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CAPITULO VII
Una vasta llanura, en la cual se veían algunos grupos de palmeras, se extendía en un gran espacio, elevándose en el lugar que ocupaba una maciza edificación, sobre la cual se erguía una torrecilla a modo de observatorio. Apenas comenzaba a clarear el día, y no era posible distinguir lo que era aquello en realidad; pero el piloto y el mestizo no tenían necesidad de la luz para saber dónde se encontraban. -¡El “kampong” de Pangutarang!- exclamaron a un tiempo. -¡Y rodeado por los dayakos!- añadió Yáñez arrugando el entrecejo-. ¿Se habrá reunido ya el grueso de sus fuerzas? Multitud de hogueras dispuestas en semicírculo ardían ante la factoría, cual si los terribles cortacabezas hubiesen establecido un gran campamento. Yáñez y sus hombres se detuvieron mirando con ansiedad aquellas lumbres, tratando de darse cuenta de las fuerzas de los sitiadores. ¡Esto sí que es un inconveniente de importancia!- murmuraba Yáñez-. Sería una imprudencia aventurarse a ciegas contra fuerzas que pueden ser veinte veces superiores; y, por otro lado, sería también una locura esperar a que amanezca. Faltaría la ventaja de la sorpresa, y podrían rechazarnos. -Señor- dijo el piloto-, ¿qué decide usted? -¿Crees que son muchos los sitiadores? -A juzgar por el número de hogueras, podría creerse que sí. ¿Quiere usted que vaya a cerciorarme de las fuerzas que componen? Yáñez lo miró con desconfianza. -Sospecha usted de mí, ¿verdad?- dijo sonriendo el malayo-. Tiene usted razón: Hasta ayer era su enemigo. Sin embargo, está usted equivocado: he roto con esos hombres, y prefiero que me cuente entre los suyos, que son malayos como yo. -¿Podrás regresar antes de que salga el sol? -Todavía tardará media hora en salir, y le prometo que estaré de vuelta dentro de diez minutos. -¡Vaya; entonces me dará una prueba de fidelidad!- dijo Yáñez. -La tendrá usted. El malayo tomó un “parang” hizo un gesto de despedida, y se alejó, metiéndose por medio de una plantación de jengibre, que los sitiadores no habían destruido todavía. Yáñez, reloj en mano, contaba los minutos. Temía mucho que tardase el piloto y que clarease antes de su regreso, haciendo imposible la sorpresa. No había contado seis minutos, cuando apareció Podada corriendo a todo correr. -¿Qué hay?- le preguntó Yáñez adelantándose a su encuentro. -El grueso de las fuerzas que nos atacó en la boca del río no ha llegado todavía. Los sitiadores no son más de ciento, y sus filas son tan débiles, que no pueden resistir un empuje repentino. -¿Tienen armas de fuego? -Sí, señor. -¡Bah! ¡Ya sabemos cómo se sirven de ellas! Se volvió hacia sus hombres, que se le habían reunido, y que solamente esperaban sus órdenes para caer sobre el enemigo. -¡Tirad a matar!- les dijo-. ¡Es preciso que demuestren los tigres de Mompracem que no temen a esos cortacabezas! -En cuanto lo ordene usted, lo echaremos a pique todo, señor Yáñez- contestó el más viejo-. Ya le consta que nunca hemos tenido miedo. -Acerquémonos en silencio para atraparlos por la espalda. No hagáis fuego si yo no lo mando. ¡Formemos en columna de asalto! Formaron en doble fila, y el pelotón desapareció en los jengibres, que eran bastante altos para ocultarlos. Yáñez se había puesto una carabina en bandolera; desenvainó el machete, y empuñó una magnífica pistola india de dos cañones. Atravesaron con tal rapidez la plantación, que no tardaron cuatro minutos en colocarse a ochenta pasos de los sitiadores. Estos, seguros de que nadie los sorprendería, vivaqueaban en grupos de cuatro y cinco hombres en derredor de las hogueras. A trescientos metros más allá se alzaba el “kampong”. Era una especie de “kotta”, o sea una fortaleza bornesa, formada por un cuerpo de fábrica y circundada por anchos tablones de durísima madera de tek, suficientemente sólidos para resistir las balas de los cañoncitos llamados “lilas”, y aun las de un “mirim”; además, la rodeaba por completo un espeso bosque de arbustos espinosos que hacían imposible que pudiesen tomar por asalto la fortificación hombres casi desnudos y privados de escarpias. Sobre la parte de fábrica alzábase una casa de hermosa apariencia que recordaba los “bungalows” indios, con una torrecilla de madera semejante a un alminar árabe, en el cual ardía una gran linterna a manera de faro. -Tangusa- dijo Yáñez, que había mandado a sus hombres que se echasen a tierra... pues quería que no pudieran divisarlo antes de que él se diese cuenta exacta de la situación en que se hallaba la factoría-, ¿dónde está el paso de entrada? -Frente a nosotros, señor. -¿No iremos a caer en medio de los espinos? -Yo guiaré. -¿Estáis prontos?- preguntó Yáñez volviéndose hacia los suyos. -Todos estamos prontos, capitán. -Cargad al grito de ¡Viva Mompracem!, para que no corramos el peligro de que nos fusilen los defensores del “kampong”. ¡Adelante! Hicieron una descarga, y tumbaron a cinco o seis dayakos que habían abandonado precipitadamente la lumbre en derredor de la cual vivaqueaban; enseguida atravesaron como el rayo la débil línea del sitio, haciendo fuego y gritando a todo gritar: -¡Viva Mompracem! Los cortacabezas, sorprendidos por aquel asalto inesperado con el cual ni soñaban, no intentaron siquiera oponer resistencia; así que el animoso grupo pudo alcanzar el bosque espinoso y ponerse bajo su amparo. Varios hombres de los que defendían el interior de la fortaleza aparecieron armados con fusiles, y se disponían a hacer fuego, cuando se oyó una voz que gritaba con ímpetu: -¡Quietos! ¡Son amigos! ¡Abrid la puerta! -¡Ohé; amigo Tremal-Naik!- exclamó Yáñez lleno de alegría, ¡No tenemos ganas de que nos fusilen los tuyos! ¡Ya tenemos bastante con el plomo de los dayakos! -¡Yáñez!- gritó el indio con una verdadera explosión de entusiasmo. Un tablón enorme de madera de tek, tan pesado como si fuese de hierro, y que levantaron varios hombres sirviéndose de fuertes cables suspendidos de grandes garruchas, dejó libre el paso, por el cual se lanzaron los tigres de Mompracem con el mestizo y el piloto, penetrando en el “kampong”, mientras que los defensores del reducto exterior saludaban a los sitiadores con dos disparos de bombarda y un violento fuego de fusilería. Un hombre de estatura más bien alta, de mediana edad, y con el bigote y el pelo entrecanos, pero todavía esbelto y vigoroso, de finas facciones, con la piel un poco bronceada y ojos muy negros, abrió los brazos para estrechar al portugués. No vestía como los borneses ricos, sino a la moda india, un poco modernizada, pues ya no están en uso el “doote” ni el “dugbah” siendo el traje indo-inglés más sencillo y cómodo, pues consta de una chaqueta de tela blanca con alamares de seda roja, ancha faja recamada de oro, estrechos calzones blancos y turbante pequeño. -¡Aquí; sobre mi pecho, amigo Yánez!- exclamó, abrazándolo estrechamente-. ¡Está escrito que tengo que recurrir siempre a la generosidad y al valor de los invencibles tigres de Mompracem! ¿Cómo está el Tigre de la Malasia? -Reventado de salud. -¿Y tú, Surama? -Queriéndote siempre muchísimo. ¿Y Damna? ¿Dónde está que no la veo? -¿El tigre o mi hija? -Uno y otra. ¡Ya me olvidaba de tu valiente fiera! -Mi hija está durmiendo, y el tigre va camino de la costa con Kammamuri. -¡Cómo! ¿El maharatto no está aquí?- exclamó Yáñez. -Ante el temor de que Tangusa no hubiera podido reunirse con vosotros para guiaros, partió, a pesar de mis consejos, con una pequeña escolta, y a estas horas, si ha logrado escapar de los dayakos, se habrá embarcado para Mompracem. -Ya lo encontraremos más tarde. -Ven, amigo mío- dijo Tremal-Naik-. Este sitio no es a propósito para que hablemos. ¡Hola, Tangusa! Haz los honores de casa, y prepara comida y bebida a los tigres de Mompracem. Se dirigió hacia el “bungalow” que se alzaba entre algunos techados de enormes dimensiones, llenos de productos agrícolas y de una doble línea de defensa, e introdujo a su amigo en una habitación del piso bajo, iluminada todavía por una hermosa lámpara india, cuyos vidrios azulados atenuaban la luz. Tremal-Naik no había renunciado a sus costumbres de hijo de Bengala. La habitación estaba amueblada a la moda india, con muebles ligeros, pero elegantísimos; en derredor se veían esos bajos y cómodos divanes que no faltan en las casas ricas de los adoradores de Brahma Siva y Visnú. -Ante todo- tomad una buena copa de “bram” – dijo el indio llenando dos copas con ese delicioso y excelente licor, compuesto con arroz fermentado, azúcar y el jugo de varias palmas que lo perfuman. -Estoy tan sudoroso como un caballo que ha corrido doce leguas sin tomar aliento. ¡Ya no soy joven, amigo mío!- dijo Yáñez vaciando de un trago la copa-. Ahora explícame este misterio. -Si me lo permites, una pregunta antes de nada. ¿Cómo habéis llegado? -Con el “Mariana” y después de haber forzado la boca del río. Luego te contaré los pormenores de la lucha. -¿Dónde has dejado el “Mariana”? -En el “embarcadero”. -¿Es muy numerosa la tripulación? -Es igual en fuerza a la que he traído. Tremal-Naik se quedó pensativo. -Son hombres capaces de defender mi velero- dijo Yáñez. -Es que también son muchos los dayakos, más de los que crees; sobre todo, bien armados y ejercitados. -¿Por el peregrino? -Sí. -Habrás visto a ese bribón. -¿Yo?¡Nunca! -¿Tampoco tú sabes quién es?- preguntó Yáñez en el colmo del asombro. -No- respondió Tremal-Naik-. Le envié un mensajero hace dos semanas rogándole que se viese conmigo donde quisiera para que me explicase los motivos de su odio, y prometiéndole que nadie atentaría a su vida. -Y él se habrá guardado muy bien de obedecer. -Me contestó en cambio que fuese yo a entregarle mi cabeza juntamente con la de mi hija. -¿Ha tenido tanta audacia ese miserable?- exclamó indignado Yáñez-. Veamos; ¿has ofendido a algún jefe de los dayakos? Porque estos cortacabezas son ferozmente vengativos. -Yo no he hecho nunca mal a ninguno: además, ese hombre no es dayako- contestó el indio. -Entonces, ¿qué es? -Algunos dicen que es un árabe viejo y fanático; otros dicen que es un negro; y otros, que es un indio. -Debe tener algún motivo muy grande para odiarte de ese modo. -Ciertamente que sí; pero, cuanto más pienso en ello, menos acierto a descubrir la causa; en vano me devano los sesos para acertar. Sin embargo, he tenido una sospecha. -¿Cuál? -Pero es tan absurda, que te reirías si te la dijese dijo Tremal-Naik. -Dila. -¿Será algún “thug”? En vez de acoger con una sonrisa esta sospecha, como esperaba el indio, Yáñez palideció ligeramente. -¿Estás bien seguro, Tremal-Naik- dijo al cabo, gravemente-, de que a los lugartenientes del jefe de los estranguladores, de Suyodhana, en fin, los hayamos matado a todos en la caverna de Raymangal, o los ingleses en las hecatombes de Delhi? ¿Quién podrá asegurarlo? -¿Y crees que después de once años haya pensado alguien en vengar a Suyodhana? -Has podido probar por ti mismo su tenacidad y el implacable odio de aquellos asesinos. Tú has sido la causa de su fin. Tremal-Naik volvió a quedar pensativo, y en su rostro se dibujaba una angustia grande. De pronto hizo un gesto como para arrojar de él aquella visión, y dijo: -¡No! ¡Es imposible; es absurdo! Admito que aun haya “thugs” en la India; pero no se habrían atrevido a tanto. Ese peregrino debe ser un miserable charlatán que trata de imponerse a los dayakos para fundar alguna sultanía, y finge odiarme. Habrá esparcido la voz de que no soy mahometano, de que soy un enemigo de los dayakos, una hechura de los ingleses encargado de sojuzgarlos, o cualquiera otra cosa por el estilo, para lanzarme de aquí. Será todo lo que quieras, incluso un verdadero fanático; pero no un “thug”. -Bueno: lo que te parezca; pero no creo que te encuentres en muy buenas condiciones al presente. ¿Has perdido todas tus factorías? -Las han saqueado y quemado. -Hubiera sido mejor que te hubieses quedado con nosotros en Mompracem. -Intentaba colonizar estas costas y civilizar a estos bárbaros. -Y, ¡claro!, has escrito en la arena- dijo Yáñez riendo. -Ya lo ves. -Además, este asunto te costará, probablemente, algunos centenares de miles de rupias. Menos mal que pueden pagar los gastos tus factorías de Bengala. ¿Cuándo vamos a desalojar esto? -Te pido de plazo tan solo veinticuatro horas- contestó Tremal-Naik-, para poder recoger lo mejor de cuanto poseo; después prenderemos fuego a todo, y nos iremos en busca de tu barco. -Y nos iremos a escape hacia Mompracem- dijo Yáñez-. También es necesaria allá nuestra presencia. Pronunció tan gravemente estas palabras, que el indio se sorprendió. -¿Qué? ¿Sucede algo?- preguntó -¡Qué sé yo! No sé nada todavía. Corren rumores inquietantes para el Tigre de la Malasia. -¿Cuáles? -Parece ser que los ingleses tienen intención de hacernos desalojar a Mompracem. Desde hace algún tiempo vienen achacándonos todos los actos de piratería que se realizan a lo largo de las costas de la isla, siendo así que hace ya muchos años que nuestros paraos dormitan sobre sus anclas. Dicen que nuestra presencia anima a los piratas costeros, y que, ya directa, ya indirectamente, los azuzamos contra los barcos que van a Labuán. ¡Mentiras! Pero tú ya conoces la doblez del leopardo británico. -Y su ingratitud también- dijo el indio-. ¡Así es como quiere recompensarnos el haberles limpiado la India de la secta de los “thugs” -¿Cederá Sandokán? -¡Él!... Es capaz de arrojar el guante de desafío a toda Inglaterra, y... Un cañonazo lejano le cortó la palabra. -¿Has oído?- exclamó poniéndose en pie de un salto, presa de vivísima agitación. -Sí; se oyen cañonazos hacia el Sur. -¡Son los dayakos que atacan al “Mariana”! -Sígueme al observatorio, Yáñez- dijo Tremal- Naik-. Desde allí podemos oír mejor hacia que lado suenan los disparos.
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