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Masetto de Lamporecchio, fingiéndose mudo, se hace hortelano de un convento de
monjas que porfían por acostarse con él. Y, como los que así creen se engañan mucho, deseo
aclarárselo con un relato, según la reina me ha mandado. Existía y aún
subsiste en nuestro país un convento de religiosas muy famoso por su santidad,
del cual su nombre no mencionaré para no mermar esa reputación. En el que, no
hace mucho, residían ocho mujeres y una superiora, jóvenes todas, y vivía un
hombre humilde que era hortelano de un hermosísimo jardín. -Bien has hecho en venir. ¿Qué hace un hombre entre mujeres? Mejor estaría con diablos, porque ellas, seis veces de cada siete, ni lo que quieren saben. Y, acabados estos razonamientos, empezó Masetto a pensar cómo debía presentarse a ellas. Entendía el oficio de que Nuto le habló, pero temió que no le recibieran al verle demasiado mozo y bien parecido. Y, figurándose entre sí muchas cosas, imaginó: "El lugar es harto lejano de aquí y nadie me conoce. Si finjo ser mudo, de fijo me recibirán". Y, aferrándose a esta imaginación, echóse la segur al hombro y, sin decir a nadie dónde iba, a guisa de pobre hombre entró en el convento, en el cual, al llegar, casualmente halló al administrador en el patio y, por señas, cual mudo, pidióle de comer por amor de Dios y ofrecióle, si quería, partir leña. El otro dióle de comer de buen grado y le puso ante unos troncos que Nuto no había podido partir, pero que el joven, que muy robusto era, en pocas horas cortó. El mayordomo, que necesitaba ir al bosque, le llevó consigo y, luego de hacerle cortar más leña, le puso el asno delante y por signos le indicó que lo llevara al monasterio. Cumpliólo todo bien el joven. y el mayordomo, para que le sirviese en algunas cosas que le eran precisas, le tuvo consigo más días. Y, viéndole una vez la abadesa, preguntó quién era, y el otro repuso: -Un pobre sordomudo, señora, que vino a pedir limosna y a quien he encargado algunas cosas que nos eran necesarias. Si supiese trabajar el huerto y quisiera quedarse, creo que nos prestaría buenos servicios, porque anda necesitado, y es fuerte, y podría hacer lo que quisiera. Y, además, no existiría peligro de que platicase con vuestras jóvenes. A lo que dijo la abadesa: -A fe de Dios que hablas en verdad. Mira si sabe labrar e ingéniate para retenerle. Regálale un par de zapatos y algún vestido viejo, halágale y dale bien de comer. El hombre prometió hacerlo. Masetto, que estaba barriendo el patio, lo oyó todo y díjose, contento: "Si aquí me ponéis, yo os labraré el huerto como no os lo habrán labrado nunca". Viendo el administrador que el mozo labraba óptimamente, por señas le preguntó si quería quedarse allí. Y con señas respondióle Masetto que haría lo que a él le pluguiese, y cl hombre, aceptándolo, le impuso la tarea de cuidar el huerto y le mostró sus otras obligaciones, y luego, yendo a otras faenas del monasterio, le dejó. Y, trabajando un día tras otro, comenzaron las monjas a molestarle e importunarle y, como a menudo pasa con los mudos, le decían, no creyendo ser atendidas, las más injuriosas palabras imaginables. De lo cual la abadesa se curaba poco o nada, creyéndolo privado de oído como de habla. Y una vez que él había trabajado mucho y descansaba, dos monjas jovenzuelas que andaban por el jardín llegáronse a donde estaba y, creyéndole dormido, le miraron. Una, que era más atrevida, dijo a la otra:
-Si pensase que callabas, te diría un pensamiento que muchas veces se me ha
ocurrido y del que tú también podrías aprovecharte. La otra respondió:
-Habla, que nada diré a nadie. Y la arrojada comenzó:
Masetto oía este razonamiento y, presto a obedecer, no esperaba sino que le tomase una de ellas. Y habiendo las dos examinádolo todo y comprobado que de nadie podían ser vistas, la que había propuesto el lance, fue a Masetto y le despertó y él incorporóse y ella, con obras lisonjeras, le tomó la mano, y mientras él reía neciamente, llevóle a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse rogar mucho, accedió a lo que ella quería. Y la monja, como leal compañera, una vez satisfecha, llamó a ]a otra y también Masetto se plegó a lo que ella quiso, sin dejar de mostrarse un entero simple. Y así, antes de partirse, otra vez cada una quisieron saber cómo el mudo cabalgaba, y luego, departiendo entre sí, decíanse que aquello era tan dulce y más que lo que se hablaba. Y desde entonces, escogiendo horas adecuadas, iban a retozar con el mudo. Ocurrió que, un día, una compañera suya las vio desde la ventanilla de su celda y se las mostró a dos compañeras más. Tuvieron ante todo razonamientos encaminados a acusarlas ante la abadesa, pero luego, cambiando de opinión, de consenso empezaron a participar también de Masetto, al cual, por diversos accidentes, las otras tres también hicieron compañía en varios casos. Últimamente, la abadesa, andando un día de gran calor sola por el jardín, encontró a Masetto, el cual, durante el día, por la fatiga del mucho cabalgar por la noche, se había tendido a dormir a la sombra de un árbol. 'Y habiéndole el viento alzado las ropas, hallábase todo él descubierto. Lo que, mirándolo la mujer y hallándose sola, hízola caer en igual apetito que sus monjitas y, despertando a Masetto. se lo llevó a su cámara, donde le tuvo varios días, con gran desolación de las monjas al ver que su hortelano no salía a labrarles el huerto.
Y la abadesa probó y reprobó aquella dulzura que usualmente ante las otras
solía censurar. En fin, mandóle a su aposento y buscóle otras veces, y como
las demás le buscaban también, no pudiendo el hombre satisfacer a tantas,
pensó que el seguir siendo mudo podría arrojarle gran daño, y una noche,
estando con la abadesa, al separarse de ella, comenzó a decir: Creyólo la mujer y le preguntó qué significaba aquello de haber de servir a nueve mujeres. Lo contó todo Masetto, y la abadesa, advirtiendo que no había monja que no fuera más experta que ella, como discreta, y aunque sin dejar partir a Masetto, convino buscar remedio al mal con sus monjas, para que por Masetto no fuese el monasterio vituperado. Y como en aquellos días había muerto el administrador,
ellas, de común acuerdo, y revelándose entre sí lo hasta entonces hecho a
escondidas, convinieron, con placer de Masetto, en hacer creer a las gentes del
contorno que sus oraciones y los méritos del santo bajo cuya advocación estaba
el monasterio habían restituido a Masetto el habla tan largamente perdida: y le
hicieron administrador, y tan hábilmente se distribuyeron entre todas las
fatigas del hombre, que él pudo fácilmente soportarlas. Y entre ellas, aunque
bastantes monjitos el buen hombre generoso, tan diestramente se llevó la cosa
que nada se supo hasta después de la muerte de la abadesa. Siendo ya Masetto
viejo, padre y rico, sin el trabajo de nutrir a sus hijos y costear sus gastos,
habiendo con su agudeza sabido manejarse bien en la mocedad, volvió al sitio de
donde había salido con la segur al hombro, afirmando que así trataba Cristo a
quien le ponía cuernos en la cabeza.
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