tan fabuloso, que a Anne le pareció una profanación apoyar el abrigo y el sombrero sobre él. -Tienes un cabello hermoso, mi querida -comentó la señorita Minerva-. Siempre me gustó el pelo rojizo. Mi tía Lydia era pelirroja... la única pelirroja de los Tomgallon. Una noche, cuando se lo estaba cepillando en la habitación que da al norte, se le prendió fuego con la vela y ella corrió gritando por el corredor, envuelta en llamas. Todo parte de la maldición, mi querida... todo parte de la maldición. -¿Y ella...? -No, no murió quemada, pero perdió toda su belleza. Era muy linda y vanidosa. Desde aquel día, nunca salió de la casa hasta que murió, y dejó indicaciones para que el ataúd estuviera cerrado, de manera que nadie pudiera ver su cara llena de cicatrices. ¿No quieres sentarte para sacarte las botas de goma, querida? Este sillón es muy cómodo. Mi hermana murió de un ataque cardíaco, sentada en él. Era viuda y volvió aquí a vivir después de la muerte de su marido. Su hijita se volcó encima una olla de agua hirviendo, en nuestra cocina. ¿No te parece una forma trágica de morir, para una criatura? -¿Pero cómo...? -Pero al menos sabemos cómo murió. Mi medio tía Eliza... es decir, hubiera sido mi medio tía si hubiera vivido... sencillamente desapareció cuando tenía seis años. Nadie supo nunca qué fue de ella. -Pero sin duda... -La buscaron por todas partes, pero nunca se supo nada. Dicen que su madre... mi abuelastra... había sido muy cruel con una sobrina de mi abuelo, una huérfana que se criaba aquí. La encerró en el armario, en el rellano de la escalera, un día caluroso de verano, para castigarla, y cuando fue a sacarla, la encontró... muerta. Algunas personas dijeron que en castigo, su propia hija desapareció. Pero yo pienso que fue todo por nuestra maldición. -¿Quién puso...? -Qué empeine alto tienes, querida. El mío también provocaba admiración. Se decía que un chorro de agua podía correrle por debajo... la prueba de una aristócrata. La señorita Minerva asomó con modestia un zapatito por debajo de la falda de terciopelo y reveló lo que, sin duda alguna, era un pie muy elegante. -Por cierto... -¿Te gustaría recorrer la casa, querida, antes de cenar? Solía ser el orgullo de Summerside. Supongo que todo debe de resultar terriblemente anticuado, ahora, pero tal vez haya algunas cosas de interés. Esa espada que cuelga en el rellano de la escalera perteneció a mi tatarabuelo, que fue oficial del Ejército Británico y recibió tierras en la isla Príncipe Eduardo por sus servicios. No llegó a vivir en esta casa, pero mi tatarabuela sí, durante algunas semanas. Murió muy poco después de la trágica muerte de su hijo. La señorita Minerva guió implacablemente a Anne por toda la enorme casa, llena de gigantescas habitaciones cuadradas: salón de baile, sala de música, sala de billar, tres saloncitos, sala de desayuno, un sinnúmero de dormitorios y un amplísimo altillo. Todas eran magníficas y sombrías. -Ésos eran mis tíos Ronald y Reuben -explicó la señorita Minerva, señalando a dos caballeros que parecían fulminarse mutuamente con la mirada desde los lados opuestos de un hogar-. Eran mellizos y se detestaron desde la cuna. La casa retumbaba con sus peleas. Arruinaron la vida de su madre. Y durante su última pelea, en esta misma habitación, durante una tormenta, a Reuben lo mató un rayo. Ronald nunca se repuso. Desde ese día, fue un hombre acosado. Su esposa -añadió la señorita Minerva en tono reminiscente- se tragó el anillo de bodas. -Qué cosa más... -A Ronald le pareció un gran descuido y no quiso que se hiciera nada. Un rápido emético hubiera podido... pero no se volvió a saber de él. Le arruinó la vida. Siempre se sintió tan descasada sin el anillo. -Qué hermosa... -Ah, sí, ésa era mi tía Emilia... bueno, no mi tía, en realidad, sino solamente la mujer de mi tío Alexander. Era famosa por su aspecto etéreo y espiritual, pero envenenó a su marido con un guiso de hongos... venenosos, claro está. Siempre fingirnos que fue un accidente, puesto que un asesinato es algo tan engorroso para una familia, pero todos sabíamos cuál era la verdad. Por cierto, ella se casó contra su voluntad. Era una jovencita alegre y él era demasiado viejo para ella. Diciembre y mayo, mi querida. No obstante, eso no justificaba los hongos venenosos. Enseguida después, ella desmejoró mucho. Están sepultados juntos en Charlottetown... todos los Tomgallon tienen sepultura en Charlottetown. Ésta era mi tía Louise. Bebió láudano. El médico se lo extrajo con un lavaje y la salvó, pero desde entonces, todos sentimos que no podíamos confiar en ella. Realmente fue un alivio cuando murió de una respetable neumonía. Desde luego, algunos de nosotros no la culpábamos. Verás, mi querida, el marido le había pegado una paliza. -Pegado... -Exacto. Realmente hay cosas que ningún caballero debería hacer, mi querida, y una de ellas es darle una paliza a la esposa. Derribarla, quizá... pero darle una paliza, ¡nunca! Me gustaría -dijo la señorita Minerva, en tono majestuoso- ver al hombre que se atreviese a darme una paliza a mí. Anne sentía que también le gustaría verlo. Comprendía que había límites para la imaginación, después de todo. Ni aun estirando la suya al máximo, podía imaginar a un marido propinándole una paliza a la señorita Minerva Tomgallon. -Éste es el salón de baile. Por supuesto, ya nunca se usa. Pero ha habido un sinnúmero de bailes aquí. Los bailes de los Tomgallon eran famosos. Los invitados venían desde toda la Isla. Esa araña le costó quinientos dólares a mi padre. Mi tía abuela Patience cayó muerta mientras bailaba aquí una noche... justo allí en ese rincón. Se afligía mucho por un hombre que la había defraudado. No puedo imaginar a una chica permitiendo que su corazón se rompa por un hombre. Los hombres -declaró la señorita Minerva, contemplando una fotografía de su padre, un caballero con hirsutas patillas y nariz aguileña- siempre me han parecido tan triviales.
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