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El gato y las ratas Había
una casa invadida de ratas. Lo supo un gato y se fue
a ella, y poco a poco iba devorando las ratas. Pero
ellas, viendo que rápidamente eran cazadas,
decidieron guardarse en sus agujeros. No pudiendo el gato alcanzarlas, ideó una trampa para que salieran. Trepó a lo alto de una viga, y colgado de ella se hizo el muerto. Pero una de las ratas se asomó, lo vio y le dijo: --
¡ Oye amiguito, aunque fueras un saco de harina, no
me acercaría a ti!
Los
ratones y las comadrejas Se
hallaban en continua guerra los ratones y las
comadrejas. Los ratones, que siempre eran vencidos,
se reunieron en asamblea, y pensando que era por
falta de jefes que siempre perdían, nombraron a
varios estrategas. Los nuevos jefes recién
elegidos, queriendo deslumbrar y distinguirse de los
soldados rasos, se hicieron una especie de cuernos y
se los sujetaron firmemente. Vino
la siguiente gran batalla, y como siempre, el ejército
de los ratones llevó las de perder. Entonces todos
los ratones huyeron a sus agujeros, y los jefes, no
pudiendo entrar a causa de sus cuernos, fueron
apresados y devorados.
El
ratón campestre y el cortesano. Un
ratón campesino tenía por amigo a otro de la
corte, y lo invitó a que fuese a comer a la campiña.
Mas como sólo podía ofrecerle trigo y yerbajos, el
ratón cortesano le dijo: --
¿ Sabes amigo, que llevas una vida de hormiga? En
cambio yo poseo bienes en abundancia. Ven conmigo y
a tu disposición los tendrás. Partieron
ambos para la corte. Mostró el ratón ciudadano a
su amigo trigo y legumbres, higos y queso, frutas y
miel. Maravillado el ratón campesino, bendecía a
su amigo de todo corazón y renegaba de su mala
suerte. Dispuestos ya a darse un festín, un hombre
abrió de pronto la puerta. Espantados por el ruido
los dos ratones se lanzaron temerosos a los
agujeros. Volvieron luego a buscar higos secos, pero
otra persona incursionó en el lugar, y al verla,
los dos amigos se precipitaron nuevamente en una
rendija para esconderse. Entonces el ratón de los
campos, olvidándose de su hambre, suspiró y dijo
al ratón cortesano: --
Adiós amigo, veo que comes hasta hartarte y que estás
muy satisfecho; pero es al precio de mil peligros y
constantes temores. Yo, en cambio, soy un pobrete y
vivo mordisqueando la cebada y el trigo, mas sin
congojas ni temores hacia nadie.
El
ratón y la rana Un
ratón de tierra se hizo amigo de una rana, para
desgracia suya. La rana, obedeciendo a desviadas
intenciones de burla, ató la pata del ratón a su
propia pata. Marcharon entonces primero por tierra
para comer trigo, luego se acercaron a la orilla del
pantano. La rana, dando un salto arrastró hasta el
fondo al ratón, mientras que retozaba en el agua
lanzando sus conocidos gritos. El desdichado ratón,
hinchado de agua, se ahogó, quedando a flote atado
a la pata de la rana. Los vio un milano que por ahí
volaba y apresó al ratón con sus garras,
arrastrando con él a la rana encadenada, quien
también sirvió de cena al milano.
Los
ratones poniendo el cascabel al gato. Un
hábil gato hacía tal matanza de ratones, que
apenas veía uno, era cena servida. Los pocos que
quedaban, sin valor para salir de su agujero, se
conformaban con su hambre. Para ellos, ese no era un
gato, era un diablo carnicero. Una noche en que el
gato partió a los tejados en busca de su amor, los
ratones hicieron una junta sobre su problema más
urgente. Desde
el principio, el ratón más anciano, sabio y
prudente, sostuvo que de alguna manera, tarde o
temprano, había que idear un medio de modo que
siempre avisara la
presencia del gato y pudieran ellos
esconderse a tiempo. Efectivamente, ese era el
remedio y no había otro. Todos fueron de la misma
opinión, y nada les pareció más indicado. Uno
de los asistentes propuso ponerle un cascabel al
cuello del gato, lo que les entusiasmó muchísimo y
decían sería una excelente solución. Sólo se
presentó una dificultad: quién le ponía el
cascabel al gato. --
¡Yo no, no soy tonto, no voy!
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