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CAPÍTULO 26 I Llegó clara y súbitamente por el aire en un atardecer de junio. Una llamada tan vieja... dos notas altas y una larga, suave, más baja. Emily Starr, que soñaba junto a su ventana, la oyó y se levantó, pálida de pronto. ¡Seguramente seguía soñando! Teddy Kent estaba a miles de kilómetros de distancia, en el oriente, o al menos eso había leído ella en un artículo de un diario de Montreal. Sí, lo había soñado, se lo había imaginado. Volvió a oírlo. Y Emily supo que Teddy estaba allí, esperándola en el bosque de John el Altivo, llamándola a través de los años. Ella bajó despacio, salió, cruzó el jardín. Claro que Teddy estaba allí, bajo los abetos. Parecía la cosa más natural del mundo que fuera allí a esperarla, a ese jardín viejo como el mundo donde los tres álamos de Lombardía montaban guardia. No faltaba nada para cubrir los años intermedios. No había ninguna brecha entre ellos. Él le tendió las manos y la atrajo hacia sí, sin un saludo convencional. Y habló como si no hubieran pasado años, como si no hubiera recuerdos, entre ellos. -No me digas que no puedes amarme, puedes, tienes que amarme, Emily... -los ojos de él se encontraron por un momento con el brillo de claro de luna de los ojos de ella -tú me amas. II -Es horrible pensar que son las cosas pequeñas las que provocan los malentendidos entre las personas decía Emily unos minutos... o unas horas... más tarde. -Toda mi vida he intentado decirte que te amo -dijo Teddy-. ¿Te acuerdas de aquella noche, hace muchísimo tiempo, en el Camino del Mañana, después de que dejamos el secundario? Justo cuando yo iba a juntar coraje para preguntarte si me esperarías, tú dijiste que el aire de la noche te hacía daño y entraste. Me pareció una excusa para deshacerte de mí; yo sabía que a ti el aire de la noche te importaba un comino. Eso me disuadió durante años. Cuando me enteré de tu relación con Aylmer Vincent -mamá me contó que estabas comprometida- fue un duro golpe. Por primera vez se me ocurrió que en realidad no me pertenecías, después de todo. Y ese invierno en el que estuviste enferma, casi me vuelvo loco. Lejos, en Francia, sin poder verte. Y todos me escribían contándome que Dean Priest estaba siempre contigo y que probablemente se casaran si te curabas. Después llegó la noticia de que sí te casabas con él. No quiero hablar de eso. Pero cuando tú... tú... me salvaste de ir al encuentro de mi muerte en el Flavian, supe que sí me pertenecías, de una vez y para siempre, lo supieras o no lo supieras. Entonces volví a intentarlo aquella mañana junto al lago de Blair Water, y tú volviste a rechazarme sin piedad. Apartaste la mano de la mía como si fuera una víbora. Y nunca me contestaste mi carta, Emily, ¿por qué? Me dijiste que siempre me habías querido... -Nunca recibí esa carta. -¿Que nunca la recibiste? Pero si yo la puse en el correo... -Sí, lo sé. Tengo algo que contarte, ella me dijo que te lo contara. -Le contó todo en pocas palabras. -¿Mi madre hizo eso? -No la juzgues con dureza, Teddy. Tú sabes que ella no era como las demás mujeres. Su pelea con tu padre, ¿te enteraste? -Sí, me lo contó todo cuando vino a vivir conmigo en Montreal. Pero esto... Emily... -Olvidémoslo y perdonemos. Se sentía tan dejada de lado y tan infeliz que no sabía lo que hacía. Y yo... yo fui demasiado orgullosa para acudir cuando me llamaste la última vez. Quise ir, pero pensé que tú sólo te estabas divirtiendo. -Fue entonces que perdí toda esperanza. Me había engañado demasiadas veces. Te vi junto a la ventana, resplandeciendo, me pareció, con un resplandor helado, como una fría estrella lejana, supe que me habías oído, era la primera vez que no contestabas nuestro viejo llamado. Parecía que no quedaba nada por hacer, más que olvidarte, si podía. Nunca lo logré, pero pensé que sí, excepto cuando miraba a Vega de la Lira. Y me sentía solo. Ilse fue una buena compañera. Además, creo que pensé que con ella podría hablar de ti, mantener un rinconcito en tu vida como el esposo de alguien a quien tú querías. Sabía que Ilse no me quería demasiado, que yo no era más que el premio consuelo. Pero pensé que los dos nos llevaríamos bien y que nos ayudaríamos a mantener alejada la temible soledad del mundo. Y entonces -Teddy rió para sus adentros-, cuando ella me dejó 'ante el altar' según la fórmula de Bertha M. Clau, me puse furioso. Me había hecho quedar como un soberano tonto, a mí, que creía que comenzaba a ser alguien en el mundo... ¡Ay, cómo odié a las mujeres por un tiempo! Me sentí muy herido. Había llegado a querer bien a Ilse, en cierto sentido, en realidad la amé. -En cierto sentido. -Emily no sintió los más mínimos celos. III -Yo no sé si yo me quedaría con las sobras de Ilse -comentó la tía Elizabeth. Emily le dirigió a la tía Elizabeth una de sus antiguas miradas. -Las sobras de Ilse. Si Teddy siempre me ha pertenecido a mí, igual que yo a él... En alma, cuerpo y corazón -dijo Emily. La tía Elizabeth se estremeció. Tal vez fuera bueno sentir estas cosas, pero era indecente decirlas. -Siempre solapada -fue el comentario de la tía Ruth. -Será mejor que se case en seguida, antes de que vuelva a cambiar de idea -dijo la tía Addie. -Supongo que cuando él le dé un beso no se va a limpiar la cara -dijo el tío Wallace. Sin embargo, en términos generales, la familia estaba contenta. Muy contenta. Después de todas las preocupaciones por los romances de Emily, verla respetablemente "asentada" con un "muchacho" conocido que, hasta donde ellos sabían al menos, no tenía malas costumbres ni antecedentes vergonzosos. Y a quien le iba muy bien en el negocio de la pintura. Ellos no iban a decirlo con esas palabras, pero el viejo Kelly lo dijo por ellos. -Ah, esto sí me gusta -dijo el viejo Kelly, aprobando. IV Dean escribió poco antes de la discreta boda en Luna Nueva. Una carta abultada con un adjunto: el título de posesión de La Casa Desilusionada y todo lo que ésta contenía. -Quiero que la aceptes, Estrella, como mi regalo de boda. Esa casa no debe volver a desilusionarse. Quiero que por fin viva. Tú y Teddy pueden usarla como casa de veraneo. Y algún día iré a visitarlos. De vez en cuando reclamaré mi antiguo rinconcito en tu casa de la amistad. -Qué... encantador... de parte de Dean. Y me alegro tanto de que ya no se sienta herido. Emily estaba de pie, en el lugar en el que el Camino del Mañana se abría al valle de Blair Water. A sus espaldas oía los ansiosos pasos de Teddy que se acercaba a ella. Al frente, sobre la colina oscura y contra el ocaso, estaba la querida casita gris que ya no se sentiría desilusionada.
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